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-Capitulo 9: Redención-

Caminaba desamparada por un área desolada, casi tan desolada como su alma.

¿Cuánto tiempo había pasado desde que le vio por última vez? No tenía ni la menor idea. El tiempo se escurría como arena entre sus dedos. Cada granito de arena era un día perdido, tan amargo e insulso como el anterior. Desde su partida, su vida se había vuelto una agonía. Las mañanas eran una tortura, las tardes un eterno martirio y las noches puro suplicio. Todo lo que sentía era arrepentimiento. Todo lo que pasaba por su mente era un amasijo de tristes recuerdos de un pasado dichoso junto a él.

Había intentado de todo para ganarse el perdón de su amado.

El primer día se había quedado en el palacio, esperando por el milagro de su regreso. Pero cuando él no volvió, no lo dudó ni un segundo: iría en su busca. Lo primero que hizo fue despedirse con gran pesar de sus amigas, las voces incorpóreas. Ellas le pidieron desconsoladamente que les permitiera acompañarla en su viaje, pero Psyque se negó. Por su bien, debían permanecer en este lugar mágico del que obtenían la energía que necesitaban para sobrevivir. Si se alejaban de él por mucho tiempo sus cuerpos no lo resistirían y se desvanecerían como el humo. Después de la triste despedida, se marchó sin mirar atrás, sin provisiones ni equipaje. Atrás dejó las joyas y el dinero, pues de nada sirven las riquezas cuando el amor te abandona y solo sientes tristeza, depresión o soledad.

Solo se llevó consigo una cosa; según ella, era el tesoro más valioso de aquel palacio. Siempre lo llevaba entre sus manos, muy cerca de su corazón: una pluma blanca. Aquella fatídica noche, cuando él partió, ella se derrumbó de rodillas contra el suelo, llorando desconsoladamente. Fue en ese fatídico momento cuando la vio. La pluma se había desprendido de su ala y planeaba grácilmente hacia ella. Cuando se posó suavemente sobre el suelo con un movimiento ondulante, ella la recogió con sumo cuidado. Desde entonces la había llevado siempre consigo.

Tras abandonar el palacio con este preciado objeto como único equipaje, decidió viajar de un lado a otro en busca de la redención. Deambuló como una vagabunda de templo en templo, rogando a todos los dioses por ayuda. Rezó devotamente día y noche.

Pero nadie le prestó auxilio. Absolutamente nadie. Estaba sola de nuevo...

Cualquiera hubiera desesperado ante este panorama. Cualquier otra persona hubiera vuelto al hogar de sus padres para vivir una vida de lamentos y resignación. Pero ella no. Ella estaba segura de que él la amaba. Por eso le resultaba tan extraño que Eros no quisiera ni hablarle, aunque se sintiera terriblemente traicionado. Su corazón le decía que algo malo debía haberle pasado para que él ni siquiera respondiera a sus plegarias en los templos consagrados a su nombre. No sabía si su silencio se debía a su enfado o algo peor. Lo que si sabía es que él moría por ella y ella le amaba con locura. Le amaba tanto que dolía y no era por el efecto de ninguna flecha, este sentimiento nacía de su corazón. Así que lucharía por ambos. Confrontaría a los mismísimos dioses si fuera necesario con tal de obtener de nuevo su confianza y su corazón. Sabía muy bien que tan solo era una simple humana, frágil, llorona y asustadiza, pero su férrea determinación era inquebrantable. Tesón no le faltaba y amor por él le sobraba.

...

En la desolada cima de un alto acantilado, la obstinada joven permaneció de pie, erguida y digna, con su fiera mirada clavada en el horizonte. Frente a ella se hallaba el rojo amanecer que tantas veces le había separado de él.

- Te encontraré, Eros. – sentenció con sus puños firmemente cerrados, mientras el viento soplaba tras ella revolviéndole sus cabellos de oro.

Solemne, alzó aquella bella pluma blanca que resguardaba entre sus manos. Luego la llevó hasta la parte superior de su cabeza y la utilizó como vara para hacerse un recogido, acomodándola entre las finas hebras de su pelo. Se juro a si misma que, a donde quiera que ella fuera, este querido recuerdo de su amor la acompañaría, le infundiría el valor necesario para seguir adelante y le recordaría en los momentos de debilidad cuál era su meta final.

Había tomado una decisión. Era arriesgado, pero estaba dispuesta a todo con tal de llegar hasta él.

- Espérame Afrodita. Voy a verte.


En lo alto de una montaña desconocida:

Tras un largo y tortuoso camino al fin había alcanzado la cima de la empinada montaña que se alzaba por encima de las nubes bajas. En ella se encontraba el templo más antiguo edificado en honor a Afrodita. Le habían asegurado que allí hallaría a la diosa, que ya estaba moviendo cielo y tierra para encontrarla. Incluso ofreció una jugosa recompensa a todo aquel que trajese a Psyque ante su presencia.

Por fortuna, las diosas Hera y Deméter no estaban interesadas en esta recompensa. Se habían apiadado de la joven humana, admirando su férrea determinación, hasta tal punto que cedieron a la petición de indicarle el lugar donde se hallaba Afrodita. No obstante, no quisieron involucrarse más, por temor al odio de la diosa con la que compartían un lazo familiar.

Así que la humana tuvo que arreglárselas por si misma para llegar al recóndito templo. Trepó por los riscos, llenándose de arañazos y magulladuras, hasta que llegó a lo más alto. Una vez allí, aprovechó que estaba en un lugar elevado para echar un vistazo al paisaje frente a ella.

La mayoría de los terrenos que vio en la lejanía estaban en pésimas condiciones. Tal y como sospechaba, a medida que pasaban los días la tierra se volvía más infértil. Esto, sin duda, se debía a la desaparición del dios del amor. Al contrario de lo que pudiera parecer, tanto Eros como Afrodita no solo impulsaban el amor y la pasión, sino que también ayudaban a estimular la vida, la reproducción y la creación. Ahora, con Afrodita demasiado ocupada buscándola y con Eros en paradero desconocido, muchas plantas se iban marchitando, los ríos se iban secando y el amor se iba desvaneciendo del corazón de los hombres. Ni la vida ni el amor desaparecerían del todo, pues eran fuerzas independientes a los dioses, pero aún así, el mundo se vería seriamente afectado por su falta.

- "Una razón más para reconciliarme con mi esposo y su madre." – pensó Psyque.

Se dio la vuelta. Ante ella se alzaba un viejo templo en ruinas …

Dentro del templo la esperaba Afrodita dignamente sentada en un trono elevado:

- ¡Por fin apareces ante mí, mujer desvergonzada! No sabes cuánto trabajo me ha llevado el buscarte. Prepárate pues, porque tu tormento no ha hecho más que empezar.

- Diosa Afrodita. No me importa el castigo que me imponga. Lo aceptaré sin protestar. – declaró tratando de mantenerse respetuosa ante la divinidad, pero firme en su determinación. – ¡Pero, por favor, dejadme ver a vuestro hijo, pues no hay ser en este mundo al que ame más!

Y mientras decía estas palabras, se arrodilló frente al trono en señal de respeto. Quizás podría aplacar su ira si mostraba humildad.

Afrodita, lejos de apaciguarse con el gesto, parecía aún más molesta que antes.

- Tú ... ¿¡Qué sabrás tú del amor o de mi hijo!? – gritó colérica a la vez que se levantaba de su asiento. - ¡Él nunca se opuso a mí hasta que apareciste tú para infectarle con tu veneno de víbora! ¡Tú le embaucaste con tus artimañas! ¡Le hiciste mentirme y traicionarme!

El templo entero pareció retumbar cuando ella le gritaba, como si el edificio temblara de miedo ante su cólera. Una ráfaga de aire, salida de la nada, tumbó a Psyque al suelo violentamente.

- ¿Sabes cómo me enteré de lo vuestro? ¡Tuvo que venir uno de mis espías transformado en gaviota para informarme de que había visto a mi hijo herido! ¡Y de repente no solo me entero de que Eros está enamorado de una simple humana, sino de que además esa vil mujerzuela tuvo la osadía de intentar asesinarlo! ¿Y quién fue la desvergonzada? Una humana llamada Psyque. ¡La persona que más detesto en el mundo!

Otra ráfaga de aire lanzó a Psyque varios metros atrás. La humana trató de aferrarse con las uñas a las grietas del suelo para evitar golpearse contra las columnas. Mientras, Afrodita se acercaba hacia ella a paso lento, como un depredador cuando tiene acorralada a su presa.

- ¿Pero sabes qué fue lo más humillante de todo? – le preguntó con rabia contenida, mirándola directamente a los ojos. - ¿Sabes lo que hizo él cuando la herida de su hombro se curó? ¡Intentó salir corriendo a tus brazos como un vulgar perro faldero!

- ¿Él q-quiere verme?

A pesar de la terrible situación en la que se encontraba, el corazón de Psyque palpitó esperanzado al oír que Eros estaba deseando verla tanto como ella a él.

- ¿Qué hizo con él? – preguntó la muchacha muerta de preocupación ante la posibilidad de que algo le hubiese pasado. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, luchó contra las ráfagas de viento e intentó levantarse para encarar a la diosa, ignorando el dolor de sus piernas tambaleantes. - ¿¡Dónde está él ahora!?

- Encerrado. Bien lejos de ti.

- ¡Dejadme verlo! ¡Haré lo que sea para demostrarle que soy digna de su amor!

- Que descarada. – alegó ella al girar la cabeza con una mueca de desprecio. – Casi tan descarada como él.

Las ráfagas de viento empezaron a disiparse a medida que Afrodita recuperaba la compostura. Por un tiempo permaneció pensativa, quizás debatiendo que tipo de castigo le impondría a la muchacha.

- Puesto que tanto dices que amas a mi hijo, te propondré algo que no podrás rechazar. Prueba tu valía superando las cuatro pruebas que te impongo y te concederé el honor de ver a Eros. ¡Es más! ¡Dejaré que mi hijo se quede con una andrajosa harapienta como tú, si es que aún siente algo por ti después de verte en tan lamentable estado!

- ¿De verdad me dejará estar con él? ¿Me lo promete?

- Palabra de diosa. - Y mientras dijo esto, alzó su mano y dibujó su firma en el aire. Esta empezó a brillar resplandeciente por unos segundos antes de apagarse poco a poco. El pacto estaba sellado. - Pero si fallas, querida, me temo que te espera un destino peor que la muerte.

Y así, dieron comienzo las duras pruebas del alma para llegar al amor.

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Primera prueba: La montaña de semillas.

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Afrodita llamó a sus sirvientas, Tristeza e Inquietud, para que llevaran a Psyque a rastras hasta un cuarto sombrío en el que había una enorme montaña de semillas de maíz, cebada, mijo, etc.

- Ordena estos granos y semillas en montones separados antes del anochecer. Si no lo consigues, no solo no podrás ver a Eros, sino que además mis sirvientas Inquietud y Tristeza te azotaran hasta hartarse. Y te lo advierto, ellas nunca se dan por satisfechas.

Una vez dichas estas crueles palabras, la encerró en aquel cuarto para que no pudiera escapar hasta cumplir con la tarea asignada.

Psyque se sintió desfallecer. Había pasado horas intentado muy duramente ordenar todo aquel estropicio, pero era imposible. A ese paso no podría completar la tarea a tiempo.

- No temas, alma de Eros. – habló de repente una voz en su cabeza.

Cuando la temerosa Psyque le preguntó quién era, esa voz femenina se mostró reticente a desvelar su identidad.

- No debo revelarte mi nombre. Pero debo hacerte saber una cosa, querida niña. He visto lo mucho que te has esforzado durante todo este tiempo. No miento cuando digo que he quedado terriblemente conmovida por tu búsqueda incansable del amor. Por tanto, te cedo mi ayuda, pero debes ser discreta. Que no se entere Afrodita.

Por primera vez en mucho tiempo, Psyque sentía ganas de llorar de felicidad ante tan buenas noticias.

- Entiendo tu emoción, pero ahora debes escucharme, niña. Esta montaña de semillas que tienes frente a ti está en el mismo estado en el que está tu mente: en completo desorden. Para combatir este caos necesitaras disciplina, organización, diligencia. Por eso te cedo a mis fieles servidoras, las hormigas.

Nada más terminar de decir esto, el cuarto empezó a ser invadido por numerosas hormigas que salían presurosas de entre todas las grietas del suelo. Poco a poco, las pequeñas criaturas fueron separando las semillas en montones según su clase. En tiempo récord, todo quedó perfectamente ordenado.

- Recuerda, niña. Sé cómo las hormigas. Así como ellas pueden organizar estas semillas en escasos minutos, tú debes aprender a organizar tu mente y a discriminar lo verdadero de lo falso, lo importante de lo irrelevante.

Y así dio por concluida la primera prueba.


Afrodita no estaba de mejor humor cuando volvió. Al ver que Psyque había pasado la prueba la trató con desdén, le tiró un pan seco para cenar y le ordenó que durmiera en el suelo. Sin más opciones, la princesa humana le hizo caso y se acurrucó en aquella dura superficie, sosteniendo entre sus manos su querida pluma blanca.

Mientras, no muy lejos de allí, Eros yacía en el frío suelo de su prisión, pensando en ella, extrañándola más que nunca.

Y así pasaron la noche los enamorados, sin saber que estaban tan cerca el uno del otro, pero a la vez tan lejos.

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Segunda prueba: El vellocino de oro.

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- ¿Ves ese rio allá a lo lejos, cuyas profundas aguas desaparecen entre las montañas? – preguntó Afrodita, señalando a la lejanía. - Allí habitan unos carneros cuyos vellones destellan como el brillo del oro. Te ordeno tomar un poco de su preciosa lana, y traérmela con prontitud. Si no vuelves antes del anochecer habrás fracasado.

La tarea parecía simple, pero en realidad era muy complicada. Tras observar a los carneros durante un largo rato Psyque se dio cuenta de que eran muy agresivos. Embestían con extrema violencia a todo aquello que se les acercara. Su cornamenta era dura como la piedra y su mordedura era altamente venenosa.

- "¿Es una trampa puesta por Afrodita para deshacerse de mí?" – pensó la chica, escondida al otro lado del rio tras unos juncos. – "Tomar la lana directamente es imposible. ¿Qué debería hacer?"

Tan absorta estaba en su dilema que no notó como las aguas de la orilla del rio empezaban a elevarse en el aire para tomar la forma de una esbelta figura femenina. La mujer de agua ni se inmutó cuando Psyque, al verla, pegó un alarido que podría haber escuchado hasta el mismísimo Zeus en lo más alto del Olimpo.

- Saludos, Alma de Eros. Es un honor conocer a la mujer del dios del amor, porque gracias a la influencia de su poder, las ninfas viven enamoradas de la naturaleza que las rodea y juegan alegres en mis aguas. – y mientras esto le decía, se inclinó para ofrecerle una reverencia. - Permítame ayudarla, para así devolverle el favor a su amado.

La joven humana pasó rápidamente del espanto a la admiración al contemplar ese bello ser acuoso, con ese esbelto cuerpo formado por corrientes de aguas que iban y venían, como el constante fluir de un rio.

- A veces, se comete el error de pensar que la única manera de obtener algo es de forma directa. Pero eso no es así. – dijo con voz melodiosa. - Hay que ser flexible, como los juncos que bordean mi rio, que se doblan, pero no se quiebran.

- ¿Qué quieres decir?

- El sol pone a los rabiosos carneros en un estado de locura. Acercarse a ellos directamente sería un suicidio. Sin embargo, si tiene paciencia y espera al atardecer, ¿qué cree que pasará?

- Los rayos de sol no serán tan fuertes. Y … ¿se tranquilizarán? - interrogó ella confundida.

- Así es, mi señora.

- ¡Oh! ¡Estarán tan tranquilos que se echarán a dormir! Entonces … ¡Quizás podría obtener un poco del vellocino que ha quedado enredado en las zarzas por donde pastan!

- Podrá obtener todo el que quiera, de forma indirecta.

- ¡Muchas gracias por tu ayuda!

- Buena suerte, mi señora. Y recuerda, siempre hay una alternativa ante cualquier dilema.

Y tan rápido como apareció, aquella figura acuosa se desvaneció.

Psyque esperó entonces al momento adecuado, justo al atardecer. Tras cargar entre sus manos todo el vellocino de oro que pudo, corrió rauda en una carrera contrarreloj para llegar hasta Afrodita antes de que cayera la noche. Si no conseguía llegar a tiempo fracasaría, aunque sus manos estuvieran llenas a rebosar de la resplandeciente lana.

- ¡Amor! ¡Cada vez estoy más cerca de ti! – gritó a pleno pulmón mientras corría alocadamente por los prados. - ¡Te encontraré! ¡Espera y verás!

Finalmente llegó a su destino cuando faltaba muy poco para que el último rayo de sol desapareciera en el horizonte.

Y con su éxito concluyó la segunda prueba.

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Tercera prueba: El rio de agua negra.

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Esta prueba era aún más complicada y requería de un corazón valiente.

Psyque debía descender por un escarpado precipicio, de superficies lisas muy resbaladizas, hasta llegar a un rio infernal de aguas negras y putrefactas. Su misión era llenar una vasija con el agua de ese rio. Este líquido oscuro era tan letal que incluso podría matar a un dios al instante, por lo que tenía que tener mucho cuidado a la hora de recogerlo.

Si conseguía llegar hasta él, claro …

Primero debía descender, lo cual no era una tarea sencilla teniendo en cuenta la descomunal altura a la que se encontraba. Un paso en falso y caería por el precipicio directa hacia las oscuras aguas.

Era obvio que para un simple mortal esta prueba era imposible de superar. Aun así, Psyque lo intentó arduamente, con mucha valentía, a pesar de que sabía que el reto era demasiado grande y que ella no tenía energía suficiente para superar ni la primera mitad del descenso. Estaba agotada, tenía sed, además de muchísima hambre, pues no había probado bocado desde el día anterior. Como era de esperarse, tras varios minutos de difícil descenso ya no pudo más. Se quedó desplomada en un saliente, con ansias de continuar avanzando, pero sin fuerzas para moverse.

Fue entonces cuando voló hasta ella una imponente águila real. Era nada más y nada menos que el mismísimo Zeus en su forma animal. Vino desde el cielo para ayudarla en secreto, como pago por un favor que Eros le hizo en su día.

- Hay veces en las que no podemos superar nuestros obstáculos, pequeña humana, porque son tan escarpados como estás montañas. En momentos como estos, cuando todos tus esfuerzos parecen en vano, debes aceptar con gratitud la solidaridad de aquellos que te ofrezcan una mano amiga. Con su apoyo y tu determinación, no hay montaña que no se pueda escalar.

Y dicho esto, el águila real descendió volando hasta el rio con la vasija entre sus garras. Con sumo cuidado llenó el recipiente y se lo entregó a la joven.

- Ánimo, pequeña humana. Te queda muy poco.

Después de un largo rato recuperando fuerzas en aquel saliente, Psyque escaló de nuevo por donde había venido.

Y así se dio por concluida la tercera prueba.