En la vida de Scorpius había muy poca cabida para cosas muggle. Esto era una realidad, hasta que Albus Potter había llegado a su vida, los muggles eran para él un pequeño misterio.
Albus se había criado en una casa mágica, pero su padre tenía, en opinión de Scorpius, muchas costumbres muggles. Como cocinar sin magia, por ejemplo. Y su tía, la madre de Rose, incluso usaba un ordenador en lugar de escribir con vuelapluma.
El colmo del aprendizaje sobre cosas muggle lo tuvo Scorpius en el sitio más inesperado: La Madriguera. La casa de los abuelos de Albus era completamente mágica, pero su abuelo era un fanático de la tecnología muggle que tenía un cobertizo lleno de trastos.
Así descubrió Scorpius la televisión. En casa de Al no había, porque la tecnología y las casas mágicas no se llevaban bien. De hecho, Hermione siempre se quejaba de que tenía que proteger muchísimo su ordenador para trabajar en casa o en el ministerio, porque si se descuidaba un poco se estropeaba por exceso de energía mágica.
Arthur se las había apañado para mantener al mínimo la magia en su cobertizo y aquel verano, entre tercer y cuarto curso, los chicos disfrutaron juntos descubriendo la televisión en sus frecuentes visitas a los abuelos.
Una tarde en la que Albus se había quedado adormilado en el viejo sofá del cobertizo, Scorpius vio una película que a él le pareció maravillosa. En ella, unas niñas se juraban amistad eterna intercambiando unas pulseras hechas con lana de colores. Y cuando eran adultas, aquellas pulseras seguían ahí y ellas seguían siendo amigas a muerte.
Scorpius reflexionó muchísimo sobre su descubrimiento. Aquel verano estaba siendo todo complicado. El divorcio de los padres de Albus había sido algo lejano estando en el colegio, pero durante las vacaciones se había materializado en cambios semanales de domicilio que tenían a todos ligeramente de los nervios.
Necesitaba hacer algo que le recordara a Albus que él siempre estaría para él, que no iba a cambiar nada, siempre serían amigos, como las mujeres de la película.
Le pidió, lo más discretamente que pudo, a la tía Hermione que le buscara información sobre cómo hacer pulseras de lana. Ella le contestó con una larga carta y un montón de hojas con esquemas e instrucciones.
En su tiempo libre en el colegio, mientras Albus entrenaba o pasaba tiempo con sus primos, se dedicó a practicar. No se sentía una persona especialmente hábil con las manos, seguramente por la costumbre de hacerlo todo con magia, así que tardó un par de meses en conseguir hacer algo decente.
De nuevo recurrió a Hermione, que le mandó lana muggle en los colores necesarios. Hizo tres diseños distintos hasta dar con uno que le convenciera de verdad.
Llegaron las vacaciones de navidad y con ellas Yule. Para Scorpius, la llegada de los Potter a su vida había supuesto más animación en los días de Yule. Acostumbrado a que sus padres tenían una vida social más "fina", el trato con los Weasley y los Potter era muchísimo más divertido.
La noche del octavo día estaba enfurruñado con su padre.
— Pero padre, hoy quiero darle a Albus mi regalo.
Su padre le miró, sin perder su máscara de neutralidad Malfoy.
— Te repito que hoy no es un buen día, Scorpius. Nosotros vamos a cenar a casa de tu tía Daphne. Y Albus está con su madre, en casa de su nueva pareja.
Scorpius levantó la ceja sorprendido de que su padre estuviera al tanto del calendario de Albus.
— Hablé con Potter ayer.
Vale, eso tenía más sentido. Todavía enfurruñado, aceptó ponerse una túnica de gala y marchar a cenar a casa de su tía.
Al regresar, poco antes de medianoche, se encontró a su amigo sentado en su salón, con los brazos cruzados, el ceño fruncido y señales de haber llorado.
— ¿Albus? ¿Qué haces aquí? —Se preocupó su padre, antes de que él pudiera decir nada— ¿Sabe tu madre dónde estás?
Albus negó con la cabeza, los brazos cruzándose con más fuerza sobre el pecho. Scorpius se sentó en el mismo sofá, un poco alejado porque sabía que su amigo era muy celoso de su espacio personal.
Su padre, en un sorprendente ejercicio de paciencia y tacto, se puso en cuclillas frente a Albus, para conseguir que le mirara a los ojos, y le habló con voz conciliadora.
— Voy a llamar a tus padres, Albus, porque tienen que estar muy preocupados. Estoy seguro de que tienes tus motivos para haber hecho esto y creo que deberías compartirlo con ellos, ¿vale?
Albus no dio señales de haber escuchado, pero aún así se levantó y salió, no sin antes revolverle el pelo con cariño. Scorpius imaginó que llamaría a los Potter desde la chimenea de su despacho.
— Al... ¿quieres contarme lo que pasó?
Albus separó los brazos del cuerpo y se frotó los ojos.
— El novio de mi madre es un imbécil.
Scorpius hizo un sonidito de asentimiento y se acercó un poco más, dejando a Albus seguir su ritmo con su desahogo.
— No entiendo como pudo abandonar a mi padre para irse con ese tipo, de verdad.
Scorpius volvió a asentir. A él el señor Potter le caía muy bien, y sabía que a su padre también. No había entendido porqué se habían divorciado y estaba claro que Albus tampoco.
— ¿Os habéis peleado? —preguntó con suavidad, para animar a Albus a seguir hablando.
— Yo no quería ir. Él odia a los Slytherin, y no se corta de meterse con nosotros. Aprovechó un momento en el que mi madre no estaba para decirme que éramos los herederos de los mortifagos. Y se metió con tu padre.
Ahí sí que dio un respingo. Estaba acostumbrado a que se metieran con su padre, pero hacía mucho que la familia de Al había aceptado a la suya, entre otras cosas por el vínculo del señor Potter con su tía Andrómeda y Teddy. Y porque su padre era buena gente, jolines.
— He hablado con tus padres, Albus.
Scorpius levantó los ojos para ver a su padre en la puerta del salón. Por su gesto, estuvo seguro de que había escuchado la última parte de la conversación.
— Hemos quedado en que pases hoy aquí la noche, así os calmáis todos, pero mañana tienes que volver a casa de tu madre y hablar con ella. Estaba muy preocupada.
Albus asintió y esbozó una sonrisa.
— Gracias señor Malfoy. Siento haberle puesto en un compromiso.
Draco hizo un gesto con la mano para quitarle importancia.
— Considéralo una ayuda entre Slytherin. —Sonrió— Y ahora subid a la habitación de Scorpius. He ordenado que pusieran otra cama y os dejaran unos sándwiches, tú madre dijo que no habías llegado a sentarte a la mesa.
Scorpius se sintió enormemente orgulloso de su padre y no pudo evitar darle un abrazo antes de abandonar el salón tras Albus. A su padre se le dibujó un gesto de sorpresa, pero le abrazó fuerte a su vez. Pensó que igual últimamente había abrazado poco a su padre y era una pena, porque le hacía sentir muy bien.
Sentados en la misma cama, después de que Albus cenara algo y se lavaran los dientes, Scorpius sacó del bolsillo de sus pantalones el saquito con el regalo.
— Feliz Yule, Albus.
Albus sonrió brevemente y abrió el paquete. Dentro de él, dos pulseras con diseños romboidales. Una tenía los rombos verdes y el fondo en plata y la otra al contrario.
— Son pulseras de la amistad. Las hice yo mismo —le explicó tímido, al ver que Albus no decía nada—. Los rombos verdes me recuerdan a tus ojos, los grises podrían ser los míos, ¿ves?
Scorpius señaló con un fino dedo blanco el patrón del diseño. Albus levantó los ojos verdes y le miró aún en silencio, pero a continuación tomó la pulsera con los rombos verdes y se la ajustó a Scorpius en la muñeca. Con una sonrisa, Scorpius hizo lo mismo con la de rombos grises.
— Así sabrás que mi mirada siempre te va a seguir, Al. Pase lo que pase, estaremos juntos siempre.
Albus sonrió de verdad, por primera vez en bastante tiempo. Luego hizo algo que no hacía jamás y que a Scorpius le calentó muchísimo el corazón, despejando sus inseguridades sobre su regalo: le abrazó, le abrazó fuerte como había hecho su padre hacía un rato. Y se sintió muy bien.
