7. Visión


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Naruto se paseaba ante la galería de ventanas del comedor. Los cabellos rubios le caían salvajes en el rostro y la chaqueta y el chaleco yacían en el respaldo de cuero de una silla. Con la corbata abierta alrededor del cuello y el arrugado encaje de los puños, se sentía más él mismo de lo que se había sentido durante todo el día.

Abrió con fuerza una de las batientes de la ventana y dejó que la brisa penetrara en la caldeada habitación mientras se desabrochaba unos cuantos botones superiores de la camisa intentando refrescarse el ardor que sentía en la carne. El aire de la noche parecía más pesado con el aroma de las flores, la fuerte humedad del mar y un centenar de ansias sin nombre.

Bajo el cielo cubierto de estrellas, el jardín se extendía ante él, una selva de matorrales de azaleas, prímulas, campánulas azules y rododendros. Habían sido plantados cien años antes por Ino St. Namikaze, que poseía la extraña habilidad de hacer crecer las cosas. La leyenda decía que los capullos habían sido regados con sus lágrimas y alimentados por el lugar donde había derramado su sangre.

El jardín seguía prosperando a pesar de la negligencia de Naruto. Casi siempre lo evitaba porque la fragancia de las flores era como un veneno para su alma, lo infectaba con amargos recuerdos y remordimientos, le producía un humor sombrío y la piedad hacia sí mismo que tanto aborrecía.

Pero aquella noche, por primera vez desde que podía recordar, no sintió el peso del pasado ni de la extraña herencia que perseguía a su familia con penas y tragedias.

Naruto echó un vistazo al reloj bañado en oro que estaba en la repisa de la chimenea. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que su ruborosa y nerviosa esposa había desaparecido escaleras arriba para prepararse y meterse en la cama? En su cama. ¿Cinco minutos? ¿Diez?

Lo suficiente para que Inari y Kabuto, el otro sirviente, hubieran limpiado los restos de la cena nupcial. La cristalería, la vajilla y la cubertería de plata no habían visto la luz del día, ni reposado sobre la superficie de aquella mesa de caoba, que era lo bastante grande para acoger al rey Hiruzen y a todos sus malditos caballeros, desde hacía años. Sacar todos esos refinamientos había sido un despilfarro, junto con esa cantidad de malditos alimentos que se habían quedado en las bandejas.

A la hora de la cena casi no habían probado bocado. Hinata sólo había picoteado en el plato como un gorrión. Y en cuanto a él, aunque habitualmente comía muy bien, hoy no había tenido demasiado apetito.

O al menos no de esa clase. Cogió la copa de coñac que había encima de la mesa. La meció entre dos dedos y luego dio un buen trago. El líquido dorado produjo una corriente de calor en sus venas. Como si lo necesitara. La sangre le había estado ardiendo con impaciencia desde que abandonaron la iglesia, de tal manera que se preguntaba qué le impedía dejar a un lado toda consideración y subir corriendo al piso superior. Y tomar a su esposa del modo que se lo estaban exigiendo sus impulsos.

Su promesa, supuso, y el recuerdo de un par de grandes ojos grises, el ligero temblor en la voz de Hinata cuando se quejó de la rudeza de su abrazo. Y sus críticas le habían empujado a desafiarla a que le demostrase su noción de lo que era un beso.

¡Demonios! No había sido un beso en todo el sentido de la palabra, tan casto fue, pero sí un indicio de toda la cálida dulzura que subyacía debajo de la barrera de sus labios cerrados. No lo suficiente para satisfacer las ansias de un hombre, sólo una muestra. Y, sin embargo... el beso le había conmovido de una manera extraña. Había removido otros deseos en su interior, confundiéndolo y alterándolo, y provocado el impulso de coger a su delicada esposa entre sus brazos y arrullarla, agradarla y ofrecerle un sinfin de arrebatadas promesas, entre ellas, la seguridad de que encontrarían algún tipo de compromiso que satisficiera a ambos. Él, que jamás se había comprometido con nadie en su vida, fuera varón o hembra.

¿Hacer un pacto? Ni siquiera fue una promesa que estuviera seguro de poder mantener. Naruto vació la copa de brandy y la dejó sobre la mesa con un chasquido. Cristo, estaba enfadado e irritado, cualquiera podría pensar que iba a perder su virginidad esa noche.

Quizá debería de haber hecho algo para prepararse. Se frotó con la punta de los dedos la línea cuadrada de la mandíbula y frunció el ceño ante el indicio de la barba, luego levantó las manos de largos dedos y las examinó. Eran más las manos de un mozo de cuadra o de un campesino que las de un caballero. ¿No podría haber hecho algo para suavizar esas malditas callosidades? ¿Aplicarles una cataplasma? ¿Y la camisa de noche? Estaba tan acostumbrado a dormir en cueros que nunca se le había ocurrido comprar tal vestimenta y. . .

¿Y por qué estaba pensando en todas esas cosas? Naruto bajó las manos, sorprendido por la dirección que estaban tomando sus pensamientos, mientras se preguntaba de dónde procedían todas esas ideas.

Como si no lo supiera, pensó apretando la mandíbula. Procedían de ella. De Hinata. Su esposa seleccionada. Su mujer de las llamas. Si no tomaba precauciones, la próxima vez que...

Naruto se puso rígido mientras revisaba sus pensamientos acerca de Hinata, y su agudo sentido interno sintió ciertas molestias. El sonido de unos pasos en el vestíbulo exterior. Alguien se movía en el interior del castillo y no tenía que estar allí, ni en ese momento ni por la noche. Naruto se apretó las sienes con la punta de los dedos y se concentró.

Era... Senju. Naruto frunció el entrecejo. ¿Qué estaba haciendo allí el Buscador de novias, y esa noche entre todas las noches? Siguió las huellas de los pasos torpes de Senju hacia las dos imponentes puertas que llevaban al comedor. Con una rápida mirada, Naruto abrió una de ellas justo cuando el anciano se encontraba al otro lado.

Inari y el otro sirviente levantaron la vista de sus quehaceres, un poco sorprendidos de ver la silueta del vicario recortada en el umbral de la puerta. Pero en el castillo Namikaze, la mayoría de los criados estaban habituados a las cosas extrañas. Los dos sirvientes se encogieron de hombros y volvieron a su labor de recoger los platos sucios.

Senju, tras un gesto de saludo, pasó junto a ellos y se dirigió al extremo de la habitación, donde Naruto lo esperaba con los brazos cruzados y expresión de pocos amigos.

Sin sombrero, con los cabellos despeinados por el viento nocturno, el pequeño vicario había perdido su habitual aire de serenidad. Se le veía desasosegado y explotó antes de que Naruto pudiera decir nada.

— Le ruego me perdone por esta intrusión, milord. No me gusta molestarle, pero se ha presentado un asunto que me ha tenido preocupado durante todo el día. Y no habría podido descansar antes de consultárselo.

— ¿Ahora? — preguntó Naruto — . ¿No podía esperar a mañana? Por Dios, hombre, que es mi noche de bodas.

— Soy consciente de ello. Y ahora estoy más tranquilo, ya que le he visto antes, antes... — las mejillas de Senju se ruborizaron— . Antes de que estuviera ocupado.

Naruto deseó fervientemente que ese fuera el caso y dirigió los ojos hacia el reloj. ¿Estaría ahora Hinata temblando en su lecho, su fino y cálido cuerpo entre las frías sábanas?

Naruto lanzó un juramento en voz baja y deseó enviar a Senju al diablo.

— Está bien, anciano. Le concedo quince minutos, nada más — dijo Naruto con un suspiro de exasperación.

— En privado, por favor — añadió el vicario con expresión dócil. Naruto se volvió hacia los criados y gritó: — ¡Inari! ¡Kabuto!

Los sirvientes le prestaron atención y él les dijo que ya acabarían después su trabajo y que salieran de la habitación. En cuanto la puerta se cerró tras ellos, ofreció a Senju una de las sillas de la mesa del comedor y le sirvió un vaso de vino.

— Está bien, ¿qué demonios sucede? — preguntó Naruto, sin darle apenas tiempo al anciano de probar el líquido borgoñés.

— Espero que sólo sean los locos temores de un anciano, pero... — Senju tomó un sorbo de vino para cobrar fuerzas antes de proseguir— . Esta mañana ha sucedido algo muy extraño en la iglesia.

— Sí, es cierto. Me he casado.

Pero el comentario sarcástico de Naruto no encontró eco en Senju. El vicario se quedó mirando fijamente su copa de vino mientras unas sombras oscurecían sus ojos marrones, como nubes de tormenta que ocultaran el cielo. Al anciano le preocupaba algo. Le preocupaba y mucho.

Naruto acercó una silla y se sentó a su lado.

— Cuénteme lo que ha sucedido — le ordenó con tono amable. Senju dejó su copa, un temblor le recorrió las frágiles manos.

— Esta mañana, después que se marchó con Hinata, milord, observé que una mujer desconocida atravesaba el patio de la iglesia. Iba cubierta con una capa y con la capucha puesta, no pude ver su rostro, pero sí lo que estaba haciendo. Lloraba sobre una tumba. Dejó una rosa sobre la lápida de Madara Uchiha.

Naruto alzó las cejas. -Uchiha — un nombre que desde la cuna le habían enseñado a temer y a odiar, que significaba enemigo, traición, perteneciente a una tribu infame que antiguamente había codiciado las tierras del castillo Namikaze. La sangre vertida de las familias St. Namikaze y Uchiha era casi una leyenda y había sobrevivido al transcurso de los siglos, cada vez que el abuelo de Naruto oía tal nombre, solía darse la vuelta y escupir en el suelo.

Naruto no escupió, se limitó a soltar un juramento.

— ¡Madara Uchiha! ¿Ese bastardo de corazón negro? ¿Quién podría llorar sobre su tumba, a no ser que fuera un loco o... o...?

— U otro Uchiha — Senju acabó la frase por él. La idea hizo que Naruto se quedara un instante pensativo, pero luego la rechazó rápidamente.

— No, imposible. Todos los Uchiha están muertos, el último de ellos hace ya años. Siempre oí decir que después del asesinato de mi tío Hashirama, mi abuelo fue a casa de sir Madara para poner fin a su villanía. Senju, usted estaba allí aquella noche, ¿no es cierto?

— Sí, lo recuerdo muy bien. Madara se negó a presentarse ante la justicia y prendió fuego a su casa, atrapando a todos en el interior, a los sirvientes y a su mujer y sus hijos.

— ¿Y ninguno pudo sobrevivir?

— ¿De ese terrible holocausto? — Senju se encogió de hombros— . No, sólo sacaron a Madara de los escombros, vivo, pero con graves quemaduras. Vivió lo suficiente para arrepentirse y pidió que lo enterraran en el cementerio de la iglesia. Su abuelo, señor, se enfadó conmigo por haber accedido a su petición, pero ¿Qué otra cosa podía hacer? Organicé un sencillo funeral para sir Madara, al que no fue nadie — añadió, suspirando— . ¿Quién podrá ser la desgraciada criatura que ahora solloza sobre su tumba? Después de tantos años. Se desvaneció con la misma rapidez que apareció. Hasta pensé que podría ser un... un fantasma.

— Muy poco probable, Senju. Mi tío Tobirama siempre decía que eso era lo único decente que poseían los Uchiha. Que cuando están muertos, ahí se quedan.

— Entonces, ¿quién puede ser esa mujer?

— Lo ignoro. — Naruto se apoyó en el respaldo de la silla y se frotó un punto de tensión entre los omóplatos. Ya había tenido bastantes problemas durante todos esos años teniendo que convivir con la peculiar herencia de los St. Namikaze. Pero al menos se había ahorrado un tormento: los Uchiha. Sería una maldición si ahora tuviera que batallar de nuevo con ellos.

— Probablemente esa mujer no era nadie — murmuró— . Alguna gitana vagabunda o alguna moza medio tonta que apareció por el cementerio y que como no sabía leer se equivocó de tumba. Pero si esto le hace sentirse mejor, Senju, investigaré el asunto — dijo Naruto, no sin cierta desgana.

— Gracias, milord. Me sentiré muy aliviado si lo hace en cuanto le sea posible.

— No querrá que empiece ahora mismo, ¿verdad? — dijo Naruto secamente.

— Ah, no. Si empieza mañana ya será suficiente — repuso Senju con una sonrisa, habiendo recuperado ya un poco de su habitual serenidad. Se deslizó hasta el borde de la silla, dispuesto a levantarse— . Y perdóneme, milord, por haberlo retenido ya bastante lejos de su esposa.

— Sí lo ha hecho. Le ordené que se fuera a la cama hace ya bastante rato. Senju se levantó con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

— ¿Se lo ordenó?

— Eso es.

— ¿Como si fuera uno de sus sirvientes?

Naruto captó la nota de censura en la voz del vicario y se puso rígido.

— Estoy acostumbrado a dar órdenes. No puedo cambiar mis hábitos por una mujercita.

— Pero, milord, cuando un hombre se casa debe cambiar algunas cosas.

— ¿Qué cosas?

— Bien, por ejemplo los asuntos internos de la casa. Me preocupé mucho cuando me enteré de la brusca partida de la doncella de Hinata y su prima.

— No fue culpa mía. Yo no eché de aquí a esas locas amenazándolas con un trabuco.

— Estoy seguro de que no lo necesitó — murmuró Senju— . Pero ahora debe comprender que tiene una esposa y va a necesitar más sirvientes.

— Tengo suficientes.

— Quiero decir criadas.

— ¡No! Me he visto obligado a tomar esposa, pero no voy a tener el castillo lleno de hordas de mujeres charlatanas.

— No puede pretender que Hinata viva en una casa llena de hombres.

— ¿Por qué no? Yo he vivido muy cómodo durante todos estos años. — Naruto estaba siendo poco razonable y lo sabía. Resistió la sugerencia un poco más y luego concedió con un gesto de derrota— : Muy bien. Una muchacha del pueblo, si usted puede encontrar a alguna lo bastante valiente para que quiera venir aquí. Una muchacha que le sirva de doncella a Hinata, pero eso es todo.

Naruto se levantó y dirigió una mirada de impaciencia hacia la puerta.

— ¿Alguna otra cosa?

— Sí, me temo que sí. Tiene que aprender muchas cosas sobre las damas, milord. Son muy diferentes de los hombres.

— ¿No es un poco tarde para este tipo de lecciones, Senju? — dijo Naruto con voz cansada— . Debió de habérmelas dado cuando tenía trece años.

— ¿A los trece años? — preguntó Senju horrorizado— . ¿Quiere decir que fue la primera vez que...? Ni se me ocurrió. Y no quiero saberlo — el vicario levantó una mano e hizo un gesto como queriendo apartar cualquier posible respuesta. — Lo que intento decir, milord, es que cuando un hombre está en una actitud amorosa, para él sólo cuenta el presente. Pero la receptividad de una dama tras la puerta de su dormitorio depende a menudo de cómo ha sido tratada durante el día.

— ¿Y qué cree que le he estado haciendo a Hinata? ¿Pegándola?

— Habría sido difícil, puesto que usted no ha estado aquí durante toda la tarde. — Senju lo miró con severidad— . Ha salido a cabalgar, señor.

— ¿Acaso tiene espías, anciano?

— No, el sacristán le ha visto galopar a orillas del mar y me lo ha mencionado.

— ¿Y qué? Lo hago a menudo.

— ¿Hasta el día de su boda? ¿Y abandona a la novia?

— Debería de habérmela llevado conmigo — le recordó Naruto cortante— , si me hubiera encontrado una esposa a la que no le asustaran los caballos. Pero usted me trajo una cuya idea de pasar una tarde agradable se reduce a tomar una taza de té y a hablar de poetas muertos. No sé lo que puedo hacer con una mujer así... bueno, excepto una cosa. Aunque a usted no le habría gustado que cargara con Hinata y la tomara en medio del día bramando como un venado.

— No me habría gustado en absoluto — replicó Senju.

En aquellos momentos ese era el pensamiento que dominaba a Naruto y no pudo impedir el rubor que le cubrió las mejillas y empezó a caminar junto a la mesa, dando palmaditas al respaldo de las sillas.

— ¿Qué más quiere de mí, Senju? Sabe que Hinata no era la clase de novia que yo deseaba, pero de todas formas seguí adelante con la boda. Hasta le he entregado la maldita espada.

Aquello pareció agradar, al fin, al anciano.

— ¿Y cómo ha reaccionado ella?

— Se ha sorprendido mucho, como cualquier mujer en su sano juicio. Sin embargo, apostaría a que ha sido la primera novia St. Namikaze que se ha atrevido a pedir que le diera la vaina de la espada para guardarla — se vio obligado a añadir Naruto con cierto respeto reticente.

— ¡Ah! — exclamó Senju— . Ya le dije que Hinata poseía mucho sentido común. Ahora entenderá que todos sus temores acerca de revelarle su herencia de familia eran infundados.

Naruto apretó los labios y evitó la mirada del anciano.

— ¿Milord? — preguntó Senju con ansiedad— . Se lo ha dicho ya todo... ¿no es cierto?

— Lo intenté. Pero no es fácil. Esta maldita mujer tiene una respuesta para todo. No se cree una palabra de lo que le digo.

— Pero tiene los medios para hacer que lo crea.

— No veo ninguna razón para hacerlo a la fuerza.

— ¿No ve ninguna razón? Milord, si continúa guardando los secretos, manteniéndose a distancia,

¿Cómo espera que Hinata aprenda a quererlo?

— ¡Yo no deseo que me ame! Me conformo con que no me tema — replicó Naruto al anciano— .

¿No comprende que el escepticismo de Hinata puede ser una buena cosa? Podría protegerla de tener que tratar con esta locura St. Namikaze. Su incredulidad actuará de escudo.

— ¿Su escudo o su máscara?

Yahiko lo preguntó con voz suave, pero sus ojos tan perceptivos conocían profundamente los verdaderos motivos de Naruto.

— Ya está hecho, Senju. Usted cumplió con su parte del encargo. Me encontró una novia. Cómo me lleve con ella es una cuestión que sólo me concierne a mí.

Naruto, haciendo un gesto que significaba que ya no deseaba escuchar más, abrió la puerta y la atravesó precediendo a Yahiko. Cogió una linterna e iluminó el camino hasta el establo y, una vez allí, se detuvo y miró el cielo con el entrecejo fruncido. Extrañado de que las lecciones de Senju y la mención de los Uchiha no le hubieran oscurecido el humor.

La noche parecía de terciopelo con promesas que se le antojaran, de pronto, vastas y amenazadoras, con el brillo de la luna amortiguado por jirones de nubes semejantes a humo. Hasta las estrellas parecían frías y poco amigables.

Ordenó a uno de los mozos que ensillara un caballo y acompañara al vicario hasta su casa. El sinuoso sendero que llevaba al pueblo podía ser peligroso hasta en los mejores tiempos.

No, se dijo convencido, era porque le preocupaba el anciano y quería estar seguro de que Senju y sus infernales sermones volvían a salvo a la rectoría y allí se quedaban.

Mientras ayudaba al vicario a montar en la silla, el pequeño clérigo tuvo que decir la última palabra.

— ¿Procurará ser amable con la joven? — le rogó Yahiko.

— Todo cuanto mi naturaleza me lo permita — repuso Naruto dando una palmada en las posaderas del caballo que sumergió al cura en las profundidades de la noche, seguido con dificultad por el mozo de cuadra de Naruto. Cuando Senju hubo desaparecido en la oscuridad, Naruto se preguntó qué había llevado en realidad aquella noche al Buscador de novias ante su puerta. ¿La preocupación por los Uchiha? ¿La preocupación por Hinata?

Naruto sacudió la cabeza y volvió a la casa, apagó la linterna y la dejó a un lado de la mesa. El zaguán estaba casi misteriosamente en silencio a aquellas horas. Hinata ya debía de estar lista para él. De hecho... Naruto hizo una mueca. Tendría suerte si no se había quedado dormida esperándolo.

Mientras se dirigía a las escaleras, escuchó el suave chasquido de unas patas sobre el suelo de mármol, detrás de él. Echó una mirada a su alrededor y descubrió a Kurama que le seguía.

Era extraño que el viejo perro se apartara de su lugar junto al fuego a aquellas horas de la noche. Viendo sus ojos suplicantes, Naruto se puso en cuclillas para gratificar al animal con una muestra de atención. Rascó al sabueso detrás de las orejas mientras le decía con rudeza:

— ¿Qué quieres, eh?

Kurama alzó la vista y lo miró y un mundo de devoción y sapiencia canina brilló en su único ojo bueno.

El primo de Naruto, Deidara St. Namikaze, le había aconsejado más de una vez que despeñara a ese viejo sabueso. Pero cuando la lengua de Deidara le mojó la mano con su rudo afecto, Naruto sonrió y pensó que antes metería al elegante Deidara en un saco, lo ataría y lo lanzaría al mar.

Estrujó la cabeza del perro en forma de cúpula y murmuró:

— Supongo que tú también has venido detrás de mí para aconsejarme cómo debería tratar a mi esposa.

— Oh, no, milord, yo nunca me permitiría hacerlo — la voz sorprendida de Inari retumbó en el zaguán mientras el criado emergía del fondo de las escaleras que llevaban a los aposentos del servicio.

— Estaba hablando con el perro, Inari — dijo Naruto, enderezándose y sintiéndose ridículo. El joven criado se limitó a asentir con solemnidad.

— He oído decir que el señor Kiba St. Namikaze a menudo habla a los animales.

— Sí, pero lo alarmante de mi primo es que insiste en que ellos le contestan.

— ¿Le parece que acabe de limpiar la mesa del comedor, señor? — preguntó Inari después de hacer una mueca.

— Sí, yo iba a retirarme ya.

— Claro, pensé que se iría pronto a la cama. A... a dormir — añadió Inari precipitadamente. Alguno de los criados más veteranos o de los mozos del establo se habría atrevido a bromear, pero el joven Inari se puso colorado como un pimiento.

Naruto se preguntó con irritación si todo el castillo Namikaze y la aldea tendrían el mismo interés por la noche de bodas de su amo. Se sintió ligeramente responsable y ordenó a Inari que se llevara a Kurama. Cuando Inari lo cogió por el collar, Naruto se volvió para subir las escaleras, pero no había dado más que unos cuantos pasos, cuando sintió una sensación de hormigueo.

Una sensación que nada tenía que ver con los encantos de Hinata, sino aquella que le era demasiado familiar y muy perturbadora. Sintió un horrible pinchazo detrás de los ojos. Un aviso. Y en esta ocasión la fuente era... Inari.

¡No! ¡Ahora no, demonios! Naruto se frotó los ojos con la punta de los dedos. No podía estar sufriendo otro ataque de su maldición.

No esa noche, de entre todas las noches.

Dio otro paso, con la determinación de ignorar lo que le estaba sucediendo. Pero la sensación se intensificó, las agujas y los alfileres de fuego se le clavaron en el interior de la cabeza.

— ¡Inari!

El criado, que estaba llevando a toda prisa a Kurama hacia el comedor, se detuvo y se volvió.

— ¿Señor?

Naruto contempló aquellos rasgos juveniles y tuvo la sensación de una horrible enfermedad. Deja ir al muchacho, le suplicó una voz en su interior. Fuera lo que fuera, Naruto no lo sabría enseguida. Y el dolor remitiría al cabo de un rato si él conseguía ignorarlo.

Pero era como intentar ignorar la necesidad de respirar. Naruto volvió a descender pesadamente los escalones y habló con una voz opaca, con la resignación de la amarga experiencia.

— Acércate, muchacho.

El criado se acercó y se quedó ante Naruto como lo habría hecho Kurama. Naruto retiró los cabellos de los ojos del joven y en ese momento le dolía más el corazón que la mente.

Necesitaba el cristal y un esfuerzo deliberado por su parte para ver su propio futuro. Pero para los demás, las visiones a menudo aparecían de repente y no tenía que buscar más allá de sus dedos.

Apoyó una mano en la frente de Inari y clavó la mirada en las pupilas del muchacho. Se decía que Jiraiya poseía el poder de hipnotizar de esta manera y así se apoderaba de las mentes. El talento de Naruto era más simple y más devastador. Podía robarle el futuro a una persona.

Mientras miraba el interior de los ojos de Inari se sintió cada vez más débil y luego la visión se hizo más clara, más rápida y se transformó en un borrón repugnante. Inari ante un montón de leña. El afilado brillo de la hoja de un hacha. El resbalón de los dedos. El grito de agonía de Inari. El charco carmesí colándole por la pierna.

Cuando la imagen se desvaneció, Naruto estaba empapado en sudor, y la mano le temblaba.

— Manténte apartado de las pilas de leña — le dijo con aspereza. Inari palideció, pero no pidió explicaciones. Ningún sirviente de Naruto se habría atrevido a hacerlo. El muchacho, retorció sus manos torpes y se echó a temblar.

— Pero... pero, señor, el señor Mitokado me despellejará si no atiendo a mis labores, si no parto la leña y...

— Demonios, chico. Y yo te despellejaré si me desobedeces — dijo

Naruto agarrando a Inari por el cuello de la camisa y acercándolo a él hasta que el rostro temeroso del criado estuvo tan sólo a pocos centímetros del suyo— . Si te acercas a un paso del hacha, te pegaré con el látigo. Te encerraré en la torre hasta que seas viejo, te...

Naruto se detuvo para respirar, la fiereza de sus amenazas sólo se igualaban al desespero que sentía, al reconocimiento de que no importaba lo que hiciera, las órdenes que diera, porque no se podía prevenir nada. Tenía tantas posibilidades de salvar la pierna de Inari como la había tenido de salvar la vida de Matsuko Kakei.

La furia desapareció con la misma rapidez con la que había llegado y se quedó sólo con una sensación de impotencia. Soltó la camisa de Inari, alisó la tela arrugada y luego sus dedos convulsos descansaron en el hombro del muchacho.

— Haz sólo lo que te he dicho — dijo Naruto bruscamente— . ¿De acuerdo?

Inari se apartó y asintió, sin apartar los ojos temerosos del rostro de Naruto mientras se alejaba dando tumbos y desaparecía en el comedor para acabar sus tareas. Sólo cuando Inari se hubo marchado, Naruto se permitió relajar su fachada de fiereza, se inclinó contra la barandilla de las escaleras y hundió la cara en el brazo.

Dio gracias a que nadie había sido testigo de su debilidad o de su reciente exhibición de este condenado poder de los St. Namikaze. Especialmente su esposa. Recordó lo que le había dicho

Senju poco antes. Deseaba proteger a Hinata de este aspecto de su personalidad tanto como pudiera.

Sin embargo, la pregunta del Buscador de novias volvió para obsesionarlo.

¿Su escudo o su máscara? Sí, su máscara, admitió Naruto amargamente. Porque estaba claro que necesitaba una. ¿Qué clase de hombre era para tener esos oscuros poderes?

No era un hombre, sino un monstruo. Sobre esto era una autoridad, gracias a su propia madre.

Algo frío golpeó la mano de Naruto y entonces sintió a Kurama a su lado, gimoteando suavemente, intrigado, pero intentando ofrecerle consuelo.

Naruto apartó al perro. Sólo deseaba a Hinata. La necesitaba profundamente y con un dolor que lo asustó, necesitaba sumergirse en la clara y dulce razón de sus ojos. Perderse en las suaves sonrisas de una mujer demasiado racional para creer en fantasmas, leyendas o maldiciones de familia. Hacer ver, aunque sólo fuera durante un rato, que ella estaba en lo cierto.

Naruto acabó de subir las escaleras y atravesó el vestíbulo superior. Cuando se detuvo ante la puerta del dormitorio de Hinata, se dijo que no podía abrirla.

Se obligó a llamar y a esperar, con el pulso acelerado. Pero no hubo respuesta.

Volvió a llamar un poco más fuerte que la vez anterior. Tampoco la obtuvo. Frunció el entrecejo, intentó atravesar la barrera con la fuerza de su mente, pero no pudo adivinar la presencia de Hinata.

La única presencia que detectó fue la de Mitokado, el arisco viejo estaba escondido en el fondo del vestíbulo, contemplándolo.

— Su esposa no está aquí, amo — gritó Mitokado, con una voz que sonaba a la vez sorprendida y llena de reproche— . Pensé que debería saberlo.

Naruto se volvió y se lo quedó mirando.

— ¿Qué quieres decir con que ella no está aquí? ¿En qué otro sitio podría estar? Mitokado adelantó unos pasos y enderezó el pecho con justa indignación.

— Está donde ha pasado la mayor parte de la tarde. En la biblioteca. Su esposa está loca por los libros. Lo he oído decir de las mujeres de Londres. Las llaman marisabidillas, y si el joven amo no pone remedio ahora a este desatino...

— No necesito más consejos de nadie sobre mi mujer — dijo Naruto entre dientes. Luego pasó junto a Mitokado y volvió a atravesar el vestíbulo.

Bajó los escalones de dos en dos mientras que la humillación hacía que le aumentara el enfado. Se había pasado todo ese tiempo paseando, esperando, dominando su impaciencia. Y Hinata estaba en otro lugar, con la nariz hundida en los libros. Bien, eso le sucedía por intentar comportarse de manera sensible y considerada. ¡Demonios!

Naruto se dirigió a toda prisa a la parte trasera de la casa, llegó ante la puerta de la biblioteca, que se levantaba ante él como una pared de amargos recuerdos. Era una habitación a la que rara vez entraba, la misma puerta que, en el pasado, tantas veces le habían cerrado en la cara.

Tras la muerte de su madre, la biblioteca se convirtió en el refugio de su padre, el lugar donde Minato St. Namikaze se aislaba del mundo, pero sobre todo de su propio hijo.

Las acusaciones nunca se dijeron en voz alta, pero Naruto siempre las había visto, oscureciendo los ojos de su padre.

«Si no fuera por ti, tu madre estaría viva...»

Sin embargo, el noble Minato nunca había manifestado su rabia, su dolor o su pena. Se retiró de la vida, encerrándose con sus libros y dejando fuera a Naruto.

Ya fue bastante doloroso tener un padre así, pensó Naruto, apretando las mandíbulas. Sería una maldición si su esposa, ahora, hacía lo mismo.


La Historia tiene el propósito de Entretener.