Para Snape, Cerbero no hizo un buen trabajo pues él, estando vivo, conoció el infierno.

Era una fría mañana de enero cuando Severus Snape, envuelto en su bufanda de Slytherin y en un abrigo largo y negro, salió de su sala común para encontrarse con Lily, como todos los sábados.

Quedaban fuera del Gran Comedor para retirar sus desayunos y luego se iban a las orillas del lago a pasar la mañana. No importaba que estación del año fuese, porque tanto él como su amiga eran buenos con los encantamientos y no tenían problemas a la hora de conjurar uno contra el frío y contra la humedad.

Severus nunca olvidó ni un solo detalle de ese día porque el dolor que había sentido se lo impedía.

Llevaba semanas dándole vueltas al asunto en su cabeza.

A él siempre le habían parecido patéticas las personas que se dejaban llevar desenfrenadamente por el amor. ¿Cómo alguien se podía internar con tantas fuerzas en tu mente, en tus sentimientos y en ti? ¿Cómo era posible que alguien derramase lágrimas de alegría o de dolor por otra persona? ¿Cómo uno llegaba a tal estado en que humildemente era capaz de pronunciar la palabra "Soy tuyo"?

Era, para él, el estado más pobre y degradante del ser humano.

Y aun así no pudo evitar caer totalmente enamorado de Lily Evans.

Le costó aceptarlo, pero entendió que el amor no podía ser tan desgraciado cuando tenías a un confidente, a quien podías demostrarle tu lado más vulnerable sin sentirte expuesto. Entendió que el amor no era terrible cuando podías ser tú, cuando podías ser libre sin recibir una mirada desdeñosa como respuesta. El amor era reír con solo una mirada y entender con solo un gesto. El amor era estar tranquilo cuando el otro está bien, y alegrarse incomprensiblemente cuando ella estaba feliz.

El día en que por fin le confiaría ello a Lily, supo que algo andaba mal cuando se encontró al licántropo y al insoportable de Black en los pasillos. Pasó junto a ambos evitando intercambiar una mirada con ellos, pero aún así tuvo que hacerlo cuando el infeliz de Sirius le lanzó un conjuro que él rápidamente pudo esquivar.

Agregando a su nerviosismo la ira, se giró hacia Black. No quería encararlo porque quería llegar con Lily pero necesitaba verificar que no le lanzaría otro hechizo. Sin embargo, cuando Lupin iba con él podía lograr que las bromas se detuviesen.

Severus no le dijo nada porque tampoco se sentía muchísimo mejor que un hombro lobo lo salvase, pero le sostuvo de todas formas la mirada e inclinó la cabeza cuando Remus parecía pedirle con la mirada una disculpa por su amigo.

Fue entonces que, dejando a los dos Gryffindor atrás se detiene en seco, pensando en qué hacían despiertos tan temprano un sábado.

Todavía no sacaba conclusiones, pero como dijimos en un principio, Severus recordaba ese día como si hubiesen pasado solo un par de horas de ello, y recordaba que sintió como su corazón comenzó a latir lento y pesado, como si avecinara las peores tragedias.

Lentamente, por su cabeza pasaron vagos y horribles recuerdos de Lily bajando finalmente la barrera que había impuesto entre ella y Potter.

La pelirroja le había comentado que en realidad no era tan desagradable, y que pese a que había tardado, le estaba demostrando que estaba madurando.

Severus había advertido esa pequeña sonrisa que se formaba en el rostro de Lily cuando hablaba del Gryffindor, pero cegado por las estúpidas esperanzas del amor, había querido ignorarlas.

A pesar de ello, camino al encuentro se dio cuenta de en realidad ya sabía a que se debían, lo que quería era convencerse de que no era cierto.

Cuando dobla el pasillo y las puertas del Gran Comedor están a solo pasos de él, la peor de las escenas se desarrollaba ante sus ojos.

Lily Evans rodeando el cuello de James Potter, ambos con los labios juntos, perdidos en un beso que todos sabían que llegaría.

Severus lo intentó, pero inevitablemente quedó congelado sin poder moverse, en el lago de hielo, el lugar más temible del infierno según Dante.

El color se fue de su piel y por primera vez desde hace mucho tiempo el pecho le oprimió con tal fuerza que sintió ganas de llorar.

Cuando pudo apartar la vista de ambos se giró, respiró lo suficientemente hondo para soltar el nudo creciente que estaba alojado en su garganta y se dispuso a caminar de vuelta. Ya no volvía por Hogwarts, Severus recorrió el Tártaro, aceptando más rápido su condena de lo que había imaginado.

Cuando llegó a su habitación, entre lágrimas retenidas, agradeció no haber llevado un ramo de Lirios con él.