XVIII

Fanfarrón


—¡Buenas tardes a todos!

Yo sé cómo eres en realidad, te he visto; esas son las ventajas de enterrarme en cientos y cientos de kilos de papeleo: Cuando la gente deja de verte, ya no te prestan atención. Eso me ayudó a moverme, me ayudó a buscar y encontrar información sobre tí. Y ahora lo sé todo, sé cómo eres.

—¡Jane, nos vemos en la tarde por el café!

Aquí, en el trabajo, a simple vista pareces un escritor de renombre, una persona a quién admirar, un modelo a seguir; alguien que es respetado, que siempre tiene un ejército respaldando tus espaldas. Nadie puede combatirlo; es como ser un sólo hombre contra un batallón completo, un batallón que no te mostrará misericordia o alguna señal de piedad. Las buenas personas se quedan atrás, y tú no eres una de ellas. Por eso eres peligroso para la empresa, por eso hay que encontrar una forma de sacarte del juego, de regresarte a punta de ostias los pies a la tierra. Y yo decidí tomar la misión, yo tengo que demostrarte una vez más la realidad. ¿Que porqué yo? Es bastante simple en realidad...yo, aquí, no soy nadie; un fantasma, una ilusión, un espíritu, no soy nada.

—¡¿Qué tal, jefe?! ¡¿Cómo está?!

Tan sólo debo esperar el momento adecuado para soltar la bomba que destruirá tu castillo de marfil, de avivar la chispa que se extenderá para convertirse en un incendio que destruirá tu reputación; pero no será aquí, ni será hoy. Tarde o temprano, caerás, y yo estaré ahí para ver cómo te ahogas en un vaso de agua tratando de averiguar quién fue el responsable. ¿Llegarás a sospechar de mí? ¿Sospechar de una simple asistente? ¿De alguien que para ti no vale más que una moneda oxidada escondida en el maletero de tu auto?

Mi valía no se demuestra por mi forma de vestir, actuar, pensar, o mi trayectoria laboral. No. Mi valor de demuestra con mi educación, y mi forma de arreglarmelas en cada situación; tengo mis métodos, y sé planear con antelación y bajo presión.

—¡Oye!

Te tengo notícias: Aquí, ahora, tus días están contados; nunca debiste hacer que despidieran a mi padre, nunca debiste de engañar a mi madre para que te prestara la capital para tu empresa, nunca debiste...

—¡¡Oye!!

Nunca...debiste...

—¡¡LUCY!!

—¿Eh?

—Te estuve llamando y no me respondías.

—Lo-Lo siento, tengo mucho trabajo qué hacer.

—Luego puedes hacer ese trabajo, déjame invitarte a comer —dice. Bueno, creo que un día de diversión no me hará daño. Después de todo...tu vida terminará mañana—. Claro, porqué no.

—Bien, iré por ti a las ocho.

—Estaré lista.

Se va con una sonrisa, y sé que hay algo más ahí. Te voy a acabar, Natsu Dragneel; te haré pagar por todo lo que has hecho, o dejaré de llamarme: Lucy Heartfilia.

FINALE.