Día 18. Prohibido

Número de palabras: 1582

Sinopsis: Pero, ¿Quién podía prohibir algo tan puro como el amor?


Lo que estaban haciendo estaba prohibido. Pero, ¿Quién podría prohibir a dos seres demostrarse su amor y su pasión?

Las sabanas hipócritamente blancas se llenan de sudor y susurros cantados en anhelos que solo alguien a quien le han comido el corazón a pedacitos puede entender. Porque Aziraphale lo sabe, que él le quiere, porque él también lo hace y porque le gusta el sabor de su piel (su olor a sol, su sabor a luz y cicatrices que cuentan historias de batallas sanguinolentas.) Le gusta, y le explota bajo la piel, en la yema de sus dedos y encima de los parpados caídos.

— Te quiero.

Alguien lo dice, en un susurro sutil, pero no es ninguno de los dos porque ellos no pueden quererse, simplemente está prohibido. Aun así, las manos inquietas de Crowley se adentran en sus muslos y entonces como que deja de importarle todo. Entonces él también le recorre con las manos, sobre sus músculos y su piel suave marcada por pecas casi invisibles y pequeñas cicatrices. Lo besa, sus labios que son finos y que saben a él, como sol y fuego añejo. Sus lenguas se encuentran y se reconocen y la llevan a mil kilómetros de la tierra, sobre las estrella y más allá de todo lo que les separa.

La ropa se deshace como un espejismo en el desierto. Sus manos, inquietas, calientes, anhelantes.

Y entonces es rápido, fuerte y lento y luego rápido otra vez, quiere gritar, quiere beberse su olor y sanarle las heridas que tiene detrás de los ojos. —Crowley. —se repite, es todo lo que dice, lo que puede pensar, y él solo ahoga sus suspiros contra su boca porque lo que menos quiere es que alguien los escuche.

Y es cuando para Aziraphale todo explota. Silenciosamente. Como un volcán sobre la luna.

Uno, dos más, y entonces cae como un peso muerto sobre él, aspira su olor y lo vuelve a besar.

Repasó el contornó de su espalda suavemente con las yemas de sus dedos, disfrutando del bufido que irregularizó la respiración pausada del joven que se hallaba descansando a su lado parcialmente cubierto con las finas sabanas que se enredaban a los cuerpos de ambos marcando sus siluetas desnudas una al lado de la otra; él sonreía admirando la belleza de su acompañante y apenas creyendo que lo vivido junto a él era si acaso algún fragmento de realidad.

Volvió a recorrer con suavidad la espalda del pelirrojo esta vez explorando su tersa piel con la palma abierta sobre él, sintió como el contacto de su mano a la piel de él lograba prodigarle un sentimiento de contundencia total que por un momento podría jurar quemaba sus terminaciones nerviosas como si hubiese puesto la mano directamente sobre una hornilla del calentador, un infierno que le consumía a cada minuto y que por momentos llegaba a asfixiarlo, sofocando cada pensamiento que su mente pudiese formular y sin embargo, era un infierno tan placentero que casi podría compararlo con lo divino, lo más cercano al cielo de lo que jamás podría estar. ¿Cómo podía ser eso posible?, ¿Cómo podías siquiera confundir lo virtuoso con lo pecaminoso?, ¿En qué momento podías fundir el cielo con el infierno?

Aziraphale sacudió la cabeza ligeramente y mantuvo su mano estática durante unos segundos en la espalda de Crowley. Se suponía que él era el racional, el pensante, el sensato, aquel que evitaría que las locuras del demonio arrastraran a su periferia a la perdición, sería él quién se opondría al caos que la impulsividad y rebeldía de Crowley pudiesen atraer como una catastrófica tormenta en medio del mar.

Y ahí estaba él, siendo arrastrado por el enorme poder que su amante ejercía sobre su débil voluntad, adentrándose en la tormenta caótica que sólo le traería como resultado ahogarse en el más obscuro mar de la manera más dolorosa posible, arrancándole hasta la cordura de la que el presumía ser representante absoluto. Estaba mal, era incorrecto, era enfermo, era…era…prohibido…

A veces el pensamiento llegaba a Aziraphale como un golpe rotundo dentro de su mente, haciendo eco por minutos, por horas e incluso a veces por días, lo atormentaba e incluso por momentos lo abstraía del mundo, "Somos enemigos" se repetía y luego se torturaba pensando en ello y las repercusiones de aquello en lo que se habían involucrado ambos.

Muchas veces le expresaba al demonio sus temores, sus dudas, sus desconciertos; él reía, lo miraba pícaramente y relegaba el asunto a segundo término, lo besaba, lo provocaba y volvían a caer en aquella espiral sin fin que era la relación clandestina que compartían.

Deseaba, en algunas ocasiones compartir la simpleza y despreocupación que el demonio mantenía para casi cualquier asunto en particular, le parecía incluso más sano que el tormento psicológico al que él se sometía todas las noches antes de dormir (cuando dormía solo por supuesto).

Dirigió ahora su mirada al rostro de él, esta vez Crowley tenía los ojos abiertos y de ellos se desprendía un brillo especial indicador de la máxima felicidad más absoluta, y en su rostro una sonrisa baila en sus facciones, dándole a su gesto una apariencia algo traviesa pero paradójicamente llena de serenidad.

Aziraphale correspondió a la sonrisa de su compañero de cama y luego depositó un suave beso en su mejilla como un mudo "buenos días" acompañado de una nueva sesión de caricias que él prodigaba a la descubierta espalda descubierta del pelirrojo. Una risilla por parte del demonio volvió a abstraer la mirada de Aziraphale y esta vez el azul de sus ojos se encontró con los ojos ámbar de su amante. Luego fue este quien se revolvió entre las sábanas rompiendo el contacto de su piel con el tacto del ángel, reubicándose dentro del mismo lecho esta vez para facilitarse llegar hasta los labios de Aziraphale y saborearlos con los suyos, se separó por un instante con aquella sonrisa que no parecía querer huir de su rostro y miró detenidamente al rubio que reposaba junto a él. Aziraphale le miraba con una ternura inmensa y una triste sonrisa adornándole en los labios, apenas Crowley iba a cuestionar el porqué de ese gesto cuando él comenzó a hablar.

— Querido, esto está mal.

Así que eso era, no pudo evitar ampliar su sonrisa, eso era tan típico de su Zira, pensaba demasiado las cosas, le dabas mil vueltas a un mismo asunto, se atormentaba pensando en las consecuencias y se llenaba la cabeza de aleatoriedad matemática pensando en las probabilidades que hubiesen tenido de evitar el hecatombe cernido sobre ellos, tal vez esa era una de las cosas que amaba de él, que siempre se preocupara, que no dejara que las situaciones se fueran tan a la ligera, tal vez le encantaba de él que era tan diametralmente opuesto a sí mismo; lo admiraba y junto a esa admiración se encontraba el amor inmenso e intenso que sentía por él desde hacía…ya no importaba hace cuánto.

— Sí. —se limitó a responder finalmente aún con la amplia sonrisa en sus labios y el brillo desprendido de sus ojos.

— Estamos destinados a ser enemigos. —aseveró nuevamente Aziraphale, vanamente deseando que algo de razón entrara en la mente del demonio, pero aparentemente no obtuvo ningún resultado con aparente relevancia.

— Sí. —volvió a contestar Crowley llanamente, esta vez dibujando con su dedo índice círculos en el pecho de su amante.

— Va contra las reglas.

— Sí.

— Nos señalaran siempre.

— Sí.

— Podrían descubrirnos.

— Sí.

— Estaremos condenados al infierno.

— Yo vengo de allí y te prometo que cuando lleguemos ahí, reinaremos.

Ante las respuestas dadas por Crowley, Aziraphale no pudo más que negar levemente con la cabeza con una sonrisa asomando en sus labios, al parecer todo aquello sonaba bastante bien para el demonio más rebelde del infierno y la razón simplemente era dejada de lado como un objeto de valor dudoso al que estaba bien echarle una mirada de vez en cuando pero a lo cual no se le debía tener entre manos tan seguido.

— Crowley, esto es…prohibido. —insistió el ojiazul por ultima vez, con una exclamación que pareció ser una evidente puntualización entre sus afirmaciones y las consecuentes respuestas del demonio. Esta vez la sonrisa disminuyó considerablemente pero jamás desapareció de las facciones del pelirrojo, ahora por el contrario su aspecto no denotaba la complicidad y travesura que hacía un momento se expresaban en él, en este instante la mejor descripción que el rubio de ojos azul podía dar de la expresión de su acompañante era: serenidad, serenidad plena y absoluta acompañada de una seguridad que había visto cientos de veces antes en aquella mirada pero que jamás vio arder como en ese momento.

Esta vez las palabras formuladas en los labios de Crowley se escuchaban firmes, seguras y con una contundencia tal que parece sacudir los cimientos de la tierra.

— ¿Prohibir el amor ángel?, ¿Cómo?

Y la frase taladra su pensamiento con fuerza, con un estrépito casi equivalente al de un cañón de guerra, la mira sorprendido y el gesto de él recompone aquella sonrisa pícara que tenía anteriormente, Aziraphale sonríe aún un poco aturdido por aquello y luego él encuentra sus labios con los de él fundiéndose en un apasionado beso en el que el mundo da exactamente igual.

La verdad cae sobre Aziraphale sorpresivamente, amor es amor, ¿O no?, y sonríe para sus adentros, su demonio por primera vez parecía tener la completa razón, "¿Prohibir el amor?, ¿Cómo?" y entonces simplemente se entrega a ese sentimiento en brazos de él.