Constelación

Dumbledore los fue llamando uno a uno a su oficina. A todos les dijo más o menos lo mismo, según lo que comentaron después en la seguridad de su habitación. Sirius no compartió lo que le había dicho respecto a su familia, ni que había notado que incluso el viejo mago desconfiaba de él. Le había quedado muy mal sabor de boca saber que si lo había llamado era porque sabía que James le contaría y que había pensado que era mejor proponérselo él mismo.

La noticia de la guerra no era nueva, las nubes se habían estado acumulando en el cielo desde hacía mucho, la tormenta no tardaría en caer. Sirius había sido testigo directo gracias a sus padres.

Le daba un poco de gracia saber que seguro sería la única persona a la que le habían propuesto estar en ambos bandos. Por un lado, aquella noche fatídica en la que prefería no pensar, su padre anunciando que irían a ver a Lord Voldemort, por el otro Dumbledore, preguntándole si sabía que haría con su futuro.

Aún no había hablado con Remus sobre sus planes. Y ahora, necesitaba saber qué quería Remus hacer. Todos estaban asustados, unos más que otros.

—Yo voy a aceptar —dijo James rompiendo el silencio incómodo que se había hecho después de intercambiar información—. No sé Lily, pero lo haré por ella, en parte. Sus padres son muggles, y si ese maldito logra lo que se propone, estará en peligro.

—Yo también —dijo Remus con tono cansado—, se lo debo a Dumbledore.

—¿Qué es eso de que se lo debes? —espetó Sirius.

—Pues que si no fuera por él no estaría aquí, en Hogwarts, me refiero. Además —tragó saliva y apretó la mandíbula—, no, nada.

—¿Qué ibas a decir? —presionó Sirius, sintiéndose entre preocupado y molesto de pronto.

—Voldemort está reclutando hombres lobo.

—Oh.

—Ajá.

—Bueno, pues si ustedes se van a unir, yo también. No pienso dejar que se enfrenten a una panda de locos fanáticos de pureza de sangre sin mí.

Los tres miraron a Peter, que no había dicho ni una sola palabra en todo eso. El chico se removió incómodo en su lugar.

—Este… yo no sé.

—No tienes que unirte, Pete —dijo James—, sólo es curiosidad saber qué piensas.

Peter tragó saliva varias veces, mirándolos a los tres con ojos desorbitados. En momentos así Sirius lo veía como su forma de animago.

—Me uniré —musitó.

James golpeó el aire hacia arriba.

—Seguiremos siendo los Merodeadores. Nadie nos podrá separar, chicos. Somos como estrellas de una constelación, inseparables.

—Somos Canis Maior.

—Sabía que dirías eso —dijo Remus riendo.

—¡Guau! —ladró Sirius. Haciéndolos reír a todos.