8 Sanar
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Despierto ante el roce de manos contra mí, y el toque es terrible y no bienvenido.
Jadeo, comenzando a luchar.
¿Dónde está mi daga?
¿Por qué no puedo abrir mis ojos?
El dolor regresa como un admirador nada bienvenido, y sollozo ante la intensidad del mismo.
—Tranquila, esposa —la voz de Guerra retumba.
Son sus manos las que me tocan, me doy cuenta. ¿Qué está haciendo?
—Para, para, para —me quejo, tratando de apartar sus manos—.
Duele. En todos lados. Duele en todos lados.
—Lo siento, Hinata —dice, pero luego su toque regresa.
—No, no, no. —Comienzo a pelear de nuevo contra él.
¿Por qué demonios no puedo ver?
Estas manos nos son como las otras. Me retienen, y nada de lo que hago parece apartarlas.
—No voy a lastimarte, Hinata. Por favor, necesito que te quedes quieta.
No lo hago. Todo lo que puedo recordar es el sonido de mi camisa siendo rasgada y el sentimiento de esas manos despreciables contra mi piel, y luego el dolor. Todo el dolor.
Estoy luchando, jadeando. Y luego mis sentidos se desvanecen… Esta vez, cuando despierto, la forma borrosa de Guerra llena mi
visión. Se inclina hacia mí, su frente arrugada y sus ojos tienen el tono del cielo azul en un día soleado. Siento la calidez de sus palmas contra mi piel.
—¿Qué está pasando? —murmuro.
Frunce el ceño, su cuerpo cerca. Alarmantemente cerca. Estiro una mano para apartarlo. Pero en vez de eso mi mano conecta indefensa contra su mejilla.
—Duerme, Hinata.
—No —digo casi petulante mientras la forma de Guerra se enfoca y desenfoca en visión.
Cuando sus facciones se agudizan, lo veo darme lo que parece una sonrisa.
—Tienes un espíritu luchador, esposa, y me complace demasiado, pero no necesitas luchar contra mí. Estás segura ahora.
¿Estoy segura con un jinete cerniéndose sobre mí?
Me duele demasiado la cabeza para tomar una decisión.
Trato de enfocarme en él, pero mis parpados están demasiado pesados y siguen cerrándose.
No quiero dormir. En serio, no quiero. Pero el dolor no ha cesado. Mis párpados se cierran y cada preocupación se desvanece.
Lo primero que noto es el cálido toque contra mi frente. Pero ahora reconozco ese toque. Las manos del jinete son más diestras y amables que las que me atacaron anoche.
Guerra aparta mi cabello, murmurando cosas demasiado bajo para entenderlas. Suspiro ante la sensación de sus manos en mi piel. Ya no hay más dolor con la sensación; si acaso, es extrañamente relajante al momento.
En respuesta a mi suspiro, sus manos paran, sus dedos presionando contra mi piel.
No he abierto mis ojos aun. No estoy lista para lidiar con las consecuencias de anoche. Ya los dolores y molestias están resurgiendo. No estoy segura de querer enfrentar mi situación actual.
Pero no voy a dormir de nuevo, y solo puedo pretender por un cierto tiempo.
Abro mis ojos.
Guerra se sienta junto a mí, su muslo casi presionado a mi costado. Baja la mirada hacia mí, sus ojos luciendo claros así de cerca.
—Estás despierta. —Su mirada busca la mía—. ¿Cómo te sientes?
—Mal—digo, con voz rasposa.
Mis labios estás rotos he hinchados, un dolor de cabeza comienza a formarse detrás de mis ojos, mi torso se siente como un dolor palpitante, y mi garganta está al rojo vivo, aunque ese último fue probablemente por ser estrangulada por un muerto viviente, no por mis posibles violadores.
¿Es que no puedo conseguir un respiro?
Las manos de Guerra se flexionan contra mi piel, pero no las aparta de donde descansan contra mi frente.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —pregunto.
—Solo por la tarde. —Lentamente, comienza a apartar mi cabello con sus dedos, observándome como si estuviera seguro que voy a empujar sus manos al momento que se presente la oportunidad.
Creo que hacía eso mucho anoche. Ahora la pregunta más dura:
—Mis heridas, ¿qué tan malas son? —Maldición, duele hablar.
Siento los dientes flojos y me duele la mandíbula.
La mirada del jinete se oscurece.
—Eran… significantes.
¿Eran?
—¿Puedes decirme más que eso? —le pregunto suavemente.
Tengo miedo de moverme y que el dolor recorra mi cuerpo.
Un músculo en su mandíbula se contrae.
—Esposa, estoy acostumbrado a romper cosas, no repararlas. No puedo decirte de forma precisa cuáles eran tus heridas, solo que eran muchas. Tu cuerpo estaba hinchado y herido y roto cuando te saqué de la tienda.
Me estremezco ante el pensamiento. Ahora la pregunta más difícil de todas:
—Mis atacantes… —Se supone que diga más, hay una pregunta que necesito formular, pero parece que no tengo voz para ello.
Una mirada cruza el rostro de Guerra, como si fuera un dios iracundo de la antigüedad.
—Capturados, torturados, y dejados para sufrir hasta el tiempo de su sentencia. —Su voz es reverberante, el sonido de ella causándome escalofríos.
Si tomara esta situación menos personal, casi sentiría pena por esos hombres. Pero, no, así que dejémoslos que ardan.
Me incorporo, gimiendo mientras lo hago. Todo, me refiero a to-do, duele demasiado.
Y es solo cuando las sábanas se deslizan de mi torso que me doy cuenta que aun llevo la camisa de anoche, mi arruinada camisa. Está rasgada y nada aparte de la gracia de Dios previene que mis pezones salgan a saludar.
Guerra y yo estamos sentados lado a lado, yo en un catre acolchonado, y él en el piso junto a mi cama, nuestros hombros y piernas tocándose. Debo estar mejor que anoche porque a pesar que tengo dolor, aún estoy consciente de cada punto de contacto entre nosotros.
Me fuerzo a tomar nota de mis alrededores.
Hoy, estoy de vuelta en la tienda de Guerra. Debe haberme traído anoche, después de rescatarme.
Lo que significa que la cama donde estoy sentada… es de Guerra. Siento un vacío en el estómago. Estaba tratando de evitar terminar en este mismo lugar.
Trato de enfocarme en eso, de sostenerme en la abrumadora mala situación en la que me encuentro con el jinete, pero en todo lo que puedo pensar es en que detuvo a eso hombres y pasó la noche atendiéndome, y le estoy muy agradecida.
Tan agradecida.
No lo estaba cuando me perdonó la vida en Uzushiogakure, ni cuando detuvo a ese muerto viviente de atacarme, pero ahora lo estoy.
Justo entonces un soldado llama fuera de la tienda:
—Mi señor, hay un asunto con un nuevo jinete que necesita…
—Puede esperar —dice Guerra.
Lo miro, deteniéndome en la sensual curva de su boca.
¿Por qué estoy pensando en su boca?
—Puedes ir —le digo—. Estaré bien. Guerra me mira, y veo su duda.
—En serio, no voy a morir, gracias a ti —le digo.
Los ojos del jinete se profundizan ante eso. Sus labios se abren, y creo que va a responder, pero en vez de eso, su mirada recorre mi rostro, deteniéndose aquí y allá, sus ojos haciéndose más y más violentos.
Debo lucir realmente mal ya que su humor se oscurece ante mi apariencia.
—Estarán bien si mí —declara.
—He vivido por mi cuenta por siete años —insisto, ajustando la tela de mi camisa sobre mi pecho—. Estaré bien cuando te vayas. — Podría usar un poquito de privacidad.
Me mira por varios segundos. Luego renuentemente, se pone de pie, caminando hacia un cofre donde descansa una daga enfundada. Mis ojos observan la forma en que su enorme cuerpo se balancea con cada uno de sus pasos.
Detente, Hinata.
Guerra toma la daga y regresa a mí. Arrodillándose, coloca el arma en mi regazo.
—Sí alguien más aparte de mí entra a esta tienda —dice, asintiendo hacia las solapas—, lo degollas.
Lo dice un hombre que tiene experiencia en asesinatos.
Sostengo el arma. Ahora mismo no me siento muy piadosa.
—Diez minutos —declara mientras se levanta.
Se dirige hacia la entrada de la tienda. Casi se ha ido cuando se detiene, mirándome sobre su hombro.
—Hay comida en la mesa. —Dándome una mirada significativa, repite—. Diez minutos.
Con eso, el jinete se va, y por primera vez desde anoche, estoy sola de nuevo.
Casi fue violada y golpeada a muerte.
Ahora que Guerra se fue, comienzo a asimilar el asunto.
Probablemente no ayuda que estoy en una tienda de nuevo, y todo duele, y estoy sola, y no sé cuán bien seré capaz de defenderme si alguien entra de nuevo.
Tampoco iba a decirle eso al jinete cuando estaba considerando quedarse. Una cosa es sentirse vulnerable, otra es mostrarlo al mundo.
Me toco un poco la cara, tratando de determinar por la sensación cuán mal estoy. Aparte de mi labio roto, mi nariz duele y la piel alrededor de mis ojos está hinchada. Nunca he estado más agradecida de la falta de espejos. En realidad no quiero ver los remanentes pulposos de mi cara.
Me siento allí por varios minutos, aburrida e intranquila a la vez. Mi piel palpita como si tuviera un pulso, y pensarías que el dolor haría a un lado cualquier otra necesidad humana, pero no.
Me duele el estómago. Dios, tengo hambre.
Miro tristemente a la comida que Guerra mencionó. La mesa parece que está a un millón de kilómetros por el estado en que estoy.
Agarro la daga que Guerra me dio y me obligo a levantarme… maldición, voy a vomitar. Voy a vomitar sobre la cama de Guerra ahora mismo, y no parece igual de atractivo que hace días atrás.
Peleo contra las ganas y me tambaleo hacia la mesa, apartando mi cabello oscuro de los ojos. Con un empujón, me tumbo en una silla, poniendo mi arma sobre la mesa.
No creo que debí levantarme. Las cosas se sienten… rotas. O mejor dicho, recientemente enmendadas, como si mis huesos fueran ramitas quebradizas puestas para romperse con el viento.
Extendido ante mí hay un plato lleno de albaricoques turcos secos, higos, dátiles, aceitunas, carne curada, probablemente de cabra u oveja, porque en estos días todo es cabra u oveja, queso cortado y arreglado, y varias hogazas de pan de pita. Junto a todo esto hay una cafetera y una taza de gawa llena de café turco espeso.
El café tiene rato frio, la pita está un poquito dura, y el queso se ha secado, pero todo sabe muy bien. Ni las heridas y un labio roto pueden detenerme.
Mientras como, miro alrededor de nuevo. Es raro estar aquí, en la tienda de Guerra, no solo como alguna clase de visitante sino como un huésped, y una herida en todo caso.
No eres un huésped, eres mi esposa. Prácticamente puedo escuchar la respuesta de Guerra incluso ahora.
Termino de comer, y una vez que lo hago, me siento allí, postergando la caminata de vuelta a la cama.
Tiempo para inspeccionar mis heridas.
Bajo la mirada para inspeccionarme. Mi camisa rasgada revela una piel moteada, descolorida. Con cuidado, muevo la tela rasgada para verla mejor. Ugh. En este momento, mi carne se parece más a la de los muertos vivientes con los que luché ayer que a la piel humana sana. Todo está hinchado y descolorido.
Estoy a punto de cambiar mi atención a la parte baja de mi cuerpo cuando escucho pesadas pisadas acercándose. Arreglo mi camisa lo mejor que puedo.
Las solapas de la tienda son apartadas, y Guerra entra, su expresión atormentada. Cuando me ve en la mesa, su paso se detiene, su rostro volviéndose fiero pero de una manera diferente.
—Hinata. —Su voz es cruda y grave.
Encuentro que me gusta el sonido de mi nombre en sus labios. Me hace sonar… formidable. Me podría venir bien un poco de formidable hoy.
Guerra camina hacia la mesa y saca una silla. Se sienta junto a mí, examinando la comida y luego mi cara. En este momento, el jinete es todo propósito y energía dominante, y me siento como fruta aplastada.
Guerra busca en su antebrazo, su cabello ondulado moviéndose con la acción.
Me tenso cuando lo veo agarrar la daga puesta allí. El guerrero me tiende el arma.
—Esta es tuya.
Miro al arma, su arma. La que le quité cuando llegué. La llevaba en esa funda en el antebrazo al igual que ahora.
—Te pertenece —dice.
Suena, tal vez, un poco exasperado cuando dice:
—Tómala.
Muy bien… es decir, no voy a luchar contra este demonio por una daga.
La toma y la coloco junto a la otra daga que me dio.
—¿Cómo te sientes? —pregunta por secunda vez hoy.
—Como mierda —respondo.
Sonríe ante eso.
Miro alrededor, asegurándome de mirar a cualquier parte menos a él.
—¿A dónde voy?
—No te vas —dice—. Te quedas aquí.
Comienzo a protestar, pero luego el jinete toma mi brazo, alzando
una manga de mi camisa para inspeccionar mi moretón.
—Luce mejor. —Sus ojos se mueven hacia los míos—. Pero luces cansada.
Estoy cansada. Y en serio no quiero pelear contra él, no cuando ha estado cuidando de mí. Ha pasado un tiempo desde que alguien cuidó de mí, y olvidé cuando lindo es.
No necesitas que nadie te cuide, Hinata, menos un jinete.
Con eso en mente, comienzo a pararme, pero duele demasiado.
Me estrello de nuevo contra mi asiento.
Guerra se levanta de la silla, sus ojos dolidos mientras me ve. No puedo saber exactamente lo que está pensando, pero si tengo que adivinar, diría que se está dando cuenta que sobrestimó cuan herida estoy.
Viene a mi lado, y sin palabras, me levanta y me lleva de vuelta a su cama.
El jinete me acuesta, y mi camisa, la cual se estaba comportando previamente, ahora se abre, y allí están mis pechos.
¿Puede esto volverse peor?
Pero el jinete no baja la mirada, y quiero llorar de nuevo porque él de todas las personas es el único con sentido común.
Rápidamente, reajusto mi camisa. Guerra se arrodilla junto a mí.
—Necesito tocarte de nuevo. Le doy una mirada incrédula.
—¿Por qué?
—Aun estás herida.
Oh. Bien. Ha estado atendiendo mis heridas.
Asiento, mordiéndome el interior de la mejilla. El tacto sigue siendo algo dudoso para mí.
Su mano se cierra sobre mi muñeca, y levanta la manga de mi camisa, revelando la piel descolorida e hinchada. Mis ojos están en el jinete, observando su profundo ceño fruncido mientras mira mis heridas. Pero luego estoy distraída por la sensación de sus manos sobre mí.
Guerra pasa su palma por la tierna carne de mi antebrazo, sus tatuajes brillan contra sus nudillos. Bajo su toque, mi piel se calienta. Y entonces, algo extraño sucede.
Ante mis ojos, mis moretones se transforman de color ciruela a un color marrón amarillento, y algo de la palidez enfermiza de mi piel se retira, como el veneno que se extrae de una herida.
Levanto la mirada hacia Guerra, mis ojos amplios ante la realización.
—Has estado curándome.
El jinete no solo puede resucitar a los muertos, sino que aparentemente puede curar a los heridos. Por eso me ha puesto las manos encima casi constantemente desde anoche. Simplemente pensaba que era demasiado consciente de su tacto, pero no, parece que así es como cura.
Guerra encuentra mis ojos por un momento, con un aspecto claramente perturbado por mis palabras. A alguien no le gusta la idea de que está ayudando a una humana, esposa o no.
El jinete mueve sus manos a otra sección de mi piel, y comienza a trabajar en ello, ignorando lo que dije. No me molesto en presionarlo. No quiero que de repente decida que es un mensajero de Dios muy duro para hacer de niñera.
Durante un tiempo trabaja en silencio, y disfruto de la vista de su cabeza inclinada sobre mí. Su cabello ha sido recogido: adornos negros y todo en un moño. Miro debajo de él, a los ángulos agudos de su rostro. Observo su mejilla con las tres marcas negras tensarse y destensarse.
Mientras tanto, mi piel se calienta bajo sus manos mientras mis heridas desaparecen lentamente. Ese toque del que me alejé, ese toque que todavía despierta extrañas emociones en mí, ese toque me está curando. No puedo entenderlo.
—No quise que pasara esto, esposa. Nunca lo quise —murmura Guerra. Después de unos segundos, añade—: Cuando lloraste, no vino nadie. Nadie más que yo. —Su voz es cruda, mientras admite esto.
Trago, mientras recuerdo. Había estado tan segura de que alguien vendría, que alguien detendría a los hombres. Nadie lo hizo. Vivimos en una ciudad sin muros reales. Mis gritos fueron escuchados, simplemente no fueron atendidos.
Si él no hubiera intervenido, probablemente estaría muerta.
Muerta y contaminada.
—¿Cómo supiste que tenías que venir?
—Oí tus gritos.
—¿Cómo sabías que eran míos? —pregunto. Hay cientos de mujeres en su campamento; seguramente mi voz no es tan distinta.
Ahora sus ojos se encuentran con los míos.
—De la misma manera que conoces mis palabras cuando las hablo. Esposa, estamos conectados en formas que desafían la naturaleza humana.
Es una respuesta ridícula, y no sé si la creo. Sé que no quiero.
—Todavía te odio —digo, sin ningún detenimiento. Sobre todo, porque necesito recordármelo.
Arrastro esas palabras a mí alrededor como una capa. La comisura de su boca se curva hacia arriba.
—Soy consciente —dice.
Guerra trabaja en silencio durante un poco más de tiempo, y lo observo a él y a sus cuidadosas manos, la maravilla de todo esto no desaparece.
—¿Cómo lo haces? —finalmente pregunto—. Curarme, quiero decir.
—A voluntad. Es tan simple como eso. —Hace una pausa, y creo
que ese es el final de su explicación, pero entonces Guerra añade—: Mis hermanos y yo podemos hacer todo lo contrario de nuestros poderes: Peste puede propagar la enfermedad y curarla. Hambre puede destruir las cosechas y hacerlas crecer. Muerte puede dar y tomar la vida a voluntad. —Guerra se detiene—. Puedo lastimar… y sanar.
No sé qué decir a eso. Creo que me está sorprendiendo ahora mismo. A todos se les encomendó la tarea de acabar con la humanidad... pero también se les dieron las herramientas para salvarla.
Guerra me mira fijamente por un largo momento, luego sus ojos se dirigen a mis labios. Esta vez, puedo sentir el beso a punto de ocurrir. Guerra se está acercando inconscientemente, y yo estoy inclinando mi rostro para encontrar mejor su boca.
Guerra es violento e intransigente, pero no es malvado. Lo está probando ahora mismo mientras su tacto todavía calienta mi piel.
Me estoy inclinando, y él también lo está…
En el último momento, giro mi cabeza. No puedo.
El perdón es una cosa. Esto es otra cosa. No puedo cruzar esa línea.
No puedo.
Sigo esperando ese momento horrible en el que Guerra va a querer su cama de vuelta, pero no llega. No esa tarde, cuando entro y salgo del sueño, y no esa noche, una vez que el sol se ha puesto y el campamento se ha calmado.
Guerra viene a mí varias veces, ya sea para poner comida junto a mi cama, o para poner sus manos sobre mi piel y continuar curando mis heridas, sus tatuajes de color rojo rubí brillando en la oscuridad.
—¿Cómo es que aún estás despierto? —murmuro cuando siento sus manos sobre mí por lo que tiene que ser la quinta vez esta noche.
—No necesito dormir —dice. Abro los ojos ante eso.
Después de una pausa, añade:
—Mi cuerpo no lo requiere. Es un rasgo humano que tengo simplemente asumido durante los meses.
Al principio, no sé calcular. Mi cerebro está demasiado nublado por el sueño. Pero luego lo hace.
—¿De verdad no lo necesitas? —Me siento un poco ante eso.
—Puedo curar a los heridos y resucitar a los muertos, pero ¿esto te sorprende? —pregunta con una sonrisa irónica.
Buen punto.
Me recuesto de nuevo.
—¿Qué más puedes hacer? —pregunto.
—Ya conoces todos mis otros secretos. No necesito comer ni beber, aunque lo disfruto. Mi cuerpo puede curarse a sí mismo. Puedo
hablar todos los idiomas conocidos o una vez conocidos por el hombre, aunque prefiero hablar en lenguas muertas cuando doy órdenes. Y puedo resucitar a los muertos.
Se calla, y cierro los ojos de nuevo, dejándolo trabajar. Pero no puedo volver a dormirme. No cuando sus manos están sobre mí, y casi lo beso antes, y todavía estoy un poco confundida de que quería tener sus labios sobre mí tan pronto después de que fui atacada.
Abro mis ojos de nuevo.
—¿Por qué lo hicieron? —pregunto en voz baja—. ¿Por qué me atacaron esos hombres?
Miro al jinete, y tal vez la oscuridad me está engañando, pero a la tenue luz de la tienda de campaña, sus ojos se ven tan tristes, tan, tan, tan tristes. Nunca me había dado cuenta de eso antes. He estado demasiado atascada en lo aterrador que era. Pero ahora su expresión no parece tan hambrienta de batalla, y eso cambia todo el rostro del jinete.
—Los corazones de los hombres están llenos de maldad, esposa — admite.
No tengo por qué estar en desacuerdo. Odio a los jinetes, sí, pero ahora mismo creo que podría odiar más a los de mi especie. ¿Siempre hemos sido así? ¿Tan crueles? ¿O los cuatro demonios que cabalgaron sobre la tierra nos hicieron así?
Las manos de Guerra dejan mi piel.
—Duerme, Hinata. Y no te preocupes por esos hombres o sus motivos. Tendrás tu justicia.
Eso es extrañamente premonitorio.
Con eso, Guerra se retira y yo me quedo dormida.
El siguiente día, me despierto con un desayuno frío y un montón de mis cosas colocadas al lado del camastro de Guerra.
Oh, y no hay rastro del jinete. Fuera, haciendo guerra, sin duda...
Al menos se siente más cómodo dejándome sola hoy que ayer.
Agarro el plato de comida y recojo el desayuno, pensando que tengo un trato bastante dulce: uno de los jinetes del Apocalipsis me está esperando a pie y no me ha pedido nada a cambio.
Todavía.
Puedo escuchar mi advertencia anterior a Tenten zumbando en mis oídos. Solo puedo salirme con la mía por un tiempo. Así es como funciona este mundo.
Por supuesto, eso no es tan distractor como el hecho de que ahora estoy empezando a preguntarme cómo se sentiría estar con alguien como Guerra. Alguien que es más una fuerza de la naturaleza que un hombre de verdad. Y no me desanima la idea de que...
Después del desayuno, recojo mis cosas. Ahí está mi madera para flechas, mis zapatos, mis herramientas de carpintería, mi juego de café heredado, y lo más emocionante de todo, andrajoso corpiño que me legaron.
También hay un montón de ropa nueva entre mis artículos, junto con una nota.
Hay un baño esperándote. Puede que ya esté frío. Disfrútalo de todos modos.
Levanto la vista del trozo de papel e inmediatamente, mis ojos se posan sobre el lavabo de metal en la parte de atrás de la habitación.
Tengo la más extraña necesidad de llorar. La mayoría del agua es bombeada de los pozos en estos días, así que un baño es un espectáculo. Especialmente uno cálido.
Vuelvo a mirar la nota, pasando mi pulgar por encima de la segura y arrolladora gracia de la escritura de Guerra. Al igual que todo lo demás acerca de él, su caligrafía tiene una gran seguridad; uno pensaría que ha estado anotando notas durante décadas.
Dejando el papel a un lado, tomo la ropa y me dirijo al lavabo.
Una de las cosas que he aprendido sobre mí misma desde que me uní al ejército de Guerra: los baños son una experiencia que induce a la
ansiedad. El sonido de cada transeúnte me tiene lista para saltar de la bañera. Lo que es una lástima, porque el agua, aunque no esté caliente, todavía se siente increíble.
Dios, echo de menos la fontanería interior. Lo extraño tanto, tanto.
Al menos tengo la oportunidad de inspeccionar mis heridas. Los
moretones en mi piel son más débiles y más pequeños de lo que eran ayer. El corte en mi labio ha desaparecido por completo, y mi pecho ya no me duele tanto cuando respiro.
Dicho esto, me siento cansada y débil, como si hubiera sido reconstruida en los últimos dos días, lo que no está muy lejos de la verdad. Así que, a pesar de las conversaciones que pasan a la deriva y me tienen tensándome en la bañera, me permití quedarme en el agua por un tiempo.
Además, es que extraño mucho los buenos remojos. Los baños de esponja no son lo mismo.
Estoy a punto de salir cuando oigo a alguien caminar hacia la tienda. Aguanto la respiración, esperando a que pasen.
En su lugar, las solapas de la tienda de campaña se abren y Guerra acecha en su interior.
Me congelo al verlo, estoy desnuda como el día en que nací.
El rostro y la armadura del jinete están manchados de sangre y una fina capa de polvo. Algo de eso se pega a su cabello. Se me cae el estómago al verlo.
Los ojos de Guerra encuentran los míos y se calientan. Esto es incómodo.
Tan, tan incómodo.
Me hundo un poco más abajo en la bañera.
—Hola.
¿Hola? ¿Qué diablos Hinata?
Además, no relacionado, ¿pero puede ver mis pezones? Esa es una gran preocupación mía.
—Esposa. —Su voz es más ronca de lo normal, y mi núcleo se aprieta ante el sonido—. Encontraste mi nota.
Lo hice. Un poco tarde a juzgar por el hecho de que ya ha vuelto.
¿Cuánto tiempo he dormido?
Mejor pregunta: ¿cuánto tiempo se fue Guerra?
—¿No se supone que todavía deberías estar afuera... —No me atrevo a decirlo. Matando gente—. ¿Invadiendo?
Mis ojos se posan sobre su armadura. La última vez que lo vi con su equipo, estaba lleno de agujeros de bala del arma de Tenten. Ahora, a pesar de la suciedad y las salpicaduras de sangre, la armadura de cuero está lisa y entera una vez más.
¿Cómo es eso posible?
Guerra avanza dentro de su tienda, distrayéndome. Comienza a quitarse la ropa, empezando por su gran espada.
—Me puse... ansioso de dejarte sola —dice.
¿Está ansioso? Soy yo la que está ansiosa.
Se quita los avambrazos y luego los protectores de cuero de los hombros. Luego, se desata la armadura del pecho, dejando que todo caiga al suelo. Por último, se quita la camisa.
Contengo un poco de aliento al verlo sin camisa. Debajo de toda esa armadura está el músculo sudoroso. Los tatuajes en su pecho queman carmesí contra su piel.
¡Y esa piel! Es tan anómalo como su armadura. He visto balas entrar en su carne y espadas cortarla, pero su carne no tiene rastros de esas heridas. Me dijo que podía curarse a sí mismo, pero solo ahora estoy viendo evidencia real de eso.
Guerra se sienta pesadamente en uno de sus asientos, la madera crujiendo con su peso.
Inclinándose, cruza los brazos sobre su enorme pecho.
—¿Alguien te ha molestado desde que me fui? —pregunta. Cuando encuentro sus ojos, todavía hay calor en ellos.
—No.
Para ser honesta, estoy bastante segura de que Guerra estacionó a varios de sus hombres alrededor de la tienda. Había demasiadas pisadas cercanas para que creyera lo contrario. Y si hay una cosa en la que este tipo es bueno, exagerar.
—¿Y cómo te sientes?
Expuesta. Vulnerable. Como si mis peches estuvieran en exhibición.
—Mejor.
Guerra desata sus grebas y nudos.
—Bien.
Sus ojos estudian mi piel, y sé que está comprobando cómo se están curando mis heridas, pero todo lo que puedo pensar es que está dando un vistazo a mis pechos. Y ahora se ha convertido en algo demasiado en mi mente como para cubrirme como una persona cuerda.
—Cierra los ojos —digo abruptamente.
—¿Por qué? —pregunta, levantando una ceja. Todavía está desatando sus espinilleras.
—Porque estoy desnuda y quiero salir y no quiero que sigas mirándome.
El calor en esos ojos parece profundizarse.
—Veré esa hermosa carne eventualmente, esposa.
De nuevo mi núcleo se aprieta ante su voz.
Estoy a punto de protestar cuando sus ojos se cierran. Dejando escapar un respiro, salgo del baño y me envuelvo en una toalla cercana. Tan rápido como puedo, me pongo la ropa nueva que me dejó Guerra, sorprendida de que me quedara bien. Para ser justos, una camiseta y un pantalón cargo de edición estándar son difíciles de desordenar.
Aun así.
—Gracias por la ropa —digo. Porque la civilización puede estar muerta, pero los modales no.
—¿Puedo abrir los ojos? —dice en respuesta.
—Uh, sí —digo, tirando de mi camisa para evitar que se pegue a mi carne aún húmeda.
Guerra termina quitándose la armadura y luego se levanta. No sé qué espero que haga ahora, pero definitivamente no espero que se baje los pantalones.
Que es precisamente lo que hace.
—¡Santa mierda! —Tapo mis ojos. Al menos, los protejo un poco, quiero decir, sé valiente es mi mantra...
Técnicamente, debería haberlo visto venir. Se estaba desnudando después de todo. Solo tenía la expectativa que él esperaría hasta que yo no estuviera para cambiarse.
Además, dos palabras: sin ropa interior. Y ahora sé con seguridad que si Guerra alguna vez quisiera sexo, me rompería.
Santas bolas, o tal vez santa polla sea más apropiado.
Claramente la desnudez es una cosa mía, porque Guerra parece no preocuparse por ella. Ni siquiera me mira mientras cruza la habitación, hacia el lavabo. Solo hay una conciencia cero de que está desnudo y yo estoy perversamente intrigada enormemente incómodo.
Mis ojos se deslizan hacia la bañera de agua en la que estaba. En la que ahora él se está metiendo. Hay algo literal y figurativamente sucio sobre el hecho de que está reutilizando mi agua. Y me hace sentir extraña y consciente de mí misma.
—¿Quieres que me vaya? —digo. Ni siquiera sé por qué lo pregunto. Debería irme sin más. Aunque mis rodillas tiemblen de cansancio, debería.
Los ojos azules de Guerra encuentran los míos al entrar al lavabo.
—¿Y perderme tu reacción, esposa? Nunca.
—¿Así que sabes que es inapropiado exhibir a la gente? —digo, levantando una justa indignación.
El jinete se recuesta en el lavabo.
—Es solo desnudez. No se supone que sea ofensivo.
De alguna manera Guerra, el imbécil que está matando a todos, se las arregló para sonar como el inocente.
—No es ofensivo —digo—. Es solo que... no está hecho.
—¿Lo es ahora? —dice—. ¿Para que los maridos no vean a sus esposas desnudas y las esposas no vean a sus maridos desnudos? ¿De alguna manera se divierten completamente vestidos?
Quiero pasar mis manos a través de mi cabello.
—No estamos casados.
Guerra me da una mirada que dice claramente que lo estamos.
—No debería quedarme más en tu tienda —digo, retrocediendo. Claramente no había pensado en la logística de dormir aquí, donde Guerra vive y se baña y duerme.
—Deberías haberte quedado siempre en mi tienda conmigo. Te he dejado disfrutar de tu propio espacio porque te complazco, y disfruto complaciéndote a ti y a tus ridículos caprichos humanos.
¿Mis ridículos...?
—¿Quieres complacerme? —digo, ahora oficialmente molesta—.
¿Qué tal si dejas de matar gente?
Guerra me da una mirada penetrante.
—Hay otro a quien quiero complacer también, Hinata. Y desafortunadamente para ti, Él desea algo diferente.
Sobreviví la prueba del baño. Apenas.
Ahora Guerra está completamente vestido y curando diligentemente mis heridas. Esta vez, cuando me toca, soy muy consciente de su cercanía. Hay una peculiar intimidad al ver al señor de la guerra tomando un baño y cambiándose de ropa.
Quiero llegar a él y tocarlo, y si lo miro muy de cerca a los ojos, estoy segura de que veré que él también lo quiere.
Así que mantengo los ojos abajo.
Una vez que ha terminado con sus mini-distracciones, se... queda.
Esto es nuevo.
Quiero decir, estoy acostumbrada a que esté en la tienda de campaña, después de todo es suya, pero hasta ahora, la mayoría del tiempo estuve inconsciente. Lo miro mientras afila un cuchillo y hojea un libro que parece mucho menos divertido que mi propia novela romántica.
Esto se siente... doméstico. Como si Guerra fuera a conseguir ese
matrimonio del que tanto habla.
Tengo que salir de aquí, inmediatamente.
En serio, ¿qué voy a hacer con esta situación? No puedo quedarme aquí para siempre. Y cuanto más tiempo esté aquí, más nos acostumbraremos a estos alojamientos.
Eso realmente no puede pasar. Guerra ya es demasiado atractivo para su propio bien, y ahora sé que es capaz de ser desarmadamente amable. No tengo resistencia a nada de eso.
En realidad, no importa, a pesar de todo. No me iré esta noche, cuando mis huesos se sienten como zancos desvencijados y mi piel todavía me duele al tacto. Me quedaré aquí, aguantaré un poco más, y luego, cuando esté físicamente lista para irme, lo haré.
Hasta entonces…
Agarro mi equipo de carpintería y un trozo de madera y empiezo a cortar la rama hacia abajo, afeitando la corteza como la piel de una manzana.
Tengo que hacer que el tiempo pase de alguna manera.
Trabajo en silencio, y con el tiempo, mis preocupaciones desaparecen y se convierte en solo yo, la veta de la madera, y el constante raspado de mis herramientas. De vez en cuando aliso mi trabajo con papel de lija, frotando el eje de la flecha hasta que la superficie se vuelve relativamente lisa.
—¿Dónde aprendiste a hacer eso?
Levanto la mirada, solo para darme cuenta de que la mirada fija de Guerra está sobre mí, que su mirada podría haber estado sobre mí durante algún tiempo. He estado tan pérdida en mi trabajo que no me di cuenta.
—Es una larga historia —digo.
—Tenemos tiempo.
Maldito sea él y su voz grave. No puedo evitar pensar en su boca cada vez que habla.
Será mejor que le cuente la historia. Cualquier cosa para evitar que mi mente deambule por el camino que quiere tomar.
Dejo el trozo de madera a un lado. A mi alrededor, las virutas de madera yacen esparcidas como confeti.
—Mi madre era profesora de historia en la Universidad Hebrea — digo—. Uno de los cursos que enseñaba era sobre armamento antiguo. Tenía muchos libros sobre armas viejas y fabricación de armas.
Antes de que mi madre, mi hermana y yo tratáramos de escapar del Uzushiogakure destrozado por Guerra, ya había estado hojeando esos libros, mi ingenuo corazón estaba decidido a sobrevivir. Tontamente pensé que, si aprendía a fabricar armas, podría usarlas para cazar, como alguna amazona moderna.
Fue un deseo infantil lo que motivó un interés honesto.
—Llevó mucho tiempo encontrarle sentido a los libros, y mucho más tiempo hacer una sola cosa bien.
Pero al final lo hice. Entonces una cosa se convirtió en dos, y así sucesivamente. Una vez que perdí a mi madre y a mi hermana y regresé a Uzushiogakure sola y sin ningún tipo de ingresos para vivir, me dediqué a mi trabajo.
—Primero hice dagas de madera.
Incluso eso fue un proceso de ensayo y error. La madera se puede pudrir, puede ser demasiado blanda, puede ser demasiado frágil. Pero una vez que entendí un poco más sobre su naturaleza y las formas de templado y endurecimiento al fuego, fue cuando realmente fui capaz de manipular el material.
—Luego pasé a otras armas.
Hice arcos y flechas, probando madera más blanda y dura. Aprendí cuándo aplicar calor, cuánto y por cuánto tiempo. Y descubrí que podía reutilizar el vidrio roto para convertirlo en puntas de flecha, y el plástico delgado en un flechero. Las casas y los depósitos de chatarra
estaban llenos de estas cosas, así como de cuerdas y pegamento y de alguna que otra herramienta.
Los libros de mi madre tenían la mayoría de las respuestas, solo tenía que ser creativa en la forma en que los aplicaba.
—Así que eres autodidacta —dice Guerra. Se ve impresionado, y me siento incómoda por lo bien que me hace sentir.
Asiento.
—¿Y tus habilidades de lucha? ¿También autodidacta? Sacudo la cabeza.
—Había algunos soldados mayores que me enseñaron algunas habilidades básicas.
Soldados como mi madre. Solía ser obligatorio que la mayoría de los habitantes de Uzushiogakure se alistaron en el ejército durante al menos dos años. Pero para cuando cumplí la mayoría de edad, había un nuevo régimen político, uno que no creía en entrenar a las mujeres para la guerra. Así que tuve que trabajar con lo que mi madre me había enseñado, y con lo que otras personas mayores estaban dispuestas a enseñar.
—¿Te enseñaron a disparar un arco? —dice Guerra, incrédulo.
—Bueno, no. Eso fue autodidacta. —Antes de la Llegada, las armas eran el arma preferida. Solo cuando las armas de fuego dejaron de funcionar correctamente, los arcos y las flechas, las espadas y las dagas, las mazas y las hachas volvieron a ponerse de moda—. ¿Por qué quieres saberlo? —pregunto, tímida.
—Eres una criatura curiosa, eso es todo. —Me muestra una sonrisa astuta—. Una criatura curiosa y peligrosa.
La Historia tiene el propósito de Entretener.
