Día 7. Un uso más para la magia de Harry
Existía algo fascinante en el hecho de estar inmovilizado. Las cuerdas finamente enroscadas en su piel, la presión firme pero no severa, el agarre que no cedía.
Draco Malfoy arqueaba la espalda sobre la cama, con sus brazos extendidos por encima del nivel de la cabeza, amarrados a una cuerda que surgía del cabezal. Sus piernas permanecían abiertas, las rodillas apenas flexionadas lo justo, los tobillos atados a una barra en el borde de la cama. Incluso si intentase levantarse, un hechizo lo mantenía pegado a las mantas, y su varita se encontraba demasiado lejos para remediarlo.
No podía moverse.
No podía hacer nada.
Estaba bajo el cuidado y entera disposición de Harry.
Esa idea enviaba una nueva descarga de placer por su cuerpo, mientras Harry, metido en el espacio entre sus piernas, inclinado, con las manos en los muslos de Draco, no paraba de follarlo con su lengua. Comérselo, más bien. Lamía su entrada, trazaba círculos alrededor, presionaba con los labios, succionaba un poco, pero su parte favorita era la lengua que se deslizaba dentro y fuera, a veces acompañada por un dedo, a veces no. Esa sensación de humedad y calidez lo enloquecía tanto como saber que no era capaz de hacer algo al respecto.
Era la vulnerabilidad, la confianza ciega, y la manera en que Harry reaccionaba a esta. Cómo frotaba los pulgares en la parte interna de sus muslos en caricias perezosas, cómo le sujetaba la cadera de una forma casi posesiva, cómo subía sobre él, lo besaba, lo devoraba, hacía lo que quería, con una expresión de determinación absoluta y unos ojos verdes que llameaban. Cómo lo complacía, lo premiaba, por haberse doblegado por voluntad propia ante él.
El orgasmo le sobrevino con una intensidad que lo hizo gemir, sin poder retorcerse, mientras Harry alcanzaba su próstata con un dedo y lamía su entrada. El mundo se disolvió y se formó de nuevo en ese instante para Draco, las corrientes placenteras en su cuerpo haciéndolo temblar, los segundos de aturdimiento volviéndolo más dócil para Harry, quien soltó los amarres en sus tobillos, el hechizo que lo retenía en la cama, y sujetó las cuerdas de sus muñecas para jalarlo hacia arriba.
Harry, de pie ahora junto a la cama, lo veía como si comérselo jamás fuese a ser suficiente. Como si pudiese hacerlo mil veces más. Ese deseo sórdido provocaba que Draco se levantase, atrapado por el agarre en sus muñecas todavía, y girase del modo en que se lo pidió.
Otro hechizo clavó sus pies al suelo al lado de la cama. Harry pasó las cuerdas de sus muñecas en torno a uno de los postes del dosel y las ajustó para que estuviese amarrado allí, con el pecho casi pegado a la madera, de manera que pudiese recargarse. Seguramente porque le haría falta.
La erección de Harry se erguía, expuesta, necesitada, y Draco lo siguió con una mirada por encima del hombro, hasta que se colocó detrás de él. Antes de que sostuviese su cadera con una mano, tuvo una relativa libertad.
Después desconoció esa palabra. Harry se alineó con su entrada, ingresó con una embestida profunda, y marcó un vaivén constante. Draco, atrapado por amarres y hechizos, mantenía la cabeza apoyada en el poste, jadeaba cuando una estocada llegaba muy hondo, sentía otro golpe a su próstata, y notaba que su cuerpo iba reaccionando de nuevo para que su miembro se endureciese.
Harry le dejaría los dedos marcados en la cadera, y él estaba bien con eso. Le gustaban los besos que repartía en su espalda alta, que se inclinase sobre su hombro para hablarle al oído con ese tono ronco que el placer le otorgaba, que lo estuviese empujando más, más, más, más cerca del límite, hacia ese abismo de sensaciones interminables y fugaces también.
Draco, más sensible y previamente estimulado, se corrió primero. Ahogó un grito y disfrutó de su orgasmo, siendo follado todavía, con las rodillas a punto de ceder y agradecido por la precaución de haberlo puesto contra el poste.
Harry no duró mucho luego de eso. Volvió a inclinarse, aumentó el ritmo de tal manera que lo único que llenaba la habitación era el sonido de pieles chocando, sus jadeos, y los murmullos al oído de Draco, sobre lo bueno que era.
Cuando alcanzó el orgasmo, ralentizó los movimientos hasta detenerse. Respiraba agitado y su aliento le acariciaba un lado del rostro. Harry retrocedió, le masajeó los costados de la cadera, a los que tanto se aferraba y en los que causó moretones, presionó un beso en su espalda, y deshizo por igual los amarres y los hechizos para inmovilizarlo.
Tras asegurarse de que estaba bien, lo cargó con una mano bajo sus rodillas y la otra en su espalda. Draco hundió el rostro en su cuello, satisfecho con su trato.
Sí, aquello siempre caía de maravilla.
