CAPITULO 17

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El hombre que estaba a su lado en la cama la miró y luego dijo, dulcemente, con mucha tristeza:

Así pues, esposa mía, no has sido capaz de dejar las cosas en paz. Aplacaré tu curiosidad, entonces. Soy el príncipe Niger, el señor de estas tierras y de este palacio. Una maldición me hace adoptar la forma de ese horrible cuervo durante el día y ha convertido en pájaros a todos los que forman mi séquito y personal. Mi atormentador añadió una cláusula a la maldición: si lograba encontrar una dama que aceptara libremente casarse conmigo podría vivir como hombre desde la medianoche hasta las primeras luces del alba. Tú fuiste esa dama. Pero ahora llega a su fin nuestro tiempo juntos. Pasaré el resto de mis días en ese odiado cuerpo alado y todos los que me siguen están condenados a eso también.

DeEl príncipe Cuervo

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A la mañana siguiente, Félix Vulturi pasó su peso al otro pie, suspiró y volvió a golpear la puerta de la casa. Se enderezó la peluca recién empolvada y se alisó la corbata. Jamás en su vida le habían encargado una misión de ese tipo. En realidad, no sabía si eso formaba parte de su trabajo. Claro que era imposible decírselo a lord Masen; y menos aún cuando lo fulminaba con esos ojos diabólicos.

Volvió a suspirar. El genio de su empleador había estado peor que nunca esos últimos días. Muy pocas chucherías quedaban ya intactas en la biblioteca, y hasta el perro había tomado la costumbre de esconderse cuando el conde se paseaba por la casa.

Se abrió la puerta y apareció una mujer muy guapa.

Félix pestañeó y retrocedió un paso. ¿Se habría equivocado de casa?

La mujer se alisó la falda y le sonrió tímidamente.

—¿Sí?

—Esto, eh… buscaba a la señora Swan —tartamudeó Félix—. La señora Swan joven. ¿Es correcta la dirección?

—Ah, sí, esta es la dirección. Es decir, esta es la casa Swan, yo sólo estoy alojada aquí.

—Ah, comprendo, señorita…

—Smythe. Heidi Smythe. —La joven se ruborizó, a saber por qué—. ¿No quiere entrar?

—Gracias, señorita Smythe.

Entró en el pequeño recibidor y se quedó sin saber qué hacer. La señorita Smythe le estaba mirando el talle, con una expresión que parecía ser de embeleso.

—¡Toma! —exclamó—. Este es el chaleco más bonito que he visto en mi vida.

—Eh… esto…, vaya, gracias, señorita Smythe —dijo él, pasando los dedos por los botones de su chaleco verde hoja.

—¿Son abejorros?

La señorita Smythe se inclinó a mirar más de cerca los bordados púrpura, ofreciéndole una vista bastante indecente de la delantera del vestido.

Ningún verdadero caballero se aprovecharía de mirar lo que deja ver una dama por casualidad. Félix miró hacia el techo, luego le miró la coronilla de la cabeza y finalmente bajó la vista por el vestido. Pestañeó rápidamente.

—Ingenioso, ¿no? —dijo ella, enderezándose—. Creo que nunca había visto nada tan bonito en un caballero.

—¿Qué? —resolló él—. Esto…, eh… sí. Exactamente. Gracias nuevamente, señorita Smythe. Es raro encontrar a una persona de gusto tan refinado en lo que a modas se refiere.

La señorita Smythe pareció algo desconcertada, pero le sonrió. Él no pudo dejar de fijarse en lo hermosa que era. Toda entera.

—Ha dicho que viene a ver a la señora Swan. Podría esperar ahí —hizo un gesto hacia una pequeña sala de estar—, mientras yo voy a la huerta a buscarla.

Félix entró en la salita de estar. Oyó los pasos de la guapa mujer alejándose y luego el ruido de la puerta de atrás al cerrarse. Caminó hasta la repisa del hogar y miró un pequeño reloj de porcelana. Frunciendo el ceño, sacó el suyo de bolsillo. El reloj de la repisa iba adelantado.

Volvió a abrirse la puerta de atrás y entró la señora Swan.

—Señor Vulturi, ¿en qué puedo servirle?

Ella estaba muy ocupada frotándose las manos para quitarse la tierra del jardín, y no lo miró a los ojos.

—He venido por… esto… eh… un recado del conde.

La señora Swan continuó sin levantar la vista.

—¿Sí?

—Sí. —No sabía cómo continuar—. ¿No quiere tomar asiento?

Entonces la señora Swan lo miró perpleja y se sentó.

Félix se aclaró la garganta.

—Llega un momento en la vida de todo hombre en que se calman los agitados vientos de la aventura y él siente la necesidad de reposo y comodidad. Una necesidad de arrojar lejos las locuras de la juventud, o, en este caso, de la primera edad adulta, y establecerse en la tranquilidad doméstica.

Guardó silencio, para ver si se habían registrado sus palabras. Ella parecía más perpleja que antes.

—¿Sí, señor Vulturi?

Él se aprestó mentalmente para la lucha, y continuó:

—Sí, señora Swan. Todo hombre, incluso un conde —ahí hizo una breve pausa para dar énfasis al título—, incluso un conde, necesita un refugio de reposo y calma. Un refugio atendido por la suave mano del sexo femenino. Una mano guiada y conducida por la mano más fuerte masculina de un… esto… un protector, de modo que los dos puedan capear las tormentas y penurias que trae la vida.

La señora Swan lo estaba mirando como si estuviera aturdida. Comenzó a desesperarse.

—Todo hombre, todo «conde», necesita un lugar de agrado connubial.

Ella arrugó el entrecejo.

—¿Connubial?

—Sí —dijo él, secándose la frente—. Connubial. Perteneciente o relativo al matrimonio.

Ella pestañeó.

—Señor Vulturi, ¿a qué le ha enviado el conde?

Félix dejó salir el aire en un soplido.

—¡Vamos, por el amor de Dios, señora Swan! Desea casarse con usted.

Ella palideció hasta quedar totalmente blanca.

Félix gimió. Sabía que lo embrollaría todo. La verdad, lord Masen le pedía demasiado. Sólo era un administrador de tierras, por el amor de Dios, no Cupido, con su arco y sus flechas de oro. No tenía más remedio que continuar con el lío.

—Edward Cullen, conde de Masen, le pide su mano en matrimonio. Le gustaría un noviazgo corto, y tomando en cuenta…

—No.

—El uno de junio. ¿Qu-qué ha dicho?

—He dicho que no —dijo la señora Swan, recalcando cada palabra—. Dígale que lo siento, que lo siento mucho. Pero de ninguna manera podría casarme con él.

—Pero-pero-pero… —Hizo una inspiración profunda para controlar el tartamudeo—. Pero es un conde. Sé que tiene un genio bastante horroroso, y que se pasa muchísimo tiempo metido en el barro, lo cual —se estremeció— parece que le gusta. Pero su título y su considerable, podríamos decir incluso «indecente» riqueza, lo compensa, ¿no le parece?

Se le acabó el aire y tuvo que parar.

—No, no me parece —dijo ella dirigiéndose a la puerta—. Simplemente dígale que no.

—Pero ¡señora Swan! ¿Cómo voy a enfrentarme a él?

Ella cerró suavemente la puerta y su desesperado grito resonó en la sala vacía. Se dejó caer en el sillón, deseando beberse una botella entera de Madeira. A Lord Masen no le gustaría nada eso.

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Bella enterró el desplantador en la tierra y arrancó con saña una mata de diente de león. ¿En qué estaría pensando Edward para enviar al señor Vulturi con su proposición de matrimonio esa mañana? No estaba avasallado por el amor, eso era evidente. Soltó un bufido y atacó otra mata de diente de león.

Crujió la puerta de atrás de la casa. Se giró a mirar y frunció el ceño. Gianna traía arrastrando un taburete de la cocina.

—¿Qué haces aquí fuera? Esta mañana tuvimos que subirte casi a rastras a mi habitación Heidi y yo.

Gianna se sentó en el taburete.

—Dicen que el aire del campo cura, ¿no?

Ya le había bajado bastante la hinchazón de la cara, pero los moretones y magulladuras seguían muy visibles. Heidi le había sujetado las ventanillas de la nariz con un trozo de tripa delgado, con el fin de mantenerle firme la forma hasta que se reparara la rotura; en ese momento se le movían grotescamente. El párpado izquierdo lo tenía caído, más entornado que el derecho; Bella no sabía si se le levantaría con el tiempo o la desfiguración sería permanente. Debajo del ojo con el párpado caído se destacaba la costra de una cicatriz en forma de media luna.

Gianna echó atrás la cabeza apoyándola en la pared y cerró los ojos, como si disfrutara de la luz del sol en su estropeada cara.

—Supongo que debo darte las gracias —dijo.

—Eso suele ser lo normal —repuso Bella.

—Para mí no. No me gusta estar en deuda con nadie.

—Entonces no lo consideres una deuda —dijo Bella, gruñendo al arrancar una mala hierba—. Considéralo un regalo.

—Un regalo —musitó Gianna—. Por mi experiencia, los regalos hay que pagarlos de una u otra manera. Pero tal vez contigo no sea así. Gracias.

Suspiró y cambió de posición. Aunque no se le había roto ningún hueso, tenía magulladuras por todo el cuerpo; todavía debía sentir muchísimo dolor.

—Valoro más la estimación de las mujeres que la de los hombres —continuó—. Esta es mucho más excepcional, especialmente en mi profesión. Fue una mujer la que me hizo esto.

—¿Qué? —exclamó Bella, horrorizada—. Yo creía que fue el marqués…

Gianna emitió un sonido despectivo.

—Él sólo fue el instrumento. La señora Lavender le dijo que yo atendía a otros hombres.

—Pero ¿por qué?

—Deseaba mi puesto como amante del marqués. Y tenemos cierta historia entre nosotras. —Agitó una mano—. Pero eso no importa. Cuando mejore me las arreglaré con ella. ¿Por qué no has ido a trabajar a Ravenhill Abbey hoy? Ahí es donde pasas normalmente los días, ¿no?

Bella frunció el ceño.

—He decidido no volver nunca más.

—¿Te has peleado con tu hombre?

—¿Cómo…?

—Es el que viste en Londres, ¿no? ¿Edward Cullen, conde de Masen?

—Sí, fue él con quien me encontré. Pero no es mi hombre —suspiró.

—He observado que las mujeres de tu clase, es decir, las mujeres de principios, no se acuestan con un hombre a menos que tengan involucrado el corazón. —Curvó la boca en una sonrisa sardónica—. Ponen muchísimo sentimentalismo en el acto.

Bella tardó más tiempo del necesario en encontrar la siguiente raíz con la punta del desplantador.

—Puede que tengas razón. Tal vez sí puse mucho sentimentalismo en el acto. Pero ahora eso no tiene ninguna importancia. —Enterró el desplantador y de la tierra saltó la mata de diente de león—. Discutimos.

Gianna la miró con los ojos entrecerrados un momento, luego se encogió de hombros y volvió a cerrar los ojos.

—Descubrió que eras tú.

Bella la miró sorprendida.

—¿Cómo lo sab…?

—Y ahora supongo que vas a aceptar mansamente su desaprobación —continuó Gianna sin hacer una pausa—. Esconderás tu vergüenza bajo una fachada de respetable viudez. Tal vez podrías tejer calceta para los pobres del pueblo. Seguro que tus buenas obras te van a dar mucho consuelo cuando dentro de unos años él se case y se acueste con otra mujer.

—Me ha pedido que me case con él.

Gianna abrió los ojos.

—Bueno, eso sí es interesante. —Miró el creciente montón de matas de diente de león—. Pero tú lo has rechazado.

Bella cogió un hacha pequeña y comenzó a golpear el montón para cortar las ramas.

¡Chac!

—Me cree una desvergonzada. —¡Chac!—. Soy estéril y necesita hijos. —¡Chac!—. Y no me desea.

Paró de golpear y contempló el montón de ramas rotas y mojadas de savia.

—¿No? —musitó Gianna—. ¿Y tú? Tú, eh… ¿lo deseas?

Bella sintió subir calor a las mejillas.

—He vivido sin un hombre muchos años. Puedo volver a estar sola.

Una sonrisa jugueteó por la cara de Gianna.

—¿Te has fijado en que cuando has probado ciertos dulces, el bizcocho borracho de frambuesas es mi locura, es casi imposible no pensar, no desear, no ansiar, hasta que has tomado otro bocado?

—Lord Masen no es un bizcocho borracho de frambuesas.

—No, es más bien una mousse de chocolate, diría yo.

—Además —continuó Bella, como si no hubiera oído eso último—, no necesito otro bocado, eh… otra noche con él.

Ante sus ojos apareció una visión de esa segunda noche: Edward con el pecho desnudo, los pantalones abiertos, reclinado en el sillón junto al hogar como un pacha. Su piel, su pene, brillaban a la luz del fuego.

Tragó saliva. Se le hacía la boca agua.

—Puedo vivir sin lord Masen —declaró firmemente.

Gianna arqueó una ceja.

—¡Puedo! Además, tú no estabas ahí. —De pronto se sintió tan marchita como los dientes de león—. Estaba terriblemente furioso. Me dijo cosas horribles.

—Ah, se siente inseguro de ti —dijo Gianna.

—No veo por qué eso tendría que hacerte feliz —dijo Bella—. Y, en todo caso, es mucho más que eso. Jamás me perdonará.

Gianna sonrió como una gata mirando posarse a un gorrión cerca.

—Puede que sí, puede que no.

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Edward se paseaba desde el armario de un extremo de la sala de estar hasta el sofá, entonces giraba y volvía a comenzar, lo que no era ninguna proeza puesto que atravesaba la sala en tres de sus largos pasos.

—¿Qué es eso de que no te casarás conmigo? ¡Soy un conde, caramba!

Bella hizo un mal gesto. No debería haberlo dejado entrar en la casa. Claro que no tuvo muchas opciones después de que él la amenazara con echar abajo la puerta si no le abría.

Y le había dado toda la impresión de que lo haría.

—No deseo casarme contigo —repitió.

—¿Por qué no? Estabas bastante deseosa de follarme.

Bella volvió a hacer una mueca.

—Lo que sí deseo es que dejes de emplear esa palabra.

Edward se giró y la miró con una odiosa expresión sarcástica.

—¿Preferirías «echar unos polvos»? ¿«Dar un revolcón»? ¿«Joder»? ¿«Bailar una giga con los culos»?

Ella apretó los labios. Menos mal que Charlotte y Maggie habían salido de compras esa mañana. Edward no hacía el menor esfuerzo por hablar en voz baja.

—Tú no deseas casarte conmigo —dijo lentamente, pronunciando cada palabra como si le estuviera hablando a un idiota del pueblo duro de oído.

—No se trata de que desee o no desee casarme contigo, como bien sabes. La realidad es que debo casarme contigo.

—¿Por qué? —preguntó ella, en un resoplido—. No tenemos ninguna posibilidad de engendrar hijos y como has dejado abundantemente claro, sabes que soy estéril.

—Te he comprometido.

—Fui yo la que fue a la Gruta de Afrodita disfrazada. A mí me parece que te comprometí yo a ti.

Encontró encomiable que no hubiera agitado las manos exasperada.

—¡Eso es ridículo! —aulló Edward.

El grito debió oírse en Ravenhill. ¿Por qué los hombres creen que decir algo más fuerte lo hace cierto?

—¡No más ridículo que el que un conde que ya está comprometido para casarse le proponga matrimonio a su secretaria!

Bueno, ella también había levantado la voz.

—No te lo propongo. Te digo que debemos casarnos.

Bella se cruzó de brazos.

—No.

Edward echó a andar en dirección a ella, cada paso fuerte, con la clara intención de intimidarla. Sólo se detuvo cuando su pecho quedó a unos pocos dedos de su cara. Ella levantó la cabeza y alargó el cuello, para mirarlo a los ojos; y no retrocedió.

Él se inclinó hasta que su aliento le rozó la frente, como una caricia íntima.

—Te casarás conmigo.

Olía a café, notó ella. Bajó los ojos a su boca. Aún estando furioso, ésta le pareció asquerosamente sensual. Retrocedió un paso y le dio la espalda.

Oyó su fuerte respiración detrás. Lo miró por encima del hombro.

Él estaba pensativo, mirándole el trasero. Al instante levantó la vista.

—Te casarás conmigo. —Levantó una mano al ver que ella abría la boca para hablar—. Pero por el momento no hablaremos del cuándo. Mientras tanto, sigo necesitando una secretaria. Te necesito en Ravenhill esta tarde.

—No creo que… —Bella tuvo que interrumpirse para afirmar la voz—. Dado el tipo de relación que ha habido entre nosotros no creo que deba seguir siendo tu secretaría.

Edward entrecerró los ojos.

—Corrígeme si estoy equivocado, señora Swan, pero, ¿no fuiste tú la que inició esa relación? Por lo tanto…

—¡He dicho que lo siento!

—Por lo tanto —continuó él, como si ella no hubiera hablado—, no veo por qué debo ser yo el que sufra la pérdida de una secretaria simplemente debido a tu incomodidad, si ese es el problema.

—¡Sí, ese es el problema! —La palabra incomodidad no describía siquiera el sufrimiento que le produciría intentar seguir trabajando como antes. Hizo una inspiración para fortalecerse—. No puedo volver.

—Bueno, entonces me temo que no podré pagarte el salario que te corresponde hasta la fecha —dijo él dulcemente.

—Eso es…

No logró terminar la frase porque el espanto le quitó la capacidad de hablar. Habían contado con el dinero que le pagaría a fin de mes hasta tal punto que ya habían contraído deudas pequeñas en las tiendas del pueblo. Ya irían mal sin su trabajo; pero si no recibía el salario que ya se había ganado como secretaria, las consecuencias serían desastrosas.

—¿Sí? —preguntó él.

—¡Eso es juego sucio!

—Vaya, corazón mío, ¿de dónde sacaste la idea de que yo juego limpio? —dijo él con voz sedosa, sonriendo.

—¡No puedes hacer eso!

—Puedo. No he parado de decirte que soy un conde, pero al parecer todavía no lo has asimilado. —Se puso un puño debajo del mentón—. Claro que si vuelves al trabajo, se te pagará el salario completo.

Bella cerró la boca y se obligó a hacer unas cuantas respiraciones por la nariz.

—Muy bien. Volveré. Pero quiero que se me pague al final de la semana. De cada semana.

Él se rió.

—¡Qué desconfiada!

Avanzó un paso, le cogió la mano y le besó el dorso; después se giró rápidamente y le presionó la palma con la lengua. Al sentir esa cálida y mojada caricia se le contrajeron los músculos de su parte íntima. Duró un segundo. Él le soltó la mano y salió por la puerta antes que ella pudiera protestar.

Al menos estaba bastante segura de que habría protestado.

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Mujer obstinada, obstinada, iba pensando Edward al montar de un salto en la silla de su bayo. Cualquier otra mujer de Little Battleford habría vendido a su abuela por casarse con él. Demonios, la mayoría de las mujeres de Inglaterra venderían a toda su familia, a los criados de la familia y a los animales domésticos de la familia por convertirse en su esposa. Soltó un bufido.

No era un egotista. Eso no tenía nada que ver con él personalmente. Era su título el que tenía ese elevado valor de mercado. Bueno, su título y el dinero que venía con él, por supuesto. Pero no para Bella Swan, viuda pobre y carente de categoría social. Ah, no, para ella, y únicamente para ella, él sólo tenía valor para irse a la cama, no para casarse. ¿Qué se creía que era él? ¿Una polla en alquiler?

Tiró de las riendas para apartar al caballo de una hoja que pasaba volando y lo asustó. Muy bien, pues, esa misma sensualidad que la impulsó a encontrarse con él en un prostíbulo sería su caída. La había sorprendido mirándole la boca a mitad de la pelea, y eso le dio la idea: ¿Por qué no aprovechar esa sexualidad de ella para sus fines? Al fin y al cabo, ¿qué importancia tenía el motivo que la decidió a seducirlo, si fue o no fue por sus cicatrices? El punto más importante era que lo hizo. Le gustaba su boca, ¿no? Pues, se la vería todo el día, todos los días, trabajando como su secretaria. Y él se encargaría de recordarle qué otras cosas se perdía, hasta que consintiera en ser su esposa.

Sonrió de oreja a oreja. En realidad, sería un placer para él demostrarle qué recompensas la aguardaban cuando se casaran. Con su naturaleza lujuriosa, Bella no sería capaz de resistirse mucho tiempo. Y entonces sería su esposa. La idea de tomarla como esposa le resultaba extrañamente reconfortante, y un hombre se puede acostumbrar a esa lujuria femenina en una compañera. Ah, sí, decididamente.

Sonriendo implacable, puso al bayo al galope.