Gloryhole: agujeros en tabiques o paredes, normalmente en baños, para mantener relaciones sexuales.

Ron/Blaise

Continuación Kink Week: Mi pareja favorita


Blaise era bastante asiduo a los lavabos de la quinta planta del Ministerio, no lo iba a negar.

Pero desde que había empezado a salir con su última pareja se había hecho promesa de no ir.

La promesa duró menos que su relación, total, tampoco iban tan en serio.

Blaise ya estaba en su cubículo esperando, y es que tenía una pequeña fijación con chupar pollas de las que no viera nada más, para qué mentir.

Y ahora encima esos cubículos se habían convertido en una caja de los deseos. A Draco le había tocado Potter, venga hombre, ¿se podía tener más suerte?

Blaise era más de los que chupaba que de los que la metía por el agujerito, y se la había chupado a un buen número de aurores.

Se sentó en la taza, no había entrado aún nadie. Con las piernas cruzadas meditó sobre lo que quería pedirle a la cajita de las pollas que le trajera de regalo.

Sonrió como un gato, alto, fuerte, y pelirrojo. Él tenía su propio auror fetiche, pero por ese agujero no había salido nunca una mata de pelo pelirroja.

—Caja mágica de lo rabos, tráeme a Ronald Weasley y que la tenga enorme.—Pidió como cuando era pequeño y aún creía en Papá Noel.

La puerta sonó al abrirse, "premio" palmeó en silencio Blaise.

Pasos, sonido de puerta al abrirse a su derecha, pestillo, cremallera bajándose, movimiento de telas. Rabo jugoso para Blaise.

Este se puso de rodillas, y comenzó a lamerlo, no estaba mal, le estaba dando una buena mamada según él.

El sonido de otros pasos entrando le hizo sonreír, dos, dos, premio doble.

Se la sacó de la boca, mientras lo masturbaba, sin perder ojo en los movimientos en el cubículo a su izquierda.

Rosada, grande, medio dura y aún así sabrosa, Blaise paró sus movimientos. Pelo rojo, una mata pelirroja asomando por el agujero.

No, no podía ser, Blaise soltó la polla dura que tenía a la derecha, y acarició la otra. Suave y caliente, y poniéndose durísima entre sus manos.

Miró hacia abajo, pantalones azules, botas de piel de dragón reglamentarias.

Auror.

Se rió bajito, mientras lamía su glande. La metió hasta el fondo de su garganta mientras hacía una lista mental de los pelirrojos en el cuerpo de aurores.

Había cuatro.

Descartó a Smith, a ese viejo no se le levantaría tan rápido y tan dura.

Olsen, era demasiado bajo, miró los pies del auror, debería calzar al menos un 47. Olsen no podía tener ese número o sus pies hubieran llamado la atención de cualquiera.

Solo quedaban Farrell y Weasley.

Escuchó un ruido al otro lado, el primer tipo no dejaba de menear la colita olvidada. Blaise, magnánimo se la cascó profesionalmente, notó el líquido caliente en su mano, y se olvidó de él.

Estaba centrado en chupar a su 50% de Weasley.

Una de las ventajas de ese lugar era el anonimato, y una de las cosas que hacían que aquello fuera muy caliente. Nunca había tenido gran interés en saber a quién se la chupaba, sino hacerlo.

Blaise se la sacó, con ese se iba a correr imaginando que era Weasley el dueño, y nadie se lo iba a impedir.

Una cosa buena de ir casi todos los días era que tenía una maestría lenguil muy interesante, y la puso en marcha haciendo gemir al del otro lado. No, los gemidos eran todos iguales.

Blaise le sacó hasta el semen de cuando adolescente. Y dejó caer el suyo propio al suelo.

Magnífico, ese día había merecido la pena completamente.

Pero aún tenía la duda, vio una gota blanquecina manchando los pantalones azules en la cara externa de la pierna derecha.

En silencio tomó su varita lanzándole un "perpetuo" sus queridos amiguitos iban a pasar la mañana en aquella pernera del pantalón.

El auror se fue, y Blaise se limpió, aprovechó para echar una meadita, y dejó el baño cuando otra polla se asomó a saludar.

Él ya había tenido suficiente, no había que ser avaricioso que solo eran las 10 de la mañana.

Cuando se reunió con sus amigos en su mesa favorita de la cafetería del Ministerio, Blaise estaba nervioso. Él, que no se ponía nervioso con nada, estaba esperando a que el grupo bullicioso de aurores entrara llevándose la tranquilidad de todos.

—¿Qué pasa?—preguntó Theo.

—Cállate, que no veo.

—Sabes que eso es completamente imposible, ¿verdad?—dijo Draco, no estaba para charlitas, tenía manchas que mirar, por Merlín.

Smith, 0 manchas. Menos mal, uno tenía sus límites.

Olsen, 0 manchas. Blaise tenía buen ojo.

Blaise bufó, desde donde estaba sentado no era capaz de ver las perneras de Farrell y Weasley. Potter le estaba tapando la visión inclinado sobre su amigo robándole patatas fritas.

—Llama a tu novio—se quejó Blaise a Draco.

—Potter no es mi novio.—El tono tímido de Draco no le pegaba nada en absoluto.

—Me da igual, haz que se mueva, no sé menea el culo, haz algo.

Draco le pegó una colleja nada adulta a su amigo, pero captó la atención de Potter, y los dos se empezaron a dedicar miraditas y sonrisitas.

—Iros a follar—bufó Blaise, y para sorpresa de sus amigos, Draco obedeció, se levantó y Potter le siguió.

Y la pernera derecha de Weasley estuvo completamente a su vista.

Semen, semen, semen, rezó Blaise.

Cuando vio la mancha que ya no era tan evidente en su pantalón casi se atraganta. Vale que lo había deseado, pero en el fondo pensaba que no era posible.

No podía ser, ¿de verdad se la había chupado a Weasley?

¿De verdad después de años, justo cuando pide que sea él, aparece por el agujero de los deseos?

La magia no funcionaba así.

Weasley captó su mirada, que no era otra que la de alguien que ha visto a un fantasma y no de los simpáticos de Hogwarts. Sino de los con cara de Voldemort.

—¿Qué te pasa?—le preguntó Theo mientras apuraba su café para volver a su oficina.

—Es el baño de los deseos, y en todo este puto tiempo no lo he sabido.

—¿Qué?

—Ve al baño de la quinta, y pide que te traiga a Neville Longbottom— le dijo antes de irse.

Theo se quedó pasmado mientras vio a su amigo irse. Esos dos malditos le habían vuelto a dejar con la cuenta de sus almuerzos.

Estaba de sus calenturientos amigos harto, pero lo que Blaise había dicho le dejó dubitativo.

Miró su reloj de pulsera, las 13:45, aún le quedaban 15 minutos para volver al trabajo, se montó en uno de los ascensores y se bajó en la quinta planta.

Total, ¿qué era lo peor que podía pasar?


Esto lo escribí el mes pasado, no recuerdo el día ni en qué estaba pensando, pero me he reído yo sola revisándola.

Hasta mañana, soletes.

Besitos

Shimi