Capítulo 8


Esa noche Madara casi no pudo conciliar el sueño. Por fin, a las cuatro de la madrugada, se dio por vencido y tomó una ducha templada para sacudirse de encima el frío glacial que arrastraba desde la noche anterior. Lo haría otra vez. No le bastaba con degustar a Sakura una sola vez; sabía que no le bastaba. Tal vez por eso en los últimos dos años no se había permitido ceder al impulso de besarla. Sus batallas dialécticas eran la única válvula de escape a la tensión sexual que se había creado entre ambos.

Pero ya no. Durante las pocas horas de descanso de que había gozado, consiguió despejar la mente de las emociones que bloqueaban sus procesos mentales y se dio cuenta de que lo que necesitaba era conocer los secretos de Sakura.

Se enfundó los pantalones de uno de los trajes de sport que reservaba para los viernes y esperó al momento de salir para ponerse la corbata y la americana.

No solía pasar mucho tiempo en la cocina, pero conseguiría prepararse un breve desayuno. Puso a hervir la cafetera y encendió el ordenador.

La búsqueda de información sobre Sakura Haruno anterior a su decimoctavo cumpleaños había resultado infructuosa.

—No es posible que hayas caído del cielo —se dijo.

Efectuó otra búsqueda por el apellido y, sorprendentemente, no obtuvo gran cosa aparte de la información difundida por los medios el día anterior y todo lo relacionado con Hashirama y Temari. Aparecían unas cuantas fotografías tomadas en distintas reuniones sociales a las que había acudido durante los últimos dos años. En todas, la cara de Sakura se veía solo a medias. Incluso en una donde aparecían los dos durante la boda que Hashirama celebró en Texas. Era como si Sakura supiera que las cámaras la estaban enfocando y no quisiera que se le viera la cara.

Madara se sirvió una taza de café solo y, por pura rutina, encendió el televisor para ver las noticias. Lo último que había sabido era que el día anterior los medios seguían presentándolo de una forma nada halagüeña. Sin embargo, en lugar de dedicarse a hacer todo lo posible para aumentar sus posibilidades en las urnas estaba rastreando la red para descubrir el pasado de Sakura

¿Qué sabía de ella en realidad? Sacó una libreta de su escritorio y anotó el nombre de Sakura en el encabezado de la página.

¿La edad? No la sabía. Suponía que debía de faltarle poco para cumplir los treinta.

¿Sus padres? Nunca hablaba de ellos. De hecho, no mencionaba a nadie de su familia. Escribió un gran interrogante al final de la palabra «padres».

¿Estudios? Madara se pasó la mano por el pelo y arrojó el bolígrafo sobre el escritorio. Por Dios, no sabía nada de ella. Menuda putada.

Tras unos cuantos sorbos de café, volvió la página del cuaderno y anotó lo que sí sabía.

«Sakura Haruno.» Escribió su nombre y lo rodeó con dos círculos.

La había conocido dos años atrás. Llevaba mucho tiempo siendo amiga de Temari.

Anotó otras cosas que le vinieron a la mente al evocar su imagen. «Lista. Con recursos. De ideas claras. Guapa. Ingeniosa. Reservada. Armada con una pistola.» Trazó dos círculos alrededor de eso último.

¿Quién llevaría una pistola encima? Un policía o un agente federal, pero ninguna de las dos cosas le cuadraba. Hasta el día anterior no la había visto en compañía de ningún representante de la autoridad. Hasta que aquellos dos policías llamaron a su puerta.

Madara plantó la mano sobre el escritorio.

—Claro.

No estaba buscando en el sitio correcto.

Acababan de dar las cinco de la madrugada; era demasiado temprano para telefonear pidiendo favores.

Se calentó el café y empezó a rastrear la página de la policía de Los Ángeles para ver si reconocía las caras de los dos hombres que se habían presentado en el hotel.

Al cabo de una hora tenía dos nombres: Chōza Akimichi y Inochi Yamanaka. Llevaban muchos años de servicio y gozaban de buena reputación en el departamento. Estaban en el grupo de operaciones especiales. Un nombre de lo más ambiguo.

Descolgó el teléfono y marcó el número de un contacto de Nueva York.

—¿Diga?

—Hola Hiruzen, soy Madara.

Conocía a Hiruzen desde hacía muchos años, más incluso que a Hashirama. Ahora pertenecían a esferas diferentes, pero en otro tiempo habían mantenido una relación muy estrecha.

—Vaya. Hola, gobernador. ¿Qué diablos te cuentas?

—Aún no soy gobernador.

—Espera un poco y verás. —Su amigo soltó una risita—. ¿A qué debo el honor de tu llamada?

—¿Tan raro es que llame a un amigo?

—¡Esta sí que es buena! Andas demasiado ocupado para llamar a los amigos, sobre todo a los que no nos hemos movido de Nueva York.

Madara oyó de fondo el ajetreo de la comisaría, los teléfonos que no paraban de sonar y alguien que soltaba una retahíla de palabras subidas de tono. No sabría decir si se trataba de un delincuente o un policía. Por desgracia, Hiruzen estaba en lo cierto. Madara mantenía el contacto con muy pocas personas que no le sirvieran para impulsarlo hacia el siguiente escalón de su carrera.

—¿Qué tal está Biwako?

—Bien. Parirá cualquier día de estos.

Madara apoyó la cabeza en la mano que tenía libre. Se había olvidado por completo de que la mujer de su amigo estaba embarazada.

—Así, ¿todo va bien? ¿Tanto la madre como el bebé están bien?

—Estupendamente. El pequeño Asuma nacerá a finales de este mes.

—¿Ya sabes que es un niño?

Hiruzen soltó un resoplido.

—El médico nos dijo que se veía muy bien el cordón umbilical, pero yo prefiero pensar que lo que se ve es lo bien dotado que está mi niño, igual que su padre. Además, solo de pensar en tener una niña me cago de miedo.

Madara imaginó a Hiruzen, con sus casi cien kilos, sosteniendo en los brazos a un bebé diminuto. Menuda estampa.

—Serás un padre magnífico.

Hubo un silencio en la comunicación.

—Bueno, ¿cuál es la verdadera razón de tu llamada? ¿Necesitas ayuda, abogado?

Madara cogió el bolígrafo, pasó las hojas de su calendario de sobremesa y anotó el nombre de Hiruzen en un día cualquiera, al cabo de unas semanas. No debía olvidarse de llamar a su amigo y su esposa embarazada, solo para ver qué tal estaban.

—Tengo unas cuantas preguntas con las que a lo mejor puedes ayudarme.

A Hiruzen no pareció molestarle que la llamada no resultara ser desinteresada.

—Dispara.

—Me he topado con un par de agentes de la policía de Los Ángeles que pertenecen al equipo de operaciones especiales. ¿Tienes idea de a qué se dedican?

—Podría ser cualquier cosa, desde investigar homicidios hasta proteger a alguien en peligro. ¿Cómo los has conocido?

—Querían hablar con mi... Con una amiga. Ella no pareció sorprendida de verlos.

—Una amiga, ¿eh?

—Una amiga muy especial —confesó Madara.

—¿Qué más puedes decirme?

Madara sopesó sus opciones. Hizo a Hiruzen un pequeño retrato de Sakura. Le explicó que era una mujer inteligente y atractiva que no soltaba prenda sobre su vida privada. Terminó su descripción diciendo que llevaba una pistola en el bolso.

—¿De qué tiene miedo? —preguntó Hiruzen.

—No lo sé. No es una mujer que se acobarde así como así. Incluso consiguió burlar a mi guardaespaldas y a los dos agentes a plena luz del día.

—¿Seguro que no es policía?

—Seguro.

—¿Me dices su nombre o quieres que lo averigüe yo?

Puesto que todos los medios presentaban a Sakura como su novia, Madara sabía que Hiruzen no tardaría en descubrirlo.

—Sakura Haruno. Ya sabes que tengo que mantener esto en secreto.

—Ah, entonces no lo mencionaré en mi perfil de Facebook —bromeó Hiruzen—. Déjame que investigue un poco y ya te llamaré. Si tiene permiso de armas, podré tirar del hilo y averiguar el motivo por el que se lo concedieron. En California es casi imposible que un ciudadano de a pie lo obtenga. Y aquí también —añadió—. Por eso estoy muy contento de ser policía.

—Gracias, Hiruzen.

—Ah, ¿sabes cómo se llaman los agentes?

Madara le dio los nombres y se despidieron.

Sakura sacó la peluca del fondo del armario y la miró abochornada. Había hecho un esfuerzo para levantarse temprano con la firme intención de preparar las maletas y desaparecer.

Ahora estaba sentada con las piernas cruzadas frente a la maleta a medio llenar y la asaltaban las dudas.

Temari y ella habían trabado una amistad de lo más sólido. El pequeño Tim era como un sobrino para Sakura, y no concebía la idea de no ver cómo aquel rostro regordete iba cambiando a medida que crecía. Incluso Tōka y su altivez latente se habían hecho un hueco en su corazón.

Además, estaba Alliance, la agencia que había fundado Temari y que ahora dirigían juntas. Sakura pensó en las mujeres a las que había conocido gracias a Alliance. Algunas pertenecían a familias horribles que, de niñas, las habían utilizado como moneda de cambio para obtener lo que querían. Eran mujeres que buscaban un marido que les proporcionara estabilidad económica para poder hacer su voluntad y fastidiar a su familia. Cada una tenía su propia historia. Y todas eran verosímiles.

Cuando lo pensaba, Sakura veía que la suya no era tan triste como otras. Por lo menos, sus padres le habían dado amor antes de morir.

A veces por la noche, en medio de la quietud y el silencio, los oía. Oía el tono cariñoso en que su madre le hablaba y le explicaba un cuento antes de dormir. Y su padre siempre la llamaba «cerezo» con su voz grave y potente.

Sus padres la envolvían con un amor sin límites que la hacía sentirse segura. Pero una noche todo eso estalló en mil pedazos.

Sakura se enjugó una lágrima de la mejilla y se esforzó por apartar de sí esos recuerdos dolorosos.

Echaba de menos tener algún ser cercano a quien pudiera llamar familia, aunque en parte había suplido aquel amor con el de sus amigos.

Apartó de sí la maleta y se puso en pie de golpe. Revolvió apresuradamente los cajones, encontró la indumentaria que andaba buscando y se la puso.

No huiría. Todavía no. Haría caso del consejo de Inochi y desaparecería de la esfera pública. Con unos cuantos movimientos conseguiría sentirse más segura, aunque no estuviera a salvo del todo.

Tendría los ojos bien abiertos.

Y las orejas.

Y se echaría a correr como alma que lleva el diablo si el pasado amenazaba con darle alcance y destruir a aquellos a quienes había aprendido a amar.

Chōza aspiró a pleno pulmón una bocanada de nicotina y la dejó escapar entre los labios fruncidos. Había intentado quitarse de encima el hábito durante años y al final había tenido que sucumbir al hecho de que era un fumador nato. No cambiaría aunque se pasara el día mascando chicle de nicotina o escuchando estúpidas frases para lavarle el cerebro.

Era policía desde poco después de cumplir los veinte años. Había dado el «sí» dos veces ante el altar y luego había tenido que tragarse toda esa mierda para acabar con un «no» rotundo.

Contaba con muy pocas cosas estables en la vida. Inochi era lo más parecido a un hermano que había tenido nunca, y ni siquiera su propio hijo hacía el mínimo esfuerzo por llamarlo, aunque fuera para felicitarlo en el día del padre.

Aplastó la punta del cigarrillo contra el cenicero y subió el volumen del telediario.

En la pantalla aparecía la flamante imagen de Sakura, así que subió el volumen más todavía.

Se había convertido en una bella mujer. Al verla por televisión lo atenazó un poco la mala conciencia. Hacía unos cuantos días que había visto a Sakura por última vez y las noticias habían dejado de difundir su imagen. Hasta ese momento.

«El candidato a gobernador Madara Uchiha ha perdido unos cuantos votos en los sondeos de opinión tras conocerse la semana pasada su implicación en una pelea en Texas. A pesar de las declaraciones de Sakura Haruno, testigo presencial de los hechos, los ciudadanos no están dispuestos a votar a un candidato tan joven y tan poco inclinado a comprometerse. El rival de Uchiha en los sondeos, Danzō Shimura, no ha tardado en hacer algunas averiguaciones sobre la señorita Haruno y ofrecer también una rueda de prensa.»

Chōza dejó el cigarrillo en el cenicero y se inclinó hacia delante en el asiento. Agarraba con fuerza el mando a distancia a la vez que entornaba los ojos.

«Al parecer, el señor Uchiha pasa bastante tiempo con Sakura Haruno. Incluso hay quien apunta que, si Uchiha gana las elecciones, tras tomar posesión del cargo el nuevo gobernador celebrará una boda poco convencional. La hipótesis ha sido formulada durante las entrevistas al señor Shimura.»

El presentador desapareció de la escena y se vio a Shimura situado frente a varios reporteros. Como de costumbre, los políticos no se dedicaban a hablar de política, sino a soltar sandeces, y la gente los escuchaba. Chōza llevaba en el mundo el tiempo suficiente para reconocer una gilipollez en cuanto la oía. Claro que también ayudaba el hecho de que conocía a Sakura Haruno mejor de lo que nadie podía conocerla.

«¿Qué sabemos en realidad de la señorita Haruno? —preguntaba Shimura—. Es posible que tenga bastantes amiguitos influyentes, y podría añadir que son extranjeros, pero la cuestión es que esa mujer ha aparecido de la nada. No consta ningún expediente académico ni ninguna partida de nacimiento suyos. He oído hablar de políticos que, sin que se sepa, contratan a inmigrantes ilegales, pero creo que debemos evitar votar a un gobernador que podría llegar a convertir a una extranjera de pasado turbio en primera dama del estado.»

—¡Qué cabrón! —gritó Chōza al televisor—. ¡Sakura no tiene nada de turbio, puto lameculos!

El telediario retransmitió algunos momentos de la rueda de prensa en la que había participado Sakura, así como imágenes de ella en distintas situaciones. En muchas se la veía al lado de Uchiha. Y en casi todas su rostro aparecía parcialmente oculto, pero no en todas.

Hubo una en particular que a Chōza le recordó el gran parecido con su madre. Si él apreciaba el parecido, otros también lo harían.

El programa retransmitió otra noticia, y Chōza tuvo que hacer un esfuerzo para levantarse de su sillón favorito y descolgar el teléfono. Tenía todas las esperanzas de que Sakura no fuera en serio con ese tipo. Inochi y él tenían que convencerla de que desapareciera del mapa, y sabía por experiencia que conseguir la colaboración de una mujer enamorada era como pretender que una cucaracha dejara de pasearse por encima de un donut tirado en el suelo.