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Epílogo
«When I was a child, I heard voices. Some would sing and some would scream.
You soon find you have few choices; I learned the voices died with me».
Arsonist's Lullaby, Hozier
Las calles apestaban a muerte y humo.
Se extendían por la tierra como las venas oscurecidas de un fumador compulsivo, cubiertas de mugre y basura. La gente se acumulaba en las esquinas entre risas, indiferentes a la suciedad y la podredumbre que rebosaba en el lugar. Estaban celebrando, después todo.
—¡Larga vida a los magos! —Gritó una bruja de ropa andrajosa y ojos hinchados y fanáticos, subida en lo alto de un banco. A su alrededor, sus compañeros gritaron para reafirmarla, dichosos a pesar de tener tan mal aspecto como ella.
—¡Y abajo cualquiera que quiera quitarnos nuestro legítimo lugar en el mundo! —Añadió un mago de barba sucia y desordenada, zarandeando lo que parecía un muñeco en sus brazos.
El muñeco se balanceó sin vida; sus ojos estaban abiertos y brillantes, pero vacíos. Su piel cenicienta y arrugada. Lo único que indicaba que era un ser vivo y no un muñeco era el ligero movimiento de su respiración.
El hombre lo tiró al suelo, y la mujer subida al banco emitió una carcajada mientras le lanzaba un hechizo al cuerpo inerte. El elfo no se inmutó, mirando sin ver, viviendo sin vivir.
—¡Esto es lo que obtenéis por tratar de quitarnos nuestra libertad! ¡El Señor Oscuro os ha traído lo que merecéis! —Chilló eufórica la bruja, mientras sus compañeros celebraban y reían a su alrededor.
Maggie pasó a su lado con paso rápido y la respiración contenida. No podían verla, cubierta como estaba por la capa invisible, pero seguía sintiendo el miedo y los nervios en la boca del estómago.
La tienda de Sortilegios Weasley se había mantenido milagrosamente intacta durante toda la batalla, tan solo algunas grietas cubrían sus paredes de ladrillo tras el altercado. Aunque en su entrada destacaba un escueto «cerrado por tiempo indefinido», Maggie abrió sin problema con su llave y se deslizó dentro.
La puerta se cerró tras ella con un clic, y los gritos de celebración dejaron de retumbarle en los oídos. Solo entonces se atrevió a quitarse la capa invisible, todavía temblando y con la boca seca.
No había nadie en la tienda, y Maggie agradeció el momento para calmarse y poner su pulso bajo control. Salir a la calle siempre era una pesadilla esos días, que la dejaba sintiéndose enferma y aterrorizada al mismo tiempo.
Por primera vez en su vida, agradecía no ser maga y no tener que relacionarse con todo lo que estaba pasando ahí fuera.
Los ojos vacíos del elfo la persiguieron mientras se abría paso entre las estanterías repletas de artículos de broma e iba hacia la parte trasera, desde dónde escuchaba el sonido de conversación.
—…no puedes seguir aferrándote a un callejón sin salida, Ron, es evidente que no da resultados —la voz de tío Fred arrastraba las palabras con desdén.
—¡Hermione dijo que funcionaría, no hubiera hecho el trato de otra manera, y lo sabes! —Tío Ron respondió airado. Maggie podía imaginarlo apretando los puños y bufando por la nariz.
—Pero Hermione no está en condiciones de lograr demasiado en estos momentos —intervino tío George. Maggie siempre había sido capaz de distinguirlo de su gemelo porque tío George utilizaba un tono mucho más gentil y considerado—; quizá deberíamos empezar a plantearnos enviarla a San Mungo en cuanto las cosas se calmen.
Sin querer escuchar nada más, Maggie apresuró los pasos hasta llegar a la trastienda e interrumpir la conversación. La trascienda era un espacio amplio y desordenado, repleto de artículos amontonados en las esquinas que todavía debían colocarse a vender. Era una habitación que siempre estaba ligeramente más fría que el resto del lugar, como si añorara el calor humano y la aglomeración que solía cubrir la tienda principal. Al fondo estaban las escaleras que daban al piso de los gemelos en la parte de arriba. Desde que se habían casado con Angelina y tenido hijos, ya no lo usaban para convivir por ser demasiado pequeño, pero sí como laboratorio y despacho.
Tío Ron estaba apoyado contra dichas escaleras, con una expresión entre airada y derrotada. Los días pasados en prisión no le habían sentado especialmente bien; tenía los ojos hundidos por las ojeras y había desarrollado un tic nervioso en la mejilla. Los gemelos estaban a su lado, manteniendo mejor la apariencia de normalidad, aunque Fred seguía sin poder ver por uno de sus ojos.
—Uno sin oreja y otro sin ojo; por fin Georgie dejará de ser el único que puede hacer bromas sobre faltarle partes del cuerpo, llevo años sintiéndome apartado —había bromeado tío Fred sin darle más importancia.
—Podemos buscarte uno artificial como el de Ojoloco —había continuado su gemelo, emocionado, y nadie se había atrevido a añadir nada más.
Eran buenos manteniendo el ánimo y las apariencias de que todo estaba bien, pero Maggie captaba sus manos temblorosas y sus miradas perdidas de vez en cuando. No los culpaba. Ella apenas podía dormir por las noches, aterrorizada de volver a despertar en una celda pequeña y oscura que parecía echarse sobre ella, mientras esperaba la ejecución de sus seres queridos.
«Al menos ellos estaban dispuestos a realizar juicios», pensó Maggie sin poder evitarlo. «Los magos no fueron tan misericordiosos».
Volvió a recordar al elfo sin alma de la calle, y se estremeció.
Por suerte, tío Ron la había visto entrar y la sacó de sus lúgubres pensamientos al exclamar:
—¡Maggie, se suponía que estabas arriba descansando!
Maggie no soportaba estar arriba.
—Me apetecía tomar el aire —declaró marcando ligeramente su hoyuelo con aire inocente.
Tío Ron entrecerró los ojos.
—¿Has vuelto a salir con la capa invisible? Ya sabes lo peligrosas que están las calles ahora mismo, no deberías salir tú sola hasta que todo se estabilice. ¿Qué harás si te ve alguien indeseable?
—Algo bastante improbable si lleva la capa invisible, Ronnie —lo interrumpió tío Fred, dedicándole una sonrisa pecosa a Maggie—. La niña sabe lo que hace, es más lista que la mayoría de nosotros; ¿encontraste alguna pista?
Maggie sintió un ramalazo de calidez ante sus palabras, pero no lo suficiente como para deshacerse de la sensación de vacío que le constreñía el pecho. Sacudió la cabeza con tristeza.
—La gente habla de Voldemort, pero nadie parece saber nada de su paradero y muchísimo menos del de Harry. A él ni siquiera lo mencionan.
Un rastro de ira adornó sus palabras, aunque no fuera su intención que lo hiciera. No era culpa de los magos no saber el sacrificio que Harry había realizado por ellos, pero Maggie los resentía igual. Pasarse horas correteando por las calles bajo la capa, escuchando conversaciones y contemplando atrocidades, había reducido mucho su respeto por los portadores de varita.
Tío Fred se pasó la mano por el rostro con cansancio.
—Era de esperarse —musitó, más para sí mismo que para ella.
—Rox y Min están ya en casa con Angelina, Maggie —dijo tío George dedicándole una mirada de soslayo a su gemelo—, en caso de que quieras pasarte a verlas un rato.
Maggie contuvo una mueca. Roxanne y Minerva eran las hijas gemelas de Fred y Angelina; eran divertidas, tenían su misma edad y hubieran sido las candidatas perfectas para ser sus amigas íntimas… Si no fuera por el hecho de que ellas podían usar magia, y Maggie no.
Siempre se sentía fuera de lugar a su lado.
En momentos así, echaba de menos a Harry con todavía más intensidad. Aunque era mago, él se había criado en un ambiente sin magia y entendía lo que era no poder disponer de ella. Harry había sido su primer amigo.
Y su madre lo había empleado como moneda de cambio para salvarla.
—Creo que antes le echaré un ojo a mamá —murmuró acercándose a las escaleras, no se le escapó cómo sus tres tíos compartían una mirada preocupada.
Tío Ron la detuvo antes de que empezara a subir y le dio un rápido abrazo.
—Ten más cuidado, ¿de acuerdo? No hagas caso a estos dos, que son unos irresponsables —dijo sobre su pelo con voz ahogada.
«No tienes que encargarte de mí porque mamá esté indispuesta, no tienes que hacerme tu responsabilidad», quiso decirle Maggie.
—Lo tendré —respondió sin embargo, sin mirarlo a los ojos y escabulléndose hacia el piso de arriba lo más rápido posible. Las escaleras de madera crujieron bajo su peso.
La habitación en la que descasaba su madre estaba ampliamente iluminada por los ventanales que ocupaban casi un tercio de la pared. Todavía olía ligeramente a polvo y regaliz al entrar, aunque hubieran apartado los tubos de ensayo y los calderos que antes reinaban en el cuarto para hacer hueco a una cama y un sillón. La abuela Molly descansaba en dicho sillón en esos momentos, tenía los ojos cerrados y la respiración ligera; Maggie se alegró de encontrarla durmiendo, había estado atendiéndolos a todos sin parar desde el incidente. Ginny y Luna solían estar por ahí también, pero estaban tratando de poner cierto orden en el mundo junto a Percy y Oliver.
Su madre descansaba en la cama. Maggie había esperado encontrarla dormida, pero se le cayó el estómago a los pies al comprobar que estaba completamente despierta, sentada sobre la almohada y murmurando algo por lo bajo con los ojos perdidos.
Maggie se acercó unos pasos para tratar de distinguir las palabras, pero entonces su madre levantó la cabeza de golpe y clavó los ojos en ella con tanta intensidad que la sobresaltó.
—Maggie —dijo, con un tono sorprendentemente firme—. ¿Lo habéis encontrado ya?
Algo se retorció en su interior, algo feo y oscuro que la hacía querer vomitar. Cubrió los pasos que la alejaban de la cama hasta encontrarse a su lado, y le acarició el pelo con cuidado. Estaba áspero y seco. Su madre no le quitó los ojos de encima.
—Estamos en ello, mamá —respondió Maggie con el tono más tranquilizador posible—. Lo encontraremos dentro de poco, te lo prometo.
Pero los ojos de Hermione Granger habían vuelto a nublarse, como para protegerse de la noticia, y Maggie cogió aire lentamente para resistir las ganas de echarse a llorar.
—Debería haber funcionado —dijo su madre con la mirada desenfocada—. El hechizo debería haber funcionado. No tiene sentido.
Con un nudo en el estómago, Maggie buscó en la mesita de noche el vial con la poción para dormir sin sueños, y se la acercó a su madre a los labios.
—No te preocupes, mamá, lo encontraremos —prometió en un arrullo, como un mantra que no se creía ninguna pero que debía ser repetido continuamente para poder fingir que era cierto—. Tú ocúpate de descansar y recuperarte.
Su madre se bebió la poción sin protestar, y Maggie la arropó en la cama con cariño. Al fondo de su mente, una vocecita le señalaba con reproche que no debería haber utilizado la poción a menos que su madre estuviera sufriendo otro ataque de pánico, pero Maggie no podía evitarlo. No soportaba verla así.
«Es solo temporal», se dijo en su fuero interno. «Solo ha sufrido una crisis nerviosa tras la batalla y la desaparición de Harry. Mamá es fuerte, se recuperará».
Maggie no había visto la batalla, pero sí las consecuencias que había tenido, y habían sido lo suficiente horribles como para hacerla desear esconderse bajo la cama y no volver a salir. Saber que su madre había sido la principal responsable de todo ese horror la dejaba nauseabunda y asqueada, incapaz de procesarlo del todo por el bien de su salud mental.
Su madre había mantenido la entereza, sin embargo. Mientras los sacaban de prisión y recuperaban el control del país, Hermione Granger había sido una líder militar temible e indiferente ante las muchas muertes provocadas por su causa. Solo fue cuando trataron de localizar a Harry y fallaron que su madre se vino abajo, y había estado indispuesta desde entonces.
Con cuidado para no despertar a ninguna de las dos mujeres que dormían en la habitación, Maggie se acercó a la pequeña mesa de la esquina. Sobre ella descansaba un tablero hexagonal con dibujos de constelaciones y puntos marginales señalados, al lado de un pequeño bote de cristal que contenía un espeso líquido rojo.
La sangre de Harry.
Ese había sido el plan. Utilizar un hechizo de localización mediante magia de sangre para encontrar a Harry, y rescatarlo de las garras de Voldemort. Era un hechizo que ligaba la sangre con el alma, para que ni siquiera la magia más poderosa pudiera bloquearlo; pero para consternación de todos, el hechizo no había funcionado.
No lograban encontrarlo, por mucho que lo intentaran. Era como si Harry no estuviera en ningún sitio, como si hubiera dejado de existir. La mayoría de integrantes de la familia pensaban que Harry estaba muerto, aunque tanto tío Ron como su madre se negaban en rotundo a considerar esa posibilidad, como si tuvieran alguna certeza de que Voldemort no mataría a Harry, pasara lo que pasara.
Maggie contempló el tablero con el hechizo de localización, y se inclinó sobre él para susurrar:
—Harry, ¿dónde estás?
No obtuvo respuesta.
