NOTA: Hacía un par de meses que no escribía, así que tendréis que perdonarme por este capítulo cortito, ligero y quizá un poco azucarado. Tenía otra idea mente pero es lo que me ha salido al final.

LUZ: ¡Gracias por tus reviews! Justo la escena de la que hablas es en la que me basé para escribir ese capítulo, como una especie de reformulación de esa conversación que tienen Squall y Rinoa en la entrada de la mansión. En el disco 1 Squall habla acusa a los Búhos del Bosque de no tomarse la situación con la suficiente seriedad, sin embargo, en Trabia le dice a Rinoa que los Búhos eran de los pocos grupos de la resistencia que luchaban de verdad…quería hacer alguna escena que sirviera de transición para ese cambio de opinión de Squall y ese capítulo es lo que me salió. Aunque entiendo lo que comentas de que puede parecer un poco forzado, puede que tengas razón. ¡Gracias por el comentario!


9.- Distracciones

A pesar de que tanto el Comité Disciplinario como la Administración de Norg habían abandonado las instalaciones, a esas horas de la noche los pasillos del Jardín estaban silenciosos. Sin embargo, no era un silencio disciplinado y ordenado, era un silencio tenso, nacido del miedo y del respeto por el descanso a los heridos.

Los pasos de Squall resonaron por el vestíbulo en un sonido estable y constante. Toc. Toc. Toc.

En su cabeza su andar no era tan seguro ni tan firme como lo parecía su sonido. No sentía que pisaba fuerte el suelo por el que andaba, más bien sentía que llevaba semanas yendo de un lado para otro, errante, escapando de un problema para caer en otro, sin poder alejarse lo suficiente de ese espiral de locuras que se lo estaba tragando.

El día anterior había salido de la enfermería a las 3.30 de la madrugada. Había esperado a que la Doctora Kadowaki tratara a todos los heridos de esa especie de guerra civil que se había producido en el Jardín. El dificultoso arranque del edificio y el posterior choque contra la superficie del mar también habían provocado algunos heridos.

Recordó que la doctora parecía agotada, tanto que ni siquiera encontró las fuerzas suficientes para echarle la bronca por no haber ido antes. Curó las heridas dejadas por los grilletes de sus tobillos y muñecas, revisó las quemaduras de su pecho provocadas por los electrodos de la prisión y le efectuó un electrocardiograma para asegurarse que no había daños permanentes en su sistema cardiovascular. La mujer de mediana edad estaba agotada cuando Squall llegó a la enfermería, pero cuando se fue parecía haber envejecido diez años más. Sus ojos negros, tan acostumbrados a echar duras miradas mientras regañaba a cualquier estudiante que no cumpliera sus estrictos consejos, no habían podido sostenerle la mirada mientras le relataba el episodio de torturas en la Prisión del Desierto. Squall no sabía si era por el estrés, por él, por la situación o por el agotamiento, pero la inquebrantable Elise Kadowaki se había mostrado mucho más blanda de lo que jamás la había visto. Fuera como fuere, agradeció que no le obligara a quedarse en la enfermería.

Salió de la enfermería de madrugada y no había dormido las horas necesarias para que su cuerpo se recuperara antes de levantarse para organizar, junto a Shu, el racionamiento de la comida, equipo médico y demás menesteres mientras el Jardín navegaba a la deriva.

El edificio flotaba en el mar, tan perdido como él mismo. Los alumnos se preguntaban hasta cuándo y le observaban al pasar con insistentes miradas llenas de preguntas. Preguntas para las que él no tenía respuestas. Preguntas de las que se sentía responsable. Cuánto más pensaba en ello, más notaba la responsabilidad oprimirle el pecho como una roca de mármol.

Habían salvado al Jardín de los misiles, pero, ¿lo habían condenado a hundirse en el mar? ¿sus ocupantes tendrían que vagar hasta quedarse sin provisiones? ¿Cómo iban a parar un edificio de semejante envergadura sin sufrir daños irreparables?

Esas no eran las únicas preocupaciones de Squall. Tenía que hacer un esfuerzo consciente para acallar los demás pensamientos de su cabeza. Los misiles no habían destruido Balamb, pero habían sido disparados. ¿Qué significaba eso? ¿Habrían descubierto al equipo infiltrado en la base? ¿Habían fracasado? ¿Les habían devuelto a la prisión? ¿Les habían matado? No podía dejar de preguntarse si habría tomado las decisiones correctas, si su equipo se habría tenido que sacrificar para la supervivencia de los demás. La orden de infiltrarse en la base de mísiles la había tomado él, sin responder ante ningún superior y si el equipo había muerto, ese peso recaería únicamente sobre sus hombros.

Su cuerpo le dolía a cada paso y se sentía exhausto. Se había mantenido ocupado todo el día, rindiendo a duras penas, pero eso le había permitido no tener que escuchar a sus propios pensamientos. Ahora, de noche en un edificio que estaba tan ten silencio que parecía vació, no tenía ese lujo.

Se planteó si desviarse hacia la Zona de Entrenamiento pero sus doloridos músculos aún se estaban recuperando y no se sentía ni con las fuerzas ni con las ganas necesarias para pelear. Se acordó de la terraza del segundo piso, desde la que Rinoa se asomó cuando el edificio alzó el vuelo. Estaba al final del pasillo de aulas, cerca de la salida de emergencia y solía estar cerrada, por lo que poca gente la conocía. Estaba seguro que ahí estaría tranquilo y le tocaría el aire fresco. Quizá le ayudara a despejarse.

Se dirigió allí ignorando las miradas y los saludos de los pocos cadetes con los que se cruzaba. De repente parecía que todo el mundo supiera quién era.

Cuando abrió la puerta del segundo piso el aire frío de alta mar le azotó la cara y aspiró en profundidad el ambiente salado hasta llenar por completo sus pulmones. El pecho le dolió al expandirse del todo y se tuvo que contener para no toser. Se preguntó cuánto tardaría a recuperarse del todo. Caminó hacia el exterior soltando el aire con lentitud. Se recostó en la barandilla y miró el cielo nocturno mientras la brisa le enfriaba la piel. Al dirigir la vista hacia el cielo se percató que las estrellas apenas parecían moverse y era fácil imaginar que el edificio estaba quieto. Un ejercicio inútil pero levemente reconfortante por unos pequeños instantes.

Consiguió dejar su mente en blanco unos minutos hasta que oyó la puerta abrirse detrás suyo.

-Oh.- La recién llegada parecía sorprendida.- No sabía que estarías aquí.

Se acabó la tranquilidad, pensó Squall, al reconocer la propietaria de la voz. Se giró hacia ella y vio a Rinoa de pie en el par de escaleras que separaban la terraza de la puerta, parecía dubitativa de si seguir andando o volver a entrar.

- ¿Tampoco puedes dormir? - Preguntó ella con una sonrisa que parecía algo forzada.

La morena bajó las escaleras y apartó la mirada hacía el suelo mientras se toqueteaba nerviosa el colgante.

– Yo estoy preocupada por los demás, me pregunto si estarán bien.

Lo último que quería Squall era que le recordaran a los compañeros que dejaron en Galbadia. Había subido hasta ahí precisamente para huir de esos pensamientos.

-Lo siento.- Se disculpó ella, intuyendo su incomodidad. –Supongo que tú ya tienes tu propia ración de problemas en tu plato.

Squall volvió a mirar hacía el horizonte, ignorando a la chica. Su intención no era ser grosero, pero simplemente no tenía mucho que añadir a ese comentario.

Oyó los pasos acercarse pero siguió sin hacerle caso. Supuso que se cansaría de estar ahí con él, en silencio. No parecía que la chica tuviera mucha tolerancia a su comportamiento distante y eso le dio la esperanza de que se molestara y le dejara en paz en breve. Se sobresaltó al notar el suave contacto de unos dedos en su propia mano. Al verlo, Rinoa apartó la mano levemente, sorprendida a su vez, de verle sobresaltarse por algo tan inofensivo.

- ¿Me dejas ver? -Preguntó dirigiendo su mirada hacia las heridas de los grilletes.

Squall frunció el ceño pero apartó ligeramente la manga de la chaqueta y le mostró la zona. Rinoa cogió su mano con suavidad, cuidando de no tocar las zonas más dañadas. Squall iba a protestar cuando notó una leve oleada de poder mágico envolviéndole.

- Cura. –susurró al conjurar el hechizo.

Una luz verdosa danzó a su alrededor, esparciendo una sensación cálida a lo largo de su cuerpo. Sus hechizos no eran tan poderosos como los de un Seed y ella misma sabía que si esas heridas seguían ahí es que poco se podía hacer con magia después de tantas horas de haberse formado. Aunque el hechizo alivió un poco el cansancio de sus músculos, no le agradeció el gesto. Tragó saliva, incómodo por la cercanía física con otro ser humano, mientras ella clavaba la mirada en las costras, quemaduras y rojeces que rodeaban su articulación.

Fijándose en las heridas de sus muñecas, la morena se dio cuenta del dolor que debía haber tenido que aguantar. La experiencia de Squall en la prisión había sido brutal, y perpetrada ni más ni menos que por Seifer, alguien con quién había compartido hogar a lo largo de toda su vida. A Rinoa le llamó la atención que el castaño no se había quejado una sola vez, ni de la traición, ni del dolor, ni de haber tenido que seguir a toda prisa a pesar de sus heridas. Había aguantado estoicamente, aunque fuera evidente que su cuerpo se encontraba al límite y por un instante deseó tener la capacidad de poder reconfortarle de algún modo.

- ¿No deberías llevarlo vendado? –Preguntó.

-Las vendas me limitan el movimiento.

-Aun así. - Respondió al fijarse en las pequeñas motas de sangre seca formadas en algunos puntos dónde parecía haberse abierto la herida recientemente. - Quizá ayude a curar más rápido.

Mientras sujetaba la mano del chico entre las suyas, con la otra paseó los dedos suavemente por la superficie cercana a la herida. Él retiró su mano, incómodo bajo el tacto prolongado de la chica. Esperando una mirada herida o un enfrentamiento directo, se puso en guardia, pero ella tan sólo le sonrió con otra extraña sonrisa medio forzada.

Rinoa respiró fuerte, dispuesta a apartar su mente de pensamientos más profundos. A esas horas de la noche la mente no tramaba nada bueno y Squall no era precisamente el tipo de persona con quién uno podía ir a desahogarse.

- ¿Puedes esperar aquí? – Había tenido una idea.

- ¿Qué? – Frunció el ceño, confundido.

- Prométeme que me esperas aquí unos minutos. -Repitió, mostrando una actitud considerablemente más despreocupada.

La miró, con el entrecejo arrugado, visiblemente confuso.

-No te vayas, vuelvo en un minuto. –Aseguró, guiñándole un ojo, antes de dirigirse de nuevo hacia el edificio.

Squall la vio marchar con paso ligero y decidido y le sobrevino el recuerdo de la noche en que se conocieron. La forma en que se marchó, dejándole solo en medio de la pista, con paso decidido y sin mirar atrás. Sintió un reflejo de esas mismas emociones y por un instante estuvo tentado de llamarla antes de que se fuera. Por un momento se sintió abrumado, por el contacto físico al que no estaba acostumbrado, por el recuerdo de esa noche que parecía tan lejana y por las noches sin descansar que llevaba acumuladas.

La razón se impuso a ese extraño instinto que le había sobrevenido y ni siquiera se movió mientras la puerta se cerraba tras de ella.

Se pellizcó el puente de la nariz, desconcertado por sus propios sentimientos, y suspiró.

¿Pero qué estoy haciendo? Se sintió estúpido, tan estúpido como se había sentido la noche de la graduación, después de acceder a bailar con una desconocida que le dejó tirado. Pasaron unos minutos, en los que se debatió si irse o esperar, escuchando las olas del mar chocar contra el Jardín. Sería relajante, si no fuera porqué sabía que flotaban indefinidamente y sin rumbo.

Habían pasado unos minutos más cuando se dispuso a irse. ¿por qué iba a quedarse ahí a esperarla? Ni siquiera quería estar ahí con ella. Había subido a la terraza para estar solo y despejarse y ella había invadido su privacidad sin permiso.

Esto es una tontería, pensó mientras se acercaba a la entrada. A escasos pasos, la puerta se abrió y apareció la muchacha, habiendo recuperado su aire vivaz de siempre.

- ¿Te ibas? Siento haber tardado. -Aunque sabía que no había tardado, también sabía que el chico no estaría dispuesto a esperarla mucho rato. Una parte de ella se sorprendió de encontrarle aún allí.

Llevaba varios paquetes en las manos y se acercó a él con una enorme sonrisa de satisfacción en la cara. Le mostró los bultos, se trataba de comida. Una manzana vieja, una bolsa de patatas chips y un paquete de galletas.

-Hay que racionar la comida del Jardín, no sabemos el tiempo que estaremos a la deriva.- recordó él con aire serio, aunque no reconocía ninguno de ésos productos como pertenecientes a la reserva de alimento del edificio.

Ella negó enérgicamente con la cabeza y su pelo negro se zarandeó de un lado al otro.

-Forma parte del, como él mismo lo llama, estoc personal de Zell. - Declaró divertida.

Squall enarcó las cejas. Debería haberse esperado algo así del rubio. Bueno, de los dos. Zell y ella parecían haber hecho buenas migas en los últimos días.

-Comete la manzana. -Dijo ella sentándose en el suelo, apoyando su espalda contra la barandilla, y tendiéndole el alimento con el brazo alargado. - Luego podemos compartir las galletas de chocolate o…

Hizo una pausa para examinar la otra bolsa.

-Las…patatas de…¿raíz de Gyshal? –hizo una mueca de disgusto. -No sé cómo estará esto, pero lo podemos probar.

-Guárdate la comida por si te hace falta más adelante. – Se puso una mano en la cadera y apoyó el peso en una pierna.

Rinoa inclinó la cabeza, divertida ante la posición que empezaba a identificar como característica del líder de equipo y replicó fingiendo una severidad que no intimidaba mucho a su acompañante.

-¡Lo hago para ti! - Aclaró señalado con la cabeza hacia sus heridas. - Necesitas comer para curar bien y apuesto a que apenas lo has hecho desde hace días.

El silencio que siguió a esa afirmación fue prueba suficiente para saber que tenía razón. Por cansancio, por hambre, o simplemente por no instigar una nueva discusión, Squall se dejó convencer y suspiró mientras aceptaba la manzana.

-Lo demás guárdatelo. -Insistió con seriedad.

Rinoa sonrió, triunfal.

-¿No te apetece probar las patatas de raíz de Gyhsal?

Squall mordió la manzana mientras se sentaba a su lado, vencido por el cansancio y el apetito al pensar en la comida ultracalórica que le ofrecía la morena.

-¿No te gusta el picante? -Insistió ella al no recibir respuesta.

Él no respondió mientras masticaba y pasaron unos segundos de silencio entre ellos.

-Me gusta. - Contestó unos minutos después. - Pero la raíz de Gyshal no la he probado nunca.

Rinoa le dirigió una mirada sorprendida. Le asombró el simple hecho de recibir una respuesta civilizada, pues ver a Squall Leonhart siguiendo una conversación era un hecho insólito.

-¿De veras? ¿No se come mucho con pescado? –preguntó, haciendo referencia al origen pesquero de Balamb.

-En el Jardín no lo sirven.- Aclaró.

-¿No has comido nunca en Balamb? Seguro que lo sirven en algún sitio.

Como respuesta, tan sólo se encogió de hombros y Rinoa reflexionó si debía seguir presionando la conversación. El chico se había mostrado muy esquivo desde el principio y Rinoa se preguntó si tenía amigos o familiares con quién compartir experiencias tan simples como ir a un restaurante a probar una nueva comida. La verdad era que a juzgar por lo que sabía de él, era una persona extremadamente solitaria.

-Si volvemos a Deling te llevaré a un sitio dónde hacen un plato delicioso de pescado con Hierba Gyshal.

Squall volvió a morder la fruta sin glorificar la propuesta con ninguna respuesta. La manzana estaba muy madura, casi pasada, demasiado blanda y con la piel algo arrugada. Probablemente Zell la tenía abandonada en un cajón desde que se marcharon a la misión de Timber, pero aún era comestible. En su estado le preció la fruta más sabrosa y jugosa que había probado en mucho tiempo. No se había dado cuenta del hambre que tenía hasta que había empezado a comer y sus tripas rugieron al recibir algo de alimento que digerir.

Rinoa sonrió al oírlo pero no dijo nada. Ahora que por fin podía tener una conversación pacífica con el frío y distante líder de equipo no iba a ahuyentarlo intentando avergonzarle.

Abrió el paquete de patatas con un sonoro crujido del plástico y una vaharada de aromas subieron desde la bolsa hasta su cara. Arrugó la nariz ante el extraño olor y buscó en el paquete la fecha de caducidad. Comprobó que no estaba pasado y olisqueó la apertura antes de hacer una mueca de disgusto. Oía a Squall comerse la manzana a su lado en silencio, sin prestarle demasiada atención. Cogió, con cuidado, una patata. Eran pequeñas y redondas, con un aspecto sospechosamente artificial y estaban recubiertas de un polvillo verdoso. Se metió una en la boca sin mucha esperanza.

-Ugh...- Masticó sin ganas hasta que pudo tragar sin tener que saborear más de la cuenta la patata. - Sabe raro.

Miró a su lado y vio que Squall sujetaba el corazón mordisqueado de la manzana y le alargó la bolsa de patatas para que cogiera una.

-Prueba.- Ofreció. -El polvillo ese verde sabe un poco a Gyshal, aunque tiene un sabor un poco a químico artificial.

Squall cogió la bolsa y se tomó un momento para examinar su contenido antes de meterse una patata en la boca. Rinoa aprovechó para apreciar su perfil bajo la tenue luz que se proyectaba en su cara y se preguntó si era realmente tan ajeno a su propia belleza como parecía. Pensó en los chicos atractivos que conocía: Seifer se mostraba orgulloso y arrogante, Irvine estaba lleno de autoproclamación pomposa e incluso Zell bromeaba de vez en cuando con su "cuerpo serrano". Pero el castaño ni siquiera era alguien a quien uno pudiera mirar sin arriesgarse a que le intimidara con una de sus miradas fulminantes.

Rinoa le miró masticar y tragar sin cambiar un ápice su expresión.

-¿Te gustan? –Preguntó, expectante por una reacción.

-Ni fu ni fa.

Rinoa no pudo evitar una leve risa, divertida por su elección de palabras y su eterna apatía. Qué difícil era despertar una reacción contundente en ese chico. O al menos, que la expresara. Ni una bolsa de patatas asquerosas ni las torturas en una prisión de alta seguridad hacían que ese hombre perdiera la compostura. Estuvo tentada a decirlo en voz alta, sabía que un comentario así iba chincharle pero se contuvo en pro de la nueva paz que había conseguido que reinara esa noche entre ellos.

-Te las puedes quedar. – Ofreció - Creo que me iré a dormir.

Se levantó y se sacudió los restos de suciedad que el suelo empolvado le habían pegado a la ropa.

-Ha sido un placer, caballero.- Hizo una reverencia exagerada ante la que Squall frunció el ceño en ese ya familiar estado permanente de molestia. –Buenas noches.

Squall tan solo asintió con la cabeza a modo de respuesta y siguió sus movimientos con la mirada mientras se iba. Cuando volvió su atención a la bolsa de patatas se dio cuenta que le había dejado también las galletas.

De lo que no se dio cuenta era que, contrariamente a lo esperado, la compañía de Rinoa le había servido justamente para lo que había subido a buscar: para despejar su mente, aunque hubiera sido sólo durante ese breve tentempié.


NOTA: Quizá ha quedado un poco demasiado azucarado este capítulo…pero bueno, algo se va cociendo entre ellos llegados a este momento. En este punto del juego Rinoa se autoinvita a la habitación de Squall para convencerle que le dé un tour por el Jardín y si te paseas con ellos por las distintas zonas, al llegar a la enfermería Squall bromea sobre que es su novia y en la Zona de Entrenamiento la invita a ir juntos…Siempre me pareció que por ser él mostraba una actitud muy atrevida y relajada en ese tour. En fin, tengo el próximo capítulo a medio escribir y puedo prometer que tiene un aire bastante menos romanticón.