CAPÍTULO 8
"Diferente a las demás. "
Suspiré levemente.
—Está bien, no me queda otra. ¿Dónde estás? — le pregunté.
—Mañana llegó, estoy en París.
—Mañana te llamo.
—Okey, adiós.
—Adiós —colgué.
Al día siguiente la Universidad se me hizo más tediosa de lo normal, mi padre ya me había arruinado la semana diciéndome que el viernes tenía que ir a la maldita fiesta de la alta sociedad. Ir a ese lugar a aparentar algo que verdaderamente no soy. Ir a soportar a toda esa gente suspicazmente perfecta.
Mi cita con la morena quedó en stand by, ya que a ella también se le presentó un compromiso importante para esa noche.
Hoy es jueves, y adivinen qué, adelanté mi cita de esta semana a hoy en la noche. La chica había aceptado encantada salir conmigo hoy. Y no esperaba menos.
—Oye, ¿Vas a salir esta noche? —curioseó Santana.
Me giré a verla mientras nos acercábamos a la mesa en donde estaba sentado Puck. Nos sentamos y Puck nos miró.
—Sí, esta noche tengo acción —dije sonriendo triunfalmente.
—¿Quién es? —cuestionó.
—Muchachos, no voy a decirlo.
—¿Y qué pasó con Rachel? —curioseó de nuevo Santana.
— Rachel… tranquilos, antes del martes que viene ya habrá pasado por mi cama.
—De eso no estamos muy seguros, Quinnie —palmeó mi hombro Puck.
—Me temo que vas a darnos 400 dólares. Y gracias a eso tendré los cigarros del mes pagados —acotó Santana.
—Ya verán que sí —aseguré.
Rachel se acercó a nosotros.
—¿Qué hacen? —nos preguntó.
—Decíamos que la semana que viene Quinn nos tendrá que dar 400 dólares a cada uno de nosotros —le contó Puck.
—¿Ah sí? ¿Por qué? —quiso saber ella.
—Porque apostó algo con nosotros y estamos completamente seguros de que no ganará.
Rachel rió por lo bajo y me miró.
—¿Se puede saber en qué lío andas? —Me preguntó —Escuche a la loca de Kitty diciendo que ibas a salir con una tal… Kate. Estaba como loca.
—No tengo ni la más mínima idea de lo que estás hablando —me encogí de hombros haciéndome la tonta.
Puck y Santana me miraron picaros.
—Tendrías que tener un poco más de consideración. Algún día, alguna de todas las chicas con las que sales va decidir matar a otra por tu culpa —suspiró y se puso de pie—Los veo luego chicos, tengo que hacer unas cosas.
Se fue, dejándonos solos.
—Ella tiene razón Quinn —me habló Santana —Algún día vas arrepentirte de todo lo malo que has hecho.
—Y ha hablado la santa de las santas —acotó Puckerman.
Reí por lo bajo al ver como comenzaban a discutir. Pero traté de llevar mis pensamientos a otro lado, necesitaba pensar en otra cosa.
La noche llegó y la hora de mi cita también. Habíamos quedado en encontrarnos en el restaurante de un lujoso hotel en el centro de la cuidad. Yo tenía algunos contactos por ahí, así que siempre conseguía un buen lugar y la mejor atención. Moví su silla para que ella se sentara.
—Muchas gracias —me agradeció con una leve sonrisa.
Le devolví el gesto y me senté frente a ella.
—¿Qué quieres beber? —le pregunté.
—Lo que tú quieras —sentí el roce de uno de sus pies sobre mi pierna.
La miré y me hizo un gesto con las cejas.
—Pidamos champaña —la ignoré.
Uno de los mozos se acercó a nosotras y pedimos la cena y la bebida. Hice todo lo posible por mostrarme lo más interesada del mundo en su vacía plática. Era una tortura tener que pasar por esto.
—Entonces yo le dije que no era necesario que se tiñera de nuevo, porque el color que tenía combinada perfectamente con su color de piel y…
—Kate —la llamé haciendo que dejara de hablar.
Me miró.
—¿Sí?
— ¿No te gustaría subir? —le pregunté.
Ya no podía ser cordial y seguir escuchándola. Arqueó una de sus cejas.
—¿Arriba?
—Sí – repuse por lo bajo y me acerqué un poco más a ella—Es linda la habitación.
Ella mordió su labio y me miró picara.
—Está bien, vamos —asintió y se puso de pie.
Yo también lo hice. Fuimos en busca de las llaves y me detuve antes de subir en el ascensor.
—Ve yendo linda, enseguida te alcanzo —le susurré al oído y palmeé su trasero para que caminara.
La vi subirse al ascensor y desaparecer de ahí. Solté un cansado suspiró.
¡Por dios tenía que quitármela un segundo de encima!
Me acerqué al mozo y le pedí la cuenta. Luego me dirigí al bar, necesitaba tomar algún trago para tratar de no pensar tanto. De alguna manera me sentía extraña…..bastante extraña.
—¿Qué le sirvo señorita Fabray? —me preguntó el hombre del bar.
—El trago más fuerte que tengas.
Asintió y se alejó de mí para prepararlo. Enseguida puso un vaso con un líquido color rojo frente a mí. Miré al hombre y miré el vaso.
—Es lo más fuerte que hay. Podría hacerte olvidar hasta cómo te llamas.
Sonreí y se lo agradecí por lo bajo. Creo que era lo que necesitaba. Cuando acabé el trago, pagué, me puse de pie y me armé de valor para subir y hacer lo que tenía que hacer.
Llegué al cuarto y entré, la luz estaba apagada. No la prendí, no quería hacerlo. Giré y divisé una sombra encima de la cama.
—Pensé que no vendrías más —me susurró de una forma sensual.
No dije nada y sólo me acerqué a la cama. Ella ya estaba en ropa interior, me encanta cuando me la hacen más fácil de lo que ya son.
Comencé a besar su cuello, para subir por su oreja. Ella comenzó a desabrochar mi vestido y quitármelo lo más rápido que podía. Me alejé de su cuello para mirarla y cuando lo hice me quedé quieta. La que estaba debajo de mí no era Kate. Sus oscuros ojos abrazaron los míos. Era Rachel.
Me incliné y tomé su boca casi desesperada. Ella metió sus manos debajo de mi sostén y logró quitármelo. Bajé mi mano y acaricié una de sus piernas. Gimió levemente. Sentí como sus manos llegaban a mis bragas. Me alejé de apenas de su boca.
— Rachel… —susurré su nombre.
Me detuve al darme cuenta de que la nombré. Entonces me alejé de ella para mirarla, y la imagen de Rachel se esfumó en un segundo. La pelirroja era de nuevo la que estaba frente a mí.
—No, no pasa nada. Continuemos, sólo fue un… desliz —expresó agitada y se acercó de nuevo a mi boca y me volvió a besar —Solo quiero darte placer, Quinn. Y estoy completamente segura de que tú puedes dármelo.
Me alejé de ella y la miré. La morena jamás diría una cosa así. Repentinamente sentí que no podía seguir con eso. Le sonreí levemente.
— ¿Puedes esperarme un segundo linda? Voy a traer algo especial para ti —le dije mientras me ponía de pie y me acomodaba la ropa.
—Pero… ¿A dónde vas? —me preguntó sentándose en la cama.
—Juro que no me tardo nada, la sorpresa va a encantarte —sonreí y terminé de vestirme.
Tomé mi abrigó y salí de allí. Bajé por las escaleras y salí a la calle, comencé a caminar sin rumbo alguno. Busqué en mi bolsillo un cigarrillo y lo prendí. Creo que finalmente voy a tener que terminar aceptando que mis amigos tienen razón cuando me dicen que no discrimino a ninguna. Yo no sé qué pasó conmigo, pero simplemente no pude seguir adelante. Fue bastante rara la sensación de imaginarme a Rachel. Creo que el trago me influenció más de lo que debía. Pero fue más real de lo que pareció. Creo que si ella no hubiera hablado, yo aun estaría allí. Voy a tener que replantearme un poco más mis próximas citas. Creo que andar saliendo solo por un par de horas de placer [si es que a eso se le puede llamar placer] no vale la pena. Más si eso luego va a traerme más problemas que placeres.
Sin darme cuenta llegué a mi casa, y sin seguir dando vueltas me tiré a la cama para intentar dormir.
—Ay, y ahora sales con tu parte poética. Eres tan predecible. Con razón tienes a todas esas huecas a tus pies. Un par de palabras bonitas, y la noche asegurada ¿No es cierto?
—En verdad Quinn, no discriminas a ninguna.
—Algún día alguien van a darte una lección, Quinn.
Sus palabras no salían de mi cabeza y cada vez me hacían pensar un poco más.
Me desperté a causa del maldito despertador que Santana me había obligado a tener.
Giré sobre el colchón y estiré mi mano para apagarlo. Volví a girar para mirar al techo.
Mi cabeza se estaba partiendo, si no me equivoco logré dormir lo mismo que nada.
Toda la noche mi conciencia se encargó de que mi persona se sintiera verdaderamente mal. Me levanté y me dirigí al baño. Me di una ducha rápida y salí para cambiarme. Tomé un poco de café y salí en mi moto para otro maldito día en ese infierno. Recordé que hoy es la maldita fiesta de mi padre.
¡Demonios, nada podía ser peor! Llegué y me encontré con Puck y Santana esperándome para entrar. Sin quitarme los anteojos me acerqué a ellos. Puckerman me miró bien.
—Uuuh, esa es cara de haber tenido mal sexo —aseguró Puck.
—Te equivocas Puck, esa es cara de no haber llegado al orgasmo —contradijo Santana.
Me quité los anteojos y los miré asesinamente, para luego gruñirles por lo bajo. Nonestaba de humor para soportar sus teorías y burlas.
—Creo que si las miradas mataran, ya estaríamos muertos Santana —repuso Puck.
Los volví a fulminar con la mirada. Maldito si seguía provocándome no iba a terminar bien. Santana se acercó a él y colocó una de sus manos sobre su hombro.
Comenzamos a caminar hacia las malditas clases, me adelanté un poco, pero podía escucharlos perfectamente.
—Amigo, ¿recuerdas que Quinn perteneció al equipo de lucha en la secundaria? —le preguntó Santana por lo bajo.
—Sí —se limitó a decir Puck.
—También, ¿recuerdas cuando peleaba en los bares?
—Ajá —respondió Puck.
—¿Y recuerdas que peleó con Azimio y lo venció limpiamente?
Giré un poco la cabeza para mirarlos y Puck miró nervioso a Santana.
—Sí, lo recuerdo.
—Entonces no insistamos más, ciertamente no somos Azimio. No creo que tengamos tanta suerte si continuamos —se estremeció Santana.
Llegamos al salón y era una de las pocas veces en las que llegábamos temprano.
Miré a mi alrededor y Kate no estaba. Gracias a dios no estaba. Me senté en la última fila y logré hacer que mi cabeza se fuera de aquel lugar. La clase de Historia Universal comenzó, era tan tediosa aquella clase. La puerta del salón se abrió y Rachel entró. Me senté derecha para mirarla, y a mi cabeza vino lo de ayer. Habérmela imaginado mientras estaba con otra era algo poco común en mí.
—Lo siento, se me ha hecho tarde —se disculpó.
La profesora la disculpó y ella miró a su alrededor para buscar un asiento. Él único lugar que quedaba era el que estaba a mi lado. Intentó buscar otro lugar, pero nada la salvaría de sentarse conmigo. Se acercó y con cuidado se sentó.
—Buen día —me saludó por lo bajo.
—Ojala pudiera decir lo mismo —le gruñí.
Se giró a verme.
—Uuuuh, ¿no dormiste bien anoche? —me preguntó.
—Exacto —suspiré.
Ella sacó un cuaderno y comenzó a escribir lo que la profesora estaba diciendo. Miré con detenimiento cada movimiento que hacía su nariz al escribir. Llevó la punta de la lapicera a su boca para morder levemente la punta. ¡Oh dios, yo tengo que hacer algo para poder estar con esta chica! Se giró a verme, y me encontró mirándola fijamente.
— ¿Qué sucede? —me preguntó.
—Nada, solo te miraba —contesté.
—Después puedo prestarte un poco de tapa ojeras, si quieres —me dijo algo divertida.
—Oh, que considerada que eres, cielo.
—Lo sé —respondió orgullosa de ella misma y volvió a concentrarse en escribir.
La clase se me hizo lenta e interminable. Rachel contribuía a ello, totalmente concentrada en lo que decían o escribían.
—Podemos salir mañana, cielo —le hablé.
Se giró a verme.
— ¿Mañana? —preguntó.
—Sí, ¿Por qué no?
— ¿Es necesario?
— ¿Cuál es el problema?
—El problema Quinn, es que… no quiero problemas —expresó divertida.
— ¿Problemas?
—Ya sabes de quién te estoy hablando... Kitty.
—Oh, Kitty —respondí frustrada.
—De verdad tendrías que hablar con ella, está obsesionada contigo. Por un lado le tengo lastima, debe ser horrible enamorarse de alguien que solo piensa en sí misma.
—Juro que yo jamás le di motivos para que se enamorara —me defendí.
—Quinn… chica como ella se enamoran fácilmente de chicas como tú.
—¿Chicas como yo?
—De pura palabra, pero cero compromisos —reveló.
—¿Y chicas como tú? ¿Qué clase de chicas buscan? —le pregunté.
Me miró fijo a los ojos y luego sonrió levemente.
—¿Chicas? O ¿Chicos?
—¿Tienes problemas en que sean chicas?
—Claro que no, ya sabes que tengo dos padres homosexuales. No tengo problemas en eso —respondió mirándome a los ojos —En fin… Chicas como yo buscan constantemente alguien que no sea posesivo y esté dispuesto a entregarse a una relación divertida y sana. Un chico o una chica con la que puedas hablar de cualquier cosa y sentirte cómoda.
—¿Hudson no podía hacer eso?
—Al principio sí, pero luego se volvió insoportable.
—Yo soy una chica con la que perfectamente puedes hablar —contradije.
Volvió a sonreír.
—Sí, lo imagino —gruñó sarcástica —Eres la zorra imposible de transformar en princesa.
El timbre sonó y todos comenzaron a salir.
Ella se puso de pie y antes de salir del todo se giró a verme.
—Por eso se enamoran ti, creen que pueden cambiarte —suspiró.
La miré fijo.
—Pero eso, está totalmente fuera del alcance de sus manos.
Salió de allí dejándome solo con mis pensamientos. ¡Oh mierda! ¿Qué es lo que pasa conmigo? Yo no puedo sentirme mal por las palabras de una mujer poco común. Poco común, eso es. Ella es diferente a las demás, o así la veo yo. Tal vez si le encuentro el parecido ya no voy a sentirme así.
