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"Un amor de intercambio"
Por:
Kay CherryBlossom
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10. Una difícil decisión
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Manhattan, New York, EU
El Mercedes aparcó en la entrada del edificio. Usagi todavía tenía la sensación de las mariposas revolotéandole agradablemente en la boca del estómago, aunque ahora le había entrado la timidez. Sin el baile, los tragos y la gente, el espacio en aquél coche parecía demasiado estrecho e íntimo. ¿Debería decir algo al respecto del beso? Bueno, de los besos… por que después de ése se vinieron algunos más. No estaba segura de qué debía hacer ahora, de modo que sólo miraba sus manos hasta que llegaron a la casa de Minako.
—Me divertí mucho hoy —murmuró Usagi echándole un vistazo.
—También yo.
Silencio.
El chófer dio un carraspeo sutil, pero Seiya le ignoró.
—A mis amigos les caíste muy bien —añadió.
—¿De verdad? —preguntó sintiéndose extrañamente halagada.
—Sí, lamentaron que tus vacaciones fueran tan breves.
—¿Y tú? —le preguntó con un tímido deleite de voz.
Los ojos de Seiya brillaron aun en la oscuridad del auto.
—Yo más que nadie.
Usagi suspiró. Pensar en que podía encajar en el mundo de Seiya sólo hacía más difíciles las cosas. La decisión de marcharse. No sólo se trataba ya de una oferta de trabajo, se había implicado demasiado con él.
Seiya le abrió la puerta y justo cuando iba a desearle buenas noches, el Mercedes se alejó. Luego dio vuelta en la siguiente avenida.
Usagi abrió la boca. Parecía perturbada.
—¿Qué? ¿Dónde va? —espetó Usagi atropelladamente.
—Creo que ya torturamos bastante al pobre hombre, Odango.
Seiya comenzó a caminar hacia la puerta del edificio. Usagi lo siguió, pero no entró con él.
Todas sus terminaciones nerviosas se habían puesto a mil.
—Espera —le detuvo poniéndosele al frente —. ¿Qué haces?
Seiya encaró una ceja y la miró como si la respuesta no fuera suficientemente obvia, o algo así. Ella se planteó si debería ser más explícita en su pregunta, pero con eso quedaba más que claro. ¿Es que acaso pensaba que por unos tragos y un baile cachondo ya podía meterse en su cama, así como si nada? ¿Asumía que le debía algo o de qué se trataba esto?
¡Menudo tarado! ¡Y vaya que la había engañado con el cuento de hadas versión moderna!
—No, tú te quedas. Yo me iré a dormir.
Tal vez no eligió las palabras con mucho cuidado, porque Seiya torció el gesto, aun en su galanura parecía hosco.
—¿Disculpa? —le dijo Seiya en un tono más elevado. De hecho, parecía que trataba de controlar su enfado, pero no estaba teniendo mucho éxito al respecto.
—Sólo porque tuvimos un… es decir, no vamos a tener sexo. Me parece de pésimo gusto que lo asumas sólo porque nos besamos una vez. Nunca te invité a pasar ni…
Seiya puso una mano al frente para callarla, y funcionó Usagi le miró ofendida.
—¿Exactamente qué clase de persona crees que soy?
Y se le fue la lengua… otra vez.
—Eres hombre —jadeó con una carcajada irónica —Y bueno, todos son…
No la dejó terminar.
—Sabes qué, Odango. Estoy harto de esa postura ridícula de niña engañada tuya. Creí que habías madurado un poco estos días y habías dejado de ver al cabrón de tu ex en todo el mundo —le recriminó Seiya abiertamente. Usagi abrió la boca, esta vez pasmada. Vaya, ahora no sólo se veía enfadado. De hecho parecía muy, muy cabreado —. A mí me hicieron lo mismo ¿y me ves vomitando mi mierda hacia ti? ¡No! Pero para que duermas tranquila, te lo diré. Le pedí al conductor que esperara en la esquina de la octava avenida porque ¡Sorpresa! En Park Avenue no se puede aparcar más de cinco minutos o te multan. Pensé que tantos días de vivir aquí te prenderían el foco sobre eso. Sólo quería acompañarte a la puerta, porque lo creas o no, es lo que hago siempre en una cita. Y sí, claro que pensé en sexo en algún momento de la noche. Porque me gustas. Un montón. Y yo también te gusto. ¡Y eso qué tiene de malo, con una mierda! Tú y tus prejuicios y traumas no hacen más que joderte la existencia y la de los que te rodean. Afortunadamente, ya no tendré que lidiar con eso. Lo intenté, pero eres un caso perdido. Dulces sueños y que tengas buen viaje de regreso. Ah, y no compres souvenires en el aeropuerto, son un robo.
Y caminado a largas zancadas, se fue.
Usagi se quedó de piedra. Incluso sus pensamientos se habían detenido ahí, en medio de la madrugada. El aire congelado se le colaba entre las piernas pero ni eso lo sentía peor que las palabras de Seiya. Sentía como si la hubiera abofeteado con ellas.
Menuda lección la que acababan de propinarle.
Usagi caminó descalza hasta el penthouse. Ya no le importó quitarse los zapatos en el ascensor. Entró y sin siquiera encender las luces, se dejó hundir en el colchón de la cama. No había querido hablarle así a Seiya, sólo… tuvo miedo. Miedo de cruzar ése límite para el que ella aun no estaba segura de querer cruzar. No había querido alejarlo, era todo lo contrario. Y ahora, incluso cuando abiertamente le había dicho que le gustaba, lo había malinterpretado con sus atenciones de toda la noche y lo había echado a perder adelantándose a los hechos. Para variar. ¡Qué tonta!
Resopló y tomó uno de los preciosos zapatos plateados de la alfombra. Eran tan bonitos. Brillantes y elegantes. Los creyó su amuleto de esta noche mágica. No pudo evitar pensar en que hoy se había sentido igual que la Cenicienta. Y ahora, que pasaba por mucho de la medianoche, se había marchado el príncipe y el cuento estaba casi por acabar, había vuelto a ser la misma chica-calabaza que era.
A pesar del desafortunado desenlace, Usagi había caído rendida al sueño. Se levantó tarde, con la cabeza pesando mucho, y aun para sus estándares, casi no tenía hambre. Decidió que tomaría alguna fruta del refrigerador y después resolvería su gran cagada, pues se había arrepentido de ello desde el segundo en el que lo había hecho. ¿Pero cómo?
La señora Walsh estaba doblando ropa de cama en la sala. Y como siempre, la asustó.
—Buenos días, señorita Usagi… —le sonrió divertida al ver que ella se llevaba una mano al pecho —¿Se divirtió anoche?
—Buenos días —contestó cuando se recobró —. Sí. Mucho.
—Me alegra. Le dejé un omelette con queso mozarella en el horno. ¿Lo caliento?
—No, ya lo hago yo… gracias —bueno, la comida no se tira, es un pecado terrible ¿cierto?—. Señora Walsh… me preguntaba…
—¿Tiene ropa sucia que necesite lavar?
—No, no. Es un favor personal.
El ama de llaves parpadeó mucho.
—Claro. ¿Qué necesita?
Usagi jugueteó con sus dedos índices.
—Me preguntaba, dado a que viene mucho y es gran amigo de Minako… si sabe por casualidad donde vive Seiya.
Odiaría tener que pedírselo a Haruka, sobre todo porque le pediría una respuesta a su decisión. Y probablemente no le gustaría...
La señora Walsh no tardó mucho en contestar. Tomó un post-it de un cajón de la cocina y un bolígrafo.
—Le escribiré la dirección. ¿Quiere que consiga un taxi?
Usagi esbozó una sonrisa de mil megavatios.
—No, me las arreglo yo solita. ¡Muchas, muchas gracias!
La mujer sonrió complacida y siguió en sus deberes.
Con la esperanza regresó su el voraz apetito, así que Usagi se sentó primero a desayunar. Luego se daría una buena ducha y ¡manos a la obra!
Comió con avidez, pues necesitaba energías para la cursilería que quería hacer.
Seiya vivía en East Village, uno de los barrios más alternativos y bohemios al sur este de Manhattan. Estaba repleto de filósofos, escritores, músicos y profesores de etnias de todo el mundo. También era conocido por su esporádico libertinaje con las drogas. Tenía un aire decadente con sus enormes grafittis y sus fábricas acondicionadas para almacenes de ropa y sus mercados, pero también contaba con muy buenos clubes de jazz y galerías de arte independientes. Era sin duda un vecindario muy interesante, que no tenía nada que ver con el fastuoso Uper East Side.
Hacía un lindo día soleado y de cielo azul, pero el frío del invierno calaba los huesos. Usagi corroboró la dirección con un vendedor de salchichas y miró el altísimo edificio que tenía delante. Era muy típico del ambiente popular de New York: ladrillos rojos, ventanas rectangulares y sus escaleritas de emergencia en el costado.
Pero olvidó la comodidad de subir en un elegante elevador y casi deja los pulmones en el décimo piso. Aun había más, pero Usagi agradeció a la providencia no subir otro escalón más. Ya estaba mareándose.
Sin darle muchas largas, tocó un timbre exageradamente ruidoso.
Seiya abrió la puerta totalmente desprevenido, y por su rostro pasaron varias fases gesticulares. Primero el reconocimiento, luego la sorpresa y luego algo cómico. Usagi se ocultaba detrás de un gran globo redondo, que con letras en colores chillones recitaba "SORRY".
—¿Odango?
Usagi salió de su escondite.
—¿Cómo supiste que era yo?
Seiya trató de mantenerse serio y se aclaró la garganta.
—El… —y se señaló la cabeza, formando dos círculos pequeños con el dedo índice. Usagi se puso más roja que la grana — ya sabes, no es muy común.
—Claro…
Seiya llevaba un pantalón deportivo holgado y una sudadera gris oscuro de los Nicks de NY. Además traía un aspecto algo descuidado, al menos para sus estándares de modelo. No parecía que se dispusiera a salir en todo el día. A Usagi le mortificó la culpa pensando que ella era la causa de su mal humor.
E iba a comenzar su monólogo, pero Seiya le dijo con brusquedad:
—Así que… ¿crees que un pedazo de papel metálico relleno de helio compensa las cosas?
Sus ojos índigos le miraban directamente a la cara, y la dejaron desnuda y expuesta. Igualito que la primera vez que la vio, con esa bata semitransparente.
—Yo…
Pero con el paso de aquellos días, Usagi había aprendido algunas cosas sobre Seiya, a pesar de que se esforzara por dejar entrever sólo lo que quería. Y sabía que no era alguien rencoroso ni vengativo. Era lo opuesto, jovial y desenfadado. Y por eso sabía que estaba tomándole el pelo.
—Pues… ¿ayudaría el saber que caminé con él catorce manzanas?
Y entonces la ve: una sonrisa asoma a la comisura de sus labios. Estaba intentando no reírse. De ella, claro, pero risa al fin y al cabo. Eso la alivió. Después de pensar lo peor, resultaba refrescante su reacción, que se reflejó en ella y le sonrió ampliamente.
—Definitivamente —sentenció Seiya, y luego se apartó para que entrara —. ¿Cómo supiste dónde vivía? —preguntó ahora con algo de desconfianza.
—La señora Walsh…
—Claro. Ha tenido que venir a ayudarme de vez en cuando. Ya sabes, a sacar cadáveres y cajas de cereal caducadas.
Usagi rió y luego no pudo evitar rodear con la mirada el apartamento.
Bueno, no era propiamente dicho un apartamento. Era un loft con una pequeña cocina integral pero sin barra de desayunador. En vez de eso, tenía una mesa de madera desgastada y dos sillas altas indistintas. Una cama al fondo con un sin número de repisas de todos tamaños que guardaban discos y marcos de fotos. Había un sofá en forma de L de cuero negro frente a una grande pantalla plana. Las paredes eran del mismo ladrillo del edificio y gris claro. Iba perfecto con él.
—Uau —admiró Usagi a su alrededor —. Es… distinto a lo que me imaginaba.
—¿Pensaste que vivía en el Tah Majal como Minako?—preguntó sarcásticamente.
Usagi se ruborizó otra vez.
—Algo así.
—Ja… no. El sueldo de IMG no da para tanto aunque te engañe el estereotipo, Odango. Ese apartamento fue cortesía de su desagradable y muy millonario ex novio —comentó en tono irritado.
Usagi arqueó las cejas con asombro.
—Parece un buen acuerdo. A mí sólo me dejaron una factura endeudada con mi compañía celular.
Se miraron un instante y luego se echaron a reír al unísono. Usagi se quitó la chaqueta y se sentó con él en el mullido sofá.
—Aunque quisiera que el globo cursi hiciera todo por mí, creo que aun así debo decirlo —murmuró sumisamente mirándose las manos —. Seiya, siento lo que dije anoche. Yo… había sido una noche perfecta y la estropeé.
Seiya parecía desconcertado, como si jamás se hubiera planteado eso.
—No creo que la hayas estropeado…
—Yo sí. No debí pensar lo peor de ti, no después de cómo has sido conmigo. Fui infantil y cobarde, y me siento mal por eso.
Seiya emitió un sonoro suspiro ahogado.
—No, Odango… si estamos para ésas, yo también lo hice fatal. Debí ser más explícito o aclararlo cuando salimos del auto. Y sobre todo, no debí decirte lo de… —Seiya languideció en su asiento, claramente arrepentido —. Me sentí rechazado y te ataqué de manera estúpida, y sobre todo, sacando a colación temas que sé que aun te duelen… fui un imbécil.
Usagi se encogió de hombros.
—En realidad no me dolió de la forma que crees, Seiya.
Él le miró intrigado.
—¿No?
—No. Quizá me hubiera dolido si siguiera enamorada de mi ex, pero ya no lo estoy. Lo único que me dolió fue pensar que ya no… es decir, aunque me estabas gritando, también dijiste que te gustaba —dijo en tono de confesión, tiñendo de rubor sus blanca mejillas, y miró hacia el piso —. Y temía que… que después de ayer tú ya no sintieras lo mismo.
Seiya parpadeó y guardó silencio unos momentos.
—Lo veo muy difícil, Odango. Incluso siendo una cría absurda me gustas un montón. Pensé que era obvio.
—Hasta ayer, no. Y no me digas cría absurda.
—Perdón.
Se sonrieron como dos adolescentes, y Usagi sintió otra vez las mariposas en el estómago. Sintió alivio también, pero alivio mezclado con miedo. El calendario colgado en el refrigerador de Seiya la atormentaba.
—Fue una buena noche de año nuevo —opinó él, como para zanjar el tema, y ató su globo a uno de los extremos de su cabecera. Usagi sonrió con cariño.
—Sí —coincidió Usagi más animada —. ¿Es cierto lo que dijiste? ¿Lo que haces en las citas?
—Yo… pues sí, a veces. Cuando se da la ocasión claro. No es que ande haciéndolo con todo Manhattan. Hasta hace poco terminé mi relación, ¿recuerdas?
—Ya, pero… ¿no hubiera hecho falta el beso de despedida si realmente hubiese sido una cita?
Seiya se mostró descolocado, y le echó un vistazo provocativo, pero dudoso.
—No voy a volver a meter la pata. ¿Exactamente qué me quieres decir?
—Decir no, hacer.
—Ah...
Le rodeó el cuello con las manos y pegó sus cálidos labios a los suyos. Seiya respondió a sus movimientos, y Usagi otra vez sintió el caleidoscopio de coloridas emociones que llenaron el vacío de su interior desde la última vez que pudo besarlo. Y cómo ése tipo de cosas suelen ser siempre un espiral incontrolable, pronto empezó a sentir más calor que un día de verano y la necesidad de empezar a sacarse la ropa… no precisamente en un día de verano, así que se separó con delicadeza.
—Podríamos ver una película —propuso Seiya. Usagi asintió, demasiado aturdida y demasiada repleta como para decir otra cosa —, y de hecho, verla —aclaró puntualmente.
Usagi sonrió.
—Me encantaría. Pero también me muero de hambre, y aun no he pagado mi penitencia.
—Ya tengo un globo que me va a acompañar por las noches.
Qué ganas de ser el maldito globo… pensó, pero Usagi esta vez midió su lengua viperina.
—Y yo tengo un hambre de perros. La señora Walsh dice que en este vecindario venden las mejores pizzas de New York. ¿Vamos a almorzar? Yo invito.
—Vaya que andas generosa hoy. Supongo que tengo que aprovechar. Iré a darme una ducha rápida … solo —repuso Seiya con una sonrisa socarrona.
Usagi puso los ojos en blanco.
—Tus especificaciones comienzan a irritarme ¿sabes? —espetó recargándose en el sofá, sin lograr disimular el tono jocoso de su voz, y tampoco, sin poder evitar imaginarse lo que había detrás de las delgadas paredes cuando oyó el sonido del agua caer.
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Castleton, Derbyshire, England
El parloteo incesante de Shen ayudaba mucho para distraerla. Bloqueaba el tener que asimilar lo que estaba a punto de ocurrir en tan sólo unas horas. Pero como todo, siempre hay algo que termina por fallar en ese sistema perfecto de evasión al que te aferras. Para bien o para mal.
—¿Más jarabe? —la voz de Yaten la sacó de su ensimismamiento. Ella asintió y dejó que chorreara el caliente jarabe de maple sobre sus waffles. Los tres estaban desayunando en la pequeña cocina en pijamas. Sería un domingo perfecto, a no ser porque tenía la certeza que se terminaría en cualquier momento y eso la tenía con una pesadez insoportable en el estómago.
—Gracias.
—¿Segura que no quieres quedarte? —gimoteó Shen revolviéndose en su silla con impaciencia.
Minako le sonrió de modo forzado.
—Sí quiero, pero no puedo.
—Pero en el béisbol mi tío Taiki dice que quien quiere, siempre puede.
—Um… bueno, no siempre aplica en todos los casos.
—Pero…
—Shen —le reprendió Yaten con severidad sentándose con ellos —. No hostigues a Minako. La haces sentir mal pidiéndole que se quede.
—No quería hacer eso —repuso el niño con un puchero.
—Pues entonces para ya. Y come.
Un tanto alicaído, Shen obedeció y siguió desayunando. Minako y Yaten se miraron un instante al pasarse el azúcar, sabiendo que aquella recomendación era absolutamente una pésima fachada. Minako se llevó su taza de café a los labios, para disimular el rubor que le cubriría el rostro al recordar la charla que ella y Yaten habían tenido ayer en la madrugada:
La luz amarilla de la lámpara resultaba insulsa en la penumbra. Los dos estaban tumbados de costado, mirándose fijamente. A Minako casi se le cerraban los ojos involuntariamente.
—Dijiste que aguantarías —rezongó Yaten sonriendo al ver como bostezaba de modo muy poco decoroso.
Minako se relamió los labios, y una sonrisa cómplice y carnal se dibujó en sus labios.
—No contaba con que gastaría tanta energía —murmuró tendiendo la mano hasta su torso desnudo. Sintió como su piel se estremecía y la sensación se replicó en ella. Jamás se cansaba de tocarlo.
Rato después, Yaten le acarició la cara con los nudillos, notando el tacto de su piel suave bajo de ellos. Luego la beso en los labios de forma fugaz para despabilarla. Se quedaría dormida en cualquier momento.
—Necesito decirte algo.
En el silencio que se imponía entre los dos, Minako profirió un sonido ahogado de arrepentimiento, pues casi podía leerle el pensamiento y había esperado que sólo llegara la mañana sin enfrentar aquella cruda verdad.
—No...—pidió.
—Sí.
—Por favor...
—No. Por una vez en tu vida, vas a dejarme hablar. Luego puedes quejarte de lo que quieras.
Minako frunció los labios con disgusto (o quizá con tristeza), pero le hizo caso. Su corazón comenzó a alocarse con la expectación.
—Sé que a estas alturas probablemente es inútil que lo diga, pero aun así… —suspiró con pesar —, y que debes volver a New York. Sé que no puedes quedarte ahora. Que este pueblo aburrido y miserable no tiene nada que ofrecerte. Que no va para nada contigo y tienes una vida incomparable a esto. Estoy muy consciente de eso. Pero… aún así —repitió titubeante, como si le costara una barbaridad pronunciar las palabras —, estoy seguro que eso no es suficiente para ti. Y eso sí puedo dártelo. Así que quiero pedirte que te quedes. O más bien… que vuelvas. Y te quedes aquí. Conmigo.
Lo sabía.
—Oh, Yaten… no… —gimió Minako, y se tapó la cara con las manos. Él sonrió y las apartó, para poder ver sus ojos celestes y brillantes, implorando no seguir.
—No he terminado.
—Dios, no… no me hagas esto.
—Escucha… sé que es mucho para digerir. Pero yo nunca había sentido esto por nadie, y no me voy a perdonar si no soy claro contigo antes de que te vayas, no importa cual sea la respuesta. Tú misma lo dijiste, nos estábamos haciendo idiotas al fingir que esto no iría más allá. Desde que chocamos —literalmente— creo que ya sabía que no cumpliría mi promesa. Y creo que tú también… es por eso que me atrevo a pedírtelo. A lo mejor es una locura, pero francamente me tiene sin cuidado que lo sea.
Minako le miró intensamente, batiendo sus pestañas abundantes y negras como las alas de un colibrí. Quería decirle tantas cosas… pero no sabía por donde empezar. Ah, y también la había callado rotundamente, así que se mordió los labios para aguantarse hasta que le diera permiso.
—No pretendo causar líos, sólo quiero que sepas que tienes opciones —agrega en tono culpable.
Minako sintió un nudo en la garganta, mientras se le hinchaba el corazón. Pensar en la posibilidad que alguien pudiera quererla con esa intensidad por mucho que no tuviera sentido (el tiempo, el momento, el lugar, y un sin fin de etcéteras) la hacía sentirse en el precipicio de algo desconocido. Un plano en el que el horizonte desaparecía y el territorio era nuevo e inhóspito. Era aterrador. Confuso. Excitante. Pero sobre todo… quizá era demasiado bueno para ser verdad. Es decir, Yaten era increíble, por dentro y por fuera… pero esto… esto superaba con creces sus expectativas.
¿Podía ser?
Supuso que ya había terminado su discurso, así que Minako se arrejuntó más a él envolviéndolo con sus brazos, y sonrió un poquito, con la esperanza de que su gesto no revelara nada.
Algo que siempre hacía cuando se sentía atrapada (en esto estando incluso físicamente en sus brazos) era quitarle propiedad a las cosas. Así que hizo más o menos eso.
—Quieres que me quede aquí… —susurró en un combinado de dulzura y broma —. En este lugar donde todos se conocen, cotillean entre sí y no hay señal de celular… ni tiendas bonitas. Ni cines. Ni gimnasios. Vamos, ni siquiera un jodido Starbucks.
—Pues sí —repuso Yaten.
—¿Y a cambio yo obtengo…?
—A mí.
Como siempre, tenía la respuesta perfecta. Minako dio el suspiro más largo de su vida, y tuvo que hacer uso de todo su autocontrol para no tomar feliz lo que le ofrecía tan directamente, sin importar el costo. Levantó la mano y le pasó el pulgar por los labios, queriendo besarlo, no sabiendo por cuál de las dos cosas debería sentirse más tentada ahora mismo.
—Es muy complicado. Incluso una relación a distancia… no sé, Yaten. ¿Cuál sería el punto?
—Tal vez no haya punto.
Minako no le dio una respuesta concreta. Cerró los ojos y se aferró a él, y a ese momento de paz, lúcido y sosegado. No sabía qué podía decir sin lastimarlo lo suficiente, así que simplemente hizo lo que sabía hacer tan bien hasta que salió el sol, y no necesitaba palabras para eso.
—¿Más café? —le preguntó, interrumpiendo su recuerdo de anoche.
Era de día. Los waffles. Shen hablaba de la programación de Cartoon Network y una pista de carreras donde un coche verde le ganaba a uno rojo.
Parpadeó transigiendo con una bocanada de aire.
—No, gracias.
Shen se dirigió a ella:
—Minako, ¿quieres subir a la casa de árbol? Hice un iglú con mis legos, ¡pero no tiene una entrada!
A Minako se le iluminó la mirada, pero decayó casi enseguida.
—Me encantaría, pero aun tengo que empacar y la verdad no sé si me dé tiempo.
Shen dio una patada por debajo de la mesa que hizo que se cimbraran las tazas. Parecía tan disgustado como si le acabaran de decir que Santa no existía. Ni siquiera Yaten se molestó en regañarlo.
—¿A qué hora es tu vuelo? —preguntó Yaten sin preámbulos.
—A las cuatro. No había más tarde… —se excusó con inquietud.
Su nivel de ansiedad crecía a cada minuto.
Yaten se giró hacia el refrigerador para guardar la leche. Era obvio que evitaba mirarla demasiado.
—Te llevaré al aeropuerto a la una, si te parece bien.
—Oh, no… yo… tengo que devolver el cacharro que renté. No tiene caso ir en dos coches. Iré sola, no te molestes.
Yaten no insistió.
—De acuerdo.
Su voz se escuchaba tan tajante, que Minako prefirió ponerse de pie de un salto. Como Shen ya empezaba otra rabieta, (esta vez por ordenar su habitación) lo calmó prometiendo fervientemente que pasaría con suficiente tiempo para despedirse apropiadamente.
La casa de Usagi era casi lúgubre, pero agradeció que ahí no tenía que guardar la compostura. Rellenó hasta el tope el plato de Luna y la acarició un rato. Luego sacó las valijas. Empacar resultó ser demasiado más fácil de lo que pretendía. Se dio cuenta que no había utilizado ni el 20% de sus prendas, menos sus accesorios o zapatos, y sonrió con un deje agridulce. Si alguien más se lo hubiera contado ella no lo hubiera creído. Nadie puede cambiar tanto en tan pocos días. Pero es que a ella no se le habían figurado así. Después de todo, el tiempo es tan relativo…
No la conocía de nada, pero se sentía en una deuda mortal con Usagi. Gracias a ella había tenido una de las mejores experiencias de su vida, cuando ella sólo buscaba un poco de descanso en Navidad. Quizá algún día pudiese retribuírselo con algo. Unas flores. O unos bombones… o pidiéndole que le dé un poco de consuelo a Yaten, porque sabía que acabaría por romperle el corazón al que seguramente, de haberlo elegido, hubiera resultado ser el gran amor de su vida.
Su desazón subía como marea menguante conforme avanzaron las horas. No necesitó tocar el timbre porque la puerta se abrió de inmediato. A pesar de todo, Yaten le dio la bienvenida con una sonrisa, y con su mirada misteriosa e intensa de siempre.
—¿Lista?
Nunca. Y además odiaba las despedidas.
Minako meneó la cabeza.
—Sí… ¿dónde está Shen? —preguntó al ver que Yaten cerraba la puerta tras de sí.
—En su cuarto. Quería que nos dejara solos un par de minutos.
—Oh —dijo, jugueteando con uno de los botones de su abrigo. ¿Y ahora qué le iba a decir?
—¿Estarás bien?
Minako le miró con sus ojos claros muy abiertos. ¿Era eso? ¿No iba a reclamarle nada?
—Yo… pues sí, supongo.
Eventualmente.
Aunque no lo dijera, sabía que él estaba igual. Y le dolía aun más ser la responsable de esa tristeza.
Temiendo que él no quisiera, Minako dio un paso vacilante al frente. Quería abrazarlo una vez más.
La última.
Él no la detuvo, pero tampoco alargó demasiado el contacto. Minako no hizo más que mirarlo, intentando memorizar cada detalle suyo. Los ángulos de su cara, los trazos olivo, amarillos y verdosos de sus iris, y los reflejos platas que desprendían su pelo con la blancura del paisaje.
Esta vez no se le ocurrió ninguna frase ingeniosa, ninguna broma ocurrente, ningún comentario coqueto. No tenía nada… salvo un inmenso vacío en el interior del pecho.
—¡Minako! —gritó Shen saliendo de la casita y haciéndola sobresaltar. Minako lo cogió en volandas y le dio dos besos en sus suaves y regordetas mejillas.
—¿Te portarás bien?
—¿Aun me llevarás a Disneyworld?
—Claro.
—Entonces sí.
—Shen, quería decirte que si por casualidad tu deseo de Año Nuevo no se cumpliera… yo también pedí uno para ti. Por si acaso.
Los ojos del niño brillaron casi con demencia.
—¿En serio? ¿qué cosa?
—No puedo decirte. Es la tradición —respondió muy solemne —, pero debes tener fe. Yo también la tendré. Y no olvides lo que te dije en la casa del árbol, nada de pensar cosas malas sobre ti. ¿Okay?
Shen asintió emocionado.
—Okay.
Minako le echó vistazo a su reloj de pulsera, notando que iba quince minutos ya atrasada, así que lo bajó y se le unió a su padre para que los tres caminaran hasta el pequeño auto. Yaten le abrió la puerta.
—Gracias. Esto… te llamaré.
—Sabes que aquí casi nunca hay buena señal —discrepó él.
—Pues te enviaré mails.
—No sé. Somos muy malos haciendo promesas.
—Lo sé…—Minako tomó una gran bocanada de aire. ¿Qué más podía hacer de todos modos? —. Adiós, Yaten.
—Adiós, Mina.
Era la primera vez que acortaba su nombre, y le pareció horrible… hermoso y horrible, el hecho de que fuera a oírlo así por primera y última vez.
Aun así, subió al coche. Shen se trepó en su papá y comenzó a agitar su mano vigorosamente, deseándole buen viaje. Yaten hizo más o menos lo mismo, aunque con mucha menos energía. Cuando bajó la mano y la miró, Minako pudo ver cómo por un momento se le cayó la máscara. Ahí estaba… su dolor reflejado en su atractivo rostro. Minako giró la cara hacia el parabrisas y encendió el auto. Arrancó y en pocos metros ya no podía divisarlos por el espejo retrovisor. Simplemente se perdió en el serpentoso camino de nieve.
La espera en la sala V.I.P. fue todo menos V.I.P. Aunque en su interior gritara otra cosa, su obligación y su miedo a equivocarse pesaban más que todo el equipaje junto. Una vez dentro del avión y cuando dejó de estar en tierra firme, se acurrucó con una manta en el asiento, disfrutando un poco de la privacidad que sólo le ofrecía la primera clase. No habría podido lidiar con eso frente a desconocidos.
Así, empezó a sentir que la marea que le había rozado los pies esta mañana ya le llegaba al cuello y la golpeaba. Quizá más. Y cuando Londres quedó allá abajo, a miles de pies de distancia, el sentimiento de pérdida fue lacerante y comenzó a consumirla de a poco.
¿Qué hice?No dejaba de preguntarse una y otra vez.
—¿Una bebida, señorita?
Minako levantó el rostro. No le apetecía nada, pero sentía la garganta más seca que un desierto.
—Agua.
—¿Con gas o sola?
—Sola… por favor.
—¿Puedo ayudarla en algo más? —ofreció sutilmente.
—No, gracias.
—¿Segura?
Minako frunció sus cejas al máximo, formando una profunda V arrugada. La azafata se veía borrosa y eso la desconcertó. ¿Es que ya le estaba afectando la altitud? Era imposible, ella se la vivía en los aviones. Quizá incluso más que en su casa.
—Sí, ¿por qué?
La azafata sonrió con un poco de compasión.
—Es sólo que… perdón que me entrometa. Es que como la vi llorando tanto, pensé que estaría enferma. Puedo conseguirle una aspirina o lo que necesite.
—Yo…¿qué?
—Le traeré una almohada para que se acomode mejor —sugirió incómoda, y luego se fue.
Minako estaba desconcertada. Se tocó la cara y efectivamente, ahí estaba la prueba de que la sobrecargo no estaba loca. Pero no tenía sentido. Hurgó en las profundidades de su bolso hasta que encontró su espejo de bolsillo y se miró, no creyendo lo que veía. Tenía los ojos enrojecidos e hinchados, como si hubiera pasado una buena noche de juerga en la ciudad. Pero el rostro también estaba moteado de manchitas rojas y claro, estaban las lágrimas que le zurcaban las mejillas. Las tocó con curiosidad. ¿Cuándo había sido la última vez que había llorado? Ah sí, con el divorcio de sus padres. Una y otra vez por las noches hasta quedarse dormida, pero luego de eso no lo hizo más. Sin querer, se forjó a sí misma una armadura que no permitiría que nada la lastimara de nuevo. Así era invencible ante la prensa, al rechazo de su familia y la gente que quisiera traicionarla como Kunzite. Minako soltaba muchas maldiciones, se abatía o gritaba, pero jamás tiraba una sola lágrima.
Hasta hoy.
Pero Yaten no había hecho nada malo. Había sido todo lo contrario. De modo que deducía que aquel llanto era producto de la pérdida de algo bueno. Muy bueno. Del arrepentimiento y la culpa. Pero también, significaba que volvía a permitirse ser vulnerable y sentir. Incluso eso había logrado reparar en ella sin darse cuenta.
Se enjugó la cara y miró por la ventanilla la cama acolchonada de nubes que sobreponían los inmensos cielos, y se cubrió con la manta hasta la nariz.
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Notas:
Holiwis! He aquí otro nuevo capi :) Y ahora sí se acerca el final. No hay prisa, pero tampoco quiero alargarlo hasta el 2021.
Dedicado a cualquier persona que este atravesando un momento difícil con todo lo que está pasando en el mundo y no sólo en materia de salud, también trabajo, política, etc... esperando que al menos les haga pasar un momento agradable al leerlo.
Besos,
Kay
