Dalila se levantó de la cama, comenzando a vestirse y peinarse para empezar otro día más en Grace Field. Se había despertado nuevamente por los recuerdos de su niñez, específicamente, de su plantación.
Siempre que soñaba con eso, no podía evitar llorar, sentir como se le ponía la piel de gallina o sentir dolor. Miró sus manos, ¿Cómo era la Dalila de antes? ¿Qué pensaría su yo al verla así?
Se sentó en la cama, cerrando los ojos, rememorando el pasado. El agridulce pasado.
Miraba por todas partes, buscándolo. Y es que, le había extrañado el no verlo jugar con los demás, como usualmente hacía; fue entonces que lo encontró leyendo bajo la sombra de un árbol, y con una sonrisa se acercó a él.
- ¡Joseph!
Joseph, un chico de cabellos plateados y ojos turquesa, volteó a ver de dónde provenía el llamado. Sonrió al verla y se hizo a un lado, dándole un lugar donde sentarse. Ella sonrió a su vez, situándose a su lado.
Fue entonces que notó el libro que este tenía en sus manos, miró con curiosidad el libro y luego a Joseph, sonriendo divertida.
- Pensé que no te gustaba leer.
- Sigue sin gustarme, pero este libro llamó mi atención. – dijo, pasándole el libro, el cual tenía imágenes de distintos tipos de flores. Dalila contempló todas las imágenes por haber, sorprendida. Joseph sonrió al verla emocionada y sorprendida.
- Todas estas flores son muy hermosas.
- Sí, pero hay una que me gusta en especial. – mencionó, tomando el libro, buscando una página en específico. Dalila leyó el título de esa página, "Dalia".
- Suena casi parecido a mi nombre. Además, hay distintos tipos de dalias.
- Es cierto, pero, mi favorita es la dalia azul. – admitió ruborizándose hasta las orejas. Dalila también lo miró, sonrojada.
- Joseph…
- ¡Dalila! ¡Joseph! – los llamó una niña de unos 4 años, cabellos rubios y ojos azul oscuro se acercó a ellos, con una sonrisa, interrumpiendo el momento entre ambos. Al llegar, notó como ambos miraban en distintas direcciones, ruborizados. Los miró con curiosidad e intriga. - ¿Sucedió algo?
- N-No, todo está bien. – sonrió nerviosa Dalila, rascándose con insistencia la nuca, sin atreverse a mirar a Joseph o a la pequeña Arya a la cara.
- ¿Es cierto, Joseph? – preguntó Arya, sin estar convencida del todo. El chico no la volteó a ver, y susurró un bajo "S-Sí".
Arya no era tonta, ella era consciente de los sentimientos que Joseph tenía por Dalila y viceversa. Pero como ambos eran demasiado tímidos y vergonzosos como para admitirlo o hacer algo al respecto, o eso era lo que ella notaba; por lo que su deber era juntarlos cada que podía.
Y como la situación comenzaba a cansarla, decidió ser directa.
- A Joseph le gusta Dalila, y a Dalila le gusta Joseph~ – canturreó, con una sonrisa divertida en sus labios. Los aludidos enrojecieron más de lo que ya estaban –. Se besan bajo un árbol y~…
- ¡E-E-Es suficiente A-Arya! – regañó Dalila, topándole la boca con una mano. Arya sonrió, soltándose de su agarre, yéndose con los demás niños a jugar.
Dalila se aclaró la garganta, tratando de calmarse y que su cara dejase de arder. Se levantó de donde estaba sentada, mirando al horizonte con una sonrisa entre avergonzada y tranquila. Y cuando se disponía a disculparse por lo que Arya había dicho, y tal vez, de paso aclarar sus sentimientos, Joseph habló.
- Dalila…
Ella volteó a verlo, sin borrar su sonrisa y manteniendo su sonrojo. Joseph no la miró en ningún momento.
- Dime.
-… Es verdad… ¿Es verdad lo que dijo Arya? D-De que te gusto… - Dalila se ruborizó más que antes, si es que aquello era posible.
-…Sí, es verdad… Me gustas, Joseph – se declaró, con una sonrisa tranquila. Pasó un mechón de cabello por detrás de su oreja, Joseph finalmente lo miró, igual o más sonrojado –. Aunque…
- A mí también me gustas, Dalila – interrumpió, sabiendo que ella le diría algo sobre que no necesitaba una respuesta, porque la verdad era, que sí la quería y la necesitaba. Ella lo miró con sorpresa, para después volver a sonreír.
- ¡Finalmente! – festejó Arya, saliendo detrás del árbol, con una sonrisa emocionada en su rostro. Joseph y Dalila se sonrojaron más, ¿Eso era posible siquiera?
Al final se rieron y abrazaron a la pequeña Arya, siendo así que Joseph dejase el libro debajo del árbol y fuesen los tres a jugar con los demás.
Salió de su habitación, saludando a algunos niños que corrían por los pasillos y la abrazaban también, saludándola. Ella sonreía, al mismo tiempo que los acompañaba al comedor.
Había salido de la casa, con tal de devolverle a su pequeña hermana el listón que le había dado como obsequio por su cumpleaños número 6. Sabía que Mamá la regañaría si se enteraba que había ido a la puerta, y más aún, de noche.
Llegó a la puerta, la cual para su sorpresa estaba abierta. En ella encontró un carro, lo cual la llevó a checar lo que había en su interior, dejándola aterrada; ahí estaba Arya, muerta, y su expresión estaba en blanco.
Se llevó las manos a la boca, tratando de acallar los gritos de terror y dolor. Aquello no podía ser cierto, si hacía poco Arya estaba viva, rebosante de energía como siempre.
- ¿Por qué? – se preguntó, retrocediendo. Escuchó el sonido de una puerta siendo abierta, alertándola y haciendo que se escondiera rápidamente bajo aquel carro.
Escuchó la voz de su Mamá, aquella mujer que los había criado, amado y cuidado. Su voz antes dulce y suave, se escuchaba gélida y mecánica, como si la muerte de Arya no hubiese significado nada. Y no sólo escuchó la voz de ella, sino también la de otras criaturas, deformes y horripilantes, que, de sólo verlas, le provocaron un asco profundo.
Escuchó como hablaban sobre las siguientes "cosechas", y algo relacionado a los mejores productos de aquella plantación. La realidad le cayó como un balde de agua fría.
Ella y sus hermanos eran comida. Ella estaba destinada a ser el alimento de aquellas horribles criaturas, ellos eran ganado. Todo lo vivido ahí, era una mentira, una dulce y ahora, que le resultaba amarga.
Apenas notó como se alejaban, echó a correr hasta su hogar. ¿Debería seguir considerándola su hogar? ¿Qué debería hacer?
Apenas entró, caminó con pesar a donde dormían. Y sin más, se acostó en su cama, llorando en silencio; maldiciéndose por nunca haber sospechado nada, por no hacer algo para evitar la muerte de Arya, temiendo por lo que le fuese a pasar a Joseph.
Desde entonces, se juró a sí misma salir de ahí junto a Joseph. Lo protegería, sin importar qué.
- Buenos días mi pequeña – saludó amorosa a Zary, siendo recibida con una sonrisa y risa. La abrazó a ella, meciéndola y haciéndola reír.
Laín miraba a Dalila desde el marco, en silencio. Le parecía tan real el amor y cariño que le mostraba a la pequeña Zary, que parecía que lo que Emilia les había contado, quedaba como una mentira.
Se ajustó los lentes, entrando al cuarto.
- Buenos días, hermana Dalila – saludó, acercándose a ella. Una sonrisa traviesa escapó de los labios de la mujer, dejó un momento a Zary devuelta en su cuna y atrapó en un abrazo a Laín, quien mostró una genuina expresión de sorpresa.
- ¿Hermana Dalila? – sus mejillas habían adquirido un rubor, cosa que la hizo reír.
- ¿Por qué siempre tan serio, Laín? Trata de sonreírle a la vida un momento~.
- Tsk, no quiero – respondió infantil, haciendo un mohín. Dalila rió más.
- Bien, yo te enseñaré a sonreír – tomó su rostro entre sus manos, y con sus pulgares jaló levemente las comisuras del rubio, haciendo una sonrisa. Laín la miró confundido. Dalila hizo un mohín –. Mmmm, se ve un poco forzada… Bien, te mostraré.
Se agachó para estar a su altura, y con los dedos índices en sus mejillas, sonrió. Laín sonrió levemente, pero fue suficiente como para complacerla.
- ¿Viste? Me sonreíste. Pero sé que me puedes dar una mejor sonrisa, venga~ – presionó sus mejillas, todavía con su sonrisa.
Laín se rió, y la imitó, sonriendo ampliamente. A Dalila se le conmovió el corazón; alborotó sus cabellos, mirándolo a los ojos.
- Laín, aun cuando la vida se muestre dura, sonríe. Porque una sonrisa es mucho mejor que una cara triste, ¿Sí?
Laín sonrió.
- Sí.
Desde aquella revelación tan desgarradora, Dalila dejó de sonreír. Simple tenía un semblante pensativo, serio y algunas veces fría; y cuando se le acercaban para preguntarle sobre cómo se sentía o qué tenía, ella sonreía falsamente y afirmaba estar bien.
Incluso usaba la misma máscara de falsa felicidad con Joseph, y él lo sabía. Por eso, cuando estaban tendiendo las sábanas, decidió encararla.
- Dalila, dime la verdad. Sé que no estás bien, y que algo ocultas – le expresó, serio, mientras las sábanas ondeaban con el viento, ella estaba sorprendida. Aunque lo ocultó con una sonrisa tranquila.
- ¿De qué hablas, Joseph?
- Deja de mentirme, Dalila… ¿No ves que me duele que lo hagas? – sus ojos reflejaban su evidente dolor. Pero se negaba completamente a llorar -. ¿No estamos juntos en esto?
Dalila finalmente rompió su máscara, lanzándose a sus brazos, llorando todo lo que había acallado. Joseph acarició con cariño sus cabellos, derramando algunas lágrimas que no logró contener.
- Perdón, Joseph. De verdad.
Le contó toda la verdad, desde la fuerte revelación de esta vida que llevaban, hasta lo que estaba planeando hacer. Él tomó sus manos, mirándola a los ojos, con una sonrisa conciliadora.
- Dalila, quiero que me prometas algo… Aun cuando la vida se muestre dura, sonríe. Porque una sonrisa es mucho mejor que una cara triste, ¿De acuerdo?
Ella derramó unas últimas lágrimas, para después sonreír.
- De acuerdo.
Laín salió del cuarto, detrás de Dalila quien cargaba a Zary. Una sonrisa triste surcó sus labios, al mismo tiempo que, unas lágrimas caían de sus ojos.
- ¿Sonreír, eh? – murmuró, mientras más lágrimas caían de sus ojos. Pero incluso así, mantenía su sonrisa –. Está bien, eso haré.
Si quieres que sonría, eso haré… Mamá.
- ¡Laín! – saludó sonriente Izan, aunque su sonrisa se borró cuando vio como este lloraba –. Laín, ¿Qué…?
- Estoy bien, tonto – le dijo, con una sonrisa. Algo que desconcertó bastante al albino. ¿Acaso alguna vez había visto la sonrisa de su amigo?
Más tarde hablaría con él.
