—Me gusta Zelda.
Tán fácil de decir pero tan complicado de asimilar. Nada más soltarlo, emitió un suspiro de frustración y se sentó sobre la cama con aires de derrota, tratando de despejar su mente y evitar que la antes mencionada vuelva a ocupar sus pensamientos. Claro que ahora las cosas ya le parecían más sencillas; se había librado del peso del silencio, por lo que podría pensar en algo más que no fuera en esconder su gran pecado y así encontrar una manera de hacer que todas estas molestas sensaciones desaparecieran.
Sin embargo, algo que siempre tuvo muy claro fue que nunca deseó que esto surgiera, que anhelar este tipo de cosas era algo inmoral y mezclarse entre los altos rangos era algo que nunca debería hacer. Pero las cosas no podían ser así, su alma se estremecía con cada una de las sonrisas que ella le dedicaba, su nariz se tatuaba el suave aroma de su pelo y su cuerpo buscaba más cercanía en los abrazos. Simples pero indecorosas señales que evidenciaban cada vez más su estado.
—Ya basta… yo… quiero dar marcha atrás… hacer como si esto nunca hubiera existido... —rogó por lo bajo de manera inútil. La culpa, la ansiedad de ser descubierto y la impotencia de no haber podido hacer nada para evitar esto hacía que a cada paso se hundiera más, cada vez pidiendo perdón a cada persona que vino a su mente: a sus padres, a sus amigos, a todo el reino, a Zelda…
Ojalá nunca hubiera aceptado que le encantaba su sonrisa.
Ojalá nunca se hubiera dicho que sus ojos le parecían joyas.
Ojalá nunca se hubiera enamorado de todas y cada una de sus facetas.
—Lo siento… siento haberos decepcionado…
—¿Link?
Su voz de nuevo, aquella melodiosa y femenina voz con la que se deleitaba cada vez que ésta invadía sus oídos. Desganado, musitó un "voy" y se encaminó hacia el baño de su cuarto, donde miró sus ojos ligeramente enrojecidos y su cabello más desordenado que de costumbre. Se pasó un poco de agua por su cara y se peinó un poco mientras fingía que no lloraba, fingía que estaba contento.
Fingía no dolerle verla de esta forma.
—Disculpa si te molesto —intervimo mientras una tímida sonrisa se asomaba por sus labios, haciendo que el elegido sintiera cómo su corazón se encogía. Maldita sea —. Sólo venía a entregarte la Espada, que saliste con tanta prisa que te olvidaste de ella.
Rápidamente le tendió el arma a su dueño mientras sonreía. Link se limitó a encogerse de hombros mientras trataba de mostrar alguna expresión que no delatara la negatividad que lo iba consumiendo. En cuanto la tomó entre sus manos, volvió a conectar su mirada con la de ella, en aquellos brillantes ojos verdes que fácilmente podían considerarse los más bellos de todo el reino.
—Hasta mañana.
Un susurro apenas audible que quedaba en segundo plano al ambos estar mirándose con intensidad, con una calidez que se asemejaba a las cariñosas caricias que se proporcionaban en el rostro cada vez que alguno de los dos se encontraba de bajón.
—Hasta mañana.
Y así fue cómo él arruinó aquel mágico momento, terminando por sacar a Zelda de su trance y casi obligándola a retirarse del lugar. Mientras ella caminaba a su cuarto, Link se quedó mirando entristecido la espalda de la princesa, sintiendo cada vez más impotencia por no poder manejar sus emociones y haber creado este momento que sólo conseguiría que sus sentimientos vayan a más y se ilusione con algo imposible. Menos mal que dejó de mirarla tan transparentemente a tiempo, ya que cuando se disponía a cerrar la puerta, descubrió la mirada curiosa de una de las sirvientas examinarlo de pies a cabeza.
La muchacha en concreto era ciertamente bonita. Su piel blanca como la porcelana contrastaba muy bien con su largo cabello azabache y sus grandes ojos color miel, seguida de su pequeña y adorable nariz y sus rosados labios. Y aunque muchos pensaban lo contrario, su vestido de sirvienta no le quitaba aquella belleza y dulzura que desprendía.
"Mira, ahí tienes a una chica guapa con la que puedes construir un futuro. ¿Por qué no vas y le hablas? ¿Por qué no intentas olvidarte de esto?", le recriminaba su parte racional y políticamente correcta, cosa que le hizo dudar un poco sobre si hacerle caso a su voz interior o no.
En un principio el plan le había parecido buena idea, intentar conseguir algo con esa dama podría hacer que se olvidara de sus estúpidos sentimientos y le daría una oportunidad de construir su soñada familia. Estuvo a punto de abrir la puerta de su cuarto (la cuál había cerrado) para acercarse a hablarle y, como mínimo, a saber su nombre, pero algo lo detuvo en el último momento.
No podía. Por mucho que deseara ir con la joven, había algo que lo retenía, como un susurro que le advertía de que aquello no serviría de nada, que sus esfuerzos serían inútiles y que acabaría haciendo sufrir a una muchachita a la que habría ilusionado con la promesa de amarla durante toda la eternidad.
Al final desistió, optando por cambiarse rápidamente y acostarse en su cama, dejando todas estas extrañas dudas para el día siguiente, ya que no creía tener la consciencia suficiente como para tomar decisiones a estas horas.
Cuando estuviera más despejado se lo pensaría.
Bajo las curiosas miradas de los soldados, él caminaba por el medio del campo de entrenamientos ubicado en uno de los múltiples jardines del castillo, pero realmente no le importaba lo que hicieran, ya que tenía la mirada puesta en una de las personas que se estaban encargando de dirigir los entrenamientos, una persona que en cuánto advirtió su presencia le hizo una discreta seña para retirarse a hablar en privado, no sin antes dedicarle unas cortas palabras al hombre que se encontraba a su lado.
Cuando ambos se encontraron solos, él leyó la duda en los ojos de la sheikah, quien en estos momentos no le inspiraba la seguridad que normalmente la rodeaba.
Parecía como si temiera algo.
—A ver… tengo muchas cosas que decirte, así que vamos a ir por partes, ¿vale? —comenzó, lo que hizo que Link asistiera y ella retomara la palabra, aún más intranquila. —Lo primero, quiero que sepas que, como la cuidadora de Zelda, siempre me sentí muy preocupada por ella. Desde siempre, me sentí apenada por verla tan sola desde pequeña, ya que desde que su madre pereció se enfocó únicamente en rezar y nada más. Pero desde que aclarasteis vuestras diferencias, la noto más diferente, mucho más alegre. Ya no se derrumba tanto por no haber conseguido despertar sus poderes, sino que intenta afrontar las cosas de la mejor manera posible y siempre me habla de las ganas que tiene de reunirse contigo por las tardes.
El saber lo que Zelda decía sobre él solo consiguió sacarle una breve sonrisa a Link, junto a un pequeño sonrojo que trató de disimular lo máximo posible, pero que no pasó desapercibido por Impa, quien dejó escapar una discreta risita al atar cabos con algo de rapidez.
—Dicho esto, quiero darte primero de todo mis más sinceros agradecimientos por hacerla tan feliz —continuó, sintiéndose más confiada. —Sé que en un principio no fue fácil sobreponerse a todas esas malas actitudes que ella demostró, pero me alegra en sobremanera que supieras ver algo más detrás de lo que ella muestra en público, más allá de los rumores e invenciones que la gente hace con el objetivo de desprestigiarla.
—No hubo ningún problema —osó intervenir el muchacho por primera vez. —Conozco a la gente y sé bastante acerca de su favoritismo por juzgar sin saber. De hecho, Zelda siempre me pareció que escondía algún tipo de sufrimiento desde que ingresé en las pruebas para hacerme caballero, además de que soy el primero que sabe lo mucho que duele tener que soportar la opinión de miles de personas.
La sheikah sonrió.
—Me alegra saber que seas tan maduro —comentó —. Pero ahora quiero que me escuches bien, puesto que lo que quiero pedirte… es algo que no sé cómo te tomarás, la verdad. Además, tengo que contarte una pequeña historia —después de haber soltado eso, calló durante unos segundos, aguardando alguna señal que le hiciera ver que Link se echaba atrás, pero en vista de que esa señal nunca llegó, decidió comenzar a contarle las cosas —¿Sabes qué es lo que se celebra en unos días?
—Las lágrimas de Farore —dijo inmediatamente él, comenzando a ponerse nervioso por lo que creía que Impa le iba a proponer. La fecha en cuestión siempre le había traído una profunda sensación de soledad, puesto que desde que su padre murió, nunca jamás volvió a presenciar el evento, prefiriendo estar tapado con sus cobijas descansando a salir y exponerse al dolor que le traían los recuerdos de su progenitor. Pero este año tenía unos planes diferentes, unos que acabó rechazando en el último momento al darse cuenta de que sólo lograban que la atracción que sentía por ella acabaría empeorando y llegando a un punto que no querría ni pensar.
Estuvo a punto de invitar a Zelda.
—Exacto. Ese es uno de los eventos más famosos de todo Hyrule, y uno de los que más gente logra reunir. Y por lo que tengo comprobado desde hace bastantes años… Zelda lo evita. Rehúsa estar contemplando las estrellas por culpa de los amargos recuerdos de su madre que aún viven en su mente, sobre todo aquellos en los que ella aparecía diciéndole "Cuando yo no esté, búscame en las estrellas. Desde allí estaré observándote". Y todo el personal de confianza de Zelda sabe lo que eso la afectó después del funeral… incluido tú, su mejor amigo, la persona más especial para ella —terminó relatando, haciendo que lo último provocara emociones contrarias en Link.
La primera, el gozo de volver a escuchar lo mucho que a él lo apreciaba.
La segunda… la decepción de no poder ser más, de no poder ser alguien… quizás más cercano en su vida, alguien que le alegre los días, que la haga sentir amada y protegida frente a las adversidades, que la abrace, que la bese…
"Diosas, Link, así vamos muy bien para sacarnos esta tontería de la cabeza. ¿O es que acaso no quieres?".
Y si era completamente honesto, no quería olvidarse. No podía, no le nacía el querer deshacerse de todo aquello que estaba sintiendo. Le parecía hermoso, embriagante y placentero, y aunque nunca lo quisiera admitir de dientes para afuera, adoraba fantasear con ella, imaginar a ambos besándose en la intimidad del cuarto de alguno de los dos, disfrutando del calor que emanan ambos cuerpos y mirándose con un amor infinito.
Suspiró resignado al darse cuenta de que se había desviado del tema principal de conversación. Ciertamente avergonzado, volvió a fijar su vista en los ojos de la sheikah, mas se sorprendió a sí mismo al notar que ella lo observaba con una sonrisa pícara adornando su rostro.
—Estuviste a punto de invitarla —adivinó ella. Link, por su parte, le dio la razón con el ardor de sus mejillas, causando que ella suelte una pequeña carcajada y lo mire de nuevo, con sus orbes reflejando diversión —. Pues no sé a qué esperas, campeón. Yo venía con la idea de persuadirte para que la convenzas de verlas cuando estéis fuera, pero veo que no era tan necesario si tú ya tenías estos planes.
—Yo…
—Ve con ella, anda —le comentó con aire juguetón mientras dirigía su caminar hacia el campo de entrenamiento, no sin antes guiñarle el ojo —. Y tranquilo, tu pequeño gran secreto está completamente a salvo conmigo. No se lo pienso decir a Zelda… porque espero que algún día se lo digas tú.
Y con otra de sus ruidosas carcajadas, abandonó al muchacho a su suerte, dejándolo solo y con los pensamientos trabajando a mil. La confusión, la inconsciente entrega de un secreto guardado celosamente, la petición que tenía que hacerle a Zelda, la incógnita que representaba el no saber cómo ocultar todo esto… y ahora lo que parecía ser una broma y pequeña amenaza a la vez por parte de Impa, lo que actualmente lo estaba frustrando y carcomiendo.
¿Él? ¿Él tendría que enfrentarse a esto? ¿Tendría que ir olvidándose de todo lo que ha conseguido y confesarle lo que ocurre en su interior cada vez que ella estaba cerca? ¿Tendría que arriesgarse a un rechazo en vez de seguir escondiéndose?
¿Tendría que dejar de ser un cobarde y enfrentarse a la dura realidad?
Sí. Todo parecía indicar que sí.
"Pero de todas formas le propondré observar las estrellas conmigo. Ya no solo por mí, sino también por Impa".
El cielo ya comenzaba a perder su tonalidad azul lentamente, abriendo cada vez más el paso a la oscuridad de la noche. En esos momentos, entre las calles de la ciudadela y pasando entre la gente, la figura del joven elegido avanzaba a paso apresurado hacia el castillo bajo la mirada de algunos pocos niños que lo contemplaban impresionados, como si de una aparición divina se tratase. Los puestos ya comenzaban a recoger sus productos, y las tiendas dedicadas al ocio ya habían cerrado hace bastante, por lo que dedujo que ya faltaba muy poco para que las sirvientas comenzaran a preparar la cena y Zelda saliera del cuarto de rezo.
Sin darse cuenta, su rápido caminar ya lo había traído a la entrada de su destino, haciendo que casi inconscientemente doble el camino hacia la derecha y se interne en las habitaciones especiales a las que sólo las sirvientas más confiables y el personal autorizado por la Familia Real podía acceder, deteniéndose en la puerta de madera que conducía a la estancia en la que ella se hallaba.
Decidido, dio tres golpes en la puerta, dando así por finalizada las tres horas de constante frustración de la princesa, escuchando finalmente una voz rota hablar.
—Ahora voy.
En cuanto captó la debilidad con la que ella se manejaba, sintió cómo todo su interior se quebraba y el dolor atravesaba su alma, clavándose sobre todo en su pecho. Otra vez ocurría lo mismo, otra vez había fallado y le tocaba tener que volver a ver la horrorosa expresión derrotada de la heredera, la cuál segundos después se dirigió a él.
—Hola… —musitó ella, con aquel tono que hacía evidenciar el nudo en su garganta. Sin embargo, algo había cambiado en ella, le pareció notar que su rostro se había iluminado un poco y la frustración con la que fue recibido había sido un poco apartada —. ¿Dónde está padre?
De nuevo, aquella voz apagada y teñida de amargura, sobre todo cuando de sus labios salió la palabra que hacía referencia al soberano. Sin importarle mucho ser descubierto, se aproximó a ella y la envolvió con sus brazos de nuevo, besando con suavidad su cabello y acariciando uno de sus níveos brazos con una delicadeza que haría estremecer a la princesa si no fuera por su deplorable estado. Los corazones de ambos habían comenzado a latir con suma rapidez, llevados por la emoción de la cercanía que estaban compartiendo.
Sus rostros enrojecieron suavemente al sentir las apresuradas contracciones que su miembro vital hacía, terminando por sustituir momentáneamente las sensaciones negativas por un sentimiento de embriagante paz indescriptible, uno que hizo que ambos mantenieran una corta sonrisa durante unos segundos.
—Zelda… —susurró Link con cautela, captando inmediatamente la atención de la aludida. Ésta se limitó a hacer un sonido interrogante con su boca, obligando al espadachín a continuar con sus planes de manera ciertamente nerviosa —. Yo… no sé cómo te tomarás esto… pero…
La princesa se despegó un poco de su postura, fijando momentáneamente sus ojos en los de su escolta, con cierta expresión interrogante… y algo más que se le escapaba a él, aquella chispa que algunas veces había visto en aquellas esmeraldas pero que ahora se encontraba incapaz de describir.
¿Ilusión? ¿Esperanza?
—A mí, la verdad… —se detuvo unos segundos, tratando de encontrar las palabras indicadas para proponerle aquello tan delicado. El brillo de la mirada contraria se intensificó brevemente —. La verdad es que lo he estado pensando… y me gustaría invitarte a ver conmigo las Lágrimas de Farore.
El interior del elegido se confundió aún más al ver el cambio de emociones que ella experimentó. El cuerpo ajeno se había tensado, sus hombros bajaron un poco y su mirada reflejaba angustia… pero a la vez aquella extraña emoción que la había invadido no desapareció, sino que parecía reemplazar ligeramente a la primera.
—Link…
En vista del tono dudoso con el que ella se manejó, él inmediatamente se disculpó.
—Lo… lo siento. Siento mi gran impulsividad al proponerte esto. Hoy hablé con Impa al respecto, y ella me contó acerca de lo que te motiva a incomodarte al alguien proponerte esto. Lo comprendo…
—Link —lo cortó Zelda abruptamente, elevando una pequeña y tímida sonrisa antes de seguir hablando —. Acepto tu invitación.
En estos momentos, la sorpresa fue tal que dejó al muchacho sin habla, con los ojos como platos y la alegría amenazando con desbordar por cada poro de su piel.
—Creo que ya va siendo hora de pasar página —declaró, mientras agachaba la cabeza y miraba sus sandalias —. Ya han pasado muchos años con su recuerdo quemándome el alma, y creo que ahora lo mejor que puedo hacer es enfrentarme a mis fantasmas. Quiero superar esto y ver las estrellas contigo, disfrutar de los momentos que ambos compartimos y dejar atrás todo lo que me hace sentir insegura.
Ambos rostros enrojecieron levemente al darse cuenta de lo que implicaban esas palabras acabadas de pronunciar: que ambos estarían completamente solos observando un fenómeno que para muchos se denomina como "romántico", sobre todo cuando los que lo ven son dos jóvenes de género opuesto. La simple idea de verse completamente alejados de sus restricciones los hacían sentir emocionados y libres, aunque por otra parte se sentían temerosos de cometer algún error que haga evidenciar su estado. Sin embargo, la emoción que más predominaba era la primera, haciendo que casi se olvidaran de todas las malas consecuencias que predominaban en ambos y un fugaz pensamiento cruzara la mente de ambos.
"¿Qué pasaría si me dejo llevar?"
