No volví a hablar con ella por un año, más o menos. No supe más sobre su día, su familia y sobre todo, de su vida. No quería saber nada de esa demonio, en realidad; esa demonio que se hizo pasar por mi amiga para aprovecharse de mí, al igual que lo hacía con todos. Fui tonto e ingenuo al dejarme llevar por ese sentimiento desolado en la primaria, que me empujó a ganar su amistad y le hizo más fácil la tarea de moldearme a su gusto, siendo que simplemente debí seguir odiándola, o algo así creía.

Por muchos meses mi mente estuvo así, confundida, frustrada y traicionada, pero de a poco comenzó a interesarme en un objetivo más importante, el cual era entrar al Night Raven College. El último semestre de la secundaria estuve centrado en mis estudios y en mejorar mis habilidades mágicas para las pruebas de admisión, así que la existencia de Blanca Nieves pasó a ser una preocupación muy secundaria, por no decir omitida.

Un mes antes de que la escuela terminara, la vi después de mucho. Se había cambiado de curso luego de que peleamos, así que no volvimos a cruzarnos ni siquiera en los pasillos. Esa vez me había quedado en la biblioteca hasta tarde y pasé al lado de su aula. Me extrañé mucho al observarla por la ventana que daba al pasillo; sentada en un pupitre en medio del salón vacío, dibujando en su libreta. Estaba sola en el salón. Sola…

Tan sola como yo en aquellos meses.

Noté el vacío en su mirada, el mismo vacío de cuando la molestábamos en la primaria, de cuando era una niñita retraída que no confiaba en nadie y ahí, por primera vez lo pensé. Tal vez las palabras que pronunció en la pelea eran ciertas; tal vez realmente depositó su confianza en mí; tal vez se arrepintió de vengarse con el tiempo que pasamos juntos; tal vez, en serio tal vez, me consideró su amigo.

Y yo destruí esa ilusión en quince minutos, traicionándola de la misma forma en que ella lo hizo. Nos traicionamos mutuamente.

Llegué a mi casa y me tiré a mi cama, igual de destrozado que esa ilusión, añorando una amistad que pude haber recuperado hace meses y que sin embargo, admití el error tarde, un mes antes de que se terminaran las clases en mi último año, para ser exacto. El error que jamás podría arreglar.

Así, sin encontrar la solución, realicé las pruebas y poco después, la secundaria terminó. Di vuelta la página, como si nada hubiera sucedido.

Tenía dieciséis cuando el carruaje negro se detuvo en frente de mi casa. Mi felicidad era infinita en esos momentos, mirando a través de la ventana; por lo que no tardé mucho en salir corriendo para subirme al vehículo.

Grande fue mi sorpresa al ver que venía acompañado, y más aún por quién era.

Blanca Nieves.

Intercambiamos miradas, quedándome trabado en esos orbes color jade y las apartamos en un segundo, bastante incómodos. No podíamos gesticular una sola palabra desde la pelea. No éramos capaces, ni teníamos el valor, o al menos yo lo carecía. Infantil fui en ese momento.

– Felicidades, Schoenheit. – me dijo de pronto. Yo me giré al escuchar mi apellido, aunque no pude verle la cara. Seguramente no quería que se la viera, por eso estaba recostada hacia el otro lado.

Estaba pasmado y con los ojos muy abiertos, sin saber si era por el hecho de que me habló después de años o por su simple presencia. Me costó varios segundos salir de ese estado. Sacudí la cabeza para concentrarme en una respuesta. O una pregunta.

– ¿Tú también...? ¿Cómo…? – fue lo único que gesticuló mi boca.

– La verdad no tengo idea. A mí también me parece extraño. – se volteó al fin y se encogió de hombros, desentendida. – Pero seremos compañeros, al parecer. Emocionante. – masculló con ironía, rodando los ojos.

De pronto, me fijé un poco más en la chica frente a mí. Estaba vestida con el traje ceremonial del instituto de mis sueños y parecía que se hubiera hecho exactamente para ella. El color oscuro y los bordados dorados de la túnica le daban un aire misterioso a sus orbes gatunos, que se complementaban con su sonrisa traviesa; el cinturón morado ajustaba muy bien a su cintura, resaltando su figura delgada y las mangas largas le daban un toque tierno; la capucha hacía ver más turbio su cabello… o la mitad de él, porque la otra ¿resaltaba…? ¿Era mi imaginación o la mitad de su cabello estaba rubio? No, no era posible ¡¿Se había teñido el cabello?! ¡¿En qué momento, que yo no me di cuenta…?!

¿Acaso tan brutal fue nuestra pelea que ni siquiera nos dignamos en notar los cambios del otro? ¿O yo fui tan indiferente? Demonios ¿Cómo pude ser tan egoísta? Bueno… como fuera, no iba a mencionar el color iluminado de la mitad de su pelo, pues no me correspondía, por más intrigado que estuviera. Y sinceramente, el traje la hacía ver preciosa.

Traje que era de un instituto masculino.

– Sí. – afirmé casi en un susurro. – Es muy emocionante. – le sonreí de vuelta.

Ahí ella se sonrojó ligeramente y se volteó otra vez de forma abrupta. Lindo.

– No entiendo por qué dices eso. Deberías estar enojado. – me replicó, algo molesta. Se refería a la pelea.

Sí, supongo que debería estar enojado también.

Pero había algo que quería recuperar.

Cayó la noche cuando llegamos a la escuela, perdiendo la noción del espacio, tiempo y nuestra consciencia. Renacimos al salir de los ataúdes, como orugas abriendo el capullo, adentrándonos en un nuevo mundo donde el primer paso era ese misterioso y solemne salón de espejos, y nos formaron con los estudiantes nuevos. No supe contar cuantos éramos ahí, podría adivinar que unos trescientos chicos asustadizos. Blanca Nieves se mantuvo pegada a mí todo el tiempo, con los nervios de punta y esperando que el resto no descubriera un par de cosas de su cuerpo; no me sorprendía, pues era la única persona que ella conocía en ese momento, aunque no quiere decir que no me incomodara.

Nos formaron en dirección a un espejo, el cual le llamaban el "Espejo de la Oscuridad". Se encargaban de elegir los dormitorios de los estudiantes y al parecer era considerado un ser casi divino, ya que podía adivinar tu pasado, tu futuro, percibir tu forma de ser, tu subconsciente y tu alma, junto con otras habilidades más que nos enseñaron en algún momento.

De pronto, me hicieron pasar adelante y ahí, muy nervioso, me encontré frente a frente con el Espejo de la Oscuridad.

– Di tu nombre. – me ordenó muy diligente el espejo, con un tono de voz profundo e imponente.

– Vil Schoenheit. – respondí firme.

– Tu alma es poderosa y determinada… Presiento que serás grande. – me recitaba con poesía. – La forma de tu alma es… ¡Pomefiore!

No lo hice notar en ese momento, pero mi dicha fue inmensa. La emoción y el orgullo que sentía, al saber que estaría en el dormitorio que mi ídola fundó, era indescriptible. No podía estar más agradecido.

Me dirigí al grupo donde estaban los de mi dormitorio y me giré para ver el veredicto de la morena, que iba después de mí.

– Tú eres el estudiante especial. – mencionó el espejo, con mucha calma. – Te preguntas por qué estás aquí ¿Verdad?

– Bueno… sí. – asintió ella con cierta timidez.

– Tienes una habilidad única con un potencial que no te imaginas, Duirrogel.

– ¿Y cuál es esa habilidad? – preguntó confundida.

– Lo descubrirás por ti mismo. – respondió enigmáticamente el ser, mientras la otra sólo le dedicaba una mirada de decepción. – La forma de tu alma es… ¡Pomefiore!

Pomefiore ¿eh? Qué coincidencia, quedamos en el mismo dormitorio.

Blanca Nieves era bella, sorprendente y talentosa.

Y entró conmigo al Night Raven College.