Lamento haberme demorado un día, pero ayer tuve una emergencia con mi hija y no he podido publicar antes. Ya está todo solucionado. ¡Hasta el próximo domingo!
Capítulo 7
Inuyasha iba a contarle una parte de su pasado. Por fin iba a poder comprender algunos aspectos de su comportamiento. De hecho, tan solo el inicio de la historia le había servido para entender por qué le molestaba tanto la gente como Kouga. A ella también le molestaba, por supuesto, pero Inuyasha sentía un especial desprecio por esa clase de persona porque debía sentirse directamente atacado por él. Desde mucho antes, ya suponía que no tuvo una infancia fácil. Normalmente, las personas que se dedicaban a la estafa eran gente que no había tenido nada; los corruptos eran personas a las que les dieron más poder del que podían manejar; y los asesinos eran persona a las que no les enseñaron el valor de la vida.
Se quitó el cinturón de seguridad, imitando a Inuyasha, y juntó las manos en el regazo, a la espera de que continuase. En su mirada podía leer que no sabía por dónde empezar su historia. ¿Tan trágica era? Había escuchado tantas historias y tan horribles que temía escucharlo. ¿Se estaba inmiscuyendo en su intimidad? Siempre se metía en todo y presionaba a la gente sin darse cuenta de que, quizás, no estaban preparados para hablar. A lo mejor, ese no era el momento adecuado para que Inuyasha le narrara su pasado.
Tenía que prestarle su apoyo. Movió su mano izquierda y la alzó hacia la mano derecha de él, la cual estaba sosteniendo el volante. Se lo pensó unos segundos antes de apoyarla sobre la suya y darle un ligero apretón a modo de apoyo.
― No hace falta que digas nada. ― intentó tranquilizarlo ― No tienes por qué contármelo, ¿vale? A veces soy muy insistente, no me hagas caso.
― Quiero contártelo… ― musitó con voz ronca.
Entonces, ella lo escucharía gustosamente. Apoyó la espalda en el asiento y esperó hasta que él estuviera preparado para empezar. Cuando consultó el reloj por primera vez eran las cuatro y veinte. Esperó, esperó y esperó hasta que, a las cinco menos diez, Inuyasha por fin se dispuso a hablar.
― Mis padres se conocieron cuando uno de los socios de mi padre intentó robar a mi madre. Como ya he dicho antes, era la hija de un banquero y toda una señorita. Vestía con ropa elegante y llevaba joyas. Fueron esas joyas las que atrajeron a los ladrones…
Llevar joyas seguía siendo peligroso. Ella solo utilizaba las suyas para reuniones y eventos importantes. De todas formas, exceptuando un par de joyas hacia las que sentía especial afecto, no le importaba perder el resto. Tampoco le importaría perder todas las reliquias y obras de arte que guardaban en la mansión. La única razón por la que se esforzaba en conservarlas con tanto esmero era que se trataban de piezas proclamadas patrimonio de la humanidad y también pedazos de su familia en muchos casos.
― Mi padre evitó que la atracaran. Se interpuso entre su socio y ella, alegando que a las señoritas tan bonitas no se las atacaba. ― se rio al decirlo ― De esa forma tan estúpida la enamoró. Todavía hoy día no sé si mi madre era un poco tonta o masoquista…
Estaba claro que ese hombre le hizo mucho daño a su madre.
― Mi madre se dedicó a perseguir a mi padre desde entonces. Él le hacía caso, por supuesto. Una señorita bonita y rica, ¿qué más podía pedir? Le llegó a decir que la amaba… ― dijo poco convencido ― Yo nunca me lo he creído.
A lo mejor sí que la amaba. Había gente que sí amaba, aunque pareciera lo contrario. Simplemente, no sabían cómo expresar ese amor.
― Le pidió matrimonio y mi madre lo llevó a conocer a sus padres. Lo rechazaron inmediatamente. En cuanto lo vieron, adivinaron bien la clase de hombre que era y que solo le provocaría sufrimiento a su hija. ― explicó ― Mi madre se opuso y dijo que se casaría con él con o sin su bendición. Entonces, mi abuelo le dio un ultimátum: si se casaba con mi padre, la desheredarían y jamás podría volver a su casa.
Entonces, su padre, el ladrón, la dejó. Lo veía tan claro como si estuviera presenciándolo. Si Inuyasha decía que su padre no amaba a su madre, debió abandonarla cuando se dio cuenta de que ya no habría dinero. La pobre… Abandonada y embarazada de un hombre sin escrúpulos.
― Mi madre se casó con mi padre igualmente y se fue a vivir con él.
¿Cómo? Ese no era el desenlace que ella esperaba. Se suponía que él tenía que abandonarla entonces. Sin embargo, se casó con ella y la llevó a vivir con él sin importarle que no tuviera dinero. Inuyasha estaba tan equivocado. ¡Su padre amaba a su madre!
― Inuyasha… ― musitó ― Él la amaba. ¿No puedes verlo?
― ¿Amarla? ― gritó enfurecido ― ¿Si la amaba por qué la dejó tirada cuando estaba embarazada de siete meses? ¿Por qué se fue a robar aquella licorería en lugar de buscar un trabajo honrado?
Golpeó el volante furioso. ¿Por qué estaba tan enfadado de repente?
― Inuyasha…
― El vendedor de esa licorería estaba harto de que le robaran y se había comprado una escopeta. Le pegó un tiro en el pecho que lo mató en el acto…
Así que Inuyasha nunca había llegado a conocer a su padre. Aquella historia debía conocerla por su madre. No, tal vez no por su madre. Tenía pinta de que amaba a su padre muchísimo; no le hubiera contado eso a su hijo. Seguro que se lo contó otra persona. ¿Sus abuelos tal vez?
― ¿Y qué fue de vosotros?
Aquella era la pregunta evidente.
― Mi madre consiguió una ayuda de emergencia del gobierno con la que pagar las facturas. Apenas nos daba para comer o para conseguir ropa y yo crecía muy de prisa. Deseé crecer más despacio…
Le vio apretar los puños al decir aquello, y adivinó que en verdad hubiera deseado ser más pequeño.
― Mi madre solía llevarme al comedor social. Por eso te esperé en el orfanato en lugar de ir a buscarte al comedor social ― la miró con los ojos brillantes ― Odio ese sitio…
¿Por qué? ¿Acaso no le dieron de comer? ¿No les ayudaron?
― Inuyasha…
― Antes de que digas nada, tienes que saber que a mi madre no le dieron de comer. Allí de donde soy hay un altísimo nivel de pobreza y un solo comedor social en toda la zona. Daban primero a los niños y a los ancianos. Nunca llegó a haber comida para mi madre… ― suspiró recordando aquella época ― Solía envolver mi hogaza de pan en una servilleta e intentaba llevarme alguna pieza de fruta. Una vez fuera se lo daba a mi madre y ella lloraba… ― tragó hondo ― Siempre me decía: eres tan dulce, mi cielo.
Entonces, fue Inuyasha quien lloró. ¿Qué debía hacer? Si mostraba pena por él, heriría en lo más profundo su orgullo. Contarle su pasado ya le estaba costando toda su entereza; no quería herirlo, además, mostrándole compasión. Tenía que haber otra forma. Cogió su bolso del salpicadero y sacó un pañuelo de tela egipcia con sus iniciales bordadas. Solo un pañuelo para que se secara las lágrimas y se recompusiera. Nada más.
Le tendió el pañuelo en silencio. Inuyasha lo tomó sin decir una sola palabra y se secó las lágrimas. Sabía que en algunos lugares no había comida suficiente en los comedores sociales, que el nivel de pobreza era muy alto. ¿Acaso no donaba comida nadie? Ni siquiera tenían que dar dinero, solo llevar algo al banco de alimentos. Había descubierto en demasiadas ocasiones que la gente con menos recursos económicos era, por regla general, la más solidaria. Por eso, no llegaba la comida; la gente humilde no tenía recursos para donar más. Hacían lo que podían. Quienes tenían recursos, en cambio, lo que no tenían era corazón.
― Miroku y yo somos amigos desde que puedo recordar. Él vivía en el bloque de enfrente de mi casa. Compartíamos los pocos juguetes que teníamos y nos resguardábamos en nuestras fantasías para escapar de la realidad.
Sí, les pegaba haber sido amigos desde la infancia. El vínculo de amistad que había entre ellos era maravilloso. Le hubiera gustado tener una amiga así. Lamentablemente, nunca tuvo demasiadas amigas.
― El padre de Miroku era un alcohólico reincidente. Le daba unas palizas tremendas a Miroku sin motivo. Un día que estábamos jugando en su cuarto, también me golpeó a mí. Al verme, mi madre fue a su casa echa un basilisco. ― narró ― Cometió un gran error. Ese hombre intentó arrancarle la ropa, creí que iba a violarla y que no podría detenerlo... Yo solo tenía ocho años, pero conocía eso muy bien porque muchas chicas aparecían así en nuestro barrio. Por suerte, llegó la madre de Miroku, quien resultó ser peor que el padre, y se ensañó con su marido. Miroku y yo aprovechamos ese momento para sacar a mi madre de allí.
¡Qué horror! La sola idea de que a su madre pudiera haberle sucedido algo así le enfermaba.
― Miroku adoraba a mi madre, igual que yo. Ella nos trató como si fuéramos hermanos. Curó los golpes de Miroku cuando su padre le golpeó y besó cada herida con cariño. Era maravillosa...
Por lo que estaba describiendo, tenía que ser todo un ángel. Había tanta gente buena que no se merecía la vida que le había tocado…
― Cuando tenía diez años, mi madre me llevó a casa de los abuelos. Nuestra situación era desesperada. La paga del gobierno no subía y las facturas sí. Yo cada vez crecía más y ni en los cajones de la iglesia lográbamos encontrar ropa de mi talla. Mi madre decidió tragarse su orgullo y suplicar a sus padres. ¿Sabes qué pasó? ― sacudió la cabeza en una negativa ― Habían tenido otro hijo, un niño de mi misma edad para sustituir a su hija. Dijeron que ella ya no les hacía falta, que ya no era su hija, y nos echaron de su casa como a vulgares ladrones…
¿Cómo pudieron hacerlo? ¿Qué clase de persona sustituiría a una hija por otro tan fácilmente? ¿Qué clase de persona renegaba así de su hija desesperada y de su nieto? Lo peor de todo era que Inuyasha tuvo que pagar por los crímenes de cada miembro de su familia. ¿Qué culpa tenía esa criatura inocente? No era nada justo. Inuyasha merecía algo más que eso.
― Necesitábamos dinero y mi madre no encontraba un trabajo decente, así que tuvo que buscar uno indecente. ― respiró hondo ― Se metió en la prostitución…
Odiaba esa palabra. Cada mujer usada y denigrada en un callejón por una mísera cantidad de dinero... No era justo, no era moral, ni siquiera era voluntario. Nadie se metía en el mundo de la prostitución voluntariamente. Las mujeres que tomaban esa decisión era empujadas por la desesperación. ¡Qué mal debieron pasarlo! Conocía muchas historias parecidas a la de Inuyasha y ninguna le había tocado tan de cerca como aquella. Le dolía tanto que le hubiera sucedido al hombre que ella… a quien ella… ¡Lo amaba! Había intentado evitarlo, pero no podía hacerlo. Estaba irremediablemente enamorada de él. Aquel descubrimiento hizo que algo en su pecho se calentara y empezara a latir con fuerza.
Lo miró de reojo y se preguntó si él sabría lo que ella sentía. ¿Sentiría algo remotamente parecido? Quería abrazarlo y decirle que todo había acabado, que ya estaba a salvo. No soportaba verlo tan afectado. Todo era su culpa por haberle presionado para que hablara. Si hubiera sabido que… ¿Qué? ¿Qué ella era demasiado sensible para escucharlo? Aquella era la cruda realidad. Una realidad de la que ella había vivido bien alejada por su nacimiento. Era tan injusto que unos nacieran con tanto y otros con tan poco.
― Intentó ocultármelo, pero yo no era tonto. Me había criado en ese barrio, lo sabía todo, y callé porque ella se avergonzaba. Callé cuando vi los golpes, sus ojeras, que había perdido tanto peso, que lloraba a escondidas… Me callé como un idiota y seguí yendo a la escuela, deseando convertirme en alguien importante para poder sacar a mi madre de allí.
Por su tono de voz, intuyó que algo sucedió. Algo que evitó que pudiera sacar a su madre de aquel barrio.
― ¿Qué sucedió?
Puso su mano sobre la suya a modo de apoyo y le dio un apretón cariñoso.
― Un cliente le contagió una enfermedad venérea. Supongo que te suena el VIH…
Uno de los mayores asesinos en África y la mayor causa de mortandad entre mujeres que ejercían la prostitución. Ya conocía el final de esa historia. Tuvo que agachar la cabeza para evitar que Inuyasha vislumbrara sus lágrimas. ¡Qué injusto! ¿Esa era la recompensa para una madre que lo había dado todo por su hijo? Si pudiera hacer algo para volver atrás en el tiempo y ayudarlos… Odiaba que eso sucediera. Saber que ella tenía medios y que no podía ayudarlos a todos. Por otra parte, aferrarse a su fortuna era lo mejor que podía hacer. Como el mundo no iba a volverse justo, tendría que ayudarse de su apellido y de su fortuna para conseguir más dinero con el que ayudar a los más desfavorecidos.
Aun así, no sería suficiente. Nada de lo que ella hiciera sería suficiente. Percatarse de que todos sus esfuerzos por ayudar a los más desfavorecidos no eran suficientes le dejaba una desazón en el estómago que no podía aliviar. Intentaba mantener una actitud alegre y sonreír mientras se enfrentaba todos los días a la gente que comía en el comedor social y a los niños que vivían en el orfanato sin esperanza de encontrar una familia. Ese esfuerzo suponía hacer uso de toda su fuerza de voluntad.
― Vivo por mí mismo desde hace doce años… desde que tenía quince años y mi madre murió. Recuerdo que no tenía dinero para enterrarla, que tuve que arrastrarme a la casa de mis abuelos para suplicarles que pagaran el entierro. Los odiaba porque dejaron que su hija se prostituyera y se lo dejé bien claro. ― se echó el pelo hacia atrás con una mano ― Después, les supliqué que hicieran una última cosa por ella y por mí, y que la enterraran. Mi tío, quien tenía mi edad por aquel entonces, lo escuchó todo y les dejó bien claro a sus padres que o enterraban a su hermana mayor o lo perdían a él también. Supongo que la enterraron para no perder a su heredero…
― ¿Y tu tío? ― le preguntó ― ¿Te hablas con él?
Por lo visto, había algo de esperanza en su familia.
― No me disgusta. No se parece a mis abuelos a pesar de haber sido criado por ellos. Diría que se parece más a mi madre. ― comentó con desenfado ― Ahora es el director del banco, como una vez lo fue su padre. Me echó un cable cuando tuve algunos problemas para pagar unas viejas deudas, y lleva un tiempo dándole largas a la policía sobre mí.
― ¿Te busca la policía? ― preguntó consternada.
― No es lo que tú piensas. ― se apresuró a contestar ― Verás, tengo pendiente de pagar la hipoteca de la mierda de casa en la que vivía con mi madre y alguna letra de la furgoneta. Esa última deuda la comparto con Miroku. Empezar el negocio fue caro…
Seguro que algún cliente también los denunció, aunque él no dijera nada. Ni por un momento se creía lo de los fantasmas. Sin embargo, de repente lo veía todo desde otra perspectiva. Inuyasha solo trataba de sobrevivir, y, después de todo lo que había pasado, estaba segura de que no estafaría a gente que no pudiera permitírselo. No le parecía en absoluto la clase de persona que permitiría que pasaran hambre en una casa por un falso exorcismo.
― Y esa es toda mi vida. ― concluyó ― Lamentable, ¿verdad?
― No, tú no…
― No intentes adornarlo, por favor. Así son las cosas y ya está. ― la tranquilizó ― Es por eso que no soporto a la gente como tu amigo.
― No es mi amigo. Solo fuimos a la misma clase en la universidad, nada más. ― se aseguró de puntualizar ― Soy educada con él porque sus donaciones son importantes y porque, si consigue ser senador, no quiero que se ensañe con la gente con menos recursos. ¿No entiendes que, si le doy la espalda, se cebará con ellos?
Kouga era esa clase de persona y muchos otros que acudieron a su gala benéfica también. Odiaba admitirlo, pero muy poca gente estaba verdaderamente comprometida. Los actores como Alyssa Milano y George Clooney, por ejemplo, eran grandes defensores de la causa por la igualdad social y se comprometían al cien por cien. Conocerles y ver su trabajo fue todo un honor. El presidente Obama había hecho una gran labor intentando reconducir la sociedad para paliar las desigualdades. Y también había muchos millonarios anónimos que participaban activamente.
― Entiendo lo que dices, ― admitió ― pero no apoyo que tengas que dorarle la píldora de esa forma. ¿Te acostarás también con él para que no la tome con los pobres?
― ¿Qué? ― gritó ofendida ― ¿Cómo te atreves? ¿Por quién me tomas?
― ¡Oh, por favor! ― exclamó ― No puedes estar tan ciega como para no darte cuenta. Es solo cuestión de tiempo que se te eche encima. ¿Qué harás entonces?
― ¡Eso es asunto mío! No tienes ningún derecho a…
― Sí que lo tengo porque tú…
Inuyasha se calló abruptamente y dejó de mirarla para volver la vista al frente, hacia las vistas del mirador. ¿Qué estaba a punto de decirle? ¿Era lo mismo que ella pensaba? ¿Lo mismo que ella deseaba? ¿Lo mismo que ella sentía? ¿Acaso acababa de ponerse tan desagradable, insinuando esa barbaridad, porque estaba celoso? Bueno, se habían besado en un par de ocasiones y estaban durmiendo en la misma habitación. Quizás…
― Me gustas, Kagome. ― dijo al fin ― Me gustas muchísimo…
No era una confesión de amor eterno, pero, como comienzo, era maravilloso.
― Tú también me gustas, Inuyasha.
Habría golpeado a cualquier que le dijera el primer día que terminaría enamorándose del estafador que se alojaba en su casa. De repente, estaba loca por él y ya no lo veía como un monstruo. Inuyasha Taisho era un hombre maravilloso que había sufrido muchísimo, que solo intentaba sobrevivir como podía. La protegía cuando sentía que estaba sola; la creía, sin tratarla como a una loca; la abrazaba con cariño; y la miraba como si no existiera ninguna otra mujer en el mundo. ¿Qué más podía pedir de un hombre?
Se sentía como una adolescente. De hecho, aquel parecía el escenario perfecto en el que un par de adolescentes se habrían confesado sus sentimientos. El chico consigue prestado el coche de su padre y la lleva al mirador, le confiesa lo que siente, la besa y hacen el amor en el asiento trasero. ¡Qué romántico! Siempre deseó que fuera así, pero en su mundo todo era diferente. Los chicos tenían coche propio y gustos muy refinados. La habrían llevado a un hotel de cinco estrellas, creyendo que eso era romántico.
¿A qué estaba esperando? ¡Ahí lo tenía! Por fin estaba en el mirador con un hombre del que estaba enamorada. Solo tenía que darle un pequeño empujón y dejar que sucediera, que todo fluyera. Se irguió en el asiento con los hombros bien colocados y el pecho inflado y tiró de Inuyasha. Apenas podía moverlo, pero sí lo suficiente como para alcanzar sus labios. Lo besó. Quería un beso suave y romántico de película, y lo tuvo durante unos instantes. Después, se convirtió en algo más profundo y apasionado. Gimió cuando abrió los labios para dejarle acceso a su lengua y lo recibió con entusiasmo. Estaban allí solos, no había nadie que pudiera molestarles. Ni siquiera su estúpida casa.
Colocó las manos sobre sus hombros masculinos para apoyarse en él e Inuyasha se encabritó. La estrechó entre sus brazos tan fuerte que casi la ahogó. Ella tampoco hizo nada para conseguir más aire. Sus labios no querían separarse de los de él ni por un solo instante. Nada era suficiente. Lo necesitaba más cerca de ella, de su piel. Tiró del cuello de su camisa con violencia y empezó a desabotonar cada diminuto botón, ansiosa. Cada vez que un botón oponía excesiva resistencia tiraba de la tela de la camisa frustrada. Inuyasha terminó ayudándola y se sacó él mismo la camisa. Mientras lo hacía, agarró el borde de su propia camiseta de punto y tiró de ella hacia arriba.
Tiró la camiseta de punto y volvió a abrazarlo. El contacto de su piel caliente contra la suya le proporcionó tanto placer que jadeó. No recordaba que se sintiera de esa forma abrazar a un hombre desnudo. De hecho, no recordaba haberse sentido de esa forma nunca. Le encantaba. Quería que estuvieran completamente pegados y que él la acariciara por todas partes con esas manos grandes y ásperas por los callos propios del trabajo. Inuyasha debió pensar lo mismo porque agarró la palanca de su asiento y la giró para que cayera contra el asiento de atrás.
Entendiendo la silenciosa orden, fue a cuatro patas hacia el asiento de atrás. Ni siquiera había llegado a volverse cuando Inuyasha se le echó encima. Su sujetador, de repente, ya no estaba. ¿Cómo se lo había quitado? ¿Y acaso le importaba? Lo abrazó fuerte contra su pecho, sintiendo como sus senos se aplastaban contra sus pectorales. ¡Qué calor hacía dentro del coche! ¡Y qué a gusto estaba! Eran demasiado largos para el asiento de atrás, pero les dio absolutamente igual. Lo único que importaba era lo que estaban sintiendo en ese momento. Ni siquiera notaba si estaba cómoda o incómoda en esa postura. Inuyasha no le pesaba nada sobre su cuerpo.
Se quejó cuando apartó los labios de los suyos hasta que sintió que dejaba un sendero de besos desde sus labios hacia su garganta. Se mordió el labio inferior, frotó las piernas contra las suyas en una clara invitación y se dedicó a disfrutar. Esperaba que nadie los interrumpiera en ese momento porque la iba a conocer enfadada de verdad. Quizás fue por ese pensamiento que su móvil empezó a sonar. Lo había incitado con la mente. Inuyasha se detuvo, esperando que ella lo cogiera, pero no tenía ningún interés en cogerlo. Más tarde, podía llamar a quien quiera que fuera.
Tiró de la presilla de su pantalón, enviándole una indirecta de que no debía detenerse. No la obedeció hasta que soltó el primer botón de su bragueta; entonces, volvió a hacerle el amor con fuerza y pasión. Mordisqueó y succionó la piel de su cuello con frenesí, en ese punto tan sensible bajo la oreja, y ella lo recompensó soltando otro botón de la bragueta. Mordió su clavícula y sus manos fueron ascendiendo por sus costillas hasta rozar sus senos desnudos. Entonces, tiró y desabrochó otro botón. Ya solo quedaba uno. Por fin tomó sus pechos entre sus manos, probó su peso, los acarició y examinó con amoroso cariño y adoración. Luego, sus labios y su lengua sustituyeron sus manos. En recompensa, ella soltó el último botón e introdujo una mano hasta rozar su erección, protegida por la fina tela del calzoncillo.
― Kagome…
Si solo no hubiera susurrado su nombre en ese tono ronco tan sexi… Agarró su erección con fuerza y masajeó toda su extensión, imaginando lo bien que se sentiría dentro de ella. Su tamaño la asustaba un poco, pero seguro que encajarían a la perfección. ¿Por qué perdieron tanto el tiempo cuando podrían haber estado haciendo justamente aquello desde el primer día?
Justo cuando pensaba en todas las oportunidades perdidas, una de las manos de Inuyasha descendió por su torso, acariciando sus costillas, su ombligo y su bajo vientre hasta que le abrió el pantalón de un tirón. Ya no pudo pensar en nada más. Sus dedos eran mágicos y estaba tan húmeda que se sentía avergonzada. Ningún otro hombre le había provocado un arrebato de pasión remotamente similar a aquel. Si el mundo se acabara en ese instante, moriría feliz y entregada al hombre al que amaba. Dentro de ese coche tenía cuanto necesitaba en la vida. No necesitaba su mansión, ni sus cuentas bancarias. Solo a Inuyasha a su lado.
Llegó el momento. Inuyasha tiró de sus pantalones hasta sacárselos por los tobillos y aprovechó para quitarle también las sandalias de tacón. Con sus bragas no fue tan paciente, las arrancó. Kagome tiró de sus pantalones y de sus calzoncillos mientras que él encontraba un preservativo en su cartera. Antes de que pudiera sacarlo del envoltorio, lo vio completamente desnudo. Tan masculino, tan atractivo, tan apolíneo... Era un Dios, y era suyo. No pudo resistirse. Mordió la marcada línea de su ingle y descendió hasta tenerlo en su boca. Inuyasha gimió, agarró su melena y la animó a continuar hasta que empezó a palpitar con fuerza. Iba a explotar y ella también.
La empujó con delicadeza sobre el asiento, le abrió las piernas y alzó sus muslos para encajarlos en sus caderas. La penetró en una rápida sacudida que lanzó chispas por todo su cuerpo, en todos los puntos erógenos. Algo temblaba, se retorcía, rascaba, y hervía. ¿Por qué él no se movía? ¿Por qué estaba ahí parado? Necesitaba acción. Lo quería rápido, fuerte y salvaje. Nada de delicadezas; ya tendrían tiempo de delicadezas más tarde. Le clavó las uñas y le obligó a tumbarse sobre ella. Aprovechó la oportunidad para atraparlo entre los muslos y lo incitó con las caderas a moverse.
No tuvo que incitarlo demasiado. Inuyasha perdió la cabeza ante su invitación y la embistió como si no hubiera un mañana. Ambos gritaron de placer. Kagome le clavó las uñas en la espalda y él le clavó los dedos en los muslos; ella mordió su hombro y él tomó su pecho entre sus labios; ella apretó las caderas contra él y las arqueó para animarlo a ir más rápido y él le respondió con potentes embestidas que la desarmaron. Cuando llegó el momento, gritaron el nombre del otro tan claro y tan fuerte que podrían haberlos oído hasta en la mansión.
Tardaron un buen rato en recuperar un ritmo respiratorio normal. Luego, permanecieron abrazos, completamente desnudos, durante un buen rato. Apenas tenían noción del tiempo fuera hasta que empezó a atardecer. Les llegó la luz anaranjada del sol escondiéndose al otro lado de la montaña y al fin decidieron levantarse. Inuyasha salió del coche el primero con los vaqueros y las zapatillas puestas y la camisa desabotonada. Estaba tan guapo... Era maravillosamente perfecto.
Tardó en vestirse más de lo necesario porque se distrajo contemplándolo. Le sentaba bien la luz del crepúsculo.
― ¿Necesitas ayuda?
Se sonrojó ante la idea de que él se hubiera percatado de que babeaba mirándolo. ¿Necesitaba ayuda? En realidad, sí. No encontraba sus sandalias. ¿Qué hizo con ellas?
― No encuentro mis sandalias…
― Te ayudaré.
Inuyasha la sacó del coche en brazos y la llevó hasta la capota, donde la sentó. Después, abrió la otra puerta del coche y rebuscó hasta que halló sus dos sandalias. Se dirigió hacia ella victorioso. Sonriente, hizo amago de cogerlas, pero él la esquivó y se arrodilló frente a ella. Ante su mirada sorprendida, la calzó como si fuera una princesa.
Continuará…
