No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de Angela Castle (Quads Of Galafrax). Yo solo me divierto un poco.
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Todavía respirando profundamente, Isabella lentamente se sumió en la consciencia, escuchando las voces bajas de Edward y Garrett. Ella estaba de cara a la pared de los cuartos de Edward, por lo que no sabían que se había despertado. La curiosidad la hizo contener la respiración y escuchar su conversación.
―¿Estás seguro de que el Embajador no notará la diferencia?― Reconoció el tono susurrante de Garrett.
―No quiero poner esto en ella tampoco, pero Alistair nos ha dado nuestras órdenes. Dos días más y ella es nuestra para siempre―. Isabella sabía que se referían al collar y las esposas. No pudo evitar el suspiro. Luego se calmó nuevamente cuando ambos hombres se callaron.
―Es tan hermosa, no quiero llevarla de vuelta a los aposentos del Embajador. Es vulnerable y está desprotegida cuando no estamos cerca para protegerla de cara de pez. No es forma de tratar a nuestra Sheraz―. Bueno, al parecer por lo que a ellos respectaba, ya les pertenecía. Se tomó el tiempo para sopesar los pros y los contras de pertenecer a cuatro hermanos sexys, aunque un poco extraños.
Regresar a la Tierra parecía lo último en su mente cuando lo pensó. Había algunas preguntas para las que ella necesitaba respuestas, pero por lo que podía ver, no había inconveniente en ser una diosa del sexo desenfrenada con varios maridos devotos.
Ella sonrió ante el anhelo en el tono de Garrett.
―No más maldito androide sexual para mí. Lanza la cosa a la unidad de reciclaje. ― Edward resopló.
―Eso viene de ti, después de que lo rompiste.
―No rompí la maldita cosa. Fuiste el último en usarla―. Ella pudo oír la diversión en la voz de Garrett.
―Oh, no, hermano, lo usaste por última vez, nunca llegué a usarlo en absoluto, antes del cortocircuito―. Intrigada por su discusión, no pudo quedarse quieta por más tiempo y se dio la vuelta.
Edward, sin camisa, tenía los brazos cruzados y miraba a Garrett. A pesar de que no eran hermanos por nacimiento, actuaban como hermanos que riñen.
―¿Es un androide sexual lo que creo que es?― Dos pares de ojos dorados se volvieron hacia ella.
―Estas despierta.
―Uh, huh―. Se sentó, sin vergüenza por su cuerpo desnudo, y levantó una ceja inquisitiva a sus hombres. Sus hombres, sí, a ella le gustaba eso.
Edward rápidamente cayó de rodillas junto a la cama y tomó su mano en la suya.
―Isabella, dulzura, he renunciado a la cosa. Eres todo lo que necesito y deseo―. Ella soltó una risita. Él era tan malditamente dulce.
―Está bien, ustedes tienen necesidades. Entiendo eso, así como las mujeres tienen sus propios juguetes en la Tierra.
―¿Juguetes?― Garrett se sentó al otro lado de la cama, pasando su mano sobre su brazo para ahuecar su pecho, sopesándolo en su palma.
―Sí, ustedes tenían un androide sexual. Yo tenía un vibrador―. Edward frunció el ceño, levantándose de sus rodillas para sentarse en su lado izquierdo.
―Vibrador, ¿qué es? ¿Una forma de androide de sexo masculino?
―Oh no, solo una polla de goma que vibra para que las mujeres puedan llegar a sus propios clímax. No todos los hombres humanos son tan buenos como ustedes―. Garrett resopló.
―Bueno, es algo que nunca necesitarás otra vez. Siempre nos haremos cargo de tus necesidades. No tendrás ganas de ningún tipo de juguete vibrador humano―. Isabella gimió cuando Garrett pellizcó su pezón. ―Tus senos son algo de lo que nunca tendré suficiente―.
Edward inclinó la cabeza para acariciar la curva de su cuello, antes de que su lengua lamiera su piel, haciéndola estallar en piel de gallina.
―Nunca tendré suficiente de probar tu dulce piel.
―O tocar tu suavidad―. Garrett la rodeó con sus brazos, atrayéndola hacia él. Edward movió su cortina de cabello hacia un lado y continuó su prueba por su espina dorsal.
Estar atrapada entre los dos al mismo tiempo causó estragos en sus sentidos, ya que solo había tenido un hermano a la vez hasta el momento. No estaba preparada para el efecto devastador que cuatro manos y dos bocas tenían en su cuerpo.
―Mi turno otra vez―. La voz de Garrett rompió su neblina erótica.
Ella parpadeó, mirando a Garrett, pero cuando Edward se alejó, ella gimió en señal de protesta.
―Espera, ¿pensé que eran quads y hacían las cosas juntos?
―Sí, pequeña roja, pero tú no eres una mujer Fríos. No nos necesitas a todos para darte placer―. La mente de Isabella corrió.
―No, pero me gusta tenerlos a los dos aquí, me gusta que me toquen los dos. Y por turnos―. Su sonrisa se volvió perversa. ― Ambos me pueden tener al mismo tiempo.
Podría haberse reído por la expresión perpleja en la cara de Garrett.
―¿Cómo?―Edward deslizó su mano por su espalda.
―Nos volvemos creativos, por supuesto. Retrocedan, los dos―. Parecían reacios, pero después de un momento obedecieron, Garrett la levantó de su regazo. Curiosa expectativa se mostrada en sus caras.
―Garrett, quítate la ropa y recuéstese en la cama con las piernas fuera de la cama―. El hombre casi tropezó, apresurándose a quitarse el uniforme. Ella volteó su mirada hacia Edward y dirigió su dedo hacia él. ―Ropa fuera también, Edward―. Él dejó caer sus pantalones, pateándolos en un tiempo récord. Sus hombres como su piel de ciruela rojo oscuro, se contorneaban tan bellamente con músculos abultados. ¿Cómo tuvo tanta suerte?
Garrett yacía en la cama como se le indicó. Ella sonrió, deslizándose sobre él mientras estaba de espalda a él. Sus manos subieron agarrando sus caderas. Ya resbaladiza con los jugos y el semen de Edward, ella tomó el pene de Garrett en su mano, levantó su cuerpo y lentamente se dejó caer sobre su grueso eje.
Los gemidos de placer de ambos llenaron la habitación mientras él estiraba sus paredes interiores abriéndolas.
Dios, él se sentía bien. Isabella respiró hondo y se obligó a concentrarse, aunque fue muy difícil cuando Garrett movió las caderas.
―Oh, pequeña roja, siempre tan caliente y apretada a mi alrededor―. Ella levantó la cabeza, viendo a Edward mirando, el fuego en sus ojos, y su pene duro y prominente diciéndole cuán necesitado estaba.
―Ven a mí―. Ella le hizo señas con su dedo a Edward, que se movía como un hombre en trance. Su polla estaba a una altura perfecta, mientras ella se sentaba en Garrett. Ella colocó una mano sobre su cadera y envolvió la otra alrededor de su miembro hinchado, inclinándose hacia adelante para lamer su punta.
Sus caderas se sacudieron hacia ella.
―Por las llanuras de hielo, dulzura―. Ella lo lamió otra vez, amando el oscuro sabor a chocolate. Sin dudarlo, lo llevó a su boca, chupando como un niño haría una piruleta.
No se necesitaban más instrucciones, ya que sus hombres se hicieron cargo. Garrett la levantó y empujó dentro, una y otra vez, llevándola de nuevo al borde del clímax. Sus dedos se curvaron en la cadera de Edward para agarrarlo con más fuerza, mientras ella lo chupaba más fuerte, entre correr la lengua donde podía deslizarla.
De vuelta a la Tierra con los pocos hombres que había conocido, dar una mamada no era una de sus cosas favoritas para hacer. Pero con sus hombres Fríos era pura alegría. También aumentó su propia excitación, sabiendo que podía complacerlos y excitarlos tanto como lo hacían con ella.
El olor del sexo y el sudor llenó el aire, junto con el sonido de sus gemidos y gruñidos cuando Edward empujó más de su longitud en su boca. Ella intentó tomar todo lo que pudo en su garganta, pero era tan largo y grueso, ella bombeó con la mano lo que no podía caber.
―Oh por las llanuras de hielo, pequeña roja―, gimió Garrett mientras se sentaba para acariciar sus pechos, antes de que una mano serpenteara alrededor de su cuerpo, hurgando entre sus piernas, concentrándose en su clítoris, frotándolo en círculos firmes. Lo suficiente para enviarla disparándose a las estrellas cuando un clímax se estrelló.
―Dulzura, no puedo... maldita sea en las llanuras de hielo...― Edward se liberó en su boca, y ella lo chupó con fuerza, tragándose las cuerdas de semen saliendo de su polla, mientras al mismo tiempo trataba de lidiar con su propio orgasmo. Garrett tiró de ella con fuerza en su contra cuando él también se vino, inundándola con su semilla.
Garrett volvió a caer sobre la cama, tirando de ella hacia abajo. Edward colapsó al otro lado de Garrett. Edward se acercó, tirándola de Garrett y a sus brazos.
―Nunca he recibido tanto placer, dulzura, gracias―. La besó profunda y reverentemente.
Ella apoyó la cabeza sobre su pecho y sintió que Garrett la rodeaba con su brazo.
―Nunca vamos a dejarte ir. Tú lo sabes, ¿no? ―, Le dijo Garrett en un profundo susurro.
―Lo sé―. Sonrió soñolientamente contra el pecho de Edward. ―Tampoco voy a dejar que ninguno de ustedes se vaya.
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Nunca el paso de dos días pareció tan terriblemente lento. Alistair y Garrett estaban de guardia fuera de las habitaciones de cara de pez. Sin duda, Garrett le estaba dando a Alistair un resumen completo de todo lo que le habían hecho y lo que ella les había hecho. Isabella estaba demasiado aburrida, y la única cosa que le impedía volverse totalmente loca era revivir todos los maravillosos recuerdos y experiencias que sus hombres le habían dado. Ella suspiró, dándose cuenta de que Jasper aún no había tenido su turno con ella. No es que importara, planeaba saltar sobre él, o sería él quien asaltara sobre ella, a la primera oportunidad que tuvieran.
Miró hacia donde cara de pez revolvía algunos documentos comerciales de su planeta, un planeta que ella esperaba nunca tener que ver. Se tocó el cuello, recordó lo reacio que estaba Edward a ponerle el falso. Garrett se mostró aún más reacio a llevarla de vuelta a los alojamientos de cara de pez antes de que Alistair y Jasper escoltaran al embajador de regreso.
Habían llegado justo a tiempo, gracias a la advertencia de Alistair. Garrett robó un último beso antes de regresar a la puerta, su cara una máscara de aburrimiento.
Maldita sea, él era un buen actor. Una vez que todos se habían ido, cara de pez le había dado algo de comida, y luego se había acurrucado y dormido profundamente.
―Sabes, en la Tierra, tendría algo que hacer en lugar de quedarme sentada todo el día―. Se movió inquieta sobre su almohada, mirando hacia cara de pez.
―Sé agradecida de que ya no tengas que hacer ninguna tarea doméstica, y ahora eres mi mascota mimada.
―Para su información, la Tierra es un planeta altamente inteligente y una sociedad complejamente estructurada.
―Lo dudo, si permiten que roben sus mascotas―. La ira la atravesó. Apretó los puños mientras su cuerpo temblaba tratando de evitar plantar uno en las entrañas de cara de pez.
―Tenemos viajes espaciales, cabrón―. Maldita sea su boca. Cara de pez levantó la cabeza, sus ojos saltones la estudiaban.
―¿Necesitas el inhibidor vocal o debo enviar por el comandante Alistair para volver a domesticar tu lengua de víbora?
―No, yo... Me comportaré―. Necesitaba un poco de espacio para calmarse. ―¿Puedo ir a la sala de lavado?―
―Adelante, y prepárate. No me molestes cuando regreses. Tengo asuntos importantes que atender―. Isabella no pudo contener su bufido, pero se levantó y se dirigió hacia la puerta.
Feliz de tener algo de tiempo para sí misma, ella usó las instalaciones, salpicó un poco de agua en su rostro y enderezó su ropa. Al menos eran un poco más modestos que los últimos atuendos que cara de pez le había dado, un top color albaricoque y una falda más larga, ocultando sus muslos regordetes.
Suspiró sabiendo que no podría esconderse para siempre aquí. Uno o dos de los hermanos llegarían pronto. Su corazón latía con fuerza al pensar en verlos de nuevo, y la expectación vertiginosa la aturdía.
Santa Madre. Ella se había convertido en una idiota enamorada. ¿Amor? Oh, no, no, no... era lujuria. Los hermanos satisficieron una necesidad carnal que se había estado perdiendo durante mucho tiempo. Eso era todo. Y la iban a rescatar, ¿o no?
Maldita sea, ¿por qué las dudas siempre tenían que colarse y arruinar las cosas? Estúpido cerebro, deja de pensar. Quieren casarse contigo. ¿Pero por qué? Porque ella era una exótica, porque siempre podían tener suerte. En el fondo, Isabella sabía lo que realmente anhelaba. No solo su atención, necesitaba su amor. No importaba, en cualquier caso, su destino yacía en sus grandes y fuertes manos. Sonrió ante la idea de lo que podían hacer sus grandes y fuertes manos.
Con un profundo suspiro y arrastrando los pies, se dirigió a los cuartos principales. Cara de pez estaba mirando la gran pantalla de holográfica hablando con otro Piclar.
―Tengo al embajador Cayo comiendo de mi mano. Pronto tendremos los derechos mineros de ese pequeño asteroide, en el borde del espacio Morax. Por supuesto, les he ofrecido mucho más de lo que estamos dispuestos a pagar, pero no tienen por qué saberlo―.
―Ya hay un equipo esperando que envíe la señal tan pronto como se firme el contrato. Por supuesto, les pagaré un depósito menor como señal de buena fe. Para cuando los Morax se den cuenta de que ya hemos tomado todos los depósitos frillian, los habremos vendido al mejor postor con una ganancia astronómica.
Ambos Piclars se rieron, pero la risa de cara de pez era más siniestra, revolviendo el estómago de Isabella con disgusto. Se movió en silencio para sentarse en las almohadas, escuchando atentamente todo lo que decían.
―Irán al consejo de comercio e informarán sobre usted―. Cara de pez hizo un gesto con la mano desdeñosamente.
―Cualquier queja presentada deberá ser investigada. Algunos créditos se deslizaron a las personas adecuadas, y pueden liarse en los canales políticos durante años. Pero para estar seguros, una vez que hayamos dejado el asteroide seco, será destruido, sin dejar pruebas de que alguna vez hayamos estado allí. ¿Cómo pueden protestar por algo que nunca existió? ―. Dios, él es un bastardo rastrero.
―¿Qué te hace pensar que firmarán contigo, y no con los Kalens?―
―Oh, me he asegurado de eso. Fue bastante fácil pagarle a alguien para que probara que no eran dignos de confianza. El Embajador de Morax me rogará firmar mi contrato. También ayuda a mi causa que la mayor parte de su planeta se encuentre en sequía severa y que necesite créditos para comprar unidades de reproducción de alimentos para alimentar a su gente. Las horas que simpatizamos ayer con su difícil situación han ayudado mucho a nuestra causa. Tendré los contratos firmados muy pronto. Están en camino aquí mientras hablamos―. Isabella contuvo su bufido. No podía dejar que eso le pasara al Embajador Morax o a su gente.
―Buena suerte para ti, entonces. Avísame cuando esté hecho.
―Tengo toda la fortuna que necesito con mi mascota roja. Aro fuera―. No si puedo evitarlo. Ella se aseguraría de que la fortuna de cara de pez se convirtiera en la peor suerte de su vida.
El repique de la puerta señaló la llegada de la condenada partida. Cara de pez se puso de pie, se alisó la túnica antes de apresurarse para abrir la puerta.
―Embajador Marco y Eleazar, bienvenidos, por favor pasen―. Cara de pez se apartó, cuando los dos altos Morax entraron en los aposentos, y ella se encontró brevemente con la mirada de cada uno antes de que su atención cayera sobre las tablas de datos, asentadas en la mesa.
―Embajador Aro, a la luz de los recientes acontecimientos, después de una buena discusión con los gobernantes de Morax, hemos decidido aceptar su oferta de explotar nuestro asteroide para extraer el frillian. Los créditos y los moduladores de alimentos son muy necesarios.
―Maravilloso, Marco, tu planeta se beneficiará enormemente de este trato. Después de que me hubieras abierto los ojos al sufrimiento de tu gente, he decidido añadir otros diez mil moduladores de alimentos a nuestro trato.
―Es muy generoso de su parte, Embajadora Aro. Aceptamos.
―Entonces vengan, por favor, firmaremos los contratos y luego celebraremos―. Isabella observó mientras se movían para sentarse y recoger las tabletas. Su corazón latió en su pecho, sabiendo cómo cara de pez estaba engañando a Morax.
―Asegúrese de leer el contrato cuidadosamente, Embajador Marco. Asegúrense de que el Embajador Aro no intente engañarlos por su frillian―. Cara de pez se volvió hacia ella con una mirada furiosa. ―No preste atención a mi mascota, Embajador. Es una nada sin cerebro―. Isabella se puso de pie, la mano en las caderas, mirando a cara de pez.
―Sin cerebro no, oye, así que sin cerebro ¿no te escuché diciéndole a tu amigo Piclar cómo planeaste que los otros embajadores parecieran indignos de confianza? ¿O soy tan estúpida como para decirle al Morax cómo planeas desmantelar su asteroide tan rápido, que no lo sabrían hasta que sea demasiado tarde, y que venderás todos los depósitos de frillian al mejor postor?
―Isabella, detente, ¡ahora! ― Ella ignoró a cara de pez.
―Incluso si los Morax intentan llevarte a la corte, ¿tienes suficiente poder para mantenerlo atado durante años y años? ― Cara de pez se estiró por el control sobre su cuello y comenzó a gorgotear cuando no hizo nada. Se enfrentó a Morax, quien la miró.
―Lo siento, Embajador Marco. Soy un ser inteligente, fui secuestrada de mi planeta y forzada a la esclavitud. No tengo nada que perder, y no puedo quedarme sentada y dejar que sean engañados por esta forma inferior de vida pantanosa, si lo haces, tú y tu gente se arrepentirán.―. Cara de pez agarró un puño de su cabello, tirándolo tan fuerte, que lágrimas brotaron de sus ojos.
―¡No eres un buen dugngaha!― Él la arrastró rápidamente del cuarto. Ella luchó, pero cara de pez era demasiado fuerte. Él la arrojó sobre su cama.
Cara de pez estaba jadeando, gorgoteando de rabia.
―Me ocuparé de ti después de arreglar este desastre―. Se tomó un momento para calmarse antes de volver a caminar. ―Mis amigos, lo siento mucho...― La puerta se cerró.
Santa Madre, estaba en problemas. Ella tenía que escapar. Dios sabía lo que le haría ahora. Corrió hacia la puerta, esperando huir, pero estaba cerrada. Maldición. Mirando alrededor de la habitación, divisó el panel de control.
Corriendo hacia él, cerró su mano en un puño y golpeó.
―¡Hola, ayuda de emergencia!
―Especies no reconocida, ingrese el código de identificación.
―No tengo un maldito código, es una emergencia, maldita sea. ¿Puedes pasarme a la nave Fríos? ― Sus hombres vendrían a por ella, ¿no?
―Especies no reconocidas, ingrese el código de identificación―. Maldita sea, sin duda cara de pez se aseguró de que no pudiera usar la cosa de la computadora.
Le temblaban las manos, sabiendo que cualquier cosa que cara de pez planeara hacerle no sería buena. Respiró hondo, tratando de calmar su pulso errático, mientras su miedo lo hacía saltar. ¿Pero qué hacer? ¿Pararse y luchar o correr y esconderse?
Levantó la vista hacia las salidas de aire sobre ella. Isabella resopló, seguro que no puedes meter tu trasero gordo en ningún conducto de aire. Piensa otra vez. El baño estaba abierto con una bañera y poca privacidad.
―Bueno, parece que tendré que luchar hasta que llegue la ayuda―. Otra búsqueda rápida de los cuartos. ¿Qué tenía ella para armarse? Un cepillo de dientes y una lámpara encendida. ―Sí, eso les servirá, limpiará sus dientes y alegrará su día―. La puerta se abrió. Ella dio un paso atrás cuando cara de pez y sus dos guardias Piclar originales entraron.
Con una mano temblorosa, agarró el cepillo de dientes.
―Te atreves a dañarme y habrá un infierno que pagar―.
―¿Crees que los Fríos vendrán a tu rescate, mascota?― Isabella se quedó boquiabierta, ¿cómo diablos...?
―¿No crees que no me di cuenta, la forma en que te miraron? Lujuria como animales en celo. Son hombres Fríos, y se aparean con cualquier cosa, incluso androides sexuales. Permití que te tocaran, creyendo que te mantendría a ti y a ellos tranquilos. Pero ahora veo, te ha dado más ego de lo que sospechaba. No vienen, mascota, y cuando termine con tu castigo, estarás en un transporte que se dirige a mi planeta natal. Me has costado muchos créditos, y ahora es el momento de desquitarme con tu carne―. Oh mierda, esto no era bueno. Dio un paso atrás hasta que fue acorralada, mientras los guardias de cara de pez avanzaban.
―¡Tu primitiva, escoria alimento de gusanos! ¡Piensas que alguna vez puedes domarme! Soy humana y, además, ¡soy… pelirroja! ¡Tenemos los peores temperamentos en todo el universo! ― Los guardias apartaron el cepillo de dientes y agarraron sus brazos. Luchó y pateó, incluso logró dar un buen golpe antes de que se abalanzaran sobre ella, inmovilizándola contra la pared. ―Vendrán a por mí, y cuando lo hagan estás en una gran mierda, ¡cara de pez! ― Respirando con dificultad, detuvo su lucha cuando se dio cuenta de que era inútil. Pero sus ojos se agrandaron cuando, desde atrás de la espalda de cara de pez, apareció una cosa larga y brillante, que se parecía mucho a un látigo. ―¡Mis hombres te convertirán en sushi y te volarán poco a poco al espacio!
―Oh, creo que no―. La amenaza malvada detrás de sus palabras le heló la sangre. ―Has sido muy mala, mi mascota. Ahora debes pagar el precio. Denle la vuelta, sostenla contra la pared. Siempre quise probar el látigo láser. Ahora tengo la oportunidad.
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¡Nos leemos pronto!
