SEGUNDA PARTE

Existe, no dejes abiertas las ventanas porque existe,
No lo invites a pasar, existe.
Conserva a mano una cruz, un relicario, pues existe.
Porque existe, protégete de su sombra por las noches
y nunca visites la tumba de un suicida, pues existe.
Y si algún día, te ves reflejado en sus ojos de dragón
y le ofreces la superficie perfecta de tu cuello,
recuerda que es real el dolor y real la sangre...
porque… ¡existe!

Adriana Díaz Enciso

Disclaimer: Los personajes de Candy Candy no son de mi autoría. Esta historia fue escrita sin fines de lucro solo para fines de entretenimiento.


INTRODUCCIÓN[1]

Estamos en un mundo casi idéntico al nuestro en tiempo y espacio pero si es posible peor... mucho peor.

Este mundo está dominado desde las sombras por seres sobrenaturales que depredan y controlan a la humanidad, usándolos como peones en guerras que libran entre sí, mientras ésta se pierde las esperanzas hundiéndose en el abismo.

Aquí se mueven criaturas sedientas de sangre, poder y rabia. Urden sortilegios y poderosas tramas políticas para mantener a los mundanos alejados de la verdad que se esconde en las sombras: vampiros, magos, fantasmas, cazadores y otras criaturas misteriosas desconocidas por la raza humana.

Un mundo lleno de conspiraciones y de secretos oscuros, secretos que la humanidad no debería conocer y que están esperando para ser desenterrados.

Enormes ciudades con construcciones monumentales y barrocas y vecindarios pobres de atroz miseria representan la decadencia humana; ciudades en donde la corrupción, el mal, la violencia, la niebla, la basura y la podredumbre acechan en cada rincón.

Los valores y sentimientos humanos son casi inexistentes, sin embargo, aún siguen subsistiendo.


CAPÍTULO IX

Decenas de años habían pasado desde aquella fatídica noche en que, acorralado por el enorme dolor que le embargaba al saberla perdida para siempre de su vida, mientras intentaba acabar con ella, le fuera entregado sin su consentimiento, el regalo oscuro de la inmortalidad.

"Llevaba días sumido en un abismo sin fin. La desolación le había tenido abatido y ni siquiera el teatro llenaba lo que él consideraba su desgraciada existencia.

- Quiero pedirte unos días, Robert… ¿Podrías llamar a mi suplente? Necesito arreglar unos asuntos personales… – le dijo mientras aparentaba que todo estaba bien.

- Terry, sé cómo te sientes en este momento, sin embargo, debes superarlo. No es fácil, pero enfócate a lo que siempre ha sido tu ilusión. El tiempo te irá ayudando a sanar todo ese dolor – el director ya sabía de la muerte de aquella chica y podía sentir perfectamente bien todo lo que su actor favorito estaba sufriendo.

- Deseo estar solo por un tiempo. Tengo que ir a visitar al menos su tumba. Poder despedirme de ella ,¿entiendes? – su voz estaba ansiosa.

Terminó convenciendo al empresario y salió de ahí presto a hacer inmediatamente su maleta.

Ya tenía el boleto del tren.

No estaría más allá de dos días. Los suficientes para poder sentarse frente a ella y decirle por última vez cuánto la había amado.

En el andén, rememoró la última ocasión en que había estado en la misma situación, con la diferencia de la ilusión. Ocultó bien su rostro para no llamar la atención de la gente y esperó a que arribara el tren.

El camino transcurrió sin novedades.

En cuanto llegó a Chicago, se dirigió al hotel y se dio una ducha rápida. Necesitaba llegar a su destino lo más pronto posible.

Llegó a la entrada del lúgubre lugar y se quedó parado un momento.

"¡Está muerta!", pensó amargamente mientras sacaba fuerzas para continuar.

Cuando llegó a la tumba, no pudo más, y cual hombre derrotado y abatido, se dejó caer de rodillas frente a ella. Su mente inició una conversación anclada a un frustrado pasado que ya no tendría remedio. Sus lágrimas fluyeron dulcemente mientras permanecía con los ojos cerrados y comenzaba a tocar esa inmortal melodía en su armónica. Herencia de un amor maravilloso que le había dejado marcado de por vida.

La melodía inundaba aquel cementerio, las notas se las llevaba el viento, una lágrima resbaló por su mejilla, después otra, hasta que no pudo más… la música se interrumpió… sustituido por un llanto desgarrador… Terry no escondía su pesar… lloraba como un niño frente a aquella tumba…

Silencio, que todo lo oyes

Como los niños tímidos

Desde los rincones,

Dame tu consuelo, dame tu consejo,

- ¡Candy! – su voz denotaba toda la tristeza que le estaba embargando.

¿Qué haré si está ella, con el cuerpo cerca

Con el alma lejos?

- ¿Por qué la vida se empeñó en hacernos esto…? ¿Qué haré ahora…? Dime… porque no lo sé…

Que al viento, yo se lo decía

Y el viento, por oír su son

En las hojas, no me oía

Las lágrimas no dejaban de caer.

¡Qué importaba si alguien llegaba y lo veía en aquella postura!

En aquel momento no quería aparentar ser nadie más que un hombre llorando la pérdida.

Que al agua, se lo repetía

Y el agua, por verse en mis ojos

No me respondía

Que al cielo, yo se lo gritaba

Y el cielo, no sé si me oía

Tan alto así estaba

- ¿Crees que sobreviviré sin ti…? – preguntó a la lápida que tenía el nombre grabado de ella - ¿Crees que mi vida tenga algún sentido ahora?

Calló, sollozando como un niño.

Su llanto denotaba todo el dolor y la tristeza.

Quizás nunca había llorado como lo estaba haciendo en aquel momento, ni siquiera cuando sintió en aquella ocasión el abandono de su madre, ni siquiera fue tan doloroso como cuando se separó la primera vez de ella… quizás porque sabía que en algún lugar ella estaba… lejos pero viva… pero ahora… ahora no, no estaba siquiera viva…

Silencio,

¿Qué haré si está ella, con el cuerpo cerca

Con el alma lejos?

Xavier Villaurrutia

No supo cuánto tiempo permaneció en aquella posición. Sus rodillas estaban adormecidas.

Se levantó y se dio cuenta que no había probado alimento en todo el día. La tarde ya estaba cayendo.

Su mirada azul seguía perdida en aquellas memorias únicas.

Prometió regresar durante esos escasos días que estaría en esa ciudad para después, jamás no volver a pisarla.

No en mucho tiempo.

Afortunadamente, no se cruzó con miembro alguno del Clan Andrey. Mejor para él.

No soportaría los reproches por lo sucedido.

De regreso en Nueva York, su actitud se tornó aún más sombría.

Pidió más tiempo a Robert y se encerró en su estudio. Hacía visitas esporádicas a su madre y se negó a recibir a Nikolas u otras amistades.

Cierta tarde, después de estar sentado horas frente a su retrato, la depresión se agudizó. Su mente comenzó a divagar y tomó una fuerte decisión. Se dirigió al baño y llenó de agua caliente la tina. Se reuniría con ella, después de tanto tiempo.

La vida ya no tenía sentido para él.

Se acomodó mientras se quedaba en ropa interior.

Actuaba como autómata. Aproximó la filosa navaja que utilizaba para afeitar su barba y el descenso anímico comenzó. Mientras la sangre salía de su cuerpo se quedó mirando hacia la ventana, en su mismo adormecimiento creyó ver la figura de ella.

De pronto, un sopor lo invadió, había perdido el conocimiento. Cuando despertó, una inmensa sed y una rabia colmaban sus necesidades. Se encontraba encerrado en un lugar oscuro. No podía dominar el ansia de matar.

Vio que Nikolas se encontraba junto a él, mientras se alimentaba de parias o delincuentes que su amigo le llevaba.

Mataba sin piedad.

Sus sentidos percibían en demasía los sonidos y tiempo después comprendió en lo que se había convertido. Tuvieron que pasar varias semanas para que pudiera controlar su impulsivo comportamiento. No podía asesinar a diestra y siniestra. En cuanto el amanecer se anunciaba, un profundo sopor le inundaba mientras se apresuraba a buscar la oscuridad.

Sabía que se encontraba condenado a vagar en este mundo para siempre.

Sus emociones se volvieron más oscuras, sin embargo, siguió conservando aún parte de su humanidad. Muchas noches se le perdía a su amigo, tratando de contener, sin éxito, la sed que tenía por la vitae[2] humana.

Su incondicional aliado le seguía la pista tratando de contenerlo, a pesar del odio que inicialmente le tenía.

La personalidad del histrión cambió drásticamente. Por fin comprendió lo que significaba ser un no muerto. Sabía que la desolación, tristeza y melancolía serían sus inseparables compañeras.

Nikolas había sido parte importante de su vida, y siempre había estado con él en esos momentos tan difíciles que habían culminado en tragedia personal: la brutal muerte de las Marlowe y la de su amada Candy junto a Albert, en ese fatídico accidente en Suiza.

Una enorme frustración e insoportable depresión, le habían hecho decidir que el suicidio sería la mejor salida a sus problemas.

Le había encontrado agonizante, después de haberse estado desangrando durante varios minutos debido a las profundas cortadas en sus muñecas, y ahí había decidido "abrazarlo"[3], ya que era la única manera en que podía salvarlo. Le había costado mucho tiempo perdonarle su tremenda osadía.

En un principio, Terry le maldijo por lo que había hecho, sin embargo, él le había dejado entender que la cobardía no era para él y que debía superar esa pérdida para siempre.

Cuidó del actor hasta que éste pudo aceptar su nueva condición y le ayudó a acomodar las situaciones de tal manera que no sospecharan nada raro en el actor. Fueron momentos bastante tensos y difíciles, sin embargo, pudieron superarlos, y su amistad volvió a ser estrecha.

Tuvo que aprender algunas reglas de la estirpe a la que pertenecía para aprender a moverse en ese desolado mundo:

· No matar a otros vampiros,

· No convertir vampiros sin permiso,

· No revelar la verdadera naturaleza a seres humanos,

· Respetar el dominio de otro vampiro,

· Responsabilizarse de las acciones de los vasallos mientras estuviesen al cuidado de uno,

· No convertir a niños.

Después de su trágico cambio, Terry siguió por unos años más en el teatro, aunque por obvias razones, sus presentaciones y ensayos se hacían en horas nocturnas.

Había llegado a un acuerdo con Robert Hathaway y el hombre, por no perder el arrastre y carisma del joven que abarrotaba teatros, dondequiera que se presentara, lo justificó por todas las tragedias que había sufrido de golpe y que lo obligaban a tener ese extraño comportamiento.

Pasado el tiempo, y antes de levantar sospechas por su eterna juventud, mientras sus compañeros envejecían, y eran reemplazados por otros, planeó junto a Nikolas su muerte en extrañas circunstancias: un inexplicable incendio había acabado con su estudio personal, y había dejado un cuerpo carbonizado e irreconocible, que portaba las vestimentas del famoso actor.

Los motivos del incidente apuntaban a que había sido un descuido del actor, quien en estado de ebriedad, no supo controlar sus movimientos y originó que un candelabro enorme cayera en el suelo alfombrado, el cual se encontraba mojado por la enorme cantidad de alcohol que la estrella había estado tomando.

Un rumor originado gracias a "supuestos" testigos que habían visto al actor borracho últimamente, incrementado con la cooperación de los reporteros amarillistas para publicarlo sin ningún empacho, siempre y cuando hubiese dinero de por medio, hacían maravillas, y por ende, las noticias no se hicieron esperar.

Tanto su familia como sus admiradoras tuvieron que resignarse a la idea de que su ídolo ya no estaba más en este mundo.

La gran actriz Eleanor Baker y su padre, el Duque de Granchester, respectivamente, pasaron por enormes momentos de depresión, lo que ocasionaba un fuerte remordimiento y tristeza en el joven, al ya no poder hacer nada para acercarse a ellos.

Creyó que era mejor así.

Sólo le había traído desgracias a toda la gente que se le había acercado y le había amado. Muchas veces observaba de lejos a su madre, para cerciorarse de que estaba bien y superando "su muerte".

Con el paso del tiempo, cuando Eleanor envejecía, el se había servido para hacerle compañía, mientras su madre caía en una demencia senil que finalmente la había llevado a la muerte.

Todo mundo creía que por fin estaba descansando junto a su amado hijo, a quien en sus últimos años de vida, juraba ver a su lado. Terry lloró con lágrimas negras la muerte de su madre, después la de su padre y así sucesivamente la de todos sus conocidos y amigos.

Después de que superaran sus rencores, Nikolas le dio todo su apoyo para sobrellevar su dolor y a la par, le fue enseñando muchas habilidades que le ayudarían a conservar la vida, y sobre todo, lo cuidadoso que debía ser para cuidar su identidad de los mortales.

La depresión de 1929 no le afectó mucho ya que, gracias a los consejos de su amigo, y a las influencias que habían tenido en el gobierno, quienes les habían puesto al tanto, con anticipación, del desastre, pudieron sacar a tiempo la mayoría de sus inversiones y colocarlas en otros países.

Por eso, después de renunciar al teatro, se asoció con Terry para apoyar compañías teatrales de novatos a lo largo de todo ese tiempo, convirtiéndolo en un empresario teatral.

Se había cambiado el nombre a vista de los humanos, decidiendo conservar aquel que le había dado a su pecosa, la primera vez que la volvió a ver en Chicago, Joshua McDowell, pero a ojos de sus similares, seguía siendo Terrence Granchester, el mejor actor de su época.

Aún conservaba una gran parte de su humanidad, misma que expresaba a través de su amor al arte, aunque, su corazón nunca más volvió a sentir algo por alguien.

Las mujeres eran meras compañías y no pasaban de ahí.

El recuerdo de su hermosa pecosa lo mantenía tan vivo y en honor a ella, había prometido no volverse a fijar jamás en ninguna otra mujer, hasta que llegara el tiempo de reunirse con ella. Se alimentaba de asesinos, delincuentes y demás parias de la sociedad, lo que no le ocasionaba ningún remordimiento, y hasta le hacía sentirse bien al eliminarlos.

Con horror vio pasar la segunda guerra mundial y el fortalecimiento del nazismo y fascismo, y se estremeció al ver que tan crueles podían ser los seres humanos al destruirse estúpidamente unos a otros en estériles guerras sin beneficio ni objetivo mas que la supremacía y la muerte.

La muerte de millones de judíos, gitanos y otras etnias le hizo decepcionarse completamente de la raza humana.

Por tal motivo, se escondió junto a Nikolas en Sudamérica por unos años, mientras pasaban el conflicto bélico, le sirvió para conocer mucho más de cerca las diversas culturas latinas y aprendió un poco de español, idioma que no dominaba al cien por ciento, pero podía comprenderlo y hablarlo en términos generales. Un discreto y divertido acento sudamericano se dejaba sentir cuando se expresaba en el idioma de Cervantes.

Pasó el tiempo, a la par que se convertía en testigo de maravillosos adelantos como el cinematógrafo de color, los automóviles rápidos, los avances médicos, los aviones comerciales y los enormes trasatlánticos.

Le siguieron las épocas de la revolución social de los años sesentas y setentas.

Le entró un gran gusto por todo lo que tuviera con ver con el rock and roll, aunque en un principio se había inclinado por Elvis Presley, afinó su gusto con Los legendarios Beatles, a quienes siempre consideró su grupo favorito de rock. La imagen pacifista de John Lennon lo tenía fascinado.

Se había hecho a la idea de que tenía que encontrar la manera de insertarse en cada época, y que mejor que a través de las bellas artes, aunque su actitud nostálgica y melancólica nunca lo abandonó.

Después del último conflicto bélico mundial, vio con desilusión el mundo bipolar que se había creado: socialismo y capitalismo.

Los diferentes golpes militares latinoamericanos, respaldados por el imperialismo norteamericano, le produjeron una repugnancia tal, que por muchos años vivió en Londres hasta que Bill Clinton ganó la presidencia del país más poderoso del mundo.

Mientras, asistía como mudo testigo, cuando a finales de la década de los ochenta, el socialismo se derrumbaba y en 1991, el muro de Berlín caía como señal de los nuevos tiempos de cambio.

Los avances tecnológicos le habían dejado maravillado con la evolución de las computadoras, hasta llegar a los ordenadores portátiles, así como los teléfonos inalámbricos y agendas electrónicas.

Siempre trataba de estar actualizado y contaba con la última tecnología de punta. El Internet era parte de su vida para estar al tanto de lo que acontecía en los confines más recónditos del mundo.

Aunque seguía siendo millonario, siempre se había caracterizado por ser una persona sencilla.

Al contrario de muchos de sus congéneres, seguía evitando las reuniones sociales a las que consideraba estériles, y solo iba a aquéllas, donde tenía que ir por obligación, a presentar sus respetos al representante de la estirpe de la ciudad que visitaban, como parte de uno de los mandamientos vampíricos que se tenían que obedecer.

Pasados ciertos minutos, se retiraba discretamente del lugar, dejando solo a Nikolas y se refugiaba en su soledad, deambulando por las calles solitarias y tratando siempre de estar presente cuando alguna fechoría o injusticia estaba a punto de cometerse, para poder ayudar y de paso, desaparecer a esas piltrafas humanas que tanto asco le daban.

A lo largo de todo ese tiempo, se había hecho de escasas amistades.

Una de ellas, era un detective misterioso, que había conocido cuando necesitaba juntar pruebas de un empleado suyo que quería estafarlo, enviando millonarias sumas a cuentas personales repartidas en varios paraísos fiscales. Un hombre de uno noventa metros, aproximadamente cien kilos, complexión atlética y enigmáticos ojos marrones, se había ganado su entera confianza al haber descubierto la entramada red de estafa que el empleado le había tendido.

A partir de ahí, el sujeto sería alguien importante e imprescindible en su vida. Nikolas igualmente le había tenido mucha confianza.

Por lo poco que sabía, era un artesano de la realidad; sus entramados signos y conjuros que utilizaba en casos urgentes, le había dejado intrigado, aunado a que solo trabajaba de noche, aún siendo mortal.

Su conocimiento se remontaba a fechas ya casi olvidadas en la historia de la humanidad. Su red de conocidos era realmente asombrosa.

Desde el antiguo Egipto, pasando por Europa, Rusia, Sudamérica y Oceanía, no había ser antiquísimo que no conociera a Ethan Campbell.

Por medio de él conoció a otros personajes bastante peculiares: Elisha Cohen, un mago judío muy joven pero a la vez muy poderoso que había sido entrenado por seres cuyo andar por la tierra contaban miles de años de antigüedad – podía alterar el azar y las probabilidades, lo que solía ser letal al momento de atacar -, su novia, Melina, era una despiadada vampira experta en el terrorismo y sabotaje, así como en las mejores técnicas de pelea que podían hacer palidecer hasta al asesino serial más temido, Makish, un vampiro oriental guerrero experto en el arte de las espadas y Alyssa Bennington, una despiadada mortal multimillonaria que, al igual que Ethan, tenía una edad mucho más avanzada de la que aparentaba tener, y de quien se comentaba, era su amante.

Terry ya se había acostumbrado a sus extrañas amistades.

En un principio, estaba horrorizado con la manera en que se manejaban las cosas en ese mundo tan tenebroso, sin embargo, comprendió que, precisamente para sobrevivir, había que tener los compañeros necesarios y las habilidades precisas, para poder sobrellevar su existencia en ese lugar.

Seguía sintiéndose algo interesado por los cambios mundiales que se iban suscitando. Trataba de no buscarse problemas para no tener que pelear y los absurdos enfrentamientos entre vampiros para obtener el poder, se le hacían estériles y sin sentido; se refugiaba en su sentido artístico.

Después de haberse vuelto vampiro, Nikolas se lo llevó por un tiempo, para entrenarlo en técnicas de defensa y para que pudiera utilizar sus nuevas habilidades: era bastante diestro en el uso de algunas armas automáticas; sacaba ventaja de sus sentidos magnificados; podía manipular mentalmente a través de su carisma; y poseía una considerable fuerza física así como la habilidad de moverse a velocidades anormales. Con el paso del tiempo pudo irse perfeccionando. Aunado a los consejos tanto de Nikolas como de sus otros amigos, las cosas habían mejorado muchísimo.

Su carácter se había vuelto mucho más hermético, severo y lacónico, lo que cerraba cualquier posibilidad de saber más acerca de su vida personal.

Su amor por el arte le había ayudado a sobrellevar su gris existencia. El teatro era su escape para dar forma a su imaginación y le hacía rememorar esas excelsas actuaciones que antaño había realizado. Apoyaba a través de su empresa, a los jóvenes talentos que no podían llegar a tener una buena formación, por sus propios medios. Otorgaba becas y apoyos de estímulo artístico para gente de escasos recursos.

Su pasión se había extendido a la compraventa de piezas artísticas, las cuales hacía exhibir en prestigiosas galerías, con una excelente acogida.

Esta actividad era la que actualmente ejercía, sin dejar de lado el apoyo a noveles actores teatrales.

Actualmente, los dos habían tenido que salirse de Nueva York, después de haber visto el monstruoso ataque terrorista de las Torres Gemelas a través de las noticias.

Ya no se sentían a salvo en el perímetro del centro financiero, por lo tanto, se mudaron a Nueva Jersey, en un exclusivo fraccionamiento residencial, dentro de una de las ciudades del estado americano, Newark.

Nikolas no vivía con Terry, sin embargo, debido al constante contacto empresarial y amigable, muchas veces tenía que "pernoctar" ahí. El actor se refería a él como "el vampiro errante", porque no tenía una residencia fija, debido a que permanecía ya fuera con amistades o en hoteles acondicionados para tales personajes.

Melina provenía de una familia italiana de no muertos muy poderosa[4], cuya sede era Italia, que extendía sus redes financieras y empresariales por todo el mundo, incluyendo líneas aéreas, cruceros, transportes terrestres y hoteles, acondicionados especialmente para seres "especiales". Realmente la no-vida tenía muchas facilidades y comodidades en la actualidad. Había que tomar ventaja de todo eso.

Muchas noches las pasaba recorriendo lugares solitarios donde refugiarse y tocar su inseparable armónica. Con lo inseguras que eran las calles y la fama del enorme índice criminal de la ciudad, nunca faltaba la oportunidad de toparse con maleantes o asesinos solitarios, que no salían con vida después de encontrarse con él.

Podía leer en sus torcidas mentes los delitos que iban o venían de cometer. ¡Qué difícil se había vuelto la vida conforme la sociedad avanzaba!

En varias ocasiones, se preguntaba si realmente los humanos no serían más monstruosos al seguir en guerras, conflictos y masacres sin sentido. Era cuando su mente se remontaba a decenas de años atrás y podía rememorar sus maravillosas épocas en donde la juventud era mucho más pura e ingenua que la actual.

Sin evitarlo, sus recuerdos se cruzaban con ella. Nunca la había podido olvidar. Iba por la vida trazando el camino de su ausencia definitiva.

La muerte le había arrancado ferozmente, cualquier posibilidad de verle nuevamente, aunque fuera con otro, pero viva.

Mientras tocaba su armónica, lágrimas negras corrían por su varonil rostro. La escena era ya parte común de su existencia.


Lejos se encontraba ese fatídico día en que un desafortunado accidente camino a Zurich, le había costado supuestamente la vida a Candy y Albert Andrey.

Habían salido de Ginebra hacía unas horas para pasar unos días en casa de Marcus Storvik, un extraño personaje que ahora era socio comercial de Albert, y a quién le habían tomado aprecio hacía unos meses. El joven recordaba que el camino hacia su mansión era peligroso, debido a las innumerables pendientes que se encontraban a un costado del precario camino, y que llevaban solo Dios sabía a dónde.

La lluvia había causado muchos estragos en el camino de terracería.

Albert hacía lo posible por no derrapar en la estrecha carretera. Muchas partes de la misma estaban cubiertas de lodo, mientras algunos árboles les rodeaban. Había muchísimo viento y la bruma no impedía ver bien el camino. Candy y Albert se encontraban nerviosos ansiando llegar ya a la mansión. Los movimientos bruscos del auto los tenían con el corazón a punto de salírseles del pecho.

En una de tantas vueltas alcanzaron a divisar a lo lejos la imponente construcción. Ya estaban cerca, sólo faltaba pasar el último tramo. De repente, el rubio intentó esquivar un enorme hueco que se había formado en el suelo, y por impulso dio un volantazo, lo que hizo al auto dar un giro bruscamente, mientras sufrían una aparatosa volcadura. El vehículo comenzó a rodar hacia la pendiente sin control. Un horrible golpe sonó del lado de donde venía la rubia. Se escuchó un grito y después todo fue oscuridad. Habían chocado contra un enorme árbol. De esto último, ninguno de los dos ocupantes se había dado cuenta.

Despertó completamente adolorido y su primer pensamiento fue para Candy. Marcus le observaba seriamente.

- ¿Dónde está ella? ¿Qué le ha pasado? – preguntó con mucho esfuerzo, mientras sentía que un hilillo de sangre escurría de su boca.

- Tranquilo, vas a estar bien. Afortunadamente tuviste heridas superficiales que no requieren mucho cuidado; fue un milagro el que los hayamos podido encontrar. Estaban a punto de caer al vacío – le narró el suizo.

- ¡Dime qué ha pasado con Candy, por favor! – esto último lo dijo como si la vida se le fuera en ello. Marcus asintió con la mirada a Olaf, quién se encontraba al otro lado de la estancia.

- Lo siento mucho. Ella está muy grave. El golpe contra la piedra le dio de lleno en la cabeza. No creo que sobreviva por mucho tiempo – se hizo a un lado para evitar que el rubio viera su semblante.

- ¡No! ¡Si ella muere, yo también quiero morir! ¡Me niego a vivir sin ella, tú sabes lo mucho que significa para mí! – el dolor era intenso. Olaf los miraba sin decir nada. Marcus habló y su voz sonó antinatural. Un lejano eco se escuchaba en cada una de sus palabras.

- Tengo el poder de curarlos a ambos, sin embargo, no sé que reacción tendrás después de saber la verdad – Marcus se volvió hacia el rubio y le miró intensamente a los ojos. Sus pupilas tenían un brillo anormal.

- No me importa, haz lo que sea con tal de que siga junto a mí. Te lo suplico... amigo – dijo esto último con una sinceridad que pudo distinguir el magnate europeo. Ignoró la expresión sobrenatural de su amigo.

- Te diré rápidamente mi naturaleza, después de saberlo solo te quedarán dos opciones: vivir o morir, ya que los mortales jamás deben saber de nuestra existencia – inició con una lejana mirada hacia la ventana.

- Te has dado cuenta que solo trabajo de noche, no como, no bebo, y... no tengo muchos conocidos mortales, más que mis asesores. Mi edad va más allá de lo que tu razón te podría decir, tengo más de quinientos años condenado a vagar por esta tierra. Me alimento de la savia vital humana: sangre... Sí, Albert, soy un vampiro – se volteó a observarlo y éste parecía no estar sorprendido.

- Quiero estar con ella por siempre Marcus; no me importa si tenga que condenarme por ello, la amo y no permitiré que ni siquiera la muerte me la arrebate. Ya tenía mis sospechas de que no eras una persona normal, sin embargo sé que en el fondo, aún guardas algo de humanidad, desde el momento en que me brindaste tu amistad, y nos hicimos amigos, eso... te lo agradeceré eternamente Marcus, porque escuchaste a este pobre hombre que no sabía cuál camino tomar, después de ver que el amor de su vida se iría con otro – la penetrante mirada azul del americano se clavó en el suizo. Estaba haciendo a un lado el dolor, en su afán de estar con la rubia.

- Es una maldición la vida que me ha tocado vivir; no disfrutar los placeres simples como la caricia del sol o la comida; tengo tanto dinero, y no puedo comprar las emociones y sentimientos que antaño llegué a tener. ¿Te das cuenta de lo que me estás pidiendo? – alzó una ceja en señal significativa.

- ¡No me importa! ¡Aaghhh! – el rubio se desvaneció. Había aguantado el dolor por mucho tiempo.

- ¿Cómo está la chica, Olaf? – preguntó rápidamente Marcus.

- Sigue muy mal, ha estado perdiendo mucha sangre. No creo que pase de esta noche – respondió solemne su fiel sirviente.

- Prepáramela pronto. Tendré que actuar antes de que muera. Deberé una muy buena explicación al consejo de la estirpe. Ya veré que les inventaré – dijo mientras se acercaba al rubio.

Le observó detenidamente.

Le había atraído su poderosa juventud y experiencia.

El chico era un experto en los negocios, y tenerlo de compañía eterna no le desagradaba. La chica lo tenía más pensativo aún. Era realmente hermosa y sin querer, por su forma de ser le había tomado afecto. Verdaderamente era una belleza que valía la pena conservar para siempre.

Se imaginaba su reacción al enterarse de eso.

Dos chiquillos[5] abrazados casi al mismo tiempo requerían mucho cuidado y destreza al manejarlos.

Sabía que los primeros meses eran un calvario ya que debían controlarse para evitar que asesinaran a diestra y siniestra. Debían aprender a calmar perfectamente bien su sed de sangre.

Olaf le ayudaría como siempre haciendo un buen trabajo.

No en balde le había tenido durante muchos siglos alimentándolo con su sangre para que el mortal fuese mucho más fuerte que el resto de sus iguales[6]. Muchos vampiros poderosos se servían de humanos para que pudieran velar por sus asuntos durante el día. Podían tenerlos durante mucho tiempo a su cargo.

Dejó al rubio reposando y se dirigió a la habitación donde yacía el cuerpo inerte de Candy.

Sus ropas estaban desgarradas dejando al descubierto gran parte de su escultural cuerpo. Su cabeza estaba llena de hematomas. El ghoul ya le había limpiado, para que él pudiera realizar el trabajo. Había que vestirla pronto. Su ayudante llegó en ese momento y la cambió. Un sencillo vestido le cubría ligeramente el cuerpo.

La volvió a depositar suavemente sobre la cama.

- "Terry…" – se escuchó como un susurro

- ¿Has escuchado?

- Lo ha estado repitiendo a cada momento.

- Albert nunca debe enterarse de esto.

- Lo que usted diga... – Olaf prosiguió con su tarea.

Marcus pidió a Olaf que le dejara sólo, volviendo a reiterar que no dijera nada a su amigo sobre lo que acababa de escuchar. Miró a la chica, quien parecía respirar cada vez con más trabajos, pero sin dejar de pronunciar aquel nombre. Entonces comenzó su ritual, se acercó a uno de sus brazos e hizo una ligera herida. Comenzó a chupar hasta que el cuerpo inicio el camino a su muerte. Justo antes de los estertores agónicos que vislumbraban el final cercano, Marcus se abrió una vena y la dejó caer en la boca de la chica. Candy inició el doloroso proceso del "abrazo"[7].

Fuera, Olaf seguía atendiendo a Albert, quien ya había recuperado el conocimiento.

Le inundó de preguntas y él solo pudo asegurarle que la chica ya se encontraba bien. El rubio comenzó a tranquilizarse gracias a una misteriosa bebida que le había dado el hombre y se quedó profundamente dormido.

Marcus se había llevado a la chica a uno de los ocultos cuartos que poseía y la dejó encerrada ahí. Le había encargado a su sirviente que le buscara lo más pronto posible algo de alimento. El hombre obedeció al instante y se dirigió hacia una de las caballerizas. En cuanto hubo tomado un animal, se dirigió rápidamente a donde estaba Candy.

La chica estaba fuera de sí; su semblante era de rabia.

Gritaba y se azotaba contra las paredes del pequeño lugar, en su intento por buscar sangre. Una enorme furia la embargaba lanzando improperios y chillidos. Cuando vio al caballo se abalanzó sobre él.

Marcus y Olaf la observaron detenidamente.

Había que llevar provisiones humanas para que la chica comenzara a acostumbrarse a su nueva condición. Quizá la iniciación de Albert se haría más tarde, en cuanto la muchacha estuviese más habituada.

Consideró que era lo más apropiado.

La decisión ya estaba tomada.

Indicó al ghoul que tomara las pertenencias ensangrentadas de ambos y las llevara al precipicio junto al auto destrozado. Al día siguiente haría llegar a reporteros sensacionalistas cubriendo el trágico evento.

Candice White y Albert Andrey, habían perecido en un trágico accidente.

Había que enviar la noticia a América.

Ya estaba pensando en la inevitable visita de sus familiares a su casa, así que arreglaría la manera de ocultarles su presencia mientras ellos hacían las indagatorias. Por suerte, tardarían semanas en llegar a Suiza, y para ese entonces, la pareja no estaría ahí. Tendría que refugiarlos en otra parte. Dejó esa idea para más tarde. El amanecer ya se estaba acercando y el letargo le llamaba. Le encargó que vigilara bien al rubio y que por ningún motivo le dijera donde estaba la chica.

Pasaron varios días mientras Albert seguía sumido en la inconsciencia.

Olaf le había estado vigilando y Marcus le alimentaba con un poco de su sangre para irlo fortaleciendo. Ya ansiaba que el joven despertara.

La chica había sido todo un evento.

El sirviente se había encargado de hacerle llevar presas, por lo general parias como delincuentes y vagabundos, para alimentarla. Todavía estaba en el frenesí de sus impulsos. No hablaba, solo emitía gritos y gruñidos. Marcus cuidó de ella pacientemente, como un padre cuida de su hija enferma.

Conforme pasó el tiempo, Candy se fue tranquilizando.

Su aspecto había cambiado notablemente: una palidez extrema cubría su piel, sin embargo, su belleza se había acentuado considerablemente. Sus verdes ojos chispeaban como dos potentes esmeraldas y su rostro ya no tenía signos de heridas. Sus labios eran tan rojos como el carmín. Su hermoso cuerpo hacía resaltar sus generosas curvas con los vestidos que Olaf le procuraba.

Era la viva imagen de la sensualidad.

En un principio, le había costado entender lo que había sucedido esa noche del fatídico accidente. Se enojó cuando Marcus le dijo en que se había convertido, sin embargo, cuando se enteró que Albert había dispuesto eso, en el entendido de que él también lo era, tuvo que resignarse.

Ya tendría que hablar en privado con él.

Sufría a causa de sus sentidos magnificados.

El ruido más pequeño la alteraba y le molestaba, obligándola muchas veces a taparse los oídos y tumbarla al suelo. Sus ojos se acostumbraron a la más negra de las oscuridades. Se admiraba de ver la enorme fuerza que poseía al romper objetos demasiado sólidos, como la madera. Marcus decidió que por el momento no sería bueno mostrarle más habilidades. Ansiaba ver a Albert, sin embargo, había tenido que aguantarse por recomendación de Marcus, ya que el joven seguía inconsciente, y mientras, no podría verlo.

Aprovechaba las noches para salir por las solitarias calles, en compañía de Marcus, para poder alimentarse.

La joven al principio sufría lo indecible por tener que beber la vitae humana. Sin embargo, la sed era incontenible, y el suizo le había enseñado a beber solo la que necesitara, lo que denominaba en llamarse "el beso"[8]. Por lo tanto, la rubia aprovechaba su carisma para atraer a varios hombres y alimentarse de ellos, sin necesidad de matarlos.

Su percepción se había vuelto sombría y estaba consciente del horror que su actual situación le otorgaba. No era agradable ocultarse de la luz y de los humanos. Aquellos a los que ella ayudaba aún siendo enfermera. Muchas noches lloró amargamente su triste conversión y a pesar de que tenía la posibilidad de poder acabar con su vida, nunca lo intentó, quizás era cobardía. Rememoraba constantemente la escena de la primera noche en que había despertado a su nueva no vida:

"Sus ojos se abrieron lentamente dibujando en su consciencia la dimensión del lugar que le rodeaba. Sentía el frío del suelo en su espalda y sus rodillas doloridas. Alzó sus manos apoyadas a ambos lados de su cara y las observó. Estaban llenas de arañazos en parte debido a la rugosa pared...

Miró a su alrededor... aturdida. No sabía qué le había sucedido… todo era confuso, borroso... frío... y sufría una enorme sed.

Se sentó en la oscuridad.

Recordó el pasar de los segundos mirando al vacío y frunciendo el ceño pensando el por qué... ¿qué hacía allí? ¿Qué hacía tirada en el suelo de ese portal, desconocido para ella...? Albert... el accidente... recordó todo de repente y se dirigió con rabia a la puerta del oscuro cuarto. Nadie respondió.

Estaba encerrada.

Sentía una sensación interna de anhelo extremo, de angustia, como un dolor punzante. Creyó que sus nervios le estaban jugando una mala pasada. Tocó su rostro y giró en todas direcciones.

Nadie estaba a su lado sin embargo notaba una presencia.

Paranoica, miró hacia la pequeña ventana del lugar. La luz de la luna seguía iluminando por una ligera abertura superior del cuarto.

Ahí estaba Marcus.

Con su gallarda figura, observándole imponente. Su fría mirada la traspasaba. Quiso preguntar algo pero mejor se calló. Otra vez la rabia hacía presa de ella.

Se tiró contra él gritando y ya no supo más.

Sangre... buscaba sangre... "Estoy condenada", fue lo último que pensó".

Nunca olvidaría esa traumática experiencia. Ella, la otrora dulce niña que alumbraba el camino de los demás, se veía ahora ensombrecida por una inmortalidad maldita. Sus hermosos ojos verdes se llenaron de lágrimas sanguinolentas. Las enjugó rápidamente. Nadie tenía que verla así.

Pensó en él.

Su más grande amor.

Se sintió peor al saber que ahora, en esa condición, ya no podría buscarle.

"Algún día ajustaremos cuentas, Albert", pensó, mientras se perdía en la oscuridad buscando alimentarse.


La mayor parte del tiempo Albert estuvo bajo el cuidado de Olaf.

Una mañana, el joven abrió los ojos con muchísimo esfuerzo:

- ¿Dónde estoy? – se preguntó mientras trataba de reconocer el lugar.

Un recuerdo se agolpó en su mente. El auto volcándose hacia el precipicio, el grito de Candy y la oscuridad.

Se llevó una mano a su cabeza presa del dolor e intentó levantarse, sin éxito, justo en el momento en que el mayordomo le llevaba el desayuno.

- ¿Se encuentra bien, señor Andrey? – le preguntó Olaf con curiosidad.

- ¿Qué ha pasado? Recordé el accidente... Candy... ¿dónde está? – preguntó con ansiedad el americano.

- No se preocupe, ella se encuentra muy bien. Mucho mejor de lo que nos esperábamos ¿Recuerda bien la conversación con el señor Storvik esa noche, verdad? – preguntó perspicazmente el hombre.

Albert sintió una punzada en el estómago.

Marcus le había confesado que era un vampiro.

Una expresión de desconcierto se dibujó en su cara. Sabía que sus vidas ya no serían las mismas a partir de esa noche. Entendió en ese momento lo que Olaf quiso decir con que su protegida se encontraba bien.

Candy... su rubia, ya no pertenecía a esta vida.

- Lo recuerdo perfectamente bien ¿Cómo...? ¿Cómo está ahora? – preguntó sombríamente.

- Muy bien. Ella ha estado preguntando mucho por usted, sin embargo el señor Storvik no le ha dejado acercársele. Es un proceso bastante difícil, y se tienen que pasar muchas cosas antes de terminar de aceptar su nueva condición. Ella en su momento lo vivió, y ahora, parece que está más tranquila. Lo aceptó cuando se le dijo que usted ya sabía en lo que se convertiría y que lo había autorizado – le dijo esto para intuir su respuesta y su reacción.

- Lo entiendo – el chico se dirigió hacia la ventana.

El sol estaba en su esplendor e iluminaba el hermoso jardín, a pesar del intenso frío.

Su corazón se estremeció al saber que ya no volvería a ver su familia; sin embargo, estaría siempre junto a Candy.

La tendría solo para él.

Nadie más, ni siquiera ese infame actor que la habría hecho sufrir. Sonrió de lado, disfrutando la cara de dolor del inglés al momento de enterarse de la noticia en los periódicos.

- ¿Qué pasó con nuestra familia, ya saben lo que sucedió? – cuestionó al hombre.

- Tuvimos que manejar la teoría de que murieron en el precipicio y solo sus ropas se pudieron rescatar, señor Andrey. Nos hemos comunicado a sus oficinas generales en Nueva Cork; sobra decir que ya han iniciado el viaje a Suiza para indagar más. Le puedo adelantar que ya se han llevado a cabo sus "honras fúnebres". La prensa hizo llegar la noticia a América, por eso se enteraron los Andrey. Lo siento pero, como usted comprenderá, no podrán estar aquí mientras su familia se encuentre en el país. Por tal motivo, se debe apresurar su "iniciación" – dijo esto con reserva.

- Entiendo ¿Cuándo es que la tendría? – preguntó el joven, aguantando las ganas de ver a la rubia.

- Esta noche lo deberá ver el señor Storvik. Él se lo comunicará, y ahora, si me disculpa debe tomar su desayuno... y disfrutarlo lo más que pueda joven. Después, las cosas cambiarán radicalmente – le comentó Olaf, mientras depositaba la bandeja sobre la mesita del cuarto.

- Gracias, trataré de salir a caminar un rato. Necesito meditar y reflexionar bien sobre lo que me espera – volteó y no había nadie.

Estaba solo en su recámara.

El joven tomó su desayuno, degustando cada bocado con intensidad.

Se alistó para salir a dar una vuelta, junto al sirviente y respiró hondamente el aroma de la naturaleza que le rodeaba. Se sentía como un condenado a muerte, sin embargo, no le preocupaba.

Ella estaría con él y se amarían inmortalmente.

Caminaba lentamente debido a la debilidad que aún le invadía, pero dentro de sí, presentía que serían sus últimos momentos en que recibiría la caricia del sol y la magnificencia de un horizonte azul.

Pensó en el dolor que había ocasionado a sus seres queridos, y lloró, ante la mirada férrea de Olaf, quien no hizo comentario alguno. Entendía lo que estaba pasando por ese momento.

Lo dejó solo para que se desahogara y quedó de irlo a buscar un poco más tarde.

El día se le fue rememorando todos sus viejos y más preciados recuerdos. La tarde comenzaba a caer cuando regresó a su recámara.

La oscuridad se asomaba incipiente, anunciando el final de un día y de su propia vida.

Albert se encontraba en cama cuando entró Marcus.

- ¿Cómo estás? – preguntó con un dejo de sinceridad el hombre.

- Muy bien, Marcus, muchas gracias. No imaginé que había estado inconsciente tantos días. Olaf se ha encargado de ponerme al tanto de lo que ha acontecido... yo agradezco tu apoyo – el joven bajó la mirada.

- Deduzco que estás al tanto de la chica también, Albert, solo espero que no hayas olvidado lo que hablamos durante ese día del accidente.

- Claro que lo recuerdo; no me arrepiento de la decisión que he tomado, tengo muchas ganas de verla sabes – le comentó esperando saber algo de Candy.

- Ella también. Es una chica muy dulce, pero sabes, no ha sido fácil su adaptación a su nueva condición. Ya sabrás que no siguió resistiéndose hasta que se enteró de tu asentimiento para "abrazarla" – le respondió mirándolo fijamente.

- ¿Cuándo será mi turno? – preguntó tímidamente.

- En cuanto así lo decidas. Entre más rápido se lleva a cabo, mejor; tu familia no tarda en venir, y todavía debo ayudarte a adaptarte a tu nueva "no-vida" – le dijo esto de manera enfática.

- Que se haga lo que se tenga que hacer. Mi decisión es inamovible – le dijo el rubio.

- Así será. En un momento vendrá Olaf y te preparará para la ocasión. Me retiro para llevarle nuevas a tu protegida. Se alegrará de saber que ya pronto se podrán ver – le dijo con una enigmática mirada.

Momentos más tarde, Albert yacía sobre su cama.

Marcus estaba a un lado, mientras Olaf les observaba serenamente.

Le pidió que se descubriera el brazo y el rubio se dejó hacer. Fueron los momentos más agónicos y desesperantes de su vida. Mientras Marcus le iba vaciando, sentía que su vida se iba escapando a través de una vorágine de pensamientos.

Su pasado desfiló ante sus ojos. Toda su vida fue proyectada como en fotografías: Anthony, Stear, Archie, La Tía Abuela, George, Los Leegan, Pauna, Candy, cada persona que había sido importante para él. La vida se le escapaba de a poco.

El suizo seguía pegado a su muñeca. Finalmente un movimiento abrupto se hizo presente en todo su cuerpo. Se dejó caer bruscamente mientras se hundía en un abismo sin fin. De repente, sintió un líquido caliente entrar en su boca.

El proceso se volvía a repetir.

Marcus permaneció junto al empresario americano mientras surtía efecto el "abrazo".

El rostro del joven se iba transformando conforme iba muriendo...y renaciendo a la vez. Después de una larga espera, el rubio yacía completamente histérico, encerrado en uno de los cuartos ocultos de la propiedad. Su desesperación rayaba en la agonía y sus gritos estremecían el ambiente. Golpeaba inútilmente tratando de calmar su sed de alimentarse.

Sus ojos se desbordaban de furia.

Una mirada verde le observaba desde la mirilla de la puerta.

Candy recordó esos difíciles momentos que ella había pasado, al igual que él. Como su transformación había sido reciente, conservaba gran parte de su humanidad.

Mientras observaba, y a pesar de que él estaba sufriendo y que sentía un poco de pena por aquel trance que estaba pasando Albert, no podía dejar de sentir rencor hacia él.

¿Por qué había decidido que ella se convirtiera en eso?

Reaccionó al ver que Marcus estaba a su lado tomándola de una mano en señal de fraternidad. Le había explicado que el estado del rubio tardaría varios días, y que al igual que ella, todavía deberían calmar su comportamiento agresivo.

Candy se sumió en sus pensamientos, mientras los gritos de Albert seguían inundando el lugar. Ya se daba cuenta de todo lo que le quedaba por aprender y aceptar.

Con el paso del tiempo, la pareja tuvo que sufrir en la más profunda de las soledades, el dolor que los dos le había inflingido a toda su familia.

Desde el Hogar de Pony hasta la familia Andrey, no hubo día que no se recriminaran el haberles hecho creer que ya no existían.

George y Archie habían ido a Suiza a arreglar los papeles para llevarse los cuerpos, y no pudieron creer que no los habían podido recuperar; la búsqueda que habían enviado nunca tuvo resultados, y tuvieron que aceptar como únicas pruebas de su muerte, las ropas ensangrentadas que se llevaron consigo a América.

Cuando al fin salió de aquel trance, la ex enfermera pudo aprovechar el momento al verlo, comenzó a reclamarle el haber llegado hasta ese punto, entendió que ya no había escapatoria.

Sabían el secreto de Marcus, y eran de los pocos que habían salido vivos al conocerlo:

- ¿Por qué permitiste que me convirtieran en esto? – la chica se le había ido encima, golpeando su pecho. Él se sintió miserable.

- ¡Candy, yo...! ¡No quería perderte! – solo atinó a decir eso.

- ¿Y por una razón tan egoísta me has condenado a la oscuridad? ¡No! – en el rostro de la rubia había dolor - ¿Te das cuenta que ahora tendré que asesinar para vivir? ¡Hubiera sido mejor que muriera! – su rostro estaba contraído por la furia.

- ¡Perdóname, Candy, perdóname! – logró sujetarla mientras la abrazaba.

- ¡No puedo, no puedo soportarlo! ¡Estamos malditos, malditos! – salió corriendo para perderse entre las calles oscuras. El rubio no quiso alcanzarla. Esperaría a que se calmaran las cosas.

La joven no estaba de acuerdo en lo que eran.

Siempre se había considerado un espíritu libre y ahora, la habían atado a una vida que no había pedido y de la que mucho menos, sabía de su existencia. Le habían arrebatado la posibilidad de volver a sentir la caricia del sol y con ello, todo vestigio de alegría. La luz le era prohibida en su actual condición. Decidió sabiamente tranquilizarse y esperar. Ya llegaría su tiempo.

Por ahora, se quedaría al lado de Albert, resignada.

- Nunca más volveré a sentir la suave brisa cálida al amparo de un árbol. Ni una caricia, nada. Solo me queda esta soledad y tristeza ¿Por qué me hiciste esto? – se preguntó nuevamente, mientras acechaba en la oscuridad buscando su alimento.

Decidieron radicarse definitivamente en Ginebra y Marcus les ayudó a tener nuevas identidades – Corine y Karl Perret - así como un nuevo hogar.

Candy tuvo que dejar la enfermería por su condición.

Mandaron a construir una pequeña casa, la que acondicionaron con todo lo que necesitaban y el suizo les proveyó de personal de confianza para que les ayudara durante el día.

Candy evitaba enterarse de las noticias que ocurrían en América, concretamente a los Estados Unidos, no quería ver ninguna noticia que concerniera a Terry, pero aquel día, pareciera que todo estaba dispuesto para que ella se diera cuenta de tan triste hecho, la pagina en aquel diario se hallaba doblada precisamente donde estaba la noticia.

Con manos temblorosas lo levantó y comenzó a leer. Conforme lo hacía, en su rostro se podía observar una triste expresión, por lo cual, no pudo reprimir un agónico sollozo, al enterarse de que Terry había perecido en un incendio, a causa de su enorme depresión, después de haber perdido a su esposa y a su suegra en un horrible asesinato, que nunca se resolvió.

Se preguntaba qué había sucedido con su hijo.

Su vida y su actitud se habían vuelto más sombrías que nunca.

- ¡Oh, cielos! ¡Terry ha…! ¡Muerto! – sus piernas parecían no poder sostenerla más y se dejó caer lentamente – Terry muerto… - su voz se quebró – Jamás… jamás volveré a verlo. Ni siquiera puedo morir para encontrarlo en otro lugar… ¡Terry! Y yo... convertida en esto – había estrujado con fuerza el periódico con la funesta noticia. Lágrimas negras eran derramadas por sus mejillas.

Lloró, lloró con todo su dolor, su llanto no era silencioso, no podía serlo, el saber que no lo volvería a ver jamás le ocasionaba el peor de los sufrimientos, de repente sus lágrimas las limpió con enojo, abrió sus ojos en los que se reflejó un odio

- ¡Maldita sea, Albert, no sabes lo que has originado, eres un desgraciado! ¡Oh, Terry perdóname, donde quiera que te encuentres! – volvió su mirada al negro cielo, mientras lloraba desgarradoramente en la soledad de su cuarto - ¿Por qué, por qué? ¡No era justo! – se sintió por un instante, al borde de la desesperación.


Albert supo del dolor que le había causado esa noticia, y que acabó por aislar aún más el de por sí muerto corazón de la joven.

El rubio optó por ignorar los sentimientos que ella albergaba.

La tenía para sí y era lo único que le importaba en el mundo, a pesar de que jamás volvieran a tener otro encuentro íntimo, situación que le había dejado bastante dolido, puesto que el actor siempre seguiría en su mente. Había intentado persuadirla, sin resultados positivos. Por ende, se volvió aún mucho más posesivo con ella. Si él no la tenía, no permitiría que nadie más lo hiciera.

Candy siguió mintiéndole con sus atenciones e interés forzado.

Terry siempre seguiría presente en la mente de la rubia.

Nunca intentaron regresar a América, hasta no haber superado todos los dolorosos recuerdos que les evocaba el lugar.

Con el transcurso de los años mientras eran testigos de nuevos cambios, la pareja aprovechó para viajar por Europa, después de que se había llevado a cabo el plan Marshall para su reconstrucción, al término de la segunda guerra mundial. Visitaron tierras lejanas como Asia y Medio Oriente e hicieron algunas incursiones en África, con reservas.

Evitaban toparse con otros seres como ellos, sin embargo, después se enteraron que una acaudalada familia italiana poseía medios de transporte exclusivamente para vampiros[9], así que no dudaron en sacar provecho de lo que eso les ofrecía.

Fueron testigos de los avances tecnológicos así como la evolución de la propia sociedad. Modas, tendencias, filosofías, culturas eran motivo de asombro por parte de ellos. Los dos vivieron y vistieron conforme dictaban los lineamientos de cada década. Cuando Candy vio salir a las nuevas estrellas del cine hollywoodense, no dudó en dedicar un momento a Terry y lo que hubiese sucedido si el cine hubiera estado en su época.

Actualmente, seguían establecidos en Ginebra, en uno de los barrios más exclusivos de la ciudad.

Ella se había dedicado a permanecer en su casa o dar pequeños paseos por el lugar.

A veces iban a visitar a Marcus, otra se dedicaban a viajar por toda Europa, siempre y cuando se lo permitían las ocupaciones de Albert, o se quedaba a investigar en la red sobre cuanto tema se le atravesara por la mente en ese momento.

No había hecho amigos, por su naturaleza, sin embargo, mantenía una breve amistad con una joven humana que había conocido en un parque, mientras ella caminaba por ahí, pensando como siempre, en él.

La chica estaba llorando en una de las bancas y no se había dado cuenta que la rubia le observaba. Pegó un brinco al escuchar su voz y ver que tenía tiempo ahí, observándola:

- Disculpa, no quise importunarte. Me pareció ver que llorabas. Me llamo Corine – Candy intentó con todas sus fuerzas ser sincera y transmitió confianza a la muchacha. Su voz sonaba dulce.

- No te sentí llegar, disculpa mi reacción. Me llamo Loretta Ushakoba – le estrechó la mano, mientras se estremecía al sentir su contacto frío. Sin embargo, se percató que su expresión era sincera.

- Si te ha molestado mi presencia me retiro. No quiero molestarte – la rubia hizo ademán de seguir con su camino, pero la voz de la joven la detuvo.

- No, está bien. Eres una mujer sincera. Puedo sentirlo – la invitó a sentarse a su lado.

- No sufras. Cualquiera que haya sido el problema, debes superarlo. La vida sigue y nosotros con ella. Espero puedas sonreír pronto; eres muy linda – su acompañante sonrió tímidamente.

- Gracias. ¿Eres de aquí? Siento un ligero acento inglés a pesar de que hables alemán – le preguntó mientras la rubia sonreía.

- Sí. Originalmente vivía en Chicago y después me vine a establecer con mi esposo a Suiza, por negocios que tiene aquí. Ya tenemos varios años y he podido aprender a hablar en alemán – vio que la joven fruncía el seño confusa. Candy había manejado todo este tiempo la versión de que Albert y ella estaban casados.

- ¿Años? ¿pues cuál es tu edad?, te ves muy jovencita – Candy olvidó rectificar la información de su vida. Seguía tan confiada en los demás como siempre.

- Gracias por tu cumplido. En realidad soy un poco más grande de lo que imaginas, pero creo que no es el punto ahora. ¿Te puedo ayudar en algo? – la rubia comenzó a ordenarle mentalmente que olvidara esa referencia. La chica comenzó a contarle su desgracia y la ojiverde le escuchó con mucha atención.

Le dio buenos consejos, compartieron un poco más de sus vidas y Candy se enteró que su nueva amiga estudiaba en la universidad de Ginebra letras alemanas y que vivía sola, porque sus padres se habían regresado a su país de origen: Lituania.

La joven tampoco tenía muchos amigos y aunque en un principio se preguntaba por qué se veían en las noches, se hizo a la idea de que la chica probablemente tendría muchas que hacer por el día. Así inició una bonita amistad, basada en encuentros esporádicos. Su amiga nunca conoció a Albert, so pretexto de sus múltiples viajes de negocios.

Después de ese encuentro, sabía que la chica sufría por el rechazo de un joven que amaba desde hacía tiempo, pero nunca supo de sus sentimientos hacia él. Era un amor imposible, a pesar de convivir con él todo el tiempo. Candy le había ayudado a superarlo y aprovechaban cualquier momento para verse en el mismo lugar, mientras conversaban.

La chica se había sincerado con ella y le había comentado que hacía tiempo ella se había enamorado de un inglés, al igual que Loretta, pero con la diferencia de que siempre las circunstancias les habían hecho una mala jugada. Loretta se había quedado en silencio cuando Candy le había contado que el joven había fallecido. La rubia no entró en detalles de nombres y fechas.

- Has logrado amar a otro hombre, porque estás casada actualmente – inquirió su única amiga. Notó que la rubia se incomodó.

- Sí… es un hombre… maravilloso… - Candy lo dijo con una seriedad en sus ojos, pero trató de sonreír a su nueva amiga para que ésta no pensara otra cosa - A pesar de saber esa parte de mi pasado, me aceptó tal cual, y aunque en un principio no sentía más que cariño por él, creo que le he llegado a querer demasiado – mintió. Loretta se dio cuenta, pero no quiso decir nada en ese momento.

- Espero poder conocer a alguien igual de maravilloso – su mirada se tornó soñadora, mientras Candy la veía con mucha ternura.

- Ya verás que sí. Llegará en el momento que menos te imagines – le comentó sin creerlo ella misma.

Albert en un principio se opuso a que tuviese una amistad con ella, sin embargo, comprendió que Candy tenía derecho a distraerse. Además, no se veían muy seguido, así que no le causaba muchos problemas. Se quedó tranquilo sabiendo que era una mujer, puesto que no aceptaba la idea de que otro hombre posara sus ojos en ella, o peor aún, llamara la atención de la ojiverde. La vigilaba seguido y no permitía que saliera de viaje sola, no sin él. Candy ya comenzaba a sentirse prisionera de su antiguo benefactor. Intuía que algo escondía, pero ya se enteraría después que era lo que ocultaba.

Cierta noche en que Candy y su amiga platicaban, la rubia le confesó que su esposo la celaba mucho y sentía la enorme necesidad de escapar.

Necesitaba un consejo:

- Corine, ¿acaso no lo quieres? – preguntó intrigada su amiga mientras fumaba un cigarro. Hacía tiempo que a Candy ya no le molestaba eso. No sentía olores ni sabores, aunque le recordaba constantemente que le hacía daño. Loretta solo reía.

- Estoy cansada de que me vigile. No sé qué ha sucedido con él. No es el mismo de antes. Hace poco regresó de un viaje a Estados Unidos y se puso peor. Yo... siento… que me ahogo – su expresión era de hartazgo.

- La verdad, me di cuenta desde antes que no estabas a gusto con él. Creo que debes ser sincera y decírselo – le confesó también mientras terminaba su cigarro. Vio que la expresión de la rubia se tornaba temerosa.

- No quisiera ni imaginar lo que sucedería si se lo digo. Sabes, le tengo miedo – le confió con sinceridad.

- Quiero que sepas que cuentas conmigo para lo que necesites. No es justo que pases tu vida al lado de un hombre que no confía en ti y más aún, te haga sentir a disgusto – su propuesta le hizo pensar en huir.

- Ojala lo pueda hacer pronto – sabía que le tendría que idear un buen plan para salir sin que el rubio se diese cuenta.

Se despidieron con un gran abrazo de solidaridad, mientras Candy comenzaba a sentir que una sensación de coraje salía a la superficie.

Ya no aguantaba su presencia.

Tenía que preparar bien los pasos a seguir para poder escapar de Suiza. Ni siquiera Marcus lo sabría.


Terry y Nikolas se encontraban una noche en la lujosa oficina de Alyssa, en Nueva York.

Acababan de promocionar una exhibición de pinturas que habían logrado obtener de algunos jóvenes que estudiaban becados en una escuela de arte de Los Ángeles.

En su mayoría eran chicos pobres, pero con un enorme talento para plasmar sus ideas en el lienzo. La fundación de ambos actores había llegado a varias ciudades de los Estados Unidos, para otorgar becas artísticas a quienes las necesitasen. La idea había sido del ojiazul.

Durante un viaje que habían hecho a Los Ángeles, el inglés había conocido a un joven de la calle que vendía pinturas para poder subsistir. Se había adentrado en un suburbio marginal y mientras buscaba su acostumbrado alimento, se lo había topado. Vestía ropas raídas y la desesperación salía por sus ojos.

Terry sonrió al ver las pinturas que le mostraba para vender. Eran de varios paisajes pintorescos, y estaban magistralmente trazados sobre el cartoncillo. Le habían encantado los colores y las formas.

El chico era de origen mexicano y estaba de ilegal en el país.

Le dio su tarjeta para que le visitara. Posteriormente, el muchacho había podido entrar a una escuela de pintura, gracias a una de las becas que el inglés le había otorgado. Una de sus pinturas había formado parte de esa última exposición que venían de montar.

Había sido un éxito total.

- Siempre es un gusto ver a los viejos amigos – les había comentado Ethan.

- Supe que les fue bien con la exposición que presentaron en Los Ángeles – dijo Alyssa, mientras tomaba coquetamente la fina copa de vino y la llevaba a sus labios. Era una mujer exuberante. Sostenía la mano del detective.

- Así es. Realmente tenemos mucho talento desperdiciado. La fundación ha rendido buenos frutos – Nikolas permanecía tan serio como siempre.

- Ya lo creo. La verdad, estos chicos pintan muy bien. Lástima que no tengan acceso desde pequeños al arte. Imaginen las grandiosas obras que harían a esta edad – comentó el inglés mientras su mente se perdía en un sinfín de recuerdos. Ella nunca salía de ahí.

- ¿Y piensan seguir con más exposiciones? – Alyssa veía fijamente al actor. Conocía parte de su historia, a pesar de su hermética personalidad.

- Por ahora descansaremos un momento. Personalmente planeo viajar hacia Europa, para ver unos asuntos. No sé que tenga planeado Terry – Nikolas volteó a ver a su amigo.

- Desconozco aún qué es lo que haré. Quizá viaje también – respondió de forma vaga. Sus amigos intuyeron que estaba en uno de sus tantos días de melancolía.

- Creo que está bien por ahora, chicos. Debemos retirarnos. Nos veremos más adelante, cuando se encuentren de mejor ánimo – le dirigió una significativa mirada al inglés.

- Lo siento mucho. Me retiro – Terry se despidió rápidamente de sus amigos y salió del lugar.

Los demás solo asintieron y Nikolas no hizo el gesto de alcanzarle. Sabía bien porque estaba así. Otro arranque de nostalgia le había llegado y necesitaba desahogarse.

Terry salió a la calle y se perdió entre la gente.

Necesitaba caminar, despejarse, estar solo en algún lugar para poder dar rienda suelta a ese dolor que volvía, como tantas veces, a inundar su pecho. Se dirigió hacia el Central Park. Ahí podría encontrar un momento de soledad, y no dudaría en deshacerse de alguna que otra molesta compañía.

Se quedó en un claro mientras se recargaba en un árbol.

Observaba el reflejo de la luna en el agua mientras sacaba su armónica y la tocaba. Cerró sus ojos un momento y se quedó en estado de profunda reflexión. De pronto, se sintió observado.

Abrió los ojos y la vio sentada cerca de donde se encontraba.

Era una bella aparición.

La joven sonreía divertida mientras le miraba con curiosidad.

Su cabello del color de la caoba, largo hasta los hombros y adornado por una trenza que atravesaba su cabeza, se movía dulcemente al compás del aire. Iba ataviada con un sencillo vestido negro que le llegaba a los tobillos. Sus ojos grises se clavaron en él. No parecía tener más allá de veinte años, pero sabía que en ese mundo tenebroso, las apariencias engañaban.

Terry pudo sentir que era humana, sin embargo, notó algo diferente al común del resto de los mortales. Su aura era brillante, lo que le hizo deducir la personalidad de su sorpresiva compañía: magia.

- ¿Quién eres? – preguntó asombrado Terry. Nunca le había sentido llegar.

- ¿Por qué estás triste? – le preguntó con infinita dulzura. Su voz era melodiosa.

- No estoy triste. Solo pensaba en... cosas que no te atañen – le contestó serio.

- No me engañas. Estás lleno de dolor y tristeza. Seguramente es por una mujer – la chica se paró de espaldas a él. El viento hacía ondular su vestido largo.

- ¿Qué buscas? ¡No estoy de humor para estúpidas bromas! – Terry se incorporó y le contestó de manera agresiva. Quiso alcanzar rápidamente a la chica y esta desapareció.

- ¡Diablos! Es imposible que esa mortal haya podido huir antes de que la alcanzara – volteó hacia su alrededor. La voz le llegó detrás.

- No debes de perder la esperanza. El destino, aunque a veces sea cruel, suele tener sus recompensas – la chica estaba en una de las ramas del árbol donde el inglés se encontraba sentado momentos antes de que llegara.

- ¿Qué eres? Es la última vez que te lo pregunto – Terry estaba molesto y la miraba desafiante.

La jovencita saltó del árbol y se aproximó hacia él. Terry no hizo movimiento alguno para no provocar que se fuera de nuevo.

Ella habló:

- Vengo de un lugar lleno de magia y espiritualidad. Eres un no muerto, por lo tanto, puedes sentir mi aura. Seguramente has escuchado hablar de los artesanos de la realidad[10] – le dijo enigmáticamente, mientras su mirada se perdía en el horizonte.

- En efecto, he podido sentir tu aura. Sin embargo, es la primera vez que conozco... un personaje tan peculiar – el actor se volvió a sentar conminándola a hacer lo mismo. Se encontraba más sereno.

- Sí, tenemos la habilidad de alterar la realidad, aunque no siempre podemos hacerlo. Los efectos de la incredulidad son mortales para nosotros. No desconfíes, puesto que no te haré daño – le explicó mientras sonreía sinceramente. Terry sintió que la chica no quería compartir lo qué hacía. No insistió.

- Pues de haberlo querido ya lo hubieras hecho ¿no?, puedo sentir la naturaleza de tus intenciones – le respondió mientras la observaba detenidamente.

- Mejor cambiemos de tema. Nunca te había visto por aquí. ¿Eres nuevo? – la chica se había sentado con las piernas cruzadas y pasó sus manos por sus rodillas. Le puso atención. Se veía inofensiva.

- Esporádicamente visito Nueva York. No vivo en esta ciudad, andaba de paso, y quise venir a caminar. Quería estar solo, pero cierta "chica entrometida y misteriosa" tuvo que aparecer para molestarme – le explicó con cierto tono de burla y enojo.

- Oye, este es mi lugar favorito y nunca te había visto aquí. Más bien el entrometido eres tú, ¿no crees? – sus ojos brillaron levemente.

- ¿Por qué me hablaste del destino? – le cuestionó un poco curioso.

- Porque sé que sufres. Tu mirada es transparente. No todo es oscuro y negativo, bueno, aunque en tu condición es un poco complejo de entender. Imagino lo difícil que ha de ser caminar a través de la inmortalidad, pero aún así, habrán cosas positivas por venir – le dijo mientras miraba hacia el frente. No notó la sonrisa irónica de su interlocutor.

- No imaginas lo deprimente que es vivir en la oscuridad, no me vengas con que puedes entenderlo, ¿acaso también ves el futuro, eres una pitonisa? – Terry fue mordaz e irónico en su comentario y una expresión de amargura se dibujó en su semblante.

- Eres un burlón. No responderé a tus preguntas. Sin embargo, no todo está perdido. Me dio gusto conocerte... - le extendió su cálida mano después de incorporarse súbitamente. El actor dejó de insistir.

- Terrence y tú eres... – la analizó profundamente.

- Mi nombre es Aisha. Te dejo – la chica caminó hacia los árboles cuando el actor volvió a preguntar:

- ¿Nos volveremos a ver? – le había dejado intrigado.

- Cuando la tristeza te invada de nuevo, ahí estaré... si quieres – la chica se alejó hacia la oscuridad de los árboles y desapareció.

Terry se quedó confundido con semejante joven.

Nunca se había topado con seres que pudieran moldear la realidad. Aunque finalmente, si él era un no muerto cuyo alimento era la sangre, era entendible que hubiese otros personajes igual de inquietantes y perturbadores.

Se quedó pensativo y decidió no decirle nada a Nikolas por ahora.

La chica le había dejado una extraña sensación:

- Qué personaje tan raro ¿Qué más sorpresas nos tiene deparadas este mundo? Ha sido tan difícil seguir atado a esta oscuridad... mientras ella, se ha convertido en un ángel... – su nostalgia regresó y tomó su camino de regreso. Decidió quedarse en Nueva York, en el único hotel acondicionado para seres nocturnos como él.

Se sumió en el letargo, mientras el recuerdo de la pecosa inundaba sus sueños.


[1] Historia ambientada en el juego de rol Vampiro La Mascarada y Mago: La Ascensión, Mundo de Tinieblas

[2] Idem

[3] Idem.

[4] Idem

[5] Se refiere a los vampiros creados por otro. Vampiro La mascarada, Mundo de Tinieblas

[6] También llamados «"ghouls", Vampiro La Mascarada, Mundo de Tinieblas.

[7] Idem

[8] Idem

[9] Idem

[10] Mago : La Ascensión, Mundo de Tinieblas