Ya no os hago sufrir más =). 55 páginas después, para que os entretengáis un rato =).
NOTA: Aunque en el fic se explica los motivos, los chicos y las chicas llevan sin verse 1 més tras la detención de Toneri y que llegara la prensa.
ºNunca te enamores de esas hermanasº
10
Besos, caricias, verdades y mentiras
Caminar y adelantar el paso. Sin detenerse, aunque el corazón me esté sangrando.
Un mes después Matsuri sentía que quería morirse de los nervios. Caminaba sin cesar frente a la puerta del juzgado número ocho. El guardia de seguridad ya se había cansado de advertirla y mirarla severamente, para dedicar su atención a otras personas. Ella sopesaba que a ese paso sería capaz de hacer un surco en el suelo solo con sus pies.
Temblaba y sentía que hacía calor o frío en momentos intermitentes.
Ninguna de sus hermanas salió para tranquilizarla. Ellas mismas estaban nerviosas y sabían que no podrían hacer más por ella.
Su padre le había preguntado diversas veces si estaba capacitada para declarar. Ella lo afirmó, convencida de que no sería tan grave, pero cuando llegó al lugar, el mundo le pareció inmenso, alargado como si ella estuviera encogiéndose a pasos agigantados.
—No puedo hacerlo —se dijo a sí misma al final—. He tenido un mes para prepararme y no está funcionando como debería. En mi cabeza no era así.
—Pues haz que sea como en tu cabeza.
Dio un respingo al escuchar la voz, volviéndose. Su boca se abrió por la sorpresa.
Gaara Uchiha estaba sentado en el banco junto a ella, en traje. ¡Traje! Le sentaba de maravilla. Con el cabello revuelto (1), la camisa y la corbata. ¡Era como el príncipe azul! Pero sin el azul, claro.
Matsuri se acercó a él, sentándose a su lado tan cerca que él tuvo que cambiar de postura.
—¿Qué haces aquí? —preguntó—. ¡Hace un mes que no nos veíamos! ¿Cómo está tu salud? ¿Has leído los libros que te dejé? Ay, qué tonta. Seguro que sí. Eran muy cortitos.
Cosa que realmente fue muy molesta. Matsuri habría querido colarse en su ventana, dejarle libros, ver cómo estaba, esperar que se metiera con ella de alguna forma. Pero fue imposible. Sus hermanas y ella tuvieron que estar casi encerradas en su casa para evitar la prensa. Era agobiante. A ellas las perseguían por todas partes. Su padre apenas podía controlarla y estudiar con gente que te persigue, observa o toma fotografías sin pedir permiso, fue muy agobiante.
Su padre impuso toque de queda y, por supuesto, alejarse de los muchachos hasta nueva orden. La explicación más clara fue la de no inmiscuirlos en sus problemas. Su padre encontraba de mala educación que por su causa la prensa decidiera perseguirles y exponerlos como si fueran la nueva diversión del mundo.
Así que, que estuviera ahí, era sorprendente.
Gaara esperó a que ella terminara de soltar tantas preguntas, estudiándola con la mirada.
—Mis hermanos y yo somos testigos de parte de lo que ocurrió —explicó señalando con la barbilla en dirección a la entrada.
Matsuri siguió la seña, sorprendiéndose al ver a todos allí, rodeando a su padre, la abogada que les llevaba el caso y Hinata. Al igual que Gaara, sus hermanos llevaban trajes y casi no parecían ellos mismos.
—Estáis todos increíbles —halagó sin pensarlo. Se acurrucó contra la pared, cruzándose de brazos—. Una lástima que yo no vaya a hacerlo bien.
Gaara extendió su mano y para su sorpresa, tomó una de las suyas. Matsuri sintió que el corazón y el cuerpo se le calentaban de alguna forma inesperada. Sentía el rubor en sus mejillas y cuando le miró, Gaara se mantenía inclinado, estudiando sus manos unidas.
—Entonces habla conmigo —dijo al final—. Si te cuesta hablar con los demás o crees que van a comerte, mírame y cuéntamelo todo. Como si estuviéramos solos en la sala.
Entonces la miró, firme y seguro. Y ella sintió que sí que podría comerse el mundo de ese modo.
Cuando el guardia de seguridad les invitó a entrar, fue un caos de gente adentrándose en la sala. Los chicos se unieron a ellos y sus hermanas, también perplejas, los miraron como si acabaran de conocerlos.
El primero en entrar fue Itachi, sentándose al final de un banco que sólo ocuparían ellos porque nadie más sería capaz de entrar en él.
Se percató que, al pasar, Shikamaru posó su mano en el hombro de Temari, quien alzó su mano sana para devolverle el apretón en ella. Temari salió del hospital dos días antes y ahora, ocupaba una silla de ruedas que odiaba en todo momento. Pero fue agradable, de alguna forma, ver ese gesto entre su hermana y él.
—Matsuri —nombró Izumi alentándola a acercarse a ella.
Matsuri obedeció y buscó con la mirada a Gaara, quien se sentó entre los muchachos y asintió al notar que le observaba. Sintió una mano en su cabeza cuando se sentó y al volverse, se percató de que era Itachi. Se inclinó entre ella y Izumi.
—Matsuri —nombró—. Será duro, pero piensa que lo que te hicieron podrían llegar a hacérselo a otra chica. A otra de tus hermanas. Sé egoísta.
Izumi le acarició la mejilla cuando él se alejó, sonriéndola. Podía notar que estaba tensa.
Volvió la vista en dirección al estrado. Su padre y hermana estaban sentados en una de las mesas junto a su abogada. En otra, otro abogado y, a su lado, Toneri y los tres hombres acusados. Reconocía a dos de ellos. Al tercero lo odiaba más que a los otros dos.
—Ese hombre fue el que atropelló a Temari —siseó. Ino le puso una mano sobre la de ella para tranquilizarla.
—Matsuri —nombró Temari—. Estoy bien. ¿Vale?
Asintió.
Cuando finalmente pudo ver a Temari lloró, se culpó, se abrazó a ella. Durmió con ella. Habló tanto que temía que su hermana estallara de impaciencia. Pero Temari se abrazó a ella también y fue maravilloso tenerla de vuelta.
Aunque ahora no cesaba de quejarse por sentirse un mueble viejo debido a la silla de ruedas.
—Empezaremos con la vista —anunció el juez.
Matsuri no pudo evitar evadirse un poco mientras el juez hablaba y hablaba. Observaba a los dos abogados exponer el caso y el hombre atendía con cautela las explicaciones de todos. Matsuri se tomó un momento para observar a Toneri. No sonreía. El traje naranja de preso le quedaba fatal. Su cabeza parecía estar en cualquier parte pese a que miraba a su padre con odio y su boca se movía en susurros que no alcanzaba a comprender.
Alguien le dio unas palmadas en el hombro.
—Matsuri, has de salir a declarar —informó Ino ayudándola a levantarse.
Lo hizo, con cierto temor. Buscó la mirada de Gaara, quien asintió y se inclinó hacia delante, demostrando así que estaba dispuesto a escucharla. Sonrió levemente y tras apretar la mano de su padre e inclinar la cabeza hacia Hinata, subió al estrado.
—Por favor, dinos tu nombre, edad y profesión —demandó el juez.
Matsuri tragó.
—Soy Matsuri Hatake, estudiante. Tengo dieciséis años, cumpliré los diecisiete dentro de poco.
—Una menor —confirmó el Juez clavando la mirada en los acusados—. ¿Conoces a estos tres hombres?
—Así es, señor —confirmó, nerviosa.
—¿Podrías decirnos por qué o cómo los conociste? —preguntó la abogada de su padre.
Matsuri asintió y buscó con la mirada a Gaara. Éste continuaba en la misma postura, muy atento a ella. Tomó aire.
—El hombre junto al abogado es el ex prometido de mi hermana mayor, Hinata. Los otros tres hombres los recuerdo bien. Dos de ellos intentaron secuestrarme cuando iba de camino a clases en un coche de color vainilla.
—¿Acaso no llevaban pasamontañas? —preguntó el abogado defensor.
—Uno de ellos sí —reflexionó asustada. ¿Sería bueno que lo confirmara? —. Sin embargo, se lo quitó cuando su compañero fue detenido. Después, intentó entrar en mi casa saltando la valla. El tercer hombre… —apretó los labios, nerviosa—. Intentó atropellarme y en su error, atropelló a mi hermana mayor.
—¿Tienes conocimiento de que estos hombres trabajaran para mí acusado? —Preguntó una vez el abogado.
—Protesto —defendió la abogada de su padre—. Es una niña que no debería de ser inmiscuida en un asunto como la vida privada de su hermana y, desde luego, está lo suficientemente asustada como para que esa pregunta sugestione sus respuestas a crear una mentira a favor de un asunto que no incluye a la niña. Ya se ha confirmado gracias a las pruebas, además, que los tres acusados trabajaban para su cliente.
—Se acepta la protesta —aceptó el juez. Se volvió de nuevo a ella—. ¿Puedes relatarnos cómo sucedió todo?
Matsuri asintió y volvió a buscar la mirada de Gaara. Concentrándose en ella, relató lo que ocurrió. No pudo ocultar las lágrimas o evitar temblar, pero hablar de esa forma, expresar cómo fue o se sentía, la ayudó.
Cuando terminó, se sintió vacía, más ligera. Él inclinó la cabeza y sonrió levemente.
—Puede retirarse —ordenó el juez.
Matsuri casi voló de nuevo a su asiento. Dejándose abrazar por el resto y mimar un poco, echó la mano hacia atrás. Gaara le dio un apretón y después, se cruzó de brazos con tranquilidad.
El juicio, por supuesto, no terminó ahí con su declaración. Menos Ino, Izumi y Sakura, los demás tuvieron que subir a declarar.
Después de ella, Shikamaru fue llamado al estrado. Para su sorpresa, el hombre caminó con una tranquilidad pasmosa y se sentó en su lugar.
—Su nombre, edad y profesión, caballero.
Por supuesto, el tono amable y la calma demostrada con ella no era ejercida en adultos.
—Shikamaru Uchiha, Veinticinco años, desempleado.
El juez apuntó sus datos antes de continuar.
—Fue usted quien protegió a Matsuri Hatake de ser secuestrada. ¿Es correcto?
—Lo es —confirmó—. Fue casualidad que estuviera cerca de ella.
En realidad, ellos sabían que no era cierto. Si Itachi no hubiera insistido en que Shikamaru fuera con ella… Tragó, nerviosa ante la idea. No quería ni pensarlo.
—¿Qué ocurrió?
—Escuché el sonido de un frenazo sospechoso. Cuando me volví, noté que algo extraño estaba sucediendo. Me percaté de que se trataba de mi vecina y actué sin pensar. Atrapé a uno de los hombres y llamé a un policía amigo de la familia para que nos ayudase.
—¡Eso es mentira! —gritó uno de los secuestradores. Matsuri dio un respingo al escucharle.
Shikamaru, sin embargo, permaneció impertérrito.
El juez demandó el historial y tras echarle un vistazo, miró al acusado.
—Según el informe del hombre que le detuvo, este muchacho no está mintiendo, así que abstenerse de mentiras incompetentes en mi juicio, señor. Continúe, señor Uchiha.
—Después de eso regresamos a casa y el encargado de la detección, vino a tomarme declaración. Casualmente, descubrimos que otro hombre estaba intentando entrar en casa de los vecinos. Mi hermano actuó y después, fue detenido.
El juez asintió.
—La declaración coincide con el informe del señor Kakuzu. Puede retirarse.
Shikamaru se levantó y tras hacer una inclinación, se dirigió de nuevo a su puesto. Gaara fue llamado al estrado.
—Gaara Uchiha, veinticuatro años, sin empleo.
Matsuri se mordió el labio inferior. Veinticuatro años. Ocho años de diferencia. Se sonrojó sin poderlo evitar. No era una edad imposible. Su padre había demostrado claramente que había mucho tiempo para el amor, aunque fuera de un modo catastrófico, claro. Solo necesitaba cumplir los diecisiete a fin de año y después, un año más.
Claro que eso no era algo que debería de estar pensando en ese momento.
Se golpeó las mejillas y aunque Ino y Izumi la miraron con cejas alzadas, no respondió sus silenciosas preguntas. Se fijó en Gaara. En lo guapo que estaba. En su voz.
—Logré atrapar a Matsuri antes de que fuera atropellada. Temari por desgracia, no tuvo la misma suerte.
—¿Pudo ver al hombre que conducía? —preguntó la abogada de Hatake.
—Sí.
—¿Es uno de los acusados?
—Así es —indicó y señaló al hombre correcto.
—Un momento —interrumpió el abogado defensor—. ¿Es cierto que consume droga, señor?
—¿Disculpe? —exclamó la abogada de su padre. Matsuri dio un respingo, mirando hacia atrás.
Itachi se llevó un dedo a los labios, tranquilo.
—Tengo información de que este caballero es una persona enferma, cuya consumición de medicina, aunque legal, llega al punto de convertirse en una droga que provoca como efectos secundarios una visión no clara, sueño y pérdidas de memoria.
Entregó una ficha al juez, que la leyó con la misma atención que los demás que llegaron a sus manos.
—Ya veo. ¿Estaba usted bajo esos efectos? —preguntó.
Gaara pareció incómodo.
—Depende de esa medicina para sobrevivir, señor —intervino la abogada—. Y hacía poco que salió del hospital en ese suceso.
—Entonces, su declaración no puede ser tomada como verídica, ya que estaba bajo esos efectos —recalcó el abogado defensor—. Una sombra misma podría haberle parecido mi acusado perfectamente. Hasta uno de sus hermanos.
—Sé bien lo que vi—recalcó Gaara.
—Lo lamento —aceptó el juez—. Pero dado su historial médico y las causas que generan su medicación y la gravedad de sus efectos secundarios, no puedo tomar como válida su declaración.
La abogada de su padre chasqueó la lengua, sentándose. Gaara abandonó el estrado, pálido y se sentó. Matsuri se levantó justo antes de que Izumi tirase de ella hacia atrás.
—Es injusto —sollozó.
—Lo sé, corazón —aceptó Izumi abrazándola—. Lo sé…
Izumi temblaba. Sus ojos miraban con odio a los tres hombres y al abogado, que parecía satisfecho de haber logrado, al fin, algo a su favor. Hinata las miró y con una ternura amable, les sonrió. Matsuri bajó la mirada, sintiéndose culpable.
—Temari Hatake —llamó el juez—. ¿Está en condiciones de declarar?
—Sí —respondió ella firmemente.
El juez asintió y tras indicárselo con un gesto, el guardia de seguridad la subió al estrado. Temari permaneció en la silla y fue gratificante que el jurado estuviera interesado en su situación.
—Preséntese, por favor —demandó el Juez.
—Temari Hatake, veintiséis años, cocinera.
—¿Es su profesión? —preguntó el hombre.
—Ahora mismo no —negó.
El hombre asintió y escribió para después inclinarse con atención.
—Abogada, es su turno de exponer la situación.
La mujer asintió y se levantó.
—Temari Hatake no solo es la hermana de Hinata Hatake e hija del señor Hatake. Es una testigo vital que confirma los abusos que el acusado ocasionó sobre su hermana. Así como también una víctima a manos del complot entre los cuatro acusados. La gravedad de sus lesiones puede leerla en este informe señor.
El hombre lo aceptó.
—¿Vio usted al conductor?
—No claramente —confesó—. Estaba más preocupada por mi hermana pequeña, como puede comprender. Sentí el golpe y… luego fue todo oscuridad. No recuerdo nada más hasta despertarme en el hospital.
—¿Y qué puede decir del acusado principal?
Temari asintió.
—Mi hermana y él estaban prometidos. Empecé a notar que algo no iba bien entre ellos, especialmente, después del accidente en que casi muere mi hermana. La arrastró fuera de la habitación ignorando sus deseos. La siguiente vez, mi hermana regresó a casa con un ojo hinchado por un golpe que, casualmente, fue sin querer.
—¿Lo denunció?
—Desgraciadamente, no —negó afligida—. Pero… ¿Cuántas mujeres hay que no denuncian por temor o confusión? Que él fuera inteligente y usara la psicología dañina para herir más que los golpes, no es ningún secreto.
—No hay ningún tipo de prueba de eso —protestó el abogado defensor.
La abogada de su padre se levantó enseguida.
—Las tenemos.
Toneri se tensó. Pasó de ser solo un espectador a ser realmente el ser malvado que era mientras observaba a la abogada entregar una hoja junto a un pendrive al juez. El hombre se entretuvo en leerlo, manteniendo a todos en silencio. Al finalizar, asintió.
—Pruebas aceptadas.
—No son…
—He dicho, pruebas aceptadas —cortó el juez firmemente—. Pongan esto en audio —ordenó.
La sala volvió a quedar en silencio hasta que las voces de Hinata y Toneri llenaron la sala. Mientras sus cuerpos mantenían la boca cerrada, sus voces escapaban de los altavoces. Matsuri solo conocía por encima la situación entre ellos, así que las conversaciones la estremecieron. Se acurrucó sobre Izumi y permitió que esta le cubriera los oídos disimuladamente. Se percató de que Naruto, que se mantenía entre Itachi y Gaara, sacudía las piernas, manteniendo las manos cerradas en puños.
Las conversaciones fueron cambiando de momento. Incluso se escuchó la voz de Naruto en una de ellas.
—¿Quién es ese hombre? —se interesó el juez.
—Naruto Uchiha, Señor —respondió la abogada.
—El amante de la señorita Hatake —añadió el otro abogado.
—¿Es eso cierto? —curioseó el Juez.
—No lo es, señoría —respondió la abogada—. El acusado mal interpretó la bondad del susodicho hacia mi cliente. Fue gracias a él que se salvó de morir y también la ayudó cuando él estaba forzándola a subir a su coche tal y como se puede apreciar en este audio.
El juez se tocó la barbilla, pensativo. Cruzó las manos al final y observó a Toneri con los ojos entrecerrados.
—Todas las pruebas que tengo indican que eres una persona manipuladora, cruel, sin ningún tipo de empatía por una persona a la que has amado en algún momento. Me dicen que no dudas en hacer lo que sea para tu beneficio, así que tengas que secuestrar a una menor, asesinarla, provocar que atropellen a una joven mujer y, además, tengo pruebas de que extorsionaste a una institución para que expulsara a dos jóvenes, que, sinceramente, tienen unas notas excelentes, cortando una donación que, aparte de no salir de tus bolsillos, retiraste solo para que los expulsaran. Un donativo no es para eso. Dado que el jurado ha tomado la decisión, por intento de asesinato, secuestro, difamación y un sinfín de cargos más que yo no voy a comunicarle, pues lo leerá y explicará su abogado, lo declaro culpable. Mi sentencia no es revocable así que vas a pudrirte en la cárcel, donde espero sinceramente, que tengas un buen tiempo para pensar en lo que has hecho. Y los otros tres, acompañadle en el retiro.
Toneri se puso en pie, sorprendiendo a su propio abogado. Los guardias enseguida se acercaron a él.
—¿Me permite unas palabras, señoría? —preguntó.
El juez hizo un ademán para que hablara.
—Mi sueño era colonizar la luna y hacer un nuevo lugar allí. Viviendas gratuitas, familias agradecidas, felices. Crear un mundo basado en lo mejor. Necesitaba de Hatake aquello que decidieron entregarle estúpidamente.
—Construir algo tan bonito a costa de las vidas de otra persona no es justo, señor —corrigió el Juez severo—. Llevároslo.
Toneri forcejeó con el guardia. Matsuri se puso en pie junto a las demás, ahogando un gemido de sorpresa cuando logró inclinarse sobre su padre. Kakashi Hatake retrocedió para cubrir a Hinata. Si llegó a decirle algo, ninguno logró escucharlo.
Toneri soltó una carcajada y permitió que los guardias lo arrastraran, mientras, se volvió hacia ellos. Matsuri no estaba segura del todo, pero pareciera que retara de alguna forma a los Uchiha.
—¿Hemos ganado? —preguntó cuando todo quedó en silencio.
Izumi soltó aire, abrazándola una vez más.
—Se puede decir así, sí —le dijo.
—La verdad, temía que ese tipo hubiera hecho algo —confesó Sakura—. Ha manipulado tantas cosas para su bien y nuestra desgracia, que ya no me fiaba de que tuviéramos una oportunidad.
—Yo también —apoyó Ino—. ¿Creéis que podremos acercarnos a papá?
—Mejor esperemos fuera. ¿Vale? —propuso Izumi estirando el cuello para poder ver a los demás. La gente se había levantado y empezaba a rodear a su padre y el otro abogado—. Diablos, no podré llegar hasta Temari a este paso.
—Yo iré.
Ambas se volvieron hacia Shikamaru, quien con sus largas piernas saltó entre los bancos hasta llegar a ella. Matsuri no estaba segura de qué le dijo, pero Temari asintió y hasta… ¿Le sonrió? Sí, quizás debería de empezar a prestar más atención hacia sus hermanas.
Repentinamente, sintió que alguien la atrapaba de las axilas y levantaba por encima del banco. Cuando levantó la mirada para ver quién era, se percató de que era Naruto, sonriéndole.
—¿Qué te parece si vienes con nosotros fuera? No sea que te aplasten.
Izumi los miró ansiosa.
—¿Podréis cuidarla? —preguntó.
—Sí —respondió Gaara poniéndole una mano encima de la cabeza—. Vamos.
—Gaara —nombró Izumi antes de que se alejara. Él se detuvo—. Siento lo que han dicho sobre ti y…
—No importa —descartó desinteresado
Matsuri le miró por debajo de su mano. Gaara realmente no le daba importancia. Quizás, de haber perdido el juicio, otro gallo cantaría.
Gaara, Naruto y Sasuke abandonaron la sala junto a ella, custodiándola. Y era algo divertido, si lo pensaba. Tres chicos grandes y altos y ella, pequeña y delgada entre ellos. Cuando salieron fuera de los juzgados y bajaron las escaleras, Naruto comenzó a desabrocharse la chaqueta.
—Necesito hacer deporte —protestó—. Ya.
Los demás lo ignoraron.
—¿No falta algo? —preguntó Sasuke entrecerrando los ojos mientras miraba escaleras arriba.
—¿Algo? —preguntaron Gaara y ella a la par. Matsuri se echó a reír por la sincronización, pero Gaara no. Estudió con la mirada los alrededores y entonces, pareció captar algo que a ella se le escapaba.
—Sí, es cierto.
—¿Qué ocurre? —se interesó.
Los tres hermanos se miraron entre sí.
—La prensa. No hay nada de ellos —explicó Sasuke—. Hasta hace poco os seguían por todos lados. ¿No?
—Sí —confirmó también estirando el cuello para ver mejor—. Esta mañana cuando salimos de casa tampoco estaban y hasta ayer no nos dejaban ni respirar.
Antes de que pudieran elaborar más posibilidades su padre y sus hermanas comenzaron a salir. Shikamaru, quien todavía empujaba la silla de Temari se desvió en busca de la rampa para minusválidos, pero los demás bajaron las escaleras hasta su altura. Su padre la abrazó.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó besándole la coronilla.
—Estoy bien. Mucho mejor ahora —explicó extendiendo una mano también hacia Hinata, quien se la apretó. Estaba helada—. ¿Qué tal vosotros?
—Bien. Por ahora, vayamos a casa.
Se detuvo para mirar a Itachi los demás.
—Vosotros también.
Los chicos asintieron pese a lo incómodos que parecían.
—Ey, Itachi —nombró Naruto—. ¿Puedo llevar la moto? Necesito… Ya sabes.
Itachi pareció dudar, pero le lanzó las llaves.
—Iré contigo.
Su petición sorprendió a todos. Izumi avanzó hasta ellos y besó a su padre.
—¿Estás segura? —preguntó él frunciendo el ceño—. Con ese vestido…
—Iré bien —aseguró—. Lo necesito. Pensar.
Itachi había fruncido el ceño. Caminó hacia ellos dos y tras quitarse la chaqueta, la colocó alrededor de la cintura de Izumi, quien no parecía muy satisfecha con ello, pero al final accedió. Naruto recibió una pequeña charla que bastó para que Naruto comprendiera que el paquete (2) que portaba era importante.
—¿Adónde van? —preguntó su padre al notar que los demás muchachos comenzaban a caminar en dirección opuesta—. Tenemos un coche esperando. No irán a pie.
Se miraron entre ellos. Sasuke fue el primero en caminar.
Gaara les siguió con ciertas dudas. Matsuri se sentó a su lado. Si podía aprovechar ese pequeño momento, lo haría hasta el final.
.
.
Izumi le devolvió el casco nada más bajar de la moto. Desde luego, Itachi conducía mucho mejor. Naruto era algo más temerario y más de una vez le clavó las uñas en el hombro. Buscó su bolso con la idea de ir a su casa, cambiarse el vestido por algo más cómodo, pero recordó que se lo había dado a Temari cuando pensó que ir en moto la ayudaría a esclarecer sus ideas.
—¿Quieres entrar? —preguntó Naruto al ver que dudaba en la puerta.
—Gracias —aceptó al final.
Naruto se rascó la nuca, preocupado.
—Te diré que esto ha cambiado en un mes. Sé que decías que no habías terminado de limpiar, pero…
Izumi le siguió sin comprender hasta que se detuvieron en la cocina. Era cierto que la entrada necesitaría un repaso y algo de orden, quizás el comedor, pensaba que incluso los dormitorios, pero al ver esa parte, sintió que el alma se le caía a los pies.
No es que estuviera sucio en sí. Había cacharros en el fregadero. De nuevo, una olla hervía algo extraño, pero lo peor estaba en la pared. Una mancha redonda y roja que cubría gran parte de la pintura que quedaba. Si ya le había costado sacar la grasa y todavía le dolían las uñas, no podía imaginarse que de nuevo alguien decidiera usar la pared de diana.
—¿Es tomate? —preguntó acercándose.
—Sí, salsa de tomate —respondió Naruto apesadumbrado—. Intentamos limpiarlo, pero al parecer nos liamos con los productos de limpieza y terminamos huyendo porque casi nos asfixiamos.
—Claro, hay productos de limpieza que no se pueden mezclar —recalcó—. ¿Por qué no me llamasteis por teléfono para preguntarme si dudabais de ello?
Naruto arrugó la nariz.
—Ehm… no era el momento. Además, nosotros sólo usamos el móvil para emergencias. Lo demás es usar mensajería gratuita.
Izumi se mordió el labio inferior, culpable.
—Lo siento —se disculpó pasando la mano por encima de la mancha—. ¿Cómo ocurrió? Porque es realmente sorprendente que terminara en la pared y no en un plato.
Naruto pareció dudar.
—Digamos que Sasuke tenía un mal día y se le fue de las manos.
—Vaya —murmuró suspirando—. Creo que justo a ese hermano tuyo no le caigo muy bien.
—Nadie le cae bien a Sasuke —replicó Naruto chasqueando la lengua—. Es un gruñón y cuando le llevas la contraria, enfurece que da miedo. A veces pareciera que puedas ver sus ojos brillar como rojos, como un demonio.
—Pero tuvo que ser algo bastante grave para que tirase su comida favorita. Le gusta todo lo que lleve tomates. ¿No es así?
Él pareció sopesarlo.
—La verdad es que no fue tanto como para eso. Pero imagino que estaba de mal humor. —La estudió con curiosidad—. Oye. ¿No será que te gusta Sasuke?
Izumi soltó una carcajada.
—¿Qué dices? —preguntó irónica—. Para mí es un mocoso. No podría gustarme alguien de la misma edad que mis hermanas. Sería extraño.
—Ah, pero por un año no pasaría nada. ¿Verdad? —preguntó divertido.
Izumi comprendió entonces por donde iba y lejos de poder controlarse, sus mejillas enrojecieron. Recordó que todavía llevaba la chaqueta de Itachi rodeando su cintura. Recordó como casi le había exigido que se la colocase de querer ir en la moto y ella aceptó al final, a regañadientes. Fue algo extraño llevarla, porque no podía sacarse la loca idea de que parecía ser abrazada por él.
—¿Por qué es tan difícil que un chico joven quisiera algo con una mujer más grande que ella? —preguntó repentinamente.
—¿Qué? —respondió sin comprender—. ¿A qué te refieres?
Naruto suspiró y se cruzó de brazos, pensativo. Era adorable como su rostro casi se parecía al de un zorrillo.
—Es que Hinata también dijo lo mismo. Que soy un mocoso. Que no puede verme como hombre. Y tú misma has descartado a Sasuke como si nada, al instante.
Izumi lo sopesó.
—Bueno, Hinata ahora mismo dudo que tenga corazón para otro hombre. Al menos, durante un tiempo. No creo que tenga que ver con que seas un mocoso o no. Además, solo os lleváis cuatro años. El problema es que Hinata siempre ha sido muy madura para su edad. Creo que lleva en la sangre lo de ser así —bromeó. Se acercó para acariciarle los hombros—. Naruto, si de verdad quieres ser su amigo. Tendrás que aprender a respetar su duelo.
—Ese tipo ni siquiera lo vale —protestó.
—Yo lo sé, tú lo sabes. Los demás lo sabemos. El problema es que Hinata tiene todavía que asimilar todo eso. Ella estaba enamorada de él y… —se mordió el labio inferior, tomando aire—, duele mucho cuando una persona de la que estás enamorada te rompe el corazón. Espero que nunca tengas que aprender eso, Naruto. Ojalá que no.
Naruto pareció afligido, como si sus palabras le hicieran más daño de lo que esperaba.
—¿Qué ocurre? —preguntó acariciándole maternalmente la mejilla.
—Naruto.
El muchacho dio un respingo a la par que ella. Itachi estaba en la puerta. Les estudiaba con la mirada. Se detuvo en su hermano menor.
—Todos estamos en casa de Hatake. Ves.
—Ah, sí —aceptó el pequeño Uchiha. Se volvió para sonreírle—. Gracias por el consejo, Izumi.
Izumi lo descartó con un gesto y le observó salir. Después, se fijó en Itachi. Se guardaba las llaves de la casa en el bolsillo del pantalón. No se había tomado mucho tiempo en observarle, pero estaba muy guapo de esa forma. El cabello más peinado, la corbata, el traje, los pantalones, los zapatos… Sí, muy atractivo.
Recordó la chaqueta y se la quitó de la cintura.
—Gracias por esto. Después entendí por qué querías que me la pusiera —reconoció. Él miró por un instante la chaqueta y después en su dirección—. ¿Ocurre algo?
—Un mes.
—¿Disculpa?
—Has estado un mes ignorándome completamente.
Izumi abrió la boca por la sorpresa. ¿Estaba hablando en serio?
—¿Qué? Eres consciente de que no he tenido un mes exactamente amable. ¿Verdad? —cuestionó—. Porque ha sido un mes de perros completamente. La prensa, mis hermanas histéricas, Temari en el hospital… Además, no tengo tu número de teléfono —recordó.
Él pareció recordar que era cierto ese detalle. Suspiró, aceptando la chaqueta y dejándola sobre la silla más cercana. Después, dio unos pasos hacia ella. Tan cerca, que pegó su frente contra la suya y el aliento le cosquilleó la nariz.
—Es cierto.
—Además —recordó sintiendo que se avergonzaba por el repentino latir de su corazón, no sólo en su pecho, sino que también en sus oídos—. No tengo porqué darte explicaciones ni nada. Tú mismo dijiste el último día que…
Su boca la acalló. Un beso flamante, ansioso, que la derritió hasta el punto de necesitar aferrarse a él. Se separó levemente de sus labios antes de que su lengua los acariciara y la suya propia ansiara el contacto de más. Cuando la aferró de las nalgas y la sentó sobre la mesa, sintió que el mundo podría detenerse y estaría bien.
Apretó su cintura entre sus dedos, arrastrando la camisa en ello y aprovechó el hueco para meter sus dedos y acariciar su espalda. Suave, amplia y marcada pese a su delgadez.
Cuando su nombre escapó de sus labios, ronco, el corazón le dio un vuelco. Un tono tan necesitado, escalofriante, que su cuerpo pareció separarse de su mente por un instante y no logró captar el resto de sus palabras.
—¿Qué? —parpadeó entre beso y beso—. ¿Qué has dicho?
Itachi se separó para besar sus labios, su nariz y detenerse, lamiendo sus propios labios. Izumi no pudo evitar desear más.
—Olvídate lo que dije ese día —susurró—. Rómpeme, si es necesario.
Izumi lo tomó en sus manos también y buscó sus besos una vez más. Debía de estar loca. Aquello era demasiado. Su corazón y su cuerpo en contra de su mente. El anhelo la llevó a ser más atrevida. Bajó su mano por su pecho hasta la cinturilla del pantalón. Tiró de él y su mano se detuvo enseguida sobre la de ella. Itachi jadeó en seco antes de hablar.
—No.
—No. ¿Qué? —preguntó bajando la mirada hasta sus manos. Pudo notar que no era impasible a lo que estaba sucediendo entre ellos.
Él se tomó un respiro, ahuecando sus dedos hasta enlazarlos. Sus ojos se encontraron de nuevo.
—No voy a tener sexo en la mesa de la cocina de mi casa. Donde cualquiera de mis hermanos podría entrar y verte desnuda.
Izumi frunció el cejo.
—¿Por qué siempre supones que lo que quiero es acostarme contigo? Eres demasiado egocéntrico, Itachi.
Intentó soltarse de su agarre, pero él la retuvo.
—Tus ojos dilatados. Tu boca. Tu respiración. La forma en que se tensan tus senos bajo el vestido y sé que no llevas sujetador. La forma en que tu cuerpo se arquea contra el mío o me tocas.
Enrojeció como respuesta.
—¡Eso es…! Es una reacción natural, diablos. Pero no quiere decir que quiera…
—Quieres —aseguró, cabezón—. Es más, te frustras cada vez que nos detenemos.
Abrió la boca para negarse mas no pudo. Era cierto. Condenado Uchiha.
—¡Además! —exclamó ella lo más prepotente que fue capaz—. Tú mismo has dicho que nunca harías esto sin tener protección. Así que puedo estar tranquila con que no vas a continuar a más.
Itachi suspiró e inclinó la cabeza para apoyarla sobre su hombro.
—Dame un condenado respiro, mujer —susurró agotado.
Lejos de enfadarse, Izumi sonrió y llevó su mano libre hasta su nuca, acariciándole los cabellos. Quizás, lo que ambos necesitaban era enfocarse en otros asuntos.
—Oye, Itachi.
—¿Hum?
—Gracias por venir hoy. Por dejar que tus hermanos declarasen.
—En realidad —dijo—, pensé que iba a tener que declarar yo también. Sin embargo, ese juez parecía tener suficiente con todo lo que ha visto.
Izumi lo había sopesado en su momento. El juicio fue rápido e intenso.
—No crees que mi padre… —murmuró.
Itachi se incorporó para mirarla a los ojos.
—¿Realmente crees que tu padre usaría el poder de ese modo?
—No, la verdad es que no —reconoció observándole retroceder. Ella cerró las piernas automáticamente, avergonzada del descaro y se tiró del vestido. No estaba segura de en qué momento se subió hasta por encima de sus muslos—. Tampoco había prensa fuera.
—Sí, eso lo noté —confirmó él ayudándola a bajar de la mesa. Se detuvo, levantando las manos hasta su cabello. Notó sus dedos en su pelo y después, éste cayó sobre sus hombros—. Se te iba a caer de todas formas esto.
Izumi aceptó el pasador avergonzada, pero cuando fue a colocarlo de nuevo, él la detuvo. Tomándola de la mano, empezó a caminar hacia la salida.
—Tu padre nos espera. Al parecer, tiene algo serio que hablar conmigo y Gaara.
—Espero que no sea por culpa de Matsuri. —Se preocupó sin poder evitarlo—. Esta niña no cesa de meterse en líos. No me extrañaría que se llevara a tu hermano con ella.
Itachi hizo un gesto que no supo interpretar exactamente.
—No creo. Gaara es mucho más responsable de lo que parece. Sabe qué sí y qué no hacer —aseguró—. Él y Shikamaru creo que fueron los que me salieron mejor.
Izumi se detuvo y le tiró de la mano.
—Lo has hecho lo mejor que has podido, Itachi —aseguró—. Son chicos maravillosos.
Itachi la observó en la oscuridad de la calle. Entre ambas casas, al exterior, su boca se cerró sobre la suya. El corazón de Izumi latió como un loco. Tantas posibilidades de ser vistos, de comprender que habían cerrado una etapa para la que no estaba preparada.
Escuchó pasos a su derecha y se separó, soltándose de él. Sasuke se acercaba a ellos, deteniéndose. Izumi lo rebasó, con el corazón loco en el pecho y la sensación de haber hecho algo malvado.
Qué idiotez más grande.
.
.
Maldijo entre dientes y clavó la mirada en Sasuke, quien siguió con la mirada a Izumi en su carrera al interior de la mansión. Metió las manos en la chaqueta que se había puesto antes de salir y se acercó a su hermano.
—Ahórrate el discurso de nuevo —advirtió.
Sasuke tan solo lo observó.
—¿Qué querías?
—Hatake espera —informó—. Me envió Shikamaru.
Asintió mientras se tomaba un momento para poner en orden sus pensamientos.
Después de un duro mes es que la ansiedad podía con todos ellos, volver a acercarse a Izumi era un detonante peligroso. Y eso había llevado a dar un paso que la destrozaría. No. A ambos.
Era algo que había notado en Naruto. En su ansiedad. Incluso en Sasuke, que saltaba por todo, hasta el punto de discutir con Sai y tirarle una cacerola de salsa de tomate a la cabeza. Desde luego, Sai tampoco fue un compañero de espera fácil de tratar. Su lengua fue más mordaz que nunca. Shikamaru y él habían tenido largas conversaciones en las que sopesaban las opciones que tenían.
Debían de adelantar todo. Para eso, sería él quien se ofreció a romperse. Shikamaru lo comprendió y por la forma en que bajó su mirada y mordisqueó el filtro de su cigarro, supo que tampoco era fácil.
El respeto que Hatake despertaba en ellos, en cada uno, era cada vez más fuerte. Sasuke, quien cada vez que intentaba destruir todo y moverse a su modo, se chocaba contra sus propias necesidades.
Y Naruto… Dios. Era más incontrolable.
—Naruto ha estado a punto de irse de la lengua con Izumi —advirtió—. Ten los ojos abiertos.
—Como siempre, cuidando de él —protestó Sasuke chasqueando la lengua.
Itachi se detuvo en seco para mirarle.
—¿Hablamos de cuidados, Sasuke? —preguntó.
Sasuke sostuvo su mirada un instante y después la desvió.
—No —negó pausadamente—. No hace falta.
—Mejor —aceptó empezando a subir las escaleras.
—Itachi.
Se detuvo para mirarle.
—No moría por ver a Sakura, pero tú… vas a romperte el corazón. ¿Verdad?
Tomó aire.
—Si he de sacrificarme por vosotros, lo haré —aseguró. Levantó su mano y golpeó su frente. Un gesto infantil que muy de vez en cuando le permitía hacer todavía—. Vamos, Sasuke.
Entraron en la mansión con los demás. El salón estaba repleto con todos ellos, las hermanas, Hatake y su esposa. Se reían y hablaban por los codos. Cuando Hatake le vio, se puso en pie y tras abrocharse la chaqueta, se acercó.
—Siento la espera —se disculpó.
—No te disculpes por eso. Puedo imaginarme que Izumi se ha puesto en modo limpieza y has tenido que detenerle los pies.
Muy lejos de la realidad.
—Algo así —mintió—. Un mes. Seis hombres. Ya puede imaginarse.
—Puedo —garantizó él buscando con la mirada—. ¿Te importa que hablemos en el despacho? Con Gaara, de poder ser. Hay algo importante que necesito contaros.
Itachi asintió y mientras Hatake abría paso, él levantó una mano para llamar a Gaara. Este se levantó para seguirles.
La primera sensación de entrar en el despacho fue calidez. No sólo por el verano. Las fotografías de las chicas estaban repartidas por todas partes, junto a la de Kakashi y su esposa en el escritorio. Había libros y cuadros que cubrían las paredes. Sobre la chimenea que permanecía apagada, detrás del cuadro, Itachi y Gaara sabían que estaba su premio.
Intercambiaron una sugestiva mirada que bastó para comprenderse.
—Por favor, sentaros —invitó señalando los dos sillones frente al escritorio—. Me gustaría daros las gracias por vuestra participación hoy. Ya se lo he comentado también a Shikamaru, pero igualmente, no está de más decíroslo también. Sé que consideráis que no habéis hecho nada, pero para mis hijas y para mí, sí. Demasiado.
Itachi hizo un gesto significativo de apreciación.
—No es nada. Usted ayudó a mis hermanos a mantener su plaza como becados, pagó las medicinas de mi hermano aquí presente y…
—Mejor no nos pongamos a medir qué debemos o no, por favor —interrumpió Hatake—. Porque lo que tengo que contaros es algo duro y difícil para ambas partes. Hay otra persona implicada, pero quería hablar con vosotros antes. Creo que Gaara sabe bien a qué me refiero, pues mi mujer le dio su palabra de buscar respuestas y han sido afirmativas.
Gaara cambió de postura, incómodo. Itachi le miró en busca de una explicación. Un gesto que le indicara algo, pero la postura y la forma en que no le miraba era un gesto que conocía desde hacía muchos años.
—¿Qué has hecho? —le preguntó.
—No, no —negó Kakashi—. Él no ha hecho nada malo, Itachi —aseguró—. Es una cosa muy natural.
—Disculpe, Hatake, pero me gustaría escuchar lo que ocurre de mi hermano.
Gaara se mostró incómodo, pero finalmente soltó la lengua. Itachi se puso de pie, sorprendido.
—Tu madre.
—Sí —confirmó Gaara—. Hace años, cuando hice aquel trabajo para la escuela. Investigué y… una cosa llevó a la otra. Cuando doné sangre a Temari pensé que era demasiado loco todo.
Itachi frunció el ceño.
—¿Has pedido en el hospital que te hicieran una prueba de sangre para buscarla? —cuestionó.
Gaara le miró asustado.
—No, claro que no.
—No fue él.
Ambos miraron hacia el hombre tras el escritorio. Hatake se inclinó hacia atrás en la silla.
—Mi esposa se ofreció en buscar la verdad —informó—. Escuchó a tu hermano y comprendió la situación. Investigó por su cuenta y terminó hallando la verdad. Como buena periodista que es.
Itachi sintió que se le revolvían las tripas. De rabia.
—¿Y qué encontró? Una mujer de mierda que no tuvo tapujos en abandonar a su hijo. ¿No es así? —acusó.
—Encontró mucho más que eso —respondió Kakashi tomando aire—. Mucho más.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
—Porque la madre de Gaara —comenzó buscando en uno de los cajones. Sacó una fotografía que puso frente a ellos. En ella, una mujer que se le hacía conocida sostenía entre sus brazos un bebé mientras sonreía mirando a la cámara—. Es la madre de mi hija Temari.
Itachi clavó la mirada en la fotografía. En el bebé en cuestión. Rubio, de ojos verdes… El mundo podría caérsele encima que pesaría menos. Gaara extendió una mano hacia él, pero la detuvo para posarla sobre su frente, pálido.
—Son hermanos —repitió para sí mismo.
—Sí —confirmó Hatake—. Ella se quedó embarazada incluso estando conmigo. Antes de abandonarme. Su madre es… una mujer muy liberal. Se mete en manifestaciones, explora el mundo… nunca estuvo preparada para asentarse en una familia. Sin embargo, se ha casado y tiene otro hijo —explicó—. Hablé con ella hace un mes cuando supe que eras hermano de mi Temari. Ella sufre la misma enfermedad que tú. Más avanzada y con menos probabilidad de curarse. Ni Temari ni su hijo la poseen.
Itachi posó una mano en el hombro de Gaara. Temblaba y cuando levantó la mirada hacia él, pudo notar que sus ojos estaban levemente acuosos.
—Me gustaría ofrecerte la posibilidad de hablar con ella —continuó Hatake—, pero desgraciadamente, es una mujer que no tiene remordimientos por su pasado y no ha dudado en dejar atrás a sus hijos. Lo siento.
Gaara negó.
—No necesito saber nada de ella —zanjó—. Ya no. Llega años tarde.
Se levantó y caminó hasta la puerta, deteniéndose.
—¿Va a decírselo a ella? —preguntó.
—Sí —asintió Hatake—. Está en su derecho de saberlo. La decisión que tome después, es cosa suya. Vuestra, más bien.
Gaara asintió.
—Espera —pidió el hombre poniéndose en pie—. No es todo lo que os quiero contar. Al enterarme de esto, también descubrí sobre vuestro padre, Fugaku Uchiha.
Itachi notó la tensión en la espalda. Más pesado, más marcado. Gaara le miró, dudando.
—Si me disculpa, yo prefiero no saber nada de él —se disculpó antes de salir. Itachi se quedó a solas con él.
—Sinceramente, ninguno queremos saber mucho de nuestro padre. Nos importa una mierda si es rico, si vive feliz con otros hijos o está enfermo.
—Está muerto —aclaró raudo Hatake—. Murió a manos del marido de una de sus amantes. Vivía a costa de las mujeres. Eso le jugó una mala pasada.
Cerró los ojos. Empezaba a tener un terrible dolor de cabeza.
—¿Qué quiere que haga con eso? —preguntó antes siquiera de pensarlo.
Hatake se acercó a él, poniendo una mano en su hombro.
—Respirar.
—¿Respirar?
—Sí. Tomate tu tiempo para asimilarlo. Respira. Toma las decisiones que debas con tus hermanos, pero no olvides algo, Itachi. Y te lo digo como padre que se niega a ver cómo sus hijas están creciendo demasiado deprisa: Recuerda que son adultos y han de tomar sus propias decisiones. Así que tienen derecho a enfrentar el mundo, hasta las adversidades más duras como enfrentar el hecho de que tuvieron un padre, desastroso, sí, pero lo tuvieron.
Se preguntó, por un momento, si esa sería la forma correcta en que un padre debía aconsejar a su hijo. Si le pondría la mano en el hombro y le hablaría con firmeza y empatía.
El recuerdo de sus planes era como un puñetazo en el estómago. Ya no solo eran los sentimientos que desgraciadamente parecían estar creciendo en él por Izumi. En que aceptara ser roto porque iba a romperla a ella. Ahora había muchas más cosas y cuanto más conocía a Hatake, más se daba cuenta de que realmente era una buena persona.
—Puedo comprender cuál es tu situación ahora mismo, Itachi —confesó Hatake—. Sé que has luchado solo para sostener a cinco hermanos. Uno de ellos enfermo de una enfermedad extraña e incurable. Tienes a tres en la universidad y los otros dos, desempleados. Tú mismo haces chapuzas para ganar algo de comida.
Itachi dudaba que comprendiera todo. Lo que tuvo que llorar, cargar y aguantar. El miedo a que alguien llegara y se llevase a sus hermanos. Las horas de falta de sueño. Las veces en que tuvo que tomar mujeres que no amaba, vender su cuerpo…
—Hace años estaba en la misma situación que tú —continuó—. Mis hijas no tenían suficiente comida. Me preguntaba cómo iba a poder cumplir el sueño de Sakura de ser doctora. Un lugar donde Ino pudiera expresar el arte que le nace de las manos. Esa niña sería capaz de provocar que creciera una flor en medio del desierto de proponérselo. Con mucho esfuerzo y penurias logré que Temari se sacara una carrera en cocina, que Hinata lo hiciera también y Izumi… Bueno, ya la conoces.
¿Lo hacía? No, no del todo. Izumi se cerraba en banda en muchas cosas y aunque despertaba al deseo con él, no nacía de ella contar todo lo que le atemorizaba, sus preocupaciones o vivir su vida.
—Me habría gustado que ejerciera su carrera, pero ahí la tienes, demasiado protectora, demasiado maternal y me salvó el trasero muchas veces. Dudo mucho que uno de tus hermanos no saltara a una piscina llena de tiburones para sacarte de ella.
Inclinó la cabeza, afirmando.
—No sé bien qué es lo que te hace debatir tanto o lo que provoca que tengas esa cara de angustia ahora mismo. Si es el hecho de que tu hermano esté enlazado con mi Temari, no debería de significar nada. Si crees que me ofendería a mí o a mis hijas por ser personas pobres, estás muy equivocado, Itachi. Temari no se va a dejar llevar por esas cosas.
—Nunca pensé que…
En realidad, sí. Lo hizo. Durante ese mes en que no se acercaron a ellas, que no recibió llamada alguna al móvil, se preguntó si su distancia social sería realmente un problema. Jamás se le había ocurrido en medio de su ceguera que Izumi simplemente no tenía su móvil registrado.
—Pues no lo pienses —interrumpió Kakashi terco—. Es más, si eso fuera un problema para mí, ni siquiera te dejaría estar a solas con Izumi.
Tensó la boca. No podía sentirse avergonzado en sí. Hatake no era un hombre idiota y menos, uno al que podrías ocultar la verdad de qué ocurría entre ellos cuando estaban a solas.
—Nunca he…
—No necesitas darme explicaciones.
—Tampoco haría…
—No sigas por ahí que entonces sí tendríamos una charla de padre por la que no quieres pasar, chico —advirtió Hatake levantando el índice hacia él.
—No es por Izumi —aclaró.
—Me conozco el rollo de soy yo, no tú, jovencito.
Itachi negó con la cabeza.
—Además, después de lo que ha pasado con Toneri —continuó Hatake antes de que hablara—. Sé de buena tinta que los ricos no siempre son los mejores hombres. Los que han aprendido a carecer, que saben que sus manos son su pan. Esos son los hombres que me gustan para mis hijas. Para mimarlas por todo estoy yo —puntualizó—. Quiero hombres de verdad para ellas.
Una verdadera lástima que él y sus hermanos fueran unos trúhanes que sólo se interesaban en ellas por lo que había tras el cuadro de su chimenea.
—Por supuesto, no estoy insinuando nada —aclaró—. Sin embargo, sí que me gustaría que me dejaran ayudarles, Itachi. Antes hablábamos de las cosas que nos debíamos unos a otros. Mi hija ha ofrecido sus manos para ustedes y te aseguro que fue como una gata encerrada este mes, preocupándose por vosotros. Por supuesto, las demás no tienen miedo a remangarse de hacer falta.
Itachi empezaba a incomodarse.
—No queremos caridad.
—No será caridad —descarto Kakashi—. Es algo que tengo en mente desde hace bastante tiempo y creo que tú estás muy capacitado para ello. Te estoy ofreciendo un puesto de trabajo.
—Señor Hatake…
—¿Te gustan las motos o sólo llevas una para fardar?
Se detuvo, sorprendido.
—¿Disculpe?
—Sí —asintió volviendo al escritorio y sacando un folleto que le extendió después—. Estoy interesado en ser proveedor de piezas para motos, reparación, montaje. Y necesito a alguien que tenga conocimiento sobre ellas. Izumi me dijo que tú mismo reparas tu propia moto.
—Si su hija a apremiado a esto…
—En realidad, es algo que ya pensaba —puntualizó—. Traje este folleto de mi viaje cuando lo vi. Ella lo vio y me habló de ti. Nada más. En realidad, querría habértelo ofrecido mucho antes, pero lo de Hinata lo impidió.
—Me temo que tendré que negarme —comenzó—. Yo no he estudiado para esto. Arreglo mi moto de piezas de segunda mano o de desguace.
—No necesito alguien con estudios. Como he dicho, me gustan los hombres que no tienen miedo de ensuciarse las manos y conocen bien las trampas tras los ricos. Por supuesto, tendrías un sueldo.
Kakashi suspiró.
—¿Por qué no lo meditas con la almohada?
Más que una pregunta era un consejo que pensaba aceptar. Tras estrecharle la mano, salió. Los chicos, menos Shikamaru, Gaara y Temari, estaban inclinados sobre una mesa en la que habían extendido una especie de juego. Sakura lanzaba en ese momento los dados y atrapaba una carta de un montón.
—Siéntate sobre la persona a tu derecha —leyó.
Sakura guardó la carta y se volvió hacia Sasuke, que enarcó una ceja. Antes de pedirle permiso si quiera, se movió y se sentó de lado sobre sus piernas. La cara de su hermano era un verdadero poema. Algo que, Sai, que estaba sentado justo frente a él y junto a Ino, no pensaba pasar y, seguramente, estaría ya pensando en cómo recordárselo.
Naruto tomó los dados en su lugar y los lanzó, maldiciendo.
—¿Por qué siempre me tocan a mí las cartas de reto? ¡Este juego está amañanado! —protestó.
—¿Qué clase de juego es? —preguntó. Izumi, que salía del cuarto con una bandeja vacía le respondió.
—El monopolio de los sentimientos —le explicó—. Es un viejo juego de mesa que mi padre conservaba. Cuando éramos pequeñas no teníamos mucho que hacer y a veces, mantener ocupadas a tantas cabecitas inquietas era difícil, así que lo modifiqué de forma que las niñas pudieran jugar.
—¿Convertiste un juego preparado para noches de sexo en un juego infantil? —Cuestionó divertido con la idea de imaginársela recortando las tarjetas guarras con la cara sonrojada—. Interesante.
Izumi se ruborizó.
—No fue fácil —reconoció—. Leí cosas que no debía. El caso es que funcionó. Se ve que Ino o Sakura lo han encontrado y…
Se calló al notar una sombra junto a ella. Naruto estaba frente a ellos y miraba a Izumi fijamente. La tomó de la mano.
—Necesito besar a alguien que lleve algo blanco —explicó—. Y tú llevas un pañuelo blanco.
Izumi se llevó la mano libre hasta el cuello donde mantenía el pañuelo en cuestión. En algún momento debía de haberse cambiado, porque el vestido había desaparecido para dejar paso a uno de sus aburridos kimonos y su cabello volvía a estar por encima de su cuello. Y ese lunar continuaba ahí, tentador…
Cuando pensaba que iba a negarse, Izumi sonrió.
—Vale, pero en la mejilla —aceptó.
Itachi se tensó. Enderezó la espalda y desvió la mirada cuando notó que su hermano se inclinaba. Salía de la casa cuando escuchó el sonido clásico de un beso infantil. Izumi se echó a reír y fue lo último que captó para salir a la oscuridad de la noche.
Miró el cielo, su casa destartalada en la que la luz se mantenía apagada. Imaginaba que si Gaara quería pensar lo haría a oscuras. Shikamaru seguramente estaría durmiendo, si es que se había ido a casa. El resto de sus hermanos no parecían tener muchas ganas de volver a su hogar. No dulce hogar exactamente.
—¿Qué te ocurre?
Miró por encima del hombro hacia la voz. Izumi bajó los peldaños para quedar a su altura.
—¿Mi padre ha dicho algo malo? A veces puede dar sermones que dan miedo.
Esbozó una leve sonrisa que se apagó con los recuerdos.
—No, más bien ha dicho ciertas verdades que me saturan.
—Comprendo… bueno, no del todo porque no sé cuáles son, pero… puedo imaginarme cómo te sientes.
La vio mirar a su alrededor y después, sentarse en los escalones. Tiró de su manga.
—Siéntate, anda —demandó—. Esta noche, seré toda oídos para ti.
Itachi se sentó mientras daba un rápido vistazo al interior de la mansión. Los demás seguían jugando, entre carcajadas y levantando la voz cuando algo les emocionaba.
—Tú lo que no quieres es que te vuelvan a besar —indicó en broma.
Ella se abanicó la cara.
—Quizás sea cierto.
Enarcó una de sus cejas.
—¿Qué? —preguntó divertida—. ¿Celoso?
—¿Debería?
—Claro que no —negó ella estirando las piernas y suspirando—. No hay ningún motivo para que alguien esté celoso de un beso como ese. Ha sido como recibir el beso de mi propio hermano.
—Bueno… si Sakura o Ino me besaran, no lo sentiría como un beso de hermana —sopesó. Ella le dio un codazo.
—Deja a mis hermanas en paz. Ellas te respetan todavía porque no saben lo manos largas que eres. Y como te pases con ellas, tengo unas tijeras en mi set de costura muy afiladas.
—Eso da terror.
Ella sonrió. Extendió su mano para quitarle el pelo de la cara y acarició su mejilla.
—¿Qué te preocupa? Eres el hermano, recuérdalo. No el padre.
—Que te devuelvan tus palabras es curioso.
Chasqueó la lengua y miró al cielo.
—Tu padre ha descubierto dos verdades que hacen que mi vida tiemble ahora mismo y por si no fuera poco, me ofrece algo que años atrás no habría ni rechazado.
—¿Y qué hace que ahora sí?
Muchas. La principal, que robarle sería cada vez más difícil. Qué le debería más favores a la persona que iba a destruir.
—Tengo mis razones —respondió intentando desviar la atención de ello—. Ha descubierto que mi padre está muerto.
—¡Oh, no! —exclamó ella cubriéndose la boca con ambas manos. Luego, las posó sobre su hombro—. ¿Te encuentras bien con eso? Quiero decir… bueno, es tu padre…
—No tenemos el mismo tipo de sentimiento en referencia a un padre, Izumi —puntualizó—. No puedo sentir esa empatía que sientes hacia mí.
—Comprendo —murmuró—. Os hizo mucho daño.
—Nos abandonó —corrigió—. Nunca le importó lo que pasaba con nosotros. Nos negó la oportunidad de conocer a nuestras madres. Aunque ya sabemos al menos sobre una…
—¿A qué te refieres?
Sus dedos pasaron de su hombro a su nuca, enredándose en su cabello con una ternura capaz de romperle el alma.
—Sabemos quién es la madre de Gaara —explicó. ¿Por qué callarse algo que al final iba a conocer? —. Imagino que vuestro padre os lo dirá después.
—¿Por qué?
Enderezó la espalda, mirándole más seria. Sus caricias se detuvieron y estuvo muy tentado de incitarla a continuar.
—Gaara y Temari son hijos de la misma mujer.
Izumi se puso en pie como un resorte. Con la boca muy abierta, pálida. La cerró para llevarse el pulgar a la boca y mordisquearse la uña, empezando a caminar de un lado a otro.
—¿Es una broma? —preguntó deteniéndose.
—Eso deberías de preguntárselo a tu padre. Si es realmente una broma, tiene un pésimo humor. Mi hermano Gaara está en shock completamente.
—Puedo comprenderlo. Mi hermana también estará en shock cuando se entere. Pero… —Se sentó de nuevo a su lado, tomándole la mano—. Itachi. ¿No es esto mucha casualidad? Hemos terminado viviendo justo al lado de alguien que tiene que ver con nuestra familia. Nunca lo habríamos sabido, estoy segura, de no venir aquí. Da… pánico.
—Lo sé…
—Oye, Sasuke, en serio. Espérame.
Ambos se separaron para ponerse en pie al escuchar las voces. Sasuke y Naruto forcejeaban en lo alto de la escalera. Sai se adelantó a ellos.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Se terminó el juego porque a Sasuke le salió "Abraza a tu familiar más querido". Se ha puesto en modo cerrado y ha mandado todo al cuerno. Así que mejor nos vamos o estos dos terminarán peleando aquí en medio.
Itachi asintió y subió los escalones para tirar de la camiseta de Sasuke.
—Nos vamos —ordenó—. Tenemos que hablar, además. Hay nuevas noticias.
Sasuke pareció interesado, pero cuando Naruto iba a dar un paso hacia ellos, otra vocecilla los retuvo.
—Naruto. ¿Puedo hablar contigo un momento?
Naruto buscó su mirada y él asintió.
—No me lo entretengas mucho, Hinata —demandó.
La mujer asintió y tras despedirse con un gesto, los tres hermanos pusieron rumbo al hogar.
Continuaba doliéndole la cabeza y echaba de menos las caricias de Izumi. Iba a ser una noche de perros.
.
.
Se frotó el ceño mientras se sentía más agotada que si hubiera estado todo el día de pie. Era algo que preferiría poder hacer que estar atada a esa silla. Sabía que debía de tener paciencia, pero era un estorbo en potencia, aunque nadie lo dijera. Tener que ser empujada era vergonzoso porque no cesaba de pensar que pesaba demasiado.
Aunque era un alivio poder estar fuera del hospital, reconocía que no se lo había pasado tan mal. Mientras que sus hermanas quedaron confinadas en su hogar mientras duró el acoso de la prensa, ella podía encontrar pedacitos de tardes inteligentes que, al recordarlas, le sacaban una buena sonrisa.
Nunca había esperado que fuera un hombre quien terminara por enriquecer sus horas muertas.
—¿De verdad no quieres que te acueste en la cama?
Dio un respingo al escuchar su voz. Shikamaru caminaba hacia ella tras encajar la puerta. La había dejado junto a la cama tras subirla en brazos hasta su dormitorio. Aunque se sentía muy incómoda con la idea de que se percatara de su biblioteca secreta, agradecía la ayuda que le otorgaba. Pero existían cosas que no estaba dispuesta a ceder.
—No, preferiría estar ya cambiada, así que esperaré a que una de las chicas pueda ayudarme.
Shikamaru asintió y bostezó. Se había quitado la chaqueta para maniobrar bien con ella y cuando se la extendió para devolverla, la dejó colgando del brazo. Era increíble cómo un hombre podía cambiar tanto sólo poniéndose un traje.
Aunque Shikamaru era un hombre atractivo, por supuesto. O quizás ella había empezado a verle de ese modo. Cosa que no era buena.
—Puedes volver abajo a jugar si quieres —le propuso—. Izumi seguro que no tarda en asomarse a ver si quiero algo.
—Nah, de irme seguramente será a dormir —respondió al ofrecimiento—. No he hecho mi siesta reglamentaria.
—Lo siento —se disculpó—. Te hemos tenido todo el día de aquí para allá y encima, has tenido que declarar.
—Eso no es ningún problema —aseguró posando una mano en su hombro—. Además, Matsuri necesitaba justicia, no solo Hinata.
Ella levantó su mano para apretar la de él. Era un gesto que llevaba haciendo todo el día y hasta ese momento, no se percató de ello. Era algo casi natural, para su sorpresa.
Levantó la cara para poder mirarle.
—Gra…
No logró terminar la frase. Ni siquiera estaba segura de qué era lo que iba a decir. Su mente se quedó en blanco en el mismo instante en que sus labios se tocaron. Fue algo suave, rápido, que dejó un ligero sabor a tabaco, menta y suavidad.
Jamás pensó que su primer beso sería de esa forma o con un hombre como él.
Cuando se separó, sentía que sus mejillas ardían. Bajó la mirada, sorprendida de que sus manos temblaban y su corazón no parara quieto. Las novelas que leía solían describir los primeros besos como cohetes, fuegos artificiales y un sinfín de sentimientos. Pero no era lo mismo. Experimentarlo era mil veces mejor.
—Temari.
La voz de su padre llegó de atrás de la puerta. Shikamaru dio un respingo, mirándola.
—¿Puedo pasar? —preguntó el hombre.
Temari carraspeó.
—Claro que sí, papá —aceptó.
Él se asomó poco después con cautela.
—Ah, Shikamaru. Pensaba que te habías marchado con tus hermanos.
—No, él vino a ayudarme a subir —explicó rápidamente. Mucho más de lo que quizás debería de haberlo hecho—. Yo quería irme y…
—Me ofrecí —interrumpió Shikamaru colocándose la chaqueta. —Ahora sí me marcho. Si me disculpan…
—Claro, muchacho —aceptó su padre dándole una palmada en la espalda. Esperó a que la puerta se cerrase, para sonreírle—. Ese chico parece que no, pero es muy buen…
—No termines esa frase —suplicó agotada.
Pensar en besos o posibles otras cosas con un hombre frente a su padre era verdaderamente incómodo.
—¿Querías algo, papá?
—Sí —respondió tras reflexionar un momento. Caminó hasta sentarse en la cama y la tomó de las manos—. ¿Sabes que te quiero mucho?
—¡Papá! —exclamó avergonzada—. Sabes que no me gustan las muestras de amor tan repentinas.
—Y nos encantan hacértelas —confirmó él—. Pero es que necesito que lo sepas. Te quiero. Eres una de mis niñas doradas. Estoy orgulloso de la mujer en la que te has convertido. Y una de las mejores cocineras que conozco.
—Vale, suficiente halago —demandó sintiendo que se le subían los colores.
Su padre vaciló.
—Papá, suéltalo ya. Sabes que no me gustan los rodeos.
Se percató de algo.
—Si es por Shikamaru no tienes que…
—No, no —negó—. Como te he dicho es un buen chico. Si tuviera que hablar de uno de esos chicos contigo, seguramente sería de Gaara.
Temari asintió, comprendiendo.
—Le debo la vida. Lo sé. Cuando esté mucho mejor pienso hablar con él y agradecerle como se debe. No sé de qué forma exactamente, pero lo haré.
—Él no quiere ningún tipo de agradecimiento —descartó Kakashi suspirando cansado—. Sería mucho más sencillo si estos chicos me pidieran dinero a cambio de todo lo que están haciendo. No lo hacen y es muy difícil ayudarles o agradecerles sin que dañe su orgullo.
—Lo comprendo —murmuró—. Espera. ¿No estarás pensando en ofrecerme a Gaara como esposa?
Kakashi soltó una risita entre dientes mientras le daba palmaditas en las manos.
—No, no. Eres libre de casarte con quien quieras. No se trata de eso. Jamás impondría mis pensamientos sobre vosotras. Sería hipócrita de mi parte hacer algo así con la vida que he tenido.
—No pienses así, papá. Muchas de nuestras madres murieron y otras te abandonaron. No eres culpable de querer ser feliz. Además, sabes que nosotras hemos aprendido a vivir sin ellas. Ya tenemos a Izumi para eso.
—Izumi es vuestra hermana, Temari.
—Lo sé y sabes más que nadie que me gustaría que lo fuera más que otra cosa.
Kakashi asintió y a Temari le pareció más cansado, más mayor. De alguna forma, esa torre que todas habían mirado siempre hacia arriba parecía estar a punto de caerse.
—¿Qué ocurre?
—Quería hablar contigo de tu madre —respondió tras dudar un momento—. Sé que no quieres saber nada de ella, pero esta vez, hemos de tener una charla en especial.
Temari suspiró, sintiéndose agotada antes de escuchar lo que tuviera que contarle. No quería saber nada de ella. No es como si su madre se hubiera muerto. Era consciente de que existía en alguna parte del mundo, y, en ese lugar, nunca la quiso. Nunca la amó. La única fotografía que había de ellas juntas demostraba la sonrisa forzada ante una cámara y su padre le había contado varias veces como se marchó sin decir siquiera adiós.
Sin embargo, siempre había escuchado a su padre cuando necesitaba hablar de ella. Porque a veces, él lo necesitaba más que ella escuchar sobre su madre.
—Cuéntame. No se le habrá ocurrido llamar para pedir dinero…
—No —negó rápidamente Kakashi—. No es nada de eso. Sí que he hablado con ella —reconoció—. Necesitaba asegurarme de que tú ibas a estar bien.
—¿Estar bien? ¿Hay algo de las secuelas del accidente que no sepa?
Porque ya le habían hablado de lo que iba a costarle la rehabilitación. El dolor, el tiempo y la esperanza de los resultados. Eso sí, no iba a rendirse. Quería volver a estar al frente de los fogones.
—No, no por el accidente. Sabes que Gaara te donó sangre.
—Sí, claro —recordó. Una idea llegó a su mente—. ¿Lo dices por su enfermedad? Que yo sepa es hereditaria, no contagiosa. O eso juraría que me contó Shikamaru. Además, por parte de madre. Porque ninguno de los otros hermanos lo…
Calló. Su mente comenzó a divagar a marchas forzadas. Tanto, que comenzó a creársele un terrible dolor de cabeza. Se frotó el puente de la nariz con cuidado.
—No puede ser lo que me estoy imaginando —murmuró.
Su padre guardó silencio.
—Quiero mucho a todas mis hijas y no dudo de que ninguna posee una inteligencia increíble, pero tú, Temari, tienes un sexto sentido unido a ello que a veces me asusta.
Ahogó un sollozo entre dientes, buscando su mirada para encontrar la verdad.
—Gaara es…
—Tu hermano —confirmó—. Pensé que el mundo era demasiado irracional antes, pero ahora creo que al destino le gusta jugar malas pasadas. Y aparecen frente a ti cuando menos te lo esperas.
—Espera, espera —demandó frunciendo los ojos.
—Es el hijo que mi madre llevaba dentro cuando…
Su padre cerró los ojos, dolido. Su cabeza afirmó lentamente su suposición. Se cubrió la boca para ahogar su voz. No podía creerlo. ¡Era imposible! ¿Qué clase de retorcida historia era esa?
—¡Papá! —exclamó aferrándolo de las manos—. ¿Cómo te encuentras? Debe de dolerte verle ahora y… ¿Cómo puede ser el mundo tan pequeño?
Su padre pareció perplejo.
—Temari. ¿Estás preocupándote por mí? —cuestionó incrédulo—. Es tu hermano.
—A él no le quiero tanto como te quiero a ti. En realidad… ¡No sé ni qué siento! De la nada éramos solo nosotras. Nos mudamos aquí sin saber nada realmente y conocimos a unos vecinos que nos daban a todas Malaspina, menos a Sakura y Ino, y terminan salvándonos la vida a Hinata, Matsuri y a mí. Y ahora… ¿Ahora uno de ellos es mi hermano?
Tomó aire antes de continuar.
—Me siento como si estuviera en una novela de esas baratas.
—No, desgraciadamente, es nuestra realidad. Podría decir que el mundo es demasiado pequeño y que…
—Odio que pienses que está bien hacerte sufrir —le interrumpió—. Pero… Gaara no tiene culpa de las decisiones que tomó nuestra madre, papá. ¿Lo sabe?
—Lo sabe —confirmó—. Se lo he contado a él y Itachi antes en el despacho. Gaara estaba… sorprendido.
—Y no es para menos —reconoció echándose los cabellos hacia atrás—. Es… duro de aceptar. De la noche a la mañana alguien que lleva nuestra sangre está ahí, existiendo a nuestro lado.
Se abrazó a sí misma.
—Necesito pensar esto —murmuró.
—Lo entiendo. Todavía no le diré nada a las demás. Creo que sería mejor que fueras tú quien se lo dijeses.
—Gracias.
Su padre se marchó tras ayudarla a acostarse. Temari miró hacia la oscuridad de la noche.
Tenía cinco hermanas a las que amaba con locura. Un padre generoso y bueno. Se había besado con Shikamaru Uchiha.
Y pese a eso, su cabeza estaba repleta con Gaara y su corazón, pesaba.
.
.
Naruto se detuvo a los pies de las escaleras y ambos esperaron a que los demás se marcharan. Su corazón había dado un vuelco cuando escuchó que ella lo llamaba y pedía que se quedara. Se preguntó si habría metido la pata de nuevo e iba a ser regañado.
Sin embargo, Hinata sonreía pese a que sus ojos demostraban el cansancio que sentía.
—Siento pedirte que te quedes cuando ya os estáis marchando.
—No hay problema —descartó—. Cuando me necesites, aquí estoy. Sin falta.
—Gracias —exclamó rápidamente—. No solo por esto, sino por todo. Por ayudarme, por apoyarme hoy en el juicio. Por no pegarle a Toneri pese a que se lo merecía.
Naruto se rascó la nuca, avergonzado, hasta que escuchó sus últimas palabras.
—Espera. ¿Entonces estás de acuerdo en que se merecía una paliza?
—No, no me gusta la violencia —reconoció ruborizándose por culpa—. Sé que se portó mal y me percaté de que con razón querías golpearle cuando me escuché en esos audios. La forma en que me manipulaba era… asquerosa.
Se abrazó a sí misma, pálida.
Naruto no pudo controlarse. Extendió su mano hacia ella y la posó en su hombro, acariciando con su pulgar la zona desnuda de su cuello. Hinata le miró, sonriendo amigable.
—No volverá a tocarte. Nunca más —aseguró—. Y de hacerlo, esta vez sí que le golpearé.
Hinata extendió su mano hasta su mejilla. Cálida, maternal, dulce.
—Eres un dulce, Naruto. Un buen chico. Que nunca te importe que te miren por encima del hombro, tú vales mucho. Espero que no te pase como a mí y encuentres a una mujer buena, que te quiera, que solo te mire a ti por como eres y no por lo que tienes.
Abrió la boca para protestar y la cerró cuando sintió sus labios en su mejilla. Fue sorprendente que ese simple beso provocara que le temblaran las piernas.
Cuando ella se separó, sintió que quería más. La retuvo de la mano antes de que subiera las escaleras, pero no pudo articular palabra.
—Necesito descansar —le dijo ella.
Las lágrimas ya escapaban a su control. Sus ojos mostraban el daño que por fin dejaba escapar.
—Sé un buen hombre, Naruto.
Se liberó de su agarre y subió las escaleras para cerrar la puerta tras ella. La mansión le pareció repentinamente una fortaleza a la que no podía entrar.
Con la mejilla caliente entró dentro de su casa justo cuando Sai gritaba con sorpresa por algo. Se asomó al salón, preguntándose si habría pasado algo de nuevo y se encontró con caras serias, miradas que daban miedo y un Itachi que parecía más viejo, más cansado.
—¿Qué ocurre? —preguntó—. ¿Se ha muerto alguien?
—Nunca mejor dicho —puntualizó Sasuke irónico. Pese a ello, podía notar que su boca estaba tensa y que la noticia que fuera no le pasaba por desapercibido.
Shikamaru estaba sentado en el sofá, con las manos contra la boca en forma de pistola y los codos sobre las rodillas. Su gesto era duro y parecía que su mente estaba trabajando a marchas forzadas.
—¿Podéis explicarme qué ha pasado como para provocar que Sai chillara?
La respuesta llegó desde su espalda.
—Temari Hatake es mi hermana.
Se volvió lentamente, no asimilando el tono de voz con las palabras hasta que al verle comprendió que sí, era su hermano.
—Gaara. ¿De qué estás hablando? No puedes saberlo. Ninguno de nosotros conoce a sus madres. Sabemos que la madre de Itachi y Sasuke son la misma porque nuestro padre se lo dijo a él, nada más. Tú no puedes…
—La busqué —interrumpió—. Hace años. Rin Hatake me escuchó en el hospital y acepté que la buscara para confirmarlo o no. Casualidad que Temari Hatake sea mi hermana.
—Y eso no es todo —añadió Sai. Estaba más pálido de lo normal.
—¿Qué más? —Inquirió inquieto—. ¿Qué más puede ser más loco que eso?
—Nuestro padre —respondió Itachi con una tranquilidad aterradora que sólo había visto en otro más semejante como él: Sasuke.
—¿Qué mierdas importa, ttebayo? —explotó extendiendo un brazo bruscamente hacia ellos—. No me digáis que ahora quiere que cuidemos de él o una mierda así.
—No —negó Itachi—. Hatake descubrió que está muerto.
Naruto se quedó congelado. Con el aliento aplastándole la garganta y las sienes retumbándole.
—Es… una broma —susurró.
—Vaya. El que pensaba que no gritaría lo ha hecho y el que pensé que sí, no —se sorprendió Sasuke—. ¿Se puede saber qué importa? Ese tipo nos dejó tirados siendo unos críos y…
—¡Deja de hacerte el duro como si no te importase! —exclamó aferrándolo de la camisa—. Justamente tú eres uno de los que más apegados se siente a la familia. ¡Siempre esperaste que apareciera para salvarte de esta mierda de vida!
Sasuke apretó el puño y antes de que ninguno reaccionará, lo golpeó. Naruto recibió el golpe para devolverlo después, soportando otro seguido hasta que las manos de los mayores comenzaron a detenerlos.
—¡Basta! —gritó Itachi autoritario—. Dejad de pelear entre ustedes. No sois ya unos niños.
Sasuke se soltó bruscamente del agarre de Shikamaru y Sai. Gaara le soltó tras asegurarse de que no iba a embestir de nuevo, dándole palmaditas en los hombros, después, chasqueó la lengua.
—Esto no ha hecho más que aumentar la mierda de todo —reflexionó—. Tenemos que hacer algo. Ya. Antes que sea tarde.
—Ya es tarde —recalcó Sasuke pasándose una mano por los cabellos—. Hace un mes era el momento. Ahora es tarde. Hatake sabe más de nosotros de lo que debería. Tenemos a su hija mayor metida todo el día aquí. Cuando nosotros debíamos de estar allí. Necesitamos la huella y el número de seguridad o lo que tenga puesto. Coger la llave y largarnos, solo eso. Pero no…
—Sasuke —detuvo Shikamaru. Su voz sonaba tan gutural que hasta Naruto sintió que el cabello se le erizaba en advertencia. Sasuke chasqueó la lengua, mirándole—. Gaara estuvo a punto de morir. Mientras planeábamos el robo. No ha muerto gracias a que pagaron las medicinas.
—Ya sé que les debemos la condenada vida —reprochó—, pero…
Shikamaru levantó una ceja y Sasuke apretó los labios.
—Si otro de mis hermanos hubiera estado en un puente y cualquier otra de esas chicas saltara para ayudarle, estaría en deuda para siempre. Podría haberme quedado de brazos cruzados mientras secuestraban a Matsuri y actué. Tú podrías haber permitido que le volaran la cabeza a Sakura y sí, mira, podríamos haber entrado mientras era su funeral. Igual que pensaba Toneri. ¿Te alegrarías de eso? Porque habrías visto sus sesos desparramados frente a ti.
—Sasuke no reconoce la empatía, Shikamaru —puntualizó Itachi cruzándose de brazos—. No insistas.
—¿Vamos a hablar de cosas que no se reconocen, Itachi? —La voz irritada de Sasuke no ocultó la intención de su pregunta—. ¿Cómo era esa norma?
—Sasuke —advirtió Itachi frotándose el puente—. Vete a dormir. La frustración no te deja pensar con claridad. Y el odio que sientes ahora mismo no tienes ningún derecho en pagarlo con nosotros.
Sasuke los observó a todos con la mirada. Si pudiera, seguramente los quemaría en llamas. Soltando el peor taco de su repertorio, empezó a subir las escaleras de tres en tres hasta que desapareció. En un acto más de rebeldía, cerró la puerta. Itachi, sin embargo, se mantuvo contra la pared y parpadeó.
—Estamos agotados —reflexionó—. Y nos hemos enterado de muchas cosas de golpe. Necesitamos procesarlo.
—Itachi —nombró Sai deteniéndole—. Sasuke tiene razón. En cierta parte.
Itachi suspiró, se golpeó las piernas con ambas manos y encogió los hombros.
—Te escucho.
—Perdimos el momento adecuado hace tiempo. Hemos esperado y esperado. Y seguiremos esperando a este paso mientras cada vez caemos más y más. Esa regla que pusiste, no está sirviendo para nada. Porque tú eres el primero en incumplirla.
Itachi chasqueó la lengua, incorporándose.
—Confundís mis actos con eso —negó—. Llevo tratando con mujeres más años que vosotros y eso nos dio de comer muchas veces, pagó muchas facturas y sirvió para costearos los estudios. Cuanto más tiempo tengan la mente nublada, mejor. Eso es algo que Sasuke no comprende.
Naruto le observó, recordó a Hinata y sus palabras y luego, a Sasuke. Lo duro que fue para ellos estar un mes sin acercarse. Verlas en la universidad a Ino y Sakura y no poder siquiera saludarlas como si fueran conocidos por miedo a que la prensa hablara de más. Incluso a ellas se les notaba lo difícil que estaba siendo todo eso.
Puede que los demás no se estuvieran dando cuenta, pero Sasuke estaba cambiando. Y ese mes le había bastado para estallar. Por eso, ahora tenían una dichosa mancha de tomate en la pared.
Subió las escaleras hasta el dormitorio del otro y entró sin llamar. Sasuke se bajaba la camiseta del pijama justo en ese momento.
—Largo —ordenó.
—¿Eres consciente de que si fuera Itachi serías tú quien se largaría? Pero a golpes, claro.
Sasuke sólo le miró una vez y después, se tiró en la cama boca abajo. Naruto cerró la puerta para darles algo más de intimidad.
—Me pasa lo mismo.
Sasuke no respondió.
—He dicho que me pasa lo mismo.
—¿Qué te hace pensar que quiero responderte? —gruñó.
Naruto sonrió y se sentó a su lado en la cama, ignorando que reptara para apartarlo.
—Cuando Itachi llegó con este trabajo sabíamos que nuestras vidas iban a cambiar.
—Naruto, no eres ni Shikamaru ni Itachi. Deja de hablar como si fueras un sabelotodo —acusó.
—Vale, no me hagas caso si no quieres, pero te enfadaste porque Sakura no te hacía caso y en realidad, lo que te frustra es lo que estás sintiendo.
Finalmente, le miró. Con los ojos brillantes de rabia.
—No —negó rotundamente.
—Sí —afirmó—. Puede que sea raro siendo tan rápido, pero pasa.
Pensó en Hinata. En cómo lo trataba como un niño.
—He sido rechazado tres veces.
—Escogiste mal a la chica. Matsuri habría sido más fácil.
—¿Eres ciego, Sasuke? —protestó—. Esa niña solo tiene ojos para Gaara.
Sasuke chasqueó la lengua como respuesta, tirando de su almohada para cubrirse la cabeza. Murmuró algo que no alcanzó a escuchar pese a tener muy buen oído.
—¿Qué dices? —preguntó inclinándose más hacia él.
Sasuke sacó la cabeza y lo empujó hacia atrás.
—¡No te acerques tanto! —aseveró, gruñendo de nuevo y sentándose al fin, rendido de no poder expulsarlo—. El más cambiado es Itachi.
—Él sabe cómo llevar a las mujeres —recordó al memorizar sus palabras.
—¿Y te crees ese cuento? —preguntó Sasuke bostezando—. Ni de broma.
Naruto se rascó la barbilla, pensativo. Era cierto que Itachi parecía diferente y su gesto cada vez era más tenso. Cuando estaba junto a Izumi parecía relajarse.
—Igualmente, están aquellas palabras que dijo la última vez…
—¿Qué palabras? —se interesó Sasuke.
Naruto intentó hacer memoria.
—Algo sobre que había que hacerlo pronto… antes de que todos fuéramos a más. Sí, eso creo que era. Imagino que hablaba del tema del robo —supuso.
Sasuke se golpeó la pierna con una mano. Soltó una palabrota y, esa vez, sí lo tiró de la cama.
—Lárgate, Naruto —ordenó.
—Espera, siento que hay algo que se me escapa —demandó.
Sasuke no volvió a hablar. Ni siquiera, aunque lo zarandeó o tiró del pantalón casi dejándolo en cueros.
.
.
Ino bostezó, completamente agotada. Le pesaba tanto las pestañas que estaba segura de quedarse dormida mientras subía las escaleras. Su padre se despidió de ellas un momento antes y Izumi casi las zarandeó en el sofá para que despertaran y se marcharan a la cama. Sakura obedeció y por como arrastraba los pies, no estaba mejor que ella. Aunque tenía una sonrisa idiota en la cara.
—¿Qué escondes que te hace tanta gracia? —preguntó siguiéndola a su dormitorio sin pensarlo. A veces el chisme podía más con ella que el sueño.
Sakura se lamió los labios, divertida.
—Algo que tú no sabes—se burló.
Ino se dejó caer sobre la cama y abrazó uno de los cojines.
—Si es algo de hoy, puede que se me haya escapado. Aunque no todo. ¡Y me hiciste recordar algo! —exclamó sentándose bruscamente. Sakura casi soltó un grito de sorpresa—. ¡Izumi! Esa mujer tiene que responder cosas.
—Bueno, si crees que lo de Izumi es más interesante, adelante. Pero luego, por más que quieras sacármelo, no podrás —advirtió.
—Maldita frentona. ¡No me chantajees! Anda, déjame uno de tus pijamas.
—Tu habitación está ahí enfrente —protestó Sakura. Aún así le tiró un camisón.
Ino se desnudó y vistió en un abrir y cerrar de ojos, volviendo a acostarse, esa vez, dentro de las sábanas.
—¿Vas a contarme ya qué sabes, frentona?
Sakura se tomó su tiempo en abrir un bote de crema que luego comenzó a echar sobre su cuerpo, y que ella le quitó para imitarla.
—Digamos que puedo decir que Sasuke no es tan inmune como quiere hacer ver.
Ino abrió mucho la boca.
—Te refieres al juego. ¡Dios, eso lo sabíamos! Es un chico al que le cuesta profesar su cariño, al parecer. Algo torpe, así que la idea de demostrar cariño por Naruto debe de espantarlo o… —Sakura enarcó una ceja y puso morros, divertida—. Vale. No te refieres a eso.
—No —negó chupándose el labio inferior—. Sí que tiene que ver con el juego, pero no a esa parte.
Ino le dio una palmada en el brazo.
—¡Deja de dar vueltas y dímelo ya!
—¡Vale, vale! —aceptó Sakura antes de que terminara haciéndole un moratón—. ¿Recuerdas que saqué una carta que debía sentarme junto a la persona a mi lado?
—Ah, sí. Esa me salía mucho cuando éramos pequeñas y una vez me tocó sentarme sobre Matsuri. Fue un caos —rememoró entre risas. Sakura sonrió también, pero el brillo travieso de conocer algo que ella no continuaba ahí—. ¿Y bien? ¿Qué ha pasado por sentarte encima de él?
—Bueno, te diré que Sasuke no es del todo impasible —respondió con gesto orgulloso.
Ino tardó en comprenderlo, hasta que se percató del gesto que hizo Sakura con su dedo para remarcarlo.
—¡No me digas que se ha…!
—¡Sí! —explotó finalmente Sakura entre risas. Se metió con ella en la cama y ambas se dieron palmadas de emoción hasta qué, jadeantes, se miraron—. Te juro que no me imaginé que pasara eso delante de todos, la verdad.
—Según tengo entendido los chicos pueden tener esas cosas hasta sin quererlo.
—Lo sé —confirmó Sakura suspirando—. Pero empezó a ocurrir justo cuando cambié de postura. Inclinándome para tirar los dados o él teniendo que hacerlo… Ya sabes… Son pequeñas pero interesantes.
Ino movió una mano con desinterés.
—Dudo que fueran tus tetas. Siempre te lo he dicho. Tienes un trasero que quita el hipo a los hombres y no lo explotas como deberías. Y eso sí que estoy segura de que fue lo que necesitaba.
Soltó una carcajada que provocó que le doliera hasta la garganta. Justo entonces, la puerta se abrió. Izumi se asomó, mirándolas con curiosidad. Casi parecía una niña pequeña mientras dudaba en abrir la boca.
Ino se lamió los labios. Estaba esperando una oportunidad como esa. ¡Izumi tenía que dar ciertas explicaciones! Dios, se le estaba quitando hasta el cansancio y el sueño.
—¡Justo la reina de roma que quería ver! —exclamó—. Pasa, pasa.
Izumi dudó. Frunció el ceño, como si considerase hasta qué punto debía de permitirle hacer esa clase de comentario. Pero fuera lo que la tuviera tan dudosa, fue suficientemente fuerte como para que entrara tras cerrar la puerta tras ella.
—¿Qué ocurre? —preguntó Sakura antes de que ella abriera la boca.
—Quiero hablar con vosotras.
La voz de Izumi era tan adorablemente tímida que Ino casi se sintió mal por meterse con su hermana. Casi.
Dio palmaditas a la cama para que se acercara.
—Siéntate en el medio —invitó.
Izumi dudó.
—No vamos a comerte —prometió Sakura.
Finalmente, su hermana mayor trepó por la cama para acostarse entre ellas.
—Que conste que os busco a vosotras porque Temari y Hinata no están en condiciones —advirtió—. Y que a la primera broma me enfadaré mucho y me largaré. Además, os castigaré.
—¿Más? —protestó Sakura—. ¿Un mes no ha sido suficiente castigo?
Izumi frunció las cejas.
—Eso fue necesario, chicas y espero de corazón que no penséis que es culpa de Hinata.
—Claro que no —dijo Ino—. Lo que pasa es que durante un mes hemos tenido que fingir no conocer a nuestros vecinos, estar encerradas contigo que parecías un lobo al que le han quitado sus cachorros y… bueno, ni hablar de lo preocupadas que estuvimos por Temari o porque Hinata hiciera alguna locura.
—Es cierto —confirmó Sakura—. No estamos enfadadas ni le echamos la culpa a nadie. Es… ¿Nuestra impotencia?
Ino asintió con la cabeza.
—Por decirlo de alguna forma, sí.
Izumi les palmeó las manos.
—Pues no os sintáis de ese modo. Todas y cada una de vosotras sois capaces de comeros el mundo. A pasos cortos o rápidos. Eso sí, lo siento, pero me temo que no voy a dejar de ser una hermana gallina.
Ino puso los ojos en blanco mientras Sakura se echaba a reír.
—Eso no va a impedir que haga la pregunta, Izumi —advirtió.
Izumi se chupó el labio.
—Sé que vas a preguntar…
—Yo no —interrumpió Sakura antes de bostezar—. ¿Qué me he perdido?
—¿No te acuerdas, frentona? —preguntó—. Si Izumi pensaba que me iba a olvidar de algo tan jugoso como cierto beso de despedida delante de todos de cierto Uchiha vecino…
Sakura dio una palmada al rememorar.
—¡Cierto! —exclamó—. ¡Izumi! Creo que tienes muchas cosas que contarnos.
—Vale, vale. ¡Parad! —ordenó ella cuando las insistencias se multiplicaron—. Es cierto —reconoció cuando guardaron silencio, más atentas que dos perros frente a un bote de chucherías caninas—, me besó. Y… no es la primera vez —confesó.
Ino apenas pudo contener el grito. Izumi le chistó para acallarla y se cubrió la boca casi sin poder respirar de la emoción.
—¿CUÁNTAS? —Exigió Sakura.
—Olvida eso, Frentona —ordenó sacudiendo una mano frente a su rostro—. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué?
Izumi infló los mofletes.
—No voy a daros detalles —indicó cruzándose de brazos—. Me incomoda si quiera pensar en ello.
—¿Por qué? —preguntó Sakura—. Izumi, no es malo que te enamores o hagas esas cosas. Puedes hacerlas. Ninguna de nosotras va a juzgarte.
—Sí que queremos el chisme —recalcó—. Pero no nos importa que seas algo traviesa. Y, hemos de reconocer, que Itachi es un partidazo.
Fue maravilloso ver a su hermana enrojecer, apretar el filo de las sábanas como si fuera repentinamente una adolescente.
—El problema es que… yo siento que está mal. Que hay algo mal en esto —explicó—. Vosotras tenéis dieciocho años, estáis en la edad de jugar a estas cosas. Puede que, con Naruto y Sasuke, pero yo… no debería de estar jugando a las escondidas con él, ni… —suspiró—. No quiero enamorarme más. Así que he venido a pediros consejo.
Ino tuvo miedo de preguntar.
—¿Sobre qué? Porque no eres tan mayor como para no poder jugar con tu pareja a lo que sea. Si es que es tu pareja. —. Izumi negó con la cabeza—. Ay. ¿No te lo ha pedido?
—O ella a él —incitó Sakura, más dada al modernismo que a los cuentos de hadas de antaño—. No tiene por qué tener él toda la iniciativa.
—Bueno, mi hermana es tímida, así que…
Izumi levantó una mano para acallarlas antes de que comenzasen a pelearse.
—A olvidarle. Hacer que se termine esto.
Hubo un momento de silencioso, doloroso. Ino podía notar la angustia en su hermana. Su boca decía palabras que, desgraciadamente para ella, su cuerpo no parecía compartir.
—¿De qué estás hablando? —Inquirió finalmente—. ¿Por qué? Itachi se ve responsable y a papá le gusta mucho. Claro que no es necesario eso último, pero…
—Me di cuenta cuando los vi marcharse antes —interrumpió Izumi—. Siento que enamorarse tan deprisa no es bueno.
—Vaya, es la segunda vez que escucho eso del amor a lo rápido —reflexionó Sakura. Ino y Izumi la miraron con curiosidad—. Juraría que fue Temari.
—¿En serio? ¡Mira que me pierdo cosas! —protestó cruzándose de brazos—. Hoy no hago más que sorprenderme de todo. De todas maneras, volviendo al tema, Izumi. Para enamorarse no hay un margen de tiempo exacto. Hay personas que se enamoran para toda su vida de la misma persona y solo la vieron una vez. Otras, necesitan tiempo y conocerse bien. Y también están las que claramente, no se pueden separar. Sus cuerpos se atraen, aunque no quieran.
—¿Por qué siempre lo llevas a algo sexual, Ino? —protestó Sakura. Izumi asintió para confirmar su queja.
—Porque eso del que sexo no es fundamental es mentira. No todas las parejas están bien sin poder tener sexo. Hay personas que somos más sexuales que otra. Te pondré un ejemplo claro —indicó—. Hinata.
—Eso no puedes saberlo —terció Izumi severa.
—Puedo —aseguró—. Hinata no se acostó con Toneri ni una sola vez. No pasaron de los besos. Estoy segura. Hinata es así. Y si lo hizo, pocas veces.
—Hinata es reservada y no hay nada de malo en eso —indicó Izumi cruzándose de brazos.
—Vale, como queráis —aceptó—. Y luego, estoy yo. No voy a poner a otra de ejemplo, porque no sería justo. Creo que hasta tenemos telarañas en ciertos lugares.
—¡Ino! —regañaron ambas a la vez, avergonzadas.
—Vaaaale —se rindió—. El caso es que soy una mujer muy sexual y no debería de pareceros malo. Me gusta el sexo. No soy ninfómana, que la gente tienda a mal interpretarlo. Es simplemente algo complejo de explicar. Eso es como una persona Pansexual o un sapiosexual.
Izumi se llevó una mano al entrecejo.
—Por favor, Ino. Dime que no te has acostado con ninguno de los vecinos.
—No, pero no porque no quiera —negó cruzándose de brazos—. Aunque casi lo hago con un amigo de Itachi.
—¡Ino! —regañó Sakura esa vez, por obvias razones.
—No, Ino, no. ¿Cómo es eso? —se interesó Izumi. No como hermana. Su parte maternal salió a la luz.
Ino bostezó, estirándose.
—Ay, qué cansada estoy. ¿Verdad?
—No, esper…
—Sí, cierto —corroboró Sakura tirando de sus ropas. Entre ambas cubrieron a Izumi, impidiéndole escapar—. Mejor dormir un poco.
—¡Chicas! —protestó Izumi.
Pero ninguna dio su brazo a torcer. No podían contarle aquella escapada a Izumi o inculpar a Itachi de ello.
—Izumi —nombró—. No sé bien qué pasó en el pasado con tu ex. Nunca nos lo contaste. —Izumi se quedó en silencio—. No tienes que hacerlo. Lo que me refiero, es que no pienses que todos los hombres son iguales. Que uno te saliera rana, no quiere decir que los demás sean igual.
—Eso es cierto —confirmó Sakura—. Creo que Itachi tiene los pantalones bien puestos. Y si te gusta y te hace sentir algo que no sentías en mucho tiempo…
—Cosquillitas en cierta parte —bromeó.
—¡Cerda! —Acusó Sakura—. Me refiero a emocionarse, a sentirse querida y esas cosas cursis. De verdad que sólo piensas con otra cosa.
—Era una broma, joder —protestó tapándose la cabeza—. Yo también quiero que Izumi sea feliz. Ya no somos niñas sobre las que tenga que mantener un ojo. Y voto por Itachi.
—Chicas —farfulló la susodicha—. No me habéis aclarado nada.
—Porque eso solo puedes solucionarlo tú misma —indicó Sakura—. Sólo tú.
Izumi guardó silencio.
Ino no tardó en quedarse dormida. Pensando en todo y, a la vez, pensando en qué cara pondrías sus hermanas si confesaba sentirse atraída por Sai. Porque desde que se besaron, no pudo dejar de pensar y recordar ese momento. El beso fue tremendo, de esos que mandaban a volar tu mente lejos. La situación quizás no terminó siendo la mejor, pero claramente, no era algo que para los dos no significara nada.
Por eso no logró prestar atención a Sakura y Sasuke exactamente. Estaba más concentrada en el chico sentado a su lado mientras jugaban al monopoli de los sentimientos. Más centrado en su mano, que de vez en cuando se iba a su rodilla, a esa sonrisa burlona que la retaba a decir algo.
Sai era muy diferente al resto de hombres que había conocido. Era como sostener una cuerda y tirar, esperando encontrar una cosa al final y, cuando llegaba a ti, era otra muy diferente. Intrigante. Sexy.
Suspiró en sueños.
.
.
—Deberías de estar durmiendo.
Gaara bostezó y miró su espalda, encorvada sobre los planos de la mansión y las fichas de las chicas. Las tuvieron que sacar de la habitación para que Izumi no sospechara, así que, si alguno quería información, era ahí donde debería de acudir. Él no estaba ahí para eso. Necesitaba estirar las piernas y se asomó por si él estaba dormido. Encontrándose la cama vacía, se imaginó que estaría ahí, buscando soluciones a los problemas.
—Lo mismo te digo, Itachi.
—Gaara, no lo digo en broma. Necesitas descansar.
—Yo tampoco —negó acercándose más a él—. Por más vueltas que intentes darle ahora mismo, tu mente no podrá pensar con claridad. Y a Sasuke… ya se le pasará. Necesita pensar las cosas mejor. Porque… no tiene razón en lo que dice. ¿Verdad?
Itachi suspiró, frustrado.
—¿Tú también crees que era mejor dejar que murieran para conseguir la llave?
—No hablo de esa parte —negó tomando la fotografía de Izumi—. Hablo de la parte en la que te estás enamorando de Izumi Hatake.
Itachi apretó los labios y observó la fotografía con intenciones críticas que no le engañaron. Quizás podría funcionar con los demás. Con él, no.
—Dices que has trabajado muchas veces con mujeres para poder mantenernos. Lo sé. No me siento orgulloso de que tuvieras que hacer eso. Nadie debería vender su cuerpo de esa forma. Sin embargo, Itachi, esta vez no te está funcionando. Sasuke es muy perceptivo cuando de ti se trata y muy receloso de todos nosotros. El problema es que tiene más enlace contigo y Naruto de lo que él desea.
—Gaara —murmuró Itachi agotado—. No es…
—No voy a presionarte —interrumpió levantando una mano para acallarle—. Sin embargo, sí te aconsejaré que dejes de mentirte. Mira… todos queremos esta dichosa llave para poder salir de aquí, pero traicionar nuestros principios también es duro. Porque para conseguir algo, tendríamos que dejar a unas personas con las que habéis encajado en la misma desgracia en la que estamos. Hundirlas en el mismo lugar donde estamos nosotros. Conocemos las penurias, lo que… —se miró la mano, todavía temblorosa pese a la medicina—, podemos perder.
—Hatake me ha ofrecido un puesto de trabajo.
Gaara levantó la mirada hasta su rostro. Itachi parecía debatirse.
—Nunca en mi vida, ni, aunque fuese a rogar, me ofrecieron algo pese a no tener estudios.
Gaara se mordió el interior del labio para no expresar lo que eso significaba. Itachi, siempre recibió portazos en empleos justo por falta de estudios. Considerado como un marginado social, se esforzó en conseguir el trabajo más bajo para poder alimentar a cinco hermanos. Estudios, ropa, enseres necesarios… Alimentos. Y luego, cargar con un hermano enfermo como él.
No fue fácil.
—Esta noche ha sido realmente intensa —reflexionó.
—Sí —corroboró él—. ¿Qué tal tú? Saber que tienes una hermana y que justo está tan cerca. ¿Es complicado?
Llevaba todo el tiempo pensándolo desde que se enteró. No podía creerse que el destino o la casualidad tuvieran esa clase de mal humor. Siempre había pensado que aquellos que robaban a sus familiares eran horribles. Tener a su hermana entre las mujeres a las que debían de engañar era complicado. Encima, Shikamaru era quien estaba a cargo de ella.
No pensaba de ninguna forma como un hermano protector, por supuesto. Eso sería ridículo.
—Ya veo —musitó Itachi pensativo—. Si necesitas tiempo para pensar en algo…
—No —negó—. Tú mismo lo has dicho, Itachi. No podemos alargar esto más. ¿Qué fue lo que Sasuke dijo que hacía falta para abrir la cámara?
Itachi cambió de postura.
—Una clave y una huella. He de suponer que la huella es de Hatake y el número, a saber.
—La huella es fácil de obtenerla —explicó.
Rebuscó en el pantalón y sacó la fotografía que Hatake les había mostrado. En un descuido del hombre se la había llevado, con la idea de… ¿De qué exactamente? ¿Ponerle cara a la mujer que fue capaz de abandonarlo? Y a Temari también. No era el primer hijo que dejaba atrás. Al menos, ahora ya sabría qué rostro poseía. Qué semejanzas tenía con ella.
—Puedes sacarlas de aquí. Sai, mejor dicho. Puede sacarlas de la fotografía. Tuve sumo cuidado al cogerla, así que no habrá muchas mías.
La dejó sobre la mesa que Sai solía usar para crear falsificaciones y demás para sus trabajos.
—En cuanto al nombre, igual es una idiotez, pero pensé en algo —sopesó.
—Soy todo oídos —aceptó Itachi.
Gaara levantó tres dedos para remarcar sus palabras.
—Seis hijas. Seis madres. Una esposa.
—Es decir: Seis, seis, uno. ¿Tan simple?
—A veces lo simple es lo que más se obvia —recalcó.
Itachi suspiró.
—Estoy pensando en otra cosa —murmuró pensativo—. ¿Y si provocamos que Hatake tenga que abrir la caja frente a nosotros? —preguntó—. Está confiando en nosotros, quizás se atreva a hacerlo.
—¿Y cómo planeas hacer eso, Itachi? —preguntó interesado.
—Aceptando el trabajo —respondió—. Y pedirle un adelanto. Seguramente, me lo entregaría en mano. Tendría que abrir la caja.
—Eso podría delatarte —murmuró.
—Nos delatamos igual, Gaara. Una vez tengamos la llave tendremos que abandonar este lugar en el mismo instante. Sin recoger nada. Será obvio que fue cosa nuestra.
—Y si no…
—No digas que no nos vayamos —interrumpió Itachi apretando las manos alrededor de la mesa entre ellos—. Hemos de marcharnos. No soportaríamos la culpa. Justo por cómo nos estamos empatizando con ellas.
Gaara se pasó una mano por los cabellos.
—Es el peor trabajo de todos los que hemos hecho.
—Sí —reconoció Itachi. Cuando le vio bostezar, levantó el pulgar—. A dormir. Ya.
—Tú también.
—No necesitas decírmelo dos veces.
.
.
Hinata tomó aire y metió la cajita con el anillo en otra caja de cartón donde todas las cosas que Toneri le regalara permanecían. Nunca habría pensado que tirar algo sería tan difícil. Los momentos en que fueron regalados realmente fueron felices, importantes y especiales. Y ahora no podía sentir culpa por deshacerse de ellos. No debería.
Iba a donarlos a algún tipo de beneficencia. A cualquiera que necesitara ayuda vendiendo cosas para recolectar dinero para una buena causa. Niños con cáncer, con penurias alimentarias, pobreza educativa… Cualquiera le parecía bien.
Cerró la caja antes de que retrocediera.
La noche era calurosa y mantenía la ventana abierta. Se acercó para observar el cielo estrellado y suspiró.
Tenía la cabeza repleta de cosas y aunque estaba cansada de tanto llorar, soportar y demás, no se sentía capaz de conciliar el sueño. Su mente no cesaba de procesar diferentes escenarios en los que todo se resolvía de diferentes maneras y, especialmente, bien.
¿Cómo podía amar a una persona tan horrible? ¿Cómo podemos creer que el daño psíquico es menor que el físico solo porque no se aprecia a simple vista?
Nadie tenía derecho a pisotearla y desvalorar sus sentimientos o ideales como hizo Toneri. Ella amaba a su familia y quería estar con ellas hasta el final. No se imaginaba una casa solitaria. Sin risas, sin gritos. Eso la mataría. Y Toneri lo sabía. Asfixiarla hasta el final. Amargarla. Y, probablemente, tras conseguir lo que quería, ella habría pasado a mejor vida sin que se despeinara siquiera.
Ese hombre intentó matar a sus hermanas. Lo que más quería en ese mundo.
Cerró los ojos para retener las lágrimas. No lo consiguió.
Necesitaba soltar todo lo que llevaba dentro. Los años de mentira. El dolor y la angustia.
Había temido quedarse sola justo por eso. Porque sabía que se derrumbaría.
—Llorar no es malo —le había dicho su padre cuando fue a verla antes de irse a dormir.
Y aunque la estrechó entre sus brazos y le dio un beso, sintió que eso no era suficiente. Hipó, sollozando.
Escuchó un ruido extraño provenir de la habitación de al lado. Recordó a Temari y su situación. Llamó a su puerta y la abrió.
Temari se había caído de la cama y gesticulaba entre dientes mientras intentaba ponerse en pie.
—¡Temari! —exclamó corriendo hacia ella. La ayudó lo mejor que pudo, sentándola de nuevo en la cama—. ¿Por qué no nos has llamado? Tienes el móvil y hasta Matsuri te entregó una campanilla para cuando hiciera falta.
Temari estaba pálida, con la boca tan tensa que le temblaba la barbilla. Su orgullo muchas veces podía ser peor para ella. Se sentó a su lado, cubriéndola con las mantas y luego, acarició su mejilla.
—Está bien dejar que las demás te ayudemos de vez en cuando.
—No quería ir a ningún lado —replicó—. Me he resbalado de la cama.
Eso último lo dijo a media voz. Como si de una niña se tratase, avergonzada, con la cabeza baja y los labios tensos.
Hinata no quería. De verdad que no. Pero no pudo evitar echarse a reír.
—¡Lo siento! —se disculpó cubriéndose los labios para mitigar así la sonrisa—. Sé que no debería de reírme, pero…
—Olvídalo —rezongó Temari cruzándose de brazos—. Es culpa mía por no poder dormir. No dejo de dar vueltas a una cosa y… me moví, calculé mal y el suelo creció contra mí.
—Vaya, parece que en el tema de no poder dormir no soy la única.
—Me imaginaba que tú no podrías hoy —reconoció Temari—. ¿Sigues pensando que todavía tenía solución?
—No —negó sincera—. Pienso en muchas otras formas que podría haber resultado todo. Algo más… normal. Sin necesitar un juicio, peleas o… —suspiró—. Ilusiones tontas.
—Necesitabas ver la crudeza de la realidad, Hinata. Me duele porque eres mi hermana, pero no podías seguir engañándote o haciéndote daño por ir en contra de tus propios deseos. Es cierto que al ser dos tenéis que tomar decisiones juntas y es natural, pero… él quería destruirte, alejarte de todo. Bueno, ya lo has visto. No voy a darte una charla, pero recuerda que no estás sola.
—Lo sé. Todo eso lo sé —reconoció—. Y os aprecio mucho más. Sé que me dijiste las cosas una y otra vez, que te enfadabas y hasta estoy por apostar que querías golpearme…
—Sí —afirmó Temari—. Y otra cosa que ha de quedar clara: tú no tienes la culpa de mi situación.
—Un daño colateral —murmuró.
—Del que no tenías idea. Jamás se me ocurriría culparte, Hinata —aseguró Temari—. Eres mi hermana y te quiero, pero echarte las culpas encima de otra persona no te corresponde. Toneri debe de pagar sus pecados y lo hará. Tú eres una víctima más.
Asintió. Lo comprendía, pero no era tan sencillo como encender una bombillita y tener una nueva idea. Necesitaba perdonarse a sí misma. Tiempo.
—¿Qué es lo que no te deja dormir a ti? —Preguntó. Se levantó y rodeó la cama para abrir las ropas. Temari la observó mientras lo hacía. Más rumiando qué decirle que negarle su compañía—. ¿Es algo malo?
—No realmente. O quiero pensar que no es malo.
Hinata se cubrió y la miró en espera, paciente. Temari chasqueó la lengua.
—Supongo que lo mismo da que te lo diga ahora o mañana con las demás —decidió—. Papá ha venido antes a hablar conmigo. Llevaba comportándose extraño desde que salí de la operación y Rin también dejó caer que, si le iba a escuchar después, cuando todo terminase. Pensaba que mis resultados médicos podrían ser malos o algo así, así que esperaba algo de eso.
—Y no lo ha sido. ¿Verdad?
Por un instante, sintió un pellizco doloroso en el pecho.
—No, tranquila —descartó—. No tiene que ver con mi situación médica. En su momento yo también pensé que sí, pero no. Tiene que ver con uno de los chicos de la otra casa.
Hablar de ellos le hizo recordar a Naruto. Su calidez, su amabilidad, la forma que tenía de mirarla y que le provocaba una ternura irremediable.
—Uno de ellos es mi hermano.
Hinata levantó los ojos de sus manos. Había bajado la mirada al rememorar la suavidad de la mejilla de Naruto al tocarla. Parpadeó.
—¿Perdona?
Temari suspiró.
—Gaara es mi hermano —aclaró para darse a entender Temari. Hinata tuvo que repetir esas palabras en voz alta, para asegurarse de que no había escuchado mal—. Sí. Dios, si lo dices tú también no puedo obviar la realidad.
—¿Cómo es…? Es decir…
—¿Recuerdas que mi madre dejó tirado a papá y estaba embarazada? —Inquirió. Hinata asintió—. Al parecer, ese bebé era Gaara. Cuando me operaron y donó sangre ha salido todo a la luz. Ya sabes que mi grupo sanguíneo es muy extraño. Ninguna de vosotras lo tiene. Gaara, por casualidades de la vida, lo tenía. Rin investigó y resultó que Karura es su madre. Es decir, mi madre no tuvo suficiente con abandonarme a mí, sino que también lo hizo con su segundo hijo.
Temari apretó sus manos lo más que las heridas se lo permitieron. Hinata posó cuidadosamente una mano sobre las suyas.
—Temari, tú no tienes la culpa de eso.
—Lo sé —afirmó—. Pero… a veces me dan ganas de…
—Nosotras pensamos que somos felices de que tú nacieras, así que termina esa frase y le diré a Izumi que te dé uno de sus castigos de mejillas.
—Dios, no —negó aterrada ante la idea—. Tendría los mofletes como los de un castor al final. ¿No recuerdas cómo se le quedaron a Matsuri aquel día en que la pilló robando el pastel del horno?
—Y con razón —asintió Hinata recordando las travesuras de su hermana pequeña—. Me pregunto a veces cómo es que el destino es capaz de unirnos a personas que desconocemos por completo y otras, nos dan la oportunidad de encontrar a aquellas que creíamos perdidas.
—Nunca pensé en buscar a mi hermano —reconoció Temari—. Pensaba que mi madre lo escogió por encima de mí. Me imaginé que mi hermano era algo especial y que yo no cumplía sus expectativas. Parece que me equivocaba. Éramos nosotros los que no podíamos darle lo que ella quería.
—Bueno, ella se lo perdió. —Pasó un brazo por encima de sus hombros para acunarla con cuidado contra sí—. Temari, puede que ella no estuviera preparada para ser la madre que querías, pero nosotras sí para quererte pese a lo gruñona que eres a veces. Te queremos mucho.
—Queréis mi comida —bromeó.
—Eso también —continuó su broma.
Guardaron silencio durante un rato. Miró al exterior, suspirando.
—Qué noche más larga…
—Lo es —confirmó Temari—. Más que nunca.
Hinata asintió.
—¿Qué harás? —se interesó.
—¿Con Gaara? —Preguntó a su vez. Cuando afirmó con la cabeza, Temari suspiró—. Primero, se lo contaré a las demás. Y después, intentaré reunirme con él. No tiene que ser mi hermano a la fuerza. Nada le obliga a serlo. Pero me gustaría conocerle mejor. Hablar con él. A lo que me refiero, es que, porque tengamos la misma sangre, él no tiene que forzarse a nada.
—Te entiendo, tranquila. Haz las cosas paso a paso. Al fin y al cabo, no es como si ellos fueran a marcharse o algo. ¿No?
Ambas sonrieron, más tranquilas, felices.
Tan ajenas a su destino real.
.
.
Dormir era imposible. Por más vueltas que le diera a la cama esta no parecía nada cómoda y su cuerpo empezaba a impacientarse. Su mente no paraba quieta y no estaba lo suficiente concentrado como para ponerse a hincar codos. Aunque realmente no le hiciera falta. Tampoco quería pensar en el trabajo.
Por una vez que su enfado lograba mantener la puerta cerrada y no podía aprovecharlo. Su mente giraba y giraba en pensamientos y siempre terminaban en el mismo punto.
Estaba enfadado con el mundo. Necesitaba poner en orden sus pensamientos.
Primero que nada, su hermano mayor. Podría negarlo, patalear, gritarlo más fuerte y continuaría sin admitir lo que sentía por Izumi Hatake. No era ciego. Puede que inexperto, pero no ciego. Y lo más triste es que el resto de sus hermanos estaban en el mismo camino.
Porque, si debía de ponerlo en segundo lugar, todos estaban siendo arrastrados por las vidas de esas mujeres. Comprendía a qué se refería su hermano, esa clase de empatía. Pero por ellos nadie la había sentido… hasta ahora. Kakashi Hatake era el típico hombre que llorabas mientras intentabas acuchillarle la espalda. Como les pasaba a ellos. Entendía que no era el momento y tampoco habría querido ver la muerte de Sakura aquel día…
Sakura…
Esa condenada hermana.
Era la tercera parte de sus problemas. No comprendía por qué diablos no podía sacarla de su cabeza. Pasó de no querer nada con ella a empatizar y a causa de eso, terminó besándola en el despacho de su padre y hoy…
Se pasó una mano por los cabellos y se miró la entrepierna.
Bien. Un chico no podía controlar del todo ciertas cosas, pero hasta ahora se había sentido orgulloso de mantener eso en su lugar. No era raro entre hombres descubrir a uno de sus hermanos despertando alegremente. Joder, más de una vez había visto a Shikamaru arrastrando los pies, bostezando y con tienda de campaña. Hasta a causa de que Itachi quería las puertas abiertas, más de una noche en que el sueño no te pillaba como él en ese momento, te enterabas de que alguno de ellos estaba jugando en la cama un cinco contra uno.
¿Sucederle por una chica sentada sobre sus piernas? En la vida. Es más, eso se esperaría mil veces más por parte de Naruto que por él. Y hasta ahora, no se había percatado de qué parte de una chica le interesaba más sexualmente. Quizás el cabello largo, pero no un buen trasero…
Se golpeó la cabeza contra la pared con fuerza.
¿Acaso estaba idiotizado o qué? Y lo peor de todo, es que no era la primera vez que se fijaba en esa parte de Sakura. Sólo que la vez de la piscina no estaba para nada con la labor de centrarse en esa parte, o, mejor dicho, no era tan necesario. Y es que no hubo más remedio que fijarse en ello. Con Sakura sentada sobre sus caderas, inclinándose cada vez que tiraba los dichosos dados.
No pudo más y cuando salió aquella carta que claramente le molestaría, lo dejó. No podía seguir ahí o reventaba.
Y ahora, de sólo pensar en ella, en esa zona, en su aroma… Sus ingles volvían a tirar con una condenada erección.
Se pasó una mano por encima del pantalón, frustrado, acomodándose el calzoncillo. Cuando se dio cuenta, lo había bajado de más y su mano oscilaba por encima de su miembro. Se imaginó que no era su mano, más pequeña, más fina…
—¡Maldición…!
Su nombre retumbó en su mente, sus ojos verdes le observaban en la oscuridad y su risita escapó por la ventana.
¿Quién era él ahora para juzgar a su hermano mayor? ¿Quién?
Hasta ahora nunca se había masturbado pensando en una mujer.
Se dejó caer de lado sobre la cama, frustrado.
Sakura iba a ser su condenado talón como continuara.
Escuchó pasos llegar desde la escalera. Percibió a sus hermanos. Itachi no apareció para abrir la puerta y Gaara, quien al igual que Shikamaru solía arrastrar los pies cuando tenía sueño, se tiró en la cama. El ronquido de Naruto fue el final.
Su sueño, al fin, una pesadilla.
Soñó con su padre. Un hombre al que no conocía, pero se imaginaba. Soñó que volvía. Se llevaba a cada uno de sus hermanos, se los arrebataba y a él lo dejaba atrás. Solitario. Llorando.
.
.
Sai nunca se lo había dicho a los demás. Lo guardó como una cajita cerrada para la que tiró la llave en su corazón. Lloró a solas muchas noches desde aquel día. Se juró a sí mismo demostrarle que no le necesitaban.
Él había visto a su padre años atrás. Todavía era un crío asustadizo y no se esperó jamás sentir esa necesidad hacia alguien que se suponía debía de cuidarles. Lo reconoció al instante. Verle una sola vez fue suficiente para que su rostro quedara para siempre marcado en su corazón y mente. Por eso, se acercó a él, extendió su mano en busca de un cariño que, claramente, no encontró.
Fugaku Uchiha. Sabía que era su nombre y lo mantuvo en secreto, aislado. No habría servido de nada. Denunciar en su momento podría haber ocasionado que separasen a sus hermanos, que Itachi sufriera más…
Su muerte le carcomía. Las ansias de vengarse que heredó de niño continuaron creciendo en su interior y a medida que vendía sus obras, rezaba porque algunas llegaran a manos de ese hombre, que viera lo que había perdido, lo que abandonó.
Incluso su afán de robar la llave consistía en ello. Llamar un día a su puerta y tirarle un fajo de billetes. O a saber qué otra cosa.
Sin embargo, sus planes habían terminado en nada.
Con su muerte se llevaba sus culpas y él se quedaba con las ganas de venganza o de decir las cosas que guardó durante mucho tiempo.
Era una pena. Esa noche no iba a conseguir pegar ojo.
Se preguntó cómo estaría Ino. ¿Se habría soltado el cabello para dormir? ¿Olería de la misma forma que antes?
Quería verla y aunque la distancia no era muy grande entre ellos, así la sentía.
.
.
Rin le dio el último codazo que pensaba soportar esa noche. Se sentó, frotándose el estómago. No es que ella estuviera siendo mala, es que él no cesaba de girar en la cama como una peonza y era, en esos momentos, el peor compañero de cama existente. Esa noche estaba siendo muy larga y aunque pensó que caería muerto en la cama, no era así.
—Iré a prepararte una tila o algo, Kakashi.
La observó encender la luz, levantarse, echarse la bata de verano por encima del camisón y salir arrastrando los pies y bostezando. Su esposa era hermosa y no podía más que dar gracias al cielo de que esa vez sí, resultara bien. Además, parecía que sus hijas iban aceptándola cada vez más y eso, le enorgullecía de cierto modo.
Sin embargo, sus problemas no estaban terminando. Iban acumulándose y creándose poco a poco.
—Karura… sí que la hiciste buena esta vez.
Se levantó y caminó hasta la ventana descalzo. El recuerdo de su ex mujer no era exactamente lo que perturbaba su sueño. Era Temari y esos muchachos. También, en cómo iban a tomárselo sus hijas. Ino, Sakura, Izumi, Hinata y… Oh, Dios. Matsuri estaba enloquecida con ese chico. Hasta él se había dado cuenta.
Y ahora, era hermano de Temari. Y había otro lejos que también compartía su sangre con ellos dos.
Su pasado siempre le mordisqueaba la nuca. Primero, con Hinata. Toneri le recordó la amargura que fue amar a la madre de Hinata. Porque la amaba. Lejos de sus riquezas, de sus problemas familiares, la amaba. Era un hombre sin más recursos que sus manos por aquel entonces. Por eso valoraba tanto el esfuerzo de Itachi en sacar adelante a sus hermanos.
Y ahora… Temari. En realidad, sus niñas no tenían la culpa de las acciones o situaciones de sus madres. O de él. Su mala suerte le perseguía hasta que encontró a Rin de nuevo. Se percató de lo estúpido que fue y ahora, si no fuera porque despertaba cada día a su lado, dudaría de tenerla.
Karura dejó un hueco doloroso en él y en Temari. El punto es que Temari, como él, solía hacer oídos sordos a esas situaciones y se enfocaba en vivir más el presente, con sus hermanas, que el pasado. Con Gaara, por supuesto, era algo muy diferente. Tenía a su hermano a unos pasos. Un hermano de sangre. Era algo que ellos dos deberían de solucionar y arreglar. Él estaría ahí, por supuesto, para lo que hiciera falta.
—Ten.
Rin extendió una taza hacia él, decorada con un ciervo que reconoció.
—Matsuri mañana estará que trina por haber cogido su taza preferida.
—¿Lo es? —preguntó ella bostezando—. ¡Cuánto lo siento! Tengo los ojos pegados. Espero haber echado al menos azúcar en vez de sal.
Kakashi dio un sorbo con cierto temor.
—No, es azúcar…
—Menos mal.
—… como para parar un tren.
Rin le dio una cachetada en el trasero y se alejó, bostezando de nuevo para meterse bajo las sábanas.
Kakashi se apoyó contra la mesa que ella usaba para sus propias cosas y miró de nuevo al exterior.
Todavía recordaba las palabras de Toneri en el juzgado. El esfuerzo que había hecho para asegurarse de que escuchara todas.
Esos hermanos te robarán lo que más te duele.
Bueno, él era padre, sí, y también amó y amaba. Así que podía comprender que tarde o temprano alguien tendría que quitarle a sus hijas. Ellas estaban en su derecho de enamorarse. Eso sí, rezaba porque no volvieran a ser gañanes como Toneri. Con esa clase de mal nacidos estaba dispuesto a ensuciarse las manos.
¿Los hermanos? Bueno, quitando los problemas que podría causar de que Temari hubiera o estuviera interesada en Gaara, el resto eran libres de hacer lo que quisieran. Aunque Matsuri era pequeña y todavía le gustaba pensar en ella como su monito trepador de árboles.
No te dejes engañar, viejo, cuando Izumi no vino a dormir esa noche estabas que te subías por las paredes, se dijo a sí mismo.
Bebió lo último que quedaba en la taza y suspiró.
Sus hijas crecían y no podía detenerlo.
El móvil de Rin lo sacó de sus pensamientos.
—¿Qué ocurre? —preguntó al ver que ella suspiraba una maldición y guiñaba los ojos por la luz de la pantalla.
—¿Recuerdas que te extrañó que la prensa nos dejara en paz de la nada?
—Sí. ¿Te ha dicho algo ese amigo tuyo?
—Sí —confirmó ella—. Adivina quién pagó dinero para ello. No les interesa que se armen escándalos y menos, por viejas glorias como el clan Ōtsutsuki.
—Hyûga —dedujo acercándose a ella tras dejar la taza sobre la mesa.
—Sí —asintió ella—. Por eso la prensa desapareció. Que, por un lado, es mucho mejor, sinceramente. Ya sé qué sentían aquellos a los que debía de entrevistar.
—Es incómodo, horrible y mantuvo a mis hijas en un estado de encierro antinatural en ellas.
—Lo sé —murmuró Rin besándole la mejilla—. Fue incómodo hasta para mí. Por eso digo que, dentro de lo que cabe, no es malo esto.
—No, pero de nuevo da un poder superior a esas personas que no me gusta. Hinata es mi hija y hasta ahora no ha necesitado nada de esa oscuridad que rige ese clan.
—Creo que lo han hecho más por Toneri que por ella, Kakashi —sopesó Rin—. Han lavado sus propias telarañas, por decirlo de algún modo.
Kakashi besó su hombro y se recostó en la cama.
—Mientras dejen en paz a mi hija…
—Por cierto —recordó ella volviéndose hacia él—. ¿De qué hablabas con el juez después?
Kakashi lo sopesó antes de responderle.
—Quiero información de Toneri. Todo. Si va a cagar, si no come, si habla con alguien… todo. No quiero que salga de ahí en la vida y pueda acercarse a mis hijas.
Guardó silencio.
—¿Crees que he obrado mal con ello?
—No, no —negó Rin acariciándole la mejilla—. Es sólo que tampoco es bueno que te obsesiones con él. Muchos otros hombres intentarán tomar a tus hijas y quizás alguno no termine de gustarte. Y tendrás que aceptarlo, desgraciadamente.
—Lo sé. Por eso cuando Toneri me ha advertido de ello no lo he tomado en cuenta.
—¿Te ha advertido? —preguntó ella perezosa—. ¿Por qué?
—Supongo que el ladrón siempre cree que todos son de su misma condición —sopesó—. Creará que los chicos quieren hacerle daño. Pero, Rin. ¿No crees que, si esos chicos quisieran hacer daño a nuestras niñas, no lo habrían hecho ya?
Rin asintió pensativa.
—La verdad es que esta cosa que el destino esté planeando para nosotros, para ellas y ellos… me tiene muy intrigada. Son buenos chicos, Kakashi.
—Lo sé —reconoció—. Y me siento identificados con ellos de cierta forma. Izumi creo que también con Itachi. Igual por eso han congeniado tanto. Y me gustaría mucho ayudarlas ahora que puedo. El problema es…
—Su orgullo —dedujo ella.
—Sí, me temo que sí. Han tenido que sacarse las cosas siempre por ellos mismos, así que cuando alguien les tiende la mano no saben cómo aceptarla —explicó—. Le ofrecí trabajo a Itachi. Él no se siente capaz por no tener estudios y yo estoy seguro de que mejor que alguien con ellos llevaría un negocio de motos.
—Parece que le gustan, sí.
—Y me gustaría emplear a los otros dos mayores.
—¿Y por qué algo me dice que tienes planeado algo especial para el otro chico? ¿Sai es?
—Sí, Sai —reconoció besando su mejilla—. Ino me enseñó un dibujo suyo. Ese chico tiene buenas manos. No quiero que se desperdicien.
Rin sonrió y buscó su boca.
—Eres incorregible, Kakashi —murmuró alargando las manos hasta rodearle los hombros—. Incorregible. Pero así te queremos todos. Haz todo lo que puedas por esos chicos, porque sé que no vas a detenerte sólo en Itachi.
No. No pensaba detenerse ahí.
Ellos podían pensar que estaban en tablas.
Él le debía la vida de sus hijas.
.
.
Todas despertaron con claras sombras de ojeras y sueño que provocó que arrastraran los pies. Hinata quemó las tostadas. Rin echó sal al café. Temari pese a ver lo que estaba sucediendo en su cocina se mantuvo callada, como si estuviera dándole vueltas a muchas cosas. Izumi no cesaba de ir de un lado para otro, preparándose para salir, claramente, a casa de los vecinos.
Su padre bostezaba en un rincón. Ino se dormía sobre el café. Matsuri todavía tenía pegada las líneas de una hoja en la mejilla y parecía necesitar soportes para retener su cabeza sobre los hombros. Y ella… bueno, pegó la mermelada en todas partes de su mano menos en la tostada. Casi estaba dándole un bocado cuando Temari habló.
—Quiero contaros algo. Ahora que estamos todas.
Sakura levantó la mirada hacia ella, notando que compartía un gesto con su padre, que asintió y se echó hacia atrás, cruzando los brazos en espera. Sakura y Ino intercambiaron una mirada dudosa.
—Algunas de vosotras ya lo sabéis, pero ayer descubrí algo referente a mi madre —comenzó. Matsuri chasqueó la lengua, pero acalló lo que fuera a decir al notar que Temari estaba muy seria, sin cambiar el gesto—. Necesito contaros algo de ella.
—¿Ha regresado? —Preguntó sin poder evitarlo. Ino le dio un codazo.
—No, no es eso —descartó Temari—. Mi madre no quiere saber nada de mí. Eso es algo que dejó en claro hace muchos años cuando se marchó. Se llevó consigo a un bebé que tiempo después, hemos descubierto, también abandonó sin ningún tipo de reparo. Mi padre y él comparten una misma enfermedad y no ha sido hasta lo de mi accidente que no supimos de él.
—Espera… —murmuró Ino pensativa—. ¿Has conocido a tu hermano en el hospital? ¿Es guapo?
Fue su turno de darle un codazo.
—¿Cómo se te ocurre preguntar eso, Ino-cerda?
—Sólo quería romper un poco la tensión, jo —protestó. Suspiró—. Vale, quitando lo de si está bueno. ¿Has conocido a ese hermano? ¿Mientras estuviste en el hospital?
Temari negó.
—En realidad, todas lo conocemos —intervino Izumi—. Lo siento, Temari, lo sé por Itachi —se disculpó.
—Espera. ¿Itachi le conoce? —Cuestionó esa vez Matsuri.
Temari alargó su mano sana para acariciarle la mejilla.
—Es Gaara. Mi hermano es Gaara Uchiha.
La cocina se inundó con un silencio estremecedor. Sakura miró a su alrededor, a cada uno de los rostros de sus familiares. Supo que Hinata lo sabía ya. Que Izumi también, claramente. Su padre y Rin, por supuesto. Ino estaba tan sorprendida como ella y Matsuri… Matsuri parecía que acabaran de romperle el corazón.
Se puso en pie al instante, balbuceando algo y después, se marchó.
—¡Matsuri, espera! —ordenó Izumi sin obtener la respuesta que deseaba.
—Déjala, Izumi —suplicó Temari—. Creo que confunde la situación. Gaara es mi hermano, pero no el vuestro. No compartimos padre. Ya sabemos lo imaginativa que es Matsuri. Capaz y piensa que me iré con él o cualquier locura.
—Estás en tu derecho de querer tratar con él, Temari —le recordó Hinata—. Es tu hermano.
—La sangre nos convierte en eso, sí —reconoció—, la distancia lo ha complicado.
Sakura suspiró. No sabía bien cómo tratar ese tema. Era un problema que realmente afectaba a Temari y que por más que ellas tuvieran sus propios pensamientos a cuenta del hecho de que fueran hermanos, no servirían de nada. Gaara y Temari eran los verdaderos implicados.
El carrillón de la entrada les recordó su necesidad de ir a clases. Se levantó como un resorte, protestando porque Ino no tuviera que ir a clases y ganándose un bostezo como respuesta. Pegó su boca a la mejilla de Temari antes de irse.
—Da igual lo que decidas, Temari. Para nosotras siempre serás nuestra hermana gruñona. Te hemos compartido entre todas, podemos aceptar a uno más. Y ahora, me voy. La universidad no espera.
—Ten cuidado —aconsejó Izumi.
—¡Lo tendré! —prometió.
Bajó las escaleras y subió al coche. Se detuvo frente a la casa de los chicos al ver una figura reconocible.
—Naruto. ¿Te vienes? —ofreció.
—Sí, sí —aceptó éste—. Estaba esperando a Sasuke, que tiene un humor de perros hoy, para que viniera con nosotros.
Sakura levantó una ceja, curiosa.
—¿Qué ha pasado hoy para eso?
—Bueno, ayer discutió un poco con Itachi, una tontería —aclaró antes de que ella preguntara—. Y supongo que todavía no ha cambiado de chip.
Sakura no indagó más. Después de la sorpresa de Temari, creía que no podía esperar más sorpresas en ese día. Hasta que vio salir a Sasuke de su casa. Mientras que Naruto estallaba en carcajadas y el otro enarcó una ceja, Sakura le señaló la camiseta.
—La llevas del revés.
Sasuke maldijo entre dientes. Lanzó la mochila a la parte trasera del coche y se quitó la camiseta ahí mismo. Y por favor, que alguien le colgara un dichoso cartel en el cuello que pusiera que era un tío bueno de verdad.
Naruto le cerró la boca, con una mueca divertida en su rostro que prometía unas cuantas bromas más tarde de su parte.
Abanicándose, puso mirada al frente y su mejor condición para enfocarse en conducir una vez estuvieron listos.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Digamos que sí —respondió Naruto.
—No —respondió Sasuke.
Sakura no supo exactamente por qué respuesta decantarse.
—Imagino que también estaréis en shock con lo de nuestros hermanos…
—¿Lo de Gaara? —cuestionó Naruto—. Sí… no fue algo que esperábamos. Digamos que nos ha pillado por sorpresa. ¿Verdad, Sasuke?
El nombrado gruñó una respuesta que no alcanzó a escuchar, pero que bastó para que Naruto le golpeara la nuca con una buena palmada. Logrando así que Sasuke estampara su codo contra su estómago como represalia. En un momento, ambos empezaron a pelearse en la parte trasera de su coche.
—¡Ey, basta! —aseveró frenando—. Dejad de comportaros como si fuerais críos.
Ambos la miraron por un instante. Naruto aceptó en seguida, pero Sasuke tiró de su mochila y saltó del coche.
—¡Sasuke! —exclamó.
Él se detuvo, se acercó a ella tanto que sus narices chocaron.
—Deja de meterte en mi cabeza.
Y después, cruzó, alejándose de ellos.
Sakura miró a Naruto. Naruto la miró a ella.
Ninguno de los dos podía entenderlo.
.
.
Shikamaru se la encontró encogida tras el cubo de la basura. Por un momento pensó que algún animal se había colado en la casa y estaba rebuscando en el cubo. Sin embargo, era ella. Se arrodilló a su lado, silencioso. Cuando levantó sus ojos hacia él, estaban enrojecidos y acuosos. Supuso que para algunos era más sencillo aceptar ciertas noticias que para otros.
Posó una mano sobre su cabeza.
—Deja que adivine —comenzó—. Te has enterado de que Temari y Gaara son hermanos.
Ella asintió y dejó desparramado algo de mocos sobre su camiseta.
—Y ahora piensas equivocadamente que vamos a quedarnos con tu hermana.
—¿No es así? —preguntó aferrándose a sus ropas—. Y eso convierte a Gaara en mi hermano también. ¿Verdad, verdad?
Ahora comprendía todo. Acomodó la postura.
—Primero que nada, no vamos a llevarnos a Temari con nosotros a ningún lado. ¿Has mirado bien nuestros recursos y casa? Dudo que ella se sintiera cómoda viviendo con todos nosotros. Además, no es el tipo de mujer que dejaría a sus hermanas detrás. Por otro lado, eres inteligente. Cálmate y piensa.
Matsuri tragó, limpiándose la nariz con el dorso de la mano y los ojos con la muñeca. Luego le miró parpadeando.
—¿Qué es Temari?
—Mi hermana.
—¿Por qué?
—Nuestro padre.
—Exacto. ¿Qué es Gaara?
—Tu hermano y su hermano.
Shikamaru asintió, animándola en silencio a continuar.
—Por parte de madre con Temari. Por parte de padre contigo. Espera, eso quiere decir que…
Se puso en pie, casi tirándolo hacia la valla.
—¡Gaara y yo no somos hermanos!
—No —confirmó él—. Es mi hermano y de Temari. No es tuyo. Eres libre de… ehm… ¿Qué quieres hacer con él exactamente?
Pensó que se iba a arrepentir de hacer esa pregunta.
—¡Casarme con él, por supuesto!
Con una carcajada, echó a correr de nuevo hasta su casa. Izumi la pilló entre medias y entró con ella regañándola por llegar tarde a clases.
Shikamaru levantó la mirada hacia el cielo. Entre medias captó la ventana abierta de su hermano.
Gaara estaba pálido. No. Aterrado.
Las cosas iban a ser difíciles para él.
Continuará…
Que conste que lo corté aquí porque me quedé sin personajes… ok no xD Fueron 55 páginas escritas… Sé que me odian, lo sé… xD
Comisiones abiertas =D Si estás interesado en que te escriba de tu shipp culpable, crack o canon, no dudes en pasarte por mi Face para más información =)
(1): Me niego a ese peinado cursi…
(2): Suele llamarse paquete a la persona sentada tras el conductor en una moto. ¿Le llaman de otro modo en tu país? OwO
