DISCLAIMER: LOS PERSONAJES DE KUNG FU PANDA Y PAWS OF DESTINY NO ME PERTENECEN

Agradecimientos:

Gracias por leer.


7

Tigre Blanco

El sonido del gong en la Aldea de los Músicos despertó a Bao. Los ecos le taladraban la cabeza y el gruñido de dolor no se hizo esperar; había dormido poco, como para que le despertasen con un ruido tan fuerte. Su Chi latió, impaciente, y Bao presionó para suprimirlo.

Observó el techo de madera con una gran pereza, inspirando con fuerza para contener el bostezo que le sobrevino. Se estiró bajo la fina manta, pensando en si levantarse o no. Los parpados le pesaron, aunque el dolor en el vientre fue más acuciante. Tenía que ir al baño.

Se irguió en el catre donde estaba durmiendo, la manta cayó hasta su cintura, y la templada brisa mañanera que entró por la ventana cerca al techo le hizo estremecerse el frío. Odiaba estar con el pelaje tan expuesto; su pecho era muy sensible. Se giró y puso los pies en el suelo.

Al ponerse de pie, gruñó por lo bajo, por el frío cruel. Con pasos perezosos fue hasta el armario, buscando con necesidad su conjunto de ropa para cubrir su desnudez. Apartó con cuidado las hachas de doble filo de Jiziang, para no cortarse y se vistió.

—¿Bao? —murmuró Jiziang a su espalda.

Él ladeó el rostro, observándola en la cama por encima de su hombro. Estaba adormilada, con un ojo abierto y una sonrisa traviesa. La manta estaba parcialmente en el suelo, del lado de Bao, por lo que gran parte del cuerpo de Jiziang estaba visible. Pudo ver su estómago relleno, sus senos redondeados, su cuello grueso. Y Bao sintió una presión en el estómago, un deseo casi visceral por ella, pero no aquel aleteo en el cuello y cosquilleo en todo el cuerpo como con Lei-Lei.

Sonrió.

—Hola.

—¿A dónde vas? —preguntó ella, jugando con la sábana.

—Al baño —dijo, terminando de colocarse los pantalones. Se giró hacia la puerta—. Vuelvo al rato.

Jiziang se levantó, bostezó y fue hasta él. Bao la observó con detenimiento. Una buena figura marrón como las hojas más secas de otoño, quizá no caminando con lujuria como anoche, pero una osa muy hermosa. Con curvas, pero no tantas; bella y fuerte. Le pasó los brazos por el cuello y le dio un beso fugaz en la punta de la nariz.

—No tardes —le pidió—, es muy temprano. Recién está saliendo el sol.

«¿Que estoy haciendo? —pensó—. Sus ojos casi despiden luz cuando me mira y yo la estoy usando para desahogarme». Bao mantuvo la sonrisa, con esfuerzo, tanto por fingir como por el sueño en sí. Jiziang le tomó una de las patas que mantenía a ambos lados y la colocó sobre su cintura, deslizándosela hacia los glúteos de ella.

—Me gusta estar contigo —murmuró, reposando su mejilla en el hombro de él—. Sabes que te amo, ¿cierto?

—Sí —susurró, quedo. Su Chi latió y le despidió una fuerte corriente de dolor por todo el cuerpo. Casi que podía oír lo que le transmitía: dile que la amas, miéntele, rómpele el corazón. Era una amenaza: hazlo y tu cuerpo y mente serán míos. Bao le apretó un glúteo con una pata y le tomó el mentón con la otra, besándola con fuerza—. Sí —jadeó al separarse—, lo sé.

Un latido de energía, un golpe de dolor que él soportó con una inspiración. Jiziang debió interpretarlo como un gesto de deseo, porque se dio media vuelta y caminó despacio hasta el catre fortificado, donde se tumbó boca abajo, flexionando las piernas. Bao le observó la curva de la espalda, la pequeña colita, los glúteos y las piernas.

Otro latido de energía. Se dio media vuelta como si le hubieran abofeteado y salió de la habitación, acelerado. Gimió camino al baño común, apretándose el pecho. Cayó de rodillas en la puerta corrediza, jadeando y sudando.

Su Chi latió otra vez, furioso. El dolor le atravesó la cabeza de lado a lado, dándole la sensación de que se la partía al medio. Bao peleó y de alguna forma consiguió hacer que la Intención de su energía se replegara, dándole un instante de alivio.

Se miró la pata con la que se apretaba el pecho, el pelaje hasta el codo era de un color morado que iba volviéndose negro poco a poco. Era su advertencia. «Rómpele el corazón y morirás». Su Chi se basaba en la protección, su Intención era proteger lo que consideraba importante, por lo que romper lo que se protegía era dañino. Así como Hai no podía romper un juramento, Jing no podía dejar a los suyos morir o Fan Tong no podía rechazar un desafío, Bao no podía romper lo que protegía.

Y ese era el problema. «Romper» era un significado muy amplio que además de destruir algo físico, parecía abarcar lo emocional. Mentirle a Jiziang en cuanto a la relación era doloroso; razón por la que no le afirmaba o negaba nada de sus sentimientos. Estaban juntos por ella, tenían sexo porque ella lo buscaba, la quería por ella. En cierta forma, su relación era gran parte por ella, pero la culpa era de Bao.

Suya y de más nadie.

Hizo los pasos de la Paz Interior, una habilidad que cada vez a todas las Constelaciones les costaba más y más realizar. Un estado paulatinamente más lejano. Llegó apenas. Se enfocó en su Chi y lo rechazó, replegándolo.

Ya llegaría el momento en que no pudiera luchar más, se dijo, pero por ahora, él tenía el control.


Despertar para Qiang era un suplicio, en el que tenía que esperar a que la luz del sol tocase su piel para poder tener dominio sobre su cuerpo. Mientras más avanzada la noche, más problemático era poder mantenerse vivo. Respiraba con dificultad, y esperar no le mejoraba el ánimo.

Por fin, después de esperar lo suficiente, el sol empezó a iluminarlo. Pudo sentir su Chi replegarse como un animal herido, protegiéndose, dejando libre a Qiang. Éste inspiró profundo antes de empezar a mover los dedos, seguido de las articulaciones próximas, como tobillos y muñecas. Pasó a los brazos, hombros y por último el cuello y la cintura. Todo funcionaba. Cada día era más complicado levantarse y volver en sí, pero eso no significaba que fuese imposible.

Se vistió con un pantalón de entrenamiento negro, amplio, para más comodidad, y con un qipao de los muchos que tenía. Este día eligió uno blanco, contrastando con la otra prenda. Antes de que el dolor volviese, producto de que su Chi intentase salir, tomó los pendientes de jade que le hacían de limitantes de su cómoda junto a la cama y se los colocó. Sólo él y sus padres tenían cama propiamente dicha, pues Qiang no podía arriesgarse a fracturarse los huesos o articulaciones con un catre.

Inspiró cuando un delicioso sosiego le embargó. Aprovechó esa hermosa vitalidad e hizo unos ejercicios de estiramiento dentro de la habitación, bañado por tanto sol como podía. Soltó aire al acabar y se limpió el sudor del pelaje de la frente. El panda observó el tercer pendiente en la cómoda, aquél que Lei-Lei le envió.

No se había puesto a comprobarlo porque se la había pasado gran parte del día, después de entrenar con Xiao, hablando con el prisionero. Shin era un animal agradable si encontraba la forma de mantener una conversación con él. Y Qiang la halló con facilidad: él quería saber más sobre su poder y Shin aprender a dominar el suyo.

Se colocó el pendiente y una oleada de control le abrazó como si lo reconfortara. Se sintió más fuerte y vivo. «¿Será un pendiente limitante con mejor capacidad?», pensó. Lástima que en lugar de ser curvo parecía un clavo.

Vivo y con la energía de cuando era cachorro, Qiang fue hacia la cocina, en busca de algo qué comer y qué llevarle a Shin, no sin antes pasar por la biblioteca a por un pergamino en específico.


Lei-Lei abrió los ojos despertando con dificultad, el cuerpo le dolía como si se lo hubieran apaleado. Se irguió, quedando sentada en el suelo, y antes de poder pensar cualquier cosa razonable, intentó ponerse de pie para ir a reunirse con los grandes; gimió de dolor cuando se paró, cayendo en cuatro patas poco después.

—Yo que tú lo tomaría con calma —murmuró una voz, huraña.

«¿Gao?», pensó. Y al verlo, un león con aspecto sólido e intangible a la vez, los recuerdos le llegaron se golpe. De alguna manera la habían descubierto y casi matado; de hecho, si estaba viva era por el descuido y la poca importancia que le dio Khang. Se dejó caer hacia atrás, sentándose en el suelo, quejándose por sentir un dolor puntiagudo en el trasero.

—Ahí hay un tocón de madera, Lei-Lei —dijo Gao, señalando—. Aunque bueno, madera, madera, no es. En fin, úsalo o córtate el culo, como prefieras.

Ella se puso de pie, tambaleándose, y se dejó caer en el tocón de madera, ignorando el dolor punzante del suelo. Respiró profundo, recordando los consejos de su madre. «En un lugar desconocido, haz un reconocimiento antes de realizar cualquier movimiento».

Empezó por lo básico. Un maldito cielo negro como el carbón con un sol blanco, pequeño como la luna, con nubes que parecían discurrir hacia él, de una forma antinatural, como los arroyos van hacia el mar. El suelo era negro, compuesto de trocitos de... ¿vidrio? Tomó uno con una pata, analizándolo. Era traslucido como el vidrio, oscuro y grueso. «Obsidiana». Aunque no cortaba, los bordes eran tan romos como la piedra que se sacaba de los volcanes, e igual de porosa.

Incluso el tocón en el que estaba sentada no era un tocón, ahora que lo miraba con detenimiento. Se trataba de un tocón, sí, hecho de cristal fino y trasparente en su totalidad. En el centro del tocón pudo encontrar una esfera dorada acristalada, pequeña, casi del tamaño de una de sus almohadillas; en cuyo centro una luz negra brillaba.

Todo la mar de raro.

Aunque el asunto se hizo aún más extraño cuando se detuvo a observar a Gao. Era un león de una edad indefinida, asemejaba ser joven y viejo a la vez; sus ojos eran oscuros y con señas de haber visto demasiadas cosas y saber mucho. Como los de su madre y padre. La melena era... peculiar, nunca había visto aquello, corta aunque no tanto, porque llevaba una coleta como los animales que venían de Wakokiu. Brillaba de un dorado tenue, que lo contorneaba, y dentro de sí, de un blanco que cambiaba paulatinamente a negro y viceversa.

Éste le miraba con una seriedad burlona.

—¿Sorprendida?

—¿Yo? —respondió ella, por reflejo, con una sonrisa torcida—. Qué va. —Gao alzó una ceja—. Bueno, un poco, sí. ¿Dónde estamos?

—En Xinzhi, el Reino de Pensamiento, Reino Mental, Mundo Cognitivo o Mundo Mental, como mejor quieras llamarlo.

Gao se sacó de su etérea ropa de guerrero de kung fu una esferita dorada acristalada que brillaba de negro por dentro. La colocó entre ambos y la insufló con Chi. De la esferita líneas finas surgieron, dando forma; al cabo de unos segundos, la figura de una fogata se dejó ver, para unirse entre los espacios de la líneas de cristal transparente. El proceso le recordaba el moldeado de vidrio. Entonces la fogata de cristal emanó calor.

—¿Qué carajos? —exclamó ella. Gao bostezó.

—Es una fogata —dijo, como si nada—. No es la primera vez que ves una.

—Pero. —Hizo gestos de impotencia con la patas—. ¿Cómo?

—Bueno, es el aspecto cognitivo de una fogata. Es como se percibe una fogata a sí misma, me parece. Por eso emite calor aquí.

Lei-Lei lo miró a los ojos, como si le hubiera hablado en otro idioma. Parpadeó perdida.

—Traducido, por favor.

Gao se rascó la melena, fastidiado. Abrió los intangibles labios para hablar, pero se detuvo de golpe, alzando las orejas. Ladeó el rostro a lo lejos; donde enormes montañas del color del zafiro se alzaban, azules como el cielo normal. Se paró y con urgencia recogió la fogata, arrancando la esferita; el cristal que le daba forma al fuego se separó en pedacitos cada vez más pequeños.

Lei-Lei se paró también, alerta.

—¿Qué sucede? —Siguió la mirada de Gao y encontró una niebla violeta oscuro no más grande que el Palacio de Jade, que parecía componer formas de animales peleando, llorando, gritando, disfrutando. Salían de ella y se fundían de nuevo; Lei-Lei atisbó un tigre que decapitaba a una hiena, dos osos teniendo sexo, un cachorro llorando, un grupo de reptiles cargando contra un batallón. Las piernas le temblaron—. ¿Qué es eso?

Gao gruñó.

—Xugujiat —dijo—. No se andan con miramientos, ¿eh? —Hizo una pausa—. Nos vamos, Lei-Lei, ahora.

—¿Qué es eso? —repitió, asombrada.

—Eso se llama Xugujiat, y más vale que no nos atrape vivos. —Bufó, agrió—. Aunque yo no es que esté vivo en el sentido de la palabra.

—¿Adónde vamos? —apremió ella.

—A tu casa.


Tigresa golpeaba la isla de piedra que hacía de mesa en la biblioteca del palacio, esperando a Jing. A su lado, Po estaba sentado en los bancos de piedra, con la cabeza gacha y actitud abatida. Tigresa le apretó la pata, en señal de apoyo. Estoy aquí, le decía el gesto.

«Pero no puedes decirle que lo que hizo estuvo bien», pensó. En parte. La información que Po había descubierto daba la sensación de ser importante, demasiado importante, aunque no tuviera relación con Khang. «No lo olvides, Tigresa —se dijo—, toda información es válida, sólo necesita contexto».

Cerró los ojos, entrando en un estado meditativo mientras seguía golpeando la piedra con su garra de la pata libre. Clac, clac. Acompasó la respiración. Clac, clac. Apenas el sol empezaba a alzarse, no era muy temprano, quizá una media hora después del amanecer, había tiempo hasta el desayuno para aplacar la noticia de Hai. Clac, clac. La noticia de Tai-Lung de que tenían una invasión encima le aumentaba el peso que tenía encima, aunque paradójicamente eso la aliviaba: le daba un objetivo al que ceñirse. Clac, clac. El lobo prisionero era un nigromante y estaba de lado de Xiao, gracias a los Cuatro.

La puerta de la biblioteca se abrió, chirriando. Tigresa abrió los ojos y se enfocó en el animal que entraba: una panda con pantalones de combate marrones, regios, un qipao verde bosque y unas ojeras que se superponían al pelaje. Jing lucía de treinta o cuarenta años, en lugar de los dieciséis que tenía.

—Hola —saludó, alzando la pata. Caminó hasta ellos y se sentó al frente, apoyando los codos en la piedra. Suspiró.

—¿Cómo sigue Hai? —preguntó Po, con delicadeza.

—Igual —sonrió—. Bueno, yo diría que mejorando. Hai no es fácil de derribar, maestros. —Jing entrelazó sus dedos, apretando con fuerza. «Ah, yo conozco esa impotencia», pensó Tigresa—. Su corazón mejora, sus músculos se reconstruyen, pero igual tengo que estarle dando mi Chi, por seguridad. Por eso quiero que esta charla sea lo más rápido posible, necesito volver con ella.

—Bien —asintió Tigresa—, entonces, resuman. Jing, ya Po me puso al día. Tigre Blanco accedió a hablar con nosotros, sobre lo que le pasa a Hai.

Jing soltó aire muy despacio, emanó una cantidad diminuta de Chi, apenas brillando.

—Tigre Blanco dice que necesita que todos se tomen de las patas, y que usted, maestra, interconecte nuestras almas el tiempo suficiente para poder hablar. —Parpadeó aturdida—. Ni idea de qué signifique.

—Unirnos temporalmente —comprendió Tigresa, y procedió a tomarles las patas a ambos. Emanó Chi y se concentró. Seguía siendo la Vinculadora, y no sólo unía y alteraba el suelo, ella unía vidas, Chis, dioses. Así, pues, unió su alma a la de Jing, compartiendo su dolor y el Vínculo con Tigre Blanco; hizo lo mismo con Po.

Cerró los ojos. Aquello era como la meditación, sólo que de estar en su sitio tranquilo, se hallaba en un mundo oscuro, negro en su totalidad, con un sol blanco y cielo negro, donde las nubes color ópalo iban en dirección al sol, similar al agua que se va por un drenaje. Flotaban, ella, Po y Jing, uno a cada lado de Tigresa, unidos por sus patas y su Chi.

De Jing una cadena blanco perla salía de su pecho y la conectaba con un tigre de un aspecto animal, salvaje, cuadrúpedo, de un blanco tan puro que era ridículo, como mezclar todas las perlas y todo el mármol del mundo, pero aun así no le hacían semejanza a su impoluta blancura. El animal era enorme y la energía a su alrededor se condensaba como una bruma, que se movía en rítmicos patrones.

Algo similar sucedía con Po, sólo que con un dragón de un azul cobalto, cuyas escamas de un tono más oscuro y con motivos de plantas que crecían, deformaban la oscuridad de alrededor y la luz mortecina de ese extraño sol. Seiryu tenía un azul más... mundano. Corrupto. Que el color puro del tigre.

Por alguna razón a Tigresa le daba la sensación de que había estado antes en ese sitio.

—No eres tan fracasada como lo pareces, Vinculadora —dijo Tigre Blanco, su voz sonaba suave, como el suspiro de un enfermo, aunque con un deje colérico muy en el fondo—. Sólo un poco.

Tigresa cuadró la mandíbula; el sitio le inquietaba, pero debía estar calmada o su enlace se rompería.

—Ya estamos aquí, Tigre Blanco —dijo, con firmeza—. ¿Qué es lo que querías hablar?

—Yo no dije precisamente que quisiera hablar, Vinculadora. —Tigre Blanco se echó reposando su cabeza en sus patas delanteras, observándola con un desdén palpable. Seiryu tras Po expulsó aire por la nariz, que en realidad fue energía concentrada que se disipó en humo azul; giró sobre sí mismo y se estiró cuan largo era alrededor de todos, como haciendo de barrera entre ellos y Tigre Blanco. Eso molestó a la Constelación—. Lo que dije fue que podía contarle cosas sobre por qué Khang está atacando.

—Habla, entonces —replicó intentando no mostrar la ansiedad que la embargaba.

—La respuesta es sencilla —sonrió, enseñando los colmillos que fácilmente triplicaban la altura de Tigresa—. ¿Qué obtuvieron los Inmortales, qué obtuviste tú y tu panda?

—Habilidades —respondió—, que parecían divinas. Pero esas habilidades las tienen los altos maestros.

—¿Y por qué tú ya no tienes el poder del Yin y el Contenedor de Seiryu el poder de Yang?

Tigresa no respondió. Frunció el ceño, molesta; esa duda le había carcomido desde que había sido consciente de la ausencia del poder, poco después de las piras funerarias de Shifu y el Guerrero Tortuga Negra. Había intentado usarlo, pero no estaba.

—Porque esos poderes no eran casi divinos, Vinculadora —dijo Tigre Blanco—. Eran divinos.

—Y si de verdad lo son —preguntó Po—, ¿por qué todos los usan? Y de paso, ¿qué es la Ambición, que tú y Dragón Azul dijeron?

Los ojos de Tigre Blanco se posaron sobre Po.

—¿Qué es el Chi, Po Ping?

—La energía de la vida —respondió, como por reflejo—. El poder de los seres vivos, el que todos tenemos en nuestro interior.

—¿Ah, sí? ¿Y de dónde viene esa capacidad? ¿Cómo un ser vivo común puede obrar hazañas de dioses? —Po abrió la boca para responder, aunque nada salió de ella. Tigresa prestaba atención absorta, mientras que Tigre Blanco parecía complacido porque no supieran—. No, Contenedor, Vinculadora. Ese Chi no es de los mortales, pueden canalizarlo, sí, pero ese Chi era de nuestra madre: Orden.

Seiryu vibró alzando una pared de energía.

—Me preguntaste por qué lo usan, y la respuesta es simple —siguió Tigre Blanco—. ¿Qué pasa cuando muere un mortal? Su cuerpo se funde con la tierra si fue enterrado o sus cenizas, si fue cremado. ¿Qué pasa con el poder de un dios cuando es asesinado? Pues va al mundo al que está Conectado.

—Entonces nuestro Chi es eso, ¿restos de un dios muerto? —preguntó Tigresa, incrédula.

—Sí y no. —Asintió la Constelación—. Madre Orden fue herida de muerte, y ella murió, pero no el poder. El poder nunca muere, pero necesita ser controlado por una mente para ser usado.

—De ahí los Inmortales —dedujo ella—. Ellos tomaron ese poder suelto. Pero no tiene sentido, porque yo no tomé nada.

—El poder que tú y tu esposo poseyeron no fue resultado de ello, Vinculadora. —Tigre Blanco empezó a mover la cola, como si fuera a saltar para comérselos—. La primera Vinculadora consiguió proteger y absorber lo poco puro que quedó de Orden, y cuando tú liberaste el poder contaminado de los Inmortales, parte Orden, parte Ambición, liberaste también el poder puro.

Tigresa sentía como si se le estuviera derritiendo el cerebro, aunque pudo unir cabos con una facilidad enorme. Era como ver las piezas faltantes de una pintura.

—Ese poder eran las potencias del Yin y el Yang. —Abrió los ojos con sorpresa—. Esas potencias eran ustedes. —Fijó la mirada con la Constelación—. Ustedes aparecieron tiempo después de los Inmortales, ¿por qué no antes? Su poder les daría la victoria a los Inmortales. Porque no existían, ¿verdad?

Tigre Blanco expulsó aire, divertido.

—Exacto. Somos las Astillas de Orden.

—¿Astillas?

—Trozos de poder conscientes de sí mismos, separados del poder principal.

Po emitió un gemido ahogado.

—¿Eso es lo que busca Khang, cierto? ¿El poder principal?

—Sí y no —dijo Seiryu, sorprendiendo a Tigresa y todos, menos a Tigre Blanco. Su voz era como el caer de miles de cataratas—. La Constelación no lo explicó del todo. Ellas son lo que queda del poder de Orden, al menos del poder sin corromper; los Inmortales tenían una parte corrompida por Ambición y nosotros, las Bestias, estamos contaminados por Caos.

—El Caído tiene razón —convino Tigre Blanco—. Khang no puede encontrar el poder original porque está vuelto uno con el mundo, con los animales.

—En cambio —comprendió Tigresa—, puede ir a por los últimos trozos de poder puro de ese dios que quedan. Ustedes.

Tigresa sintió un nuevo peso volcarse en su espalda cuando Po preguntó.

—¿Y cómo murió ese dios al fin?

—¿Cómo matas a un mortal, Po? —dijo Seiryu—. Con otro mortal.

La respuesta quedó implícita. «¿Cómo matas a un dios? —pensó Tigresa—. Con otro dios. Pero..., pero Seiryu nombró a dos: Ambición y Caos». Ladeó la cabeza y observó a Seiryu, quien le mantuvo la mirada por un buen rato, como retándola a decir lo que pensaba. Esos ojos de un azul profundo eran burlones y severos al mismo tiempo. Observo a Jing, a quien le sostenía la pata, con la vista absorta en Seiryu.

—Un momento —dijo Tigresa, volviéndose hacia Tigre Blanco—, ¿qué tiene que ver eso conque mis estudiantes estén muriendo? —Lo señaló, emanando Chi—. Una cosa es que Khang quiera hacerse con ustedes, pero eso no tiene nada que ver con que intenten consumir a mis estudiantes.

Tigre Blanco frunció el ceño, molesto con ella.

—No tenemos dominio sobre ello, Vinculadora. Nuestra Intención nos guía. Nos obliga.

—¿Su qué?

—Nuestra Intención. —Acercó el morro a ella, con una molestia notable. La energía que emanaba la Constelación era detenida por la barrera de Chi de Seiryu—. Todos nosotros, las Constelaciones y las Bestias, tenemos una Intención que nos mueve. La madre también. Es por ella que la tenemos.

—A Tigre Blanco no le conviene hablar sobre ello —rugió Seiryu, quedo—, ¿verdad, cachorro? Vinculadora, todos los dioses poseen una Intención, un Ideal. Ese Ideal rige sus poderes y su accionar. Madre Orden por ejemplo, quería mantener todo en orden, quieto, inamovible. ¿Pero qué sucede cuando nada cambia, crece, muta? —Hizo una pausa, irguiéndose sobre su vientre, alto como una montaña, despidiendo un desdén contra Tigre Blanco—. Sus Astillas, las que llamas Constelaciones, también tienen esa Intención grabada a fuego en su esencia. Buscan el Orden, ¿verdad?

Tigre Blanco rugió, sacudiéndole los huesos a Tigresa. Se alzó y acuclilló como a punto de saltar.

«Dioses —se sorprendió—, es tan simple como un golpe al mentón. Cada Constelación busca el Orden a su manera. El liderazgo, la lucha, la protección y la sanación».

—¡No eres nadie, Caído —gritó Tigre Blanco—, para revelar entresijos mayores que tú!

—Seré un Caído, mi esencia estará contaminada, sí —dijo Seiryu—, pero por eso comprendo cosas que tú no. Le temen, ¿verdad? ¡Le temen a Khang!

—¡Nos quiere matar! —Tigre Blanco azotó la cola, erizando el etéreo pelaje. Po y Jing le apretaron las patas, apremiantes—. ¡Tú no has experimentado la nada, no has bailado entre los Reinos! ¡Nos busca para astillarnos!

—¡Ya existe Equilibrio!

—¡No me fio de Él!

—¡Se están cegando por su Intención y su miedo, no ven el panorama completo! —Seiryu estiró sus zarpas, acumulando Chi—. ¡Odio viene, les astillará, nos astillará a todos!

«Eso es —dedujo ella—. A Khang lo controla otro dios, uno que busca a las Constelaciones para destruirlas. No, ¿qué sentido tiene destruir un poder de un dios porque sí?».

Tigresa sintió su alma salir de su cuerpo al comprender, por fin, todo ese rompecabezas. Y hacerlo le aterró como cuando era una cachorra en el orfanato.

Ambas criaturas, Bestia y Constelación, emanaron tornados de Chi que rugían cual llamaradas, ensordeciéndola.

«No, no puede ser».

Una pregunta que no quería hacer por su salud mental subió por su garganta, pero no pudo pronunciarla porque ambas criaturas se lanzaron la una a la otra. El choque de sus energías lanzó despedida a Tigresa, Po y Jing, soltándole las patas y rompiendo la conexión. La realidad con el sol blanco y el cielo negro se fracturó y disipó.

Un golpe potente la arrojó lejos. Tigresa gritó, abriendo los ojos, al chocar contra una columna. Jadeó, tomando aire, ubicándose con velocidad. Estaban en la biblioteca, cada uno despedido a un extremo como si hubieran salido volando. El dolor le centelló por el cuerpo al moverse, mientras intentaba ponerse de pie.

Pese al pánico de enfrentarse a algo más grande que ella misma, dioses, nada menos, una sonrisa se le dibujó en el rostro. Sabía lo que Khang buscaba en realidad, y posiblemente por qué lo hacía.

Tenía información valiosa y la usaría para ganar esa guerra.