Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es Hotteaforme, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is Hotteaforme, I'm just translating her amazing words.
Thank you Hotteaforme for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por ayudarme a betear esta historia.
Capítulo 9
Mis tacones repiquetean un ritmo constante en el camino que rodea la casa, el alumbrado proyecta sombras cada pocos metros. De vez en cuando el tap suelta un chirrido cuando piso mal, el tacón de mis zapatos se encaja en mi tobillo de forma dolorosa. Hago una mueca, tambaleándome borracha.
Sabía que era un riesgo, el que James apareciera aquí, y ahora que ya lo ha hecho solo necesito evitarlo a toda costa. Cualquier confrontación es el tipo de cosa que no quiero justo ahora.
Se escuchan pisadas apresuradas detrás de mí.
—¡Bella!
Tensándome, me giro hacia la voz, viendo a Masen caminar con toda la intención hacia mí.
—Déjame llevarte.
—¿Qué? No, está bien. No quiero interrumpir tu noche.
—No estás interrumpiendo nada —me dice con voz ronca.
—Oh.
No puedo evitar pensar que está hablando sobre Kate. Espero que así sea.
Comienzo a caminar de nuevo hacia la calle, él me sigue el ritmo y se lleva las manos a los bolsillos de sus jeans negros.
No puedo regresar a la casa para decirle a María que ya me voy; tampoco traje mi celular. Está metido debajo del colchón en su casa, sigue muerto. Tendré que avisarle cuando regrese. Ojalá ella lo entienda y no se preocupe; creo que al menos estará bien con Petey.
El ruido de la fiesta me dificulta el poder pensar. Mi cerebro brumoso me dificulta el poder pensar. Puedo caminar hasta encontrar un taxi y que me lleve tan lejos como pueda pagar, con el poquísimo dinero que tengo, o aceptar la oferta de Masen.
—Bien —digo lentamente, una idea se forma en mi cabeza—. Pero ¿estás bien para manejar?
—Me tomé una cerveza… —sube la muñeca para ver su reloj; es plateado y de aspecto costoso—… hace como dos horas. Estoy bien.
—Genial. —Hago una pausa, un poco incómoda, intentando averiguar cómo articular lo que quiero decir—. Um, mira. Te lo diré como es, siéntete libre de negarte, pero necesito ir a un lugar para recoger unas cosas. ¿Te molesta? Justo ahora es… ¿el momento perfecto?
—Te llevo a donde quieras. —Me sonríe fácilmente, pero mientras caminamos su mirada está vigilante, como si supiera exactamente qué es lo que me preocupa, y luego comprendo que sí lo sabe.
…
Me causa un poco de déjà vu cuando me subo al Mustang, sentándome en la piel oscura. Está impecable, igual que antes, pero esta vez no me siento tan rara, no tan fuera de lugar.
Masen se aleja de la acera de forma suave, cambiando rápidamente de velocidades. También la vez pasada disfruté de verlo. Me gusta ahora, la forma en que los músculos de sus brazos se flexionan, el ronroneo del motor, su perfil iluminándose y oscureciéndose mientras avanzamos bajo los faroles. Es muy sexy. Real y jodidamente sexy, y él dentro de este carro me causa algo.
Aprieto los muslos y me muevo un poco en mi asiento, alejando todos los pensamientos sobre manos y bocas y piel. La mirada que me dedicó hace rato; ¿la imaginé? Tal vez es porque estoy borracha, pero creo que probablemente es por él.
Encuentro el botón en la puerta del carro y bajo la ventana para dejar que el frío aire de la noche sople sobre mi cara.
—¿Estás bien? ¿Cuánto bebiste?
Puedo sentir un sonrojo subir por mis mejillas. El haber bebido no es la razón por la que necesito aire.
—Suficiente. Estoy bien, juro que no vomitaré en tu carro si eso es lo que te preocupa.
Se ríe.
—Avísame. Me pararé.
Nos quedamos en silencio, pero no es un silencio incómodo, hay cierta familiaridad ahí.
Tengo la sensación de que se ofreció a traerme por su errónea sensación de lástima, como antes, pero no puedo quejarme. Lo aceptaré si eso significa que no tengo que ver a James.
—No me respondiste, sabes —le digo después de indicarle vagamente a donde ir.
—¿Qué? —dice, viendo sus espejos antes de cambiar de carril.
—¿Qué estabas haciendo en la fiesta de Janie? Nunca antes te había visto ahí.
—Alec quería que le hiciera una visita. Que revisara cómo está todo. Ella es su… prima, algo así.
—¿Prima? —Mi mente da vueltas—. El mundo es curioso, sabes. Todo ese asunto de los seis grados de separación*.
Se detiene en un semáforo en rojo, mirándome.
—Su familia… es complicada.
Puedo entender eso, así que ya no hago más preguntas. También quiero preguntarle por Kate, pero tampoco lo hago. Algo me dice que no quiero saber.
…
Se estaciona casi al final de la calle del apartamento y nos quedamos ahí sentados durante un minuto, el único sonido es el del motor enfriándose cuando me inclino y entrecierro los ojos hacia nuestra ventana. Está oscuro —no están encendidas las luces— pero eso no significa nada. Realísticamente no hay forma en que James pueda estar aquí si está en casa de Janie. Sin embargo, me queda una pequeña pizca de duda. En realidad, no lo vi.
—¿Es tu casa? —pregunta Masen alzando la vista a través del parabrisas antes de recargarse en el asiento, aventando un paquete arrugado de cigarros al tablero y encendiendo uno. Me ofrece uno, pero me niego con un movimiento de cabeza, mis manos están demasiado ansiosas, demasiado nerviosas.
—Sí. Pero ya no me estoy quedando aquí, me estoy quedando con una amiga.
Masen se queda en silencio. Me muerdo el labio de nuevo. El aire se siente pesado.
—¿Lo vas a dejar?
Libero mi labio del agarre de mis dientes y lo miro.
—Sí. Bueno, ya lo dejé.
Se siente raro decirlo. Más absoluto. Más concreto. Esta vez no hay vuelta atrás. Se lleva los dedos a la mandíbula para frotarse la barba.
—Bien —dice simplemente.
—Puede que quieras quedarte aquí —digo, viendo al grupo habitual de adolescentes en la esquina mirar el carro como si fuera un juguete nuevo—. Este no es el tipo de vecindario donde deberías dejar solo un carro como este.
Me mira.
—El carro está asegurado —exhala—. Tú no. Iré contigo.
…
Masen me sigue hacia el edificio y yo intento no sentirme demasiado avergonzada por el estado del lugar, o cuando los chicos gritan queriendo ver su carro, luego pidiendo mi número, queriendo saber quién es Masen, pidiendo los cigarros y la goma de mascar que a veces les doy. Hay un grafiti nuevo, vidrios rotos, inyecciones abiertas tiradas casualmente en los escalones cuando subimos por ellos.
Juro que todo empeora.
Me quito los tacones en cuanto estamos dentro de la recepción, flexionando los pies cuando gozan de estar extendidos sobre el piso.
—Perdón, algunos son jodidamente salvajes —asiento hacia la puerta.
—Está bien. Siempre y cuando no toquen mi carro —dice y habla en serio.
—Te lo dije, harán que alguien lo arranque si no tienes cuidado, es demasiado lindo para esta parte de la ciudad —respondo, subiendo descalza los desgastados escalones de madera, haciendo una mueca por lo sucios que están.
—Desearán no haberlo hecho si lo hacen.
Le creo.
Llegamos al rellano del segundo piso y me doy la vuelta rápidamente, los ojos de Masen se alzan de golpe de donde estaba mi culo hace segundos hacia mi cara. Sonrío cuando me llevo un dedo a los labios, el familiar sonido de la televisión en sábado por la noche retumba a través de la puerta del señor Ameer.
Sigue mi indicación, está tan cerca detrás de mí que siento que podría ser mi sombra.
Me siento aliviada cuando llegamos al tercer piso, incluso más cuando mi llave abre la puerta. Al menos James no se ha molestado en cambiar las cerraduras. Se abre por completo y me siento casi demasiado temerosa por cruzar la entrada, hasta que siento unos dedos rozar la parte baja de mi espalda, animándome a avanzar.
Entro con cuidado, encendiendo las luces, y una mirada me dice que todo está casi exactamente como lo dejé. Me hace preguntarme si es que James ha estado aquí desde que me fui. Mi estómago da vueltas. Y si no ha estado aquí, ¿dónde? ¿En casa de Marcus? No es que me importe. No debería importarme. No dejaré que me importe.
Por la comisura del ojo veo a Masen analizando el pequeño espacio, el techo con las manchas de agua, el agujero en el brazo del sofá de cuero azul, la toma de luz desnuda. Avanza hacia la ventana y agacha la cabeza para asomarse hacia la calle. Quiero decirle algo por revisar su carro, pero me aguanto. Tengo cosas que hacer.
Apresurándome hacia la habitación, saco mi vieja mochila azul del fondo del armario, la última vez que la usé fue cuando vinimos en autobús desde Phoenix. Más de mil setecientas millas y dos días de viaje para llegar aquí, y creí que esa había sido la parte difícil.
Esa no fue la parte difícil; la parte difícil fue cuando llegamos, sin lugar a donde ir, a pesar de que James me había dicho que sí teníamos un lugar. Pasamos noches en sofás viejos y pisos de vagos conocidos. Llegó al límite cuando estábamos follando en un baño, desesperados después de semanas sin privacidad, y el tipo con el que nos estábamos quedando se asomó a través de una abertura para mirarnos. Yo grité. James le dio una paliza.
Días después, James se hizo de la cafetería por pura suerte. Todavía no estoy segura de cómo pasó exactamente, incluso ahora. Me dije que no importaba siempre y cuando pudiéramos conseguir nuestra propia casa. Las cosas mejoraron lentamente, pero nunca fueron geniales, ni siquiera buenas. Él comenzó a vender droga de nuevo para hacernos subir, pero el dinero siempre fue un problema. Nunca me dejó encargarme de nada de eso. Le gustaba estar en control. Todavía le gusta.
Intento pensar metódicamente al empacar. Ropa interior favorita, jeans, blusas, sudaderas, jumpers, un par de vestidos, shorts, zapatos, joyería, y una cajita de baratijas de mi nonna. Entro al baño para agarrar mi neceser y maquillaje, me limpio la cara al sentirme muy exagerada; metiendo a mi bolso también el Valium que James me consiguió.
Masen pasea lentamente, mirándome andar de un lado a otro. No toca nada, pero no detiene a su mirada de estar en todas partes. Me siento cohibida por eso, temerosa de sus prejuicios, pero no delata nada. Nada, aparte de cuando se detiene y mira el yeso perforado, colapsado por un puño. No por mi cabeza, no esa vez. Junta las manos, frotándose los nudillos, presionando los labios, sus fosas nasales se abren ligeramente.
Cuando lo vuelvo a mirar, está frente a la foto de James y de mí. Se agitan los recuerdos de días de verano muy calientes en los lagos, esa foto en particular… un pequeño bikini color amarillo ocre, piel bronceada por todas partes. James con su brazo alrededor de mí, sus labios en mi mejilla, menos tatuado de lo que está ahora.
—Eras feliz aquí —comenta.
—Él no siempre fue como es ahora. Además, a veces la cámara miente —respondo débilmente. Dos horas después de que se tomó esa foto mi cara estaba ardiendo por el dorso de su mano, todo por un inocente soplo de pipa que uno de sus amigos me dio en los labios. Masen pregunta, así que le cuento justo eso, sin encontrarme con sus ojos para ver su reacción.
Aparto los recuerdos y regreso a la cocina, sacando un cuchillo del cajón. Me sigue cuando me muevo hacia la habitación, parándose en la puerta para recargarse ahí.
Levantando la alfombra, me arrodillo y meto el cuchillo en la pequeña grieta sobre la tabla del suelo. Lo muevo, pero no cede.
—Con un carajo. —Vuelvo a encajar el cuchillo de forma frustrada, intentando levantar la tabla. No se mueve—. ¿Por qué, cuando tengo prisa, decide no funcionar, carajo? —Lo intento de nuevo, y fallo.
Masen se acerca y se agacha junto a mí, quitándome el cuchillo de las manos.
—Eres una cajita de sorpresas —murmura, metiendo el cuchillo con calma del otro lado, usando un poco de fuerza para sacar la pequeña sección de madera.
Él no tiene idea.
—Gracias —digo agradecida, levantándola y metiendo la mano al hueco.
Hay un delgado álbum de fotos, un pasaporte y un poco de dinero que he estado guardando de las mesadas que James me permite tener, igual que unos cuantos sobres escritos con la letra de nonna. Ella me dijo que yo sabría cuándo debía abrirlos, pero nunca lo he hecho.
Con la prisa que tengo por meterlos a mi mochila, el álbum se cae al piso, una solitaria foto se escapa de sus páginas, sale volando y se desliza bajo la cama. Masen estira la mano para recogerla.
Se levanta lentamente, igual que yo. Me mira y luego mira la foto.
—¿Es tu mamá? —dice, girando la foto para mostrármela.
Es una de esas fotos muy brillantes, ligeramente suave en el enfoque, el brillo en exceso hace que todos se vean más claros. Mamma, papà y nonna están juntos; mi mamma está felizmente embarazada de mí. Está sonriéndole a la cámara, se ve hermosa. La mano de papà está protectoramente sobre su estómago hinchado, su otra mano en el hombro de nonna. Su mamma. Se ven relajados, felices y dichosamente inconscientes de lo mucho en que todo se jodería. ¿Habrían cambiado algo de haberlo sabido?
—Sí —digo cuando la gira y la mira de nuevo.
—Te pareces a ella. Creí que eras tú durante un segundo… ¿dónde está?
—Está muerta. —Trago incómodamente y le quito importancia cuando empieza a disculparse—. Yo era… era muy joven… e-en realidad no la recuerdo. —Respiro profundamente, cambiando el tema—. Y te equivocas. Me parezco a mi papá.
Un ceño fruncido aparece en su frente al estudiar la foto.
—Me parece conocido.
—Porque me parezco a él.
Sacude la cabeza.
—No. ¿Cómo dijiste que se llamaba?
Le quito la foto de las manos, metiéndola en el álbum y luego en mi mochila.
—No te lo dije.
Una puerta se azota en algún lugar del piso de abajo y me pongo nerviosa de inmediato, mi corazón se acelera. Reemplazo firmemente la tabla del piso y la tapo con la alfombra apresuradamente, antes de correr a la puerta del apartamento y asomarme por la barandilla, hacia abajo por las escaleras. Afortunadamente no es él.
A veces creo que soy demasiado paranoica.
Masen me entrega mi mochila en la puerta.
—¿Tienes todo lo que quieres?
—Sí, eso creo. Espera. —Dejando caer la mochila otra vez al piso de golpe, paso junto a él para ponerme un par de zapatos de piso que están regados junto a la pared detrás de la puerta, luego me tomo un minuto para mirar a mi alrededor, devanándome el cerebro para pensar si se me olvida algo más, algo importante.
No extrañaré este lugar, de eso estoy segura.
Hago ademán de recoger mi mochila, pero Masen ya se la está pasando sobre un ancho hombro, saliendo hacia el rellano.
—¿Lista? —pregunta y asiento.
—Sí.
Cierro la puerta detrás de mí, deteniéndome, preguntándome si debería llevarme la llave o no.
Masen ya está bajando las escaleras, pero se gira cuando no me escucha seguirlo. No me he movido ni un centímetro. Miro la llave, luego a él como si quisiera que me dijera qué hacer.
Ladea la cabeza.
—Es tu decisión.
Tiene razón.
Esto no es algo con lo que él me pueda ayudar. Golpeteo la llave sobre mi palma y respiro profundamente, exhalando de forma lenta.
Después de un momento, saco la llave de mi llavero con manos temblorosas, me agacho y la meto debajo de la puerta.
Es lo que él se merece.
Es lo que yo merezco.
Me enderezo, girándome hacia Masen y sonriéndole a pesar de que se siente temblorosa.
—Vamos.
…
Estamos casi al final de las escaleras cuando aparece el señor Ameer, arrastrando los pies por detrás de su puerta. Hay un agujero en el dedo gordo de sus desgastadas pantuflas y su camisa está llena de suciedad, está abierta a mitad de su pecho y lleva una cadena de oro en el cuello.
—La renta —gruñe al bajar cojeando las escaleras con la mano extendida.
Resignándome a que mi suerte se ha acabado, jugueteo con mi bolso.
—Lo siento, no tengo más —digo, poniendo unos billetes arrugados en su mano extendida. Ahí hay tal vez cincuenta dólares. Aun así, cincuenta dólares es una cantidad grande cuando no se tiene trabajo. Cambio mi peso de un pie a otro—. ¿Le, um, James le contó? ¿Lo de la cafetería?
—Eh, sabes que no es mi problema —responde el señor Ameer, su acento marcado y pesado, rebuscando las palabras mientras acomoda los billetes—. Ya antes se habían atrasado.
—Lo sé. Perdón. Mire, ya no seguiré viviendo aquí, necesita arreglarse con él… por el resto del dinero, quiero decir.
—No-no-no. ¡No soy-no soy un-una caridad! —exclama con enojo, gesticulando salvajemente con las manos—. Espero y espero, les doy oportunidad tras oportunidad. Ahora quiero mi dinero, ¡ha pasado mucho, mucho tiempo! —Se golpea la palma de la mano con el dorso de la otra y me encojo.
—No-no tengo más —confieso, bajando la vista a mis pies, sintiéndome mortificada de tener esta conversación frente a Masen. Si no sabía que no tenía dinero antes, ciertamente ahora ya lo sabe.
El señor Ameer me chasquea la lengua en un gesto de molestia, luego me mira, subiendo una mano para frotarse el bigote.
—Pues estoy seguro —se moja los labios—, estoy seguro de que podríamos llegar a un-un arreglo. ¿Eh? Eres una chica muy, muy bonita.
Su insinuación cuelga en el aire y me revuelve el estómago mientras Masen bufa con sorna. Avanza desde atrás de mí mientras yo me quedo sin palabras y agacha la cabeza para quedar al nivel del señor Ameer. El señor Ameer intenta retroceder, pero la mano de Masen sale disparada para agarrar su hombro redondo.
Está sacudiendo la cabeza.
—Escucha bien y presta atención. Ella —me señala—. Ella no te debe nada. ¿Lo entiendes?
—Pero-pero… —tartamudea.
—Ah, ah, ah. No estás escuchando. No hay peros. ¿Ese dinero? No. Te. Lo. Da. Ella. Se lo pides al hijo de puta que vive arriba, ¿entiendes? Porque si no es así, vamos a tener un problema. —Se detiene y veo que entierra los dedos—. Y créeme, no me quieres tener como un problema.
El señor Ameer traga, sus ojos se mueven frenéticamente de Masen a mí.
—Po-por supuesto —tartamudea.
—Bien —dice Masen, palmeándole el hombro con más fuerza de la necesaria. Le quita los billetes de la mano y me los da, haciéndome un gesto para que baje las escaleras delante de él.
Me detengo en la parte inferior cuando no me sigue, y es casi como si no quisiera que escuchara lo que dice después. Su voz suena tan tranquila y sombría que me causa escalofríos.
—Y si alguna vez te escucho insinuándote con una chica de esa forma otra vez, bastardo enfermo, eres hombre muerto.
*Se llama seis grados de separación a la idea que intenta probar que cualquiera en la Tierra puede estar conectado a cualquier otra persona del planeta a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios.
Bella logró escapar de James y aprovechó la oferta de Edward para ir a recoger sus cosas, ¡bien por ella! Otro asunto, ¿notaron los sobres que dice Bella que le dio su abuela y no ha leído? No los olviden, porque son parte de la historia que hay tras la vida de Bella.
Como siempre, gracias por seguir leyendo la traducción, no olviden decirme qué les pareció este capítulo ;)
