➼ 07. ISLA DESCONOCIDA.

Barbablanca había concedido a Ace, como segundo comandante y después de muchas insistencias, explorar una isla desconocida con quienes él decidiera ir acompañado y Marco había aceptado dejar a Suki a cargo del pelinegro, después de que él se lo hubiera pedido.

Claro que la ojiazul se negó de inmediato cuando Ace le propuso ir a explorar. Entendía que la relación de ambos había mejorado considerablemente pero no sentía que era para que lo acompañara a una exploración, aparte ella no era alguien que le encantara salir y tener aventuras; muy a su pesar aceptó ir después de que el pelinegro le dijera una y otra vez que solo era una exploración, que nada malo pasaría.

Al llegar a la isla desconocida y de la cual sabían muy poco notaron que había un archipiélago cerca de la isla, pero decidieron llegar directamente a la isla, ya después podrían indagar en los pequeños y diferentes archipiélagos.

—Las orillas de esta isla son muy raras —pronunció ella mientras caminaba alrededor de la costa.

Ace la miró curioso y se acercó a ella mientras sus demás nakamas anclaban.

—¿De qué hablas?

—Mira esos bordes —señaló con el dedo índice—. Son bastante irregulares y no suelen ser así, aparte hay muy poca arena.

—Yo solo veo la orilla de una isla muy normal —comentó rascándose el cuello y dudó—. ¿Estás segura de que sabes de lo que estás hablando?

Ella lo miró con el entrecejo fruncido.

—Que tu no sepas de qué hablo, no significa que yo no sepa —aseguró cruzándose de brazos—. Desde que era niña Dai, el cocinero, me ponía a leer diferentes libros y siempre me gustaron los que trataban de biología y geología, conozco mucho sobre diferentes cosas.

—Pues yo veo todo normal, tal vez estás equivocada —le restó importancia.

Suki se quedó callada, había que considerar que nada era normal en ninguna isla, así que tal vez Ace tenía razón, tal vez.

—Vamos a adentrarnos, hay que explorar —y soltó un suave empujoncito en el hombro de ella mientras se alejaba junto a los demás.

Suki siguió a lo lejos a todos, ella estaba mucho más concentrada en observar la vegetación, habían muchos árboles frondosos y altos, varios eran frutales; las plantas en su mayoría eran medicinales —de las cuales ella recogió varias— y cuando vio a Ace a punto de comer unas bayas rojas con puntitos amarillos lo reprendió, evitando que las comiera pues eran venenosas. Era una isla bastante normal, pero lo único extraño era que no había ninguna persona ni animales, solo habían visto pájaros e insectos.

—No hay nada interesante ni fuera de lo usual —comentó uno de los hombres, quien Suki podía jurar que se llamaba Leo.

—Tal vez deberíamos revisar el archipiélago—aconsejó otro.

La peliplata ignoró los comentarios que estaban haciendo los demás y continuó caminando, explorando por su propia cuenta, alejándose considerablemente. No entendía porque si la isla contaba con buenas cualidades estaba sola e inhabitada, no le estaba dando confianza aquel lugar.

—¿Ahora qué tanto ves? —le preguntó el pelinegro al ver que ella se había alejado del grupo.

—Es una isla muy extraña, no hay ninguna persona ni animal y mira —pronunció mientras caminaba observando el suelo y lo señalaba—. Todo el suelo está agrietado, no hay ninguna nivelación pareja.

Ace miró el suelo y efectivamente estaba lleno de grietas por todos lados y en todas direcciones, unas más profundas que otras.

—Tal vez algunos piratas pelearon aquí y dejaron todo este desastre —se limitó a decir volviendo a restarle importancia—. Vamos a terminar de explorar con los demás, por lo visto no hay nada interesante.

Ella estuvo a punto de aceptar dispuesta a acercarse a los demás quienes ya estaban esperándolos, pero un ruido la alertó, se había escuchado como un crujido y se quedó quieta en su lugar.

—¿Escuchaste eso? —le preguntó a Ace sintiéndose inquieta, no le gustaba para nada aquella isla.

—¿Qué cosa? —su entrecejo se frunció de inmediato pues no escuchaba absolutamente nada, solo los pájaros que no paraban de trinar.

Suki apoyó las rodillas en la tierra y agachó su cuerpo para colocar su oído en el suelo, Ace separó su vista de ella pues la falda se le había subido considerablemente y estaba mostrando más piel de lo que ya enseñaba.

—Suki, tu falda… —un chistido proveniente de ella lo calló.

—Shh, no me dejas escuchar.

Ace estuvo a punto de tacharla de loca pues no había ningún ruido o sonido extraño pero en cuanto abrió la boca dispuesto a molestarla el suelo comenzó a temblar como si de un sismo se tratase, todos cayeron al no poder mantener el equilibrio y Suki solo se aferró en donde estaba.

La tierra comenzó a agrietarse de manera profunda, creando una separación entre donde estaba Suki y Ace, y en donde estaban sus demás nakamas. El pecoso trató de levantarse e ir con ellos, pero la ojiazul lo tomó con fuerza del brazo.

—¡No te atrevas a levantarte! —le gritó—. Los movimientos son trepidatorios y oscilatorios, si saltamos corremos el riesgo de no alcanzarlos por el desequilibrio, aparte hay que considerar que en ambas partes nos estamos alejando.

Ace no entendió nada de lo que ella había dicho, pero analizó la situación, si saltaban y no lo lograban ambos caerían al agua y se hundirían por ser usuarios de las frutas del diablo, pero el problema sería que estarían lejos de sus nakamas y no había nada peor que separarse de ellos. Cuando prestó atención vio que cada vez era más grande la brecha de separación.

—¿Cómo es que nos estamos alejando tan rápido? —preguntó sin entender.

—No lo sé, pero no podemos hacer nada más que esperar a que todo se calme.

Él pelinegro se sintió frustrado al no poder hacer nada, así que solo les gritó a los demás que se quedaran en donde estaban, ya hallarían la forma de volver a estar juntos. Ambos permanecieron sentados en el suelo tratando de mantenerse firmes, el temblor duró solamente unos segundos más pero el alejamiento era cada vez más considerable.

—¿Qué diablo es este lugar? No entiendo qué acaba de pasar.

Suki permaneció sentada mirando el lugar, observando el mar y los archipiélagos, ella podía jurar que todo había cambiado de lugar, las pequeñas islas estaban más juntas que cuando llegaron y de entre todas las cosas que ella había visto jamás le había tocado vivir algo así.

—Es una isla ambulante —murmuró incrédula y se giró hacia el pecoso—. ¡Estamos en una isla ambulante, eso es genial!

Ace la miró como si tuviera tres ojos.

—¿Qué acabas de decir?

—Estamos en una isla ambulante, por eso las grietas en la tierra —trató de explicar su teoría—. Supongo que cada cierto tiempo se divide creando islas más pequeñas, por eso el archipiélago y en algunas otras ocasiones se une. Mira hacia el mar, cuando llegamos no estaban así las pequeñas islas.

Él le hizo caso y dirigió su mirada hacia los alrededores de la isla en la que estaban, efectivamente no se veía igual a cuando habían llegado, habían unas más grandes y otras mucho más pequeñas.

—Supongo que por eso está inhabitada, nadie ha sido capaz de sobrevivir en un lugar donde no sabes cuando se va a mover y separar, tal vez por eso tampoco hay animales —trató de dar una explicación lógica.

—Si no me equivoco donde están los demás es donde se quedó anclado el barco —comentó Ace levantándose de su lugar—. Tal vez deberíamos esperarlos, no pueden tardar tanto.

Suki dirigió su mirada al cielo azul y notó el repentino cambio que estaba ocurriendo, se estaba oscureciendo de poco en poco y sabía que no tardaría nada en caer el diluvio.

—O tal vez deberíamos buscar un lugar donde quedarnos porque está a punto de llover —aconsejó al ponerse de pie.

Ace levantó la mirada y efectivamente, estaba a nada de llover, sin decir nada más empezaron a adentrarse entre los árboles con prisa al escuchar los truenos resonar fuertemente, buscando un lugar donde refugiarse del agua, pero conforme iban caminando no encontraron nada, inclusive llegaron a la otra punta y se dieron cuenta que la parte en la que ellos se quedaron atrapados era la parte boscosa, donde solo habían árboles, raíces, tierra y plantas.

El agua cayó del cielo sin avisar, simplemente se sintió como un balde de agua fría en ambos, empapándolos de pies a cabeza.

—Lo que faltaba —murmuró ella más para sí misma, pero aun así Ace la escuchó y se rió.

Los dos corrieron entre los árboles tratando de localizar el lugar menos húmedo y lleno de lodo; Suki ya sentía toda la ropa fría pegada al cuerpo y Ace podía ver sus botas llenas de lodo.

Cuando el pecoso por fin encontró a lo lejos un espacio semi-seco y sin lodo, tomó a la peligris de la mano guiándola y tiró de ella, solo tenían que pasar por un montón de raíces grandes y profundas, pero no era ningún problema.

—¡Espera, no pises ahí! —la advertencia de ella fue ignorada por el pelinegro y aunque ella trató de frenarlo no pudo.

Ace no entendió a qué se refería pero en cuanto pisó una de las raíces se rompió de inmediato y sin poder evitarlo cayó de lleno al lodo junto a la ojiazul, a quien tenía sujetada de la mano.

—Maldición —dijo ella separándose de él y observando todo el lodo que tenía encima—. Te dije que no pisaras porque son árboles papel.

Ace se levantó y miró la raíz que había pisado, estaba totalmente hueca, era como un caparazón. Le fue inevitable no reírse.

—Cuando crees haberlo visto todo siempre hay algo que te sorprende —comentó risueño y pudo apreciar que a pesar de que la ojiazul le había advertido y se podía molestar, también se estaba riendo.

—Son árboles huecos, tienen todas las características de un árbol normal pero se pueden romper tan fácil como el papel, de ahí el nombre —explicó ella tratando de quitarse el exceso de lodo de las piernas y brazos pero aún sonriendo.

—Eres una sabelotodo, que bueno que aceptaste venir —comentó con gracia—. Sino probablemente ya estaría muerto por casi comerme las bayas venenosas.

Ella rió al escucharlo decir aquello, ninguno de los dos volvió a correr hacia el sitio que Ace había visto, simplemente caminaron con tranquilidad, en fin, ya estaban empapados y enlodados, así que no había apuro alguno.

Al llegar al sitio seco y sin lodo, Ace se dejó caer sobre la tierra seca, sólo habían pequeñas gotas que se filtraban pero no había ningún problema, Suki se había sentado cerca del enorme árbol mientras exprimía su corto cabello lo mejor posible.

—¿Crees que tarden mucho en venir? —preguntó Ace mirando las enormes hojas verdes, las cuales evitaban que el agua cayera en esa zona.

—Considerando el clima, tal vez lo mejor es que vengan hasta mañana, ya está anocheciendo y la tormenta no ha parado.

Ambos se quedaron callados y el rugido de sus estómagos resonó con fuerza haciéndoles sentir incómodos, así que solo compartieron una mirada avergonzada.

—¿Tienes hambre? —preguntaron al mismo tiempo y volvieron a quedarse callados manteniendo la mirada fija, les fue inevitable no reírse.

—Creo que podemos cazar los pájaros —dijo él poniéndose en pie observando las ramas de los árboles, buscando.

—Pero ocuparemos fuego —y de inmediato se calló al ver la mirada burlona del pelinegro—. Se me olvida, perdón.

—A veces puedes ser graciosa.

Comentó con burla a lo que ella solo rodó los ojos, sus palabras sarcásticas quedaron sólo en su boca pues un graznido fuerte se escuchó en donde estaban, seguido de otros más que eran insoportables de tolerar. Ambos llevaron sus manos a los oídos, tratando de amortiguar el espantoso ruido.

—¿Qué es eso? —le gritó el pelinegro fastidiado

—Son railleurs, aves molestas y ruidosas, muy burlonas —comentó ella cerrando los ojos con fuerza, era horrible el ruido que hacían esos pájaros.

—Creo que ya encontré nuestra cena.

Iba a ser una noche… interesante.