Oscuro Corazón
Los personajes no son míos, la trama sí.
Capítulo 9
El baile
Isabella entró a su alcoba con el corazón a punto de salirse de su pecho, había corrido por los pasillos de la casa en dirección a su habitación, pero cuidando que sus pasos fueran silenciosos. Con un suave clic cerró la puerta y caminó hacia la cama. Allí se sentó e intentó recuperar el aliento a causa de la carrera.
Miró el cofre con mayor interés, ya que, era precioso. Parecía estar hecha de caoba, con placas de plata que tenían labrados hermosos paisajes; pasó la punta de sus dedos por aquellos bordes. Quería pensar que también había sido un obsequio de Liam a su esposa, pues en la tapa, la figura no era otro dibujo al azar; no, era la fachada de la mansión. Las cariátides eran inconfundibles.
Regresó la vista hacia las otras aristas del cofre, tal vez no eran paisajes aleatorios, sino probablemente, partes de la casa que podría identificar mejor a la luz del día. Pensó, en lo interesante que debería ser, buscar la imagen que el hombre representó o envió a representar. Pero, si era honesta consigo misma, Liam era un verdadero artista. Así que lo más probable era que fuera el autor de la obra, se preguntó si había un mensaje oculto para Siobhan: el recuerdo de algún momento significativo en su historia. Después, recordó el cofre que estaba en la mansión del otoño… ¿Sería capaz aquel virtuoso de obsequiar las mismas cosas a ambas mujeres?
«Idiota», lo pensó, si el pillo lo había hecho así.
—Tanta genialidad y no tener el tacto ni la imaginación para darle a cada mujer lo suyo… —susurró con desprecio.
No podía distinguir demasiado así que encendió la lámpara que descansaba en la mesilla de noche. Se subió completamente a la cama, colocándose en el centro. Hizo a un lado el broche del cofre y levantó la tapa para observar de nuevo el conjunto de cartas atadas ceremoniosamente con un listón rosa. Las desató con cuidado y notó que estaban acomodadas por fechas. Miró dentro del cofre y se percató de una hoja suelta doblada cuidadosamente. La sacó y descubrió que no era una carta como tal sino una breve nota.
Las letras eran descuidadas y había la marca de un dedo con la misma tinta con la que fue escrita, supone que el autor se manchó y a su vez a la nota, al releer sus propias palabras. Levantó la hoja y colocó su dedo pulgar; sí, era de un caballero pues la mancha estaba ligeramente más gruesa y grande que el de ella. Y leyó:
Para la mujer que me robó el alma…
Isabella sujetaba con fuerza aquella nota que pertenecía a Siobhan y que la había dejado al mundo, como una muestra de que lo imposible, puede suceder. Liam amó a su esposa. Al final lo hizo, igual que ella se enamoró sin querer de Edward.
La pregunta era si merecía su cariño o no. Supuso que mientras él estuviera vivo y la quisiera a su lado no importaba.
Isabella continuó leyendo las cartas sin tomar en cuenta el pronto amanecer. Ya sea por curiosidad o tal vez buscaba apaciguar el miedo que atormentaba a su corazón —de que un día toda esa felicidad que Edward le prometía desapareciera—; ella quería averiguar en esos versos si el amor y la felicidad podrían perdurar en un alma pecadora. Que lo único que sabía hacer, era causar destrucción y dolor a las personas que más amaba. Sus padres… su hermana.
Cuando Jane entró a la alcoba de Isabella llevando un plato con rodajas de pepino para aliviar los ojos cansados y, así comenzar el día, no le sorprendió encontrarla leyendo una carta. Si hubiese sido por ella, también estaría leyéndolas y seguramente luciendo tan mal como la señora: Despeinada, con el rostro bañado en lágrimas e hipeando.
Isabella levantó el rostro al escuchar a alguien entrar a su habitación. Por el suave sonido del toque, supo que era Jane. Edward nunca tocaba su puerta y jamás entraría, pues lo prometió, ¿no?
—Son hermosas, Jane —mencionó, mientras limpiaba sus lágrimas con el dorso de su mano.
—Viendo que no durmió ni siquiera las dos horas que tenía de oscuridad, le creo. ¿Y qué descubrió?
Isabella palmeó a su lado, y Jane se apresuró a dejar el plato en la mesa de noche, apagó la lámpara y se sentó recibiendo la nota de la mano derecha de la señora.
—Las cartas cuentan su historia.
Jane desdobló la hoja.
—¡Oh! Lo sabía —Jane, habló con alegría—, él la amó.
—¡Sí! Lo hizo al final.
Jane, releyó las palabras de Liam.
—Ahora ya puede estar más tranquila, ¿no lo cree? —dijo después.
—Sí —Isabella acomodó de nuevo las cartas tal como las había encontrado dentro del cofre—. Toma, Jane.
—¿Dónde quiere que las guarde?
—Puedes compartirlas con todos los que deseen leerlas, después de todo estaban muy emocionados buscando la habitación. Pero, por favor, no le digan a Edward que la hemos encontrado, quiero que se dé cuenta por sí solo que la encontré.
—¿Así como usted, descubrió la de él?
—Sí. Merece mi silencio por ocultármelo tan hermosa historia.
—¿Puedo preguntarle algo?
—No, ya sé qué es lo que quieres saber y te lo diré: ¡Me estoy enamorando de tu preciado señor!
—¡Qué va! Si me permite decirle…
—¿Qué?
—¡Ya está más loca que una cabra por él! ¡Solo usted no podía darse cuenta!
Isabella tomó una almohada y se la arrojó a su sincera doncella, en el rostro.
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Cuando Isabella finalmente decidió presentarse a almorzar, Edward estaba por terminar, al cabo de media hora de esperarla, había perdido la esperanza de que desayunaran juntos. Por lo que no se molestó en levantar la mirada al escuchar los suaves pasos que entraron al salón del comedor.
No quería parecer un idiota esperanzado, mendigo de las atenciones de su esposa. Al menos no más de lo que ya sabían todos.
Isabella se detuvo para mirar al joven que parecía absortó en sus pensamientos. Sintiendo un vuelco en el corazón se dio cuenta de que no quería vivir sin él. Jane tenía razón estaba… «Más loca que una cabra!», se dijo en silencio. Por lo que con voz alta le ordenó a Edward:
—¡Te prohíbo que mueras!
Cuando Edward levantó la mirada su corazón comenzó a agitarse, la mujer que amaba, estaba de pie con las manos en el pecho, sus bellísimos ojos verdes estaban puestos en él, expresando todo lo que con palabras no se atrevía a decir. Lo necesitaba. Isabella Cullen, lo quería vivo.
La sonrisa que se formó en los labios de Edward la contagió y sonrió con él; dándose cuenta de lo estúpida que debió haberle parecido.
—Lo prometo. No moriré antes que usted, mi señora. Nunca me atrevería a dejarla sola.
Respondió con una mano en el corazón, como el hombre que siempre sabía decirle lo que quería escuchar.
Isabella asintió aceptando su promesa, pues creía en él ciegamente.
Absortos el uno con el otro, no notaron el rostro emocionado de la doncella que era la encargada de servir el platillo a la señora y que había estado de pie pensando que la ausencia de Isabella posiblemente se debía a que estaba buscando "el lugar", como todos los sirvientes habían decidido llamar a la habitación, solo por precaución. Pues el señor les prohibió hablar de ella o buscarla y nadie quería perder su trabajo.
Pero, cuando la señora llegó y miró a su esposo, el corazón de la pobre doncella comenzó a palpitar tan rápido que temía sufrir un desmayo. Más la orden de su ama, al señor, se lo impidió. Porque quería saber si se iban a besar o a decirse que se amaban ¿o qué?
Mucho menos se dieron cuenta del mayordomo que salió del comedor abandonando sus deberes, y a la doncella hipertensa.
Edward se levantó de su asiento y caminó hasta su esposa tan solo para acomodar un rizo suelto.
—Mira, encontré esto.
Edward sacó del bolsillo de su saco una florecilla azul.
—Es una nomeolvides… —mencionó asombrada. Tenían semanas que habían visto las ultimas morir o, desaparecer entre la nieve.
—Sí. Salí esta mañana a caminar y la encontré a un lado de una roca; supongo que la nieve no podía alcanzarla y la roca sirvió de refugio contra el viento helado.
—Imposible…
—No lo creo, Isabella. Las personas no mueren aun en las peores tempestades. Entonces ¿Por qué sería imposible que una flor no sobreviviera el tiempo suficiente para que yo la encontrara y la trajera hasta ti?
Isabella sonrió. Edward, era tan romántico que simplemente no podía llevarle la contraria, aunque quisiera, sabía en el fondo que tenía razón. Él era un ángel que salvaba a toda alma y ser vivo que lo necesitaba. La había salvado a ella.
Cogió la flor de su palma, cortó el tallo y luego abrió su relicario y con sutileza la depositó dentro, para mantenerla siempre cerca de su corazón.
Edward le permitió guardar su obsequio antes de acercarse y abrazarla.
La doncella Salió del comedor silenciosamente con lágrimas en los ojos, para comunicar las buenas nuevas…
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Ralph, caminó deprisa en dirección del despacho de Edward, cerró la puerta tras de sí y se condujo hasta el teléfono recién instalado el día anterior y que descansaba en el escritorio de roble, donde Edward trabajaba afanosamente por las tardes.
Descolgó la bocina y realizó la marcación.
—Diga —la voz fuerte de su antiguo señor, le hizo sonreír.
—Señor, la señora Isabella hizo prometer a su hijo no morir.
—¿Está enamorada o solo está fingiendo?
—Enamorada.
—¿Cómo lo sabes?
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Edward estaba eufórico, su esposa, su mujer… lo necesitaba. Lo que para él significaba que lo quería y tal vez, solo tal vez, algún día, podría llegar a amarlo. Caminando con una energía que nunca sintió antes en su vida, entró a su despacho encontrándolo vacío. ¿A dónde o con quién se había escapado ese tonto mayordomo?
—¡Ralph! —lo llamó con un grito, solo porque deseaba gritar de la emoción y no porque fuera un neurótico.
—Señor…
Edward caminó hasta el hombre y lo sujetó por los hombros, Ralph tenía una mayor altura.
—¿La escuchaste? —preguntó con la sonrisa más grande y feliz que alguna vez le hubo conocido el mayordomo.
«¡Pobre muchacho! Ya lo perdimos», se dijo. Pues, aunque sabía que Isabella estaba enamorándose de Edward, siempre cabía la posibilidad de que la inmadurez de ambos jóvenes los llevara al desastre. Ella, era apasionada y no tenía ningún tacto para decir o hacer lo que quería y Edward era tan sumiso a veces ante sus deseos, mostrándole una faceta poco conocida a la muchacha que, cuando sacara su lado posesivo y dominante, todo estallaría en la cara de los dos.
—Sí, señor.
—¿Qué crees que quiso decir? —le preguntó.
—Si le soy sincero, señor… Las mujeres son un misterio para mí.
«Es mejor ser neutral, Ralph», se dijo a sí mismo el hombre mayor, ya que la última vez que interfirió en la búsqueda de la felicidad de una pareja había terminado corriendo por todo Londres intentando huir con una mujer que no era la suya, solo para salvar sus vidas.
—No es cierto. La ventana de mi alcoba, tiene una muy buena vista al jardín. —El mayordomo, siempre tan propio se atragantó con su saliva, tosiendo porque se estaba ahogando. Edward, golpeó su espalda. Y cuando vio cuyo mayordomo respiraba nuevamente, continuó—: ¡Dale mis felicitaciones a la señorita Collins!
Al pobre mayordomo casi se le salieron los ojos…
—¡No hay nada que felicitar! Señor.
Edward sonrió todavía más. Se giro dándole la espalda al hombre y caminó hasta el compartimiento del librero donde guardaba el licor. Cogió la botella de whisky, sirvió dos vasos y le tendió uno al mayordomo; el cual no rechazó. Claro que después de haber sido descubierto en ciertas cuestiones comprometedoras… lo necesitaba.
—Mmm, no te engañes amigo mío —sugirió Edward—. Entonces… ¿Qué crees que significó lo de Isabella?
Dio un trago a la bebida.
—¡Qué está muy apegada a usted! —respondió el mayordomo. Urgido por llevar la conversación muy lejos de él.
—¿Crees que sienta amor, por mí?
Edward se sentó y señaló una silla frente a él para su fiel mayordomo.
—¿Por qué no se lo pregunta? —preguntó sentándose y bebiendo de su vaso.
—No lo sé, yo… no quiero presionarla. A veces la siento tan cerca de mí, pero, otras muy lejos, me resulta imposible alcanzarla.
—Tiene razón, no la presione. Quédese con la duda e incertidumbre de saber si ella está pensando en otro hombre o si ha pensado un poco más en usted últimamente.
—¡Ralph!
—Señor, nunca avanzará en su relación si no le pregunta —Ralph, se inclinó hacia Edward—. Hay personas que necesitan un empujón para darse cuenta de lo que realmente quieren. Y sí ella es una buena mujer, entonces, querrá a un hombre fiel, que la ame y la haga feliz.
—Ya entendí —Edward asintió—. ¿Ya llegó mi traje?
—No, señor. Llega esta tarde. ¿Sabe? Yo le sugeriría para su esposa un obsequio que pueda lucir el día de mañana.
—Sí, tienes razón.
—¿Será otra joya familiar?
—No, iremos a comprarla. Quiero darle algo especial. ¿Crees que la señorita Collins pueda acompañarnos?
El mayordomo suspiró hondo.
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Cuando Edward llegó a casa, se encontró con su esposa dormida recostada en la alfombra del salón de té. Sonrió, sabía que ella había estado mirando la pintura en el techo. Se recostó a su lado, pero en lugar de mirar el paisaje, la vio dormir.
Pasó levemente la mano en su mejilla. Su piel era suave y tibia; pero sobre todo podía apreciar la dicha que solo un hombre puede sentir al saberse el dueño del mundo y ella, era su mundo. Al experimentar la caricia dulce en su rostro, suspiró antes de comenzar a moverse y finalmente despertar.
—Hola —la saludó Edward.
—¿Cómo —carraspeó Isabella— te fue?
—Muy bien, tengo un obsequió para ti.
—¿De verdad?
—Ven —ordenó, mientras se levantaba y le tendía la mano para ayudarla a ponerse de pie. No la soltó cuando iniciaron el camino hasta su alcoba, abrió la puerta y ambos entraron. La cerró con seguro y pacientemente esperó a que Isabella lo mirara de nuevo.
—Espero que combine con tu vestuario de mañana.
Edward la condujo hasta el tocador y tomó una caja rectangular de terciopelo verde, que ella abrió sin dudarlo. Lo que encontró la dejó con la boca abierta. Había un tocado para el cabello, con una mariposa central que se acomodaba en la nuca y cadenas que caían uniéndose al largo de su cabello. Las piedras que adornaban a la pieza de joyería eran esmeraldas, que combinaban con su vestido del mismo color.
—Es bellísima. ¿Cómo la elegiste?
Isabella dejó el tocado de nuevo en la caja y la depositó suavemente sobre el mueble. Se giró para enfrentar a su esposo.
—Digamos que tuve ayuda para elegirlo —respondió besando su cuello.
—Mmm ¿Por qué me la has dado aquí, en tu habitación y no abajo?
Isabella coloco sus manos en el cuello de Edward.
—Porque te extrañé y quiero recuperar el tiempo perdido.
—¡Oh! Vaya. ¿Y qué has planeado para recuperarlo?
—¡Leerte!
—¿Qué? —preguntó desanimada.
—Leerte he dicho.
—¡Oh!...—ella le quitó las manos de encima.
—Sí, señora Cullen. Voy a leer cada centímetro de tu piel.
Edward la tomó entre sus brazos llevándola hasta la cama donde la arrojó descuidadamente.
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Jane estaba dando los últimos toques al peinado de su señora, ese día no solo era importante por ser el primer baile de los señores, sino que sería posiblemente la última oportunidad para que Isabella se convirtiera en una dama respetable. Isabella se presentaría de nuevo ante la sociedad bajo el brazo de su esposo, un hombre joven y hermoso que además era inmensamente rico.
Todos sabían que la unión de las familias Cullen y Swan las consolidó como las más poderosas del país. Ya no solo eran un par de socios que podían romper las relaciones cuando lo desearan o en el instante que ya no se convinieran; no, con los herederos unidos en sagrado matrimonio ahora eran invencibles ante cualquier competencia.
—Señora, está hermosa.
—Gracias, Jane. ¿Te digo algo?
—Dígame…
—Estoy nerviosa.
—No lo esté, pues no va a estar sola. Su esposo la protegerá ante cualquiera que se atreva a faltarle el respeto. Además, la familia del señor también estará allí y van a cuidar de usted.
—¿Y sí es de ellos de quienes me tengo que cuidar?
—Para nada, señora. Ellos nunca le harían daño al señor intencionalmente. Lo aman. Y usted lo hace feliz, lo ha hecho cambiar para bien… ¡Mírelo! Está lleno de vida. En cuanto lo vean sabrán que la causa de todo, es usted, entonces la amarán, incondicionalmente. Créame.
—No sé… cómo actuar ante ellos.
—Como usted misma, señora. Imagínese que intenta ser alguien que no es, ellos lo sabrían de inmediato. No intente agradarles porque esa no es usted y no le agradaría a su esposo.
—Solo debo agradarle a él.
—Sí. Mi señor aprecia la honestidad.
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Edward estaba esperando a Isabella al pie de las escaleras, nervioso caminaba de un lado a otro; mientras ajustaba su sombrero, se quitaba y ponía los guantes o jugueteaba con el bastón en sus manos.
Isabella carraspeó para hacerse notar, tenía ya un tiempo allí observándolo tan nervioso como ella. Así que decidió que pasara lo que pasara, esa noche sería solo la noche de ambos.
Edward miró hacia arriba, quedando hipnotizado por la vista que regalaba su esposa. Parecía su preciada musa del bosque, negándose a ser vencida por el invierno.
—¿Qué, no te gustó mi atuendo? —preguntó con una sonrisa traviesa.
—Al contrario. Estás hermosa…
—Gracias.
Edward le ofreció el brazo y salieron de la casa, subieron al carruaje y se acomodaron uno junto al otro. Cuando este comenzó a avanzar, miró a Edward notando su ceño fruncido…
—¿Sucede algo, Edward?
—Sí… No… Estás muy hermosa, yo… ¡Dios! ¿Y sí mejor regresamos?
—¡Oh, no! No me vestí así para que me tomes por el pelo y me lleves de vuelta a tu cueva. Usted me llevará a ese baile, bailaremos toda la noche y regresaremos a casa al amanecer. Es más, tus primos tendrán que echarnos a la calle, para deshacerse de nosotros.
Edward soltó a reír más relajado. No es que quisiera encerrarla para que nadie la viera, pero en realidad estaba mostrando demasiado para ser modesto.
—Isabella, no me culpes por querer regresar, tu vestido es totalmente indecente, además tenías que vestir de blanco, ¿no?
—Mientes, Edward. No es indecente es solo que estás celoso y, sí, tenía que ser blanco el vestido, pero, ¿sabes qué? Todos allá hablarán de nosotros, entonces, ¿por qué no darles un buen motivo para hacerlo?
—¡Sí! Sí estoy celoso, no quiero que nadie te mire. Te hable y… Además, Alice va a matarme, es una odiosa obsesionada con la buena etiqueta.
—Y yo solo quiero que me mires tú. Alice, no me importa, nadie de tu familia me interesa.
—Si solo quieres que sea yo el que te mire, ¿por qué un vestido excesivamente escotado y verde?
—Porque no quiero que mires a nadie más que a mí. Quiero que cuando no estemos juntos en ese lugar no puedas perderme de vista. Y que no tengas otro horizonte que no sea el mío.
—Y tú ¿a quién mirarás?
—¿No es obvio? Mis ojos solo buscarán a los tuyos.
Edward tomó la mano de Isabella y depositó un beso en su palma.
—En ese caso, mi señora debo advertir que tal vez no pueda bailar con usted toda la noche, aunque lo desee. El ultimo baile al que asistí mi corazón solo pudo tolerar una pieza.
—Me alegro que así fuera, apuesto que te habría perdido de haber podido bailar toda la noche.
Edward negó con una sonrisa triste.
—A puesto a que tu corazón estaba empeñado en esperarme y solamente podrá soportar bailar conmigo, señor Cullen. Y si no es así… entonces, te prometo mi noche solo para el goce de tu dulce compañía.
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Carlisle Cullen miraba a los invitados reír estúpidamente intentando entablar conversaciones vanas con sus sobrinos, los Duques de Whitlock, Jasper y Alice Cullen. Ya sea por la tonta creencia de que podrían algún día realizar negocios con ellos o gozar de los beneficios de su buen nombre.
Los nuevos ricos, como llamaban a los norteamericanos que no tenían ni dos generaciones de haber hecho su fortuna, sostenían la tonta creencia de que, por hacer amistad con un Duque, ascenderían socialmente.
Carlisle estaba asqueado, miró a su esposa Esme que con su dulzura había conquistado su frio corazón. Tal vez era por eso que toleraba poco las fiestas sociales, solo por ella, a la que quería darle siempre lo mejor. Además, después de haber nacido en una cuna de oro, le costaba demasiado no vivir con opulencia y bueno… ¿Qué se le iba a hacer? Soportar a esos bobos, un rato bien valía la pena.
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Charlie Swan había perdido bastante peso, pues la situación problemática en la que se encontraba su familia lo tenía intranquilo. ¿En qué momento sus hijas perdieron el camino convirtiéndose en enemigas? ¿cómo fue que llegaron a tanto por un completo idiota? Lentamente cruzó el salón con una Renée siguiéndolo. ¿Cuánto había amando a Renée? Demasiado. Hubiera hecho por ella cualquier cosa, pero nunca fue suficiente para ella. Él nunca fue suficiente y entonces… el amor simplemente murió.
—¡Carlisle!
El hombre rubio se dio la vuelta, encontrando a su amigo Charlie, sí, Carlisle Cullen consideraba a Charlie no solo su consuegro sino su amigo. Así que sonrió.
—¡Charlie, amigo mío! —Abrazó al hombre y luego saludó a la mujer que aguardaba para ser reconocida por él—. ¡Renée! —Tomó la mano de la dama y depositó un beso en ella.
Un gesto galante y arraigado en su noble educación.
—Señor Carlisle, es un gusto volver a verlo en condiciones, más felices.
—¿Disculpe?
—Usted me entiende. Isabella me avergonzó tanto, todavía lamento su conducta con Edward. Un muchacho muy excepcional.
—No debe sentirse mal, por algo que fue hace mucho tiempo, además, la actitud de su hija no fue otra que la de una mujer que estaba siendo forzada a contraer nupcias, creo que eso es algo difícil de asimilar. Así que no guardo ningún rencor a Isabella, ni a usted.
—Te dije mujer que no debías mencionarlo —sancionó Charlie a Renée.
Ella le dio una mirada dura a Charlie y luego se volvió nuevamente a Carlisle.
—¿Dónde está Esme? Me gustaría saludarla
—Por supuesto, —Carlisle miró de un lado a otro en busca de su esposa—. ¡Allí está! —, mencionó señalando la dirección en donde se encontraba una sonriente Esme, conversando animadamente con su sobrina Rosalie Cullen Duquesa de Hale.
Renée le regaló una sonrisa forzada a Carlisle.
—Iré con ella. ¿Sí me disculpa?
—Adelante.
Carlisle sabía muy bien cuánto le pesaba a esa mujer que su hija no hubiese ganado un título nobiliario con el matrimonio de Edward. Pero, ¡por Dios! La mujer no tenía una gota de sangre noble en sus venas. Y, aun así, en cuanto se enteró de que su primo era el gran Duque, tuvo que preguntar a Esme, cuál era su título. ¡Qué mujer!
Más su dulce Esme le había respondido con toda la honestidad que se puede tener con alguien como la señora Renée.
«¿Título? ¡Oh, sí! Me gané uno al casarme con Carlisle y es el de: "La plebeya, segunda esposa"».
Esa noche en la privacidad de sus habitaciones habían reído y reído de la mujer.
—Lo siento, siempre me fue muy mal intentando controlar la lengua de mi esposa.
—No hay cuidado.
—¿Has tenido noticias de nuestros hijos?
—Sí, al parecer están llevándose bien.
Charlie, dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
—No los he visto.
—No han llegado no te…—Carlisle no terminó la frase ya que, el nombre de su hijo fue anunciado; provocando que las miradas de algunas personas se dirigieran, hacia la entrada. Ya que muchos sabían que Carlisle Cullen había logrado arrebatar a la señorita Swan de los brazos protectores de su padre, para casarla con su hijo.
Al que no conocían, pero que era famoso porque nadie en la familia realizaba un negocio sin antes decir: «Lo consultaré con mi hijo, Edward. Su propuesta será analizada por mi primo, Edward. Recibirá la respuesta de Edward con el abogado de la familia».
Cualquiera que se hiciera llamar hombre de negocios sabía que el verdadero genio detrás de la inmensa riqueza que la familia Cullen estaba generando era Edward, por lo que, si querían llegar a un negocio con ellos, tenían que llegar primero a él. Solo que el genio era imposible de encontrar.
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Cuando el carruaje llegó a su destino, Isabella echó un vistazo a la entrada encontrándose con la también llegada de la amiga de su madre, la señora Foster, una vieja chismosa a la que Isabella odiaba, pues había sido ella que sugiriera a su madre el internado en Francia cuando era todavía una niña. Una mujer con la lengua llena de veneno.
—¿Sabes qué Edward? Mejor sí volvamos a casa.
Edward siguió la mirada de su esposa. había una mujer con un vestido blanco, guantes de satín, una estola que parecía la piel de un oso blanco muy exagerado para la pequeña altura de la mujer.
—¿Quién es ella?
—Una bruja.
—Mi tatarabuelo, perseguía vampiros y brujas durante la santa inquisición.
Isabella miró a su esposo. Tenia el ceño fruncido el cual borró al imaginar a Edward persiguiendo a la horrible mujer con una antorcha en la mano y un grupo de fieles seguidores. Ambos rieron pues se habían imaginado una escena parecida.
—¿Lo harías por mí?
—Sí, por ti conquistaría el mundo y quemaría a todas las brujas.
—Entonces entremos y demos de qué hablar.
Edward bajó del carruaje y se giró para ayudar a su compañera a bajar, también. Isabella tomó el brazo del joven y juntos caminaron dentro de la casa.
Cuando fueron anunciados ya tenían un plan, entrar con una sonrisa despampanante, mirarse a los ojos y luego buscar de inmediato a la familia de Edward e ignorar a cualquiera que se atreviera a acercarse a dos perfectos desconocidos.
Edward fue el primero en encontrar la mirada aguda de su padre Carlisle.
—Encontré a mi padre.
—Entonces vamos, cariño.
Ambos se miraron y sonrieron; emprendieron el camino hacia Carlisle, Edward con la mirada fija en él y ella en la de su padre el cual encontró a un lado de su suegro.
Isabella que todavía guardaba rencor a su padre, no le demostraría nunca si ella padecía ante su rechazo, jamás le revelaría que estaba tan deseosa o no de sentirse de nuevo aceptada por él, si quería que la perdonara por todo el desastre que había ocasionado. No, ella lo amaba, pero el tiempo para pedir disculpas había pasado y él la había rechazado por lo que ni siquiera pensaba rogarle por unas palabras, por unos minutos de su tiempo.
Isabella caminaba con la frente en alto, una sonrisa engreída y mirada fría. Mientras que Edward llevaba una sonrisa alegre, caminaba erguido, a paso firme y decisivo como si este fuera el rey del mundo y gozara de una salud. Nadie pensaría jamás que padecía del corazón o que apenas unos meses atrás el ni siquiera era capaz de ponerse en pie por sí solo.
—Señor Swan —Edward saludó primero a su suegro y luego le dio la mano a su padre—. Padre.
—Edward, Isabella es un gusto volver a verte.
—Igualmente, señor Cullen.
—Carlisle.
—Nunca podría llamarle de esa forma, lo siento —respondió Isabella con honestidad.
Carlisle miró a su hijo y este simplemente respondió subiendo los hombros. No le importaba en lo más mínimo que ahora Carlisle no pudiera acercarse a Isabella. Se había ganado a pulso la desconfianza de la joven. Carlisle asintió.
—¿Isabella, no saludarás a tu padre?
Finalmente, Isabella miró al hombre que le dio la vida.
—Buenas noches, señor Swan —dijo la joven luego se dirigió a su esposo—, vayamos a saludar a tus primos.
—¡Claro! Con permiso.
Ambos caminaron hacia Alice que los había visto llegar e interactuar desde lejos con sus padres. estaba emocionada pues su querido primo estaba totalmente transformado. Y la joven parecía sentirse cómoda con la cercanía de Edward, por lo que dedujo que se estaban llevando estupendamente.
—Alice —llamó Edward a la joven que mantenía la mirada fija en su esposo.
—¡Oh! Isabella estás bellísima, definitivamente el verde es tu color.
—Amm ¿Gracias? —le sorprendió darse cuenta de que no estaba molesta por arruinar su perfecto baile.
—¿Alice, estás ignorándome?
—Le has dicho a Jasper que soy una mala influencia para él, Edward.
—¿Y, no es así?
—Por supuesto que no, tonto —Alice se dirigió a Isabella de nuevo—. Bueno querida dejemos un momento a este señor. Saludemos a la Tía Esme y Rosalie… por cierto tu madre estaba con ellas hace unos momentos —miró en dirección de un grupo de mujeres que conversaban—, sí mira sigue allí, seguro que querrás saludarla.
Isabella miró a Edward suplicándole que la salvara de ver a su madre. Así que tomó a su esposa por la cintura arrebatándosela a Alice que ya la estaba arrastrando por un brazo, hacia el grupo de mujeres.
—Lo siento, Alice; pero voy a bailar con mi esposa.
Y fue así como Edward llevó a Isabella al centro de la pista de baile, justo en el instante que iniciaba un vals.
—¿Vestido verde? —preguntó Rosalie detrás de Alice que miraba a la bonita pareja caminar hacia el centro de la pista de baile.
—Como toda una buena Cullen, dará de qué hablar.
—Pues ya era hora de tener algo novedoso, las tardes de té se han vuelto aburridas.
—Sí, has exprimido hasta el último chisme de la ciudad, supongo que Isabella hará más amenas, tus tardes.
—¿Crees que deberíamos llevarla con nosotras?
—Sí Edward nos la presta, yo creo que sí. Dicen que tiene una lengua inteligente y muy afilada.
Los primeros acordes del Vals comenzaron a sonar mientras que ellos estaban colocándose en posición. Su mano en la pequeña cintura de su esposa, lo hizo tragar saliva. Estaba seductoramente hermosa y Alice tenía razón el verde era su color. Sus dedos sintieron las cintillas que amarraban el corsé del vestido.
—Parece nervioso, señor Cullen.
Edward sonrío, sí estaba nervioso. Quería abrazarla, demostrar a todos que ella era suya. No habían pasado desapercibidas las miradas lujuriosas de los hombres que miraban a su mujer detrás de sus esposas o acompañantes, ni las miradas horrorizadas de las ancianas o las miradas envidiosas de las jóvenes solteras y que decir de las celosas esposas.
No fue una casualidad que él la llevara al centro de la pista haciéndola lucir aún más, todas esas mujeres vestidas de blanco por la orden de Alice enmarcarían a su mujer vestida de color verde, porque así lo había querido ella, demostrando su oposición ante la hipocresía de las buenas costumbres.
Entonces, ¿Por qué no debía ayudarla a lucirla incansable como la diosa pagana que su lujuriosa mujercita era?
Edward mando al diablo las buenas costumbres, el recato y toda esa estúpida doctrina con la que lavaban el cerebro a las niñas y niños. Hubo un tiempo en el que él se rigió bajo esas costumbres, que se prometió que no haría nada inapropiado como casarse con alguien que no fuera de su clase, que intentaría limpiar un poco el nombre Cullen, que procuraría reparar el daño que su padre había causado al honor de su familia hacía muchos años, que compensaría un poco… ¿Y cómo había pagado la traición que le hizo a su madre al avergonzarse de ella?
Casi con la muerte. No fue rechazado por no tener el dinero suficiente para asegurar prosperidad, claro que no. Ni siquiera por ser un noble sin título, tampoco. Fue rechazado porque la vida no le alcanzaba para demostrarle a una mujer de una buena familia, dulce y educada… su valía.
Y aquí estaba Isabella, una mujer apasionada que daría todo por el hombre que amaba, una mujer que fue incomprendida, pero no todo había sido su culpa, no. fue de aquel hombre que la orilló a esa vida. Si realmente la hubiera amado, él hubiera enfrentado al mundo, divorciándose de su esposa, y finalmente ambos hubieran enfrentado a la sociedad hipócrita que los hubiese castigado por un largo tiempo.
Así, cómo su padre.
Sin embargo, la llevó a vivir entre sombras y mentiras, la sedujo llevándola por el mal camino y sus padres sin comprenderla la castigaron casándola con un desconocido, lo cual daba gracias por eso, pero, él juzgaba a Charlie Swan porque se la había ofrecido como si ya no quisiera más que ver con el problema que era su hija.
Y como Edward no tenía todo el tiempo del mundo porque seguramente moriría joven, últimamente había decidido vivir cada momento de su vida como mejor le pareciera a él y no a otros, Acortó la distancia adecuada con la que se debe sujetar a una dama, la apretó fuertemente y susurró en su oído:
—Bueno es que esto te parecerá pervertido, pero me preguntaba si llevas ropa interior debajo.
Ella olía a flores silvestres, sentía que abrazaba a la maldita primavera, transportándolo a esos días en el prado donde muchas veces casi le hacia el amor, bueno se lo había hecho con sus caricias ardientes y besos indecentes…
—Realmente ¿quieres saber?
Edward sonrió, esta vez no con diversión o no la sonrisa era seductora.
—No lo sé.
Ambos se miraban a los ojos con una intensidad que algunos espectadores bien pudieron traducir como la de dos amantes obscenos que estaban seduciéndose. Los labios de Isabella se entreabrieron. Y Edward relamió los suyos.
—¿Están haciendo lo que creo que están haciendo? —preguntó una Rosalie a una Alice, igualmente impresionada al ver a su primo siempre recatado y bien educado comportándose un hedonista.
—¿Qué me harías si no llevara nada debajo?
Preguntó Isabella en tono seductor.
—¿No llevas? —el aliento de Edward en su oído erizó la piel de su cuello.
—¿Quieres saber?
Pero no respondería, porque ya tenía un plan para descubrir si su esposa había sido osada o no. En cambio, preguntó:
—¿Lista para dar un espectáculo?
Y sin previo aviso, comenzó a girar con ella por la pista de baile bajo su propio ritmo y coreografía demostrando así que nadie los gobernaba, que eran libres de hacer lo que quisieran que se comerían al mundo y si alguien osaba en ponerse frente a ellos los arrojarían a un lado como esas parejas que al verlos acercarse con rapidez se hacían a un lado interrumpiendo su propio baile. Lucían hermosos e impresionantes que simplemente poco a poco las parejas dejaron de bailar.
—Ves eso Rosalie, se han llevado el baile de la noche a su pequeño mundo de amor.
—Sí. Lo han hecho.
Esme estaba agradecida con Isabella, pues sin querer les estaba regalando un hermoso recuerdo de su hijo, bailando como nunca, tan lleno de vida, feliz y completamente enamorado. Su corazón podría detenerse en ese instante o mañana y no importaba ya realmente porque el saber que logró lo que para algunos era imposible, la felicidad absoluta, eso les brindaría un poco de consuelo.
Isabella nunca en su vida se había imaginado como una princesa bailando con un príncipe, pero se sentía ahora como una. Y era tan feliz…
Edward giraba y giraba con Isabella al ritmo veloz de la música y cuando este volvió a ralentizarse, lo lamento, porque su pareja estaba feliz y brillaba como el sol calentando su alma y haciendo arder su corazón.
—¿Cómo se siente tu corazón? —preguntó Isabella.
—Con ganas de bailar toda la noche.
—Pues entonces hagámoslo.
Y un nuevo baile comenzó
Renée Swan miraba hipnotizada a su hija.
—Me recuerda a ti —dijo Charlie a su lado.
Sí a ella también le recordaba así misma, en otros tiempos. Bajó la mirada y cerró los ojos con dolor. Respiró profundo para contener las lágrimas que estaban a punto de derramarse. Luego lo miró a los ojos.
—Sí, también a mí. Me alegra ver, que ella sí pudo abrirle las puertas de su corazón a su esposo.
Charlie Swan limpió una lágrima traicionera de la mejilla de su esposa, en nombre de las ruinas que ahora era su antiguo amor por ella. Un gesto, más que nada, gentil. Y Renée lo sabía, Charlie Swan la había dejado de amar hacia muchos años atrás, no le reprochaba pues, ella nunca lo amó. Le apreciaba porque era u buen hombre, pero para ella no fue suficiente. Tras sonreírle cálidamente en agradecimiento a su esposo le dio la espalda y desapareció de su vista.
Jasper Cullen se acercó a su esposa y tocó su hombro para llamar su atención.
—¿No te parece que deberíamos mostrarles a nuestros invitados que los Duques de Whitlock también sabemos bailar?
—Sí, esos dos primos nuestros, nos están robando la noche.
Jasper llevó a su esposa hasta la pista de baile al igual que Emmet que jamás se quedaría atrás. Y entonces varias parejas reanudaron sus bailes abandonados.
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Al termino de la pieza Alice le arrebató a Isabella y, Jasper y Emmett se lo llevaron lejos de su esposa.
—¡Vaya, vaya! Primo quién lo hubiera dicho. ¡Tienes sangre real en esas venas! Creí por años que ninguna mujer lograría ponerla en movimiento alguna vez. ¡Siempre tan rígido!
—Supongo que tienes razón Emmett, solo era cuestión de encontrar a la mujer adecuada.
—Entonces ¿ya consumaron?
—¿Qué?
—Jasper dijo que no.
—Solo mantengo informada a la familia por cuestiones de negocios, ya sabes.
—No.
—¿Y qué esperas?
—¿Amor?
—Toma —le ofreció una llave.
—¿Qué es esto?
—Cuarto piso, ultima habitación —respondió riendo, colocándola en las manos de Edward, luego, se marchó.
—Tu hermano es un idiota. ¿Y por qué tiene una llave de las habitaciones de tu casa?
—Era eso o encontrármelos en cualquier momento en algún pasillo de la casa durante sus visitas.
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Isabella iba custodiada por la duquesa Whitlock por un brazo y por el otro la duquesa Hale.
—Mira Isabella, como ahora eres una Cullen te presentaremos como tal y te llevaremos a toda reunión social a la que seamos invitadas así que ve advirtiéndole a mi primo que pasaras menos tiempo a su lado —decía Alice mientras se acercaban a un grupo de mujeres.
—Seguro debes pasarla muy mal encerrada todo el tiempo.
—En realidad, no. No soy muy sociable.
—¡Isabella! —Tanya la llamó mientras se acercaba a las tres mujeres.
—Tanya…
Isabella se había acercado y besado ambas mejillas de la dama.
—Espera, espera…—Tanya se dirigió a las damas que habían organizado tan hermosa velada— Señora gracias por la invitación.
—Señora Tanya, el gusto es nuestro.
—Ahora, sí. Isabella ¿Quién es esa mujer que habla con tu esposo?
Isabella se giró para ver a una bella joven de cabello castaño rojizo, tocando el brazo de su esposo. Él se notaba incómodo. Rosalie y Alice también miraron al instante.
—Lauren Mallory —dijo Rosalie.
—Su padre quería entablar una asociación con mi tío, hace algunos años. Por lo que Edward y Lauren fueron buenos amigos —dijo Alice.
Pero la mente de Isabella ya estaba girando. El recuerdo de una Jane haciéndole confesiones de la vida de su esposo en Londres vino a su mente.
—¿Es la dama con la que Edward quería comprometerse? —preguntó a las mujeres.
—¿Edward te habló de eso? —preguntó Rosalie, pues esa mujer era innombrable para Edward.
—Amm, no.
—No te avergüences, querida. No hay nada de malo en investigar las andanzas de nuestros maridos —consoló Alice.
—¡Oh, por Dios! Esa bruja no deja de toquetearlo y sonreírle —Tanya susurró en su oído.
Isabella de nuevo llevo la mirada en dirección de su esposo.
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En cuanto se deshizo de Jasper y Emmett, otro par de hombres lo abordaron rápidamente presentándose. Pero Edward ya estaba cansado de extrañar a Isabella por lo que, sin vergüenza alguna y, pareciendo algo snob, se disculpó y abandonó al par de hombres. Fue entonces que se encontró de frente con Lauren.
—¡Edward!
—Lauren.
—¿Cómo has estado?
Edward de inmediato buscó con la mirada a su esposa. La encontró del otro lado del salón con sus primas y la señora Tanya.
—Bien. Gracias.
—Edward, lamento lo que paso en Londres.
—Es pasado Lauren.
La mujer dirigió la mirada en la dirección que Edward miraba. Vio a la hermosa mujer que parecía estar teniendo una conversación mental con Edward. Él le sonrió a la chica y ella igual.
—Es muy bonita —dijo Lauren.
—Sí —Edward giró su rostro hacia Lauren—. Es mi esposa.
Lauren jadeo.
—Si me disculpas Lauren. Le prometí a Isabella bailar con ella toda la noche.
Lauren lo vio marcharse con aquella mujer. Un hombre de edad avanzada se acercó.
—¿Quién era ese, querida?
El anciano tenia los dientes podridos por lo que el hedor de su boca era insoportable.
—El hijo Carlisle Cullen. Un antiguo socio de mi padre. Querido.
—¿Por el que se fue a la ruina, tras romper su asociación?
—Sí.
—Estoy cansado, me duelen los pies. Volvamos a casa, ¿quieres?
—Sí, esposo.
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Y como lo había prometido Edward, ambos bailaron durante la velada, en algún momento de la noche abandonaron el lugar. Sin despedirse.
Edward e Isabella caminaron tomados de la mano hasta la segunda planta donde se encontraban sus habitaciones. No había charla, ni risas o coqueteos, en realidad ambos se encontraban sumergidos en sus propios pensamientos, Edward, no podía dejar de pensar en su charla con Emmett, ¿debería finalmente hacerla su mujer? ¿debería decirle a Isabella que Carlisle en realidad solo estaba manipulándola para que se acercará a él? Carlisle había tejido una telaraña para que ella quedara atrapada en los brazos de su hijo. Ambos habían caído en lo mismo. Y Charlie, bueno él solo quería ayudar a su hija.
Isabella, quería decirle a Edward que lo amaba, que se había enamorado de él como una idiota; pero, ¿cómo podría decirle para que él le creyera? ¿Y si pensaba que estaba intentando manipularlo para que le diera ese condenado niño?
Edward se detuvo frente a la habitación de Isabella, trayéndola de nuevo a la realidad. Edward se relamió los labios, había querido besarla desde siempre, y esa noche se sentía más sediento que de costumbre.
Isabella miró la punta de la lengua de su esposo humedecer aquella carnosidad que guardaban las palabras más dulces escuchadas y ese mismo apéndice que seductoramente se asomaba a veces en las sombras otras a plena luz del día bajo los rayos de sol y que le proporcionaban suspiros agónicos cuando lamía su sexo.
—¿Por qué nunca me has besado? —Isabella le preguntó al fin a su esposo, sus ojos oscurecidos, nublados por el deseo de sus labios en su boca.
Edward dijo riendo:
—Porque nunca me lo has pedido.
—Un beso deseado nunca debería solicitarse con palabras, Edward.
—Por la manera en que amenazaste con la mirada al obispo… Creí que tal vez no te gustaban los besos.
Ella sonrió, se dio la media vuelta, abrió la puerta y luego, se giró de nuevo hacia él. Levantó su mano derecha y se la ofreció a Edward, en una clara invitación a su habitación.
Edward, miró un momento esa delicada mano. Antes de dirigir su mirada a los ojos verdes de su esposa y decir:
—Si entro nunca te dejaré ir…
Ella asintió en aceptación.
—No quiero irme.
—Pero, si algún día te atreves a mirar a otro hombre seré terrible contigo, nunca estaré dispuesto a compartir tus besos y si se te ocurre huir de mi lado, me temo que me matarás. Aunque, si por azares del destino, sobrevivo y vuelves… juro por Dios, Isabella, que te destruiré.
—No habrá nadie después de ti, nunca. Nunca querría escapar de tu lado, Edward. Quiero quedarme contigo, para siempre.
Edward miró de nuevo la mano de Isabella, sin desear dar marcha atrás la tomó dejándose guiar por ella. La amaba y ya era hora de que ambos expusieran lo que sentían y hacia donde irían ahora.
Nota:
Muchas gracias, a todos. De verdad, no hay palabras para agradecer, a los grupos de Facebook y a todos los que llegaron aceptando la invitación. Antiguos lectores y nuevos les quiero.
¿Me regalas un pensamiento?
El siguiente es: Noche de bodas.
Un abrazo nos leemos el siguiente domingo.
Besos.
