Capítulo 9

Shion daba la impresión de ser gigante, más de lo habitual. Mi corazón golpeaba muy fuerte contra el pecho, dolía. Traté de buscar una forma de escape, alguna excusa, pero era inútil. De todas las reglas que podría haber roto esa había sido la peor.

El Patriarca se adelantó unos pasos; estaba tan aterrado que no quería mirarlo. En mi mente imaginaba castigos innumerables.

—¿Se puede saber qué estaban haciendo?

Por nada del mundo iba a despegar la vista del piso. Las piernas me temblaban y sentía ganas de llorar; ya me esperaba un golpe o algo semejante. Tenía el estómago revuelto, como si estuviera a punto de vomitar.

—¿Ninguno piensa responderme? —preguntó de nuevo.

No tenía idea de qué decirle. Nos había encontrado en medio de algo prohibido y a tan corta edad; lo menos que podía hacer era castigarnos por un año como mínimo.

—Shaka, esperame en la casa de Virgo —le dijo—. Voy a hablar con vos en cuanto termine con mi discípulo.

Vi a mi amigo hacer una reverencia y luego irse a toda prisa. Entonces se me cruzó por la mente que esa podría ser la última vez que lo viera. Sentí terror, especialmente cuando crucé miradas con Shion: su cara seria parecía más arrugada que de costumbre.

Sin decir nada se sentó en la silla frente al escritorio, sobre el que dejó su casco. Se presionó el puente de la nariz con un suspiro pesado. Ya no solo tenía miedo, sino que también sentí tristeza por haber decepcionado a mi maestro.

—Mis sospechas resultaron ser ciertas —dijo para luego mirarme.

Una sensación fría me recorrió la columna de arriba abajo. Creí que me haría pis en cualquier momento. Shion me hizo señas de que me acercara. Tragué saliva y caminé hacia él con la impresión de que me caería.

—No tiembles, Mu —dijo con una mano en mi espalda—. No estoy enojado, solamente… me preocupa.

Separé los labios para preguntar por qué, pero no tenía fuerzas para hablar. Tras soltar otro suspiro Shion continuó:

—Lo supe hace mucho. Sabía de tus sentimientos por Shaka, pero no pensé que… —Arrugó la frente— Mu, no te prohíbo querer a Shaka, pero debo advertirte que para los santos de Athena no es sencillo querer a alguien que no sea nuestra diosa.

—¿P-por… qué? —pregunté.

—¿Te acordás cómo te sentiste cuando lo lastimaron en aquella misión? —Asentí— Ese tipo de cosas son comunes para los santos. No creo que quieras volver a sentirte así o que él experimente lo mismo, ¿o me equivoco?

Bajé la mirada lentamente. Shion me agarró por los costados y me sentó sobre su regazo.

—No voy a castigarlos, aunque no entiendo cómo se les ocurrió hacer eso que es para gente más grande.

La cara me ardía porque recordé lo que había visto aquella noche en el bosque.

—Mu, debe haber cosas que te hagan sentir raro; no sabés si te gustan o te desagradan, te llaman la atención y querés saber de qué se tratan. Pero si te hacen sentir así es porque no deberían pasar. Hay un tiempo para todo. Tal vez cuando seas mayor puedas descubrirlas y entenderlas. ¿Está bien?

Me limité a afirmar con la cabeza.

—Siempre vas a poder contarme si algo así te molesta.

Apreté los puños y me animé a preguntar:

—¿Es tan malo… besar a alguien?

—Bueno… que lo hayas hecho con Shaka me da alivio. Habría sido mucho peor si hubiese pasado con alguien mayor a quien no quisieras, por ejemplo.

—Cuando sea grande y si quiero mucho a Shaka, ¿va a estar mal?

Sonrió y acarició mi cabeza.

—Cuando llegue ese día lo vas a descubrir.

Me dejó en el piso. A pesar de lo que dijo no me sentía aliviado.

—Mu, te entregué siglos y siglos de la historia de nuestros antepasados y el Santuario. Por favor, tenés que aprender a controlar tus sentimientos por Shaka. Ahora tu única prioridad es convertirte en santo de Athena. Cuando lo seas todo va a ser más sencillo.

Una parte de mí se sintió aliviada de no haber recibido castigo alguno, mientras que, por otro lado, dolía tener cada vez más en claro que mis sentimientos por Shaka no eran correctos. Además, la vergüenza de haber sido descubiertos no se iba ni con el transcurrir de las horas. Me preocupaba que los demás lo supieran y que nos convirtieran en el blanco de sus burlas. Tampoco quería levantar sospechas, ni que mi amigo se sintiera mal, por lo que decidí que el resto del día me mantendría lejos de él.

Sin embargo y a pesar de mis intenciones, la hora de la cena fue demasiado incómoda. Algunos de nuestros compañeros notaron que Shaka y yo estábamos distantes; aunque pudimos disimularlo con decirles que era su imaginación fue una situación muy estresante, especialmente cuando al recorrer las caras de todos me encontraba con los dos cielos tan importantes para mí. Cada vez que sucedía volvía mi atención al plato que tenía enfrente o simplemente trataba de sacarle tema de conversación a Camus que justo se había sentado a mi lado. Pero hacer eso me dolía, mucho más porque estaba seguro de que tenía el mismo efecto en Shaka.

Incluso luego de cenar preferí hacer grupo con Shura y Deathmask para limpiar y así evitar al futuro santo de Virgo. Barría sin cesar el mismo lugar entre suspiros hasta que escuché la voz de Shaka:

«Mu, ¿estás bien?».

Miré hacia atrás donde mi amigo se ayudaba a Saga a mover las mesas. Preferí ignorarlo, pero él no se dio por vencido:

«¿El Patriarca te castigó?».

Continué mi labor escoba en mano, a pesar de los llamados de Shaka que me alteraban los nervios y hacían barrer de manera tal que solo levantaba polvo. Shura pareció darse cuenta de algo: con un toque en mi cabeza y una mirada me dio a entender que debía tranquilizarme. Por suerte, Shaka desistió.

Apenas fui al cuarto me metí en la cama, de cara a la pared, cubierto por completo. No conseguí dormir de inmediato; mi mente aún seguía alterada producto de lo sucedido en la tarde. Escuché cuando mis otros dos compañeros llegaron, me hice el dormido y me limité a ser testigo de la charla corta que tuvieron antes de apagar las luces. Así pasaron minutos o quizás horas, mientras me moría de ganas de ver al dueño de mi primer amor, hasta que por fin cerré los ojos aguados. A la mañana siguiente el desayuno fue similar a la cena.

El primer entrenamiento del día fue pelea cuerpo a cuerpo en el coliseo. Luego de la entrada en calor, nos sentamos en las gradas, uno a uno pasamos para enfrentar a los mayores; yo fui el cuarto y mi contrincante era Saga. Para ese entonces le había perdido el miedo, de hecho, él siempre nos aconsejaba a Shaka y a mí, no solo a la hora de pelear. Sin embargo, de a poco llegaron a mí las memorias de la noche en que tuve mi primer beso, cuando hicimos oídos sordos a sus advertencias. Entonces creí que era una especie de castigo, mis piernas temblaban y ni siquiera advertí el momento en que había comenzado el ejercicio.

Recibí un golpe en el estómago que me estampó contra la base de las gradas; mis compañeros gritaron mi nombre, incrédulos de lo que acababan de presenciar. Incluso Saga estaba sorprendido y esperó a que recobrara el aliento.

—¿Qué te pasa? —preguntó— Estás muy raro.

Negué y me puse en guardia. Él chasqueó la lengua para posicionarse; con un movimiento de cabeza apenas perceptible me ordenó atacar. Aunque lanzara golpes con todas mis fuerzas solo llegaba a rozarlo. A lo lejos todos se preguntaban cómo era posible que no lo tocara ni una sola vez. Saga se volvió más exigente.

—¿Querés ser el santo de Aries o no?

El tono de burla que usó provocó que mi cosmos se elevara, lo mismo que la cantidad de golpes que tiré. Él los esquivaba sin mucho problema, satisfecho por lo que había conseguido, aunque no del todo.

—¡No bajes la guardia!

Dijo y me dio una patada directo en la cara. Caí de espaldas al suelo a varios metros de distancia. Los demás gritaron preocupados a la vez que unos pasos se acercaron. Sentía palpitaciones en el labio y de pronto gusto a sangre. Me cubrí la boca mientras me sentaba.

—¡Mu!

Shaka se arrodilló frente a mí. Vi su cara de preocupación por un instante y enseguida agaché la cabeza. Aparte la mano de mi boca: un diente entre sangre y saliva.

—Shaka, volvé a sentarte y esperá tu turno —le ordenó Saga.

El cosmos de Shaka comenzó a elevarse a medida que se ponía de pie. Tenía la cara roja, apretaba tanto los puños como los párpados, por lo que no tardé en comprender que estaba furioso. Lo peor de todo: estaba dispuesto a abrir los ojos. Mi corazón y estómago se estrujaron. Nunca lo había visto tan enojado, mucho menos con la intención de ir contra un superior.

Aterrado y con toda la desesperación del mundo lo agarré de la ropa. Sin atreverme a mirarlo le dije:

—Ya estaba flojo.

Pero él prefirió ignorarme y se puso en guardia. La atención de todos alrededor se posó en nosotros. Mis compañeros y los ya santos de oro estaban boquiabiertos; incluso Aioros se veía preocupado.

Tiré de la ropa de mi amigo con más fuerza.

—Shaka, no… Es Saga a quien tenés enfrente.

—Si vas a atacar, hacelo ahora —le dijo el santo de Géminis.

—¡Saga! —lo reprendió Aioros— Es un entrenamiento y él un nene.

—No es un nene —le respondió—: es un santo de Athena.

—Por favor, Shaka —le supliqué—, volvé a las gradas. Fue mi culpa por no haber hecho las cosas bien.

—Abrí los ojos si lo necesitás —le dijo Saga.

—Shaka —Me tembló la voz—, es un santo de oro… y vos…

—No voy a dejar que nadie te lastime.

Su cosmos no dejaba de elevarse. Me aferré a su cuerpo y volví a pedirle que se detuviera. Aioros saltó a la arena, encaró a Saga para hacerlo entrar en razón, pero no parecía dispuesto a escucharlo.

Entonces se presentó un cosmos que reconocimos al instante; comencé a sudar frío. Todos -a excepción de Shaka, Saga y yo- pusieron una rodilla al piso cuando Shion entró al coliseo.

—Alguien que me explique qué está pasando acá —ordenó.

Abracé más fuerte el cuerpo de mi amigo y cerré los ojos.

—Gran Patriarca —dijo Aioros—, solamente fue una discusión entre Saga y Shaka por un golpe que recibió Mu durante el entrenamiento.

No me atreví a mirarlo, pero la sangre pareció volvérseme de hielo cuando Shion comenzó a acercarse. Ni siquiera cuando estuvo parado a nuestro lado levanté la cara.

—Otra vez ustedes dos —dijo con cansancio—. Shaka, a casa de Virgo, ahora.

Aflojé los brazos y solté a Shaka poco a poco. Él hizo una reverencia, luego se alejó a paso lento.

—Mu, andá a lavarte y después a Aries.

Hice tal cual me dijo entre que me preparaba mentalmente para el castigo que iba a recibir sin dudas. Esperé a mi maestro en la biblioteca de Aries, cuando llegó, tal como imaginaba, estaba enojado. De nuevo tuve que sacar fuerzas de donde fuera para no quebrarme frente a él.

—Dos días seguidos que te llamo la atención —dijo—. No puedo creerlo. ¿Cómo fue que empezaste a dar tantos problemas?

Cabizbajo, me mordí el labio y respiré hondo mientras Shion continuó:

—Pensé que te había asignado al mejor compañero para que avanzaran a la par, pero veo que me equivoqué.

Lo miré con timidez y miedo.

—El de hoy fue tu último entrenamiento de lucha. A partir de mañana te vas a enfocar en ejercicios del cosmos sin compañía. ¿Te quedó claro?

Asentí.

—¿Te quedó claro? —repitió en tono más duro.

—Sí, maestro.

Shion suspiró. Se sacó el casco, como siempre lo dejó sobre el escritorio y tomó asiento. Lucía mucho más consternado que el día anterior. Me pidió que le explicara lo que había sucedido; no quería hacerlo, pero las cosas podían empeorar si no obedecía.

—Me dio miedo —dije.

—¿Miedo? ¿De Saga?

Con un movimiento de cabeza afirmé. Shion cerró los ojos a la par de que tomó aire.

—Entiendo que te asuste, pero con el entrenamiento, algún día, vas a poder hacerle frente de ser necesario, que ojalá nunca lo sea.

—Él lo sabe —dije.

—¿Qué es lo que sabe?

—Lo que hice… con Shaka.

—¿Por qué pensás eso?

—Saga nos había dicho que son cosas de grandes, pero no le hicimos caso.

Shion me sentó sobre el regazo.

—Mu, lo que hicieron no lastimó a nadie.

—¿No estuvo mal?

—Solamente tuvieron curiosidad. Ya saben qué se siente, no es necesario que lo sigan haciendo. Hay otras formas de demostrarle cariño a alguien.

—¿Cómo?

—Bueno… ¿Qué es lo que Shaka quiere conseguir?

—La… armadura de Virgo.

—Y solo puede tenerla si se convierte en un santo de Athena, ¿no es así?

—Sí.

—Entonces tenés que darle tu apoyo para que lo consiga.

Bajé la mirada.

—No estés triste, Mu. Vos también estás destinado a ser un santo de oro. Si lo lográs, vas a poder estar con Shaka como compañeros. De esa forma van a poder cuidarse y protegerse el uno al otro cuando más lo necesiten.

Quería a Shaka más que a nadie y mi mayor deseo era verlo feliz. Aunque nuestras vidas estuvieran marcadas por las constelaciones, seguíamos siendo dos nenes con sentimientos que no entendíamos, pero al mismo tiempo nos llenaban. Alejarme de él iba a ser la prueba más difícil.

El resto del día lo pasé en la casa de Aries por lo que me resultó sencillo evitar a mi amigo. Sin embargo, debía volver a los dormitorios para la hora de la cena. Estaba aterrado, no quería que Shaka se enojara conmigo ni que los demás se burlaran de nosotros por lo que habían visto. Di vueltas dentro del templo con un dolor en el estómago que se convirtió en ganas de vomitar.

Salí mareado y dirigí la vista a la estatua de Athena; se me llenaron los ojos de lágrimas. Por un lado me sentí juzgado, un pecador, más diminuto de lo que era, que merecía un castigo. Pero, al mismo tiempo, algo me decía que confiara en ella, que pronto iba a pasar lo peor y sería más fuerte.

Junté las manos sobre el pecho a la vez que cerré los párpados; dos gotas gruesas bajaron por mi cara. Tomé aire y dije:

—Athena, quiero mucho a Shaka. Por favor, dejame estar a su lado para siempre. Prometo entrenar duro y ser fuerte para convertirme en santo… pero… por favor…

Me cubrí los ojos y los refregué, pero las lágrimas salieron en mayor cantidad. Los gimoteos se volvieron sollozos, la cara me ardía; mi cuerpo entero se sacudía cuando el aire se me escapaba por la boca.

—Por favor… yo lo quiero… y me da miedo… perderlo.

Me puse en cuclillas y abracé mis piernas; escondí la cara entre las rodillas. No dejaba de llorar, quería vomitar, sentía que el aire no me llegaba a los pulmones. Mi cuerpo se sacudía contra mi voluntad. Me dolían los cachetes y la garanta.

Creí que me encontraba en la peor pesadilla de todas, que en cualquier momento me despertaría y vería la cara adorable de Shaka al dormir, que abriría los ojos, sonreiría para luego decir «Buen día, Mu». Repetía que era un mal sueño, pero no pasaba nada.

Poco a poco mi llanto se apagó aunque el dolor no se iba. Permanecí con la cara en las rodillas y la mirada en un punto del piso, mientras que en mi mente me hacía todo tipo de preguntas, desde por qué tuve que ser un candidato a santo, si los padres que alguna vez tuve realmente desearon esa vida para mí, hasta si algún día los sentimientos por Shaka se irían. Varias veces las lágrimas estuvieron a punto de salir de mis ojos y me daban ganas de golpear algo; entonces recordaba las palabras de mi maestro para convencerme: si controlaba lo que sentía y me nombraban santo de Aries, tal vez podría conservar lo que sentía por mi amigo, pero veía esa posibilidad cada vez más lejana.

De pronto alguien me tocó el hombro. Levanté la cabeza y parado al lado mío estaba Saga. Sus ojos brillantes y serenos fueron la razón de que yo no apartara los míos al recordar lo que había pasado.

—Es hora del baño —dijo—. Vamos a repasar la lección de la tarde.

Asentí y quedé con la mirada agachada. Sentía mucha vergüenza, me torturaba con la idea de que él en verdad lo sabía todo; además, todavía no había recibido el castigo por su parte.

Saga se sentó a mi lado. Lo miré confundido, aunque no dije nada. Él levantó la vista a la estatua de Athena.

—Perdón por lo que pasó más temprano —dijo.

Mi cabeza se fue hacia atrás en un reflejo de sorpresa. Saga se rascó la nuca.

—El Patriarca quiere lo mejor para vos, Mu. Por eso me pidió que fuera más exigente… Si para mí es mucha presión, no quiero imaginar lo que sentís como su discípulo.

Miré hacia el frente y me senté sin abrazarme las piernas.

—Honestamente —continuó—, me preocupa bastante que estés tan distraído. No eras así.

—Perdón —dije cabizbajo.

—¿Hay algo que te moleste?

Apreté la tela de mi pantalón.

—¿Creés que pueda ser un santo de oro? —pregunté.

—¿Eh?

—No soy… fuerte como los demás.

—¿Qué decís, Mu? Claro que sos fuerte. Si no lo fueras no habrías durado ni medio día de entrenamiento.

—P-pero… tengo miedo.

—¿De qué?

—No puedo controlar mi cosmos. Así no voy a poder hacer ninguna técnica, ni curar a nadie y tampoco arreglar las armaduras. Todo el ejército de Athena depende de mí.

—Tenés un cosmos muy poderoso. Es normal que resulte difícil controlarlo, especialmente a tu edad. Yo no seré muy mayor, pero con los años se me hizo mucho más fácil.

Me acarició el pelo con una sonrisa.

—¿Quién sabe? Tal vez cuando seas más grande y si peleamos podría volverse una batalla de mil días.

—¡Nunca podría pelear contra vos en serio! —dije a la vez que movía la cabeza de lado a lado— Sería como pelear contra Shion.

Su sonrisa se hizo más amplia.

—Es bueno que te preocupes así por tus compañeros, Mu. Es una virtud que todos los santos deberían tener. Mientras no la pierdas, siempre va a haber una razón para que estés acá.

Apoyó una mano en mi hombro.

—Como dijiste, el ejército depende de vos, pero nosotros también tenemos que protegerte. Hasta que no consigas dominar tu cosmos y ser el santo de Aries, nosotros te vamos a cuidar. Solamente no te rindas.

Fue abrumador darme cuenta de que todos decían lo mismo, que confiara en mí mismo. Shion era más duro, Saga usaba palabras simples pero llenas de emoción, mientras que Shaka me llenaba de mimos y promesas dulces.

—¿Te sentís mejor? —preguntó.

—Un poco… Gracias.

—Si necesitás hablar con alguien y el Patriarca te da miedo, podés buscarme a mí.

Me mordí el labio e hice fuerza con los puños. Luego lo miré a los ojos para preguntarle:

—¿Tenés a alguien importante para vos pero no pueden estar juntos?

—¿Alguien importante?

Me ardían los cachetes mientras que tenía las manos temblorosas. Saga se cruzó de brazos con el ceño levemente fruncido; de pronto sus ojos dejaron de brillar.

—Hay una persona que debería ser la más importante para mí —dijo—. Tenemos un lazo que nadie podría romper, pero… ya no podemos estar juntos como antes.

—¿Y no te pone triste eso?

—Mucho —suspiró—. Debería protegerlo y guiarlo, pero no cumplo muy bien que digamos con ese rol. A veces hasta creo que me odia.

—¿Cómo alguien podría odiarte?

—No siempre vamos a caerle bien a todos, Mu… Y de todas las personas que podrían odiarme él es quien más me duele.

—¿Y no podés hacer nada para cambiarlo?

—Depende de él si quiere cambiar.

—¿Lo extrañás?

—Bueno… Nos vemos de vez en cuando, pero siempre peleamos. Me gustaría que nos lleváramos como antes… —Tomó aire— Ojalá algún día cambie y que sea feliz. Mientras tanto solamente puedo mirarlo desde lejos y pedirle a Athena por su bien.

—¿No sería mejor estar a su lado y ayudarlo?

—A veces podemos lastimar a las personas aunque intentemos ayudarles. Por eso es mejor hacerse a un lado y estar pendientes en caso de que nos necesiten.

Agaché la cabeza mientras repetía para mí las palabras de Saga. «Entonces tengo que alejarme de Shaka por su bien», pensé.

El santo de Géminis se puso de pie y dijo:

—Mejor volvamos a los dormitorios.

—¿P-puedo… quedarme acá?

—¿Eh?

—Me gustaría… quedarme a estudiar.

Saga torció la boca.

—Está bien. Le voy a decir a Aphrodite que te traiga la cena más tarde.

La noche se me hizo interminable entre libros, textos varios y pesadillas. Cuando el sol asomó por el horizonte ni siquiera tenía sueño. Era demasiado temprano para desayunar en el comedor, hacía frío y por los alrededores solo había soldados patrullando. Todo iba más lento de lo normal, el mundo carecía de brillo. Volví a la cama a dar vueltas; llegué a dormirme un par de veces aunque por algunos minutos nada más. Poco a poco el sol y el sonido del Santuario vivo entraron por la ventana; yo también debía comenzar mis tareas.

Me quedé parado en el frente de la casa de Aries con la mirada fija en los escalones. La brisa que mecía mis mechones me puso la piel de gallina. Sabía que debía volver a los dormitorios, incluso el estómago me hacía ruido del hambre que tenía, pero me daba miedo ver a Shaka y quebrarme frente a todos.

—Tengo que poder controlarlo —dije para mí mismo.

Tomé aire y pisé el primer escalón. Me temblaban las piernas. Moví la cabeza de lado a lado. Bajé dos peldaños. Comencé a marearme y me dieron náuseas. «¿Por qué soy tan débil? —me pregunté— Así nunca voy a poder proteger a Shaka». Asentí con la cabeza y bajé cinco escalones para detenerme al ver a Camus subir con una canasta en mano.

—Buen día —saludó.

—B-buen… día.

—Me mandaron que te trajera el desayuno.

Regresé a la entrada de la primera casa a sentarme con mi compañero para desayunar. Cada bocado me revolvía el estómago, pero me esforcé por no devolver la comida. Camus no decía nada, algo típico en él, aunque me agradaba su presencia, no era intimidante. Gracias a eso pude disfrutar dentro de todo el desayuno, apreciar el calor que comenzaba a levantarse por el sol, los pájaros volando con el cielo de fondo y ver a los demás habitantes del Santuario que pasaban escalones abajo y se saludaban.

—Mu.

De pronto Camus habló.

—¿Sí?

—No quiero faltarle el respeto al Patriarca ni insinuar que no sos el más indicado para la armadura de Aries, pero creo que compartimos algunas cualidades y tal vez te gustaría recibir un consejo de un compañero.

—¿Un consejo?

—Después de ver tu desempeño en el entrenamiento de ayer, saqué algunas conclusiones.

—¿Qué conclusiones?

Camus me miró serio.

—¿Te gusta Shaka, no?

Mi mandíbula bajó poco a poco. El pulso se me aceleró y mi cara tomó un tono rojizo.

—Por tu expresión y cosmos alterado debo suponer que sí.

—Camus… P-por favor, no se lo digas a nadie.

—No te preocupes. Conozco las reglas del Santuario y sé que podrían meterse en problemas por eso.

—Gra-... Gracias.

Una sonrisa apareció unos segundos en su cara. Volvió a la expresión de siempre y continuó:

—No sé mucho al respecto, pero tanto Shaka como vos son budistas, ¿no? Aunque de corrientes diferentes.

—Sí —respondí con un suspiro—. Se supone que él renunció a todas las cosas que podrían atarlo al mundo terrenal, pero… por mi culpa…

—¿Y vos a qué renunciaste?

—Todavía no sé qué podría ser.

Camus asintió con los ojos cerrados.

—Creo que nos parecemos bastante en ese sentido.

—¿Cómo?

—Los sentimientos y las emociones nos atan al mundo. Si los dejáramos podríamos aprovechar al máximo nuestro potencial.

—Pero… sin sentimientos solamente seríamos recipientes vacíos. Athena protege el amor y la justicia en el mundo, ¿cómo le ayudaríamos si no sintiéramos amor?

—Yo también me lo pregunté. Hasta lo consulté con el Patriarca y llegué a una conclusión.

—¿Cuál es?

—No es cosa de no tener sentimientos ni emociones, sino que hay que vivirlos y dejarlos ir.

—¿Vivirlos… y dejarlos ir?

—Sí. Ahora mismo Shaka te gusta, pero tal vez algún día eso cambie. Seguramente sentís muchas cosas cuando pensás en él y si dejás de tener esos sentimientos te va a doler. Si asumís que es algo inevitable te vas a acostumbrar y así vas a poder controlarlo.

Me llevé una mano al pecho.

—¿Vos… también sentiste algo así? —le pregunté.

—No. Pero cuando era más chico mi cosmos era demasiado inestable y si me asustaba o algo así causaba muchos problemas. Pero acá me enseñaron cómo manejarlo y contuvieron siempre —Suspiró—. Y por compartir cuarto con Milo y Aioria estoy obligado a practicar cómo mantener la calma.

Su comentario me hizo reír.

—No creo que esté mal que te guste Shaka —dijo—. Tratá de disfrutarlo mientras dure. Si alguna vez se termina, va a ser un bonito recuerdo.

—Sí… Gracias, Camus.

El resto de la mañana estuve más tranquilo. Me dediqué a leer unos textos históricos en la biblioteca de la primera casa y las horas pasaron rápido. De vez en cuando pensaba en Shaka; aún dolía, pero lo que Camus había dicho me daba calma.

Shion no me había prohibido querer a Shaka, solamente me pedía que controlara ese sentimiento para convertirme en el santo de Aries. «Tal vez tenga que usarlo como mi motivación», pensé. Si conseguía la armadura no solo me haría más fuerte para proteger a Shaka, sino que también estaríamos a la par y no sería una molestia para él; eso era lo que menos deseaba: podría cansarse de mí y abandonarme.

Traté de recordarlo durante la práctica en el taller a la tarde. La sangre se escurría por mi piel cortada hasta caer al recipiente en el piso. Shion no hablaba, tal vez porque después de tanto tiempo lo estaba haciendo bien. Sin embargo, unos minutos después el cuerpo me comenzó a temblar. Con toda la voluntad hice el esfuerzo de elevar mi cosmos y pude soportarlo.

Pronto la vista se me nubló y me tambaleé; logré mantenerme erguido aunque no por mucho. El temblor en las piernas fue más fuerte. Al caer sobre el recipiente lo volqué y mi sangre se desparramó por el piso. Lo único que recuerdo después de eso es despertar en mi cama de la primera casa con Shion a un lado dándome un vaso de agua.

Me arropó y acarició el pelo.

—Es mejor que vuelvas a los dormitorios —dijo—. Hoy lo hiciste bien, pero estás muy débil para quedarte acá solo.

No tenía fuerzas para negarme, así que antes de la cena volví a los dormitorios. Como el resto de mis compañeros y los otros aprendices se estaban bañando fui el primero en llegar. Me senté a comer en la mesa de siempre; mi cuerpo tembloroso me obligaba a hacerlo lento.

Al rato apareció el resto. No despegué la mirada de mi plato para evitar ver a Shaka. Por suerte, Aldebarán, Camus y Aphrodite fueron los primeros en sentarse conmigo; luego se unieron los demás. Todos conversaban sobre cosas que me había perdido. El comedor, como era de costumbre, retumbaba por las voces, los cubiertos y platos que chocaban y algún vaso que se caía. Cuando empezó a dolerme la cabeza me levanté para ir al dormitorio.

Agarré el picaporte, pero no llegué a abrir la puerta.

—¿Estás enojado conmigo?

Giré a ver a Shaka apenas escuché su voz triste. Tenía los ojos abiertos y brillaban más que de costumbre. Miré hacia el lado opuesto para negar. «¡Tengo que ser fuerte!», dije para mis adentros.

—¿Por qué no te vi en todo el día?

Tragué grueso y respondí:

—Tengo muchas cosas que estudiar.

—¿Y el entrenamiento? —preguntó.

—El maestro Shion prefiere que me enfoque en el estudio de la reparación de armaduras.

Shaka no dijo nada. Agarré más fuerte el picaporte y seguí sin abrir. Miré de reojo a mi amigo que se mordía el labio. Tuve muchas ganas de abrazarlo, pero preferí decirle:

—Voy a aprovechar para estudiar antes de la hora de dormir. Vos volvé con los demás.

—¿Te puedo ayudar? —preguntó con la cara roja.

—Es algo... que tengo que hacer solo.

Shaka estaba cada vez más ansioso. Se estiraba de la ropa y movía los pies disimuladamente.

—Q-quería hablar con v-vos por lo que pasó ayer —dijo algo tartamudo.

Suspiré.

—No es necesario —dije.

—P-pero… lo que hice… te molestó. No volviste a la noche. Fue por mi culpa, ¿no?

—Ya te dije… que mi maestro quiere que me enfoque más en mis tareas como herrero. Todo lo que tengo que estudiar está en la casa de Aries.

—Estás mintiendo.

—No te miento.

—Te enojaste y no vas a perdonarme —dijo.

—Shaka, no estoy enojado.

—¡Entonces decime la verdad!

—¡Te la estoy diciendo!

—¿Te cansaste de mí?

—¿Eh?

Agachó la cabeza con los cachetes y la nariz rojos.

—Te quiero mucho, Mu… Vos… ¿Todavía me querés?

Se me hizo un nudo en la garganta. Cuando los ojos se me llenaron de lágrimas volví a mirar hacia el otro lado.

—Tengo que estudiar. Andá con los demás.

—¿Te vas a ir otra vez?

—Shaka, basta.

—Pero-...

—Dejame solo —le dije mirándolo a la cara.

Él abrió tanto la boca como los ojos. La mano que tenía en el picaporte empezó a temblar; los espasmos no tardaron en extenderse por todo mi cuerpo, más al ver que la expresión de Shaka pasó de tristeza a enojo.

—Quise defenderte porque sos la persona que más quiero —dijo con los puños apretados—. Por vos me enfrentaría yo solo a los dioses.

—¿Qué decís?

—Es en serio.

—No entendés nada.

Por fin abrí la puerta.

—¿Por qué no querés verme?

Cerré los párpados y tomé aire. «Si quiero verte —pensé—, pero por tu bien no podemos vernos». Tenía el corazón enloquecido.

—Mu… ¿Ya no te gusto?

Me dio una puntada en el pecho y la vista se me vidrió.

—Alguien podría escucharte —respondí en tono bajo.

—¿Por qué esquivás mis preguntas?

—Shaka… estoy cansado.

—¿Entonces sí te cansaste de mí?

No dije nada.

—¿Ya no querés ser más mi amigo?

Giré a verlo.

—Es mejor que no estemos juntos por un tiempo.

—¿Qué?

—Al menos hasta que seamos santos de Athena —me apresuré a aclarar.

—¿Y cuándo va a ser eso? —preguntó— Porque vos estás tardando demasiado con el entrenamiento.

Por más que lo supiera escuchar esas palabras de su boca no me gustó en lo absoluto. Aunque traté de contenerme las ganas de llorar me vencieron.

—Mu… N-no… No fue mi intención. Yo… Por favor, no llores.

—Tenés razón —dije entre gimoteos—: así como estoy me va a llevar años conseguir la armadura de Aries.

—No, no. La vas a conseguir muy pronto. Acordate nuestra promesa.

—No voy a poder cumplir.

—Vas a poder… Vamos a ser santos de oro juntos… Siempre… vamos a estar juntos.

—Shaka, no podemos. ¿No te das cuenta? Es imposible. Todo está en nuestra contra.

—Pero… si le preguntamos a Athena cuando vuelva…

—¿Y si dice que no, qué vas a hacer? ¿Te vas a enfrentar a ella?

Dos lágrimas gordas escaparon de los ojos de Shaka y luego siguieron muchas más. Se mordió el labio para no soltar ni un sollozo. De todas las veces que lo vi llorar esa fue la que más me dolió, en especial porque no podía siquiera agarrarle la mano para darle un poco de alivio, aunque yo estaba igual que él.

Ni cuando escuchamos pasos acercarse dejamos de llorar. Pensé que ya daba igual si alguien nos descubría: le había roto el corazón a la persona que más me importaba y no podía hacer nada para curarlo.

—Mu, Shaka —dijo Aioros—, ¿qué pasa?

El santo de Sagitario se acercó a mí y me acarició la cabeza. Sin dudarlo me abracé a él; solté todas mis lágrimas.

—Mu… Shaka, ¿por qué están llorando?

Mi amigo no respondió, solo dejó escapar un sollozo a través de los labios.

—Ah… N-no… No llores.

—¿Qué pasa? —preguntó Saga a espaldas de Aioros.

—No tengo idea. Cuando llegué ya estaban así.

Saga le acarició la cabeza a Shaka y preguntó por qué llorábamos, pero al no sacarle otra respuesta más que su llanto lo cargó en brazos.

—Tranquilo —le dijo con caricias en la espalda—. Todo va a estar bien.

Miró a Aioros bastante preocupado. El santo de Sagitario afirmó con la cabeza y me levantó del piso. Luego nos llevaron a nuestra habitación, esperaron a que nos tranquilizáramos para recién entonces sentarnos en la cama del medio, uno al lado del otro.

En ningún momento levanté la mirada. Nos preguntaron varias veces si habíamos peleado, pero no respondimos. Estuvimos alrededor de una hora en el interrogatorio, sin que pudieran sacarnos la respuesta. Saga había empezado a impacientarse, incluso sugirió llamar a Shion; por suerte Aioros lo convenció de que no era necesario involucrarlo.

Cuando la cena terminó y el comedor quedó limpio, los dos santos de oro decidieron que ya había sido suficiente. Se fueron diciendo que ojalá Shaka y yo resolviéramos nuestros problemas pronto. Apenas dejaron el cuarto corrí a meterme en mi cama, cubierto hasta la cabeza. Ya no quería ver a Shaka; sabía que si lo hacía íbamos a discutir de nuevo.

Por suerte, Aldebarán no tardó en aparecer. Sin embargo, no fue un alivio completo.

—¿Están peleados? —preguntó— El cosmos de los dos… está muy triste.

No quería hacer sentir mal a otro amigo, pero no me quedaban fuerzas para nada más que agarrar fuerte las sábanas y luchar contra las lágrimas. Aldebarán intentó animarnos con chistes e historias graciosas; eso solo me hizo sentir peor.

Al día siguiente todos en los dormitorios parecían saber que algo había pasado entre Shaka y yo; quizá alguien más aparte de Saga y Aioros nos había visto, pero ya no importaba. Sentía que la mayoría fingía interés, que muchos otros solo querían saber el chisme completo y algunos únicamente buscaban burlarse. Esos eran los peores; por primera vez en la vida tenía ganas de golpear a alguien fuera del entrenamiento.

Luego del desayuno mis compañeros fueron al coliseo y yo me quedé sentado en la cama, desde donde podía ver que las flores de Aphrodite habían empezado a mostrar sus botones. Los minutos eran eternos. Miré mis manos, temblaban. Suspiré. Volví a ver por la ventana, a la misma escena estática; ni siquiera el viento soplaba.

Fui a la casa de Aries a buscar algo para leer, pero el libro que más quería no estaba ahí: Shaka lo tenía en su futuro templo. Sin nada que hacer, me recosté sobre el escritorio hasta quedarme dormido. Desperté tras varias pesadillas cuando mi maestro me acarició el pelo.

Me levanté de un salto para saludarlo con una reverencia. Dijo que no era necesario, que tuviera más cuidado porque aún no me recuperaba. Luego tomó asiento como de costumbre.

—Teniendo en cuenta lo que pasó ayer, hoy vamos a hacer un repaso teórico —dijo.

Una parte de mí se alegró, puesto que estaba agotado y apenas podía estar de pie; pero al mismo tiempo sentía que iba a ser un día perdido. Esa sensación empeoró cuando no lograba recordar detalles básicos. Shion no decía nada aunque su disgusto era evidente. De mi boca no salía ni una palabra. A mi cerebro no se le ocurría ni una disculpa siquiera. No podía simplemente decirle que estaba fallando en mi formación por haberme enamorado de un compañero; seguro me expulsaría del Santuario sin posibilidad de regresar a Jamir.

De pronto apoyó una mano sobre mi pecho para transmitirme calor mediante su cosmos.

—Tranquilo, Mu. Estás muy pálido. Mejor descansá un poco más.

—Pero… la clase…

—De nada sirve si no estás en condiciones óptimas.

Bajé la cabeza e intenté controlar el ritmo de mi respiración.

—¿Te gustaría hablar sobre lo que sentís? —preguntó mi maestro.

Miré de un lado a otro. Si volvía a mencionar el tema de Shaka, Shion se iba a enojar. Estaba atrapado; las piernas no me respondían para salir corriendo. Me empezó a doler el estómago y a nublárseme la vista.

—¿Es por Shaka, no?

No supe si el mundo se detuvo en serio o perdí el conocimiento unos segundos después de la pregunta de mi maestro. ¿Cómo hacía para enterarse de todo? Era lo que me pregunté en ese momento. Quizás Saga y Aioros le habían comentado lo que pasó la noche anterior, pero en verdad no importaba. Con cada día que pasaba me enamoraba más y más de Shaka, mientras que me alejaba de la armadura de Aries.

Las lágrimas ya no me permitían distinguir ni el piso. Quería vomitar. Estaba aterrado, con el corazón a punto de pararse por latir tan fuerte. Retrocedí unos pasos, no porque fuera mi intención, sino como producto del mareo. Me pasé el dorso de la mano por la cara cuando la piel se me humedeció y los gimoteos se mezclaron con las palabras.

—Perdóneme, maestro, pero es que yo… —Apreté fuerte los párpados y dientes— quiero mucho a Shaka.

Me llevé las manos al pecho. Ya no aguantaba mis propios latidos. Tomé aire a la vez que arrugué mi camisa.

—Lo quiero tanto que el corazón me late fuerte si escucho su nombre y soy muy feliz cuando estoy con él… —Mi voz comenzó a debilitarse— Y si él llora yo también lloro… y si tiene frío quiero abrazarlo.

Me estiré del pelo. Nunca había sentido tanto calor, me sofocaba.

—Pienso en él todo el día, hasta lo veo en mis sueños y me despierto alegre cuando eso pasa… —Me arrodillé en el piso e hice una reverencia— Perdóneme, maestro, por querer tanto a Shaka que me olvidé de querer a Athena.

Shion se levantó de la silla. Cerré los ojos a la espera de un castigo que nunca llegó. Me levantó del piso para atrapar mi cuerpo en un abrazo firme. Mi llanto se detuvo un poco por el asombro.

—Mu… Mi pobre Mu... Las estrellas te dieron un corazón puro y noble, ¿pero por qué te pusieron esta prueba?

Me acarició la espalda. Una vez más las lágrimas bajaron por mi cara y se mezclaron con su pelo y ropa.

—A edad tan corta entendiste no solo tu cosmos, sino también un sentimiento tan grande como el que tenés por tu amigo.

—¿Ya no puedo ser un santo, no? —pregunté con la voz quebrada.

—No pienses en eso ahora.

—Usted se esforzó mucho, maestro. No quiero que se enoje o se ponga triste… porque… Shaka…

Shion suspiró antes de responder:

—No puedo enojarme por algo que no pudiste controlar, Mu.

—Pero se enoja cuando no controlo mis poderes.

—Esto es distinto... Sos demasiado joven para sufrir por amor.

Respiré hondo.

—Maestro Shion… usted siempre dijo que un santo de Athena solo debe amar a su diosa… ¿Amar a Athena es parecido a lo que siento por Shaka?

—En parte sí, pero es muy diferente.

—¿Athena no se va a poner triste porque quiero a Shaka?

—Hace mucho que la vi por última vez. No sé qué vaya a pensar cuando se entere… Pero… tal vez puedas explicárselo y ella lo va a entender.

—¿Cómo?

Shion me dejó en el piso; todavía me temblaban las piernas, pero al menos no estaba tan asustado. Mi maestro volvió a sentarse. Apoyó dos dedos sobre sus cejas para masajearse.

—Si te convertís en el santo de Aries, Athena quizás vea que puede confiar en vos y podría ayudarte.

—Pero… ¿Y si no consigo que Aries me acepte?

—No hay dudas de que sos el indicado, Mu. Así pasen mil años Aries te va a esperar.

Me mordí el labio. Cada vez que Shion demostraba confiar en mí el temor a fracasar aumentaba. Aunque tratara de recordar que él también lo tuvo difícil no lograba convencerme. «Él no puede entender lo que siento —pensé—. Mi maestro nació y vivió solo para servirle a Athena y jamás dudó en su misión… Somos… tan diferentes».

—Mu… ¿Me escuchás?

Sacudí la cabeza.

—Perdón… Es que… hay muchas cosas que no entiendo.

—Es normal. A medida que crezcas vas a entender más.

—¿Usted también pasó por lo mismo?

Shion puso cara de confusión.

—¿A qué te referís con lo mismo?

—¿Alguna vez… sintió algo así?

Cerró los ojos y se apoyó contra el respaldo de la silla. Los segundos pasaban sin una respuesta. Me arrepentí de haberle hecho esa pregunta.

—Incluso yo llegué a tener ese tipo de sentimiento.

Por un instante creí que ese no era el Patriarca. Él era bastante estricto y parecía que solamente le importaba el Santuario. Saber que también había pasado por una experiencia similar fue un gran descubrimiento.

—¿Y… qué hizo?

—Cometí error tras error, pero no dejé que eso me desanimara. Mi misión con Athena era más importante… Con el tiempo… todo se terminó.

Poco a poco quedé cabizbajo. «No quiero olvidar a Shaka —pensé—. Si algún día me convierto en santo, voy a seguir sintiendo esto».

—Mu, sé que te parece imposible vivir sin querer a Shaka, pero ya te dije que mientras puedas controlarlo y cumplir con tus deberes no va a haber problema.

—Lo intento —dije con los puños apretados—. En serio lo estoy intentando… Pero Shaka… no lo entiende.

Me limpié la lágrima que se escapó de mi ojo.

—Es más fuerte que yo, puede controlar su cosmos… Para él es más fácil… No sé qué hacer.

Shion asintió.

—Entiendo… Mu, así como vos te preparaste en Jamir, Shaka también lo hizo en la India… Pero su entrenamiento fue muy diferente.

—¿Ya no es un iluminado por mi culpa?

—Él va a encontrar la manera de alcanzar el nirvana, tiene mucho tiempo y vos también.

—No me importa si no lo alcanzo… pero él… su maestro…

Estaba a punto de volver a largarme a llorar, hasta que Shion me acarició la cabeza.

—No te preocupes por eso. Si es cosa de maestros es asunto mío.

—¿No lo va a castigar… o sí?

—Como te dije: no tienen la culpa de no poder controlar lo que sienten el uno por el otro.

Se levantó de la silla y me ofreció una mano.

—Acompañame. Vamos a continuar la clase en otro lugar.

Fue un recorrido por los pasadizos secretos demasiado silencioso. Como no podía verle la cara y tampoco me hablaba me daba miedo. Cuando llegamos a la sala del Patriarca dijo que podía usar alguna habitación para meditar o descansar. Busqué el lugar adecuado y en el camino encontré a varias de las doncellas que se habían hecho cargo de mí apenas llegué al Santuario. Entre todas ellas había una en particular que siempre estaba al pendiente de todo, incluso de lo que mi maestro comía o no: su nombre era Ina y era quien supervisaba a las demás.

—Joven Mu, necesita descansar. Está muy pálido. El discípulo del Gran Patriarca debe cuidar su salud para cumplir con su formación como es debido.

A veces ella me daba más miedo que Shion por lo que nunca fui en su contra. Me llevó a un cuarto con la cama preparada para que pudiera dormir. Me costó bastante; todo lo que había pasado con Shaka y las palabras de mi maestro me daban vueltas una y otra vez. Las pesadillas ya eran una constante.

Cuando me desperté me sentía más cansado. Aun así abandoné el cuarto para buscar a Shion, pero antes de dar con él la señorita Ina me encontró a mí.

—Es hora del té. ¿Por qué no me ayuda a prepararlo? Así se lo llevamos al Gran Patriarca y puede hablar con él. Dijo que tiene algo muy importante que tratar con usted.

—¿Q-qué?

—No sé los detalles, pero tiene algo que ver con su entrenamiento.

Pensé que quizás había cambiado de parecer y al final íbamos a continuar con las clases prácticas, pero no era eso. A pesar de que se lo pregunté no quiso decirme nada más, que esperara a que llegáramos a «ese lugar». Lo único bueno fue disfrutar del té y las galletitas.

Después de un rato mi maestro y yo salimos de la sala del Patriarca. No conocía el camino, solo sabía que no tenía pensado llevarme a Aries. Tras caminar un rato largo me di cuenta de que por primera vez veía a la estatua de Athena desde atrás.

—Mu, cerrá los ojos —dijo Shion de pronto.

—¿Disculpe?

—Hay cosas que todavía no puedo enseñarte.

Aunque no entendí a qué se refería obedecí. Su cosmos me envolvió por completo, muy parecido a las veces que nos teletransportábamos. De pronto el viento sopló fuerte contra mi cara.

—Ya podés abrirlos.

Frente a mí había una especie de iglesia. Por alguna razón las nubes parecían más cerca.

—Tené cuidado dónde pisás.

Giré lentamente y vi todo el Santuario. La estatua de Athena y las doce casas habían quedado muy abajo. Retrocedí de a poco sin poder quitarle la vista de encima a la escena que parecía una maqueta.

—¿D-dónde estamos? —pregunté.

—En Star Hill.

—¿E-eh? Pero… maestro, yo no debería estar acá.

—Es verdad. Pero necesito ayuda para llevarme algunas cosas. Mientras estés conmigo tenés permitido permanecer en este lugar.

—E-entiendo.

—Vení.

Lo poco que sabía de Star Hill era por lo que había leído y las palabras de mi maestro. No podía creer que estuviera en ese lugar donde sentía que si levantaba la mano tocaría una estrella. El interior también era muy interesante: estaba repleto de libros, cofres, baúles y sacos, todos parecían muy antiguos.

Mientras Shion buscaba en un estante yo pasaba la vista por varias armas blancas. «¿Por qué hay tantas si están prohibidas?», me pregunté. Mi maestro se quejó porque había abierto un cofre con una daga; lo cerró y continuó buscando. Pasé un dedo sobre la hoja reluciente de una espada; estaba como nueva.

—Ah… Acá está —escuché decir al Patriarca.

Era otro cofre, uno más chico. No llegué a ver lo que tenía puesto que lo cerró bastante rápido.

—Sostené esto, por favor.

—Ah… Sí.

—Sigamos. Necesitamos unos manuscritos que no se usan hace siglos y no recuerdo exactamente dónde los dejaron.

Los minutos pasaban y mis ganas de revisar todos los escritos que nos rodeaban aumentaban.

—¿Quiere que le ayude, maestro Shion?

—Gracias, Mu —respondió a la vez que enrollaba un papiro—, pero estas son escrituras sagradas. Solamente Athena y el Patriarca pueden leerlas.

—Supongo que me voy a quedar con la duda —comenté en tono bajo.

Shion suspiró y bajó la mirada.

—Tal vez… todavía tengas posibilidades.

—Pero ni siquiera soy un santo.

—Si no confiás en vos mismo, nadie más lo va a hacer, Mu.

Me pareció escuchar la voz de Shaka diciéndome lo mismo y me dolió el pecho. Sacudí la cabeza para ahuyentar todos los pensamientos que tenían que ver con él, para mantenerme fuerte.

—Acá están —dijo mi maestro con unos papiros en mano—. Bien, ya podemos volver.

Regresamos sobre nuestros pasos un poco más lento que a la ida, por lo que llegué a observar cosas que antes no había podido. Fue de esa manera en que noté varios elementos como escudos, cascos y otras piezas de armaduras que recordaba haber visto en los textos más antiguos que estudié. Sentí alivio de ver un casco antiguo de Aries con cuernos gigantes; me pregunté cómo su portador fue capaz de moverse con eso puesto.

—Acá se guardan partes de las armaduras que se dejaron de usar —dijo Shion al mismo tiempo que se detuvo—. Muchas son réplicas; las originales se perdieron o se fundieron para hacer nuevas.

—¿Ya no sirven? —pregunté.

—La mayoría son solo recuerdos. Algunas están bendecidas y otras… —Caminó hacia una especie de caja cubierta por una tela bordó— todavía se usan.

Entonces descubrió un cofre de cristal con un rosario en su interior. Una sensación fría me bajó por la columna.

—¿Sabés lo que es, no? —preguntó.

Tragué grueso y asentí.

—El rosario de ciento ocho cuentas… que guarda el santo de Virgo.

—Vamos a llevarlo —dijo—. Si bien falta para que los espectros de Hades despierten… pronto debo entregárselo al nuevo santo de Virgo.

No dije nada y el maestro tampoco. Cuando regresamos a la sala del Patriarca me dejó quedarme. Estuve horas buscando algo para leer y así ignorar el detalle del rosario. Incluso llegué a meditar un poco, pero no sirvió de mucho.

Ya casi era hora de dormir cuando decidí regresar con mis compañeros. Aunque Shion dijo que podía quedarme a pasar la noche consideré que sería contraproducente: tarde o temprano Shaka se iba a convertir en el santo de Virgo y yo debía vivir con eso, por lo que era mejor enfrentarlo para acostumbrarme cuanto antes.

Iba por un camino secreto a la altura de Tauro cuando me crucé a Aphrodite, Shura y Deathmask. Me limité a saludarles sin detenerme, pero el santo de Cáncer no me iba a dejar pasar sin cobrar.

—¡Eh, Mu! ¿Qué hacés que ya no entrenás con los demás?

Giré a verlo y responderle:

—Practico para arreglar las armaduras.

—¡Je! No va a servir de nada un santo que solamente limpie las armaduras si no sabe pelear.

Apreté los dientes.

—Si Mu no quiere pelear, es su problema —dijo Aphrodite—. Total va a haber otros once santos que se encarguen de eso.

—Mu todavía puede aprender —dijo Shura—. Además, de él va a depender que nuestras armaduras no se rompan.

—Es verdad. Deathmask debería tener más cuidado con lo que dice: Mu podría dejar peor su armadura a propósito.

El santo de Cáncer chasqueó la lengua y se llevó las manos a la nuca.

—Si sigue perdiendo el tiempo con cierto rubiecito no va a aprender nada.

Se me revolvió el estómago de golpe y empecé a transpirar.

—¿Y con quién querés que pase el tiempo? ¿Con vos? —le dijo Aphrodite— Al menos Shaka lo trata bien.

—Yo no los subestimaría solo porque son más chicos —dijo Shura—. Shaka tiene muy buen control del cosmos. Aioros comentó que hasta podrían mandarlo a entrenar con nosotros.

—Exacto —continuó el santo de Piscis—. Y Mu es el discípulo predilecto del Patriarca. Seguro que cuando logre pulir todo su potencial te va a hacer tragar tus palabras, Death.

—Eso me gustaría verlo —comentó el santo de Capricornio.

—Podríamos apostar y todo.

—¡Ah, cállense! Para cuando Mu consiga la armadura voy a tener mucha experiencia y no le va a resultar tan fácil.

—Tal vez en eso tengas razón —dijo Aphrodite y suspiró—. Al principio estaba muy interesado por ver cómo sería el discípulo del Patriarca… Pero ahora se está quedando atrás.

Deathmask se acercó, me dio palmadas en la espalda y después pasó el brazo alrededor de mi cuello.

—Tenés que ponerte las pilas si querés ser digno de Aries. Ninguno la tuvo fácil para conseguir la suya… Me revienta bastante ver que en lugar de entrenar andás de noviecito con Shaka.

Lo empujé para alejarlo. Temblaba de la rabia que me dio su comentario.

—¡Shaka no es mi novio!

—¡Eh, calmate! Me da igual si lo es o no, pero deberías tomarte el entrenamiento más en serio. No sé si sabías, pero nos preparamos para enfrentar a dioses.

—Lo que Deathmask quiere decir es que necesitás hacerte más fuerte —dijo Aphrodite—. No dudamos que tengas un buen corazón, pero te falta espíritu de lucha. Aries es el primer guardián. ¿Qué vas a hacer si atacan el Santuario?

Bajé la mirada con toda la voluntad de no mostrarme alterado.

—Yo… voy a ser más fuerte.

—No basta con solo tener la intención —dijo Shura—. Necesitamos que puedas pelear además de arreglar las armaduras. Tu papel va a ser muy importante en las guerras.

Respiré hondo y me tomé unos segundos para responder.

—Agradezco que se preocupen por mi progreso. Pero no deberían decir algunas cosas si no saben cómo es mi entrenamiento especial para ser el herrero. Ustedes son más grandes y tienen más experiencia, pero...

Volteé lentamente para darles la espalda.

—Me gustaría verles las caras si consigo la armadura de Aries a una edad más temprana que ustedes.

Deathmask soltó una carcajada.

—¡Como si eso fuera a pasar!

Me mordí la lengua para no contestar y retomé la marcha. Si bien estaba enojado, entendía que tenían razón: Shaka era mi mayor obstáculo, uno que me superaba y con el cual quería tropezar cuantas veces fuera posible. Necesitaba ayuda urgente… Cosa que llegó de imprevisto con la persona menos esperada.

Fue al día siguiente cuando terminamos de limpiar luego del desayuno que el Patriarca apareció por los dormitorios. Nos pusimos en fila uno al lado del otro -yo quedé entre Aldebarán y Milo- y Shion nos preguntó cómo íbamos con las prácticas, si llevábamos bien el estudio, entre otras cosas.

—No les quito más tiempo de entrenamiento —dijo—. Todos pueden irse, menos Shaka.

Hubo un «¿Ehh?» general. Miré de reojo al futuro santo de Virgo; no parecía confundido ni nada.

—¿Qué hiciste? —le preguntó Aioria a Shaka en voz baja.

Obviamente él lo ignoró.

—Vamos, vayan a entrenar… Vos también, Mu. Por hoy volvés a las prácticas de combate.

El ejercicio físico me ayudó a distraerme un rato, pero cuando menos lo esperaba volvía a pensar en lo que había pasado más temprano. No era el único, mis compañeros también querían saber por qué Shion había llamado a Shaka y todavía no se sumaba al entrenamiento. Ni Saga ni Aioros tenían idea. Me daba miedo que Shion lo castigara: conmigo había sido bastante bueno, pero mi caso nunca fue igual al de los demás y Shaka solamente era otro aprendiz.

A la tarde fui a ver a mi maestro, aunque no lo encontré. Me dijeron que estaba en la casa de Virgo y que no sabían cuánto tiempo se iba a demorar. Mi temor iba en aumento a medida que pasaban las horas. Ni los juegos ni el baño me relajaron. «¿Y si lo echan del Santuario?», pensé. Durante la cena apenas comí; Shaka seguía sin aparecer.

Poco antes de la hora de dormir Aldebarán me preguntó si estaba bien; no pude ocultarle mi preocupación.

—No creo que lo castiguen solo porque se pelearon —me dijo.

—Pero mi maestro se lo llevó a la mañana y todavía no volvió.

—Tal vez fue por algo de su formación como santo de Virgo. Ya viste que Shaka es diferente a los demás.

—S-sí… Pero… —Clavé los dedos en el colchón.

—Dudo que Shaka quiera preocuparte así —dijo—. Si algo malo hubiera pasado él ya se habría comunicado.

—¿Vos decís?

—¡Sí! No pienses tanto en cosas malas. Mejor pensá en cómo vas a hacer para disculparte con él.

Miré al piso y suspiré largo y pausado.

—Fui muy malo con él. Tendría que haberle explicado bien por qué… no quería verlo.

—Yo te noto arrepentido. Seguramente que si le pedís hablar va a aceptar.

—Eso espero…

Entonces la puerta se abrió y Shaka entró en el cuarto junto con el alivio. Aldebarán se levantó de su cama para saludarlo.

—Shaka, ¿todo bien? ¿Pasó algo?

El futuro santo de Virgo tenía los ojos cerrados, pero sabía que su atención estaba sobre mí. Traté de no moverme; apenas respiraba. Shaka giró la cara hacia nuestro compañero y asintió.

—¡Qué bueno! Todos estábamos preocupados porque el Patriarca te llevó y no sabíamos para qué.

Shaka agachó la cabeza y dijo en tono bajo y monótono:

—Tenía algo que enseñarme.

—¿Y cómo te fue con eso? Siendo vos seguro lo dominaste enseguida.

—N-no… Tengo que seguir practicando… No voy a… entrenar en el coliseo hasta que no lo consiga.

—¿Ehh? Primero Mu y ahora vos. ¿Será que van a recibir las armaduras muy pronto?

Shaka agachó aún más la cabeza. Aldebarán me miró e hizo señas para que hablara con mi otro amigo. El cuerpo me tembló de los nervios. Me levanté de la cama y caminé con las piernas tan débiles que creí que me caería en cada paso.

—Ah, me olvidé de decirle algo a Aioria —dijo Aldebarán—. Vuelvo en un rato.

La puerta se cerró; estaba atrapado y obligado a enfrentar al futuro santo de Virgo. Él no se había movido. Tenía la cara roja y los ojos hinchados. Me rasqué la nuca, tomé aire.

—Shaka… ¿Podemos hablar?

Dio un paso al costado.

—E-estoy… cansado… ¿Puede ser mañana?

—Ah… Sí, está bien.

No hablamos al otro día, ni el que le siguió a ese. A pesar de tener diferentes tareas era como si él también buscara alejarse de mí. Quise preguntarle a mi maestro, pero ya le daba suficiente con las prácticas y preferí no volver a tocar ese tema.

Ni siquiera en los ratos libres podía ver a Shaka. Los demás también preguntaban por él. Cada vez que lo nombraban fingía desinterés. Tampoco se bañaba ni cenaba con nosotros y si volvía a los dormitorios lo hacía muy tarde para irse antes del desayuno en la mañana. Esa rutina duró una semana.

Finalmente hubo un día en que el Patriarca mandó a decirnos a Shaka y a mí que nos esperaba en su sala después del mediodía. Antes del desayuno nos preparamos para el entrenamiento, terminé de vendarme las muñecas llenas de cortes y estaba a punto de atarme el pelo con la cinta desgastada cuando se me ocurrió algo.

—Shaka —lo llamé.

Volteó el rostro hacia mí con los ojos cerrados.

—¿Me ayudás? —le pregunté mostrándole la cinta.

Él separó un poco los labios, pero no habló.

—Por favor —le dije.

Entonces accedió a peinarme. Sus dedos entre mi pelo me provocaron cosquillas. El pecho se me oprimió de la felicidad que no podía aguantar; no tenía idea de cuánto extrañaba eso.

—Gracias —le dije cuando terminó.

Él solamente movió la cabeza y giró hacia la puerta. Me apresuré a agarrarle la muñeca.

—Esperá… To-... Todavía no pudimos hablar.

Shaka no se movió, no habló, no hizo nada.

—Si no querés hablar está bien… Pero… ¿Podrías escucharme?

—Tenemos que ir a entrenar —dijo en voz baja.

—No voy a tardar mucho, en serio.

—No… No sé si sea correcto.

—Shaka…

Aflojé el agarre poco a poco hasta dejarlo libre. Por primera vez sentí que estábamos a kilómetros de distancia y de nivel, que ya no iba a poder alcanzarlo. No reaccioné, solo lo vi caminar hacia la puerta sin poder mover las piernas para frenarlo.

—Quiero hacer lo correcto de ahora en adelante.

Dicho eso cerró la puerta. No sé cuánto tiempo estuve parado en el mismo lugar. Aphrodite pasó por el cuarto y dijo algo que no entendí; apenas noté su agarre para obligarme a caminar hasta el coliseo. Aunque me senté entre mis compañeros revoltosos no reaccioné. Aldebarán me llevó hasta la arena donde hicimos los ejercicios juntos; mi cuerpo se movía solo y si recibía un golpe no dolía.

Saga me llamó la atención. De todas sus palabras solo un par llegué a entender.

—¿Te sentís mal o qué? —me preguntó.

Miré a un costado donde Aioria y Shaka practicaban. No entendía cómo podía actuar como si nada le afectara. «¿Será que ya no me quiere?», me pregunté y comencé a hiperventilar.

—Vamos.

De pronto escuché la voz del santo de Piscis y lo miré.

—¿Q-qué?

—Vas a ir con el Patriarca.

La subida hasta donde mi maestro fue agotadora. Por suerte en el tiempo que tuvimos que esperar a verlo pude tranquilizarme. Aphrodite le dijo que Saga decidió mandarme con él por mi bajo rendimiento. Luego Shion me hizo pasar a una habitación para que descansara.

Apoyé la cabeza en la almohada, con la vista fija en la pared. De vez en cuando llegué a dormitar. Creí ver a mi maestro a mi lado con cara de consternación; un parpadeo y ya no estaba, otro y miraba por la ventana. Finalmente logré abrir los ojos por completo: Shion estaba sentado a mi lado acariciándome el pelo.

—¿Tenés hambre? —preguntó.

—Un… poco.

—Voy a mandar a alguien que te traiga el almuerzo.

Se levantó y caminó lentamente hacia la salida.

—Después de eso —dijo— vamos a tener una clase especial.

Shion salió del cuarto y di un respiro profundo. Me levanté de la cama para acercarme al espejo que había en un rincón. Tenía la cara más blanca de lo habitual, con manchas oscuras bajo los ojos. Pensé que quizás estaba enfermo y por eso el maestro estaba tan pendiente de mi situación.

Al rato la señorita Ina me llevó una sopa; el sabor y el calor me hicieron sentir un poco mejor. Luego me senté junto a la ventana, donde los rayos del sol me dieron alivio. Ver el resto del Santuario desde ese lugar hizo que mi corazón latiera con fuerza: sabía qué era lo correcto, había nacido para eso. Me saqué la venda de la muñeca izquierda y pasé los dedos sobre las cicatrices. Apreté el puño.

—Tengo que ser el santo de Aries, cueste lo que me cueste —dije para mí mismo.

Volví a colocarme el vendaje y me puse de pie justo en el momento en que reapareció Shion. Solo preguntó si estaba listo para la lección de ese día, a lo que respondí que sí. Me ordenó que lo siguiera.

En uno de los tantos pasillos nos cruzamos a Saga y Aioros que conversaban como si nada. Si ellos estaban ahí mis compañeros debían estar en el almuerzo. Me desanimé un poco al recordar lo que había pasado más temprano, pero no tuve tiempo de seguir amargado. Shion abrió una puerta y me indicó que pasara.

Ahí estaba Shaka, sentado en el centro de la sala en posición de loto. Mis pies frenaron de golpe al verlo, pero mi maestro me obligó a acercarme. El corazón me latía tan fuerte que hasta tuve la impresión de que retumbaba contra las paredes del lugar.

Finalmente cuando llegué frente a él miré a Shion por una explicación.

—Shaka nos va a ayudar en la lección de hoy.

Volví a mirar a mi amigo; seguía en la misma posición con los ojos cerrados. A su lado se encontraba el cofre que estaba guardado en Star Hill. Pensé que quizás era una técnica de reparación que solo podía hacerse con ayuda de otro santo, uno con las cualidades de Shaka. Pero no entendía por qué Shion no me había dicho nada todavía. «¿Será la última prueba para el santo de Virgo?», me pregunté. Me pareció lo más lógico: tal vez iba a usar su sangre para arreglar una armadura y si funcionaba era señal de que Shaka estaba listo para ser nombrado santo de oro.

Estaba tan sumido en mis pensamientos que me sobresalté cuando el Patriarca dejó un recipiente frente a mis pies.

—Ya sabés qué hacer, Mu —dijo.

—¿D-disculpe?

—Tu sangre.

Me agarré de la muñeca izquierda, miré a Shaka que seguía inmóvil. Shion apoyó una mano sobre mi hombro. No entendía nada, pero tenía un mal presentimiento.

—Esta es una prueba muy importante, Mu —dijo mi maestro—. Si la superás vas a estar a un paso de ser el próximo santo de Aries.

—¿E-en… serio?

—Sí… Pero es preciso… que des tu sangre para ello.

Volví mi atención a mi amigo. El único cambio que había era que apretaba los labios.

—Mu… De vos depende que los dos pasen esta prueba.

De pronto cargaba el peso de mi mundo y el de Shaka. Si era por nuestro bien debía hacerlo, pero no podía dejar de sentir que algo no andaba bien.

—Maestro… ¿Usted también pasó por esta prueba?

Shion cerró los ojos y asintió levemente.

—No te preocupes, solamente te va a quedar una cicatriz, pero ya estamos acostumbrados a eso.

Sus palabras no me dejaron tranquilo, aunque no había nada que pudiera hacer. El futuro de dos santos dependía de mí, no podía fallarle al Santuario de esa manera. Procedí a sacarme el vendaje izquierdo; ni siquiera me preocupé cuando cayó por completo en el piso. Entonces Shaka agarró el cofre y lo abrió para sacar una daga dorada con una piedra negra donde empezaba el mango.

Poco a poco comenzó a elevar el cosmos. Una voz en mi cabeza decía que saliera de ahí cuanto antes o me iba a arrepentir, pero estaba paralizado. Shaka sostuvo la daga con la mano derecha, luego acercó la punta filosa a su meñique izquierdo; dio siete vueltas alrededor suyo terminado en un movimiento de corte al aire. Cerró la mano donde concentró su cosmos y cuando la abrió se había vuelto rojo. Lo arrimó a la piedra del mango que lo absorbió por completo; la daga brillaba del mismo color.

Entonces se levantó y caminó hacia mí. Me pidió la mano, cosa que accedí a hacer. Abrió los ojos, no tenían el brillo que tanto me gustaba. «Algo anda mal, no dejes que te corte», volví a escuchar esa voz. La respiración se me agitó.

—Shaka… ¿Podemos hablar… después de esto?

Me miró serio.

—Sí, Mu… Siempre… voy a querer hablar con mi mejor amigo.

Con la punta de la daga tocó mi meñique.

—Tu dedo —dijo.

Cerré los otros cuatro y él hizo lo mismo que había hecho con el suyo. El brillo de la daga formó una especie de hilo alrededor de mi dedo que luego se expandió por la mano hasta cubrirme el brazo.

—Esa es la señal —dijo Shion y me agarró de los hombros—. Mu, esto va a doler un poco más que los cortes de las prácticas, pero tenés que soportarlo.

Estaba aterrado, temblaba. Shaka apoyó la punta de la daga en mi muñeca y sentí un ardor que me llegó hasta el pecho. Me retorcí; al ver mi reacción él apartó el arma con cara de espanto.

—¡Shaka, no es momento de que dudes!

Las manos de mi amigo se sacudían; estaba pálido.

—¡Esto lo hacés por el bien de Mu! ¡Acordate de eso!

Sacudió la cabeza y tomó una bocanada de aire. Agarró con fuerza la daga y mi brazo. Otra vez el contacto entre mi piel con el filo me provocó una especie de puntada en el pecho. Shaka apretó los párpados, los abrió y presionó para comenzar a cortar. No había sido muy profundo ni largo, pero el corte me hizo gritar al punto de que pensé que se me saldría hasta la vida por la boca.

—¡Shaka, no! ¡Me duele!

Me sacudí del dolor y con la intención de liberarme, pero Shion afianzó el agarre para que no escapara. Shaka continuó profundizando el corte. Aunque fuera en la muñeca lo sentí en el pecho y no solo como algo corporal. Las primeras gotas de sangre cayeron en el recipiente del piso.

—¡Rápido! —le ordenó Shion— ¡Si no te apurás no va a cerrarse!

Shaka se mordió el labio cuando se le salieron las lágrimas. Del temblor le costaba agarrar el mango que se le resbalaba, lo que hacía mucho peor la tortura.

—¡Dijiste que siempre me ibas a cuidar!

Mis gritos tampoco ayudaban en nada, solo conseguía que su cara se mojara más y que el corte fuera lento. El cosmos rojo comenzó a meterse en mi cuerpo a través de la herida. Me retorcí tanto que mi maestro tuvo que abrazarme para que dejara de moverme. Shaka se ensució la mano con mi sangre y le fue muy complicado mantener el agarre.

La piel, el pecho y la garganta se me desgarraban con cada milímetro que mi amigo movía la daga. De nada había servido el recipiente puesto que el piso se manchó. Mis propias lágrimas no me dejaban ver la cara llorosa de Shaka.

—¡Basta, basta!

—¡Terminá el corte!

No sé si fue por el grito del Patriarca o si realmente se decidió por cortar el resto de un solo intento; el peor de todos. El tono rojo que había cubierto mi brazo entró por completo en la herida. Una sensación caliente me recorrió el interior; me quemaba. No podía dejar de gritar. Shaka retrocedió, aterrado. Nunca lo había visto abrir tanto los ojos.

—¡Sostenelo, tiene que dejar de sangrar solo!

No se movía.

—¡Shaka!

Soltó un sollozo y volvió a acercarse para agarrarme del brazo. Lo miré a la cara.

—¿Qué… me hiciste?

Le pregunté con mucha dificultad. El ardor que me corría por dentro no se iba. Shaka volteó el rostro.

—Te… Te quiero mucho —le dije.

Se tapó la boca con el dorso de la mano que aún sostenía la daga.

—Shaka…

Me miró. Tenía la cara roja.

—Yo… Yo tam-...

—No podés decírselo —interrumpió Shion—. Si lo decís, vas a tener que hacer esto otra vez.

Shaka agachó la cabeza. Mi maestro le acarició el pelo.

—Tratá de tranquilizarte y concentrá más cosmos.

—Shaka… no…

Me soltó la mano y dio un par de pasos al costado. Cerró los ojos, respiró hondo, luego comenzó a recitar algo que no entendí. Volví a sentir una puntada en el pecho; no solo me hizo retorcer sino que también me provocó arcadas. Shion me sostuvo la cabeza con la palma sobre mi frente.

—Tu abuela debe odiarme mucho más ahora —dijo en tono bajo y triste.

Los minutos pasaron. Por suerte el ardor comenzó a disminuir y la sangre a gotear cada vez menos. Ya no tenía fuerzas ni para estar parado; si no hubiese sido por el Patriarca habría estado tirado en el piso. Shaka no lloraba ni temblaba. Su cosmos estaba bastante tranquilo.

—Es lo último —dijo mi maestro—. Shaka… ya sabés qué hacer.

Con la poca fuerza que me quedaba levanté la cabeza. Shaka volvió hacer los movimientos alrededor de su meñique aunque terminó con un corte de verdad, uno pequeño. Volvió hacia mí, dejó caer una gota de sangre sobre mi herida abierta. Ardió demasiado, pero ya no tenía voz para gritar.

Shaka me cubrió con la mano. Un resplandor pequeño producto de su cosmos se hizo cada vez más brillante y me encegueció. Me pareció escuchar su voz pidiéndome perdón al mismo tiempo que me abrazaba.

—*—*—*—

Con solo ver el techo supe que no estaba en el dormitorio de los aprendices ni en mi cuarto en la casa de Aries. La brisa me llamó la atención y miré hacia la ventana, donde la señorita Ina cambiaba las cortinas. La miré un rato largo hasta que se dio cuenta. Sonrió y caminó apurada a tocarme la frente.

—No se mueva. Voy a llamar al Patriarca.

Tampoco podía hacerlo. Apenas pude sentarme algo recostado. Estaba un poco aturdido, con las manos y piernas dormidas. No tenía idea de cómo había llegado ahí, ni por cuánto tiempo había estado inconsciente.

Por suerte mi maestro no tardó en aparecer.

—¿Cómo te sentís?

—Creo que bien —Me toqué el cuello—. Tengo la garganta seca.

Shion sirvió un poco de agua en un vaso que había sobre la mesa de luz para que pudiera beber.

—Dormiste por tres días seguidos.

—¿Tres días? Pero… ¿Qué me pasó?

—Estabas demasiado agotado y no soportaste la práctica. Ahora tenés una cicatriz que te va a durar quién sabe por cuánto tiempo.

Señaló mi muñeca izquierda. En efecto: tenía una cicatriz bastante grande a comparación de las que me había hecho antes.

—Perdón por darle tantos problemas, maestro.

—Es normal que ocurran accidentes en esta etapa. Esperemos que sea el último.

—Sí. Le prometo que me voy a esforzar más de ahora en adelante.

—Estoy seguro de que así será, Mu.

Me pidió el vaso ya sin agua y lo dejó donde estaba. Luego me ayudó a sentarme en una posición más cómoda. Agarró una venda que había junto a la jarra de agua y comenzó a enrollarla por mi muñeca izquierda.

—Descansá un poco más. Tenés que recuperar fuerzas para ponerte al día con el entrenamiento.

—Como usted diga.

Me acarició el pelo. Caminó hacia la ventana. La brisa meció sus mechones blancos. Tuve la impresión de que había visto una imagen similar cuando era más chico, entre los brazos cálidos de alguien.

—Deberías tener algunos libros para no aburrirte y nutrirte con un poco de conocimiento —dijo—. ¿Hay algo que te gustaría leer?

—Eh… Bueno… Un libro de Historia estaría bien.

—¿Algún tema en particular?

—Creo… que el último que leí fue sobre la Edad Media.

—Entonces de Edad Moderna. Voy a ordenarle a alguno de tus compañeros que te lo traiga más tarde.

—Sí. Muchas gracias, maestro.

El viento sopló un poco más fuerte. Shion se acomodó el pelo. Levantó la vista y permaneció en silencio varios segundos.

—¿Sabés lo que es el hilo rojo del destino? —preguntó de pronto.

—Creo haber leído sobre eso… Si no mal recuerdo es un hilo invisible atado en el meñique que nos une a la persona que estamos destinados a amar.

—No importa cuánto se estire o se enrede, nada lo va a romper —continuó—. Creo que es una leyenda muy bonita.

—Sí, yo también lo creo.

Más tarde la señorita Ina me llevó un poco de sopa. A pesar de tener hambre no pude terminar el plato. Me dijo que no tenía que preocuparme, que era normal por no haber comido nada en varios días y que no me forzara. Luego se llevó las cosas. Estando solo no había mucho que hacer. Todavía no podía levantarme por mi cuenta, así que no me quedaba otra que permanecer en la cama mientras acariciaba mi cicatriz nueva. Pensé que tuve que haber hecho algo muy mal para terminar así.

Golpearon la puerta; era la señorita Ina otra vez.

—Joven Mu, tiene visitas.

—¿Visitas?

—Sí —Miró hacia fuera del cuarto—. No lo alteren demasiado, que lleva un par de horas despierto.

La señorita Ina se fue y no tardó en aparecer mi amigo y futuro santo de Tauro.

—¡Aldebarán!

—¡Mu, por fin te despertaste! ¿Cómo te sentís?

—Un poco cansado, pero estoy bien.

—¡Qué bueno! Hace días que queríamos venir a verte y no nos dejaban… ¡Ah! Te trajimos el libro que querías.

—¿Trajeron?

—Sí… —Miró hacia atrás y negó— Sabía que esto iba a pasar.

Aldebarán sacó la cabeza por la puerta y llamó a alguien.

—Dale, vení, ya está despierto… ¿No querías verlo vos también? ¡Ah, dale! Al menos entregale el libro.

Volvió a verme.

—Esperá un momentito, Mu.

—Ah, sí.

Aldebarán salió de la habitación. Escuché que hablaba con alguien, pero no llegué a entender qué decía. Luego de unos segundos regresó y trajo de la mano a mi otro compañero de cuarto.

—Shaka, hola —le saludé al verlo tan tímido.

Él solamente asintió como respuesta. Aldebarán carraspeó la garganta.

—¿No tenías que darle algo a Mu?

Sonreí cuando Shaka abrazó más fuerte el libro que tenía entre los brazos. Aldebarán le dio un empujón para hacerlo caminar. Con el flequillo cubriéndole la cara me extendió el libro. Sin embargo, no lo agarré: la rosa amarilla que había sobre la tapa me llamó la atención.

—¿Y esto?

Shaka abrió un ojo; enseguida volvió a cerrarlo y se ruborizó.

—Es… del jardín de Aphrodite —respondió con timidez.

—¿Eh? ¿Le robaste una rosa?

—N-no… Él me la dio… p-para vos.

—Ah… Entiendo —La acepté junto con el libro—. Gracias. Es muy bonita… Se parece a vos.

Shaka agachó la cabeza muerto de la vergüenza. Aldebarán intentaba contenerse la risa.

—¡Te dije que le iba a gustar!

—Se aplastó con el libro —dijo en voz baja.

—No pasa nada —le respondí—. No por eso deja de ser bonita. Me gusta mucho, en serio.

La cara de Shaka se puso mucho más roja; hasta se estiraba disimuladamente de la ropa. Lo miré confundido, pero no pude preguntarle nada. De pronto se dirigió hacia la puerta. Por suerte Aldebarán lo detuvo.

—¿A dónde pensás que vas?

—T-tengo cosas que hacer.

—No te creo. Nos dieron el resto del día libre.

—Es… Es en serio.

—¿Por qué les dieron el día libre? —pregunté.

—Aioros salió en una misión y se llevó a Aioria y Shura. Saga… no sabemos dónde está. Así que no tenemos a nadie que nos dé la clase hoy… Aioria dijo que te va a traer una piedra de recuerdo.

Fue divertido pasar tiempo con mis amigos. Aldebarán era el que más hablaba y decía cosas muy graciosas. Shaka estuvo demasiado callado, ni siquiera me miraba; en caso de que mi línea de visión y la suya se cruzaran volteaba la cara. De todas formas lo pasé bien con ellos. Cuando se fueron la habitación quedó en silencio. Vi la rosa junto al libro en la mesa de luz. Aunque el futuro santo de Virgo no parecía tener ganas de estar allí su gesto fue muy tierno.

Me levanté de la cama. Estaba mareado y por unos segundos todo se puso oscuro. Esperé a recuperar la vista y caminé lento para acercarme a la ventana. Inhalé lo más hondo que pude. A lo lejos el sol había comenzado a ponerse. La panza me hizo ruido.

—Es un buen síntoma —dije para mí mismo.

Me escabullí por los pasillos con miedo de que la señorita Ina me encontrara. No recordaba dónde quedaba la cocina así que tuve que revisar habitación por habitación. Di gracias a mi tamaño que era una ventaja a la hora de esconderme cada vez que pasaba alguna doncella o soldado, aunque mi estómago estuvo a punto de delatarme.

Oculto detrás de la pared donde el pasillo doblaba asomé la cabeza y vi a mi maestro entrar a un cuarto con Shaka en brazos. Di un grito ahogado: mi compañero debía estar en un estado muy malo para que el Patriarca lo llevara de esa manera. Corrí a ver lo que pasaba, por suerte la puerta estaba abierta. Shion recostó a Shaka dormido en una cama.

—¿Maestro?

Mi llamado lo hizo voltear a verme.

—Mu… ¿Te sentís mejor?

—Sí —respondí y me acerqué—. ¿Qué le pasó a Shaka?

—No se sentía bien.

—¿Está enfermo?

—No, pero si no tiene cuidado podría empeorar.

—Uh, pobre… Con razón estaba tan raro cuando fue a verme junto a Aldebarán.

Shion no dijo nada, pero por su expresión supuse que había algo que no podía decirme.

—¿Maestro?

—¿Qué te parece si dejamos a Shaka descansar y vamos a tomar el té? Hoy Ina preparó un bizcochuelo de naranja.

—Está bien.

Así comenzaron mis días sin Shaka.

NOTAS FINALES

Hasta acá llega el capítulo.

¿Qué les pareció?

Lo tenía escrito hace bastante, pero como estuve con los trabajos de la facultad preferí centrarme en eso (¡aprobé todo y con muy buenas notas!).

Prefiero no hacer muchos comentarios esta vez porque ya se está terminando el día de navidad y prometí que el capítulo iba a estar para esta fecha, así que quiero publicarlo antes de las doce.

Si quieren hacerme alguna pregunta pueden dejarme un comentario.

Todavía hay cosas que descubrir del pasado de Mu y otros personajes.

La continuación va a venir en dos semanas.

Eso fue todo por hoy.

Nos vemos.

¡Cuídense!