Primer amiga
Diana contuvo la respiración antes de adentrarse en aquel sitio desconocido para ella. Había transitado ese camino varias veces, pero nunca había permanecido tanto tiempo allí dentro. Esperó aproximadamente por 20 minutos en el pasillo, hasta que comenzó a sentirse desesperada. ¿A caso el guardián del templo estaba ausente? Según le dijeron, estaría esperando por ella, pero no había señales de vida en todo el lugar. Tomando impulso y sin pensar en las consecuencias, comenzó a avanzar sin rumbo fijo, explorando cuidadosamente cada espacio del recinto.
Todo lucía muy ordenado y limpio, aunque el ambiente estaba muy lejos de ser tranquilizador. La atmósfera parecía muy densa y pesada mientras más se adentraba en el lugar. Mientras caminaba casi de puntillas, se encontró con una hermosa y enorme puerta de madera tallada. Sin temor a represalias o reclamos, la abrió lentamente, intentando no hacer ruido en el proceso. Un viento suave meció sus cabellos y el conocido olor del pasto húmedo invadió su olfato. Frente a ella se encontraba el santo de Virgo, meditando, bajo la sombra de dos bellos árboles. Esta vez no portaba su armadura, en cambio, estaba usando una vestimenta ceremonial.
Al notar la presencia de alguien más, Fenyang abrió sus ojos y se puso de pie rápidamente, interrumpiendo su meditación.
-Lamento interrumpir, he sido enviada aquí por orden del patriarca.-Pronunció ella, justo antes de que él pudiera externar su molestia debido a lo inoportuno de su aparición.
-Debiste esperar afuera, no permito a otros acceder a este sitio sin mi previa autorización.-Dijo el santo dorado, acercándose a quien ahora sería su aprendiz.
Ella no argumentó nada más, simplemente asintió y se dispuso a volver por donde había venido. Sin embargo, fue repentinamente tomada del brazo. Aunque el agarre no fue muy fuerte, fue suficiente para que ella detuviera su marcha.
-Empezamos con el pie izquierdo, no quiero que esa acción tan impulsiva por parte de ambos obstruya nuestra relación de ahora en adelante.-Mencionó, intentando aminorar la posible repercusión de sus acciones.
Actuando seria, aunque sintiéndose secretamente un poco satisfecha por esa suerte de "disculpa", Diana simplemente atinó a decir: -No sucederá, yo no soy ninguna niña inmadura y rencorosa.-
Esa había sido la última interacción que ambos tuvieron durante ese día. Sin mediar palabra, compartieron una cena ligera en el comedor y una vestal indicó a la recién llegada el sitio en el cual se hospedaría. Su habitación se encontraba a una puerta de distancia de la de su nuevo maestro, cuestión que le causaba un poco de incomodidad. Ignorando esa situación, decidió que era momento de descansar por fin. Se acomodó en la modesta cama y cerró sus ojos, intentando relajar su cuerpo. No supo si fue el cansancio del viaje o el tumulto de emociones que había experimentado en tan poco tiempo, pero dormir fue una tarea más sencilla de lo que hubiera pensado.
Su viaje al mundo onírico fue casi inmediato, misteriosamente, transportándola al sitio que había conocido hacía unos momentos atrás. Se encontraba en la bella sala de los árboles gemelos, justo en la entrada. Avanzó lentamente y pudo ver a un hombre con una pequeña niña que probablemente era su hija. Ambos tenían un tono de piel que parecía estar bronceado por el sol, sus cabellos eran de un tono azulado poco común y sus ojos verdes cual esmeraldas. La chiquilla parecía no tener más de 2 años de edad, mostrando todavía algo de dificultad al caminar por su cuenta. Para evitar que cayera al suelo, su padre la tomaba de la mano, brindándole seguridad.
-¡Papi! ¡Me gustan estos árboles! Quiero vivir aquí.-Dijo la pequeña, aferrándose al tronco de uno de aquellos sales.
-Sanari, una princesa como tú no puede vivir en un sitio como este. Tu lugar está conmigo y con tu gente.-Respondió el padre de la niña.
-Pero... yo quiero vivir en un lugar como este.-Volvió a decir la chiquilla, comenzando a mostrar signos de que su llanto se avecinaba.
El hombre tomó a la pequeña entre sus brazos y la envolvió cariñosamente con la capa que reposaba sobre su espalda. -Mi pequeña Sanari, tendrás un jardín lleno de estos árboles allá en nuestro reino. De esa manera, sentirás que estás en este sitio que tanto te gusta. Pero lo haré sólo si prometes quedarte al lado de tu padre para toda la vida.-Ofreció él.
La pequeña sonrió satisfecha y abrazó fuertemente a su padre. Diana despertó repentinamente al escuchar que alguien llamaba a su puerta, despeinada y somnolienta, se puso de pie para abrir y ver de quién se trataba. Era Fenyang, esta vez portando su armadura dorada. Le indicó que un momento más saldrían para comenzar con su entrenamiento. Ella asintió, dejando la puerta abierta, mientras terminaba de acomodarse un poco y despertar por completo. Intentó continuar con sus actividades, pero el recuerdo de aquel sueño se hizo presente dentro de su mente. "Sanari" pronunció para sí misma. Era la primera vez que escuchaba un nombre como ese.
Al analizar una y otra vez aquellas imágenes, el rostro del misterioso hombre pareció familiar por un instante. Fue entonces cuando recordó a aquella chica que por casi un año se hizo pasar por un chico dentro del santuario. Tenía rasgos muy similares, aunque su piel era un poco más clara, sus ojos tenían la misma tonalidad. Incluso había notado algunos cuantos mechones azules sobresaliendo de entre su corta cabellera negra. "Tinte seguramente" pensó. Comenzó a atar cabos sueltos. Aquel hombre mencionó que la pequeña era una princesa, hecho que lo convertía a él en un rey.
-¡Sanari es el nombre de esa chica!-Exclamó ella, sin notar que Fenyang de Virgo estaba de pie y recostado en el marco de la puerta.
-Eso que tú dices no es posible.-Dijo él.
Ella salió de sus pensamientos y se puso de pie rápidamente. -¿Qué no es posible?-Preguntó, totalmente intrigada.
-Acompáñame y lo sabrás.-Propuso el santo dorado.
Ambos salieron del templo y se adentraron en el espeso bosque que rodeaba al santuario. Luego de caminar por lo que a Diana le pareció una eternidad, por fin llegaron a una pequeña y oscura cueva. Se adentraron en ella y por la falta de iluminación, Diana tropezó y cayó al suelo. Fenyang ofreció su mano para ayudarla a ponerse de pie, pero ella se negó y se levantó por si misma. Tras unos 5 minutos de caminata, pudieron divisar un sitio iluminado por la luz del sol. Apresuraron el paso y Diana quedó maravillada ante lo que veía.
Un pequeño ecosistema parecía subsistir allí dentro, el techo tenía un agujero de tamaño considerable, lo suficiente para que algo de luz se colara y permitiera la existencia de algunas formas de vida. El caballero de Virgo se acercó a una de las grietas de la pared e introdujo su mano en ella. Sacó una pequeña caja de madera que tenía una cerradura. Desató un pequeño lazo que tenía atado al cuello, el cual portaba la llave que abriría dicha cerradura. Diana observó atenta e impaciente por saber de qué se trataba.
-Crecí en Egipto al igual que esa chica tonta, es por ello que puedo decirte que ella no es la princesa Sanari.-Afirmó él.
-¿Tú sabías que ella era una chica? ¿Lo supiste todo este tiempo?-Preguntó Diana.
Él se mantuvo en silencio por un momento, le costaba admitirlo, pero también había creído que se trataba de un chico. -No lo sabía, nos engañó a todos durante años.-Respondió, mientras sacaba algunas fotografías de la pequeña caja. -Ella es la princesa Sanari.-Dijo, mostrando una imagen de la chiquilla que Diana había visto durante sus sueños.
-Nunca la había visto en mi vida. ¿Por qué habré soñado con ella y con su padre?-Cuestionó ella, totalmente confundida por lo sucedido.
Fenyang intentó analizar lo ocurrido, pero le era difícil formular una respuesta a tal cuestionamiento. Ni siquiera él mismo sabía el por qué de dicho suceso. -Ellos visitaban el templo de Virgo con frecuencia, es posible que parte de su esencia y sus recuerdos permanezcan resguardados en ese sitio. Es un lugar con mucha energía espiritual.-Intentó explicar.
Sonaba lógico, después de todo, sitos como esos siempre albergaban una gran cantidad de energía residual de los antiguos habitantes o personas que frecuentaban los recintos. Ella aceptó dicha respuesta, sintiendo un poco más de intriga sobre lo que había pasado con la pequeña princesa que la visitó en sus sueños.
-¿Qué pasó con Sanari?-
El santo dorado invitó a Diana a tomar asiento sobre una roca justo al lado de él, era hora de volver a relatar la triste historia que había presenciado desde el exterior hacía muchos años.
-A diferencia de esa chica cuyo nombre todavía desconozco, yo no tuve tanta suerte como para vivir del otro lado del muro. Viví en la miseria, al igual que muchas personas más.-Comenzó a rememorar.
Inicio del flashback:
Fenyang tenía a penas 7 años de edad y ya había pasado por situaciones realmente lamentables. Huérfano desde que tenía memoria, sobrevivía al acoplarse a pequeños grupos de personas que se apiadaban de él. Muchas veces enfermó gravemente y esas personas aprovecharon su condición para generar lástima y obtener algo de dinero a cambio, dinero que él nunca pudo disfrutar. Durante las noches, caminaba hacia el límite del pueblo y observaba el enorme muro que se erguía del otro lado del enorme río Nilo. Maldecía su mala suerte y muy en su interior, deseaba atravesar la enorme estructura, con la esperanza de mejorar su calidad de vida.
¿Podría el rey apiadarse de un pequeño niño hambriento? Él realmente deseaba que así fuera, así que varias tardes y noches acampaba a la orilla del río con la esperanza de que aquella imponente figura de autoridad aparecería para rescatarlo, pero nunca sucedió. Una de las tantas ocasiones en las que reposaba cerca del pueblo, mientras veía algunas naves cruzar hacia el otro lado del río, el sonido de un golpe lo sacó de sus pensamientos. Volteó repentinamente y se encontró con una pequeña de aproximadamente 5 años de edad tirada en el suelo, sosteniendo su rodilla e intentando no llorar.
Se acercó rápidamente y casi se echó a reír tras ver la graciosa expresión en el rostro de ella. Su intento por contener el llanto fue en vano, las lágrimas resbalaban por sus mejillas mientras una temblorosa sonrisa de formaba en sus labios.
-¿Eres tonta o qué? ¿Por qué corres en una cuesta?-Decía él, ofreciendo su mano a la niña para que pudiera ponerse de pie.
Ella rechazó la oferta y, conteniendo sus sollozos, se puso de pie con algo de dificultad. Por su vestimenta lujosa, Fenyang supuso que se trataba de la hija de algún miembro del consejo real. Seguramente si permanecía a su lado podría obtener un pase directo hacia el otro lado del muro. Tomó la mano de la chiquilla y la acercó a la orilla del río. Ella lucía algo confundida por aquel gesto, pero no se opuso en lo absoluto. El chico tomó algo de agua entre sus manos y limpió el pequeño corte que se había provocado la pequeña al caer de rodillas.
-Mi nombre es Fenyang ¿Cuál es el tuyo?-Preguntó él.
-Me llamo Sanari.-Respondió ella, mostrando una sonrisa genuina. -Gracias por limpiar mi herida.-Mencionó.
Permanecieron un rato sentados sobre una gran roca mientras conversaban sobre varias cosas muy comunes entre niños. Poco a poco, la conversación se dirigió al sitio que Fenyang deseaba. Resultaba que Sanari no era la hija de un miembro del consejo real, ella era hija del mismísimo rey, era la heredera al trono. Con mucho pesar y tristeza, la pequeña Sanari relató que desde que su madre falleció, su padre se había vuelto muy cercano a una misteriosa mujer que rápidamente ocupó un alto cargo dentro del consejo.
Ella solía visitar el santuario de la diosa Athena junto con su padre como parte de las actividades diplomáticas entre ambos lugares, pero desde que aquella mujer ostentaba ese cargo, esas visitas fueron disminuyendo hasta desaparecer por completo. Ella casi no pasaba tiempo con su padre y muchas veces había sido intimidada por dicha fémina. Los rumores de una boda se expandieron como pólvora en todo el reino y Sanari comenzaba a tener miedo de que esa persona tan aterradora se convirtiera en su madrastra.
En un descuido, se infiltró junto con el equipaje de un concejal y escapó del castillo. Su esperanza era perderse y no volverlos a ver. Desde que su padre cruzó camino con esa mujer, se había convertido en un hombre frío y cruel, completamente contrario al padre amoroso y gentil que ella tanto adoraba. Durante una semana y media, Sanari acompañó a Fenyang en sus extrañas aventuras y su precario estilo de vida.
A pesar de haber pasado hambre algunas veces, ambos se sentían contentos al no sufrir solos. Parecía que serían capaces de subsistir de esa manera hasta que pudieran conseguir un trabajo sencillo al volverse mayores, pero sus planes fueron truncados de un momento a otro. El rey, en compañía de su prometida y un grupo reducido de soldados se encontraban buscando a Sanari por todo el pueblo. No les llevó mucho tiempo encontrarlos y al hacerlo, Fenyang tuvo una demostración de lo terrible que era aquella mujer, justo como su ahora nueva amiga le había relatado.
Tomó a Sanari de la mano y se interpuso en el camino de aquella figura de autoridad, intentando defenderla.
-Veo que tienes un nuevo amigo.-Pronunció el rey, cortando el paso de su acompañante. -Me alegra ver eso, pero ahora tienes que regresar al palacio con nosotros.-
-¡No voy a volver! Yang-Yang y yo viviremos juntos desde ahora.-Exclamó Sanari con los ojos llorosos y visible frustración.
Luego de discutir por un momento, el rey acordó que aquel chiquillo podría visitarla para jugar al menos 3 veces por semana. De esta manera, la pequeña princesa volvería a su hogar, aunque fuera con esa extraña condición. No era lo que esperaba, pero Fenyang no desperdiciaría la oportunidad de colarse entre la realeza. Pasaron los días, semanas y meses. Los dos pequeños se hicieron bastante cercanos y para los habitantes del palacio ya era común encontrarlos jugando por los pasillos o los jardines. Todos parecían estar bien con ese hecho, todos a excepción de la prometida del rey.
-Mañana es mi cumpleaños y tendré una gran fiesta.-Mencionó Sanari, bastante emocionada por el suceso.
-Lo siento, no tengo dinero para comprarte un regalo.-Dijo Fenyang, sintiéndose apenado al no poder dar un obsequio a su amiga.
-¡No importa! Quiero que vengas y juegues conmigo, ese será mi regalo.-Dijo ella.
Esa noche, Fenyang no pudo dormir adecuadamente. No sabía si era por la incomodidad de reposar sobre el suelo o por un extraño presentimiento que invadía su corazón. Llegó la hora de la fiesta, así que decidió vestir algunas piezas de ropa que le habían sido obsequiadas por el rey. Cualquiera que lo viera pensaría que era de la realeza, cuestión que lo hacía sentir emocionado. Se dirigió hacia el palacio y mientras avanzaba por el enorme camino de piedra, pudo notar como todos los presentes estaban bastante ajetreados.
El familiar aroma del humo lo hizo voltear hacia arriba y pudo ver como unas enormes llamas estaban consumiendo el ala este del palacio. "¡Sanari!" pensó para sí mismo. Corrió lo más rápido que sus pequeñas piernas se lo permitieron. Muchas personas intentaban apagar en enorme incendio que amenazaba con consumir toda la estructura. Otros escapaban despavoridos, tomando algunas cosas materiales consigo. Sin importarle el peligro, se adentró en el lugar con un solo objetivo: rescatar a su amiga.
Hizo lo que pudo, se esforzó al máximo, pero no logró encontrarla. Fue sacado por la fuerza del palacio y permaneció recostado contra el muro, esperando noticias sobre lo sucedido. Al parecer el origen del incendio era desconocido, solamente se sabía que muchas personas, entre ellos miembros del consejo, sirvientes e invitados habían perdido la vida. Todo parecía normal, hasta que la trágica noticia llegó a sus oídos. La pequeña Sanari estaba ente las víctimas fatales. Tras saber lo que tanto temía, huyó del lugar, lleno de tristeza e impotencia. Había perdido a la primera y única amiga que tenía en su vida.
Fin del flashback
Fenyang relató la triste historia a Diana, omitiendo el vergonzoso apodo que la pequeña princesa le había otorgado. Hacía mucho tiempo que no revelaba esa información a otra persona, pero el hecho de que esa chica hubiera hecho mención de ello fue suficiente para que volviera a hablar del tema. Aunque le costara trabajo aceptarlo, necesitaba tener una conversación sana y tranquila con alguien, incluso si era alguien desconocido.
-Esa chica no puede ser mi Sanari, la princesa está muerta. Además, si aún viviera, tendría 20 años de edad.-Dijo Fenyang.
Diana no pudo evitar sentirse triste ante la historia que acababa de escuchar. El destino de la pobre princesa heredera al trono le parecía muy cruel e injusto. Otro destino que también le parecía injusto era el del hombre a su lado. Su vida había sido muy dura y sufrió grandes pérdidas, es podría explicar su comportamiento hostil y grosero en ocasiones.
-¿Qué sucedió después?-Se atrevió a preguntar ella.
-Pasó el tiempo, el rey se casó con esa mujer horrible y tuvo un hijo y dos hijas. Parecían ser una familia feliz, pero esa falsa felicidad se fue por la borda cuando el tal "Izanagi" apareció.-Respondió. -Debo admitirlo, disfruté mucho al ver a la reina consumida por la ira al enterarse de que su amado esposo había tenido un hijo bastardo.-
-Incluso si fueron crueles o malvados, no merecían el destino tan funesto que tuvieron. Yo estaba próxima a partir hacia ese lugar cuando la noticia de la masacre llegó a Asgard. Nunca los conocí, pero me sentí realmente triste al saber que existen seres tan desalmados como para cometer crímenes tan atroces.-Comentó Diana.
Fenyang dirigió su mirada hacia ella, su expresión era la de alguien triste. Al parecer la historia le había afectado más a ella que a él. -Eres una persona muy noble y empática Diana. Esa es una gran fortaleza, pero tendrás que esforzarte mucho o podría convertirse en tu mayor debilidad.-
-Tal vez yo deba aprender a ser más ruda y tú a ser más amable. Aprendamos juntos entonces.-Dijo Diana, ofreciendo su mano al santo dorado.
Él pareció titubear por un instante, pero terminó por aceptar el inusual ofrecimiento. Quizá ella tenía razón, debía aprender a relacionarse mejor con los demás. No tenía certeza de lo que el destino le deparaba, era muy posible que pudiera forjar una bella amistad con aquella chica. Sin embargo, en su interior todavía existía el miedo de volverse muy cercano a alguien y terminarlo perdiendo, justo como pasó con su primer amiga: Sanari.
