1-900-CULO-CALIENTE.

Hermione soltó el periódico como si le quemara los dedos. Se sonrojó y volvió a cogerlo, ordenando las páginas con cuidado para no volver a ver la foto explícita de un trasero masculino y un número de teléfono. Leyó la crítica de una obra en el teatro Rhino y decidió que necesitaba otro café con leche. Se abrió paso por el patio abarrotado de gente y lo pidió. De modo que así eran las tardes de domingo en Noe Valley.

Su estudio estaba en Glen Park, una zona que no estaba tan de moda, pero desde allí era fácil llegar a Noe Valley, el barrio de lesbianas. Se había enterado por las revistas alternativas semanales de que los hombres iban a los bares de Castro y las mujeres, a las cafeterías en Noe Valley. Al menos eso era lo que daban a entender los anuncios. Y ahora, que por fin conocía el ambiente de una cafetería de Noe Valley, Hermione se preguntó qué esperaba encontrar.

Armada con su café, volvió a la silla y se puso a leer otra vez el periódico semanal gay que había cogido en la puerta. La agenda detallaba los diversos acontecimientos para gays y lesbianas, incluido un concierto de El Mesías con el Coro de Gays y el Coro de Lesbianas de San Francisco que parecía interesante. En Nochebuena había un baile sólo para mujeres para evitar la depre de las fiestas, y un grupo de empresarias organizaba para el día de Navidad una cena con intercambio de pequeños regalos en un buen restaurante.

La comunidad gay y lesbiana parecía decidida a proporcionar una actividad a todo el mundo durante las vacaciones. Dado que Hermione no iba a poder pasarlas con sus padres, agradeció la variedad. Se dio cuenta de que seguramente habría muchas personas cuyas familias no las acogerían si intentaban volver a casa. Sintió un escalofrío: ¿y si sus padres reaccionaban como tantos otros?

Luchó para hacer desaparecer la aprensión. No, siempre se había apoyado con firmeza en el amor de sus padres hacia ella. Era un amor de hormigón antisísmico. Quizá la seguridad del apoyo incondicional de ellos le facilitaba este cambio en su vida. Bueno, al menos se lo hacía un poco más fácil, porque fácil del todo no era: pensaba demasiado en el asunto. El periódico informaba de casos de pérdida de la custodia de los hijos, sobre legislación local, sobre lo que hacían los fundamentalistas para restringir los derechos civiles de los homosexuales. El último artículo le pareció el más espeluznante que había leído últimamente. ¿Esa gente no tenía nada mejor que hacer que preocuparse de con quiénes se acostaban sus vecinos?

Pasó otra página y apareció otro trasero; santo cielo, le estaba viendo más a ese modelo que lo que le había visto a Ron. El encabezamiento de un anuncio personal le llamó la atención: «Tío cachas con buen paquete quiere una mamada».

Hizo una mueca. No es que fuera ninguna mojigata —bueno, a lo mejor sí— pero no creía que por unos pocos instantes en los que cada nervio de su cuerpo había anhelado intensamente que otra mujer la tocase, significara que su vida entera estaba supeditada al sexo. ¿Y… el afecto?, ¿La confianza?, ¿O la gran palabra… amor?

Su madre siempre había dicho que cuando los críticos iban a por uno, había que hacerles frente con coraje. A lo mejor esos anuncios tenían que ver con eso. Eran un contraste interesante; a la derecha había sexo desenfrenado, y a la izquierda se veía una foto de un fundamentalista que tiraba ácido a unos manifestantes a favor de los derechos de gays y lesbianas.

La interrumpió su sentido común. «Ya sabes, Hermione, tienes un trabajo nuevo y estás muy estresada y nerviosa. Es inútil intentar entenderlo todo en un sólo día. ¿Por qué no te vas a casa, reservas plaza para alguna cena de Navidad y te limitas a concentrarte en tu trabajo durante un tiempo?»

Volvió a fruncir el ceño. La razón por la que estaba sentada en esa cafetería era que los fines de semana no sabía qué hacer en su estudio. No lo consideraba su hogar, y ahora se daba cuenta de que parte del vacío que había experimentado con Ron era porque no compartían casa. Sus raíces no estaban en ese apartamento donde se sentía como si fuese a la deriva.

Para matar el tiempo, se había pasado todo el día anterior redactando una nota de dos líneas que pensaba enviarle a Narcissa con los guantes. Al menos eso ya estaba hecho. Y ahora el apartamento le parecía viejo y oscuro. Era demasiado pronto para sentirse sola, pero si se dejaba llevar, acabaría compadeciéndose de sí misma.

No estaba preparada para Noe Valley —sonrió ante esa idea—, y mucho menos para los bares de Castro. Con sus veintisiete años, era evidente que pertenecía al «grupo de las mayores» y una de las pocas que llevaba el pelo de un solo color. Los tejanos negros estaban bien, pero el jersey Shetland no acababa de encajar en el lugar. Se preguntó si el Colegio de Arquitectos de la ciudad tendría una página gay y lesbiana en Internet.

Volvió a sonreír. Vaya, era una buena idea.

—¡No sabía que vivías por aquí!

Hermione, sorprendida, alzó la vista y vio a Mary Nguyen sonriendo.

—Y yo creía que tú vivías en el Sunset —repuso dirigiéndose a su interlocutora, después de comentar que era una casualidad encontrarse con ella en aquel sitio.

—Es verdad, pero tengo una cita. ¿Por qué no te sientas con nosotras? —la invitó Mary con sinceridad, mientras le señalaba a una filipina delgada de unos veinticinco años, que saludó a Hermione con una inclinación de cabeza y le lanzó una mirada, con la que le dejó claro que ni se le ocurriera.

Hermione sonrió para sus adentros. En San Francisco había muchas más lesbianas de las que se había imaginado.

—Te lo agradezco, pero, no, gracias. Ya me he tomado dos cafés y tengo que volver a casa. —Hermione se puso de pie.

—¿Me dejas hacerte una pregunta estúpida?

—Adelante. —Hermione tenía el presentimiento de que sabía lo que se avecinaba.

—¿Dónde está el… cómo se llama?

Hermione se mordisqueó el labio inferior y se dio cuenta de que no se sentía acomplejada.

—Ya no hay ningún cómo-se-llame, y creo que ya no habrá más. Mary arqueó las cejas.

—¡Vaya! Me… me lo pregunté cuando nos conocimos. Pero, por otro lado, siempre me lo pregunto cuando conozco a una mujer. —Soltó una risa contagiosa.

—Todavía no se puede decir que haya cruzado la frontera, pero, desde luego, estoy en el puente —explicó Hermione—. Desde que rompí con Ron me encuentro muy bien, muy feliz.

Mary la miró fijamente y, de pronto, sonrió.

—Tenemos que quedar para cenar otra vez, ¿vale?

Hermione, algo aturdida, le devolvió la sonrisa.

—Sí, me encantaría. De acuerdo, pero esta vez sin las máscaras del trabajo. ¿Todavía tienes el teléfono del estudio?

—Claro. Bueno, te llamaré mañana.

Hermione cogió la revista, se despidió y se dirigió a la parada de autobús. Un futuro incierto se abría ante ella, pero estaba decidida a ir a su encuentro con los ojos bien abiertos y algún que otro parpadeo.

En cuanto Narcissa abrió con la llave, Butch empujó la puerta con el hocico. Correteó ladrando por la planta baja y olfateó todos los rincones hasta familiarizarse de nuevo con los muebles. Subió por la escalera al primer piso y volvió a bajarla a toda prisa. Empezó a gemir junto a la puerta trasera porque quería salir.

Narcissa se rio, le abrió la puerta y siguió a Butch por el jardín. Hizo una mueca. Minerva tenía razón. El jardín estaba lleno de maleza, descuidado. A Amelia le habría disgustado. Aun así, una brillante hilera de azafranes de primavera violetas y blancos se alineaban junto al sendero y, detrás, los narcisos empezaban a asomar.

En la montaña eso era impensable —Butch estaba atareada olfateando los dos árboles. Seguramente se metería entre los arbustos del seto y después volvería para que Narcissa la cepillara y le quitara las espinas. Narcissa suspiró con cierta satisfacción. Amelia ya no estaba, pero algunas cosas— como la afición de la perrita a ensuciarse —no cambiaban. Volvió a la casa y se alegró al ver que estaba limpia y presentable. No quería perder tiempo con tareas domésticas, especialmente ahora que tenía todas esas ideas que habían estado reprimidas durante los dos últimos años, deseando aflorar por las yemas de los dedos. Empezaba una nueva vida el día de año nuevo.

Metió las maletas, las cajas y por último los lienzos. Los llevó uno por uno al taller del fondo y enseguida se sintió cómoda en ese ambiente ordenado. Vio que tenía varios vecinos nuevos: el barrio parecía más próspero desde que se había marchado para recluirse en la cabaña durante dos años. Frunció la nariz. Los suburbios comenzaban a alcanzarla.

Hayward no era una zona de moda, pero era una de las más baratas de la Bahía con una buena vista y espacio para la intimidad. Su casa estaba al borde de un profundo cañón lleno de pinos y eucaliptos. En verano el aire era fresco y limpio y se veía la niebla sobre Berkeley, más hacia el norte. A lo lejos, San Francisco resplandecía bajo la brillante luz del sol, pero no se podía decir que tuviera vistas de la ciudad y por eso los precios eran más bajos. Mientras tomaba nota de los BMW y Volvos aparcados a la entrada de las casas, se dio cuenta de que no era la única que había descubierto el lugar; otros también lo habían hecho.

La escuela de equitación al final de la calle seguía funcionando. Como siempre, la verja estaba abierta y recién pintada de blanco. Se detuvo un momento y escuchó. Unos niños jugaban en los alrededores. Un caballo trotaba en el picadero y los cascos producían un golpeteo rítmico y firme sobre la tierra apisonada. Las glicinas susurraban con la brisa. Una abeja pasó zumbando ociosamente junto a su oído. Sólo echaba en falta el ruido que hacía Amelia, mientras trajinaba en la cocina o hablaba por teléfono con los galeristas para solicitarles el pago de un adelanto sobre las comisiones, concertar una exposición, o hacer reservas. Había sido una representante incansable, con buen criterio comercial. Había insistido en comprar la casa como inversión y después se había empeñado en construir el estudio ideal para una artista en el amplio jardín del fondo.

Narcissa sabía por qué tenía miedo de volver a la casa: era su hogar, el lugar donde más iba a añorar a Amelia. Un sitio que pedía a gritos que lo llenaran dos personas. Nunca en su vida había vivido sola, salvo los dos años en la cabaña, pero era pequeña y le había resultado fácil llenar el espacio.

Butch le ladró desde la puerta del estudio. Por suerte para Narcissa, parecía acordarse de que no podía entrar.

—No estás ni la mitad de sucia de lo que me esperaba —le dijo. La perra volvió a ladrar y desapareció otra vez por la colina. En fin, al menos ella parecía encantada de volver a casa.

Narcissa estaba descargando el último lienzo cuando un Ford Thunderbird del cincuenta y siete de color melocotón y blanco se detuvo suavemente junto a la acera. El coche era el orgullo y la alegría de Luns, después de su colección de cuadros.

—Me alegro de verte —le gritó Narcissa, y lo dijo en serio.

Luna, de resplandeciente buen humor, abrió el maletero y sacó una cesta de picnic.

—Sabía que no ibas a tener tiempo de ir de compras, así que paré un momento para traerte tu plato favorito.

—Compré algunas cosas —dijo Narcissa—. Sobre todo, comida para Butch. Se pone insoportable cuando tiene hambre.

—¡Como si a ti no te pasara lo mismo! —rio Luna y entró en la casa.

Narcissa llevó el último lienzo al estudio. Oyó a Luna en la cocina y la vio sacar hamburguesas, patatas fritas y aros de cebolla de la cesta, junto con unos refrescos.

Narcissa se rio.

—Eres encantadora, ¿lo sabes? ¡Hacía años que no tomaba comida rápida!

—Sólo intento volverme indispensable.

Luna picó unas patatas y se instalaron en la mesa del austero comedor.

—Traigo buenas noticias —dijo Luna.

—Cuenta.

Narcissa desenvolvió una hamburguesa y le dio un mordisco. Deliciosa. Desde el primer bocado sintió una oleada de placer en todas las arterias.

—Bueno, para ti son buenas noticias y para Henry Eli son malas. Se rompió un brazo esquiando y no podrá tener la exposición lista para marzo. Así que, si las quieres, puedes quedarte con las tres semanas. Ya tienes casi terminada la serie Luna Pintada, ¿no?

Narcissa tragó saliva.

—Sí… casi. Me salió muy rápido. Me falta trabajar un poco más el metal, pero no tardaré mucho. Tengo bastantes ganas de empezar el otro proyecto.

—¿Cuándo podré verlo? Lo llevas tan en secreto.

—Todavía no. Es muy distinto. Todavía no me siento muy segura.

—De acuerdo, pero me muero de curiosidad.

Narcissa se comió otro aro de cebolla.

—Gracias por traer todo esto. Gracias… por estar aquí.

—Cuando quieras. —Luna apoyó una mano en el brazo de Narcissa—. Estoy aquí contigo para todo lo que te haga falta.

A Narcissa le costó tragar.

—No estuvieron tan mal, ¿verdad?, los días que pasamos en la cabaña.

—Fueron fabulosos.

Luna se echó hacia atrás y miró a Narcissa con tristeza.

—Entonces, ¿por qué pareces a punto de llorar?

—No creo que… —Narcissa parpadeó—. Te quiero mucho como amiga. Pero no creo que pueda quererte como a ti te gustaría. Te estaría engañando.

—¿Y si no me importara?

—Pero te importa.

Luna bajó la vista ocultando una sonrisa.

—Siempre me olvido de cómo eres. Esa educación religiosa. Querida, no te propongo un compromiso para toda la vida. No puedo darte lo que ella te dio, simplemente estoy aquí para ser tu amiga, y, si quieres, para compartir tu cama. Yo sin duda estoy dispuesta. —Soltó una especie de risa, en parte triste, en parte divertida—. No soy una mujer de una sola mujer, pero soy muy selectiva con mis aventuras. Tengo una relación con una mujer desde hace quince años. Nos vemos una vez al año.

Narcissa no supo qué pensar.

—¿Así que yo sería parte del harén? —dijo intentando hacer una broma.

Luna se volvió a reír, pero esta vez con exasperación.

—No lo entiendes. Nada de ataduras, nada de normas, nada de exclusividades. Tampoco digo que haya cientos de mujeres. Sólo me gustan unas pocas: como tú. No sé decirlo de otra manera.

Narcissa contempló a Luna y preguntó en voz baja:

—¿Tienes cuidado? Quiero decir… cuando estuvimos juntas no practicamos sexo seguro… tenía que haberte preguntado…

—Tuve un susto hará unos seis años y desde entonces voy con cuidado. Sé que estoy bien y desde luego sabía que tú estabas retirada del tema del sexo. Además, ninguna de las dos nos picamos, ni mucho menos compartimos agujas. Por eso no tomé ninguna precaución. No te preocupes. —Cruzó las piernas y miró fijamente la mesa—. Creo que no funcionará. Como ya te he dicho, siempre me olvido cómo eres. Sólo veo tus manos; tienes unas manos fabulosas, querida. En fin —prosiguió en tono filosófico—, conservo un recuerdo muy agradable. Espero que tú también.

Narcissa consiguió esbozar una ligera sonrisa.

—Claro que sí. No me arrepiento.

—Bueno, ya es algo. —Luna parpadeó varias veces—. Tengo que irme; esta noche voy a una fiesta. Ah, ¿te gustaría acompañarme a la exposición de la Fundación de Mujeres? Ya tengo las entradas y no me apetece invitar a nadie más. Es el viernes que viene. No me digas que estás ocupada. Ponte esa chaqueta verde. Querida… —Luna estiró la mano para darle unas palmadas—. De todos modos quiero seguir siendo tu amiga. Espero que no se haya estropeado nuestra amistad.

—No, no se ha echado a perder —contestó Narcissa con sinceridad—. No lamento lo ocurrido, si tú tampoco lo lamentas. Y sí, iré el viernes.

Saludó con la mano al coche mientras Luna arrancaba y se alejaba. Se alegró de que reanudaran la relación anterior. Durante todo ese tiempo había creído que Luna quería sentar cabeza y una pareja estable… «Vaya ego que tienes», se reprendió. Más que amantes, necesitaba amigas, y, con Luna y Minerva estaría lo suficientemente ocupada para no echar tanto de menos a Amelia. Además, también podía abstraerse con su trabajo.

Al regresar al estudio, destapó el único lienzo que no había querido enseñar a Luna y lo puso en el caballete. El azul y el plateado de Hermione diciendo que sí.

—No puedo creer lo que me ha pasado. Todas las personas con las que trabajo me caen bien y esperan que trabaje con los clientes y que tenga iniciativas. Me piden mi opinión y me escuchan. Y no salen con que soy tonta cuando digo algo muy obvio. Y se nota que Diane, mi jefa, disfruta explicando las cosas. Le encantan las preguntas. Y los proyectos son interesantes. Me está saliendo todo bien.

Hermione se dio cuenta de que había estado parloteando, pero a su madre no le molestaba

Al llegar a Dallas, la noche anterior, se encontró con un ramo de flores silvestres en la habitación y una nota que decía:

«¡Mañana pide el desayuno al servicio de habitaciones para que podamos charlar! Llámame a las ocho y media. Besos, mamá».

Había sido una idea espléndida. La primera exigencia de su madre fue que le contara todo sobre su nuevo trabajo.

Jean Granger apartó la mirada del bollo que estaba untando de mantequilla.

—Me alegro tanto de que te valoren y de que estés aprendiendo. En el otro lugar parecía que sólo querían enseñarte a utilizar el ordenador.

—Bébete la leche —añadió, haciendo uno de sus habituales cambios relámpago de mentora a madre. Hermione sonrió y sorbió un buen trago.

—¿Qué dice Ron del gran cambio en tu vida?

Hermione se limpió el bigote de leche.

—En realidad no dijo nada. Se perdió en la confusión de nuestra ruptura.

—¡Hermione Jean Granger! —Su madre depositó el bollo sobre la bandeja—. ¿Por qué no me has llamado? Ay, Dios, he metido la pata, ¿verdad? ¿Cuándo ocurrió?

—No sabía cómo sacar el tema, así que me alegro de que me lo hayas preguntado. Rompimos antes de Navidad. Yo ya lo había decidido y él también intentaba decirme que había conocido a otra persona. No fue muy desagradable.

Los ojos castaños claros de su madre se oscurecieron, como si el sol se hubiera ocultado tras las nubes.

—Lo siento mucho. Has renunciado a tantas cosas por él.

Hermione le dirigió a su madre una mirada sardónica.

—Pues si me prometes que no dejarás que se te suba a la cabeza, te diré que tenías razón en lo que decías de él, y en lo de mudarme y aceptar el trabajo en LB.

La mirada fija de su madre estaba teñida de tristeza.

—Me hubiera gustado equivocarme, ¿sabes?

—Lo sé. Pero te aseguro que me siento de fábula. No me he sentido tan bien desde que estuve en la universidad.

—Pero hay algo que no me has contado. Presiento que hay un secreto por ahí. —Mordió el bollo y observó a Hermione.

Hermione se quedó boquiabierta.

—Lees los pensamientos. No es justo.

—No puedo leer todos los pensamientos, sólo los tuyos. Y los de tu padre.

—Lo sabía. Sí, hay algo más.

Hermione no sabía cómo empezar y en la larga pausa, Jean dijo:

—Ya sabes que puedes contármelo todo.

—Bueno, ¿te acuerdas que te conté que el fin de semana de Acción de Gracias estuve con Cissa Black?

Su madre asintió con rostro impasible, casi como si adivinara lo que se avecinaba.

—Ocurrió algo. —Hermione cerró un momento los ojos—. No fue gran cosa, pero lo suficiente para darme cuenta de que prefiero a las mujeres. —

Contempló el rostro impertérrito de su madre y contuvo el aliento.

—¿Estás segura, chérie? —Hermione percibía la intensidad de la mirada de su madre—. ¿Crees que puedes elegir?

Hermione se mordisqueó el labio inferior y suspiró.

—Ay, no lo sé. Claro que puedo elegir, claro que puedo decidir no responder a mis impulsos. Pero lo que no puedo hacer es controlar esos impulsos, ni sentirme como me siento cuando pienso en ella. No elegí desear a una mujer como lo hago. —Se tapó un momento los ojos con las manos y miró a su madre—. No lo elegí, pero puedo elegir cómo reaccionar ante esto.

—Y… ¿cómo lo harás?

—Quiero… quiero probar el fruto prohibido. —Sonrió arrepentida cuando se dio cuenta de que hablaba como una victoriana—. Es probable que lo adopte como régimen habitual.

Su madre suspiró con cierta tristeza.

—Y deduzco que estás bastante segura de que no te va a dar urticaria.

—Una sonrisa asomó por la comisura de la boca.

Hermione empezó a contestar, contuvo el aliento, se dio cuenta de que se le calentaban las mejillas sólo con recordar.

—No me lo digas, está escrito en tu cara. Fue fabuloso —dijo su madre.

—Creo que habría sido fabuloso si realmente hubiera pasado algo. —Hermione se rio con sarcasmo—. Si no con Narcissa, entonces con otra… mujer. Esa es la cuestión. Que a partir de ahora las mujeres formarán parte de mi vida. Te dije que fui a una cena de Navidad y dejé que pensaras que había ido con Ron; lo siento, no quise mentirte, pero prefería decírtelo cara a cara.

—Lo entiendo, no te preocupes.

—Es verdad que fui a una cena, pero de lesbianas. Nos divertimos muchísimo y conocí chicas nuevas.

—¿Y qué pasa con Cissa Black?

—No creo que vuelva a verla —repuso Hermione—. Yo estaba asustada y ella sigue llorando la muerte de su amante.

Su madre asintió.

—Ah, es verdad. Me había olvidado de que su amiga había muerto. Bueno, obviamente era algo más que una amiga. Fue su amor, su representante, su administradora. Ella nunca hizo demasiado hincapié en su sexualidad. La mayoría de la gente lo olvida, supongo.

—De todos modos —prosiguió Hermione—, dijo que no estaba preparada.

—¿Seguro?

Hermione miró a su madre avergonzada.

—Mamá, sí que estaba preparada. Y sigo estándolo. Nunca he estado tan preparada.

Su madre le sonrió con afecto. El sol volvió a asomar a sus ojos.

—Querida, no voy a mentirte diciéndote que no me sorprende. Tu padre tendrá que acostumbrarse a la idea, pero no quiero que tengas la menor duda: te quiero y tu padre también. Y me alegra que estés viva y despierta, y que seas consciente de lo que eliges. Incluso aunque no la vuelvas a ver, habrás despertado. Sabía que te faltaba algo, querida.

—A Jean se le quebró la voz —No sabía cómo ayudarte a encontrarlo. Y deseaba tanto que lo hicieras.

—¡Vaya! —exclamó Hermione—, me vas a hacer llorar. —Se enjugó los ojos con una servilleta.

Su madre se aclaró la garganta y añadió:

—Recuerdo que la primera vez que me enamoré me sentí igual que tú. No podía elegir, sentía lo que sentía. Quería a ese hombre y punto. Y fue la aventura más apasionada y desvergonzada que he tenido nunca.

—¿Y qué pasó? —Hermione se secó los ojos por última vez y se concentró en su madre.

Jean sonrió y se echó hacia delante en actitud confidencial.

—Pues mis amigos me dijeron que ese hombre sería mi ruina, que aplastaría todos mis impulsos artísticos y me daría una vida de lo más aburrida. Y sus amigos le dijeron que yo sería su ruina, que por mi culpa lo acusarían de izquierdista y no progresaría en su carrera. —Sacudió la cabeza con tristeza—. Al final…

—¿Qué? ¿Qué pasó? —Hermione quería saberlo todo sobre ese capítulo de la vida de su madre.

—Pues, ¿qué podía hacer? Como has dicho, no podía elegir no sentir lo que sentía, pero sí podía decidir si responder o no a esos sentimientos. Así que me casé con él.

Hermione se echó hacia atrás en la silla.

—Estás hablando de papá —dijo, arrugando la nariz—. No es justo. Todo el mundo sabe que tu matrimonio es perfecto.

—Te equivocas si piensas que siempre ha sido perfecto. O que la perfección es fácil. Nos costó mucho, créeme. Por suerte puedo trabajar en cualquier sitio, lo que me ha permitido acompañarlo a todas partes. —Se inclinó hacia delante para acariciar la mano de Hermione—. Pero mira qué obra de arte tan maravillosa hemos creado.

Hermione se sonrojó y las lágrimas volvieron a asomar a sus ojos.

—Gracias.

—Espero que seas feliz, querida. Siempre lo he deseado.

—Se echó hacia atrás y agitó una mano con displicencia. —Y Ron no iba a hacerte feliz.

No era la primera vez que Hermione envidiaba el don de su madre: expresar mil palabras con un simple gesto. A partir de ese momento, su madre pareció conformarse con saborear el desayuno y charlar sobre su vida en Lisboa. Hermione terminó el bollo y se comió unas fresas.

—Bueno —dijo su madre enérgicamente—, ¿qué piensas hacer mientras me paso el día yendo de galería en galería y mientras me agasajan en cada esquina?

—No lo sé. Me gustaría dar un paseo en coche por los alrededores para conocer la región. El cielo es tan grande. Y no esperaba ver tantos árboles.

—Alquila un coche por el fin de semana, yo invito. Ya sé que me has dicho que no me preocupara por lo de Navidad, pero no puedo evitarlo. Busca un sitio divertido para que podamos ir mañana, cuando haya acabado con mis compromisos. Me encantaría escuchar un poco de jazz, lo echo de menos. ¿Cuándo te marchas?

—El lunes por la noche. Angela dijo que podía cogerme el día libre, aunque sólo llevo en el estudio un par de semanas. Es una verdadera leona, pero nos entendemos.

—A lo mejor puedo conocerla cuando vaya en febrero.

—¿Vas a ir a San Francisco? —Hermione saltó de alegría.

—¿No te lo había dicho? Ah, claro que no. Tampoco te he contado que van a exponer Las tejedoras en el Museo de Arte Moderno y quieren que haga una gala de beneficencia. Acepté sobre todo para pasar unos días contigo, y pienso quedarme al menos una semana.

—Mi estudio es minúsculo, pero hago un café buenísimo.

—Tonterías, querida, iré a un hotel. Si quieres puedes instalarte conmigo y hacer como que estás de vacaciones. No me apetecía ver a Ron; mejor así. —Su madre calló y después soltó a bocajarro—: Me alegro de que ya no estés con él.

—Yo también —dijo Hermione con una sonrisa.

—De todos modos —prosiguió Jean con su tono enérgico—, si estás… si estás saliendo con alguien, quiero conocerla, sabes. Eso no cambiará nunca.

—Estoy con alguien, pero sólo somos amigas. Me está enseñando de qué va todo, por decirlo de alguna manera. —Su madre se rio—. Ay, me alegro tanto de que vengas a verme. Será fantástico.

—Ahora vete, cariño, que tengo que maquillarme. Pásatelo bien. Nos vemos a eso de las siete, antes del banquete, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. Y no necesitas maquillarte. —Contempló con afecto los ojos castaños y el pelo cano de su madre—. Sólo espero llegar a los cincuenta y tres años tan guapa como tú…

—Fuera —ordenó su madre.