IX.
Audrey acostumbraba salir con muchachos cuyas intenciones nunca eran del todo claras, lo que quizás explicaría por qué aquellas relaciones estaban destinadas al fracaso antes de que siquiera comenzaran. Percy, sin embargo, no se parecía en absoluto a nadie que hubiera conocido. La primera impresión que tuvo de él fue que era muy serio y afectado, pero a medida que pasaban las semanas descubrió que era más agradable de lo que parecía y poseía cierta torpeza que en ocasiones le provocaba una sonrisa involuntaria.
Encontrándose a solas fuera del bar, sin embargo, la inesperada revelación de la muerte de su hermano le hizo darse cuenta de que solo había una razón por la que hubiera decidido sincerarse con ella. Le parecía que era tan evidente que, mientras Percy trataba de explicárselo, lo resolvió interrumpiéndole para decirle que el sábado a la tarde estaría libre.
Retomaron la conversación que habían comenzado en un café.
—Podrías contarme sobre Fred —le sugirió Audrey poco después de que se hubieran sentado a la mesa; habló casi en un murmullo, con el temor de traspasar algún límite, porque él parecía algo tenso—. ¿Eras unido a él?
—No era tan unido a mis hermanos —admitió. Entonces le describió, a grandes rasgos, el escenario familiar: Bill y Charlie, los mayores y más afines entre sí, ya que tenían una edad cercana; por otro lado, los gemelos, que eran totalmente opuestos a él—. Los dos eran revoltosos y disfrutaban hacer bromas, mientras que yo prefería la tranquilidad y un ambiente de silencio —explicó, recordando las discusiones que tenían lugar en La Madriguera—. La mayor parte del tiempo me incordiaban las constantes explosiones en su cuarto...
—¿Explosiones?
—Es una manera de decir —se apresuró a aclarar Percy, porque dedujo por su expresión que aquello no era normal entre los muggles, y procuró no mencionar la magia al describir algunas de las travesuras de Fred. «Tuvimos un momento de conexión antes de que muriera», pensó, pero no habría podido decirlo en voz alta porque era precisamente el tipo de pensamientos que prefería evitar.
Audrey lo escuchaba en silencio. Podía intuir el dolor que debía esconderse tras sus palabras, por lo que decidió que lo más apropiado sería cambiar de tema para no continuar profundizando en él. Mientras bebía su café, le indagó acerca de su experiencia escolar en aquel misterioso colegio al que le contó haber asistido.
—Apuesto a que eras un estudiante modelo —adivinó, porque no podía concebirlo de otro modo—. Nunca rompías las reglas.
—Tenía que ser un ejemplo para mis hermanos.
—Esa es mucha responsabilidad. —No pudo evitar recordar a su propio hermano, Luke, que había tenido que encargarse de su cuidado a pesar de ser solo unos años mayor que ella—. Yo era una buena estudiante, pero un poco distraída. Supongo que sigo siéndolo.
Mientras conversaban, Percy finalmente se atrevió a preguntarle sobre la mariposa azul que tenía tatuada en la piel. Solo la vio una vez, pero no había conseguido olvidarse de ella, aunque no comprendía por qué. Hacía tiempo había dejado de intentar buscar una explicación a las extrañas sensaciones que la joven despertaba en él, pese a que lo frustraba no poder mantenerlas bajo control.
—¿Quieres saber por qué me hice el tatuaje? —Audrey fingió pensarlo por un momento—. Tal vez te lo cuente en la próxima cita —declaró, sorprendiéndolo. Todavía no estaba segura de si Percy realmente le gustaba, pero estaba dispuesta a comprobarlo, por lo que no dudó en aceptar su propuesta de acompañarla de regreso a casa.
Salieron del café y, mientras caminaban, Audrey permanecía muy cerca de él, rozando apenas su mano con la suya. Su lenguaje corporal la dejaba en evidencia y Percy no tardó en percatarse de ello, aunque no mutó de expresión hasta que llegaron al umbral de la puerta del departamento. Entonces se detuvo y, luego de echar un vistazo a su alrededor para comprobar que no hubiera nadie más en el pasillo, le rodeó la cintura con el brazo y la estrechó contra sí.
—¿Puedo besarte, Audrey? —le preguntó con aquella diplomacia que lo caracterizaba.
Ella sonrió, porque lo había estado esperando.
—Sí.
Estaba segura de que recibiría un beso sobrio y moderado, pero no tardó en descubrir cuánto se equivocaba. Tuvo que ponerse en puntas de pie para poder alcanzar su altura y rozó sus labios con los suyos; fue entonces cuando la besó con un ímpetu tan impropio de él que la tomó desprevenida. Sintió que un leve pero agradable cosquilleo recorría su cuerpo. Dejándose llevar por aquella sensación, deslizó sus manos hasta llegar a su nuca, enredando su pelo rojo entre los dedos mientras profundizaban el beso.
Al día siguiente, Diana apenas podía dar crédito a lo que oía cuando se lo contó.
—¿Te pidió permiso para besarte? ¿Sabe en qué siglo estamos?
Audrey rió y su amiga notó que un ligero rubor cubría sus mejillas.
—¡No me digas que te gustó!
