En la clase de pociones había un hecho recurrente: al comenzar a trabajar sobre el caldero, a Potter invariablemente se le empañaban las gafas. Maldito inútil, capaz de derrotar a Voldemort pero no de hacer un sencillo encantamiento anti empañamiento. Con un deje de impaciencia, se quitaba las gafas para limpiarlas de mala manera con la túnica, pero claro, al volver a ponérselas volvía a ocurrir.

Había días en los que Hermione, harta de verle perder el tiempo con tanta limpieza, le echaba la bronca y el hechizo necesario. Otros días, Draco, con disimulo, le echaba otro hechizo que impedía limpiarlas, y disfrutaba viendo a Potter intentándolo en vano.

Una mañana, Potter apareció en clase sin gafas. Los ojos verdes resaltaban mucho más en la cara morena. Al llegar a la parte práctica y ponerse sobre el caldero, Harry levantó la mirada, con una sonrisa muy Slytherin, y le pilló completamente con las manos en la masa, o más bien devorándolo con los ojos.

Esa fue la perdición de Draco, el verde, que normalmente las gafas ocultaban. Apretando los dientes volvió a su poción, rabioso. Maldito Potter, malditos ojos, maldita sonrisa, maldito trasero duro y compacto bajo la túnica, malditas manos que deseaba bajo su propia túnica.

La clase se le hizo eterna, podía sentir los ojos de Potter clavados en su coronilla, ya que se mantenía con la cabeza gacha y la mirada fija en el caldero para evitar encontrarse con la suya otra vez. En cuanto Slughorn les autorizó a recoger y salir, se apresuró a salir de la clase, recogiendo sus cosas de cualquier manera en su mochila. Avanzó por el pasillo evitando compañeros, todavía con la cabeza gacha, hasta llegar a la sala común de Slytherin y ponerse a salvo en su habitación.

Maldito, maldito, maldito, murmuraba entre dientes, mientras dejaba las cosas de cualquier manera sobre la cama y se iba quitando la ropa de camino a la ducha. Para cuando abrió el grifo del agua fría y se metió debajo, estaba tan duro que bastó con un toque para terminar, a pesar de la lluvia de agua congelada.

Apoyó la frente en la pared mientras trataba de regular el agua para que saliera caliente. Rabioso todavía, se preguntó cómo lo iba a hacer, a partir de ese momento, para ir a clase sin pasar por la vergüenza de caminar a todas horas con una erección bajo la túnica.

Lo intenté, pensaría Draco tiempo después, de veras que lo intenté. Se cambió de lugar, para quedar a la espalda de Potter; Potter cambió su caldero de sitio para ponerse de frente. Se puso él mismo de espaldas; Potter volvió a moverse para ponerse de frente. Trató de ignorarlo, pero era imposible. Hasta de espaldas podía sentir su mirada fija en él.

Una semana después, Draco estaba molesto. Tenía todo el cuerpo como irritado y le dolía el cuello de andar mirando hacia abajo para evitar los malditos ojos verdes. El domingo, liberado de tener que ver a su pesadilla de pelo revuelto (pero sexi, por Merlín, ya hasta la vista de ese espanto le ponía a cien), Draco decidió darse un paseo hasta el lago. A solas, para desentumecer el cuerpo y tratar de pensar en cómo salir de aquella molesta situación.

Estaba tumbado, con los ojos cerrados, disfrutando del sol de otoño, cuando sintió a alguien dejándose caer a su lado. "No por favor, no" pensó, sin abrir los ojos.

— Hola Malfoy.

"Oh, Morgana, no no no nooooooo" pensó, sin alterar el gesto.

— Sé que no estás dormido.

— Déjame en paz, Potter —Le gruñó, con los ojos cerrados, concentrado en contener las reacciones de su cuerpo traidor.

— ¿Me estás evitando?

— No seas tan engreído, Potty, no eres el centro del mundo —Le volvió a gruñir, con los dientes apretados.

No hubo respuesta. Pasaron cinco minutos sin un sonido y Draco se relajó, cometió el error de abrir los ojos. Junto a él, mirando al lago pensativo, se sentaba su tortura personal. Volvió a cerrar los ojos, decidido a ignorarlo.

—¿Vas a ignorarme hasta que me vaya?

Joder, y eso que Severus decía que lo suyo no era el legeremens.

— ¿Qué quieres, Potter? además de amargarme la vida —masculló.

— ¿Tan malo sería que me apetezca hablar un rato contigo?

— Sospechoso si acaso.

Potter bufó sonoramente.

— Llevas toda la semana actuando raro ¿y lo sospechoso es que yo quiera hablar?

— Yo no actúo raro.

Escuchó una carcajada seca y sintió a Potter tumbarse a su lado. Entreabrió un ojo y lo vio, tumbado de costado, con la cabeza apoyada en la mano, mirándole. Con las gafas puestas. Con un suspiro, se sentó, con intención de levantarse y marcharse, pero una mano le agarró del brazo.

— Por favor… —Draco dejó de resistirse y dejó caer el cuerpo sentado otra vez, las rodillas abrazadas con los brazos, el mentón entre ellas —¿vas a negarme que llevas una semana que me rehuyes?

Por toda respuesta, Draco negó con la cabeza sin mirarle. No era seguro, ni aún con las gafas, podía sentir el cuerpo hormigueando otra vez. Toda su disciplina Malfoy estaba siendo insuficiente, por eso aumentó el agarre de los brazos alrededor de las piernas.

— Draco, ¿me miras al menos?

— No me llames por mi nombre, Potter, no somos amigos —Le contestó, con el tono arrastrado de la infancia, sin mirarle.

— ¡Por que tú no quieres! —Se enfadó Potter— Llevo meses intentando llamar tu atención. ¿O crees que no se hacer un hechizo desempañante? Por Merlín, me pasé el año pasado viviendo al aire libre huyendo, no soy tan inútil como piensas.

Draco se giró a mirarlo, con la boca abierta y todo de la sorpresa.

— ¿Espera, qué? —consiguió articular.

Y en ese momento, Potter aprovechó la oportunidad de que Draco lo miraba por fin de frente. Le pasó la mano por la nuca y se lanzó a darle un beso. Brusco y con la boca cerrada, pero un beso al fin y al cabo.

Cuando se separaron, con una sonrisa de triunfo, Harry murmuró un hechizo, así sin varita ni nada, que le quitó rápidamente el vaho de las gafas, dejando de nuevo a la vista sus ojos, verde Slytherin, el color preferido de Draco