La reina de mis caprichos
- ¡Buenos días, William!
- ¡Buenos días, tía Elroy!
- ¡Buenos días, Albert!
- ¡Buenos días, Candy! -Me esforcé en sonreírle natural. La onírica imagen de ella, abierta de piernas sobre el altar, volvió vívidamente.
- ¡Buenos días, tío!
- Archie -Al pasar por su lado, palmeé amistosamente la espalda de mi último sobrino de sangre.
- ¡Buenos días, Sr. Andrew!
- ¡Buenos días, Annie! -Reverencié con un ademán y otra forzada sonrisa. En aquel momento lo que menos me sentía era un Señor-. Por favor, llámame Albert.
- Está bien Sr. Albert -respondió mientras tía Elroy murmuró algo inaudible que preferí ignorar.
Los días, eran de todo, menos buenos.
Después de la noche que había pasado, soñando y recuperando recuerdos, volviendo a soñar y vuelta a recordar... Apenas habría dormido un par de horas. Me sentía un escombro.
Pasé las hojas del diario disimulando mi desgana, mirando sin mirar, sumergido en las imágenes que reiteradamente asaltaban mi mente. Por más que luchaba contra ello, no podía evitar ver a Candy cabalgando desbocada y extasiada sobre el regazo de Terry. Había sido tan solo un sueño, pero la sensación ¡Había resultado tan real!
Una idea no dejaba de asediarme... Sí, yo había encontrado a Candy llorando, avergonzada de ser descubierta y de haberse sentido ilusionada. Sí, sus reacciones parecían indicar que ella me amaba, pero si lo pensaba fríamente, las mías también podían dar esa impresión... ¿A quién quería engañar? ¡Efectivamente! Daban esa impresión... Sin embargo, yo mismo no estaba, en absoluto, seguro de cómo me sentía realmente con respecto a ella.
Creía que la podía hacer feliz, eso sí. Quería protegerla, también. Me sentía bien con ella, era con quien más a gusto me encontraba. A su lado todo parecía fluir más llevadero y fácil. Pero, ¿Realmente la amaba? ¿Y ella a mí? ¿Y si ella también estaba confundiendo las cosas? Ella era joven, entusiasta y sus dos anteriores amores habían terminado mal. Bueno y del fin del último, tras su exclamación en el mirador, no estaba tampoco convencido. Quizás el sueño quisiera alertarme sobre esto.
- Si me disculpáis, hoy no tengo demasiado apetito. Con vuestro permiso me retiraré a mi despacho para revisar unos asuntos pendientes. Si no os importa, preferiría que nadie me molestara durante esta mañana. Con permiso -Me levanté ante las sorprendidas caras de los presentes-. Archie, sobre lo que me comentaste ayer, mejor hablamos más tarde, pero en principio ya sabes que cuentas con todo mi apoyo -referí a su reciente decisión de cursar el resto de sus estudios en la Universidad de Massachusetts. Faltaban ultimar los detalles con respecto a su alojamiento y manutención. Teníamos una pequeña finca en Boston, que debería reacondicionarse pero podía ser más que suficiente para mi sobrino.
Aún no les habíamos comunicado nuestro reciente compromiso, así que al pasar junto a Candy, con discreción le susurré- Necesito estar tranquilo un rato, luego nos vemos ¿Sí? -Candy simplemente asintió sonriéndome. Y yo salí a refugiarme en la seguridad de mi despacho.
Otra cosa que me preocupaba era Victoria o Vicky, como había recordado nombrarla... Ahora sabía que ella era aquella enfermera, de la que alguna vez hablé por carta a Candy. Efectivamente, ella me ayudó a superar mi decepción con Felicity.
Tras acabar mis estudios de medicina y el desplante de Felícity, había vuelto por un tiempo a Chicago. Pero no quería ver a nadie y menos aún al Consejo, que no dejaba de presionarme. En aquel entonces, yo estaba loco por Felicity y la tentación de presentarme ante ella, con mi verdadera identidad, era muy fuerte. Pero las palabras de mi difunta hermana y la forma en qué ella luchó por mi cuñado, que la correspondió de igual modo, siempre me acompañaban.
Yo, también quería que me quisieran de ese modo. Por como era, sin importar lo que la vida me hubiera regalado. Porque eso no era yo, eso no lo había elegido y, por tanto, nada podía asegurarme que no lo perdiera algún día. Si así era, lo único que conservaría sería lo que yo realmente hubiera construido y, eso, debía incluir a la persona que permaneciera a mi lado para formar una familia.
Así que, al poco tiempo, volví a partir, esta vez hacia Francia donde permanecí por un tiempo. Sin embargo, una serie de sucesos me demostraron que allí tampoco lograría las respuestas que buscaba. Y regresé a América, refugiándome y ocultándome como un cobarde, en la antigua olvidada mansión del bosque.
Entonces apareció Candy. Una pobre niña aterrada, que rescaté de su caída por la cascada, y que, mientras la secaba y acomodaba frente a la lumbre, pude reconocer. Ella era la misma niña que había encontrado años antes llorando, con el mayor sentimiento que jamás haya contemplado, en una de las colinas cercanas a nuestra propiedad. Y luego las cartas de mis sobrinos, pidiéndome que la adoptara, explicándome las injusticias a las que estaba sometida. La muerte de Anthony y el encontrarla llorando y sufriendo por él, tanto como yo sentía en mi interior.
No quería encariñarme con nadie más. Todos morían o se alejaban de mí. Pero con Candy, me tuve que rendir. La había conocido directamente y sentía que lo que me explicaban mis sobrinos, sobre ella, era verdad. Ella había conquistado sus corazones y decidí empezar a hacer algo que no fuera tan solo por mi mismo, la adopté. Aquello también me sirvió para empezar a comprobar cuanto poder tenía yo realmente frente al consejo.
Efectivamente, se hizo como ordené. Y cuando me había planteado claudicar a la solicitud del Consejo para presentarme, Anthony murió.
Otra vez el destino se empeñaba en arrebatarme lo que más quería. Uno de los motivos por los que iba a descubrir mi verdadera identidad era precisamente mi deseo de poder estar con él. Anthony era todo cuanto me quedaba de mi familia directa. No quería permanecer más tiempo separado de él. Moría por poder compartir mis recuerdos de Rosemary con él, tal como hiciera ella misma respecto a nuestros padres, por verle crecer, por verle feliz, por sentir que, al fin, tenía una familia que me pertenecía y de la que no había de ocultarme más.
Su muerte acabó de devastarme, pero ya no podía llorar más. No quedaban lágrimas en mis ojos. El mundo que me rodeaba, todo para lo que me había preparado desde niño, volvía a perder su sentido ¿De qué iba a servir en ese momento que me presentara? Podía seguir dirigiendo los negocios familiares y ordenando en el anonimato, mientras procuraba descubrir realmente qué quería en mi vida. Porque cada vez que creía tenerlo claro, el mundo se empañaba en desmontarme los esquemas que yo creía firmemente cimentados.
Decidí que cuidaría de Candy como si fuera mi propia sobrina, porque era lo único que podría hacer para honrar la memoria de mi sobrino. La envié al Royal Saint-Paul para que se convirtiera en una dama, fortaleciera su carácter y dispusiera de las mejores oportunidades cuando fuera mayor de edad.
Continuará...
