El resto del camino había resultado mucho más relajado y agradable, pues el Santo de Oro se las ingeniaba para sacarle conversación al dios e incluso consiguió arrancarle unas sonoras carcajadas.
Apolo no sabía que le sucedía, normalmente sus hermanas no conseguían sacarle más que monosílabos o frases secas y nunca nadie lo había hecho reír tanto como el de Leo.
Tal vez era su peculiar sentido del humor o el mero hecho de ser él.
Era la primera vez que se hablaban, pero al menos Apolo, nunca se había sentido tan en confianza con alguien, ni siquiera con su padre o con Artemisa.
Tan absortos se encontraban en su conversación que ni siquiera notaron lo cerca que estaban de la casa de Piscis hasta que Aioria se chocó sin querer con una columna, haciendo que cayera sobre su trasero, sobándose la frente.
- ¡Aioria! - Rápidamente el Pelirrojo corrió a ayudarlo - ¿Te encuentras bien? - Preguntó preocupado mientras lo ayudaba a levantarse.
- Sí, estoy bien - El muchacho sonrió - Me he estrellado contra cosas mucho más duras que una simple columna - Bromeó sacándole una risita al otro.
- Aioria - Una voz muy conocida sonó desde el interior de la casa y ambos hombres voltearon para encontrarse a cierto Peliceleste mirándolos.
- Ah, hola Afrodita - Por su parte el castaño sonrió ampliamente... Y Apolo pudo percibir perfectamente el intenso sonrojo y la sonrisita que atravesó el rostro del Pisciano al ver aquello - Disculpa si interrumpimos algo
A la característica velocidad de un Santo de Oro, la sonrisa sonrojada de Afrodita fue reemplazada con un ceño fruncido ¿Interrumpimos?
Miró por encima del hombro de su compañero de armas y sólo hasta entonces notó que no venía solo, junto a él venía Apolo, el dios del Sol y hermano mayor de Artemisa, su ceño se frunció más.
¿Qué hacía SU Aioria con ese Pelirrojo?
Decidió tratar de ignorarlo.
- Buenas tardes, Aioria - Afrodita correspondió con una sonrisa mucho más tranquila y que pretendía ser seductora, Apolo por su parte frunció profundamente el ceño, toda la relajación y comodidad que la presencia del León dorado le inspiraba desapareció como por arte de magia, siendo reemplazada por una inexplicable irritación en contra del Caballero de las Rosas, quien por su parte, le devolvió la mirada... Desafiante.
- ¡Casi lo olvido! - Su batalla de miradas se vio interrumpida por el efusivo moreno, quien completamente ignorante de la creciente tensión, sujetó el brazo de Apolo y lo arrastró hasta acercarlo a su compañero - Apolo, él es Afrodita de Piscis, Afrodita, él es el dios Apolo... Se va a alojar conmigo en la casa de Leo durante 7 semanas.
Las últimas palabras del menor le cayeron a Afrodita como un balde de agua helada.
Desde que su mirada se encontró con la del dios Afrodita había sentido un desagradable escalofrío recorrerle la espalda, uno completamente opuesto a la descarga de placer que sentía cuando cierto Oji-verde lo tocaba aunque sea por casualidad.
Una extraña repelencia hacia el Olímpico a la vez que un deseo de sujetar a Aioria y alejarlo lo más posible de aquél intruso.
Intruso que ahora iba a vivir con Aioria, su príncipe moreno.
El Peliceleste extendió la mano con su rostro de muñeca carente de emoción alguna, gesto que el Pelirrojo correspondió con su propio rostro en blanco. Ambos hombres estrecharon sus manos en un saludo que era cualquier cosa menos amistoso.
- Bienvenido al Santuario, dios Apolo - El Oji-cian no pudo evitar que un toque de sorna mezclada com repulsión tintara imperceptiblemente sus palabras.
- Me alegra estar aquí, Afrodita - Ninguno dijo nada más, pero se comprendían perfectamente, sabían muy bien lo que el otro pensaba.
"Él es mío"
"No te lo dejaré tan fácilmente"
"Yo llegué primero"
"Yo seré quién se quede"
Después de esa ínfima discusión visual, el dios y el Santo de Oro soltaron sus manos, con unas visibles marcas rojizas marcando los dorsos y palmas de ambos.
Por su parte, el encantador Oji-verde río nervioso.
¿Acaso me perdí de algo?
¿Por qué de repente Apolo y Afrodita se miraban como si quisieran matarse?
- ¡Bien, bien, bien! - La atractiva voz del leonino captó la atención de los contrarios - Tenemos que irnos, Afrodita, la casa de Leo aún está un poco lejos y Athena me pidió que le diese un tour a Apolo por las doce casas - Aioria le dedicó una sonrisa amistosa a Apolo, quien sonrió levemente con un tenue rubor en sus mejillas - Vamos, Apolo. Nos vemos, Afrodita - Esta vez el castaño le sonrió al Peliceleste, cuya expresión se volvió similar a la del Pelirrojo.
- ¡Nos vemos, Aioria! - Se despidió alegremente el Pisciano y con una inclinación de cabeza se despidió del Dios, quién sólo correspondió el gesto más por educación que por cualquier cosa.
Apolo supo en ese momento que no tendría las cosas tan fáciles.
Ya había conocido a su primer rival en la lucha por el corazón del León Dorado.
