Capítulo 18: El principio del fin

La búsqueda de Tomo, la estrella de Seyriu comenzó. Se separaron en dos grupos, Tamahome con Miaka por un lado, y Tasuki con Mitsukake por el otro. El fuego amenazaba con extenderse hacia las demás carpas, así que Miaka y Tamahome revisaron las 3 tiendas que quedaban en pie. Todas estaban vacías.

-"No había nadie más que Nakago y Tomo en el campamento todo el tiempo" - dijo Miaka contrariada.

-"Eso parece. Nos estaban esperando. Yui y los demás deben de haber regresado a Kuto hace tiempo."

-"He fracasado"- dijo ella con pesar -"Os he fallado a todos". -Sus manos cubrieron su rostro lloroso. Ella había caído en la trampa de Nakago y había perdido lo único que le impedía invocar a Seyriu, el tesoro de Genbu. Con todo lo que habían tenido que pasar para obtenerlo, para nada. También sintió que había decepcionado a Tatara, no pudo cumplir su promesa de recuperar el tesoro de su amada Suzuno. Y para colmo, casi había sido violada delante del hombre al que amaba. Su moral estaba por los suelos.

Tamahome no sabía cómo consolarla. Él también se sentía culpable por haberse dejado arrastrar por la ilusión de una vida con ella, por no haber cuestionado una falsa realidad que él deseaba tanto.

-"No te castigues así. Siempre tiendes a poner todo el peso sobre tus espaldas. Saldremos adelante, siempre lo hacemos."-intentó animarla en vano.

-"¡Chicos lo hemos encontrado!"- la voz de Tasuki sonó a victoria y para Miaka fue como música para sus oídos. Por fin podían acabar con uno más de Seyriu.

Tamahome y la sacerdotisa corrieron hasta donde estaban sus compañeros. Mitsukake había transportado el cuerpo de Chichiri inconsciente hasta allí. Sentado, apoyado sobre una roca, escondido entre unos matorrales se encontraba Tomo, al igual que Chichiri, inconsciente.


-"No podrás contra mí, monje. Aunque es la ilusión de Tamahome, ha sido creada por mí. Yo la domino."

Tomo rió y seguidamente su pelo comenzó a crecer, y sus largas cabelleras se transformaron en resistentes lianas. Chichiri se temió lo peor. Sabía que si moría en la ilusión, también moriría su cuerpo en el mundo real. Decidido, agarró su bastón y lanzando unos hechizos cortó las extensiones de la cabeza de su rival. Sin embargo, éstas crecían de nuevo una y otra vez, hasta que atraparon su cuerpo, estrangulándolo. Chichiri no aguantaría mucho más, solo le quedaba confiar en que Tamahome y los demás encontraran a Tomo y terminaran con su vida para poder romper la ilusión.


-"¡Yo lo haré!"- dijo Miaka decidida ante el asombro de sus guerreros.

-"¿Estás segura?"- preguntó Tamahome. -"Por mucho que lo odies, estamos hablando de matar a una persona, y además desarmada".

Miaka asintió.

-"Tasuki, déjame tu cuchillo."

El bandido sacó su daga de la funda colgada de su cintura y se la entregó. Miaka la agarró con sus dos manos y la acercó lentamente hasta el pecho de Tomo. Sus manos temblaron cuando la punta de la hoja lo rozó a la altura del corazón y se detuvo. Una lágrima delatora se escapó de sus ojos. ¿Por qué ella no era capaz? Ella deseaba venganza, por sus compañeros muertos, por todo el sufrimiento que ellos les habían causado. ¿Era ella tan débil?

De pronto Chichiri comenzó a convulsionar.

-"¡Chichiri está en problemas!"- advirtió Mitsukake. -"¡Debemos hacerlo ya!".

Tamahome puso suavemente sus manos sobre las de Miaka. Ella soltó el cuchillo y Tamahome se hizo cargo, atravesando rápidamente el pecho del guerrero de Seyriu.


Chichiri no podía respirar, los cabellos de Tomo le presionaban el pecho y el cuello, este sería su fin. Pero de repente, el pecho de su enemigo comenzó a brotar sangre a borbotones. Su larga cabellera desapareció y finalmente él también. Todo alrededor de Chichiri se desvaneció y su conciencia viajó por el entramado de ondas hasta que a lo lejos, vió una luz.

-"¡Chichiri!"- la voz de Miaka sonaba en su cabeza.

Por fin, pudo abrir los ojos y pudo ver los rostros preocupados de sus amigos. Se sintió aliviado. Ellos lo habían conseguido, justo a tiempo.

-"¡Menos mal que estás bien!"- Miaka lo abrazó entre sollozos, deshaciéndose de toda la tensión acumulada.


Tras ponerse al día de lo que había ocurrido con Nakago, volvieron a casa de Tokaki y Subaru para descansar. El camino de vuelta lo hicieron en un silencio sepulcral. Nadie quería hablar, porque todos sabían lo que iba a pasar. Simplemente se fueron a dormir, aunque ninguno de ellos pudo pegar ojo esa noche. Los de Seyriu tenían los tesoros de los dioses, y en cualquier momento realizarían la invocación. Habían ganado, y las consecuencias serían nefastas para el país de Konan, y puede que para todo el universo de los cuatro dioses.

Después de algunos días de viaje sin mayores desavenencias, el grupo de Suzaku llegó al palacio de Konan. El emperador Hotohori, quién ya estaba al tanto de todo, los esperaba ansioso. Se sentía increiblemente culpable por todo lo que habían tenido que pasar, y él no había podido hacer nada por ayudarles. La muerte de Nuriko y Chiriko pesaba enormemente en su corazón, y no podía evitar el dolor por no haber podido despedirse de ellos. Cuando los recibió, dió un abrazo a todos y cada uno de ellos, daba gracias a los dioses porque estaban sanos y salvos. Cuando finalmente abrazó a Miaka, ella se fundió en lágrimas entre sus brazos y finalmente se desmayó por el agotamiento mental.


-"¿Cómo lo has conseguido?"- preguntó Yui observando entre sus manos el colgante con el tesoro de Genbu.

-"No te preocupes por eso. Lo que importa es que ya tenemos ambos Shinzhaos y podemos invocar a Seyriu." -Nakago le dio la espalda para dirigirse a sus aposentos.

-"Ella... ¿está bien?"- preguntó Yui tímidamente.

-"¿Aún te preocupa lo que le pueda pasar? Ella es tu enemiga. Estaba dispuesta a abandonarte aquí a tu suerte. De no ser por mí, tú..."

-"Tienes razón"- le interrumpió. -"A ella no le importo lo más mínimo".

-"Prepárate. En breve realizaremos la invocación."

Nakago salió de la habitación de Yui cerrando la puerta tras de sí. Ella, se asomó a la ventana. Era de madrugada, en unas horas amanecería y comenzaría la invocación. Quería dormir un poco y así estar descansada para el rito. Últimamente no dormía demasiado y no tenía idea alguna sobre qué pasaría durante la invocación. Ahora que el momento estaba próximo, tenía miedo. Sabía que Seyriu se le aparecería y que ella tenía derecho a pedir tres deseos. Como Nakago se había portado tan bien con ella cuidándola, le había prometido uno de ellos. Y después de formular el último deseo, ella sería enviada de vuelta a su mundo, pero ¿qué pasaría con Miaka? ¿Ella también regresaría o se quedaría atrapada en el universo de los cuatro dioses para siempre? En realidad no importaba, ya que ella estaría feliz de quedarse con Tamahome. No lo podía permitir.


Miaka se despertó con la luz de la mañana. Algo desorientada, miró a su alrededor. Estaba en su habitación en el palacio de Konan. No sabía cómo había llegado hasta allí, ni cuánto había dormido. Se frotó los ojos y se levantó para refrescarse la cara. Entonces se acordó de todo. Ella se había desmayado y alguien debió de traerla hasta su cama. Salió por la puerta y se dirigió por los pasillos hasta el despacho de Hotohori. Cuando abrió la gran puerta lo vió allí, junto a sus consejeros. Su cara no auguraba nada bueno, ¿realmente iban a perder la guerra?

-"¡Miaka! Estás despierta."- le dijo forzando una sonrisa.

Hotohori hizo un gesto y sus asesores salieron de la estancia, dejándolos solos.

-"No hay ningún plan, ¿verdad?"- Miaka se acercó hasta la enorme mesa, llena de papeles y mapas del país de Konan y alrededores.

-"Has dormido durante dos días, ¿estás mejor? ¿Has comido algo? Tienes que comer para reponer fuerzas..."

-"¿Cuál es la situación?"- Miaka interrumpió su interrogatorio.

Hotohori suspiró y se quedó en silencio un momento. Miró sus papeles y luego a ella.

-"No hay manera de ganar esta guerra. Y sin la ayuda de Suzaku estamos perdidos. Estoy planteando negociar una rendición..."

-"¡De ninguna manera!"- gritó ella. -"¿Vas a entregar tu amado país a ese indeseable? Estoy segura que no planea detenerse aquí, también querrá hacerse con todos los demás países con la ayuda de Seyriu!"

-"No puedo dejar que gente inocente muera en una guerra que no ganaremos." - el Emperador estaba desolado ante la idea.

-"Escúchame Hotohori"- Miaka le agarró las manos. -"Por más que negocies con él, no creo que mantenga su palabra. Ese hombre solo traerá destrucción a este país, y a todos los que se encapriche en conquistar. No tendrá piedad de nada ni de nadie."- La expresión de Miaka era dura y amarga. Hotohori se sorprendió al verla así. ¿Tanto la había cambiado este viaje? Sus ojos ya no brillaban con la inocencia de una niña. Estaban oscuros por el dolor y la sed de venganza.

-"Ella tiene razón, su Majestad."- Tasuki apareció repentinamente, apoyado de brazos cruzados en el marco de la puerta. Miaka lo miró y agradeció tener al menos su apoyo.

-"Resistiremos, lucharemos. Reuniremos un ejército, lo buscaremos hasta debajo de las piedras. Estoy segura que muchos se unirán a nosotros para defender su hermoso país contra las garras de Kuto."- añadió ella.

Hotohori no podía dejar de admirarla. A pesar de todo, ella seguía teniendo ese espíritu entusiasta y una gran valentía.

-"¡Sí! Y yo traeré a los bandidos del Monte Reykaku. ¡Ellos estarán encantados de patear algunos culos!"

La esperanza empezaba a bañar el rostro de Hotohori, cuandoTamahome, Chichiri y Mitsukake se unieron a la pequeña reunión.

-"¿De qué hablais con tanto entusiasmo"?- preguntó Chichiri.

-"¡Bien!"- Hotohori se puso manos a la obra. -"¡Guardias!"

Ante la llamada de su rey, dos guardias hicieron aparición enseguida.

-"Que vengan todos mis asesores, ahora mismo."- ordenó muy serio.

Los guardias obedecieron y fueron en busca de todos los expertos de Palacio. En menos de una hora, todos ellos estaban reunidos en el gran despacho del emperador, junto a las estrellas de Suzaku y la sacerdotisa, preparando un plan para defenderse de la inminente invasión de Kuto. Se acordó que todo civil que supiera luchar podría unirse al ejército imperial de Konan si así lo deseaba para defender su país. Dado que el ejército de Kuto ya había comenzado a atacar aldeas cercanas a la frontera, estimaban que en dos días más llegarían a las afueras de la capital. El tiempo que les restaba era escaso. Por ello, ese mismo día, varios guardias imperiales se dispersaron por las regiones más cercanas a la capital para reclutar todos los soldados que pudieran. Tasuki también se marchó para reunir a sus hombres, Mitsukake se encerró en la botica para hacer inventario y preparar medicamentos necesarios para atender a los posibles heridos en la batalla. Chichiri se aisló para meditar y así perfeccionar ciertas técnicas mágicas. Miaka también quiso aprovechar el tiempo y fue en busca de su arco y flechas a su habitación. Cuando pasó por la habitación de Tamahome, la puerta estaba abierta. Se asomó y lo vió empacando una bolsa de viaje.

-"¿Te vas?"

Tamahome se sobresaltó. Dejando lo que estaba haciendo, se dirigió hasta ella.

-"Sí. Tengo que poner a mi familia a salvo."

Hubo un silencio. Miaka sabía que el pueblo natal de Tamahome estaba lejos de la capital y estaba a solo unas pocas aldeas después de la frontera con Kuto. No le daría tiempo a regresar y quizá se encontraría con los soldados de Kuto en el viaje.

-"Regresaré aquí en cuanto ellos estén a salvo. Lo prometo. Esto no es un adiós."

Los ojos de Miaka se humedecieron pero aguantó sus lágrimas. Ella entendía su decisión, no podía ser tan egoísta como para pedirle que se quedara a su lado. Tras la derrota contra Nakago, la invocación ya no era posible, ellos ya no tenían el deber de protegerla. Tamahome estiró su brazo y puso su mano sobre su mejilla.

-"Estarás bien. Sabes que siempre te amaré, pero a partir de ahora, tendré que confiar en que Tasuki cuidará de ti."

-"¿Tasuki?"- preguntó extrañada.

-"No me digas que aún no te has dado cuenta"- dijo tras soltar una carcajada agridulce. Miaka lo miró arqueando una ceja. -"Él está loco por ti".

-"Eso no es cierto, él me dijo que..."

-"Él es un cobarde que tiene miedo de afrontar sus sentimientos..."- le interrumpió frunciendo el ceño. -"... ¡y un completo gilipollas! Pero lo amas, y él te ama a ti."

Miaka permaneció de pie con la boca abierta durante un largo rato mientras Tamahome terminaba de empacar sus cosas. Antes de salir por la puerta, él se detuvo frente a ella y ambos se miraron con el amor que antaño habían compartido y casi por inercia, sus labios se juntaron para darse un último beso.

-"Hasta la vista, mi amor"- pronunciando estas últimas palabras, Tamahome se marchó.

Miaka se quedó con la sensación de que jamás volvería a verlo de nuevo, y eso la entristeció. A pesar de que ya no lo amaba como antes, en cierto modo seguía queriéndolo. Al fin y al cabo, él había sido su primer amor.


Mientras tanto en el palacio de Kuto, Nakago fue a ver al rey. En sus aposentos, el máximo mandatario de Kuto no mostraba vergüenza alguna, y recibió a Nakago mientras yacía en la cama con dos doncellas casi desnudas, una a cada lado.

-"Dime Nakago, ¿está todo listo para la ceremonia de invocación?"

-"Así es su Majestad"- Nakago se inclinó y agachó la cabeza para mostrarle sus respetos. -"En breve será realizada".

-"Bien, bien. Gracias a ti no necesitamos la ayuda de Seyriu para ganar esta guerra, pero recuérdale a la chica que debe pedirle al dios que me haga el hombre más rico y poderoso del mundo y gobernaré todo el Universo de los Cuatro Dioses. Por supuesto, tú serás mi mano derecha, como hasta ahora y serás el siguiente en la sucesión al trono, como te prometí. Te lo has ganado muchacho."- el rey sonrió orgulloso a sus doncellas.

-"¿Lo ha puesto por escrito, su Majestad?".

-"Por supuesto, acabo de firmarlo ahora mismo" - el rey sacó del cajón de su mesilla de noche un papel firmado y Nakago se acercó para cogerlo. -"Ven a verme cuando terminéis con la invocación." - ordenó.

Nakago le dió la espalda y avanzó alguno pasos hacia la puerta de salida. Una siniestra sonrisa se dibujó en su rostro mientras miraba el papel entre sus manos. De pronto se giró y miró al rey de nuevo.

-"¿Querías algo más?" - le dijo el rey ansioso por quedarse a solas con las doncellas.

Nakago estiró su brazo al frente y entrecerró sus dedos. El rey sintió cómo si algo le oprimiera el cuello y a duras penas podía respirar.

-"Nakago..."- suplicó con dificultad. -"¿por qué...? traidor... yo te he criado..."- la presión era cada vez mayor y ya no llegaba aire a sus pulmones. De pronto, dejó de luchar, y su cuerpo se quedó inmóvil, sus ojos permanecieron abiertos y una expresión tensa se quedó en su rostro.

Las doncellas, asustadas, se cubrieron el cuerpo con algunas sábanas y salieron rápidamente de la cama para intentar huir. Nakago no les concedió piedad alguna y les dirigió unos rayos de luz azul que emergieron de su mano, acabando así con la vida de ambas muchachas.

Sin mostrar ningún tipo de emoción, Nakago salió por la gran puerta de la habitación del recién fallecido rey, agarrando fuertemente el documento que le otorgaba la sucesión al trono e hizo un gesto con la cabeza a los dos guardias que custodiaban la entrada. Ellos asintieron y entraron para retirar los cuerpos.

Los recuerdos asaltaron la mente de Nakago. Efectivamente el rey de Kuto había sido un hombre sin honor. Tras heredar la corona de su padre, se dedicó a vivir bien y a las mujeres. Su ejército era el más grande y poderoso de las cuatros naciones, y durante años había cerrado los ojos ante los abusos de sus soldados, que saqueaban aldeas y secuestraban a mujeres y niños. Cuando Nakago era un niño, su madre fue violada por uno de esos soldados ante sus inocentes ojos. Cuando el rey miró a aquel niño rubio de ojos azules tan asustado, se encaprichó con él, y se lo llevó a Palacio. Al no tener descendencia, lo crió como si fuese su hijo, pero Nakago tuvo que aguantar abusos por su parte, hasta que descubrió que era una estrella de Seyriu. El rey al ver su potencial, lo puso al mando de su ejército como general y le prometió incluirle en la sucesión al trono si conseguía encontrar a la sacerdotisa y las demás estrellas e invocar al dios Seyriu. Nakago había esperado pacientemente por mucho tiempo, pero al fin ese momento había llegado.


Yui estaba lista para la ceremonia. La habían purificado bañándola en aceites y sales minerales y la habían vestido con un traje largo para la ocasión. Cuando entró en la sala del trono, sus guerreros se encontraban ya allí, Soi, Suboshi y Nakago. Llevaba en sus manos los dos tesoros de los dioses que colocó en el altar, en medio de un cículo formado por velas encendidas. De frente, se encontraba la estatua de Seyriu imponente. La miró con cierto temor y juntando sus manos para el rezo, cerró sus ojos. Tras pronunciar unas oraciones, el fuego de las velas se avivó. Ella abrió sus ojos y las llamas crecieron y se tornaron azuladas. De ellas emergió un dragón que rápidamente adoptó forma humana y se colocó muy cerca frente a ella. Yui se quedó boquiabierta y un miedo atroz la paralizó.

-"¿Eres tú la sacerdotisa que me ha invocado?"- la voz solemne del dios sonaba dentro de la cabeza de la sacerdotisa.

Yui asintió temerosa. Sus ojos penetrantes la miraban.

-"Mi amada sacerdotisa"- su tono se volvió más suave esta vez, pero su boca no se movía. Era como una especie de intercambio telepático. -"Permíteme concederte aquello que más deseas. Pero elige bien, puesto que solo podré concederte tres deseos. Cada uno que pidas, consumirá un poco de mi energía, así que usaré tu cuerpo para reponerme."

Eso significaba que no podría pedir los tres deseos a la vez. Eso la decepcionó. Ella quería volver a casa cuanto antes, pero lo que más le inquietaba era cómo diablos pensaba usar su cuerpo un dios, ¿sería poseída o algo así? ¿Podría su cuerpo soportarlo?

Ella que había pasado la noche pensando en lo que pediría, ahora solo tenía un deseo en mente. Ser feliz. Yui se giró para mirar a su rubio guerrero.

-"Lo siento Nakago, tu deseo tendrá que esperar un poco más."

Nakago miró a la sacerdotisa con sorpresa. ¿Esperar a qué? Ella le había prometido un deseo. El deseo de convertirlo en el hombre más poderoso del mundo. Pero algo no iba bien, el dios Seyriu ni siquiera había pronunciado palabra alguna, aunque a juzgar por los gestos de ella, él sabía que de alguna manera se comunicaban.

-"Mi querida sacerdotisa"- Seyriu continuó hablándole dentro de su cabeza. -"No puedo concederte el deseo de ser feliz, eso es algo que cada uno debe encontrar por sí mismo, pero sí puedo ayudarte a que la encuentres más pronto que tarde, si estás de acuerdo."

Yui lo miró emocionada, y asintió. Cerró sus ojos y pronunció las palabras de confirmación.

-"Que así sea..."

Un simbolo kanji apareció en su frente y ante la mirada atónita de los presentes, Seyriu se introdujo en el cuerpo de Yui provocándole un espasmo y después la sacerdotisa desapareció.

Todos se quedaron muy confundidos y no sabían qué había pasado.

-"¡Yui!"

Suboshi al fin reaccionó. Corrió hasta el altar donde hacía solo unos segundos estaba su amada.

-"¿Nakago qué ha pasado?"- preguntó Soi inquieta pero intentando mantener la calma. -"Acaso Yui regresó a su mundo?"

-"¿Quéeee?"- A Suboshi se le daba peor contener sus emociones. -"¡No! ¡No ha podido irse así sin más!"

-"Cálmate de una vez, Suboshi"- dijo Nakago con nervios de acero. Ese tipo no se inmutaba por absolutamente nada. -"Confío en Yui. Ella volverá. Hasta entonces , preparémonos para la batalla."


Los últimos rayos de sol del día bañaban el palacio de Konan donde había mucho ajetreo. Pronto anochecería, y todo el mundo estaba muy nervioso ultimando los preparativos para la gran batalla del día siguiente. Debían defender e impedir el avance de las tropas de Kuto y que éstos tomaran el palacio. Numerosos civiles se habían alistado para combatir y habían instalado para ellos un improvisado campamento en las inmediaciones del palacio. Se les había proporcionado agua, comida y armas para aquellos que no las tuvieran. La esperanza era lo único que les quedaba ahora, y era lo que les daba fuerzas para seguir adelante.

En los jardines de palacio, Miaka había estado practicando con el arco sin descanso durante los últimos dos días. Desde que Tasuki y Tamahome se marcharon todo el mundo había estado muy ocupado y se sentía muy sola. Ella tenía miedo ahora. En la víspera del día de la batalla, ella estaba aterrorizada, y no tenía a nadie en quién apoyarse. Tasuki aún no había regresado, y lo había echado tanto de menos. Estaba preocupada, temía que finalmente él no regresara, que él hubiese abandonado la causa y se hubiese retirado a vivir su vida como bandido con sus hombres, lejos en las montañas. No, ella sabía que él era alguien de honor, él jamás abandonaría a sus amigos, él era el más noble de los hombres que ella había conocido jamás. Pero tenía miedo, y ese miedo hacía que pensara cosas que no tenían sentido. Ella se volvería loca si él no regresaba a tiempo.

-"¡Tasuki ha vuelto!"- oyó que gritaba uno de los guardias. Su corazón dió un vuelco. Rápidamente dejó todo lo que estaba haciendo y corrió a través de los jardines para ir en su busca. Subió las escaleras del patio interior y corrió por los pasillos hasta que por fin lo encontró. Él caminaba distraído hacia su habitación. Ella se detuvo a unos metros delante de él. Él levantó la mirada y la vió justo ahí, parada y sin decir una palabra.

-"¡Ey Miaka!" - le dijo sonriente levantado su brazo. -"¡Ya estoy de vuelta!"

Miaka caminó con rostro serio y con paso decidido hasta detenerse justo frente a él y sin previo aviso, le plantó una bofetada en la cara, descargando toda su rabia, sin pensar, le salió del corazón. Lo odiaba tanto, por haber sido un cobarde, por haberla lastimado solo porque no quería amarla,...

-"¿A qué ha venido eso?"- preguntó el bandido llevándose la mano a la mejilla para aliviar el dolor. Simplemente él no entendía nada.

Acto seguido, y sin decir palabra alguna, ella agarró las solapas de su túnica con ambas manos, y tiró de él hacia ella hasta estrellar sus labios contra los suyos en un violento y brusco beso, porque lo amaba con locura, y no permitiría que nada más se interpusiese entre ellos dos.

CONTINUARÁ...