Hola todos ¿cómo están? Espero que muy bien y sanos. Que es lo importante.

Este es el penúltimo capítulo, espero que lo disfruten mucho.

Hetalia no me pertenece


Romano tardó un mes en recuperarse, eran comienzos de Octubre, y Gina y Mariolino decidieron volver a su hogar. Veneziano y Romano los despedían desde la puerta de entrada, eran las 4 de la mañana. Gina iría manejando la vieja camioneta y Mariolino conduciría la nueva. Irían a su ritmo, y estimaban terminar su viaje en la tarde de ese mismo día.

—Seguros que no quieren quedarse hasta el final del invierno—preguntó Romano quien se había quedado fascinado con la cocina de Gina.

—Nos gustaría signore Romano, pero nuestro pueblo nos espera.

—Tenemos nuestras responsabilidades allá, signore, el huerto, nuestros perros.

—Capisco. Bueno que tengan un buen viaje entonces—dijo Romano abrazándolos de manera muy afectuosa.

—Venga a visitarnos cuando le plazca—dijo Gina en tono esperanzador.

—siempre y cuando tenga permiso de Veneziano.

Los ancianos rieron con esa frase, recordando el ahora vergonzoso incidente de meses atrás.

Veneziano los miraba acercarse por el rabillo del ojo, y cuando estuvieron a meros centímetros de distancia les dijo: —Tengan cuidado por favor, y me llaman cuando hayan llegado a la casa. ¿El celular que les di está con batería? —decía Veneziano revisando ambos vehículos.

—Sí, está completa—dijo Mariolino encendiendo un cigarro—. Y no se preocupe por nosotros somos viejos, pero estaremos aquí por algunos años más.

—Eso espero.

—Antes de irnos Feliciano, quisiéramos entregarle esto…

Gina, le extendió un paquete de cartas envueltas en un cordel. Feliciano no entendía para qué alguien se tomaría la molestia de escribirle a él precisamente.

—Usted no estaba de humor para querer saber de sus amigos, así que las guardamos—dijo Gina.

—Suponemos que debe haber más en casa, se las enviaremos junto con su equipaje en cuanto lleguemos allá.

—Gracias, por todo.

Veneziano los abrazó con fuerza, recibió una bendición y los vio partir, primero arrancó Mariolino y luego Gina; rogando a los cielos que ambos llegaran sanos y salvos a casa esa tarde, romano le dio unas cuantas palmadas en la espalda, y haciendo señas a la casa volvieron a entrar. Ellos tenían igual mucho que hacer ese día.

Romano ya había dispuesto todo el material de limpieza de la casa en el pasillo, cerca de la puerta de la habitación de Veneziano. Este entró a su habitación y la examinó con detalle, había mucho trabajo que hacer: en primer lugar, debía cambiar la cama, en algún punto de su batalla iracunda contra nadie en específico había pateado de tal manera la cama que la había roto y ahora estaba chueca y a punto de caerse. Luego tendría que cambiar su cómoda los restos de los cajones estaban tirados en el piso, al igual de los cuadros de fotografías que habían estado sobre ella. Su escritorio estaba intacto pero los papeles y documentos estaban desperdigados por el suelo, algunos estaban sin daño alguno. Su librero estaba roto y sus libros tirados. El espejo roto. Respirando hondo y regresando a ver a Romano le extendió el brazo y este le entregó unos guantes y la escoba.

Comenzaron sacando el colchón y las sábanas junto con la ropa y todo lo que no estuviera roto o dañado. Lo amontonaron todo en la habitación de Romano, luego desarmaron la cama, a Veneziano le dio un vuelco al corazón tener que tirarla porque la había adquirido hace más de 100 años, pero Romano le hizo entender que por más que no le hubiera pasado nada la madera estaba inservible y ya no se podía usar.

—Pero la compré antes de nuestra unificación.

—Vene entonces conserva algo que te recuerde a ella. No sé algo que puedas reciclar…

De pronto Veneziano vio que podría reutilizar el cabezal de la cama, le sacaría la vieja y hermosa moldura y podría decorar una porción de la pared de qué habitación todavía no sabía, pero accedió a sacarla de ahí.

Luego sacaron la cómoda destrozada y en eso Romano fue inflexible, el librero era lo único que sí se podía reparar, solo se debía ajustar las tablas con unos cuantos tornillos. Lo sacaron igual para realizar la reparación y reordenar los libros. El espejo fue tirado sin posibilidad de sugerencias o cambios.

Veneziano analizó sus documentos del escritorio, tiró los que de verdad ya no servían y guardó los importantes. Romano abrió las ventanas de par en par y se dedicó a barrer toda el área. El polvo acumulado había formado una densa capa, sobre todo. Después de barrer y limpiar las superficies de los muebles que, si estaban usables, Romano salió a reparar el librero mientras Veneziano aireaba el colchón y ordenaba su ropa en el armario, viendo que podría seguir usando y que no. Al igual que poniendo la ropa a lavar y secar.

En cuanto el librero estuvo de nuevo en la habitación se reordenaron los libros y se destinaron otros para ser donados en una biblioteca cercana. Para entonces ya era pasado el mediodía y decidieron salir a almorzar y Romano lo llevó a una tienda de muebles a que Veneziano escogiera su nuevo juego de habitación. Después de mucha indecisión optó por una cama clásica pero no antigua, funcional, y más que nada cómoda. De la misma forma Romano le compró todos los enseres: sábanas, frazadas, cobijas, almohadas, y demás. Se reemplazaron los marcos de fotos, el espejo y demás cosas que se habían roto. Incluyendo un muy necesario celular nuevo. Además, que Romano compró otras cosillas extras que no le dijo a su hermano menor.

Regresaron a casa y mientras Veneziano ordenaba su ropa y hacía su cama Romano sacaba la basura y dejaba las demás cosas para donación. Cuando regresó a su casa, Veneziano estaba limpiando el baño, pero la habitación ya tenía otro aire. Uno más moderno y lleno de cambio. La ropa limpia y guardada, su escritorio ordenado al igual que el librero, Romano se tomó la libertad de comprar uno que otro libro nuevo y uno que otro adorno que estaba seguro que a Veneziano le gustaría.

Después de que la habitación estuviera totalmente limpia ambos se recostaron en la sala de estar con una buena copa de vino en la mano.

—Todo salió bien después de todo.

—Aún no se ha acabado.

— ¿Eh?

—Falta mi estudio.

Romano suspiró en acuerdo—. Lo había olvidado. Lo haremos mañana.

—Fratello, preferiría hacerlo solo.

El rostro de Romano lo miró preguntándole con la mirada si de verdad era buena idea, pero al ver la convicción de su hermano menor, soltando un suspiro de rendición le dijo:

—De acuerdo, pero será mañana que hoy no tendrás energías para esto.

Veneziano solo asintió en acuerdo. Antes de acostarse prendió su nuevo teléfono móvil, colocó su vieja tarjeta sim en él y empezó a configurarlo. Revisó todas las opciones de la configuración inicial. Una de ellas era la copia de seguridad, la última era de la noche de su cumpleaños. Veneziano encendió su computador y exportó todos esos mensajes acumulados de ese día. Al menos los que no se conservaron en ese guardado automático porque recordaba haberlas borrado.

Luego vio las cartas atadas encima de su escritorio; armándose de valor, tomo todas las cartas, se puso los audífonos, y revisó mensaje por mensaje.

La mayoría como había adivinado inicialmente eran de Alemania y Japón. Todas las llamadas desde el mismo instante de su partida eran de un tono muy parecido. Un perdón, un necesitamos hablar o un malentendido, y finalmente se terminaba con un llámame por favor, una de las llamadas de Japón le dejó sorprendido porque al final de ella decía que lo llamara y cuando lo hiciera Japón tomaría el primer vuelo a Italia para hablar personalmente y recibir el castigo adecuado por su mala conducta. Italia suspiró rindiéndose, varias veces le había mencionado a la nación asiática que no era necesario ese tipo de actitud. Eso confirmaba que Japón no lo tomaba como un amigo enserio. Otras llamadas de Estados Unidos y Canadá, decían una sola frase: Perdón por este malentendido, llámame y te lo explicaré. Las de Prusia eran un simple: un lo siento del asombroso Prusia.

Luego pasó a los e-mails, y de la misma forma eran todos con el mismo cuerpo y conclusión. Esto fue un error, no se debió cometer, bla, bla, llámame por favor. Liberó espacio en su cuenta de correo cuando elimino todos aquellos mails de disculpa. En cuanto iba abrir las cartas alguien le zarandeo el hombro.

Romano lo había estado observando desde hace un tiempo pero no interrumpió nada hasta que lo consideró necesario.

—Gina y Mariolino acaban de llegar a su casa. Creí que debías saberlo.

—Sí, gracias Fratello.

—También mencionaron que te enviarían tu equipaje y demás cosas mañana por la tarde.

—Sí, eso era lo acordado.

Romano no sabía que más decirle así que solo basto un — Buenas noches.

Salió de la habitación y Feliciano abrió la primera carta. Era una carta de Japón, a mano, y de la misma fecha había otra de Alemania, a mano también. Le pareció extraño esta insistencia por parte de ambos, creía conocerlos lo suficiente para suponer que viendo que era solo uno de esos amigos fastidiosos que solo es bueno verlos de vez en cuando; no se tomarían tantas molestias en pedir disculpas por dicho incidente. Pero había suficientes cartas para aseverar lo contrario. Muerto de la curiosidad abrió la más antigua y leyó la de Japón primero.

Estimado Italia-kun:

Sé que nuestro comportamiento en los últimos días ha sido de la peor conducta que se haya visto. Yo me avergüenzo por mi conducta, debería cometer el rito sagrado de Seppuku como mi honor dicta. Pero recuerdo que usted me dijo que esa clase de acciones eran demasiado tristes, así que le pido que hable conmigo para que pueda mi honor ser restaurado.

Esa carta era la prueba irrefutable de que ambos solo lo estimaban. Por honor, recuperar algo por honor, uno no recupera su amistad por honor. Luego abrió la de Alemania, y leyó.

Estimado Italia,

Japón y yo hemos acordado escribirte para hacerte saber lo mucho que te apreciamos, ambos pedimos, de manera humilde, perdón, a la vez que expresamos nuestro sincero anhelo de que nos lo otorgues.

Otra carta con la prueba irrefutable de que solo era un conocido, alguien que se lo trata tan formal y distante que no merece ser escrito con palabras que reflejaban sentimientos. Italia vio la tremenda cantidad de cartas en su cama, y pensó si valdría la pena seguir leyéndolas. Estuvo a punto de romperlas todas y deshacerse de la evidencia, pero recordó que debía darles una oportunidad como parte de su proceso. Así que abrió las siguientes y las siguientes, y cuando todas mostraban casi lo mismo estaba perdiendo toda la esperanza cuando una de las de Japón era mucha más larga y de contenido totalmente distinto.

Mi Estimado Italia-kun,

Me disculpo infinitamente por la barbaridad que he estado escribiendo en las cartas anteriores, seguramente creas que no te aprecio en lo más mínimo. China me hizo reflexionar sobre lo que te he estado escribiendo y como me he estado dirigiendo a ti.

Ahora me he dado cuenta de muchas cosas y debo decir que no creas nada de lo que haya escrito anteriormente. Déjame que me explique. Debo admitir que sueles invadir mi espacio personal y suelo ser demasiado introvertido y callado, a la vez que no expreso mi sentir abiertamente como tú normalmente lo haces. Sin embargo, me he llegado a familiarizar con tus manías y saludos. Si tal vez me molestaban antes ahora, me temo me hacen falta y es porque te extraño, no tienes idea de cuánto.

Italia-kun lo que quiero decir en resumidas cuentas en esta carta es que a pesar de que somos completamente diferentes, eres uno de mis amigos más cercanos y leales. Entiendo que actualmente te he fallado, y gravemente; déjame reparar mi falta. ¿Cómo? Aún no lo sé. Espero que algo se te ocurra, porque a mí la idea del seppuku me sigue tentando.

Veneziano repasó la carta varias veces para ver si entendía bien el contexto de esta. Japón le estaba hablando de tú, y no solo eso, le dijo que extrañaba que lo abrazara y hasta terminó con una broma al final de su carta. Seguramente era una carta aislada, tomo la siguiente que era de Alemania y leyó:

Veneziano,

Sabes que no soy bueno con las palabras, ni habladas ni escritas. Sabes que tengo poca habilidad social. Tú mismo has dicho que he mejorado, y soy una buena persona, que has sido honrado en conocerme.

La verdad, es al revés. Yo soy muy afortunado de haberte conocido. Durante todo este tiempo me he puesto a reflexionar y mi vida no ha sido la misma desde ese bendito día (no ironía ni sarcasmo en esta frase) que me topé con el hada de la caja de tomates. No sé qué viste en mí, no sé qué te llevó a hacer lo que hiciste, pero desde ese momento te has vuelto uno de mis mejores compañeros amigos si es que no eres el único.

Veneziano, sí debo admitírtelo al inicio estábamos en condiciones que me obligaban a tratarte de menos y tal vez incluso de ridiculizarte, te recuerdo que estábamos en guerra. Pero de no haberlo hecho tal vez ni tu ni yo seríamos como somos ahora. Ahora entenderás lo arrepentido que estoy de haberte echo enojar. Nunca te había visto así, y te soy sincero tuve mucho miedo. Jamás se me pasó por la mente que pudieras poner esa expresión en tu rostro. Mi error no fue haber estado en el lugar y momento equivocado, mi error fue dar por sentado que eras pura sonrisa, perdóname por no haberte tomado en serio como debe ser.

Espero me perdones, quiero volver hacer tu amigo, quiero volver a despertar y encontrarte de repente en mi cama. Quiero pasear contigo y Japón, como en los viejos tiempos.

Veneziano volvió a releer la carta de Alemania, y no entendía que estaba pasando; por qué de repente ambos cambiaron su forma de escribir y dirigirse hacia él de esa forma tan cariñosa. No lo comprendía. Supuso que fue una inspiración pasajera y para probarlo tomo la siguiente carta; en las siguientes decían lo maravilloso que era, como lo querían y extrañaban. En la siguiente carta Japón le decía que estaba haciendo una lista inmensa de lugares para llevarlo la próxima vez que fuera a su casa a visitarlo. Alemania decía en la hermosa música que quería compartirle. En la siguiente Japón le comentaba que recordaba cuando le prestó sus libros y quería compensarle por lo mal que se había sentido cuando vio "eso" así que le prestaría unos mejores; en la de Alemanía le pedía e imploraba que lo llevara a la casa de campo para jugar con esos hermosos perros que lo habían recibido.

Todas las cartas eran así. Veneziano lloraba mientras leía. No podía creer que de verdad sus amigos lo querían. Ahora él se sentía un completo miserable por haberlos tratado tan mal cuando fueron a disculparse. Todo esto parecía mucho más grande que solo perder siglos de arte que jamás iba ser exhibido. Un idiota, eso es lo que era. UN COMPLETO IDIOTA.

Alzó su mirada hacia su celular y vio que eran las 4 de la mañana. Y solo le quedaba una cosa más por hacer antes de dar por terminado todo esto. Salió de su habitación, tomó los implementos de limpieza, y se plantó frente al estudio.

No lo había visto, no después de haberlos echado de casa hace 8 meses atrás. Respiró varias veces, conto hasta tres, tomo una buena bocanada de aire y abrió la puerta. Todo estaba hecho añicos. La oscuridad de la habitación y las luces de la calle lo hacían ver como un templo profanado. Cerró los ojos, tomó aire otra vez encendió la luz, y el ambiente cambió drásticamente a solo una habitación con lienzos destruidos y una gruesa capa de polvo.

Agarrando fuertemente la escoba y volviendo a respirar, avanzó por la habitación y comenzó a barrer.

Romano despertó a las 7 de la mañana, salió del corredor y vio a Veneziano en el pasillo, al lado del estudio, estaba dormido, apoyado en una bolsa de basura, llena y enorme. El cuarto estaba reluciente de limpio.


¿les gustó? Espero que sí.

Voy a aprovechar este mes para escribir un nuevo fanfiction, tal vez el protagonista sea Noruega. ¿quién sabe? jejejeje.

No se olviden que pueden dejarme en los reviews, sus críticas, comentarios y sugerencias.