Declaimer: Bleach y todos los personajes no me pertenecen, son propiedad de Tite Kubo.

La historia es propiedad de Saffron A Kent, esta es solo una adaptación con fines de entretenimiento.

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Ichigo

El amor es una cosa aterradora. Es demasiado poderoso, demasiado inspirador, demasiado trascendental para un hombre como yo. Lo he sentido, he creído en el pero nunca lo quise para mí.

Estaba caminando por el pasillo, con los brazos cargados de libros y su cabello anaranjado revoloteando en el aire. Un ceño fruncido arruinaba su frente. Todo lo que quería hacer era frotar mi pulgar entre sus cejas y borrarlo. Había algo en ella que me llamaba. Tal vez era la forma en que caminaba, acurrucada, encogida en sí misma, o podrían haber sido sus labios entreabiertos, tomando aire por el esfuerzo. Fuera lo que fuera, llamó algo dentro de mí, una especie de instinto protector. Pasó junto a mí sin echarme un vistazo, sin saber cómo, cambió mi mundo con ese fruncimiento de ceño.

Años después, todavía siento lo mismo. Veo los ángulos curvados hacia abajo de su boca, y quiero aplastar la fuente de su angustia. El problema es que, esta vez soy yo. Puse esas líneas en su hermoso rostro. Orihime ha perdido peso, el brillo de su piel se ha ido, y las bolsas oscuras debajo de sus ojos le dan una mirada atormentada y débil. Estos signos externos me hacen sentir impotente, enojado conmigo mismo, con el mundo, no lo sé.

—¿Estás bien, Kurosaki? —Ishida golpea mi hombro. Estamos en la casa de nuestros amigos Uryu y Nemu Ishida para cenar. Es una especie de bienvenida al vecindario. Orihime y Nemu están ocupadas en una conversación en la isla de la cocina, aunque en su mayoría habla Nemu, Orihime solo es una oyente. Ishida y yo estamos ocupando el sofá en la sala de estar. El frío de la botella de cerveza se filtra en mis dedos mientras tomo un largo trago, apartando la mirada de mi esposa.

—Sí. Todo está bien—.

—Puedes hablar conmigo, ya sabes. Estoy aquí para ti —. Sus ojos se mueven de mí a Orihime y de regreso.

Mis dientes se tensan ante su intromisión. No es intromisión, me digo. Ishida es el tipo de amigo que estaría preocupado, pero no soy del tipo para compartir. Al igual que algunas personas no hablan sobre sus pesadillas, no quiero hablar de lo que está mal en mi vida, en mi matrimonio.

—No hay nada que decir. Todo está bien—.

Ishida siente mi inquietud y levanta sus manos en señal de rendición. —Está bien. Sin presión—. Toma un sorbo de su propia cerveza —Así que Bambietta te odia—.Contento por el cambio de tema, le digo.—Bambietta odia a todos—.

—Sí, pero no todos discuten con ella en las reuniones del personal—..

—Es una mierda—.

—No vas a hacer mi trabajo más fácil, ¿verdad?—. Niega, poniéndose serio — Kurosaki no puedes insultar a tus colegas. Ya no eres un poeta. Eres un maestro—.

—Sí. Lo sé—. Suspiro pasando mi mano por mi cabello —Sé que me estás haciendo un favor, hombre. No quiero arruinarlo. No volverá a suceder—.Y hablo en serio. Si este trabajo endereza todos los errores que he cometido, lo tomaré.

—Bien— Ishida me señala con su botella —¿Cómo están los estudiantes? Tenemos una tanda decente este año, ¿verdad? —.

Como si la pregunta de Ishida fuera un detonador, la veo en destellos, como si mi conciencia hubiera hecho clic en imágenes instantáneas de ella. Traviesos y salvajes ojos color violeta. Risas ruidosas y desinhibidas. Humo saliendo de sus labios carnosos. Los salvajes y oscuros mechones que nunca parecen estar quietos. Sus abrigos de piel morados, ¿quién usa abrigos de piel, de todos modos? Me hace olvidar que ya no soy un poeta. No puede serlo; es el destino que elegí hace meses, pero las palabras vienen a mí ahora por su culpa, como si ella fuera mi musa. No quiero una musa. No quiero a Rukia Kuchiki en mis pensamientos.

Agarro el cuello de la botella con fuerza, inquieto, incapaz de quedarme quieto. Tomo otro largo trago de mi cerveza.

—Sí. Decente— digo en respuesta a la pregunta anterior de Ishida.

—Así de mal, ¿eh?— Apoya sus brazos en sus muslos y me da una mirada significativa —Escucha, ve con cuidado con ellos. No todo el mundo va a ser Hemingway. Mira el espíritu, no el talento—.

—¿Es esa mi primera lección sobre cómo ser un maestro? —.

—Si quieres que lo sea—.

—Estás lleno de sabiduría esta noche, ¿verdad? —.

—Siempre estoy lleno de sabiduría—. Sonríe, haciéndome resoplar.

Hablamos hasta que es hora de irnos. Orihime le agradece a Nemu por recibirnos y se abrazan. Ishida y yo palmeamos los hombros del otro. La casa de Ishida está un poco lejos de nuestro hogar, ya que viven fuera del campus. Cuando encendí mi auto, vi a mis amigos besándose y riéndose como adolescentes en el espejo retrovisor invadiéndome un sentimiento de envidia y dolor.

Cuando Orihime se pone el cinturón, arranco. Una sensación de alivio instantáneo me invade por su cercanía. Mis dedos se contraen en el volante con el deseo de tocar su piel, la curva de su mejilla, su cuello, pero no lo hago. A ella no le gustará.

—Así que, eh, ¿la pasaste bien? —Me estremezco ante mi pregunta, mis ojos en la carretera. Bien podría haber preguntado sobre el inútil clima. Nunca he sido un iniciador de conversaciones, pero por ella, lo intento.

—Sí. —Asiente, dándome una mirada que dura solo un segundo antes de volver a la ventana.

El silencio es opresivo. Mis dedos se tensan, apretando con fuerza el volante.

—¿Crees que… va a nevar esta noche? —. Tengo náuseas tan pronto como salen las palabras, tan vacías e impersonales. Es como si nunca nos hubiéramos visto antes, como si nunca nos hubiéramos tocado, nunca hubiéramos sentido los latidos del corazón o la piel del otro. Es como si nunca hubiéramos estado enamorados antes. Se encoge de hombros en respuesta a mi patética pregunta.

—Probablemente—.

El auto parece haberse encogido en los últimos cinco segundos. Quiero pisar los frenos, detenernos bruscamente y salir de este estrecho espacio. Quiero dejarlo todo atrás. Cada maldita cosa. Pero no hay otro lugar a donde ir. Así que sigo conduciendo. De hecho, estoy tan absorto que pierdo la curva que lleva a nuestra casa. Sigo manejando recto y me detengo frente a la entrada del parque. Solo entonces Orihime nota dónde estamos.

—¿Qué… qué estamos haciendo aquí? —Se gira hacia mí. Me da vergüenza admitir que me complace ver su desorientación. Me complace ver que me necesita, incluso si es por algo tan intrascendente como buscar la respuesta a su pregunta.

—Quiero mostrarte algo—. Mi voz es tranquila a pesar del rugido dentro de mi cuerpo.

Sus ojos se deslizan sobre mi rostro. Probablemente sea la primera vez en toda la noche que ha estado al tanto de mí y como un puto mendigo, lo tomo. Me regocijo en su completa atención. Sin embargo, sale del auto demasiado pronto y la sigo.

Estoy empezando a pensar que esta fue una mala idea, pero me estoy quedando sin opciones. Necesito que lo entienda. Nuestras pisadas crujen, llenando el silencio mientras la dirijo a nuestro destino, el banco bajo el árbol de flores blancas, el mismo lugar donde le propuse matrimonio.

Mientras el banco aparece a la vista, rodeado de montones de nieve y bajo la luz de la lámpara, la noche cambia a ese día de hace ocho años. Me devuelven a esa tarde lluviosa, cuando le dije que quería pasar mi vida con ella. Iba a ir a la ciudad para graduarme y quería que viniera conmigo.

—¿Recuerdas este lugar? Me estabas esperando, como siempre—. Trago saliva —Y como siempre, llegué tarde. Pensé que te habías ido. Estaba ensayando todas las disculpas en mi cabeza, pero ahí estabas y simplemente me detuve. Tuve que recuperar el aliento por un segundo. Estabas tan hermosa, y tranquila y… tierna—. Paso mis dedos entumecidos por mi cabello. —Me sentí tan inadecuado, como si no te mereciera. Siempre he sido un… idiota malhumorado—.

Mis palabras terminan cuando Orihime me enfrenta. No sé lo que esperaba ver en su expresión, pero no era esta…. Es como un pedazo de papel en blanco. Es casi como si no tuviera profundidad alguna, nada fuera de la superficie.

—Quiero irme a casa—. Su voz es la misma, tranquila y suave, pero suena mal con su rostro inexpresivo e indiferente.

—Orihime…—

—No quiero estar aquí—.

—Lo prometiste—. Mi voz retumba. Aprieto los puños para tenerlo bajo control —Prometiste que lo intentarías. Ambos lo hicimos. Y lo estoy intentando, Orihime. Lo juro por Dios, estoy tratando de ser el tipo de esposo que mereces—.

La ira y el miedo están en guerra dentro de mí. ¿Qué pasa si nunca puedo comunicarme con ella? ¿Qué pasa si ella me pide el divorcio nuevamente? Recuerdo la descarga invisible que sentí cuando lo pidió hace meses. Su demanda fue un boom dentro de mi cuerpo, una implosión de órganos, mi corazón. Ni siquiera me había dado cuenta que las cosas se habían puesto tan mal.

—¿Es por eso que estamos aquí? ¿En Karakura? —.

—Sí, porque te encanta aquí. Siempre quisiste regresar—.

—Pero odias este pueblo—.

—No me importa. Haría cualquier cosa por ti—.

—¿Incluso renunciar a tu escritura? —.

Me estremezco ante eso. No estoy acostumbrado a escucharlo en voz alta. No es algo de lo que hablamos. Durante años, viví de las palabras, de crearlas, de moldearlas. En algún momento, olvidé que también amaba a Orihime. Las palabras me hicieron olvidar a mi esposa y ahora las odio. No las quiero. Por ella, dejaré todo.

—Sí. Nada significa más para mí que tú— Sacudo mi cabeza, cansado de este anhelo, esta necesidad de ella. —¿No lo entiendes? Renuncias a cualquier cosa por las personas que te importan. Solo estoy haciendo lo que se supone que debo hacer—.

Sus ojos brillan con lágrimas no derramadas, lastimándome, pero haciéndome feliz porque quiere decir que todavía le importa. Esta demostración de emoción me hace dar unos pasos hacia adelante, pero me detengo cuando su rostro cambia. Las emociones se borran y su expresión se ha vuelto a quedar en blanco.

—Quiero ir a casa. Estoy cansada— No me da tiempo para responder, simplemente comienza a caminar de regreso al auto.

Me lleva unos segundos moverme. La ira es como lava caliente, quemando mi carne. Sigue rechazándome en todo momento. ¿Por qué diablos no puede ver lo que he dejado para estar con ella? ¿Por qué no me perdona? ¿Por qué las cosas no mejoran cuando hago todo lo posible para que sea así?

Diez minutos después estamos en casa. Entramos por la puerta de la cocina. Hogar es un poco exagerado. No se siente como un hogar. No tiene una personalidad todavía. Es demasiado nueva, huele demasiado a pintura y madera. A diferencia de la ciudad, aquí es muy silencioso, prefiero estar durmiendo con la sirena de un camión de bomberos que sentado en el silenci. Los pueblos pequeños me hacen pensar que estoy solo en el mundo.

Orihime se mueve como un fantasma, con pies ligeros y gracia, como si estuviera flotando. Sube las escaleras y justo cuando llega arriba, un grito agudo hace eco, es Kazui que se ha despertado. Orihime se estremece ante el sonido, hace una pausa frente a su puerta, pero luego sigue de largo.

Aprieto mis manos a los lados. Puedo soportar su indiferencia hacia mí. Me duele, pero su indiferencia hacia Kazui me hace querer estrangularla. Respiro profundamente y subo las mismas escaleras. Llego a la puerta blanca de Kazui y mis palmas sudorosas se deslizan sobre el pomo mientras lo giro. La habitación está iluminada por la luz de la luna y una lámpara con animales marinos en la sombra. Riruka, nuestra niñera tiene a Kazui en sus brazos y está susurrando en su oído. Entro en la habitación y ella me mira, sonriendo levemente. —Solo está siendo un poco quisquilloso— me dice.

Extiendo mis manos y tomo a Kazui en mis brazos. Lo balanceo y beso su frente. —Está bien. Lo tengo. Deberías ir a casa—.

Ella frota círculos en la espalda de Kazui, tratando de calmarlo a mi lado.

—¿Estás seguro Ichigo? Me puedo quedar—. Kazui se agarra al cuello de mi camisa e intenta metérselo en su boca. Agarro su puño gordito y le doy un suave beso.

—Estaré bien ¿Necesitas ayuda para guardar tus cosas?—.

—No. Puedo hacerlo—. Me lanza una sonrisa. —Me iré entonces. Buenas noches—. Se inclina, besa a Kazui en la mejilla y se va.

Dejo escapar un suspiro de alivio. Finalmente, doy la bienvenida a la soledad después de la montaña rusa de esta noche. Mi hijo se ha calmado y está babeando sobre mi hombro. Lo acuesto en la cuna y lo miro dormir. Su cabello es como el mío, sus puños están levantados contra su rostro. Se sobresalta y sus pies cubiertos por un mono azul se contraen. Le doy unas palmaditas en el pecho, muevo mi palma en círculos, esperando calmarlo. Pronto, su respiración vuelve a la normalidad mientras su boca se abre levemente.

Las palabras salen de mi boca en un susurro.

—Te amo. Siempre te amaré….Y amo a tu mamá—.

El pensamiento late como un dolor en mi cráneo y una agitación en mis entrañas.

Necesito recordarle a Orihime cuánto la amo. Necesito recordarle que compartimos un niño. Somos una familia. Nunca le das la espalda a tu familia. ¿Pero cómo le recuerdas a alguien que no quiere recordar?.