CAPÍTULO 17: RAÍZ


El ANBU se presentó secamente. Dijo que era el capitán de un escuadrón de seis hombres. Que tenían una misión: recuperar al jinchūriki, sacarlo de la aldea, y protegerlo del enemigo.

— A buenas horas — resopló Tsunade, ahora arrodillada junto al cuerpo inconsciente de Asuma Sarutobi. La técnica curativa que le aplicaba sobre el pecho no estaba sirviendo de mucho, y eso la estaba poniendo nerviosa —. No sé qué estaríais haciendo hasta ahora, pero llegáis tarde. Enhorabuena: esto es lo que habéis conseguido — Señaló a Naruto con la cabeza. El capitán siguió su mirada hasta el cuerpo del chico, sin dejar que ninguna emoción atravesara su bonita máscara blanca—. Por suerte, no todos los shinobis de esta aldea son como vosotros. Naruto está estable, el nuevo sello funciona, y si no lo estropeáis ahora, vivirá para ver un nuevo día.

Dijo todo eso sin tomar aire. Tenía las mejillas sonrojadas, el cabello despeinado, y la piel tan pálida que casi podías ver a través de ella. Se tomó un momento para respirar. Nadie dijo nada mientras tanto, excepto Danzo, quien hablaba a susurros con otro capitán enmascarado.

Tsunade se alisó el pelo con los dedos, se apretó la coleta y probó con otro jutsu curativo. Tampoco funcionó. Chasqueó la lengua y volvió a mirar al capitán — Espero que no estéis tramando nada extraño, tu jefe y tú — miró a Danzo de reojo—, porque como se os ocurra hacer algo más allá de proteger a Naruto, os meteré las máscaras por donde ya te imaginas. A cada uno de vosotros. Y luego os mataré — añadió, como para dejarlo claro, aunque el capitán ya se hacía una idea de por dónde iban los tiros.

— Entendido — dijo con esa voz neutra que comparten los ANBU bien entrenados—. Solicitando permiso para extraer el objetivo.

Algo estalló a lo lejos. Se escucharon gritos, golpes, y el inconfundible sonido de una llamarada, antes de que todo volviera a quedar en silencio. De vez en cuando oían sonidos como aquellos. De los tres grupos ANBU que habían enviado a investigar, ninguno había vuelto.

— ¿A dónde pensáis llevároslo? — dijo Tsunade, cambiando las manos de posición. Probó otro jutsu, y como parecía funcionar mejor que el anterior, se sintió más tranquila—. ¿Estás sordo? Te he hecho una pregunta.

— Solicitando permiso para responder — dijo en un tono más alto, como si le hablara al aire. Claro que ella sabía con quién estaba hablando.

Danzo se acercó a ellos mientras el otro capitán (que había respondido a sus susurros con un impecable silencio) desaparecía a sus espaldas. Miró al ANBU, luego a Tsunade, y se alisó la túnica con la mano sana.

— Denegado — dijo. El enmascarado miró a Tsunade como diciendo: "así son las cosas" y ella fulminó a ambos con la mirada. Danzo volvió a alisarse la túnica, esta vez a la altura de los hombros, antes de continuar—. El lugar se mantendrá en secreto por la seguridad del joven Uzumaki.

— ¿Secreto? — Tsunade alzó la voz, indignada— ¿Acaso no confías en mí?

— No. — Levantó una mano, hizo un gesto, y alguien le respondió con otro a lo lejos— La confianza no es un lujo que pueda permitirme, Tsunade-hime. No es algo personal: la considero una excelente kunoichi. Pero en estos momentos, toda precaución es poca — Se acarició la perilla con el índice y el pulgar, como reflexionando sobre algo— De todos modos, usted piensa lo mismo sobre mí, ¿no es cierto? No es precisamente la confianza lo que mantiene unida a esta aldea — Danzo y Tsunade intercambiaron una mirada. Él fue el primero en desviarla, dirigiéndola al enmascarado—. Muy bien. Llévense al muchacho, y procuren que no sufra ningún daño. Es una orden.

El ANBU asintió y se marchó sin decir una palabra. Sus hombres rodearon a Naruto, uno de ellos cogió al chico en brazos, y cuando el capitán se unió al grupo, todos desaparecieron.

A Tsunade se le formó un nudo en el estómago al ver irse a Naruto.

— Quiero pensar que no estás tan loco como para hacerle daño — Clavó la vista en Danzo, quien se la devolvió, imperturbable—. Espero que sepas lo que haces, Danzo.

— Los intereses de Konoha también son los míos. Confíe o no en mí, sabe que esto es cierto.

— Y ese sello... Cuando todo esto acabe, haré que Jiraiya lo estudie a fondo. Si encontramos algo sospechoso, cualquier cosa...

— No hace falta que siga. Sus amenazas son de escaso interés para mí.

Hubo un nuevo cruce de miradas. Pero entonces Asuma tosió, y ella volvió a centrarse en su tratamiento. De modo que cuando el fuego del Tercer Hokage encendió el cielo en la distancia, Danzo fue el único de los dos en darse cuenta. No le costó adivinar quién había sido el culpable: reconocería las técnicas de su viejo rival en cualquier parte.

Una luz así, pensó, debía haberse visto por toda Konoha. Eso significaba problemas. Levantó una mano, hizo un gesto, un ANBU se esfumó. Y como reemplazándole, otro aterrizó junto a Danzo, levantando una nube de tierra y polvo.

De inmediato empezó a gritar.

— ¡Necesitamos ayuda! ¡Están dentro! ¡No podemos contenerlos!

Danzo le miró con el ceño fruncido. Levantó un dedo. El otro hombre cerró el pico.

— Silencio — dijo fríamente—. Existe una manera correcta de hacer las cosas. Usted la conoce. Ahora, volvamos a empezar.

El ANBU no respondió de inmediato. Necesitaba aire. Tenía las manos apoyadas sobre las rodillas y jadeaba como un caballo de carga. Su armadura estaba sucia, ensangrentada, mellada. Danzo torció la boca al verlo, pensando, disgustado, que no era nada barato fabricarlas.

— Me está haciendo esperar — dijo—. No lo haga.

Su chakra se elevó una micra.

Su soldado se puso firme al instante.

— Lo siento, señor, estoy herido, señor — dijo atropelladamente—. Permiso para informar, señor, la situación es grave —hubo una pausa—. Señor.

Danzo asintió, satisfecho.

— Permiso concedido.

— Han entrado a los búnkeres, señor, están por todas partes. No sé cómo lo han... logrado — dijo tras una pausa. Tsunade se levantó como un resorte y caminó hacia ellos, sus ojos echando chispas.

— Qué has dicho — De un empujón, hizo que el ANBU se girase hacia ella—. ¡Repítelo!

— Los Uchiha... señora. Están en los búnkeres — tragó saliva—. Son muchos, demasiados. Intentamos pararles, pero... ¡Estamos muriendo como ratas ahí dentro...!

Los labios de Tsunade se despegaron. Nada salió de ellos. Sus palabras estaban mudas, pero no su cuerpo. Apretó un puño. Lo hundió en el estómago del ANBU, haciéndole gruñir de dolor y caer de rodillas.

— ¡Teníais un maldito trabajo! — rugió Tsunade—. ¡Sólo uno!

Estuvo a punto de darle otro puñetazo, pero alguien se lo impidió. Danzo le había cogido de la muñeca con firmeza. Pero no había ninguna agresividad en el viejo shinobi: al menos no hacia ella. Los dos se miraron, él negó con la cabeza. Por una vez, Tsunade sintió que estaba de su parte, así que bajó la mano, aún furiosa.

Danzo se llevó los dedos a los labios. Silbó.

Todos los ANBU que había en la zona corrieron a su encuentro.

— Hay enemigos en los búnkeres — dijo con tranquilidad—. Los eliminaréis. A todos ellos.

— Entendido — dijeron los enmascarados.

— No morirá ningún civil. ¿Lo habéis entendido?

— ¡Sí, señor!

— Entonces marchaos — lo hicieron—. Y usted, acérquese.

También obedeció. Quedaron cara a cara: una máscara artificial frente a una de carne.

— Señor...

La palabra desembocó en un gruñido de dolor. El puño de Danzo había recorrido la corta distancia que lo separaba del estómago del soldado. Justo en el mismo lugar donde le había golpeado Tsunade. Fue un golpe rápido, seco, que le hizo caer de rodillas.

A Danzo no le había cambiado la cara. Ni un milímetro. Seguía sereno. Casi inexpresivo. Dijo:

— Levántese.

Y el ANBU volvió a hacerlo. Tenía grietas en la armadura, allí donde el puño de su líder le había alcanzado. No se atrevió a protestar, ni a quejarse en exceso. Simplemente se puso firme y guardó silencio.

— Usted y su grupo tenían órdenes— Danzo hablaba con calma, pero sin parpadear—. "Proteger los búnkeres." Son unas órdenes simples. Sólo. Tres. Palabras. "Proteger los búnkeres." Dígame, soldado. ¿Sabe lo que significan?

— Sí, señor — respondió el ANBU, con la voz llena de vergüenza.

Danzo tomó aire por la nariz, y lo soltó muy despacio por la boca.

— Lo sabe... — murmuró—. Y aún así, el enemigo ha entrado en el único lugar donde jamás debió hacerlo.

El ANBU tragó saliva. Quizá sabía lo que le esperaba. Aún así, no se atrevió a hablar, ni siquiera a moverse. Danzo se acercó más a él.

— Esto sólo deja dos posibilidades — continuó Danzo—. O es usted un incompetente, o un traidor. Lo mismo da. Usted sabe que en nuestras filas, ambas palabras tienen el mismo significado.

Hubo un cruce de miradas. El ANBU bajó la suya.

— Cuando esto acabe, buscaré a los responsables de esta traición. Y le aseguro una cosa: usted estará entre ellos. Ahora, en marcha. Iremos a los búnkeres y exterminaremos a cualquier Uchiha que se haya atrevido a poner un pie dentro.

Sus hombres desaparecieron casi al instante. Todos excepto el ANBU que había traído el mensaje. Danzo había apoyado la mano sobre la máscara de su soldado, allí donde debería estar la mejilla. La acarició suavemente.

— Le daré un último consejo — dijo, suavizando de pronto la voz—. Si yo fuera usted, procuraría morir durante esta misión. De lo contrario, tendrá que enfrentarse a mi castigo. No hace falta que le diga qué opción es más conveniente para usted, ¿verdad?

El ANBU asintió lentamente.

— Me alegra que nos entendamos. Ahora, márchese — dijo Danzo.

No hizo falta que se lo dijera dos veces. El enmascarado desapareció de inmediato, sin decir una palabra, y con el corazón lleno de dudas.

— Tsunade-hime.

Se giró hacia ella. La kunoichi parecía preparada para partir en cualquier momento. Pero también parecía confusa. Nerviosa. Era extraño atisbar esas emociones en una mujer como ella, pero allí estaban. Danzo no le culpaba. Era lo esperable. Las personas normales, por duras que fueran, no sabían qué hacer cuando la vida muestra su peor cara. No, no lo sabían. Las personas normales dudaban, temblaban, eran afectadas por la desgracia, la guerra, la muerte, el dolor. Y eso las hacía lentas. Vulnerables. Falibles.

Por eso necesitaban a gente como él.

Por eso, la aldea le necesitaba a él.

— ¿A qué esperamos? — le soltó Tsunade—. ¡Debemos irnos ya!

Pero Danzo no se movía.

— Tengo otra misión para usted — dijo con tranquilidad.

— Tú no tienes nada para mí — le espetó ella—. No sé si la edad te ha podrido el cerebro, pero te recuerdo que en los búnkeres hay heridos, civiles, ancianos. ¡Niños! Tú quédate aquí si tu conciencia te lo permite. Pero yo me voy ahora. Vosotros — se refería a los otros ninjas médicos— cuidad de Kakashi y los demás. Mantenedlos vivos. No me falléis.

Hizo ademán de irse. Pero entonces:

— Quizá le convenga escucharme — Danzo habló con tranquilidad—. Se trata de Jiraiya-san.

Eso la paró en seco. Se giró hacia él, despacio. De pronto asustada.

— Los ANBU de su escuadrón me informaron sobre su paradero — dijo Danzo—. Sobre su situación.

— Y por qué no me lo habías dicho.

Un crujido. Eran sus puños apretándose.

— Asegurar al jinchuuriki era más importante — respondió él—. Su habilidad médica era esencial para conseguirlo. Distraerla habría sido un error.

Distraerme. ¿Por qué me iba a distraer, Danzo? — Tsunade se acercaba a él despacio—. Abre la boca y suéltalo.

— Itachi Uchiha —El nombre entró como hielo en el sistema de Tsunade—. Se ha unido al ataque de su clan. Está aquí, en Konoha. Fue él quien dejó al joven Uzumaki en tan... lamentable estado. Y habría acabado con su vida si no fuera porque Jiraiya-san se lo impidió.

— ¿JIRAIYA ESTÁ LUCHANDO CONTRA ÉL?

Otro crujido. Pero esta vez no eran sus puños, sino el suelo que pisaba. Su chakra lo había agrietado. Un aura azulada apareció a su alrededor, haciendo levitar su cabello, agitando sus ropas. Danzo retrocedió un paso.

— Según mis hombres, el combate ya ha terminado. Le alegrará saber que su... compañero ha resultado vencedor.

— Era eso lo que cuchicheabas. Lo sabías. Sabías que Jiraiya arriesgaba su vida y me lo ocultaste.

Estaba tan furiosa que todo lo demás había desaparecido de su cabeza. Excepto él.

— Tomé la decisión correcta.

— Si esperas que me crea, ¡por un maldito momento...! — Tsunade le clavó el dedo índice en el pecho, acusadora— ¡Si esperas que me crea tus mentiras, Danzo...!

Por primera vez, la sombra de la ira cruzó el ojo de Danzo. Levantó una mano para apartar la de la kunoichi, y avanzó hasta quedar muy cerca de ella.

— He sido cortés con usted — dijo—, por su posición como Sannin, y por lo que significa su apellido. Por eso he ignorado su falta de cortesía. Sus... amenazas. — Un chakra extraño, inidentificable, se removió en su interior—. No le aconsejo que siga poniéndome a prueba.

— Oh, Danzo, dime que eso ha sido una amenaza. Por favor.

Él alzó su única ceja visible.

— Me sorprende que tenga tiempo para esto — digo con un amago de sonrisa—. Ninguno de los dos sabemos cuánto tiempo puede quedarle a Jiraiya-san.

Una corriente de aire.

La cabeza de Danzo se separó de sus hombros, limpiamente, de un solo golpe.

Pero entonces la corriente se detuvo, el chakra de Tsunade se encogió, y sus intenciones de matar se apagaron hasta casi desaparecer. Casi.

Danzo soltó el aire, despacio, sin cambiar su expresión estoica. La visión había sido tan intensa que casi pareció real.

— Veo que no ha perdido un ápice de su energía — comentó con voz neutra. Mientras tanto ella había levantado de nuevo un dedo que ahora le apuntaba directo a su cara cubierta de vendas.

— Cuando todo esto acabe, tú y yo vamos a hablar — dijo Tsunade, despacio—. Muy de cerca.

— Estaré encantado — respondió él, dándose la vuelta—. Ahora, márchese. Si no me equivoco, tiene una vida que salvar. Nos veremos en los búnkeres cuando termine.

— Danzo — dijo ella, tragándose la rabia que sentía. Él siguió andando, sin prestarle atención—. ¿Tus hombres podrán hacerlo? Los Uchiha son...

— Tsunade-hime — le cortó Danzo—. Creo que tiene la impresión de que la situación está fuera de control. Déjeme recordarle (pues parece que se ha olvidado) con quién está tratando — se detuvo, giró la cabeza. Su pupila asomó por el rabillo del ojo, fría como el hielo—. Mi nombre es Danzo Shimura. Yo nunca pierdo el control. ¿Los Uchiha están dentro? Muy bien. Ahora ninguno de ellos podrá salir.

Y sin decir una palabra más, Danzo se desvaneció.