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Antes del alba

Kenma x Akira

Disclaimer: personajes no son míos


Anteriormente: Tras hablarle a Kuroo de su relación con Kunimi, todo Tokio se ha enterado del hecho, y Kenma se obliga a hacerse a la idea de que sale con un chico, lo que no tiene nada de extraordinario. Sin embargo, es consciente de que su relación no es corriente en varios aspecto, y después de pensar en muchas cosas, decide invitar a Hanamaki-san a su cumpleaños.


XVIII

Me gustaba celebrar mi cumpleaños el día que caía. Y por ello, me gustaba especialmente cuando caía un día de semana, por ejemplo un lunes. Significaba que no todos podrían asistir debido a sus obligaciones y responsabilidades adultas, y solo estarían presentes las personas que realmente importaban… y Lev.

Aquel año mi cumpleaños caía precisamente un día de semana, un lunes. Akira trataba de convencerme de celebrarlo el día antes, domingo. Decía que le hacía ilusión estar conmigo a las 00:00 horas. Fue cuando le expliqué las razones de por qué solo celebramos mis cumpleaños el día de mi cumpleaños. Se burló de mí.

—Respeto tus niveles de asociabilidad, pero ¿quién es ese tipo Lev? Siempre que lo mencionas parece ser un sujeto de lo más desagradable.

—Es que lo es, Lev es la culminación de todo lo malo en este mundo, pero como no entiende de indirectas ni se pierde ningún evento, se trata de un mal inevitable.

—Eso lo dices porque no has conocido a mi senpai Oikawa… Si se refieres a la condensación de los males humanos, no creo que nadie llegue al nivel de Oikawa.

—No sé quién será ese tal Oikawa, pero tú también odiarás a Lev cuando lo conozcas. Especialmente ahora que está enterado de nuestra relación, no se perderá mi cumpleaños por nada del mundo, y me gustaría evitártelo, pero este es un caso típico de «fatalidad del destino»: así son las cosas.

—Entonces con mayor razón necesitas de un segundo cumpleaños, de esa manera, cuando aparezca ese tal Lev para estropearlo todo, todavía te quedará una celebración memorable, intacta en tus memorias.

En ese momento nos paseábamos por los pasillos de una tienda de conveniencia. Prometí a Akira acompañarlo para abastecer su nevera y despensa. Yo sostenía el canasto de la compra mientras Akira iba echando productos. Se detuvo en la sección de las conservas. Entre sus manos tomó una lata de tomates, como examinándola. Algo lo hacía dudar.

Sabía de qué se trataba. También sabía por qué se esforzaba en que yo celebrase mi cumpleaños por partida doble. Se tuvo que enterar de que hablé con Hanamaki-san, o bien, el local donde decidí celebrarlo le dio alguna pista. Pero no sería yo el primero en decirlo. Si Akira dudaba, lo que fuese, que se atreviera a decírmelo en la cara.

Al final no compró ninguna conserva de tomate. Llenó el carro con bolsas de pan de molde, salsa de huevo, jalea de uva, jugo de melón, energéticas, nachos de queso, conservas de atún y de caballa, y un paquete de magdalenas de doce unidades: Akira estaba a medio camino de convertirse en un adulto, pero el concepto «alimentación saludable» lo manejaba a medias. Yo no tenía cara para reprochárselo.

Lo acompañé hasta la entrada de la residencia de músicos. Me invitó a subir, pero me negué. Tenía junta gamer con amigos ratas de la facultad, y si bien podría faltar… un sentimiento de satisfacción me producía negarme a Akira. Nos despedimos de beso al mismo tiempo que le prometía enviarle un mensaje cuando llegase a casa. Promesas insignificantes. Al final, nos callábamos las cosas importantes, las que necesitábamos hablarnos.

Intuía bien lo que Akira trató de decirme, el motivo por el cual le faltaron las agallas. Yo pude facilitarle alguna excusa para que hilara el tema, o pude sacarlo directamente, pero no lo hice. Akira regresó a la residencia con esas heridas que acababa de infringirle, y si bien era un arma de doble filo, y en mis manos notaba la sangre manar de las heridas que yo mismo me producía con mis negaciones y mis silencios, el veneno que corría por mis venas, al mismo tiempo que me mataba, lograba reconfortarme.

No era una sensación buena.

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Hanamaki Takahiro, el oficial, tenía un puesto menor como empleado público, y por las tardes, tocaba la guitarra con su grupo de Math Rock, sea lo que fuese aquello. Su grupo se llama Sayonara Skyline, lo componían otras dos personas más. Era una de las cosas que me enseñaron las redes sociales de Hanamaki. No me sentía capaz de describir ese tipo de música. No entendía de dónde venían las matemáticas exactamente, pero a juzgar por la velocidad en que sus dedos bajaban por el mástil de la guitarra, debía de ser algo complejo… como las matemáticas.

Sayonara Skyline solía tocar en un bar del centro los días lunes y miércoles, y yo le pedí a Tora y Fukunaga que me organizasen el cumpleaños en ese bar. Le quedaba lejos a todo el mundo, salvó a Lev. Pero incluso quedándole a trillones de kilómetros, no habría importado nada: Lev era ese tipo de persona que no se perdía ningún evento, su espectro social abarcaba desde nacimientos hasta funerales, y no había nada que uno pudiese hacer para evitarlo. Lev iba. Era de cajón.

Pero no se podía simplemente no invitar a Lev, no con tanta gente con teléfonos celulares y vidas completamente mediáticas. Aún sin ser invitado, Lev era ese tipo de persona que llegaba a todos los eventos. Un ejemplo claro y concreto, fue cómo apareció en la reunión que se celebró a motivo del otorgamiento de la beca académica de Fukunaga. Pero es un mal ejemplo, porque a Fukunaga sí que le agrada Lev, y puede que él mismo lo haya invitado en secreto, sin habernos consultado.

Pensaba en estas cosas la víspera de mi cumpleaños, inusualmente caluroso. Suponía que se trataba de eso del calentamiento global. Por entonces no pensaba mucho en los temas del planeta, ni me preocupaban. Todavía no estoy seguro de que lo hagan. Constantemente me encuentro pensando en mi futuro, proyectándome qué será de mí tanto en el futuro próximo como en los años venideros, pero los temas macros y de contexto, he tendido sistemáticamente a dejarlos de lado. En el fondo, no soy capaz de abarcar panoramas completos, y mi obsesión por situarme en el centro de los problemas, quizá obedezca a una falta importante de autoestima.

Ese día, cobijado en el kotatsu, sin necesidad de encender el hogar para calefaccionarme, pensaba en el calentamiento global, en lo poco (más bien nada) que hacía yo al respecto. Pero, honestamente, ¿acaso ayudaría en algo si, de pronto, me comprometía a no jugar tantas horas de videojuego? Por ejemplo, supongamos que decido ahorrarle al planeta una hora de consola al día. Y con eso no digo de que los reemplace por juegos en computadora, o juegos del celular. Un blackout total de videojuegos implicaría que por una hora, debería ser capaz de no consumir ningún tipo de energía, de aquí hasta que muera. Esos son muchos watts. No tengo la capacidad de calcularlo, pero deben de ser realmente muchos watts (y espero estar usando la unidad de medida correcta, pero algo me dice que no volts ni ampères aplican a la reducción del calentamiento global). Y aún siendo muchísimos watts de ahorro, de todas formas es un ahorro insignificante, considerando los millones de personas que somos: se trataba de un sacrificio inútil.

Me encontraba allí en el kotatsu, jugando en mi consola POP, pensando en el calentamiento global, quizá porque mamá le encargó unas plantas a Kai, y vendría en algún momento de la tarde a dejarlas. Como ninguno de mis padres estaría en casa hasta la cena (una tía se estaba divorciando y fueron a dar apoyo moral), tenía que aguardar a Kai, para recibir esas plantas. Quizá yo sea un adulto y todo eso, pero seguía a la obediencia de mis padres, al menos si de encomiendas se trataba.

Era muy probable que mamá se las encargase solo para ayudar su emprendimiento, en todo caso, Kai tenía mucha mano para las plantas. Era una persona preocupada de su planeta, y de hacer esos sacrificios a los que yo no estaba impuesto. Ese tipo de persona que lee los ingredientes de lo que consume, y que busca aquello que tenga menos preservantes, menos procesos de producción. Cuyo envasado sea reutilizable, o al menos reciclable. Siempre que podía hacer lo que necesitaba en lugar de comprarlo, lo hacía, no tanto por el ahorro en su economía (aunque bien que lo necesitaba), sino por el ahorro de energía que significaba. He probado su comida, y será saludable, orgánica y libre de transgénicos y etcétera, pero a mí se me hacía complicada de consumir. Eran sabores que se me hacían extraños. Además, tras graduarse, dejó el consumo de carnes y sus derivados, la bicicleta pasó a ser su medio de transporte oficial, y compraba ropa usada, de segunda hasta tercera mano, porque era algo que «ya existía». Con los años, Kai se había convertido en uno de esos ecologistas hipsters bien hipsters, pero que al contrario de los ecologistas hipsters bien hipsters, no alzaba la voz ni acusaba a los demás por no llevar el mismo estilo de vida que él, y eso era lo más destacable que tenía Kai. Nunca estaba impuesto a juzgar a nadie. Hacía las cosas bien porque alguien debía de hacerlo, y no se metía en discusiones ni auspiciaba malos ratos.

Quizá Kai sea una persona buena por antonomasia, uno de esos seres extraños del universo. Compartía un poco la esencia de Fukunaga, pero hablaba más y era menos excéntrico. A todas luces, observando el panorama completo de las personas, tanto Kai como Fukunaga eran aberraciones estadísticas.

Sentí el chirrido de la bicicleta frenar frente a nuestra casa. Se quitó el casco antes de saludar, manteniendo siempre la distancia. Le indiqué dónde dejar las plantas. En la parrilla de la bicicleta, Kai había atado una caja de madera donde transportaba cuatro maceteros enormes con cactos y bromélias. Luego de bajar todas las plantas, la cortesía me obligó a preguntarle a Kai si necesitaba pasar a casa, ya fuese para descansar, reponer de agua la caramañola, o utilizar el baño, pero se negó. Pareció dudar un momento.

—Sé que es de mala suerte desear feliz cumpleaños antes de tiempo…

—Está bien.

—No creo poder ir mañana a tu festejo.

—Eso en realidad sería muy amable de tu parte, Kai.

Se largó a reír. Me explicó los cuidados que había que tener con las plantas, pero me enredé y tuve que pedirle que rebobinara. Al final decidí grabar una nota de voz con sus recomendaciones y sugerencias.

Me deseó suerte, repartiendo saludos para mis padres. «En tu nombre», respondí, no sé por qué. Mamá conoció a Kai solo una vez, en casa de Kuroo, y de alguna manera ocurrió que se quedaron platicando casi una hora sobre alimentación saludable. Lo entendía. Kai era uno de esos chicos que las madres adoran porque las madres, en especial las madres que son como la mía, se dan cuenta a leguas cuando se encuentran con una buena influencia para su descarriado hijo.

—Una última cosa… —añadió ya montado en la bicicleta—, cuando venía para acá, me topé con un chico que parecía un poco perdido… el asunto es que sé bien quién es ese chico porque Kuroo nos lo contó Yaku y a mí, pero antes que pudiera ayudarle, salió huyendo.

—Oh… oohhhh… ya veo —Maldita sea, Kuro, eres lo peor. Akira, tú también lo eres. Traté de serenarme. Tenía a Kai delante, seguramente esperando alguna acotación más de mi parte—. Siento que te hayan causado tantas molestias...

—¿Molestias? No, no, para nada. Solo pensé que debías saberlo.

—Gracias. Uhhmm, Kai, ¿viste por dónde salió huyendo ese idiota?

Me explicó por dónde fue que se cruzaron. Después de despedir a Kai, volví a casa en busca de mi cazadora y mi teléfono, y me encaminé hacia el sector que indicado. Llamé a Akira al teléfono.

—Gracias a Dios me llamas. Es que ya no me quedaban minutos. Un tipo muy raro en una bicicleta ha tratado de asaltarme.

—Por supuesto que no. Dónde estás.

—No lo sé, el barrio se ha puesto más y más sombrío… espera, aquí hay un cartel… dice "calle Mayo".

—Quédate allí, voy.

—¿Cómo dices? No, no, si me quedo parado, el de la bicicleta podría volver a encontrarme.

—El de la bicicleta es el ser humano más amable que vayas a conocer en tu vida. Al otro extremo estoy yo, y te estoy odiando.

—Es todo, hoy me muero.

—Escóndete detrás de un cubo de basura, qué se yo. Espérame.

No sé cómo alguien podría confundir tanto el alma del bueno de Kai con el de un asaltante, en todo caso me apresuré a buscar a Akira. Y lo encontré. El muy idiota, efectivamente se escondió detrás nde unos cubos de basura.

Y supongo que no pude seguir enojado. Así fue cómo nos conocimos, después de todo. Akira iba saliendo del museo de Mitaka junto a Kei, mientras yo los espiaba, oculto tras unos basureros. Aquellos días en que Kei todavía trataba sabotear su relación con Kuroo. Esos días que yo no sabía qué hacer por ellos.

Corrí hasta Akira y lo abracé a traición, por la espalda. Desprevenido, solo fue capaz de responder a los besos, intentando que la inercia no nos llevase al suelo. Algo quemaba en mi interior. Algo ardía en mi vientre, bajando hasta mi sexo.

—No hay nadie en casa, sígueme.

Lo agarré de la mano. Si Kuroo no le hubiese dicho a Kai… Si Kai no fuese un ecologista hipster que cultiva plantas… Si mi tía no se estuviese divorciando… yo no habría descubierto nunca los orgasmos…

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Akira me ayudó a hacer la cama. Mientras les escribía a mis padres que mi novio se unía a la cena, pusimos la mesa y salimos a fumar al cobertizo. Le enseñé las plantas que compró mamá. Le mostré una imagen de Kai, para que me creyera de que era un tipo bueno.

—Estaba asustado —admitió Akira—. Supongo que buscaba alguna excusa para que esta misión fallara.

—¿Por qué?

—Porque creí que me ibas a odiar por desobedecer tus deseos.

—Lo siento si te di esa impresión. La verdad es que estaba buscando incomodarte. No sé por qué. O sea… comprendo por qué, pero no sé por qué tengo que ser así.

—¿Ahhh, sí? ¿Te refieres a eso de celebrar tu cumpleaños en el bar de Hanamaki?

—Sabía que ya sabías.

—Muy difícilmente podía tratarse de una coincidencia.

Ambos exhalamos el humo de nuestros pulmones al mismo tiempo.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿Que ya sabías?

—Hanamaki-san es una buena persona, Kenma. Te agradará. Su música…

—Sí, explícame una cosa, ¿Qué es eso del Math Rock?

—Algo menos novedoso de lo que su nombre sugiere. Podría decirse que es un híbrido rarísimo entre el conservatorio y el rock. Pero si le preguntas a él, te dirá otra cosa… podrás hacerle esa pregunta tú mismo, mañana.

—Hablas como si no quisieras que nos lleváramos bien.

—Es al contrario. Me encantaría que se llevaran bien. ¿Pero si no? Por eso he estado evitando que se conocieran.

Mis padres llegaron en ese momento. Oficialmente, les presenté a Akira, mi novio. Papá se nos unió a un cigarro, mientras mamá llamaba a Kai para agradecerle por las plantas. Para cenar ordenamos comida. Esta se demoró bastante en llegar. Papá me sorprendió descorchando un espumante, y cuando dieron las doce, brindamos por mi cumpleaños.

Akira llamó a un taxi.

Me habría gustado volver a meterlo a mi cama. Dormir a su lado. Despertar en mi cumpleaños abrazado a su torso desnudo. Todo parecía ir tan bien. Pero nos despedimos, y yo no sé de dónde se originaba esa angustia que me embargaba.

Abracé a mamá.

—¿Te agrada, mamá? ¿Te cayó bien?

Ella no entendía por qué lloraba, ni yo. No podía explicárselo. No podía explicármelo. El calentamiento global, el rock matemático. Me preocupaba demasiado por lo que no revestía importancia, y lo importante, no sabía visualizarlo.


Bien sea... se van a cumplir 2 años ya desde que empecé a subir este fic ? es una broma ? fufu...

Grupos de Math Rock que me gustan: CHON y Elephant Gym. Ambos grupos han hecho grabaciones en vivo en Audiotree. Si tienen tiempo, se los recomiendo, especialmente Elephant Gym.

Lo del «ecologista hispter» fue idea de Akaasha. Era lo más acertado. Los créditos son todos tuyos.

He respondido los rws por PMs esta vez :D

Ya no me tengo tanta fe en cuanto a acabar el fic este año...

jc