La escandalosa Lady
Capítulo 10
El rumor de que el Lord escocés ha entablado relación con una dama de condición inferior ha sido refutado por todas y cada una de las fuentes, pero habiendo investigado el asunto, éste ha resultado ser falso. Su Lady parece feliz de tener a su Lord de vuelta tras sus repentinas y sucesivas ausencias, la diversión está garantizada ahora que los dos ocupan su hogar conyugal.
Publicado en una gaceta de sociedad.
Enero, 1877
Tanahi estaba en la cama metida entre las sábanas, pálida bajo el camisón de encaje. Menma, en kilt y mangas de camisa, estaba tumbado a su lado y deslizaba su enorme mano bronceada por el abdomen de su esposa.
—Pobre Hinata—, se compadeció Tanahi al verla llegar y cerrar la puerta.—No era mi intención asustarte.
Hinata se acercó a la cama y se dejó caer en la silla, a su lado, para entrelazar las manos con las de ella.
—¿Están los dos bien? — preguntó con voz temblorosa. —¿Y el bebé?
—Todo está bien—, aseguró Tanahi con una sonrisa. —Y estoy en buenas manos, como puedes verlo por ti misma.— Lanzó una cariñosa mirada a Menma, que no había levantado la vista desde que ella entró en la estancia.
—Gracias a Dios—. Hinata inclinó la cabeza sobre sus manos entrelazadas. Su corazón entonó una oración de agradecimiento. — Gracias a Dios.
—De verdad, estoy bien, Hinata. Me sofoqué eso fue todo. Primero fue por la excitación de las carreras, y luego por estar sentada en esa carpa tan mal ventilada. Además llevaba el corsé demasiado apretado y ¡ya viste cuántos pastelitos de crema tomé!
Tanahi mantuvo un tono ligero, como si lo ocurrido fuera divertido. "¡Qué tonta he sido" parecía decir! Pero ¿acaso no he pagado el precio? Hinata cerró los ojos y apoyó la frente en la mano de su cuñada.
Ésta le acarició el pelo.
—¿Estás llorando Hinata? Te aseguro que estoy bien. ¿Qué te ocurre cariño?
—Hinata tuvo un aborto.— La voz de Menma retumbó a su lado.
Perdida en sus dolorosos recuerdos, Hinata escuchó la conmocionada exclamación de Tanahi.
—Hace cuatro años— continuó Menma. —Estábamos en un baile y tuve que llevarla a casa. No fue posible encontrar a Naruto. Se había ido a Paris.
Sin duda, Tanahi interpretó correctamente las breves frases de Menma.
—Ya entiendo. Bueno, no me extraña entonces que se apresuraran a traerme aquí con tanta premura.
—Era un niño, apenas faltaban tres meses para que naciera— añadió Menma, reduciendo el acontecimiento más terrible de su vida a frases cortas y concisas. —Tardé cinco días en localizar a Naruto y traerle de regreso a casa.
Cinco días en los que ella había permanecido sola en la cama, perdida en la melancolía más terrible que hubiera experimentado nunca. Había querido morir; no tenía fuerzas para vivir. Pero su cuerpo era joven y fuerte y se había recuperado muy pronto, no así su espíritu.
—Y es algo que jamás me he perdonado a mí mismo—, intervino Naruto a su espalda.
Hinata alzó la cabeza y le vio en el umbral, observándola con sombría resignación.
—Ya te lo he dicho muchas veces—, intervino Hinata. —No podías saber lo que iba a ocurrir.
Naruto dejó caer los brazos y entró en la estancia con pasos lentos y medidos.
—Tú eres lo que más quiero en el mundo y no estaba allí para ocuparme de ti. Tienes razones para odiarme.
—No te odiab...— Hinata se interrumpió. En aquel momento sí le había odiado, le aborreció por haber tenido que sufrir su pena a solas. También se odió a sí misma por haber provocado la discusión que hizo que huyera dos semanas antes del aborto.
Le había presionado, diciéndole que estaba cansada de su constante ebriedad y aquellas salvajes escapadas con sus amigos, a quienes les gustaba emborracharse tanto como a él. Naruto decidió, como siempre, que lo mejor que podía hacer era poner tierra por medio.
—No te odio ahora—, rectificó.
Naruto le dedicó una sonrisa a Tanahi, apenas perceptible.
—¿Ves la vida tan miserable que padeció Hinata conmigo? La hice desgraciada, abrumándola algunas veces y abandonándola otras. La mayoría de las ocasiones era porque tenía la mente aturdida por la bebida, pero ni siquiera eso es excusa.
—Por eso te has vuelto sobrio— intuyó Tanahi.
—En parte. Aprendí una dura lección que deberían aprender también los más indulgentes: la bebida puede arruinarte la vida.
Hinata se puso en pie con un susurro de faldas.
—No seas tan melodramático, Naruto. Te equivocaste, eso es todo.
—Cometí el mismo error una y otra vez durante tres años. Deja de disculparme, Hinata. No creo que pueda soportar tu compasivo perdón.
—Lo que yo no soporto es esa ansia que has desarrollado por considerarte culpable de todo. No pareces tú.
—He cambiado. Tengo otras aficiones.
—¡Basta!— gruñó Menma desde la cama. —Tanahi está cansada. Vayan a discutir a otro sitio.
—Lo siento hermano—, dijo Naruto. —De hecho, he venido a traer algo a Tanahi. Espero que esto te levante el ánimo.
Hinata le observó con rigidez. Ahora se sentía tonta; se había dejado llevar por el pánico mientras Naruto y Menma mantenían la mente fría. Al observar el malestar de Tanahi, le vino a la cabeza la dura prueba padecida y se sintió incapaz de pensar o actuar.
—Adoro los regalos—, aseguró Tanahi, sonriente.
Menma se apoyó en el codo como un dragón protector cuando Naruto se inclinó sobre ella. Sacó una bolsita del bolsillo y la vació sobre la manta.
—Sus ganancias, milady—, bromeó.
—¡Oh, me había olvidado por completo! Dios te lo pague; Naruto. ¡Qué buen cuñado has resultado ser! Te encargas del carruaje, consigues que venga el médico a verme y, por último, me entregas mis deshonestas ganancias, y todo en una tarde.
—Es lo mínimo que puedo hacer por ti cuando cuidas tan bien de mi hermano pequeño.
Tanahi sonrió con deleite. Naruto parecía tan satisfecho, y Menma... Menma había perdido el hilo de la conversación y trazaba intrincados dibujos sobre el vientre de Tanahi.
—¿Y mis ganancias?— preguntó Hinata, con la voz todavía temblorosa.
—Las tuyas te las daré en privado. Buenas noches, Tanahi.
Hinata besó a su amiga en la mejilla y ella la estrechó en un abrazo apremiante.
—Gracias, Hinata. Lamento haberte asustado.
—Tranquila. Tú estás bien, eso es lo único que importa—. La besó otra vez y salió por la puerta que Naruto sostenía abierta para ella.
Hinata caminó en silencio junto a él por la galería, con los perros trotando a su alrededor, segura de que la crisis había terminado.
—¿Y bien?— le presionó, deseando que dejara de temblarle la voz. —¿Vas a darme mi dinero?
Naruto se giró hacia ella.
—Por supuesto. Después de exigir una prenda.
A ella le dio un vuelco el corazón y no le gustó que su cercanía hiciera que quisiera fundirse con él. Aunque un abrazo sería reconfortante.
—Lo siento, caballero: no soy una mujer de vida alegre. Muchas gracias, pero no pienso besarle por una guinea.
—Son cien guineas, y no es eso lo que tenía pensado—. Le brillaron los ojos. —Aunque resulta una sugerencia interesante.
—Naruto...
Él le puso las manos en los hombros. Unas manos cálidas y seguras que le quemaron la piel a través de la fina tela.
—Mi precio es que me prometas que vas a dejar de cargar con tus penas tú sola. Me has acusado de autoflagelación, pero sin embargo, tú te culpas por todo y apenas dejas que nadie se te acerque. Prométeme que dejarás de reservarte todo para ti misma.
La cólera creció y traspasó la preocupación.
—¿Y con quién puedo compartir la parte más dolorosa de mi vida? ¿Quién estará dispuesto a escuchar todas mis tragedias sin fingir una excusa para salir de la estancia?
—Yo lo haré.
Hinata se quedó quieta. Abrió la boca para responder, pero el nudo en la garganta se lo impidió.
—Lo que ocurrió fue una tragedia tan tuya como mía, continuó Naruto con suavidad. —Cuando supe lo que le pasó a nuestro bebé, quise morirme, y quise volver a morir por no estar allí contigo. Tú también podrías haber perdido la vida esa noche y, mientas tanto, yo estaba intentando olvidarme de todo en un hotel de Paris. Menma nunca habla mucho de ello, pero sé que pensó en aplicarme algunas de las torturas que le hicieron padecer en el sanatorio, y estoy seguro de que a ti también se te ocurrió.
Hinata asintió con la cabeza; las lágrimas hacían que le ardieran los ojos.
—Pero en ese momento te necesitaba tanto que no me importaba nada adónde tuviera que ir Menma para encontrarte.
—Bien, me encontró—, aseguró Naruto. Abrió los brazos. —Y estoy aquí otra vez.
—Sí, estás aquí. Ay, Naruto, ¿Qué voy a hacer contigo?
—Se me ocurren unas cuantas cosas.
El aire pareció crepitar mientras se miraban. El sol le calentaba la piel con los últimos rayos que se filtraban a través de la ventana.
Se preguntó por qué no sabía qué hacer con él sin volver su vida del revés. Naruto había dejado la bebida por ella y ahora era un hombre diferente; sobrio, tranquilo, más cínico, pero todavía repleto de aquella familiar y pícara arrogancia.
Él le deslizó los dedos por la cintura calentándola a través del corsé. Su cuerpo cobijó el de ella, la fuerza de sus manos resultó a la vez inquietante y reconfortante. Podría abrumarla con facilidad, podría tomar lo que quisiera de ella, pero no lo había hecho nunca Y no lo haría. Ni siquiera una vez.
Él le acarició la cara con dedos tiernos. En sus ojos no había ninguna demanda, ninguna pasión, aunque ella podía notar su reacción física a través de la falda.
—Estoy aquí, — aseguró él. —No volverás a estar sola.
—Por ahora—. ¿Podría sonar más amargada?.
Pensó que Naruto se sobresaltaría o se enfadaría, pero se limitó a alisarle el pelo.
—Para siempre. No pienso abandonarte nunca más, Hinata.
—Estamos separados.
—Eso es sólo un documento legal. pero si me necesitas, para lo que sea, de día o de noche, no tienes más que hacerme un gesto con el dedo y allí estaré.
Ella esbozó una sonrisa.
—¿Naruto MacUzumaki aferrado a las faldas de una mujer?
—Con gusto me ataría a ti, cariño, aunque sólo llevaras faldas. —La besó en la comisura de la boca, y el calor de sus labios le hizo hormiguear la piel. —En especial, si no llevaras nada.
Naruto todavía sabía cómo conseguir que se riera, de eso no cabía duda. Le dio otro ligero beso en los labios, pero de repente la casa se llenó de sonidos cuando Yahiko, Konohamaru y Nagato entraron y subieron las escaleras para averiguar cómo se encontraba Tanahi; los perros acudieron a dar la bienvenida a los recién llegados. Él le brindó entonces una sonrisa, la besó una última vez se giró para recibirles.
Naruto no era tan tonto como para creer que Hinata le recibiría con los brazos abiertos después de lo ocurrido, aunque sabía que había hecho muchos progresos. Sin embargo, todavía quedaba mucho camino por recorrer.
Durante la siguiente semana en Doncaster, Yahiko y Konohamaru asistieron a las carreras, Menma no se separó de Tanahi ni abandonó la casa, Hinata revoloteó a su alrededor por si acaso la necesitaban y él anduvo a caballo entre las pistas y la mansión.
Se mantuvo alerta por si volvía a aparecer el hombre al que Ron Steady había confundido con él, pero ni Ron ni ninguno de los demás corredores volvieron a ver a su doble. Tampoco tuvo noticias de Fellows desde Londres. Sin embargo, tenía una especie de presentimiento que le impedía bajar la guardia.
A resultas de la indisposición de Tanahi, Nagato había dejado de presionarla para que fuera su anfitriona y la relación entre Menma y él volvió a ser lo que era. Naruto tuvo la sensación de que su hermano tenía la intención de pedírselo a Hinata, lo que le hizo comprender perfectamente el malestar de Menma. Pero ni Nagato ni Hinata mencionaron nada al respecto. Además, el duque hizo pocas veces acto de presencia durante esos días.
Estaba involucrado en toda clase de asuntos de los que, francamente, prefería no saber nada. Había transformado su anterior inclinación por los apetitos sexuales más oscuros en una inclemente devoción por la política.
Aunque siempre había sido un genio para ese juego de poder y había llegado a destacar en él cuando tan sólo tenía veintidós años, mucho antes de convertirse en duque y obtener su asiento en el Parlamento. Ahora tenía bailando en la palma de la mano no sólo a los miembros de la Cámara de los Lores, sino también a los integrantes de la de los Comunes.
Tanahi y Hinata eran casi inseparables, paseaban casi todos los días por el jardín. Presentaban una bella estampa: dos hermosas damas vestidas con brillantes colores, con las cabezas inclinadas y juntas. Las escuchó reír muchas veces y se preguntó cómo encontrarían tantas cosas con las que divertirse. Pero, sin embargo, le gustaba su parloteo. Sobre todo, le gustaba oír la risa de Hinata.
Mientras Menma y él leían los periódicos, fumaban o jugaban al billar en apacible silencio, ellas hablaban sin cesar. Comentaban absolutamente todo lo que les pasaba por la cabeza, desde casas y moda a música, fauna y flora de todos los rincones del Imperio Británico. Era agradable y doméstico. Sus salvajes amigos se sentirían consternados si supieran que realmente disfrutaba con todo eso.
Por la noche Hinata desaparecía en su dormitorio y él vagaba insomne por la casa. Tenía el cuerpo tenso por el deseo, pero aunque ambos hablaban con más facilidad esos días, todavía no se atrevía a desnudarse para meterse en su cama. Cuando por fin se ganara la entrada en ese santuario, y se había prometido a sí mismo que lo conseguiría, no tenía intención de abandonarlo de nuevo.
Aquella vieja casa no tenía cuarto de baño, lo que quería decir que cuando Hinata quería tomar un baño, ordenaba a los lacayos que llevaran una bañera a su habitación. Entonces, él la oía chapotear a través de la pared que separaba sus dormitorios; escuchaba las salpicaduras mientras se lavaba todo el cuerpo entonando un melodioso zumbido que resultaba casi doloroso.
Una noche ya no pudo resistirlo más. Tanahi y Menma se habían encerrado en su suite y Yahiko y Konohamaru estaban fuera, al igual que Nagato. La voz de Hinata llegaba a través de la pared; una dama solitaria, felizmente desnuda en la bañera.
Naruto empujó la puerta y entró sin molestarse en llamar.
—Cariño, ¿estás tratando de volverme loco?
Hinata dejó caer la esponja en el agua con la consiguiente salpicadura. Estaba sola, no se veía a Natsu por ningún lado. Se había recogido el pelo en lo alto de la cabeza, pero algunos bucles oscuros se habían soltado y reposaban sobre los hombros mojados.
Hinata volvió a tomar la esponja y le miró con irritación.
—No todo lo que hago tiene que ver contigo, Naruto.
No había alarma ni cólera en su voz. Le respondió en el mismo tono que le hubiera contestado en la salita mientras tomaban el té. Sus pensamientos se desviaron al último té que habían compartido en su casa y comenzó a sudar.
Cerró la puerta.
—Siempre he admirado tu afición por la higiene. Todos los días, lady Hinata se da un baño, no importa desde donde tengan que traer el agua los sirvientes.
—Hay un depósito al final del pasillo. No tienen que traerla desde muy lejos.
Naruto cruzó los brazos para que ella no viera sus dedos temblorosos. La espuma y la condenada esponja le ocultaban la vista del cuerpo desnudo de su esposa, pero los brazos rosados y las suaves rodillas sobresalían del agua haciéndole estremecer de anhelo.
—¿No me has dicho alguna vez que tu madre te comparaba con un patito porque te gustaba chapotear en cuanta agua tuvieras a mano?
—Supongo que es una de esas cosas que no se olvidan con la edad.
Hinata acabaría matándole. Aquél era su cobarde plan: dejarle vislumbrar lo que no podía tener con la única finalidad de que el ardor se convirtiera en cenizas. Entonces, Natsu podría barrerle y tirarle al cubo de la basura más cercano.
"Concéntrate, Naruto MacUzumaki".
—Tanahi y Menma regresarán a Escocia a finales de semana—, le informó.
—Lo sé—. Hinata se pasó la esponja por el brazo haciendo que riachuelos de espuma gotearan sobre el agua de la bañera. —¿Les acompañarás?
Justo la pregunta que él quería responder.
—Depende.
—¿De qué?
—De cuántas veladas musicales y bailes tengas previsto ofrecer en Londres. Hace demasiado frío para celebrar una fiesta campestre, así que no creo que invites a nadie a la casa de campo.
Hinata arqueó las cejas y deslizó la esponja por el otro brazo.
—Mi calendario social ha sido muy previsible durante años. Un baile para marcar el inicio de la temporada y otro para señalar el final, fiestas campestres en julio y agosto; las carreras de caballos son el acontecimiento más importante de septiembre y Navidades en el Castillo de Rasengan. No veo razón para alterar mis planes en este momento.
—Mi calendario social es casi un calco del tuyo—, dijo Naruto, —¡qué feliz coincidencia!
—¡Vaya cambio!
Naruto se volvió hacia ella sin sonreír.
—Sí, un gran cambio.
Hinata le observó con sus hermosos ojos perlas y bajó las pestañas antes de apoyar el pie en el borde de la bañera La observó mientras deslizaba la esponja desde los dedos hasta la rodilla y su excitación creció de manera imparable.
Ella alzó la esponja.
—¿Naruto te importaría frotarme la espalada?
Él se quedó inmóvil durante un breve instante en el que se sostuvieron la mirada. Luego atravesó la estancia. Había tirado la chaqueta al suelo antes de que la reverberación de la última sílaba dejara de resonar en la sofocante atmósfera.
Continuará...
Respondiendo a Lila, si adaptare la serie xD
