Vale, se dijo Cristal. Me están pintando la situación bastante cruda. Muy, muy cruda. Más que cruda.

Mazakala Halloran parecía haber disfrutado de lo lindo mientras contaba el relato de cómo la Torre Sion se había convertido en la Torre Pokémon; pero, ahora que la lección de historia había terminado, parecía más inquieto que nunca. Bueno, no. Parecía evidentemente asustado. Y, al parecer, no sin motivos.

Tal vez fuera solo cosa de la sugestión, pero la joven entrenadora tenía la sensación de que hacía más frío que nunca en aquella sala, a pesar de la cálida y reconfortante presencia de Arcapeon a su lado. Kira se había encogido en su asiento hasta hacerse minúscula, y Dulce daba la impresión de no haber palidecido porque no podía.

Cristal buscó algo que decir; cualquier cosa que pudiera ser mínimamente interesante para ella, aunque fuera terrible, para asegurarse de que todavía podía recordar cómo se hablaba.

―Entonces, la última vez que se manifestó, el guardián de la Torre mató a un recluta del Team Rocket ¿Habéis tenido alguna baja esta vez?

Halloran negó con la cabeza, y la joven suspiró de alivio.

―Todavía ―le advirtió el anciano―. Pero la tensión se está acumulando poco a poco… Fuji consigue mantener las cosas a raya, hasta cierto punto. Él siempre es bien recibido aquí… tanto por los vivos como por los muertos. No obstante, lo que me habéis contado… esta muchacha, raptada… esta otra, sometida… solo puede significar que la cuerda se está tensando segundo a segundo. Al guardián se le está agotando la paciencia.

―Lo he visto.

La joven dijo esto como si le quemara en la lengua. O, más bien, como si las palabras tuvieran voluntad propia y hubieran querido escaparse de su garganta. Halloran la escrutó silenciosamente con sus penetrantes ojos dorados, y las dos chicas emitieron una exclamación.

―¡Cómo! ―Exclamó Dulce, anonadada.

―¿Dónde? ―Preguntó Kira, con los ojos muy abiertos.

―Fue justo antes de encontrarme con vosotras ―contestó Cristal, abrumada por lo que ella misma estaba diciendo―. Pero no era un Growlithe. Era un hombre joven, con los ojos brillantes como brasas, que llevaba una gabardina y un sombrero. Sumió la planta entera en una oscuridad total… y él mismo parecía estar hecho de sombras.

―Lo más probable es que sea él, Campeona ―replicó el anciano, observándola con aún más interés, si cabe, que el que había manifestado hasta ese momento―. Los muertos pueden hacer que los vivos vean… lo que ellos quieran que vean. Incluso los pokémon de tipo fantasma pueden… adoptar el aspecto que deseen

Como en El fantasma de Maiden's Peak, recordó Cristal. Era una de sus películas favoritas, a pesar que el descarado Gastly parlante que hacía las veces de antagonista, que cambiaba de forma para embrujar la aldea de Maiden's Peak durante el festival de verano y asegurarse así de que la historia del amor desgraciado de su entrenadora muerta se convertía en leyenda, la había hecho preguntarse durante un tiempo si ella sería capaz de darse cuenta de si la persona con la que estaba hablando era en realidad un fantasma. Naturalmente, hacía ya unos años de eso; pero su vecino todavía hacía bromas al respecto cada vez que se acordaba, así que no pensaba comentar aquello allí. Y menos ahora que acababa de descubrir que esa imaginativa angustia infantil tal vez no fuera tan descabellada como había llegado a creer.

Tal vez Hallorann lo vio en su mente mientras la escrutaba. Pero, si así era, no le dijo nada al respecto. Parecía particularmente interesado en su encuentro con el guardián.

―¿Te ha dicho algo, Campeona? ―inquirió― ¿Ha hecho algo extraño?

Si estuviera hablando con Danniel Torrance en el Centro Pokémon mientras tomaba un chocolate caliente, y no con tres semidesconocidos en la sala de descanso de lo que había sido la Torre Pokémon; hubiera tenido la tentación de contestarle al anciano que cualquier cosa que pudiera ver hacer a semejante ser podría considerarse como extraña, puesto que su mera existencia implicaba un desafío a casi todas las leyes de la física ella la conocía.

―Como ya he comentado, pagar todas las luces. Y luego sonreír, saludar tocándose el sombrero y adentrarse en un pasillo sin salida en el que luego no encontré nada ni a nadie.

El anciano rio por lo bajo.

―Supongo que estás de suerte, entonces ―contestó, con un tono que podía considerarse incluso divertido―. Tal vez la sangre nueva que te encontraste en el recibidor… estaba en lo cierto, después de todo, y estás protegida por un poder superior. Si el guardián quisiera acabar contigo… ya habrías tenido algún "accidente" … y te hubieras "caído" por la escalera o por la ventana. O hubieras "tropezado" con algo, con la "mala suerte" de que, al caer, te hubieras golpeado la cabeza… o roto el cuello contra el borde de una mesa. El guardián es un pokémon, después de todo… es despiadado, pero no cruel. Hasta la muerte del chico Rocket fue rápida y prácticamente indolora. Eso sí… que no tenga intención de matarte no significa que te vaya a poner las cosas fáciles.

―Lo cual nos devuelve a la situación actual ―comentó Cristal, esperando espantar la desagradable sensación en el estómago provocada por la gráfica descripción de la creatividad asesina del guardián―. Aunque ya sepamos quién está detrás de todo, seguimos sin saber qué está pasando aquí.

Ahora que había conseguido volver a hablar, tenía la sensación de haber recuperado algo de aplomo Tal vez aquella noticia la había tranquilizado lo suficiente como para recordarle cuál era su papel en aquel asunto: ahora que sabía que el guardián no tenía nada contra ella, podía permitirse tener la esperanza de poder hacer algo con todo aquello; aunque solo fuera terminar de resolver el misterio antes de tener que salir corriendo para salvar la vida. Tenía un margen de tiempo para actuar. El problema era que no estaba segura de cuánto.

Pero sí estaba convencida de que cada segundo que transcurría era infinitamente precioso. Gracias a Arceus, contaba con otros tres cerebros para pensar junto con el suyo.

Kira y Dulce intercambiaron una mirada extraña con Hallorann durante unos segundos, y luego los tres asintieron al unísono, con gravedad.

Fue un gesto sumamente sutil, y totalmente inofensivo, pero a Cristal le provocó una sensación repentina de frío en las venas. De pronto, tuvo más que nunca la sensación de que los habitantes de Pueblo Lavanda tenían establecido una suerte de pacto entre ellos, un acuerdo misterioso del que ella no formaba parte. Aunque el aire sombrío que habían adoptado tal vez significaba que, en realidad, a lo mejor ella no quería formar parte de él. De la misma manera que había decidido, de alguna manera, dejar de hacerse preguntas sobre aquella situación que, seguramente, la llevarían por caminos que estaba convencida, si bien estaba del todo segura de por qué, de que no quería tomar.

―Tenemos que buscar a Anthony Torrance ―afirmó Kira―. No nos queda más remedio… hay que encontrarlo, aunque tengamos que registrar la Torre de arriba abajo. Si ha tenido un mal encuentro con el guardián… tenemos que estar sobre aviso.

―No veo a ese chaval teniendo un mal encuentro con el guardián ―comentó Halloran, con una ternura que le hizo pensar en el tono con que un abuelo hablaría de su nieto favorito―. Es un muchacho muy respetuoso… aunque tenga un sentido del humor algo extravagante.

Kira y Dulce rieron, seguramente pensando en alguna anécdota común totalmente ajena a Cristal. A pesar de su resolución a no hacerse demasiadas preguntas, la joven no pudo evitar registrar su memoria por enésima vez, en busca de alguna pista que pudiera recordarle si había conocido alguna vez a alguien que se llamara Torrance, aparte de Danniel; a quien, por cierto, en realidad tampoco conocía. No podía dejar de pensar en que había algo en la voz del hombre en cuestión que le había resultado increíblemente familiar, aunque hubiera sido incapaz de decir qué; o cómo y dónde podía haberla oído antes. Pero no tardó en volver a llegar a la conclusión de que iba a seguir sin sacar nada en claro durante un buen rato. Y el tiempo apremiaba.

Además, Kira había vuelto a sacar a la luz, precisamente, la cuestión que la había traído allí desde un primer momento, e incluso se hubiera sentido culpable por estar allí sentada, charlando tranquilamente sobre Historia de Pueblo Lavanda con los empleados, de no ser porque sabía que necesitaba la información que Mazakala Hallorann le había dado.

―Usted no ha visto y oído lo que hemos visto y oído nosotros en el Centro Pokémon, señor ―le dijo, sintiendo que la garganta se le estrechaba y se le ponía el vello de punta al pensar en el terror contagioso de Tupeon, y en cómo todo se había precipitado sin que ella pudiera hacer nada―. Era… un ruido infernal. Había muchas interferencias; pero lo poco que podía oír eran golpes, voces espantosas e ininteligibles… el tal Anthony Torrance estaba pidiendo ayuda a gritos cuando la radio se apagó.

―Entonces no tenemos ni un segundo más que perder, muchacha ―respondió el anciano, preocupado―. Si es verdad que el guardián ha empezado a atacar incluso… a los moradores mismos de la Torre, como la propia Dulce… es que la situación está al límite de la catástrofe. Necesitáis encontrar al chico Torrance.

―Dulce me ha dado a entender que ha estado usted colaborando con él recientemente ―le dijo la Campeona― ¿Tiene una idea de por dónde podríamos empezar a buscarlo?

―El despacho que comparte con su compañero está… justo al otro lado del pasillo, al lado de la escalera. Pero, si ha sido atacado mientras emitía la alerta… probablemente tengas que buscarlo en uno de los estudios de emisión. El que se utiliza para el programa "Pokémon Mundo Misterioso"… está justo encima de esta sala. Buscadlo ahí, para empezar. Yo le diré al resto del personal que lo estáis buscando… por si lo ha visto alguien más.

Por la expresión de Hallorann y el tono casi evasivo de su voz, era prácticamente evidente que lo que menos le preocupaba al anciano era el propio Anthony Torrance, y eso no tranquilizaba en absoluto a Cristal. Había algo más en todo aquello, algo que él no estaba tan dispuesto a contarle como lo había estado para hablar de la leyenda del guardián.

―"Es como si él también tuviera una misión esta noche; una de la que no va a hablar precisamente conmigo… pero que tiene que ver con la mía."

Hallorann debió de leerle la mente una vez más, porque tenía un brillo astuto en los ojos dorados cuando ella se incorporó. Arcapeon también se bajó del sofá, y recorrió pausadamente la sala, oliscando el suelo y los rincones, tal vez solo para matar un poco el aburrimiento mientras su entrenadora y sus amigas se decidían a volver a ponerse en marcha. La Campeona se inclinó cortésmente ante el anciano; pero este, para su sorpresa, la cogió de la mano y se la estrechó con firmeza y cordialidad, atravesándole la mente con su penetrante mirada de oro. Para su sorpresa, esta vez, lo que la joven notó fue una leve intrusión en su cerebro, como de alguien que entrase a una habitación tras llamar educadamente a la puerta, y la voz de Mazakala Hallorann resonó dentro de ella, grave y melodiosa, pero cargada de un poder y una inteligencia que le erizaron la piel:

Hay cosas que están más allá de tu poder ahora mismo, Campeona. Y también hay buenas razones para que no debas saberlo todo… aún. Cuando lo entiendas todo, te alegrarás de nuestro silencio. Ten por seguro que nadie quiere que triunfes en tu empresa más que nosotros, Cristal Soulheart.

―Gracias por toda su ayuda, señor Hallorann.

―A usted por la suya ―respondió, el con una sonrisa cálida; mientras empezaba a rodearse de una característica aura azulada―. Espero volver a verla por aquí de nuevo… antes de jubilarme. Y en circunstancias mejores, desde luego. Tal vez entonces podamos tener un combate real… ¡sin correr el riesgo de arruinarle la sala de descanso a Dick!

―Hasta entonces. ―Se despidió Cristal, también con una sonrisa.

Apenas hubo terminado de pronunciar estas palabras, el anciano se teletransportó; dejando la sala sumida en un silencio aterrador. El suave ascenso de la temperatura tras su marcha casi la entristeció, y la hizo sentirse paradójicamente desprotegida. De alguna manera, pese a su fuerte temperamento, se había sentido amparada y acogida mientras conversaba con él. Ahora tenía la sensación de haber tenido que prescindir de la compañía de un tercer nuevo amigo.

―¡Qué tipo más interesante! ―comentó Dulce, que también se había levantado del sofá― Me hubiera encantado tener un abuelo así.

―Eso es porque hoy lo hemos pillado de buenas ―respondió Kira, mientras recogía cuidadosamente los restos del pequeño refrigerio nocturno y los llevaba al fregadero―. Esta noche solo se ha picado un poco cuatro ratos… cuando lo pillas enfadado de verdad, da verdadero miedo.

Dulce sacó de uno de los armarios un bote de lavavajillas y una esponja, y le hizo un gesto a Kira, que se apartó del fregadero automáticamente. En apenas cinco minutos, las tazas y el comedero que había usado Arcapeon estaban de nuevo limpios y guardados en sus respectivos armarios. La exorcista sonrió al ver la expresión de hito en hito de Cristal.

―¡No podemos dejarlo todo en medio! ―contestó, alegremente― Esa es la clase de cosas que sacan de quicio al personal de la Torre… ¡cuando se dan la vuelta, se encuentran todas las tazas usadas! El señor Fuji nos ha pedido que… ya que tenemos que estar aquí indefinidamente… por lo menos seamos civilizados.

―Y, naturalmente, siempre hay a quien le entra por una oreja y le sale por la otra ―continuó Kira, acariciando a Arcapeon cuando este pasó a su lado para sentarse a los pies de su entrenadora―. Las almas más inquietas continúan… intentando comunicarse con los vivos. El problema principal, desde luego… es que la mayoría de los vivos no pueden comunicarse con los muertos… de manera natural. Así que un mero mensaje pidiendo socorro se convierte… en una experiencia terrorífica para ellos. Y luego están las que están tan furiosas que… quieren que todos compartan su miseria. Incluso los otros muertos.

Cristal recordó lo que le había comentado la propia Kira hacía un rato, que a los espíritus que embrujaban la Torre les gustaba comportarse como cuando habían estado vivos, y se preguntó cómo se las habrían arreglado para hacerlo cuando el lugar era todavía un cementerio. Luego recordó el encuentro con el señor Fuji en el Centro Pokémon: mucha gente de todas las profesiones tenía al menos a un compañero; pero era obvio que el anciano sacerdote no solo tenía a su viejo Alakazam, sino todo un equipo propio. Tal vez los espectros entablaran combates entre sí, o con los visitantes que se prestaran a ello, para matar el tiempo.

De pronto, la joven notó cómo a su Arcanine se le erizaba el pelo y se ponía tenso, aparentemente, sin la menor razón.

―¿Qué pasa Arcapeon? ―le preguntó, preocupada. Estaba empezando a acostumbrarse demasiado a aquel tipo de accesos, per cada vez le gustaban menos.

El pokémon tenía los ojos fijos en Dulce, y emitía gruñidos bajos y amenazantes; como si fuera el peor y más letal enemigo de su entrenadora el que estaba de pie junto al fregadero. La exorcista se alejó flotando de él y de las dos chicas, tan visiblemente sorprendida como ellas por aquella repentina hostilidad.

―Arcapeon… ¿qué pasa? ―le preguntó Cristal, alarmada― Dulce es amiga nuestra. No ha hecho más que ayudarnos durante toda la noche.

Arcapeon no parecía escucharla. Sin embargo, no tardó más de un instante en darse cuenta de que Dulce se había instalado en una esquina del techo, sin que el inmenso perro la siguiera con la vista: seguía gruñendo, cada vez con mayor agresividad, hacia el punto donde ella había estado. Finalmente, soltó un fuerte ladrido, y su entrenadora tuvo que sujetarlo para que no se abalanzara sobre lo que quiera que fuese que estaba viendo.

La joven se preguntó si debía insistir en preguntarle a su pokémon qué ocurría, o si no sería mejor marcharse directamente de aquel lugar: fuera lo que fuera, era obvio que no tenía absolutamente nada que ver con Dulce, y que incluso era posible que el Arcanine, en realidad, acabara de salvarla de sufrir otro asalto. A su lado, Kira oliscó el aire y ladeó la cabeza, adoptando una expresión extraña, una mezcla de inquietud y perplejidad; que se convirtió lentamente en horror, para acabar por transformarse en puro pánico.

―¡Cristal, tenemos que irnos de aquí! ―le dijo, angustiada― ¡Rápido! Mete a Arcapeon en su pokéball, si es necesario.

―Pe-pero…

Era obvio que tendría que hacerlo, porque no tenía suficiente fuerza para arrastrarlo hacia la puerta; aunque no estaba segura de si era buena idea renunciar a la presencia del único ser con que podía contar aquella noche que estaba demostrando ser lo bastante sensible como para prever los peligros sobrenaturales, al mismo tiempo que lo bastante valiente como para plantarles cara sin quedarse paralizado por el miedo cada vez que se encontraban con algo que no podían explicar.

―¡Rápido, por favor! ―le imploró la muchacha, con un hilo de voz que casi sonó como un gañido― ¿No lo hueles?

―No… no huelo nad…

Antes de que hubiera acabado de contestarle, se tuvo que interrumpir. Y no solo porque estaba empezando a notar otra vez que se le estrechaba la garganta y se le revolvía el estómago, de manera que la lengua se le quedó seca.

Durante el rato que había pasado en la sala, se había acostumbrado al olor del café caliente mezclado con el del friegasuelos con aroma a lavanda; que habían sido sustituidos por el denso perfume frutal del lavavajillas. Ahora, lentamente, un cuarto olor se iba imponiendo sobre los demás: una pestilencia sutil, pero cada vez más fuerte, dulzona y ferruginosa.

Era evidente que algo se estaba acercando a la sala, arrastrando consigo, como a modo de presentación, el olor de la muerte.

Dulce descendió del techo a toda prisa y se situó a su lado, también tensa y espantada.

―¡El fregadero! ―Exclamó, conmocionada. Arcapeon dejó de debatirse y titubeó, ahora también claramente asustado. Recelosamente, evitando darle la espalda al desagüe, se situó protectoramente frente a su entrenadora.

Un fuerte sonido de succión, seguido de un desagradable gorgoteo, emergió de la pila, como si alguien invisible estuviera usando en ella un gran desatascador. Apenas un instante después, un denso líquido inidentificado, de color negro rojizo, que olía a sangre y putrefacción, empezó a derramarse abundantemente por los bordes de la pila.

Las tres chicas y el Arcanine emitieron al unísono un grito de terror, y salieron corriendo de la sala a toda la velocidad que sus piernas les permitían.

Solo se detuvieron cuando llegaron al pie de la escalera que ascendía al piso superior. Al principio, Cristal se preguntó si ni podrían seguir subiendo, para poner más distancia entre ellos y lo que quiera que fuera esa cosa; pero entonces recordó que todavía tenían que buscar el despacho de Anthony Torrance. Dulce, que no necesitaba recuperar el aliento, y Arcapeon, para quien aquella carrera apenas servía de calentamiento, esperaron a que Kira y Cristal descansaran un poco, mientras se acercaban a la esquina más cercana para asomarse. El Arcanine todavía estaba tenso, pero parecía un poco más tranquilo. Dulce, en cambio, parecía mucho más preocupada que agitada.

―Oye, Cristal ―le dijo. Daba la impresión de no terminar de entender lo que acababa de ocurrirles― ¿te importa si voy a ver si encuentro a alguien en esta planta… que me diga si ha visto algo raro?

―¿No es demasiado peligroso? ―Le preguntó la joven, entre resuellos.

―Te recuerdo que yo ya estoy muerta ―replicó, lacónica―. Si la leyenda es cierta… puede someterme, pero no condenarme. Ahora mismo, estoy más a salvo de él que tú.

Cristal asintió despacio, con la sensación de haberse tragado de improviso un enorme cubito de hielo. Debía de haberse puesto pálida de pronto; pero, gracias a Arceus, la oscuridad la encubría lo suficiente como para que sus compañeras pudieran sentirse exentas de hacerle comentarios al respecto.

―Por favor… ten mucho cuidado. Llámanos si necesitas ayuda.

La exorcista recuperó de inmediato su habitual alegría despreocupada, como si aquella huida atropellada fuera solo una incidencia menor en una excursión especialmente divertida.

―¡No os preocupéis! ―le dijo― Soy más dura de pelar de lo que parezco. El guardián consiguió someterme una vez… ¡no volverá a pillarme desprevenida! Pero solo voy a ver… si alguien más ha tenido este problema esta noche. Dadme diez minutos.

Y, despidiéndose con un gesto alegre, atravesó la pared más cercana y se perdió de su vista. Cristal, intentando tomarse esa visión con la naturalidad que requería el llevar un buen rato siendo consciente de la condición de Dulcinea Masaki, se dejó caer en el primer peldaño de la escalera.

―¿Se supone que esto es normal aquí? ―Preguntó, más para sí misma que para ninguno de sus acompañantes, intentando relajarse de nuevo lo suficiente como ver si así su estómago volvía a funcionar con la suficiente normalidad como para digerir el café que se acababa de tomar.

Kira se dejó caer en el suelo, y el Arcanine regresó a su lado para confortarla.

―Oh, sí… de hecho, es una de las bromas más comunes… hacerle creer a la gente que salen cosas repugnantes del sumidero. En realidad, es solo una ilusión particularmente buena. Pero verlo así, por la noche, impresiona mucho.

―Entonces ¿por qué os habéis sobresaltado tanto Arcapeon y tú? ―inquirió― Arcapeon ha presentido el peligro antes incluso de que el desagüe empezara a oler, y tú también. He llegado a pensar que iba a echársenos encima Giratina en persona.

La pelirroja se estremeció casi con violencia y se encogió sobre sí misma, lanzándole una profunda mirada implorante.

―No lo sé, Cristal… ―contestó, visiblemente nerviosa― Sé que, así dicho, parece una tontería… pero la impresión que tuve al percibir ese olor fue terrible. Durante un segundo, creí que la misma oscuridad que me ha… atrapado hace un rato volvía a por mí. Es más: por algún motivo… sigo pensando que hemos hecho bien al salir corriendo.

A pesar de su convencimiento rotundo, parecía avergonzada de su reacción. De la misma manera que, antes, había parecido sentirse un poco apurada al reconocer delante de ella los motivos de su miedo a Cross Kyo. Era evidente que, además de un carácter entusiasta y apasionado, tenía una vena orgullosa que le hacía difícil tener que reconocer abiertamente sus debilidades.

―¿Sabes, Kira? ―le dijo, con una sonrisa― Hasta el momento en que decidí emprender mi viaje, me había pasado toda mi vida estudiando… y mi objetivo era, en un principio, ayudar al profesor Elm de Pueblo Primavera con sus investigaciones de campo: rellenar la pokédex. Para lo cual tenía que viajar mucho y capturar muchos pokémon… para lo cual tenía que convertirme en entrenadora. Como resultado, he acabado por ganar un título que le queda grande a la mayoría de los entrenadores a los que me he enfrentado, muchos de los cuales me doblaban o triplicaban la edad, antes de cumplir los doce años que tengo ahora. Hasta el momento en que nos hemos encontrado con Hallorann y esto ha empezado a encarrilarse un poco, he estado andando por la Torre como un Psyduck con jaqueca. Incluso he necesitado que Dulce me animara a echarle aplomo a la situación en algunos momentos, porque estaba a punto de rendirme y buscar a un adulto que pudiera cumplir una tarea para la que yo me sentía demasiado joven… demasiado inexperta. Como la niña que, de hecho, soy. Lo que quiero decir es… que todos tenemos inseguridades y debilidades, y que no tiene el menor sentido avergonzarse de ello. Es más: necesitamos conocerlas; porque, de lo contrario, nunca podremos aprender cómo aprender a vivir con ellas.

La pelirroja la observaba, con los grandes ojos llenos de asombro, y Cristal se dio cuenta, de repente, de que estaba hablando en el mismo tono que le había escuchado varias veces a Lance. Se sonrojó un poco, un poco abrumada ante lo que ella misma acababa de contar.

―Bueno, ante todo, como te acabo de decir… soy científica ―añadió―. Y lo que hacemos los científicos durante el trabajo de campo es, sobre todo, observar. Y yo he observado que Arcapeon necesitaba recibir unas cuantas Pistolas de agua antes de aprender a verlas venir para poder esquivarlas; además de tener que encajar algunas para aprender cómo evaporarlas con su Lanzallamas antes de que llegaran a su cuerpo. Y también he visto a muchos otros entrenadores con más experiencia y las mismas medallas que yo caer como moscas ante el Alto Mando o el Campeón… a quienes, por cierto, he vencido yo. Y, aun así, no me cabe la menor duda de que mañana mismo, si me pidieran la revancha, podría perder también.

―Supongo que ni siquiera los más fuertes las tienen todas consigo ―comentó Kira, con una sonrisa triste―. Todo lo que nos pasa nos cambia un poco, para bien o para mal.

"¿Sabes, Cristal? Me he preguntado muchas veces por qué hay ánimas que… trascienden, como lo llama Mazky, poco después de la muerte de su cuerpo… mientras que otras permanecen atadas a este mundo… incluso durante siglos. Marowak ni siquiera llegó a aprender a usar algunos de los poderes que ya posee Dulce; porque alcanzó la paz a los pocos días de haber muerto... pese a haber muerto con mucho dolor. En cambio, el guardián, que tuvo una muerte rápida… mucho más rápida que la de su propia entrenadora… sigue atrapado aquí."

"Ahora que me dices esto, estoy empezando a pensar que tal vez lo que necesitamos para trascender… tanto los vivos como los muertos… no es tanto cumplir la misión que nos hemos impuesto como… en fin, estar en paz. Ser capaces de perdonarnos el no haberla cumplido…"

―¿Reconocer y aprender a vivir con nuestras debilidades? ―Completó la Campeona, también con una sonrisa.

―Exactamente ―confirmó su amiga. Ahora parecía mucho menos melancólica― ¿Y sabes qué más? Probablemente seas mucho más talentosa... y mucho más fuerte de lo que tú misma crees. Lo que pasa es que también has conocido a gente más fuerte que tú… entonces, no tienes la sensación de ser invencible.

Había una expresión de profunda y casi dolorosa añoranza en los ojos de Kira, y Cristal recordó de repente que aquella chica también era, o había sido, entrenadora. Tal vez hacía mucho tiempo que no combatía, y encontrarse con la Campeona de Johto ejerciendo sus funciones junto con sus pokémon le había recordado un tiempo pasado, tal vez mejor, tal vez peor. Se sintió repentinamente tentada a preguntarle por su relación con la enfermera Joy, y la razón por la que habían dejado de tratarse; pero aquella extraña melancolía le parecía una señal de que no era el mejor momento, ni el sitio más adecuado.

La hora de las confidencias verdaderamente profundas, al menos por parte de Kira, iba a tener que esperar.

Por suerte, Dulce regresó precisamente en ese momento, con un aire pensativo que acentuaba la candidez de su expresión. Aquel ceño fruncido y la mezcla de fastidio y perplejidad de sus ojos le bastaba a Cristal para darse cuenta de que su pequeña exploración había dado resultados. Y, muy probablemente, no precisamente satisfactorios.

―¿Qué pasa, Dulce? ―le preguntó Kira― ¿Has encontrado algo más?

―Sí ―contestó, con suma seriedad―. Venid conmigo, por favor… os iré contando por el camino.

La pelirroja y al joven entrenadora se miraron, inquietas, y se levantaron de la escalera. Antes de volver a adentrarse en el pasillo, Dulce sacó de entre los pliegues de sus ropajes una anodina vela y una caja de cerillas. Prendió la corta mecha despacio y cuidadosamente, como temiendo quemarse; delatando que hacía poco tiempo que había podido permitirse dejar atrás los miedos asociados al estar vivo y mucho que no manipulaba aquel tipo de objetos.

―He cogido dos o tres del armario de mantenimiento ―les dijo, respondiendo a sus miradas inquisitivas―. Ya hemos visto el tipo de indicios que produce la presencia del guardián… pero no deberíamos encender las luces otra vez. De hecho, tenemos que ser lo más discretas posible.

Así que la intuición de Kira, después de todo, no ha errado, se dijo Cristal. Estamos en peligro de verdad. La cuestión está en cómo evitarlo o, al menos, postergarlo.

No obstante, el mero hecho de que una supuesta broma que debería haber sido tan molesta como inofensiva, supusiera un indicio de peligro tan claro como en un principio habían temido, pero no lo suficiente como para que Dulce les hubiera pedido ayuda, le resultaba casi más aterrador que el hecho de ver cómo un sumidero empezaba a vomitar de improviso algo que se parecía demasiado para el gusto de cualquiera (aunque, desde luego, esperaba que no lo fuera realmente) a sangre podrida y contaminada con aguas fecales. El espectáculo de la sala de descanso había sido horrible; pero aquella mezcla de sutileza y vaguedad era casi enloquecedora para alguien que pretendía dedicar su vida a desnudar la naturaleza dura y clara de las cosas bajo la luz firme del conocimiento.

―Kira me ha dicho que lo de… esa especie de… engrudo que ha salido del fregadero es una broma sin la menor importancia. ―Empezó a tantear, con cuidado, a media voz.

Dulce abría la marcha, sujetando la vela encendida, y Kira la seguía a ella. La pequeña llama encendida, temblorosa y alegre en medio de aquellas tinieblas casi sólidas, no emitía calor suficiente para espantar aquel frío que parecía haberse instalado hacía siglos en aquellos pasillos; pero a Cristal le resultaba tan reconfortante como los rayos cálidos del sol en un medio día de invierno. Aunque el corredor estaba especialmente oscuro en aquel punto, la entrenadora pudo ver asentir a la exorcista a la luz de la vela, que pasaba a través de su cuerpo; un efecto levemente inquietante, pero delicadamente hermoso, a su triste manera.

―Es cierto. Tenemos por aquí a un Muk, Stinky, que no ha hecho otra cosa desde que… trasladaron sus restos al Memorial; pero dejó de manifestarse cuando su entrenador… le dijo que su reinhumación ya tenía fecha, hace varias semanas.

―Eso significa que pasará al Otro Lado pronto ¿no?

―Según dicta nuestra experiencia, sí ―contestó Kira―. Stinky murió hace un año, en un accidente de trabajo… y es un tipo sencillo, sin rencores. Su único problema con los vivos era que… en fin, que no había morada eterna para sus cenizas. La última vez que tuve noticias de él, estaba muy contento.

―Por eso no me cuadraba que estuviera manifestándose de nuevo ―añadió Dulce―; precisamente hoy, y precisamente delante de nosotras. Así que he recorrido la planta, como te he dicho… buscándolo. Quería preguntarle a qué venía esto.

"Y no me lo he encontrado. Bueno… en realidad, no me he encontrado absolutamente a nadie."

― ¿Nadie? ―Preguntaron la joven pelirroja y la Campeona, al unísono. La exorcista negó con la cabeza torvamente, y se detuvo delante de una de las puertas que, según supuso Cristal, daban acceso a los despachos de aquella planta. Estaba entreabierta; pero, tal y como Dulce les acababa de anunciar, no había ninguna luz dentro de la habitación. Por algún motivo, aquello hizo estremecerse a la joven entrenadora; a pesar de que ya estaba empezando a acostumbrarse a estar a oscuras.

―Ni vivo ni muerto ―afirmó la exorcista, con el mismo tono tenso y apagado―. Ahora mismo, estamos completamente solas en esta planta. Desde luego, eso no es raro en el turno de noche… la mayoría de la plantilla se resiste a venir a estas horas. Prefieren trabajar desde casa, si pueden… precisamente para evitar espectáculos horrendos… como el que acabamos de ver. He llegado a pasar noches enteras sin encontrarme con un solo ser vivo… y es lo más normal del mundo. Lo que ya no me parece normal es esto.

Y, mientras decía esas últimas palabras, abrió la puerta y les indicó que entraran, con un gesto lánguido.

Era una oficina de tamaño mediano, con tres grandes escritorios idénticos de color gris que ocupaban las dos terceras partes del espacio, de manera que el mobiliario era generalmente austero. Hubiera estado completamente a oscuras de no ser porque la luz de los relámpagos ocasionales entraba por la ventana abierta y con las cortinas descorridas. La lluvia y el viento debían de llevar bastante rato entrando en abundancia, porque el agua ya inundaba toda la habitación, y los fulgores lívidos arrancaban lúgubres destellos húmedos y cristalinos de todas las superficies empapadas; hasta tal punto que el exiguo espacio parecía, más que un despacho impersonal vacío, una vieja cisterna llena de fuegos fatuos en la que alguien había decidido abandonar, a saber por qué motivo, tres grandes escritorios idénticos de color gris.

El primer impulso de la joven entrenadora al ver aquello fue quitarse los zapatos y adentrarse en la habitación para cerrar la ventana; preguntándose cómo podía habérsele ocurrido a alguien dejarla abierta con un tiempo como aquel; pero Dulce la retuvo. Sacó otra vela de entre los pliegues de sus ropajes y la encendió cuidadosamente con ayuda de la vela ya encendida para dársela a Cristal. Ahora que había un poco más de luz, la oscuridad se hizo un poco menos densa.

—Cuando yo entré no había nadie —le susurró la exorcista—. Pero, si había algo, es posible que la única razón para que no me… atacara es que me reconociera como habitante de la Torre. Es mejor que tú lo veas desde aquí.

Ahora que podía ver mejor, la Campeona no necesitó más de un vistazo para darse cuenta del porqué de la advertencia de su amiga. El escritorio que había junto a la ventana, así como el que tenía a su derecha, tenían un aspecto normal y corriente, excepto por el hecho de que estaban empapados. Pero el escritorio de más a la izquierda presentaba varios cortes profundos en la capa protectora de formica gris, que dejaban al descubierto la madera que había debajo.

A medida que sus ojos se fueron acostumbrando a la penumbra dorada, pudo ver también que la silla compañera de la mesa había corrido mucha peor suerte; y estaba completamente reducida a un amasijo de hierro, gomaespuma y jirones de tela. Si Dulce le hubiera permitido entrar, hubiera podido comprobar por sí misma que estaba, en realidad, cortada en pedazos por lo que deberían haber sido las ingentes cuchillas de un pokémon que podía usar movimientos cortantes.

—Exactamente —le corroboró su amiga, como si tuviera la pregunta que no había hecho escrita en la cara—. Pero eso no es todo… mira detrás, si puedes verlo desde aquí.

En un primer momento, no supo a qué se refería; pero, al extender el brazo con la vela encendida, con la esperanza de poder ver un poco más lejos, pudo apreciar que la pared presentaba una serie de extrañas concavidades de forma sutilmente redondeada, de las que partían extraños diseños que le recordaban a telas de araña o, más bien, a impactos en el cristal de una ventana. Al observarlos más detenidamente, se dio cuenta de que se trataba precisamente de eso: alguien había golpeado reiteradamente la pared, desde la altura de una persona sentada hasta el mismo techo, con un objeto más o menos esférico, con tanta fuerza que había incluso causado desperfectos en el revestimiento de yeso.

—Tú no puedes notarlo desde aquí… pero yo he podido examinarlas —le explicó la exorcista—. Aparentemente… lo que quiera que haya hecho eso no ha dejado ningún… residuo visible. Pero están frías como el hielo… y me he sentido muy débil al tocarlas. Las ha provocado un ataque Bola sombra. Las marcas de la mesa están limpias… deben de haberse hecho con Cuchillada, o Corte… a lo mejor, incluso, con Ala de acero.

—Entonces… crees que ha sido un pokémon —le dijo Kira, alarmada—. Pero eso no puede ser. No hay pokémon vivos en la Torre esta noche.

—Tú lo has dicho —contestó Cristal, notando la boca repentinamente seca, al darse cuenta de lo que Dulce pretendía darle a entender—. No hay pokémon vivos. Pero los espíritus de los muertos sí están aquí.

El viento de la tormentosa noche parecía cada vez más frío, y hacía temblar las llamas de las velas. Cristal miró hacia la entrada de la corriente de aire, preguntándose por qué Dulce no había aprovechado para cerrar la ventana al entrar. Entonces se dio cuenta de que, en realidad, la ventana no estaba abierta: el cristal estaba roto; un enorme hueco rodeado de esquirlas de vidrio se abría a la oscuridad exterior.

—El impacto ha venido desde fuera —explicó, una vez más, Dulce, con tono resignado—. Hay algo de sangre en los vidrios rotos… y algún que otro resto de pluma de Fearow en el suelo. La más probable es que haya sido un accidente… dos pokémon voladores se estaban peleando, con la mala suerte… de que uno de ellos fue lanzado contra la ventana y rompió el cristal.

El cerebro de Cristal, cuyo cuerpo empezaba a acusar el terror vago ante la idea de estar rodeada de seres que podían verla sin ser vistos y orquestar infinidad de escenas macabras horrorosamente realistas para acosarlas, pareció desvincularse de la parálisis por el pánico y empezar a funcionar independientemente; procesando los datos que Dulce le estaba ofreciendo.

Un espectro, tal vez incluso dos, habían atacado enconadamente a uno de los ocupantes del despacho. Uno de ellos en concreto, puesto que todos los demás escritorios estaban intactos. Lo habían perseguido hasta el techo, algo imposible para un ser humano; lo cual solo podía significar que la persona en cuestión había intentado defenderse, sacando a combatir a un pokémon que podía volar o, al menos, levitar. Un pokémon de tipo fantasma, concretó; pensando en lo que Dulce le había explicado sobre la compatibilidad de tipos y el ataque Bola Sombra que el atacante había usado. La persona en cuestión debía de haber huido como hubiera podido, al verse superada por su atacante; aunque esa idea le hacía pensar que, tal y como venía contemplando, habían sido más de uno.

Tardó un rato en darse cuenta de que Kira se había plantado a su lado, y examinaba el despacho con los ojos cada vez más abiertos de horror. A la luz de las velas, parecía tan pálida que Cristal temió que se desmayara allí mismo; así que le pasó el brazo por el hombro para reconfortarla. Pero parecía tan aturdida por aquella escena que dudó que se hubiera dado cuenta.

Finalmente, la joven pelirroja pudo recuperar lo suficiente el dominio de sí como para explicarles por qué estaba tan profundamente impresionada.

—Cristal… —le dijo, con hilo de voz— Este es el escritorio de Danniel Torrance.

La Campeona se sintió palidecer.

—Pe-pero… Danny Torrance me dijo esta tarde que no iba a estar aquí hoy.

—Lo que quiero decir… —continuó, cada vez más nerviosa— es que también es el escritorio que suele… usar su compañero, Anthony.

Otra vez aquella sensación de extrañeza salida de la nada. Otra vez la impresión de estar bordeando un precipicio al que no debía siquiera intentar asomarse, por mucho que atrajera su mirada como una salpicadura carmesí sobre un lienzo blanco recién lavado. Cada vez era más difícil ignorarla, seguir adelante con la investigación tragándose las preguntas; pero también le parecía cada vez más obvio que, al menos por ahora, no quería respuestas. No sobre eso.

—Entonces, estamos justo en el lugar donde se ha producido el código rojo —murmuró, casi más para sí que para sus dos acompañantes—. Pero es obvio que la retransmisión no se produjo desde aquí.

—Vamos a tener que ir al estudio, entonces. —Concluyó Kira, con tono resignado.

Cristal apenas se dio cuenta de cómo daba la vuelta y se adentraba de nuevo en el pasillo; de nuevo precedida por Dulce y seguida por Kira, de nuevo con Arcapeon caminando a su lado. Al darle a Kira la vela para que pudiera ver mejor, ya que a ella le bastaba con la luz que llevaba Dulce, se sintió como flanqueada por tres guardianes de fuego; pero eso la tranquilizaba poco. Tenía la mente demasiado ocupada procesando lo que había visto en el despacho.

Había algo que le daba mala espina en todo aquello. Algo que no era precisamente los misteriosos cabos sueltos que se había resignado a no atar.

Algo relacionado con los ataques que, al parecer, había sufrido Anthony Torrance. Y con el caso de Stinky, del que le había hablado Kira. Y, de alguna manera, también con Dulce.

La oscuridad que los rodeaba parecía cada vez más densa a pesar de las pequeñas llamas de las velas.

Mazakala Hallorann decía que había ido a contarle al resto de los trabajadores de la Torre de Radio que ella estaba allí, buscando a Anthony Torrance. Y, cuando se habían dado la vuelta, el fregadero había empezado a vomitar sangre y barro; pero, la planta estaba completamente vacía.

Ni rastro de Torrance, ni de los ninjas del clan Kyo. Como tampoco parecía haber rastro de ninguno de los otros trabajadores con los que se había cruzado; ni siquiera el mismo Hallorann. Era como si aquella planta, que habían resultado estar tan animada y llena de vida cuando el guardián se marchó, se hubiera quedado desierta como por ensalmo mientras conversaban con el anciano; sin que ellos, sumidos en su fructífera conversación sobre la Torre de Sion, se hubieran dado cuenta de nada.

Dulce empezó a subir la escalera, pero Cristal no la siguió en seguida. En lugar de eso, se quedó unos instantes observando cómo su pequeña figura envuelta en ropajes sagrados levitaba de escalón en escalón, con una diminuta llama en la mano que pasaba a través de su cuerpo, en dirección a un pozo negro abierto en el techo, aguardando ávidamente para devorarla tanto a ella como a su tímida luz; así como a la Campeona, a sus pokémon y, tal vez por segunda vez, a Kira Joy.

Entonces, una súbita certeza le cruzó la mente como un chispazo.

—¡Dulce! —exclamó— ¡No subas! ¡Es una trampa!

En ese preciso instante, una potente esfera de luz negra emergió de las tinieblas que tenían justo encima a tal velocidad que la exorcista tuvo que hundirse en los escalones para esquivarla. Pero el blanco, al parecer, no era ella; porque el movimiento Bola sombra golpeó directamente a Arcapeon, que emitió un gruñido de dolor y rodó por el pasillo.

—¡No! ¡Arcapeon! —Exclamó Cristal, alarmada.

Para su alivio, el pokémon se puso de nuevo de pie rápidamente, esta vez completamente alerta. Le lanzó a su joven entrenadora una mirada resuelta cargada de complicidad, y la Campeona no necesitó mucho más para comprender lo que pretendía decirle. Era evidente que, esta vez, no iba a quedarle más remedio que combatir.

Se dio la vuelta para dirigirse a sus dos compañeras, y casi se sorprendió al ver en ellas una mirada casi idéntica a la de su Arcanine. No obstante, intercambió con ellas un mudo asentimiento antes de volver a dirigirse a su pokémon.

—Arcapeon… puedes sentir la presencia de esa criatura ¿verdad? No la puedes ver… pero sabes que está ahí —el gigantesco perro emitió un gruñido de asentimiento y agitó levemente la cola; a lo que Cristal le respondió con una sonrisa— ¡Pues bien! Tómate tu tiempo. Y, cuando estés seguro de que lo tienes a tiro, ¡sube la escalera todo lo rápido que puedas y dispárale un Giro Fuego!

A pesar de que habían viajado mucho juntos, la mayoría de sus pokémon todavía la sorprendían de vez en cuando, y él no era precisamente la excepción. Arcapeon se mantuvo quieto y silencioso al pie de la escalera, escudriñando las tinieblas con su mirada cálida e inteligente; un minuto después, sin dar la menor muestra de estar reaccionado a haber visto u oído algo, se lanzó hacia la oscuridad de un salto, mientras escupía el Giro Fuego que su entrenadora le había pedido. El efecto fue muy similar al que había tenido la estrategia que habían empleado contra el Gengar de Hallorann; con la ventaja añadida de que la siguiente andanada de Bolas Sombra se estrelló contra el más o menos improvisado escudo de llamas del enorme perro. Cristal había visto antes a otros entrenadores emplear ese tipo de ataques combinados que permitían atacar y defenderse al mismo tiempo —según tenía entendido, a aquella técnica se le llamaba "contradefensa"—; pero nunca había intentado algo como aquello y, pese a lo tenso y siniestro de la situación en que se encontraban, aquel lado combativo que tendía a apoderarse de ella durante los combates más duros se entusiasmó al darse cuenta de que Arcapeon y ella habían conseguido pergeñar uno casi sin pensar en ello.

—"Creo que llamaré a este Cortafuegos" —se dijo. De haber ocurrido durante un combate contra un rival al que pudiera ver, y del que no supiera que podía condenar su alma al limbo eterno, hubiera sonreído—". Así podremos utilizar esta estrategia en combates normales y corrientes sin delatarnos ante nuestros rivales."

Antes de darse cuenta siquiera de lo que estaba haciendo, se encontró subiendo las escaleras detrás de su pokémon, y cuando se dio la vuelta para decirle a Kira y a Dulce que la siguieran, se encontró con que ellas ya le pisaban los talones, con un idéntico fuego guerrero en la mirada.

La planta inmediatamente superior estaba oscura y fría como el vacío del espacio, hasta tal punto que Cristal tuvo durante unos segundos la sensación de que podía perderse en aquel lugar y no encontrar jamás ninguna puerta, ni ventana, ni escalera por la que poder salir. Aquello le recordó, y muy inoportunamente, a otro cuento de terror que había oído —no recordaba si se lo había contado Oro o si lo había oído en el patio de la escuela, contado por uno de esos compañeros de los cursos superiores a los que les encantaba poner en práctica todas las maneras imaginables de aterrorizar a los niños más pequeños—, la historia de una niña aterrorizada de su propio sótano que iba contando en voz alta en la oscuridad los escalones mientras bajaba a hacer un recado de sus padres; solo para darse cuenta, demasiado tarde, de que estaba bajando muchos más de los que ella ya sabía que había…

—"Por favor, Cristal, no es el momento de pensar en estas cosas…"—se dijo, alarmada— "Sabes que alguien ha tenido que disparar esas Bolas sombra… ¡Tienes que centrarte en el combate! Además, eso te ayudará…"

Por suerte, Arcapeon estaba justo delante de ella, con su pelo de color canela reluciente como una brasa encendida, y su presencia le recordaba la existencia de la luz.

Sin embargo, la llama viva que era su pokémon le hacía percibir aún con más intensidad cómo la temperatura seguía descendiendo rápidamente a su alrededor. Otra Bola Sombra más llegó desde algún lugar enfrente de ella, dándole la extraña impresión de que una de las sombras que componían aquella amalgama de oscuridad adquiría consistencia y se abalanzaba sobre ellos, y Arcapeon la esquivó como pudo.

—¡Arcapeon, proyecta un Giro Fuego hacia el techo; necesitamos algo de luz!

El gran perro escupió un huracán de llamas hacia arriba, creando una columna incandescente, permitiéndole a su entrenadora echar un vistazo rápido al resto de la planta.

Tal y como había esperado, aquella especie de pánico horrible que la había invadido al entrar estaba totalmente infundado; ya que se trataba de un pasillo normal y corriente, lleno de puertas cerradas o entreabiertas, casi idéntico al que acababa de dejar atrás, excepto por el hecho de que estaba completamente a oscuras. Las luces de emergencia habían sido destrozadas, y ni siquiera la luz de los rayos llegaba hasta allí, así que las ventanas debían de estar cerradas. Delante de ella, ocultos a plena vista por la oscuridad total, había tres pokémon. Un Raticate, un Clefairy y un Muk.

Tal vez por las circunstancias; a pesar de que ya se había acostumbrado a ver este fenómeno en Dulce, no pudo evitar tener que tragarse un grito de terror al percatarse de que ninguno de los tres proyectaba sombra. No obstante, tampoco tenían la espantosa densidad que Cristal había visto en el guardián; parecían más bien sombras hechas de aire gélido que hubieran adquirido entidad propia, lo cual demostraba que ninguno de ellos había muerto hacía mucho. Pero fue el fulgor carmesí de sus ojos a la luz fugaz del fuego lo que hizo que, durante unos instantes, se arrepintiera de haberle dicho a Arcapeon que iluminara la estancia.

Cuando la oscuridad se hizo de nuevo, y durante unos segundos ni siquiera pudo apreciar la silueta refulgente de su Arcanine, se percató de algo que no había percibido al entrar. Aquella tiniebla infernal no estaba totalmente quieta y en silencio.

Unos susurros remotos se propagaban como ecos en el falso vacío.

Cristal Soulheart…

Campeona de Johto…

Ya sabes quién soy.

Ahora… márchate.

La joven intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca. Era más que evidente que, como había dado a entender Hallorann, el guardián no tenía nada contra ella. Al menos, no todavía. Al parecer, de hecho, ni siquiera pretendía contarla entre sus víctimas potenciales del código rojo que había provocado aquella noche. Sin embargo, eso no la tranquilizaba en absoluto, porque solo podía significar que aquella especie de estallido de cólera no era una mera manifestación del espectro para el ejercicio de su labor como guardián, sino algo más grande y terrible que cualquiera de las meras anécdotas tenebrosas que le había referido el anciano psíquico. Y, en tanto Campeona, la protección de los trabajadores de la Torre Pokémon —ya no podía pensar en ella como la Torre de Radio de Pueblo Lavanda— entraba dentro de su deber.

Ni siquiera estaba segura de dónde estaba sacando las fuerzas para hacer aquello; pero, antes de darse cuenta de su osadía, su voz temblorosa, llena de preocupación pero con un fuerte poso de miedo, resonó también en la impenetrable negrura.

—Por favor… Growlithe. Sé que nunca podré entender tu dolor… pero sí entiendo que estés furioso por el traslado del cementerio. Yo solo quiero ayudar, pero para eso necesito saber qué quieres exactamente.

Su propia voz, comparada con el tono metálico y frío del espectro, se le antojó extrañamente aguda e infantil, como el repiqueteo de una campanilla intentando imitar el estruendo de un terremoto. De hecho, lo más probable es que fuera así, precisamente, como el guardián percibía su voz. Pero lo que no podía esperarse en absoluto fue el efecto que tuvieron sus palabras sobre el guardián.

De pronto, una de las puertas que había más cerca de ella estalló en llamas. Arcapeon le lanzó una mirada cargada de sorpresa y terror a su entrenadora, junto con un gañido lastimero y suplicante; mientras su entrenadora corría hacia el extintor más cercano y rompía el cristal con el puño envuelto en su abrigo.

—No te preocupes —le dijo, intentando tranquilizarlo; a pesar de que, maldita fuera, probablemente la que necesitaba que alguien la tranquilizase era ella—. Sé que no has sido tú.

El incendio se extendía con una rapidez anormal, prendiendo a toda velocidad en cada una de las puertas, los muebles y los elementos decorativos que había a su vista. En apenas un minuto, la densa tiniebla había sido devorada por abundantes llamas de color cobre, cada vez más altas, que amenazaban con extenderse rápidamente por todo el edificio. Sin embargo, la alarma antincendios no saltó en ningún momento, y tampoco los aspersores, ni ningún otro dispositivo de seguridad.

Cuando Cristal consiguió tragarse el miedo y usar el extintor sobre la puerta más cercana, comprobó que las crueles lenguas ardientes continuaban danzando briosamente sobre la espuma que debería haberlas apagado.

La voz del espectro volvió a tronar con fuerza, por encima del rugido de las llamas, cada vez más alta, aguda y desesperada, hasta degenerar en un aullido terrible, que hizo saltar en pedazos los vidrios más cercanos.

Dormir…

Dormir…

¡DORMIR!

La joven entrenadora tenía la sensación de haberse quedado momentáneamente sorda, y durante unos minutos temió que la poderosa onda invisible le hubiera destrozado los oídos, como había oído que solía pasar a gente a la que le pasaba rozando una bala. Y los tres espectros que había frente a ella lanzaron su ataque.

Estaba convencida de no haber librado jamás un combate ni siquiera remotamente parecido a aquel y, Arceus mediante, no volvería a librar otro jamás. Los movimientos que empleaban sus rivales eran, desde luego, los mismos que hubieran empleado estando vivos; pero no se desplazaban de la misma manera. En su momento, no había podido darse cuenta de que Dulce estaba muerta hasta que ella no había decidido mostrárselo, mientras que a aquellos pokémon no les importaba en absoluto que su rival se percatara de su condición de entes de ultratumba. Se hundían en el suelo, el techo y las paredes, levitaban y se desvanecían en el aire momentáneamente para esquivar los Giros Fuego y Lanzallamas de Arcapeon, y luego se aparecían a apenas unos centímetros de ellos, para atacar directamente al enorme perro sin que este pudiera hacer nada para evitarlos. Mientras, todo material inflamable que podía haber a su alrededor era pasto de las llamas.

En un momento dado, Raticate se apareció justo sobre el lomo del Arcanine y le asestó un poderoso Superdiente en el cuello, haciéndolo emitir un gañido de dolor que hizo estremecerse a Cristal, para luego desaparecer antes de que el pokémon pudiera envolverse en su Coratfuegos para defenderse; mientras el Clefairy volvía a golpearle con una Bola sombra y el Muk lo rociaba con Bombas Lodo.

—¡Sé que no va a ser fácil, Arcapeon; pero tienes que empezar por centrarte en uno solo de ellos! —dijo la Campeona, desesperada— Si seguimos intentando atacar a todas partes al mismo tiempo, no podremos hacer nada.

No podía oír bien su propia voz, pero Arcanine dejó de debatirse y le lanzó un Lanzallamas al Clefairy con todas sus fuerzas, proyectándolo por los aires; así que debía de poder oírla, al menos, lo suficiente como para seguir sus órdenes. No obstante, poco podía hacer él solo contra tres rivales al mismo tiempo, cada uno de ellos con capacidades muy superiores a las que él podía llegar siquiera a desarrollar en vida.

—"Te mandaré refuerzos, amigo." —Se dijo, tanteando las pokéballs restantes en su cinturón mientras repasaba mentalmente su equipo.

Mega no podía hacer gran cosa contra Stinky, pero podía dar cuenta de un Cleffairy sin demasiada dificultad, y hacer sudar bastante al Raticate, si es que un fantasma podía sudar. En cuanto a Cupeon, sus ataques de tipo tierra servirían de mucha ayuda para colaborar con Arcapeon y quebrar la resistencia monstruosa del Muk. Smopeon sería fuerte contra los ataques de Stinky, pero no podía hacerle gran cosa sin movimientos de tipo psíquico, y Parapeon no podría soportar un solo asalto contra él.

Unas centésimas de segundo después, justo en el momento en que se disponía a sacar a Mega y Cupeon, una Bola Sombra y un Lanzallamas pasaron a ambos lados de su cuerpo, para ir a golpear a la enorme mole de fango que seguía empeñándose en rociar con veneno a Arcapeon. Con ayuda de un último Giro Fuego, este se derrumbó por completo.

Antes de que Cristal pudiera siquiera darse la vuelta para intentar identificar a sus misteriosos salvadores, dos borrones gélidos pasaron a su lado también, siguiendo la misma trayectoria que los movimientos que los habían precedido. No podía identificarlos, pero las llamas relucían a través de sus cuerpos; así que también debían de ser fantasmas.

Otros dos espectros de pokémon atrapados en la Torre, usando lo que parecía ser el movimiento Placaje. Cleffairy no pudo resistir el ataque de su oponente, y se desplomó en silencio, como había estado combatiendo. Raticate resistió, pero un último Velocidad Extrema de Arcapeon lo dejó también fuera de combate.

Entonces, el mismo aullido terrorífico que había prendido las llamas volvió a sacudir todas las cosas, incluido todo el cuerpo de la Campeona, hasta la última fibra. Esta vez estaba cargado de una rabia tan espantosa que la joven casi pudo percibirlo físicamente, como una espada o unas enormes garras, que se desprendían de las alargadas sombras proyectadas por las llamas para desgarrarla desde dentro y drenarle todas sus fuerzas.

De hecho, en el instante mismo en que perdía la consciencia, se preguntó si, en realidad, el sutil hilo que ataba su alma a su cuerpo, insensibilizado por el pánico, no habría sido realmente cercenado, y por eso tenía, de pronto, la sensación de estar viviendo dentro de su cuerpo como si este no fuera suyo.

OoOoOoO

—¡CRISTAL!

Kira y Dulce se inclinaban sobre ella, sus siluetas recortándose contra las llamas que los rodeaban a los cuatro, zarandeándola; mientras Arcapeon le lamía profusamente la cara.

Estaba en el suelo helado, al lado del extintor que había intentado usar para apagar el incendio, y lo primero que le vino a la mente fue cómo era posible que Kira pareciera más aliviada al verla volver en sí que preocupada por el terrible incendio salido de la nada. Entonces fue cuando se percató de que las llamas habían desaparecido por completo, y que la luz que la iluminaba en aquellos momentos era la de las velas que había traído Dulce. La exorcista la ayudó a incorporarse y, al observar cómo miraba el extintor inútil con expresión de infinita perplejidad, le sonrió con ternura:

—Otra ilusión —le explicó—. Es un Growlithe, después de todo. Es normal que le guste… jugar con fuego.

Eso explicaba, naturalmente, por qué había sido incapaz de apagar las llamas con el extintor, y como era posible que, a pesar de la cantidad de fuego que se suponía que había habido en aquel edificio, siguiera haciendo frío. Debió de estremecerse, porque Arcapeon se enrolló alrededor de sus piernas para darle calor.

—¿Te encuentras bien, amigo? —le preguntó su entrenadora, preocupada— Ha sido una pelea dura ¿Quieres volver a tu pokéball un rato?

El pokémon perro gruñó por lo bajo, haciéndose el ofendido, y Cristal le sonrió con dulzura.

—Estaré bien, te lo prometo. Estoy con Kira y Dulce, no me va a pasar nada.

Pero Arcapeon volvió a gruñir, y luego le lamió las manos a la joven, dejando más que claro su respuesta definitiva. Ya descansaré, parecía decir. La Campeona se lo agradeció con un fuerte abrazo; pero buscó de nuevo en la pequeña reserva de provisiones medicinales que tenía en la mochila y sacó una Baya Dorada, que el pokémon devoró más que encantado en cuando se la puso delante. Kira se acercó también al Arcanine, y le acarició el esponjoso pelo de color canela mientras comía; ante la mirada divertida de Dulce, que tenía las dos manos ocupadas con las dos velas encendidas.

Tal vez se debía a que acababa de librar un intenso combate que la había puesto contra las cuerdas durante unos minutos, o a que todavía se acordaba de la sensación espantosa que le había producido el aullido mortal del guardián; debía de tener el instinto a flor de piel. Algo en aquella apacible escena —¿la conciencia de que Dulce estaba muerta? ¿La oscuridad que los rodeaba? ¿Aquel frío sempiterno, que ni siquiera los sudores del pánico podían espantar del todo? — volvió a despertar la Cristal, más fuerte que en ningún otro momento a lo largo de toda la noche, la impresión de que había algo que se le escapaba, una certeza que habitaba fuera del círculo de luz de las velas de Dulce, más allá del alcance de su vista, y que no conseguía asir. Unos instantes después, se dio cuenta de que, en realidad, sí sabía qué era lo que le había provocado esa escalofriante impresión, al menos, por esta vez:

—Dulce… ¿quién nos ha ayudado?

—¿Cómo dices? —Le preguntó la exorcista, aprovechando que se había puesto de pie para pasarle de nuevo una de las velas.

—Creo que lo habéis visto, porque estabais justo detrás de mí —contestó, con tono cauto—. Arcapeon estaba luchando completamente solo contra tres. De hecho, yo ya estaba a punto de mandarle ayuda, y…

—Ah, se refieres a los refuerzos. —Dijo Kira, guiñándole el ojo a Dulce, y la exorcista emitió una exclamación, seguida de una risita cómplice.

—Bueno, hemos intentado ser discretas al respecto. Sabemos que estás poco acostumbrada a… lo sobrenatural. Y ya sabes: los lavandenses tendemos a proteger… nuestros secretos.

—Ya te hemos dicho que, en realidad… el cementerio está mucho más protegido de lo que se podría pensar —añadió la joven pelirroja, dedicándole otro guiño amistoso a Arcapeon, que contestó agitando la cola juguetonamente, su propia versión de una risa queda—. Los muertos protegen este lugar… y no me refiero solo el guardián. De hecho, ya has oído lo que decía Hallorann… Growlithe se manifiesta muy de tarde en tarde, y tiene métodos… bastante expeditivos. Normalmente, son los muertos comunes quienes, con ayuda de la gente del pueblo… mantienen la armonía en este lugar. El mismo señor Fuji jamás podría llevar a cabo su labor… si no contara con la complicidad de quienes la solicitan. Y tú, con todo lo que estás haciendo esta noche… te has ganado unos cuantos aliados en esta Torre, Cristal. Entre los vivos y entre los muertos.

No necesitaban decir mucho más para que la Campeona comprendiera a qué se referían, y no pudo contener otro escalofrío, aún más intenso que el anterior. Entonces, aquellos movimientos los habían ejecutado realmente otros espectros de pokémon atrapados en la Torre; aunque, ahora que lo pensaba, en realidad, no parecía ser algo particularmente extraño, si hasta el guardián en persona había manifestado no serle hostil.

De hecho, cada vez que empezaba a darle vueltas a la siniestra situación en que se encontraba, y a meditar sobre cada uno de los encuentros que había tenido desde el momento que había cruzado la mirada con el señor Fuji en el Centro Pokémon —la Mano Blanca, Clee y Remy Oak, Lucas y las hermanas Metis y Cassandra Grady, Dulce, Kira, el propio guardián, Mazakala Hallorann— se daba cuenta de que siempre acababa regresando al mismo punto: una y otra vez, era sometida a la misma prueba secreta, tanto por vivos como por muertos; una y otra vez, la pasaba sin estar del todo segura de cómo. El único que había llegado a darle una explicación más o menos coherente sobre aquella ceremonia secreta, imperceptible para ella, había sido el anciano psíquico historiador, y la prueba a la que la había sometido había sido, de lejos, la menos sutil.

Ahora comprendía mucho mejor el extraño secretismo que imperaba en Pueblo Lavanda entorno a la Torre Pokémon y sus misterios no resueltos. Solo alguien profundamente familiarizado con esta estrecha, pero sutil, relación entre los vivos y los muertos podía vivir con naturalidad esta peculiar y bellísima, aunque terrorífica, simbiosis entre quienes estaban a Ambos Lados de la Puerta. Ella misma, a pesar de que estaba empezando a aprender a comunicarse con los muertos, se sentía aterrorizada al tomar conciencia de que estaba recibiendo una ayuda suya de la que se daba cuenta solo a medias. No podía enfadarse con Kira y Dulce por no habérselo contado antes, si ella misma estaba más o menos segura de que no querer saberlo todavía.

—Sean quienes sean, mil gracias —dijo, en voz alta, haciendo una inclinación hacia la oscuridad—. Haré lo que pueda para no defraudarlos.

—Sin embargo, hay algo extraño en todo esto —comentó Dulce—. Se supone que Anthony Torrance está en esta planta… pero no estaba entre nuestros atacantes. Eso solo puede significar que…

—Espera… —la interrumpió Cristal, estupefacta— Entonces ¿Anthony Torrance también está muerto?

—No —contestó Dulce—. Pero sí anda a menudo con los muertos… así que es susceptible de que el guardián lo pueda… poseer o someter.

La Campeona frunció el ceño y meditó durante unos instantes. Hallorann le había dicho que la Torre nunca estaba del todo vacía, y era obvio que había trabajadores allí aquella noche; aunque debían de haberse quedado todos en las plantas inferiores, de ahí que permanecieran ajenos al estropicio que estaba causando el guardián unos cuantos pisos más arriba. Si contaban con una exorcista que se dedicaba a pequeñas labores de becaria, un Alakazam que evitaba que el poltergeist del lugar defenestrase al personal y un Muk que había pasado sus primeras noches en la muerte haciendo vomitar a los desagües, no podía ser tan sorprendente que los trabajadores del turno de noche encontraran relativamente naturales algunas de las salidas de tono de los fantasmas menos adaptados a la convivencia. Probablemente, no se darían cuenta de que la situación era tan peligrosa como ella había intuido que era al recibir la alerta radiofónica por código rojo hasta que el guardián no los atacara en persona, como les había hecho a ellas tres. Entonces, ya sería demasiado tarde para ayudarlos.

—Tiene sentido —dijo, finalmente, asintiendo despacio—. Por los movimientos que han usado en este combate, parece prácticamente obvio que los que han atacado a Anthony Torrance han sido Raticate y Cleffairy. Y es obvio que el que nos ha gastado el bromazo en la sala de descanso ha sido el Muk ¿Qué ha pasado desde el momento en que perdí la consciencia?

—Una vez derrotados, los tres volvieron en sí —contestó Dulce—. Raticate y Cleffairy ya estaban al tanto de… tu presencia aquí. De hecho, estaban buscando ellos mismos a Anthony Torrance… pero se encontraron el despacho ya vandalizado. Así que vinieron, como nosotras ahora… a buscarlo en el estudio. No recuerdan haber llegado.

—Y lo último que recuerda Muk es haber estado en la sala de descanso…—añadió Kira—. Él no sabía absolutamente nada de ti. Ni siquiera te ha reconocido.

Una vez más, Cristal se tragó las preguntas inspiradas por aquella misteriosa disonancia. A cada segundo que pasaba, estaba más convencida de que, tarde o temprano, acabaría sabiendo aún más de lo que creía necesitar saber al respecto de los misterios de la Torre, y mucho más de lo que le gustaría. Además de que ya había visto a pokémon fantasma comunicarse por telepatía con pokémon de otros tipos, e incluso con humanos; por lo que no tenía motivos para pensar que fuera distinto con los espectros ¿no lo había hecho Dulce con ella? ¿Por qué tenía que ser diferente respecto a los pokémon? Parecía completamente natural dentro de lo sobrenatural.

Lo que sí encontraba importante era el hecho de que, al parecer, no habían sido Cleffairy y Raticate los que habían atacado a Torrance, por lo que debía descartar de inmediato aquella teoría. Todas las pistas apuntaban a que el guardián se había ensañado en especial con él, aunque no se le ocurría cuál podría ser el motivo; o bien que tenía un interés particular por evitar que nadie pudiera dar con él y averiguar lo que había intentado contarle a ella por radio. Por lo tanto, no solo lo más probable era que continuara con vida —puesto que, de lo contrario, no habría necesidad de obstaculizar su búsqueda—; sino que también era posible que estuviera atrapado en algún lugar, como le había ocurrido a Kira.

Y eso solo podía significar que, si no encontraba a Anthony Torrance en el estudio, iba a necesitar volver a enfrentarse al guardián para reclamar su liberación. El simple hecho de pensar en ello le hacía preguntarse si realmente esto de ser Campeona estaba hecho para ella.

—"Esté o no hecho para mí, es lo que soy ahora" —se dijo, por enésima vez en lo que iba de noche—". Así que no me queda otra que seguir."

—Entonces, ¿tenemos vía libre ahora mismo? —Les preguntó a sus compañeras.

—Si hay algún espectro más sometido por el guardián… cerca de nosotros ahora mismo, no lo sabemos —respondió Dulce—. Al menos, no se ha manifestado todavía. Imposible estar seguras de eso en un sitio tan… embrujado como este, pero…

—Pero no podemos esperar más —completó Cristal, asintiendo despacio de nuevo—. Es obvio que la situación ha degenerado ya mucho desde que yo llegué. Y a cada segundo que pasa empeora todavía más. Tenemos que ir al estudio y enfrentarnos a lo que encontremos allí… sea lo que sea.

Sus dos compañeras intercambiaron una mirada y asintieron con firmeza, y Arcapeon confirmó su resolución con un ladrido lleno de seguridad. Sin más preámbulos, más que nada por temor a que aquella determinación que tanto le había costado construir se evaporara de nuevo en la oscuridad, la joven entrenadora se puso en marcha; Arcanine caminando a su lado sin necesidad de que se lo pidiera, Dulce abriendo una vez más la marcha y Kira, una vez más, siguiéndola.

La certeza de estar rodeada de espectros a los que no podía ver se le hacía más escalofriante a cada segundo, puesto que ahora sabía que incluso sus aliados más fiables podían traicionarla incluso contra su propia voluntad. Cleffairy y Raticate habían intentado ayudarla, pero el guardián no solo se lo había impedido, sino que los había forzado a usar su poder contra ella. Por lo tanto, cada uno de los muertos que habían decidido aliarse a ella por lo que quiera que estuviera haciendo bien aquella noche, de los cuales no conocía más que a Dulce, y algunos de los que ni siquiera sabían todavía que estaba allí, como en el caso de Stinky, eran potenciales rehenes del guardián para ser usados en su contra como peones. Y eso hacía del mero acto de estar allí una especie de ruleta rusa. Debía de ser la primera vez que se hubiera sentido más segura sabiéndose completamente sola que siendo consciente de estar, aunque fuera bien, acompañada.

Lo que sí la hacía sentirse más tranquila era que Dulce no daba muestras de preocupación, y que ella misma podía ver claramente que aquella planta, excepto por el hecho de que estaba vacía y completamente a oscuras, parecía totalmente normal: aquel frío sobrenatural, que le daba a aquella ausencia de personal un matiz de total abandono, era lo único que podría haberle insinuado, de no saberlo todavía, que el lugar seguía siendo un cementerio embrujado.

Incluso la puerta cerrada del estudio tenía un aspecto de lo más común.

Pero, cuando Dulce cogió el pomo de la puerta, se estremeció profundamente y se dejó caer el suelo, víctima de un desmayo repentino. Cristal intentó sujetarla, pero el cuerpo etéreo de la exorcista pasó a través de sus manos.

—¡Dulce! —Exclamó, preocupada, inclinándose sobre ella pero evitando tocarla.

Por suerte, su amiga no había perdido el conocimiento, y le hizo un gesto amable para que se apartara y pudiera levantarse.

—Estoy bien, estoy bien… solo… algo cansada —le dijo, estremeciéndose de nuevo—. Es que ahí dentro… hay al menos un espíritu mucho más fuerte que el mío… que, además, me es abiertamente hostil. Vamos a tener que prepararnos para combatir, Cristal.

Se ha acabado el tiempo para prepararse, se dijo la joven. Y, esta vez, ni siquiera estás segura de a qué te enfrentas en realidad; añadió, dentro de ella, la vocecita remota pero aún audible del pánico y la ansiedad.

De repente, le vino a la mente, con una intensidad desoladora, una imagen de ella misma, con el cuello roto, desplomada junto a un aparato emisor de radio, y la garganta se le cerró con tanta fuerza como si algo la hubiera agarrado de pronto por el cuello.

—"Por las Diecisiete Tablas… esto va en serio. Me estoy jugando la vida de verdad" —se dijo, aterrada—". Esto no tiene nada que ver con mis miedos vagos a lo sobrenatural… mi posibilidad de volver a ver salir el sol depende de un Growlithe encolerizado, que vuelca en los intrusos y profanadores de la Torre toda la rabia que no consiguió volcar en el violador y asesino de su entrenadora."

Un Growlithe, le recordó otra de sus vocecitas internas, más remota aún que la del pánico, pero también más firme. Es decir, un pokémon de tipo fuego. Tupeon no puede salir, por descontado. Mega es el más fuerte, pero es débil ante el fuego; Parapeon y Smoopeon no tienen la menor posibilidad. Pero Arcapeon podía resistir bien tanto el fuego como los envites físicos, y estaba demostrando tener un peculiar talento para enfrentarse a los seres de ultratumba. Y además había otro pokémon más, más débil, pero que había demostrado poder resistir tanto el frío como el calor, además de ser rápido y ágil.

—¡Adelante, Cupeon!

El pequeño Cubone saltó alegremente fuera de la pokéball a los brazos de su entrenadora y, desde allí, miró a su alrededor con los ojos muy abiertos. Cristal había temido que se asustara, al encontrarse de repente en un lugar extraño y desangelado, en una oscuridad más negra que la oscuridad misma e iluminada solamente por dos pequeñas velas. Pero unos instantes después, se dio cuenta de que había vuelto a hacer la elección correcta: por la expresión de sus grandes ojos castaños, manifestaba mucha más curiosidad y perplejidad que verdadero miedo, como si se preguntara qué pintaba su entrenadora en un lugar tan extraño a aquellas horas.

—Estamos en la Torre Pokémon —le dijo la Campeona, intentando que no se notara demasiado su nerviosismo; pero el pokémon no reaccionó ante el dato, sino que se limitó a seguir interrogándola con la mirada—. Hemos descubierto que Anthony Torrance, la persona que habló con nosotros por radio, podría estar en un peligro aún más grave que la muerte. Estas son Dulce y Kira, dos amigas.

Cupeon saltó al suelo y se acercó curiosidad a Dulce, que estaba levitando a unos centímetros del suelo, y la observó detenidamente durante unos instantes. Un poco dubitativa, le tendió la mano, y el pokémon pareció sorprenderse un poco al ver que sus pequeñas patas pasaban a través de ella; pero, simplemente, pasó un minuto intentando en vano asir los largos y delicados de la exorcista, hasta que esta se materializó y pudo estrechárselos. Parecía estar encantado con aquel juego.

—Este pequeñín no tiene todavía un año de edad, y ya parece disfrutar con situaciones que espantarían a pokémon con mucha más experiencia. —Observó Cristal, con una sonrisa nostálgica.

—Hay muchos Cubone a este lado de las montañas —le señaló Kira, que también se había acuclillado junto al pokémon para acariciarle la pequeña cabeza por encima del casco de hueso. Desde luego, Cupeon ya estaba más que convencido de estar en muy buena compañía, pese a lo intempestivo del lugar y la hora—. Son criaturas melancólicas… de las que se sospecha que tienen una peculiar relación… con la muerte. Hasta hace poco eran muy raros… porque eran cazados furtivamente para abastecer… el mercado negro de cráneos de Cubone y Marowak.

—Tengo entendido que la legislación sobre la caza de pokémon se endureció bastante durante la guerra —comentó la joven entrenadora, rememorando lo que había leído al respecto en clase de Historia—. Se convirtieron en un recurso vivo muy valioso, porque podían ser usados como armas. Así que el gobierno consideró que debíamos contar con todos los que pudiéramos… de buen grado, preferiblemente.

Kira asintió con melancolía, y Cristal no pudo evitar preguntarse, una vez más, por el pasado de aquella singular muchacha. No era mucho mayor que ella, así que no era posible que recordarse la guerra en sí, pero tal vez tuviera algunos recuerdos de su niñez más temprana sobre los años posteriores, que debían de haber sido particularmente duros y extraños para los residentes en Pueblo Lavanda.

—Cuando conocí a Joy, no quería ser enfermera —le confió la pelirroja, como si le hubiera leído el pensamiento—. Quería dedicarse a entrenar pokémon y recorrer el mundo… incluso combatió por las ocho medallas de Kanto. Pero no llegó a entrar en la Liga.

—¿Por qué? —Preguntó Dulce, con interés.

—Por mi culpa —contestó Kira, con repentina sequedad—. Yo estaba viajando con ella… y le fallé. Entonces, ella tuvo que renunciar a su sueño. Siguió los pasos del resto de… las mujeres de su familia, y estudió enfermería pokémon.

La súbita oscuridad que había aparecido en la mirada de la joven le heló la sangre a Cristal, y hasta Dulce pareció quedarse paralizada durante unos instantes, con los ojos muy abiertos. Era como si todas las chipas encendidas que solía despedir se hubieran apagado de repente, y con ellas se hubiera ido todo el calor de su espíritu.

La entrenadora había oído varias historias descorazonadoras aquella noche, incluida la de la fundación de la Torre Pokémon. Pero, a pesar del horror y la pena, había sido capaz de encontrar palabras de consuelo para todos los que habían compartido la suya con ella. Ahora, sin embargo, se había quedado realmente sin una sola. Y ni siquiera el espantoso relato de las hermanas Grady translucía tanta sensación de soledad e impotencia como la voz de Kira Joy.

Estaba llorando inconscientemente, otra vez. Y esta vez no estaba del todo segura de si sabría cómo parar.

—Yo… lo siento, Kira —se disculpó la exorcista, también con los ojos llenos de lágrimas—. No debería haber preguntado.

—En realidad, hace ya tiempo que todo esto no importa —replicó la pelirroja. Su voz se enterneció un poco y se le humedecieron los ojos, de manera que la sombra que parecía haberse adueñado de sus rasgos durante unos instantes se evaporó, dejando paso a una tristeza que rompía el corazón—. La gente que me habla de ella… dice que parece feliz. Que ha encontrado su sitio de nuevo… en el Centro Pokémon de Pueblo Lavanda. Que regresó por voluntad propia… y que, junto con el señor Fuji… está ayudando a curar las heridas causadas… por el Team Rocket. Pero yo no puedo evitar pensar que…

Kira no llegó a terminar la frase.

De repente, un grito desgarrador, procedente del interior del estudio cerrado, resonó en toda la planta, y se tragó sin misericordia incluso las lágrimas de las tres muchachas.

En un principio, Cristal creyó que se trataba el un grito de dolor de un hombre joven; pero el alarido desprendía una energía tan poderosa y terrorífica, que se podía dudar de si lo había emitido un ser humano o un pokémon, y que incluso parecía contener una nota de triunfo. Antes de que los ecos se hubieran apagado del todo, lo siguió una larga y dura carcajada, tan seca y tenebrosa que hasta Dulce retrocedió, con el pánico escrito en los suaves rasgos. La Campeona, que todavía no había terminado de digerir el impacto que le había causado la espantosa revelación de su amiga, temió durante unos instantes volver a desmayarse.

El silencio que lo siguió fue casi tan ensordecedor como el grito mismo, y pareció propagarse por el aire gélido de los pasillos de la misma manera, levantando ecos a su paso hasta desaparecer. Durante unos instantes dolorosos, las tres muchachas y los dos pokémon se miraron unos a otros, infinitamente abrumados.

Aquello solo podía significar una cosa.

Habían llegado demasiado tarde.

Cristal sentía la boca tan seca como los pulmones vacíos; pero, por algún extraño motivo, la había invadido repentinamente una calma atroz, tal vez porque algo dentro de ella se había quebrado, y había acabado por volverse insensible. Había oído hablar de personas que habían llegado a pasar tanto miedo durante una experiencia traumática que, para defenderse de aquella terrible intensidad, su mente se había desconectado por completo de las emociones, y habían llegado incluso a dejar de poder sentir.

Sin embargo, no tuvo mucho más tiempo para preocuparse. Tras unos instantes más de parálisis total, cuando ya estaba empezando a preguntarse qué se suponía que iba a hacer ahora, lo que quiera que estuviese al otro lado de la puerta accionó el pomo y la empujó; aunque no consiguió abrirla.

La joven sintió otra oleada de pánico subiendo como el fuego por sus piernas cuando el ser empezó a golpear la puerta encajada y, como no cedía, a embestirla. Arcapeon se puso tenso, y Cupeon acarició amenazadoramente el hueso que llevaba en la pata (en cualquier otra situación, a Cristal le hubiera hecho gracia ver al pequeño Cubone hacer aquel gesto, que no conseguía ni mucho menos inspirar miedo); incluso Kira y Dulce se miraron la una a la otra con decisión, y se dispusieron a enfrentar a lo que quiera que fuera a salir del estudio.

Pareció transcurrir una eternidad entera hasta el momento en que, finalmente, la puerta dejó de sacudirse y tambalearse.

Entonces, para su sorpresa, una figura humana emergió directamente de la superficie de madera, atravesándola a paso tranquilo como si fuera una cortina de agua.

Era un apuesto muchacho de unos veinte años, delgado, de estatura mediana, con la piel fina y pálida y una abundante y ensortijada cabellera de color púrpura. Cristal no pudo evitar emitir una exclamación de sorpresa al ver de cerca su cara: excepto por los grandes e hipnóticos ojos de color vino y los pequeños caninos afilados que sobresalían entre sus labios, era idéntico a Danniel Torrance hasta el último rasgo.

—¡Uf, por fin! Estoy agotado —exclamó él, con tono despreocupado. Luego, fulminó a las tres chicas y los dos pokémon con la mirada— Y ya que estabais viendo que no podía salir, me podríais haber ayudado ¿no? ¡Sabéis que no me gusta salirme de mi papel!

Atónita, la Campeona reconoció de inmediato la melodiosa voz grave, suave como la seda y un poco arrastrada, que se había dirigido a ella a través del aparato de radio. Y ahora entendía perfectamente por qué le había puesto los pelos de punta.

Era obvio que aquel joven también era un espectro habituado a hacerse pasar por un ser humano vivo.

—Lo sentimos —le contestó Kira, todavía pálida de terror y con una risita histérica—. No teníamos ni idea de que eras tú.

—Estábamos empezando a darte por perdido… —añadió Dulce, tan aliviada que casi le costaba hablar—. Creíamos que habías sido atacado por el guardián…

—Y lo he sido —contestó él, con un tono mucho más serio—. Simplemente, al final he conseguido librarme de su influencia… hacía mucho que no tenía que luchar de esa manera.

Sin embargo, al repasar con la mirada al grupo de rescate y encontrarse con la mirada estupefacta, casi aturdida, de Cristal, volvió a recuperar cierto aire alegre y divertido. Se acercó a ella, resuelto, y se inclinó educadamente, casi con galantería.

—No obstante… muchas gracias por venir, Campeona —le dijo, con una gran sonrisa—. Seguimos necesitando tu ayuda aquí. De hecho, la necesitamos todavía más que cuando mandé la alerta.

Ahora que lo veía en persona, estaba más convencida que nunca de que nunca había visto a aquel chico; pero, al mismo tiempo, también hubiera podido jurar que había algo en él que le resultaba terriblemente familiar, y no solo porque se parecía infinitamente a Danniel. El deje fantasmal de su voz, el tono con que se dirigía a ella, incluso su manera de moverse, le resultaban tan conocidos, y al mismo tiempo tan extraños, como si los hubiera visto en sueños.

Indudablemente, el joven poseía, como Dulce, los poderes telepáticos que le conferían su condición; porque no necesitó que Cristal le dijera nada para estallar en carcajadas hasta llorar de la risa.

—Me halaga que no te parezca del todo espantosa la idea de soñar conmigo, Cristal Soulheart… pero, independientemente de tus experiencias oníricas, nos hemos visto en el mundo real. Aunque debería haber supuesto que, con este aspecto, no me ibas a reconocer.

Aquellos grandes ojos oscuros.

Aquella sonriente boca, con dos grandes colmillos afilados; el rostro descarado, inclinado hacia ella, a apenas dos centímetros de su nariz.

El muchacho se apartó de nuevo, para volver a adoptar un tono adusto, casi contrito.

—Al menos, espero no haberte asustado demasiado esta vez —se disculpó—. Soy consciente de que los humanos no estáis acostumbrados a ver gente atravesar puertas ¡Danniel me la armaría buena, si se enterara! Que quede entre nosotros, por favor.

Entonces, la Campeona lo comprendió todo.

En realidad, ni siquiera sabía cómo era posible que no se le hubiera ocurrido antes. Ahora que lo tenía delante, le parecía tan obvio que casi se sintió estúpida por no haber siquiera imaginado algo como aquello. Su propia voz le sonó casi anormalmente aguda e infantil (aunque dio gracias a al legendario que fuera por que no le temblara) cuando su boca pareció cobrar vida propia para constatar:

—Anthonny Torrance. Compañero pokémon de Danniel Torrance.

—Tonny para los amigos, querida —añadió el Gastly disfrazado de humano, de nuevo con una gran sonrisa y guiñándole el ojo con desparpajo—. Espero que, a estas alturas, me consideres como tal.


Ahora Cristal sabe que, en efecto, ya conocía a Tonny Torrance. Sin embargo, su repentina aparición completamente sano y salvo tras haber emitido una alerta por código rojo por radio no deja de resultar extraña. El travieso aunque cortés Gastly tiene muchas cosas que explicar ¿Por qué lo ha atacado el guardián? y, más importante todavía ¿cómo ha conseguido escapar de él? ¿Es posible que el anciano espectro Growlithe tenga un as bajo la manga que ni siquiera Tonny haya conseguido encontrar? Continuará...