Los Pecados del Lord


18: Lo Siento


LLEVABA tiempo sin pedirle que se quedara en su cama. Naruto ya ardía de excitación otra vez, pero algo oscuro le carcomía por dentro, retorciéndole las entrañas con tanta fuerza que apenas podía respirar.

En los ojos de Hinata percibió un intenso anhelo, pero se alejó de la cama, negando con la cabeza.

—Rin Nohara me contó lo que te hizo tu anterior esposa —dijo ella a su espalda—. Sé por qué no quieres pasar la noche en la misma habitación que una mujer.

Se dio la vuelta. Ella se había sentado en la cama, con la sábana por la barbilla, y le observaba.

—Con nadie —rectificó él—. Y Rin no te lo contó todo.

Nadie más que él lo sabía. No había podido confesar toda la verdad ni siquiera a Nagato, y no quería decirle a la hermosa e íntegra Hinata que su mujer no solo le había golpeado con el atizador, sino que en dos ocasiones había intentado violarle con él.

Recordaba los incidentes con claridad a pesar del tiempo transcurrido. El punzante dolor que le arrancó de golpe del letargo... la risa de Shizuka, más dolor, sangre, su propio grito... Había dado un brusco empujón a su esposa enviándola al otro extremo de la habitación y, a pesar de aquello, ella siguió riéndose.

Comenzó a permitirse dormir únicamente cuando estaba solo detrás de una puerta cerrada. Pero la condenada Shizuka logró, una noche, engañar a un criado para que la dejara entrar en su dormitorio y le atacó de nuevo. Lo único que realmente funcionó después de aquello fue poner guardias tanto en su puerta como en la de ella. Y aun así, Shizuka siguió intentándolo.

La cada vez más tenue oscuridad le permitió ver los ojos grises de Hinata, brillantes en el amanecer igual de gris.

—No es solo lo que ella me hizo —confesó Naruto con dificultad—, es lo que yo podría hacerte a ti. Si me despertase de repente podría darte un golpe y hacerte daño.

Notó que no le entendía. Se acercó de nuevo a la cama y se inclinó hacia ella hasta apoyar los puños en el colchón.

—Konohamaru me despertó una vez cuando tenía diez años —explicó—. Le golpeé con todas mis fuerzas. A mi hijo. Podría haberle matado.

El horror que sintió en ese momento no llegó a desvanecerse nunca. Konohamaru se había quedado inmóvil en el suelo, inconsciente, y él corrió junto a él para alzar el flojo cuerpo entre sus brazos. Gracias a Dios, Konohamaru no sufrió daños serios. Más tarde le dijo alegremente que había sido culpa suya, que se había olvidado de que su padre estaba un poco loco.

Que su hijo se culpara del incidente le había corroído las entrañas. También Iruka intentó asumir la culpa por no haber impedido que el niño se colara en su dormitorio. Él quiso gritarles a los dos, pero terminó mudándose a un hotel al resultarle imposible confiar en sí mismo cuando estaba con aquéllos que amaba.

—¿Le ocurrió algo grave a Konohamaru? —preguntó Hinata.

—No, pero eso no es lo importante, ¿verdad? —Apretó los puños—. Era solo un niño, podría haberle hecho mucho daño. ¿Crees que quiero despertarme un día y ver que me he comportado contigo de la misma manera?

Ella le observó fijamente con una mirada imperturbable. Jamás dejaría de sorprenderle. Cuando pensaba que ya la conocía y que podía predecir cómo se comportaría, ella se dedicaba a arrastrarle por París en busca de un dulce, o decidía seducirle en público, o intentaba apoderarse de los secretos de su alma.

—Quizá si lo intentáramos...

—¡Maldición!, ¿es que no has escuchado nada de lo que he dicho? Me pasa algo, ¿entiendes? Ni siquiera puedo pensar en acostarme contigo sin verlo todo negro. Por eso me despierto golpeando a los que me acompañan. La negrura no me abandona hasta que ya es demasiado tarde.

Ella le escuchó en silencio. Se suponía que debía temerle, que debía asustarse de eso tan aterrador que rugía en su interior. Algunas mujeres disfrutaban del miedo que él les provocaba, les gustaba el peligro, pero no comprendían realmente todo lo que podía llegar a hacer; y nunca permitiría que nadie lo supiera.

Se alejó y recogió su ropa con rapidez.

—Te aseguro que odio a esa mujer —dijo ella desde la cama—. Me refiero a tu otra mujer.

Él se rio con amargura mientras se ponía los pantalones.

—Me alegro. Me destrozó. Quería vengarse de mí y te aseguro que lo consiguió.

—Naruto...

Él meneó la cabeza.

—No quiero hablar más. Duerme.

Dio la espalda a aquella hermosa mujer por la que haría cualquier cosa, se puso la camisa y se marchó dando un portazo.

Sobre la cama, ella se abrazó las rodillas y se secó las lágrimas con la sábana.

—Espero que estés muy caliente allí donde estés, lady Shizuka Cavendish —susurró—. Sí, muy, muy caliente.

La tarde siguiente, Hinata entró en el dormitorio de Naruto en el momento en el que su ayuda de cámara francés estaba ayudándole para prepararse para otra noche de restaurantes y clubes nocturnos. Naruto deslizó la mirada por el vestido de tarde que ella todavía llevaba puesto y frunció el ceño.

—¿No vas a venir conmigo?

—Me arreglaré dentro de un momento. Felipe, ¿puedes dejarnos solos?

El criado ni siquiera buscó su confirmación. Los sirvientes, ya fueran escoceses o franceses, obedecían a Hinata sin rechistar. Felipe se limitó a salir del dormitorio.

Él terminó de cerrarse el rígido cuello que el ayuda de cámara acababa de colocar en torno a su garganta.

—Ya te he dicho que no quiero hablar de eso.

—¿Cómo sabes de qué quiero hablar?

Él le lanzó una impaciente mirada de soslayo antes de volver a mirarse en el espejo mientras se ponía la corbata.

—Porque husmeas como un hurón y jamás te rindes.

Ella se acercó y le quitó los extremos de la corbata de las manos para comenzar a hacerle el nudo.

—He venido a hablarte de mi hermano.

Naruto alzó la barbilla para que tuviera más espacio.

—¿De qué hermano? Hay tantos Hyûga como MacUzumaki.

—Sólo hay cuatro. Neji, Tokuma, Sasuke y Sai. Quiero contarte algo sobre Sasuke.

—¿Ese cuál es? ¿El abogado?

Ella sabía que Naruto era consciente de cuál de sus hermanos se trataba porque le había hablado muchísimo de cada uno de ellos. Sus hermanos eran un tema de conversación seguro y estaba muy orgullosa de sus logros.

Estaba dispuesta a apostar lo que fuera a que Nagato también le había hablado de ellos, probablemente incluso le había facilitado un informe completo. Su marido solo estaba tratando de ponérselo difícil.

—Sasuke estuvo en la India con el ejército —explicó pacientemente—. Cuando dejó el cuerpo, permaneció en el país para poner en marcha un negocio en el que ayudaba a otros ingleses a asentarse. En una ocasión, cuando viajaba por una región del norte por un asunto, fue capturado. Le mantuvieron preso tanto tiempo que llegamos a pensar que había muerto. Finalmente logró escapar y regresar a casa.

Naruto suavizó la voz.

—Lo recuerdo. Lo siento. ¿Qué quieres contarme sobre él?

—Sasuke se quedó en casa de Neji durante su convalecencia y parecía mejorar, al menos físicamente, pero era evidente que le pasaba algo. Como tú, él también menospreciaba sus huesos rotos y las torturas que había sufrido, bromeaba sin cesar al respecto.

—Le entiendo —aseguró Naruto. No quería pensar en ello. Ni hablar. Ella le dio el último toque al nudo.

—Sí, era evidente. Lo que pasó debió de ser horrible. Una noche, cuando fui a comprobar cómo se encontraba, me lo encontré acurrucado en la cama, temblando e incapaz de hablar. Cuando le pregunté qué le ocurría, Sasuke no me respondió, ni siquiera me miró. Estaba a punto de correr en busca de mi cuñada y Neji cuando recuperó la consciencia. Me aseguró que estaba bien y me rogó que no dijera nada.

—Lo que significa que ya le había ocurrido antes.

Ella asintió con la cabeza.

—Me confesó que le pasaba en ocasiones. Sin avisar. Incluso cuando estaba sentado en la sala de mi cuñada había veces que el mundo, sencillamente... desaparecía. Se sentía flotar y volvía a estar de regreso en aquel diminuto agujero donde sus secuestradores le retuvieron. A veces se olvidaban de alimentarle, podían pasar semanas sin dejarle salir.

» Evidentemente, Sasuke sabía que estaba seguro y a salvo en casa de Neji, en Escocia, pero su mente volvía a revivir el horror de lo sucedido. Me dijo que le preocupaba que esas visiones le convirtieran en un cobarde. Pero eso no ocurrirá, es uno de los hombres más valientes que conozco. De hecho, incluso regresó a la India. Todavía está allí, porque temía acobardarse y pasar el resto de su existencia en la habitación de invitados de Neji si no lo hacía.

Él bajó la vista hacia ella con una expresión ilegible. Estaba delicioso con kilt, camisa y chaleco; solo ella podía disfrutar de esa imagen tan atractiva.

—Me estás contando esta historia porque piensas que lo que me hizo Shizuka me hace sentir lo mismo que a tu hermano su secuestro y tortura.

—Bueno, no es igual, pero sí similar.

Él le dio la espalda.

—Creo recordar que te he dicho que no quiero hablar sobre ese tema.

—Yo creo que sí debemos hablar sobre ello. Se trata de nuestro matrimonio, Naruto. De nuestra vida.

Él siguió sin mirarla.

—Ya te lo he dicho, no quiero discutir contigo. O seguimos viviendo así o nos separamos.

—¿Debo ignorar, por tanto, el hecho de que mi marido se niegue a dormir conmigo en una cama?

Naruto se pasó la mano por el pelo.

—Muchos matrimonios no comparten cama. Bien sabe Dios que mis padres no lo hicieron jamás. Tenían habitaciones separadas, aposentos separados. No es inusual.

—Lo es en mi familia. Neji y su esposa duermen juntos todas las noches y mis padres también lo hicieron.

—Me alegro de que tuvieras una educación tan idílica.

—Incluso compartí el lecho con mi marido.

A Naruto le brillaban los ojos cuando se volvió hacia ella.

—No quiero que me hables de tu vida con tu primer esposo.

—Pero debemos hablar.

—¿Por qué? —La agarró con fuerza—. ¿Por qué es necesario que lo hagamos, Hinata? ¿Tienes que escarbar en cada maldito problema de mi vida? No quiero una niñera, maldita sea, quiero una amante.

—Yo también.

—¡Por el amor de Dios, Hinata! ¿Qué quieres que te diga? ¿Qué Shizuka estaba loca? Ya conoces la historia, Rin ha debido de ponerte al tanto... Nagato le contó todos los secretos de la familia. Y ella huyó de nosotros, sabia mujer.

—Me contó que Shizuka te hizo daño.

—Sí, lo hizo. —Naruto tiró del puño de la camisa haciendo saltar el botón y se subió bruscamente la manga—. ¿Estabas interesada en estas marcas? Pues bien, te contaré cómo sucedió. Shizuka estaba en mi dormitorio fumando un cigarro; a sus amantes les gustaba que lo hiciera, así que ella fumaba para recordarme que no me pertenecía por completo. Konohamaru estaba allí con nosotros y a ella le pareció que sería interesante ver qué tipo de cicatriz dejaba la brasa de un cigarro en la piel de un bebé.

Ella se quedó boquiabierta. Rin no había mencionado nada parecido. Pensó en el precioso cuerpecito que había acunado contra su pecho durante veinticuatro horas y una furia sin fin la inundó.

—¿Cómo se le pudo ocurrir tal cosa?

—Tomé a Konohamaru en brazos y, mientras forcejeaba con ella para alejarla del niño, me clavó el maldito cigarro. Me dijo que dejaría en paz a Konohamaru si permitía que me hiciera marcas en el brazo, así que consentí. Disfrutó con ello. Luego llevé al niño a la habitación infantil y me quedé con él, por si acaso se le ocurría subir y hacerle algo más horrible. Odiaba a Konohamaru porque sabía que era mío. Ese mismo día comencé a hacer los arreglos pertinentes para deshacerme de ella, pero antes de que tuviera la oportunidad... —Hizo un ademán hueco antes de dejar caer la mano.

Ella apretó los brazos contra el pecho, intentando contener los escalofríos.

—Naruto, lo siento mucho.

—Me dolió, Hinata. La odié por ello; todavía me duele. —Se bajó la manga y cerró el arrugado puño—. Por eso no quiero hablar de ello.

Ella recogió el botón que había caído y se acercó en silencio al tocador en busca de aguja e hilo. Milagrosamente, él se mantuvo inmóvil mientras ella cosía el botón, aunque le resultó muy difícil ver la aguja entre las lágrimas que le inundaban los ojos. Abrochó el botón en cuanto acabó, escondiendo de nuevo la cicatriz.

—Naruto —dijo con suavidad. Una lágrima cayó en la muñeca.

El movió los largos dedos y la obligó a alzar la cabeza. En sus ojos había fuego, cólera y dolor.

—Déjame, Hinata. No intentes rescatarme en una noche. Ya te lo he dicho, soy una ruina de hombre.

«Eres el hombre del que estoy enamorada». Le besó la palma de la mano.

El la miró fijamente durante un momento, luego le acarició los mechones que le caían en la nuca. De repente, curvó los dedos, atrayéndola, y la besó con intensidad. El beso contenía pasión, hambre, necesidad. La abrazó con fuerza y profundizó en su boca.

Esa noche no salieron.

Naruto no volvió a sacar el tema, pero ella se negó a olvidarlo. Él le había dicho que no le gustaba discutir, y a ella tampoco le gustaba, pero no era de las que fingía que los problemas no existían.

Mientras tanto, un día de la alocada vida que llevaban en París, Konohamaru se marchó a Cambridge para comenzar el trimestre de otoño. No pareció que le hiciera mucha ilusión ir a la universidad, pero la besó para despedirse, estrechó la mano de su padre y subió al tren a regañadientes.

Lamentó verle partir y notó que Naruto se mostraba más brusco y ceñudo los días siguientes. Echaba de menos a su hijo, el hijo por el que estuvo dispuesto a padecer una tortura. Pero solo dos semanas después, Konohamaru regresó.

KONOHAMARU llegó empapado por la lluvia y sin la maleta de mano con la que había partido. Tampoco trajo consigo a ningún criado. Según dijo, había dejado a ambos en Cambridge.

Naruto se puso furioso, era un escocés de las Highlands en pleno apogeo de su cólera.

—¡Maldita sea, muchacho! ¿Por qué no te has quedado allí?

—¿En una aburrida universidad inglesa? —Konohamaru se dejó caer en el sofá; su empapado abrigo manchó uno de los cojines que Hinata acababa de bordar—. ¿Mientras tú estás en París con Hinata? Ni en sueños. No necesito ir a la universidad, papá, en especial con los mismos tipos que conocí en Harrow, pavoneándose de lo que harán cuando gobiernen el país. ¡Dios me libre! De todas maneras, yo quiero dedicarme a entrenar caballos, como tú.

Naruto se acercó a la ventana y miró al exterior mientras respiraba profundamente, lleno de furia. Hinata se dio cuenta de que intentaba controlarse. No quería decir algo de lo que luego pudiera arrepentirse.

Ella se sentó junto a Konohamaru y rescató el cojín.

—Konohamaru, las amistades que hagas en la universidad son las mismas que más tarde te contratarán para entrenar a sus caballos.

Konohamaru entrecerró los ojos.

—Yo no quiero hacer amistades, quiero aprender. Los profesores son prehistóricos y solo hablan de filosofía y memeces por el estilo. Es ridículo. Yo quiero aprender ingeniería en Escocia.

—Es posible, pero imagino que tu padre ha pagado una buena suma para enviarte a Cambridge.

Konohamaru pareció avergonzado.

—Se la devolveré.

Naruto les miró, todavía enfadado.

—No se trata de eso, hijo. Se trata de que has vuelto a desobedecerme; de que te escapas una y otra vez.

—¡No quiero estar allí! Quiero quedarme contigo. ¿Qué tiene de malo?

—La vida que yo llevo no es la que debe llevar un chico como tú, ¡maldita sea! —Naruto intentó bajar el tono—. Mis amigos son rufianes y no quiero que te acerques a ellos.

—Lo sé —dijo Konohamaru—. Ya los conozco. ¿Por qué entonces quieres que Hinata esté con ellos?

—No quiero.

Al observar la cólera de Naruto, ella se dio cuenta de que él realmente no quería que se relacionara con sus amigos. Las amistades de Naruto en París eran personas que disfrutaban de una vida ociosa; permanecían toda la noche de juerga y dormían durante el día mientras gastaban el dinero a manos llenas.

Ella lo había encontrado excitante al principio, pero pronto se dio cuenta de que en esa vida no había motivación, ni objetivos, ni belleza, ni interés o amor. Lo que los amigos de Naruto llamaban amor era petulancia y obsesión; algo a lo que se entregaban con voracidad y ponían fin en medio de un intenso drama, a veces incluso violento.

Se trataba de gente apasionada y Naruto era tan apasionado como ellos. No le importaba besarla en público ni abrazarla, y sus amigos les miraban con diversión en vez de sorpresa. Cada noche iban a una obra de teatro o a la ópera y, si no, era a una fiesta que duraba hasta bien avanzada la madrugada. En cada ocasión ella estrenaba un vestido y él la cubría con joyas cada vez más caras.

Pero aquellas personas no eran felices. No ayudaban ni abrazaban a los amigos, no buscaban su apoyo o calidez, no confiaban en nadie.

—Creo que deberíamos marcharnos de aquí —intervino ella.

—¿Por qué? —exigió Naruto—. ¿Ya te has cansado de París?

—Yo no, pero tú sí.

Naruto miró con el ceño fruncido los penetrantes ojos perlados de Hinata. ¿Por qué lo conocía tan bien?

—¿Quién te ha dicho tal cosa?

—No es necesario que nadie me lo diga —afirmó su esposa—. No te gusta este tipo de vida y lo sabes. Cuando estás en el campo entrenando a los caballos, e incluso mirándolos como hicimos en la feria el otro día, te comportas de una manera más cordial y sociable. Sin embargo, en cuanto pasas unas noches de juerga, solo sabes gruñir.

El emitió un retumbante sonido como única respuesta y ella sonrió.

—A eso me refiero. No es necesario que nos quedemos aquí por mí, Naruto. Iremos donde te apetezca estar, me da igual un lugar que otro.

Naruto volvió a mirar por la ventana, estudiando los tejados de París. Konohamaru permanecía en el sofá, tan tenso como su padre.

Konohamaru había actuado mal al escapar de la universidad, pero, en secreto, entendía sus motivos. Había enviado a Konohamaru a Cambridge porque todos los MacUzumaki habían asistido allí y su hijo tenía una plaza reservada desde el día en que nació.

Si era sincero, no le habría importado nada que Konohamaru hubiera permanecido con ellos en esa ocasión. Había disfrutado observando cómo Hinata y su hijo se reían a carcajadas por cualquier cosa que les hiciera gracia; habían probado cada tarta de París e incluso llegaron a arrastrarle a las zonas más oscuras para ver qué encontraban.

Sabía que debía ser más estricto con respecto a Cambridge. El muchacho necesitaba ir a la universidad, y él debería ser quien tuviera el control sobre su vida, pero no tenía corazón para obligarle. Si Konohamaru llegaba a estar realmente descontento, se le ocurriría otra manera de escapar.

Naruto miró fijamente a la pareja, que le observaba desde el sofá con la misma intensidad.

—Montecarlo —dijo.

Hinata parpadeó.

—¿Tu corazón te impulsa a ir a Montecarlo?

Él no sonrió.

—Ya estoy harto de parisinos satisfechos y artistas temperamentales. Me basta con Yahiko. En Montecarlo te presentaré a un montón de gente, mucho más interesante.

—¿De verdad?

Miró a ambos, envolviéndolos con su mirada azulada.

—Te encantará Mónaco, Hinata. No es el lugar ideal para un moralista, pero sí para alguien que encuentra divertido utilizar una ganzúa.

—Sí, eso suena más interesante que artistas pagados de sí mismos y temperamentales.

—Y el amanecer sobre el mar desde lo alto de la ciudad es hermosísimo. —Eso era cierto. Quería enseñar a Hinata esa vista, observarla mientras la contemplaba. Recordó la manera en que Menma había mirado a Tanahi durante los fuegos artificiales, encontrando más alegría en observarla a ella que en el espectáculo pirotécnico. Ahora lo entendía.

Vio que su esposa le guiñaba un ojo a Konohamaru y que estiraba las piernas, dejando las botas a la vista.

—Sólo tengo una pregunta sobre ese lugar tan excitante —dijo ella.

Su mirada se detuvo en las botas, remilgadamente abotonadas hasta más arriba de los tobillos. Se imaginó desabrochando cada botón, lamiendo el tobillo cuando surgiera ante su vista, deslizando la lengua hasta las corvas. Hinata y sus botones.

—¿Qué pregunta? —logró decir.

Ella volvió a guiñar el ojo, ahora a él.

—En Montecarlo, ¿hay pastelerías?

Había pastelerías y también el casino que la moralista reina Victoria desaprobaba tanto. Cuando llegaron al hotel de Montecarlo, Naruto pidió a Hinata que se pusiera el vestido de terciopelo lila oscuro que había elegido para ella en Edimburgo y la llevó directamente al casino.

Se encontró ante un edificio alargado con una elegante cúpula, lleno de personas rutilantes. El vestíbulo estaba cubierto por un gigantesco lucernario rectangular repleto de estatuas y pinturas clásicas. Hacia esa rotonda se abrían las salas de juego y Naruto se paseó por ellas con familiaridad.

Los crupieres le llamaron por su nombre y las butterflies, hermosas mujeres contratadas para atraer a los jugadores a las mesas, sonrieron al verle entrar. Más de una mirada reparó en ella; también allí se habían enterado del repentino y sorprendente matrimonio de Naruto MacUzumaki.

Pero se dio cuenta con rapidez de que a su marido no le gustaba Montecarlo más de lo que le gustaba París. Era posible que hablara y se riera con sus amigos, que bebiera whisky y fumara cigarros mientras jugaba a las cartas, pero no ponía el corazón en ello.

Según transcurrieron los días rezó para ver reaparecer al verdadero Naruto en medio de aquel invierno, mucho más suave que el gélido clima escocés al que estaba acostumbrada. Aprendió que podía hablar con él de muchas cosas: noticias del mundo, juegos, deportes, opiniones sobre la historia de Escocia y su relación con Inglaterra, libros, música, teatro, arte...

Naruto era un hombre culto y un infatigable viajero que a veces bromeaba sobre que debía de haber adquirido algún conocimiento en Cambridge mientras dormía, porque el tiempo que pasó despierto se dedicó a beber, jugar, asistir a carreras de caballos y perseguir mujeres.

Resultó muy accesible a la hora de hablar sobre la parte más depravada de su vida, asegurando con aquella voz ronca que ella tenía derecho a saberlo todo y, además, despreciaba a los hipócritas. Pero, incluso al hacer gala de tal franqueza le ocultaba una parte de sí mismo; la parte que no permitía que ella vislumbrara.

Y aquella sensación de que la estaba dejando fuera era muy intensa, aunque Naruto le hiciera el amor de forma enloquecedora todas las noches.

Casi todas las tardes, los tres cenaban fuera o asistían al teatro o la ópera. No volvieron a hablar de que Konohamaru regresara a Cambridge. Según ella apreció, Naruto no sabía de qué otra manera comportarse con el muchacho y le gustaba tenerle cerca.

Durante el día visitaron museos y jardines o, simplemente, se dedicaron a pasear por las pronunciadas calles de Mónaco. Recorrieron el puerto y las colinas tan a menudo, que ella manifestó que debía de ser el invierno más saludable de su vida.

Pero Naruto nunca, jamás, dormía con ella.

Sólo hubo un incidente que pudo arruinar su brillante estancia en Montecarlo. Konohamaru regresó al hotel el día de Año Nuevo con un ojo oscuro y la cara ensangrentada. Ella se preocupó por su estado y se puso a hacerle las curas pertinentes al momento, pero Naruto solo les observó con el ceño fruncido.

—¿Acabaste con él? —preguntó Naruto—. ¿O llamará la policía a mi puerta para arrestarte?

—No participé en una pelea, papá. Un tipo envió a sus hombres a darme una paliza.

Ella le miró.

—Entonces somos nosotros los que deberíamos acudir a la policía —replicó ella alarmada.

El chico se encogió de hombros.

—Estoy bien. Logré escapar.

—¿Qué tipo? —exigió Naruto— ¿Qué ha ocurrido?

Konohamaru no parecía querer hablar.

—Vas a enfadarte cuando te lo diga. Quizá no debería hacerlo con Hinata presente.

—Estoy acostumbrada a todo tipo de cosas, Konohamaru —aseguró ella—. Quiero saber de quién se trata y sigo pensando que deberíamos recurrir a la policía. ¿Qué clase de hombre envía a otros para golpear a un muchacho?

—El conde Durand.

Ella no conocía aquel nombre, pero Naruto se puso rígido.

—¿Durand todavía vive? Pensé que a estas alturas estaría varios metros bajo tierra.

Konohamaru hizo una mueca, ya más relajado.

—No, está aquí, aunque no tenía buen aspecto. Muy ojeroso, ya sabes. Quizá ya tenga un pie en la tumba.

—¿Dices que envió a sus hombres a por ti? —Las palabras de Naruto fueron calmadas, pero ella sintió que su furia estaba a punto de estallar como si de un géiser se tratara.

—Admito que golpeé antes a Durand. Pero es que le dio por afirmar otra vez que era mi padre. Le dije que era imposible, que su mecha hace décadas que no se enciende. Entonces afirmó que si prefería ser un cachorro de los MacUzumaki es que estaba tan loco como mi madre, así que le derribé. Dio un grito y sus hombres acudieron al instante; les ordenó que me dieran una buena paliza. Se burló diciendo que les detendría si admitía que era su hijo, pero me negué. Al final logré huir.

Ella le escuchó anonadada; el paño que había estado usando para limpiar la cara del muchacho goteó sobre la alfombra.

—Naruto...

—Yo me ocuparé de Durand. Konohamaru, mantente alejado de él. Ni se te ocurra pensar en vengarte, ¿me has comprendido? Es posible que la próxima vez le acompañen diez tipos más.

Konohamaru parecía molesto, pero asintió con la cabeza.

—¿Quién es ese conde Durand? —preguntó ella.

El chico miró al padre.

—Te dije que deberíamos haberle dicho que saliera de la habitación.

—Si Hinata ha elegido vivir con nosotros, merece estar al tanto de todo. Incluso de lo malo. El conde Durand fue amante de mi mujer —explicó—. Uno de los más habituales.

—Oh. —La explicación de Naruto resultó todavía más desconsoladora por la tranquilidad con que fue dicha.

—Se veía con Durand antes de casarse con papá —adujo Konohamaru—, y continuó haciéndolo después. Le dio un buen puñado del dinero de los MacUzumaki. Durand es uno de esos viejos aristócratas franceses que emigró con su familia. No tiene casa y vive a expensas de sus amigos y amantes. Es probable que también se acueste con hombres.

—Konohamaru... —intervino Naruto.

—Bueno, ¡has dicho que querías que lo supiera todo! No sabemos muy bien por qué, pero se le ha metido en la cabeza que fue él quien me engendró.

Por la mirada que vio en los ojos de Naruto, aquella incertidumbre le había preocupado en una época. Konohamaru, alto y ancho de hombros, se parecía a Naruto, indiscutiblemente se trataba de un MacUzumaki, pero debía haber padecido una agonía mientras no tuvo la certeza de ello después del nacimiento.

Supo que aquella era otra de las razones por la que Naruto no se había deshecho de Shizuka. Necesitaba asegurarse de que el niño que había concebido era realmente suyo.

—Pero es evidente que el conde Durand no le engendró —comentó ella.

—Sí, pero no es capaz de admitirlo. Amenaza con acudir a la policía o intenta chantajear a papá a cambio de mantenerse alejado. —Konohamaru se rió y su ojo hinchado casi se cerró del todo—. No es que Durand quiera tener un hijo colgado de los faldones, solo crear problemas y sacar más dinero a papá. Ni siquiera podría mantenerme.

Naruto hizo que Konohamaru cambiara de tema, pero permaneció muy callado durante el resto del día.

Esa misma noche, en el casino, renunció de repente a una mano ganadora de bacarrá para salir detrás de un hombre de pelo negro cuya elegancia no ocultaba una extrema delgadez, casi esquelética, y una pronunciada cojera. Los lacayos del casino le dejaron vía libre hasta el caballero del pelo oscuro.

Naruto agarró al individuo por el cuello y lo arrastró por el vestíbulo hacia las puertas principales. Nadie le detuvo; algunos guardas y butterflies fingieron mirar para otro lado.

Empujó a Durand por el camino frente al edificio mientras Hinata corría tras ellos con el ceñido vestido y los escarpines de tacón alto. Naruto siguió arrastrando al hombre hasta llegar a un punto donde el camino de acceso al casino se unía con una sinuosa calle más abajo.

Ella tenía el corazón en un puño. No le extrañaba la cólera de Naruto, pero, ¿Qué sería capaz de hacerle? ¿Cuántos secuaces de Durand estarían esperando entre las sombras para dar a Naruto una paliza?

Dobló la esquina en el momento en que su marido empujaba a Durand contra la pared. El hombre intentó ponerse en guardia, pero Naruto se lo impidió.

—Como vuelvas a tocar a mi hijo otra vez —expuso con claridad—, te mataré.

—¿Tu hijo? —Durand tenía mucho acento francés, pero se le entendía con claridad—. Mi Shizuka me contó que no se te ponía dura el tiempo suficiente para hacerle un hijo. Dijo que te había engañado y que era fruto de mi semilla. Ese chico es mío.

—Te mintió, Durand.

El anciano intentó darle un puñetazo, pero Naruto le atrapó la mano con facilidad.

—También me contó lo que te hizo, imbecil —se rio Durand—, Me aseguró que debería haber estado allí mientras se vengaba de ti de la única manera que sabía. Te dio lo que merecías y, si yo hubiera estado allí, te hubiera metido el atizador por el culo hasta sacarte el corazón.

Naruto volvió a empujar bruscamente al hombre contra la pared, y su cabeza impactó contra los ladrillos.

—Me importa una mierda lo que digas de mí, pero como vuelvas a tocarle un pelo a Konohamaru, como vuelvas a mirarle, te partiré el cuello. ¿Lo has entendido?

Durand intentó hacer un gesto de desprecio, pero Naruto volvió a golpearle la cabeza contra la pared.

—Dime, ¿lo has entendido?

Finalmente, el francés asintió jadeante. Naruto lo arrastró del cuello por la angosta callejuela y le dejó caer por el desnivel hacia la calle que discurría por el nivel inferior. El grito del conde se interrumpió bruscamente.

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Continuará...