La tensión entre los tres era evidente. Apenas se hablaron o miraron durante el día. Simplemente se dedicaron a prepararse para lo que estaban a punto de hacer, dedicándose las palabras justas.

Al anochecer, los tres se encontraban a las afueras de Arendelle, amparados por la oscuridad.

—Antes de que empecemos... bueno, sólo quería deciros que lo siento mucho... todo —dijo Elsa, agazapada detrás de un árbol, con voz temblorosa.

Nadie dijo nada durante unos segundos. Luego Hipo suspiró, incómodo.

—Centrémonos en la tarea que tenemos delante. Ya tendremos tiempo para hablar.

Todos estuvieron de acuerdo y Elsa sacudió la cabeza para despejarse.

—Está bien. Adelante.

Aprovechando la oscuridad y los conocimientos de Elsa, fueron desplazándose por la ciudad, de callejón en callejón, hasta llegar a los pies del castillo. Se cruzaron con muy poca gente, por lo que fue sencillo dejarlos atrás sin ser vistos. Una vez allí, Elsa creó unos escalones de hielo por los que consiguieron escalar la muralla. Por suerte, no encontraron ningún guardia allí.

—Bien, ¿y ahora qué? —dijo Astrid, hacha en mano.

—Yo voy a ver a Anna —contestó con firmeza Elsa.

—Hay que buscar a Desdentao —dijo Hipo al mismo tiempo.

Los dos se miraron, entre incómodos y desafiantes. Estaba claro que cada uno tenía sus propias motivaciones en aquella incursión y no querían posponerlas.

—Será mejor que nos separemos —propuso al fin Elsa.

—Estoy de acuerdo —dijo Hipo, relajándose—. ¿Nos vemos en el campamento?

—Sí.

—No creo que sea buena idea separarnos —dijo Astrid—. ¡Vamos, chicos! No sabemos qué está pasando, y os recuerdo que ya nos han pateado el culo una vez. Juntos somos más fuertes.

—Pero ahora somos nosotros los que tenemos el factor sorpresa de nuestro lado —argumentó Hipo—. Tenemos que aprovecharlo.

—Estoy de acuerdo —secundó Elsa.

—Pero...

—Ve con cuidado, Elsa —le dijo Hipo quien, pese a su enfado, le tenía aprecio.

—Vosotros también.

Y, sin perder ni un segundo, Elsa se metió en el interior del castillo mientras Hipo se lanzaba a escalar por una cornisa.

—¡Hipo! ¡Elsa! —dijo Astrid intentando no levantar demasiado la voz, pero ninguno de los dos le hizo caso —. ¿Y ahora qué hago yo?

Elsa recorrió los pasillos lo más sigilosa que pudo, dirigiéndose directamente a la habitación de Anna. Si todavía conocía algo de su hermana, estaría allí. De camino se encontró sólo con dos guardias a los que burló sin dificultad hasta que, finalmente, se encontró frente a aquella puerta que tan bien conocía.

Instintivamente se dispuso a llamar, pero después, al recordar el asalto al campamento northuldra, la furia que llevaba dentro revivió y entró dando un buen portazo.

Al abrir vio a Anna sentada junto al fuego, en bata, disfrutando de una copa de vino. Llevaba el pijama puesto, pero aún así su corona reposaba majestuosamente sobre su cabeza.

—¡Pero bueno, Elsa! ¿Ésas son formas? ¡Hay que respetar el mobiliario!

Elsa se frenó, desconcertada. Anna no parecía sorprendida de verla.

—Venga, pasa y cierra, que se va el calor.

Astrid, sin saber detrás de quién ir, decidió finalmente dar una vuelta por el castillo para asegurar la salida. Quería cerciorarse de que no se trataba de ninguna trampa. Así, recorrió la muralla controlando los movimientos de los guardias que merodeaban por allí. No parecían haberse dado cuenta de su presencia y todo parecía estar en orden, así que decidió volver al lugar por el que habían entrado y ver si alguno de los dos había vuelto.

Sin embargo, a mitad de camino algo llamó su atención: un par de guardias escoltaban a un pelotón de unos diez soldados que andaban en perfecta sincronía. Temerosa, decidió seguirles.

Hipo sabía que Desdentao preferiría un lugar alto en el que descansar, así que siguió escalando hasta llegar a la torre más alta del castillo, por donde consiguió colarse por una ventana. Al hacerlo, se encontró con Desdentao, que reposaba tranquilamente sobre un lecho de paja y cenizas.

—¡Campeón! ¡Estás aquí! ¡Perfecto!

El dragón abrió un ojo y se quedó mirándole con una expresión vacía. Luego se puso en pie, enseñando los dientes.

—Vamos, Desdentao. ¡Soy yo! ¡Hipo!

El dragón se fue acercando a él, amenazante, y el vikingo fue retrocediendo poco a poco.

—Venga, campeón. Ya hemos pasado por esto antes...

Hipo le acercó la mano, como tantas otras veces había hecho en el pasado, pero Desdentao no se inmutó y abrió sus fauces. El vikingo pudo ver cómo el fondo de su garganta se empezaba a iluminar, y los recuerdos de la muerte de su padre sacudieron al muchacho por dentro.

—Vaya, vaya... ¡qué interesante!

—Venga, Elsa, no te hagas de rogar. ¡Llevo esperándote días! Ven a sentarte con tu hermana. ¡Tengo tanto que contarte...!

Elsa, ignorando sus palabras, se acercó a Anna, rodeándola, y lista para lanzar su magia en cualquier momento.

—¿Qué está pasando, Anna? ¿Qué es todo esto?

—¿Esto? Es sólo vino, tranquila —contestó inocente—. Un buen reserva que tenía padre guardado en la bodega. ¡Deberías probarlo!

Anna dio un pequeño sorbo de su copa.

—¡Déjate de tonterías! —estalló Elsa—. ¿Dónde están los espíritus del bosque? ¿Qué has hecho con ellos?

—No te preocupes, están a buen recaudo. Son realmente cabezotas, eso sí. Pero ahora que estás aquí, será más fácil.

—¿Más fácil el qué? ¡¿De qué estás hablando?! —exclamó Elsa, desesperada. Tomó aire para calmarse y relajó sus brazos antes de continuar. —Anna, sé que hemos pasado una temporada un poco distanciadas, y sea lo que sea en lo que te has metido, podemos arreglarlo, pero necesito que me digas lo que está pasando. Estoy contigo.

Anna, conmovida por las palabras de su hermana, apoyó la copa en la repisa de la chimenea y se levantó con los brazos abiertos.

—¡Oh, Elsa!

Elsa sintió el impulso de acercarse a ella y abrazarla, pero también sintió que no debía hacerlo. Confusa, miró bien a su hermana y, entonces, vio una especie de aura negra que emanaba de todo su cuerpo.

—No... —se llevó una mano a la boca. Luego retomó su postura defensiva y congeló los pies de su hermana. —¿Quién eres y qué has hecho con mi hermana?

—¡Elsa! ¿Qué haces? ¿De qué estás hablando? —contestó Anna, con la cara desencajada mientras intentaba liberarse de los bloques de hielo.

—¡Deja de jugar conmigo! ¡Sé que no eres Anna!

La actitud de su hermana cambió por completo.

—¡Oh, ya veo! ¿Así que puedes verme? Nada mal, la verdad. Supongo que era de esperar: estamos hablando ni más ni menos que del quinto espíritu.

Elsa, enfadada, creó más hielo hasta que dejó a Anna, o a quien quiera que fuese, congelada de cintura para abajo.

—Vas a decirme quién eres y qué está pasando aquí —dijo con los dientes apretados—. Te guste o no.

Hipo se volteó, asustado, al escuchar aquella voz, pero no vio a nadie. Luego llevó su vista de nuevo a Desdentao, que había parado su ataque y se encontraba completamente inmóvil.

—Así que el dragón mató a tu padre... ¡Qué triste!

—¿Qui-Quién habla? —dijo Hipo, intentando sin éxito localizar de nuevo la fuente de aquella voz.

—Pobre Estoico... qué final tan horrible... y todo porque tú no le hiciste caso.

Hipo sacudió la cabeza intentando deshacerse de aquel sentimiento de culpa que durante tanto tiempo le había atormentado en el pasado. Hacía ya mucho que había conseguido perdonarse a sí mismo.

—Vamos, vamos... es normal sentirse mal con algo así. ¡Es un suceso la mar de trágico!

—Desdentao —dijo Hipo, intentando ignorar a aquella voz—. Estoy aquí, contigo. Hemos venido a buscarte. Por favor, necesito que reacciones.

—¡Y justo cuando había conseguido recuperar a su amor perdido!

—Por favor, campeón... tenemos que salir de aquí y buscar a Astrid.

Sintió una punzada de dolor en el pecho al recordar a su mujer.

—¡Oh, vaya! ¿Hay más? ¿Qué ha sido eso?

Hipo sintió una extraña presencia en su cabeza, como si su cuerpo pesase menos.

—¡Astrid y Elsa! Oh, pobre, pobre muchacho... traicionado por la persona que más ama en el mundo.

—¡Astrid no me ha traicionado! —se revolvió, enfadado.

—¡Ah, ¿no?! En tal caso... ¿me podrías decir dónde está? O mejor dicho, ¿con quién?

Hipo sintió que le flaqueaban las piernas al no saber qué responder.

—Oh, pobre, pobre muchacho...