Yu-Gi-Oh! NO me pertenece ni sus personajes; es de la propiedad de Kazuki Takahashi. La ideología de esta historia, al igual que los O.C's de mi autoría, SI me pertenecen.
Curiosidades: La prostitución era una práctica presente en el Antiguo Egipto, y se valoraban a las mujeres que lo ejercían. La palabra "meretriz", como tal, surge muchísimos años más tarde, en el Imperio Romano.
Capítulo VIII: Espíritu libre ~Passé
Cerró la puerta con tanta fuerza que por poco no la volvió giratoria, y aún así no se sentía mejor por haber golpeado algo.
Él fue... había sido... ¡se había comportado como un cretino!
Decir que estaba asombrada por lo inesperado que fue aquello era poco, porque de todas las personas que conocía, Atem era la última en la lista de la que podía esperar tal comportamiento. Por primera vez, desde que había llegado al Antiguo Egipto, entendió que aquel espíritu que conoció en Japón, quien se resguardaba en el rompecabezas del milenio de su mejor amigo Yugi, había sido influenciado por la amabilidad, calidez y valores de todos sus amigos. Que Atem en realidad era el idiota que había dejado en la per anj... ¡y cuánto le molestaba! Se sentía engañada y traicionada, más que nada consigo misma porque ella solita se había encargado de idealizarlo a lo largo de los años.
Jamás se había sentido tan tonta como en ese momento.
Se miró las uñas con pesar, notando que su cuidado era mediocre, y su estado de ánimo decayó. Habían momentos en los que extrañaba el cuidado femenino que le daba a su cuerpo, como la manicura, o un baño en tina relajante, con velas y aromatizante, para después terminar en un profundo tratamiento con cremas corporales que la llevarían directo a la cama... una cama cómoda y funcional, con colchón, sábanas, cobertores y almohadas.
Se tocó el pelo: estaba seco, opaco y esponjoso. No había día en que el que ella saliera a la calle sin cepillarlo antes, y hasta la fecha no había avistado ningún cepillo. Podía vivir sin maquillaje -de hecho, no era muy usual verla maquillada-, pero extrañaba demasiado el shampoo, el jabón, las cremas y los desodorantes. Podía decir que una de las cosas que había aprendido estando allí, es a valorar las pequeñas cosas sencillas de su vida cotidiana.
Una buena cena, una ducha caliente, un espejo en el cual poder mirarse para delinear sus ojos...
―Soy un desastre. ―murmuró, llevándose las manos a la cara. Se tragó un taco al sentir los cayos de sus dedos arañando la piel de sus mejillas, y echó un suspiro: ya estaba de quejas. Su función en el Antiguo Egipto era de esclava, no de recepcionista de oficina, era esperable que su aspecto hubiera decaído con el paso de las semanas.
Sin embargo, si tenía que felicitarse por algo, era por mantener estricta constancia en su entrenamiento, cosa que la estaba ayudando a aumentar de masa muscular rápidamente. Su elasticidad era increíblemente extrema, y su figura adquiría tonalidad y volvía a recuperar sus curvas lentamente. A lo mejor no se veía como una chica, pero debajo de ese uniforme mediocre se escondía el cuerpo en proceso de una hermosa muchacha.
Sonrió, ya un poco animada, y tomó una decisión: no tenía ganas de ver el rostro de Atem debido a su enojo, pero ella sería profesional y se presentaría para servir en la dichosa cena. Solo que se tomaría el trabajo de lavar bien su cabello, con flores y ramas aromáticas, limpiaría con cuidado sus cortas uñas, hidrataría la piel de su rostro, y vestiría un uniforme sin uso. Quería sentirse empoderada, sabia y hermosa, por más que su posición social y económica fuese la última en la pirámide, y quería mostrarse como lo que realmente era.
Una mujer.
Miró su silueta dibujada con torpeza sobre la superficie plana y brillante de plata, y acomodó en un movimiento brusco algunas arrugas de su larga capa violeta.
―Faraón, ¿sucede algo?
El susodicho apartó la mirada y la dirigió hacia Isis; una Isis de ojeras leves y ojos cansados. Una punzada de culpabilidad se clavó en su pecho, a sabiendas de que su falta de descanso de debía a su constante búsqueda con el collar del milenio, todo para protegerle a él.
―No, para nada. ¿Por qué lo preguntas?
―Sin contar que es la quinta vez que mira su reflejo, siento una energía algo... diferente emanando de usted.
Atem quitó inmediatamente sus iris violáceas del rostro inmutable de su sacerdotisa, y se removió con incomodidad volviendo a su previa posición: si había algo que le crispaba, era ser legible para los demás. Se esforzó por dirigir sus pensamientos hacia cosas aburridas y poco importantes.
―Tengo hambre.
Oh, sonó como un niño caprichoso... pero no se le ocurrió más nada para cubrir el hecho de que estaba secretamente enfadado, a la espera de ver asomarse por el dintel del salón a una cabellera castaña recortada meneándose con cada paso. Chasqueó la lengua: sus pensamientos de nuevo lo dirigían hacia ella, y le empezaba a molestar no poder controlar su propia razón.
Isis -quien arqueó una ceja al oírlo rechistar- no pareció satisfecha con su respuesta, pero se abstuvo de insistir y guardó silencio, de pie a sus espaldas.
―Pues... creo que ya están casi todos. Faltaría presentarse usted, faraón. ―hizo una pausa ―Y yo, claramente.
Siempre pensó que la voz de la mujer era armoniosamente relajante, de esos tipos de timbres que te invitaban a cerrar los ojos y dejarse llevar por la paz. La conocía desde sus primeras memorias: la niña seria e inteligente... así era como la describía en su mente. Entendió pronto que ella estaba siendo entrenada para ocupar un gran puesto en la realeza, y a medida que los años y la madurez fueron llegando, Atem la vió convertirse en sacerdotisa. Ante sus ojos, era la joven más sabia y fuerte que podía haber aspirado a tal puesto, y rompió muchos esquemas ganándose dicho sitio.
Sonrió débilmente, dejando su vista clavada en algún punto indefinido del suelo.
―Te conocí desde que era un niño pequeño, y aún en aquel entonces ya estabas preparándote para esto.
Isis soltó una leve risita nasal, y se cruzó de brazos: en los últimos tiempos, el aura de su rey estaba particularmente inestable. Entrecerró un poco sus párpados; si no lo conociera lo suficiente, creería que Atem estaba comportándose como un niño entrando en la adolescencia, el cual no entiende lo que ocurre con sus emociones ni su cuerpo.
Pasaron unos segundos muertos, hasta que la fémina suspiró con delicadeza: bingo.
―¿Es porque soy una dama, y no un hombre? ―él carraspeó, sintiéndose un idiota. Casi dos décadas de su interacción, y hasta entonces seguía sin acostumbrarse a la franqueza y gran poder mental que tenía ella. Lograba ver todo lo que nadie sospechaba que se podía saber con una mirada, y cargaba con ese don como si fuera lo más habitual ―Recuerdo su rostro de asombro cuando su padre le dijo cuál sería mi protagonismo en su vida. ―hizo un ademán lento con su mano, queriendo darse a entender ―Me mira con distintos ojos, no como a los demás sacerdotes, solo porque soy mujer. Sé que no lo hace con recelo, pero su trato hacia mí difiere del trato que le da a los demás, aún si le he demostrado mi competencia y capacidades en lo que hago.
―Puedo jurar por Ra que jamás quise hacerte sentir excluída de alguna manera, Isis. ―se apresuró en aclarar, ya frente a frente. Ella asintió con calma.
―Lo sé muy bien, mi señor. De hecho, sé que siente admiración por mí al ver mi nivel de conocimiento. ―en ningún momento dejó de verlo, como si así reafirmara su honestidad al hablarle ―Una admiración que no debería existir.
―Eres brillante y astuta, ¿cómo no admirarte?
―No me admira por ser brillante, ni por ser astuta. Me admira por ser brillante y astuta, aún si no soy un hombre.
Esa última oración le sentó como un puñetazo en medio del estómago. Quiso enfadarse, porque en ese preciso momento estaba empezando a entender por qué Teana había enfurecido esa mañana. La gran diferencia de charlas, era el carácter y la paciencia de ambas féminas. Y sin embargo, lo único que pudo hacer fue sentirse confundido... ¿se había equivocado?
―¿Eso te... molesta?
Por respuesta sonrió.
―No, no me molesta. Su asombro es genuino, porque la base de nuestra crianza es la creencia de que las tareas del hombre difieren de las de la mujer. Usted no lo hace desde la maldad, faraón. ―Isis arrugó la nariz con gracia, con los ojos brillantes ―¿Puedo permitirme preguntarle quién es ella?
―¿Ella? ―él arrugó el ceño, con la sensación de que la piel de su nuca se erizaba.
―La dama que lo llevó a replantear sus ideales.
Atem se giró en redondo, lanzando un carraspeo tonto y trabajando por apagar el incendio que se instaló en sus orejas. Se reprochó el haberse dejado atrapar por la adivina, y empezó a maquinar su mente a toda velocidad para intentar excusar su reacción. Abría la boca bajo la mirada divertida de Isis, cuando llamaron a la puerta.
―Creo que deberíamos irnos ya. ―determinó el monarca, dejando de darle la espalda en cuanto se direccionó hacia el dintel.
Todos lo esperaban en pie, y cuando ingresó al recinto se generó una avalancha de reverencias. Una enorme mesa en forma de "T" se desenvolvía repleta de flores, pocillos vacíos, y jarros con lo que seguro era vino, agua y jugo de frutas.
Era la cuarta -¿o quinta?- vez que inauguraba la cena ceremonial de Egipto, y la angustia y soledad de no sentir la gruesa voz de su padre bendiciendo a su pueblo ya se iba amainando. Sonrió al reconocer a cada persona allí frente a él, y por increíble que sonara, fue la primera vez que se sintió en paz desde la partida de su progenitor.
Levantó sus brazos con las palmas extendidas, llamando la atención inmediata de todos los integrantes de la cena ceremonial de esa semana: todo el cuerpo sacerdotal, todos los jefes de esclavos -incluyendo a la matriarca, jefa de jefes, Belalí-, su mejor amiga Mana, y las bailarinas electas por él.
―Doy inicio a la cena ceremonial, invitándolos a ustedes a compartir la mesa conmigo el día de hoy.
Nadie se sentó hasta que él lo hizo, y automáticamente se escuchó un gong que funcionó como el disparo de salida para que un montón de sirvientes aparecieran por ambos dinteles laterales, cargando con enormes fuentes de comidas, frutas, panes y postres. El aroma no demoró casi nada en llenar el ambiente, abriendo el apetito de todos los comensales presentes.
A su lado derecho, Shimon inició una amena conversación con Aknadin, quien a su vez estaba sentado entre el anciano consejero y Karim. Mahado permanecía en silencio a su izquierda, únicamente moviendo la cabeza ante el parloteo incesante de Mana, una de las dos personas que se sentaban en las esquinas más próximas a la mesa del rey. Frente a ella, Belalí murmuraba algo en el oído de uno de sus organizadores, que cargaba con un excelente equilibrio una bandeja con pequeños pocillos de cerezas sumergidas en miel.
―Faraón.
Atem demoró un par de segundos en despegar su mirada de los umbrales de acceso para los esclavos, y miró a Seth, quien se sentaba a la izquierda de Mahado.
―¿Seth? ―preguntó con educación, regresando su vigilancia hacia los pasajes.
―¿Sostiene alguna inquietud?
El muchacho arrugó el ceño.
―¿Inquietud? No lo creo. ¿Qué te ha llevado a esa conclusión?
Hubo un silencio ciertamente extraño antes de que el sacerdote tomara la palabra.
―Parece preocuparle el movimiento generado por el personal, a juzgar por su constante observación sobre las puertas.
La molestia generada en el joven de cabello tricolor por la constante actitud tan evidente que estaba teniendo ante los demás, desapareció y se vió reemplazada por un sacudón de adrenalina que le aceleró el pulso, bombeando en sus tímpanos.
La punta del pelo de Teana rozaba la piel crema de su nuca con un vaivén hipnótico, producido por su andar. Su figura estirada -distinto a lo que él hubiera esperado realmente-, se movía con confianza y mucha elegancia, llevando consigo dos grandes bandejas encima de sus manos abiertas como una flor. No tuvo tiempo de ver su rostro, pues enseguida de haber ingresado al salón, tomó dirección opuesta a la que él se encontraba sentado, sirviendo a aquellos que estaban más lejos.
Tragó con dificultad, y empezó a tamborilear los dedos contra la mesa con una creciente ansiedad: se sentía como si su intercambio de diálogos hubiera ocurrido solo instantes atrás, y no esa mañana.
―Solo disfruto de la vista. ―contestó al final, llevándose una copa de oro a los labios para calmar su sed. Fue cuando una organizadora se le arrimó para ofrecerle algún bocadillo.
―Que Ra le acompañe siempre, faraón.
―Que Ra le acompañe siempre. ―respondió a cambio él, declinando su ofrecimiento con un asentimiento y su palma extendida.
En la otra punta de la reunión, por otro lado, cierta muchacha no podía sentirse más cómoda que en ese preciso instante: ser mesera en el trabajo de su adolescencia le había servido para algo, después de todo. Su capacidad para mantener el equilibrio aún si llevaba ambas manos ocupadas, había sorprendido a Asib y muchas de sus compañeras, de las cuales solo un par podía siquiera seguirle hasta cierto punto el ritmo. Claro que aquellas bandejas pesaban más que las de Burger World, pero con el ejercicio que últimamente había estado haciendo a diario, no le sentaban tan mal.
Asib le había explicado rápidamente qué es lo que tendría que hacer, y tras algunos detalles -como siempre abordar a los comensales por la derecha, o jamás usar las manos para alcanzar nada ya que las cosas sencillamente se ofrecían y eran recogidas-, la jefa de las organizadoras se retiró para formar parte de la tertulia. Teana fue rodeando toda la extensión de la mesa de los jefes y los allegados del rey, y a medida que acercaba a la mesa de los sacerdotes y el faraón, oía algunos fragmentos de diálogos entremezclados de distinta índole.
Estaba de muy buen humor. Se había dado un baño con plantas y pétalos, y se había puesto la ropa más pulcra que tenía bajo su recaudo. Incluso se esforzó por desenredar su pelo, que si bien seguía sin encontrar un cepillo, se veía mucho más sano que de costumbre; había descubierto que lavándolo con agua helada el resultado era mucho más brillante. Sentía seguridad, comodidad y alegría por cómo se estaba desenvolviendo en aquella tarea, y esto sumado a su cuidado físico le estaba subiendo la confianza al espíritu con el que cargaba.
Dió un rodeo por la mesa semilunar de los sacerdotes, y se encontró con Karim, quien aceptó con un asentimiento su ofrecimiento. Cuando fue el turno de Aknadin, éste le echó un vistazo un par de veces, arrugando el ceño con evidencia al notar su cabello tan recortado.
Sin embargo, también aceptó su ofrecimiento.
No pudo evitar sentir su corazón afligirse al ver al antepasado del abuelo de Yugi sentado como mano derecha del rey, sonriendo con la paz propia de un anciano al que la vida le había regalado todas sus buenas cosas.
―Ohh... me encantan estos. Gracias muchacha, que Ra te acompañe siempre.
―Que Ra le acompañe siempre, sumo sacerdote.
Se sintió extraño hablarle con tanta formalidad, quizás porque estaba acostumbrada a otro tipo de trato con el abuelo de su mejor amigo. Mas no podía olvidar que aquel justamente no era dicha persona.
―Que Ra le acompañe siempre.
Su voz era el contraste perfecto para generar un torbellino de emociones en su interior, que barrió como hojas secas su previa seguridad y volvió sus piernas de gelatina. Teana carraspeó.
―Que Ra le acompañe siempre, faraón. ―contestó a cambio, implantando su cara de póker. Aún si su presencia la hacía sentirse pequeñita, la espinilla en el dedo gordo del pie respecto a su último encuentro le impedía actuar con toda la amabilidad y afecto que en verdad quisiera. Atem miró su bandeja con una ceja arqueada, y levantó su palma antes de volver su vista al frente.
―Ah, huevo de avestruz revuelto... no es de mi agrado. ―Casi le da un tic cuando movió con un gesto de desdén su muñeca, y a punto estuvo de darse media vuelta y dejarlo plantado allí mismo -sin que le importara en lo más mínimo las consecuencias-. Sin embargo, antes de que aquello pudiese llevarse a cabo, él la observó de reojo, repasando en su mente la charla mantenida con Isis. Una punzada de culpabilidad le llevó a hacer una mueca fastidiosa, tras la cual movió sus orbes violáceas con inquietud por todo el recinto ―¿A usted... le gustan?
La castaña estaba tan concentrada en repetir como un bucle infinito su intercambio en la per anj esa mañana -agregando algún toque imaginativo en el que lo ponía en su lugar, dicho sea de paso-, que no encontró lógica a su pregunta.
―¿El qué? ―hizo trabajar su cerebro para unir piezas ―¿Se refiere al huevo revuelto? ―tomó el silencio y la profunda mirada del faraón como algo afirmativo, y no disimuló cuando miró con cierta desconfianza el contenido de aquellos pocillos, un poco contrariada con el color y el aroma ―Siendo honesta no lo he probado.
A esa altura de la nueva conversación, sus compañeros organizadores pasaban por su lado rebasándola para seguir sirviendo a los demás sacerdotes, quienes se sentaban del lado izquierdo del rey. Consciente de ello, ella intentó retirarse con una inclinación respetuosa y así continuar con su labor, ergo fue cortada por el siguiente diálogo lanzado al aire.
―Adelante entonces.
Un signo de pregunta gigante llenó el subconsciente de la fémina. Es decir, primero se comportaba como un idiota... ¿y luego le ofrecía comida en plena ceremonia?
―Se... se lo agradezco enormemente. ―murmuró, un poco incómoda ya que ahora un nuevo par de ojos los miraba con curiosidad. Unos ojos joviales y brillantes, de mente astuta y sonrisa divertida. Mana literalmente paró de comer para contemplarlos sin molestarse en disimular ni un poco ―En otra ocasión será.
―¿Tiene bocadillo favorito, Teana? ―el muchacho de cabello tricolor bebió luego un trago de vino, como si estuvieran charlando en una cafetería y no en medio de una cena protocolar inmensa. Detrás de ella se escuchó un carraspeo.
―Mana, ¿que tal si me cuentas cómo vas con la matemática?
La pregunta de Mahado desvió la atención de la joven maga, quien de pronto pareció sonrojarse un poco al haber sido tomada por sorpresa por su maestro. Teana no se paró a escuchar su contestación, volviendo a centrarse.
Ella sí tenía una comida favorita... pero estaba más que claro que no podía decirle algo como "pues sí, me encanta la pasta, en especial los cappellettis de verdura acompañados con una buena salsa caruso".
―Pues... no he tenido la oportunidad de degustar muchas opciones.
Una mentira a medias... no estaba tan mal.
―¿Alguna en particular que le haya deleitado?
«Válgame, ¿a dónde quiere llegar con esto?» se preguntó, nerviosa por no conocer nada de la cultura alimenticia que pudiera ayudarla a escaparse rápidamente de aquel aprieto.
―Me gustan las fresas.
Lejos de lo que esperaba, la reacción emitida por él fue totalmente opuesta a la que había imaginado. Atem lanzó una risa divertida, que incluso llegó a achinar sus ojos con infantilidad, dejándola perpleja por dos grandes motivos: el primero, porque estaba preparándose para un gesto extrañado o incluso molesto.
Y segundo, porque en su pecho un montón de fuegos artificiales explotaron alrededor de su sensible corazón, sacudiendo el suelo debajo de sus pies...
Era la primera vez que le escuchaba reír... y por su causa...
―Sí, las fresas son exquisitas. ―le concedió él, sonriendo con amabilidad. La castaña se removió con la punta de las orejas ardiéndole, y murmuró:
―Con su permiso.
Su inclinación fue breve y desprolija, y aunque el monarca no era conocido por aceptar la falta de modales en su presencia -habitualmente era él quien despachaba a los esclavos-, la dejó partir, aún con el vestigio del júbilo titilando en sus pupilas.
Los minutos fueron muriendo, y con ello la cena transcurrió con normalidad. En cierto punto, el rey se puso de pie junto con los sacerdotes y se encaminó siendo custodiado por los mismos hacia el gran palco que daba la vista directa hacia su pueblo. La noche era fresca y las estrellas brillaban en el firmamento con un manto increíble.
Atem bendijo su tierra, elevando los brazos al cielo y llamando la bondad de todas las deidades de su religión. El resto de las personas se arrodillaba a sus espaldas, escuchando su discurso y agradeciendo por la cosecha, las buenas nuevas, la fertilidad, la salud y la prosperidad. Al finalizar su oración, el gentío acumulado en las afueras del palacio festejó con estruendo, llenando el aire de un sonido victorioso.
―Hermosas palabras, faraón.
Shimon se sintió más que satisfecho cuando vió aparecer en los ojos del muchacho un brillo esperanzador, que lo rejuveneció como si ninguna de las desgracias con las que había estado cargando en su espalda hubiera ocurrido.
―Te lo agradezco. ―volvió al recinto y se dirigió hacia su trono, mientras que el resto regresaba a sus respectivos sitios a nueva cuenta. Fue cuando Seth tomó palabra, quedándose aún en pie.
―Es momento para ofrendar al faraón con una danza en su honor.
Lithia y Dárida se ubicaron en medio de la sala, aparentando estar de lo más relajadas... nada más lejos de la realidad; o bueno, por lo menos en el caso de una de ellas.
La joven de cabellos azabache era un mundo a parte dentro de aquel festín. Tomó una respiración excitada: se moría por ser el centro de atención del rey... de que observara sus atributos y sus habilidades. No era la primera vez que él la veía, pero no era lo mismo ser contemplada entre tantas opciones, a ser detallada segundo a segundo como bailarina real.
Iniciaron una coreo cuando el chillido de uno de los instrumentos sacudió el aire, acallando cualquier otra cosa externa a su presentación. Dárida tenía una sonrisa dulce dibujada, como si lo que en verdad le importara fuera el simple hecho de bailar, y no de estar en el sitio que estaba. Sus movimientos eran coordinados y casi que idénticos, con una leve diferencia: se notaba a kilómetros el perfeccionismo que imponía Lithia en cada paso dado.
Durante las danzas, las bailarinas no tenían permitido mantener contacto visual con el faraón; aquella acción era tomada como insinuación, algo absolutamente prohibido y catalogado como ofensa, y ambas lo sabían muy bien -de las primeras cosas que se les había enseñado desde su aprendizaje siendo niñas-.
Sin embargo, la curiosidad de cierta muchacha, quien ahora sudaba bajo los esfuerzos de sus movimientos, era mucho más fuerte que sus principios. No haría falta más para dar a entender que Lithia tenía intenciones puntuales con respecto al rey de todo Egipto... porque ella tenía un único objetivo, y era lograr que aquel joven de iris violáceas, de porte dominante y de facciones íntegras, la viese distinta a las demás mujeres.
Porque ella no era como las demás... por supuesto que no.
Por ende, al terminar la música y con ella sus pasos, despegó sus ojos del piso, rompiendo -en cierta medida, porque en sí su baile ya había acabado- con una de las reglas protocoloares más importantes. Su respiración estaba agitada, y entre los aplausos de todos los presentes, buscó las orbes del faraón cuidando de no mover ni un milímetro su cuerpo. Estaba tan nerviosa... sabía que él la estaría mirando a ella o a su compañera, y ya había preparado su mente para recibir un flechazo adrenalínico en cuanto sus ojos contactaran.
Aunque definitivamente no estaba preparada para ver su mirada... apuntando en otra dirección.
«¿Qué?»
―¿Ugh?
Dárida no entendió por qué de pronto su compañera sencillamente dejó de posar y se terminó enderezando, pero no dudó en secundaria, extrañada. Ambas se inclinaron con respeto, aún con el mar de aplausos resonando en el salón, y en ese preciso instante, mientras que la élite de Egipto las ovacionaba, Lithia conoció la distracción del monarca.
Una joven esclava de piel blanca.
Respiró hondo en cuanto asomó su cuerpo al exterior, cerrando la puerta a sus espaldas: era noche luna llena, y no había mejor momento para ella que aquel para disfrutar de la visibilidad. Apretó aquello que llevaba en su mano izquierda, en un íntimo acto por recobrar ánimos, y echó a andar. Su habitación -al igual que la de sus compañeros- daba directamente al recibidor de carga del palacio, y por ende se veía claramente cada soldado postrado en ubicaciones estratégicas de aquel punto despejado de la casa del rey.
La cena ceremonial ya había llegado a término horas atrás, por lo que no se anduvo con titubeos, y rápidamente tomó algún que otro sendero por el cual logró esquivar a la guardia real que realizaba el recorrido nocturno. Para cuando llegó a uno de los claros del laberinto de plantas que había en el patio de los herbarios, Neith se frenó.
Y miró su mano izquierda... aquella que ya tenía los nudillos blancos de aferrarse celosamente a su objeto, con la boca seca y las pupilas dilatadas; con el corazón agitado y la respiración pesada. En cuanto se ayudó de su mano dominante para desenvainar su espada, el sonido del metal rozando con su rústico estuche le arrancó una sonrisa de medio lado, de esas que uno lucha por no dejar entrever ante nadie, pero que al final termina por relucir sin permiso.
El brillo de su hoja afilada centelleó con majestuosidad, y no dudó en usar todo su cuerpo en realizar un movimiento de lucha complejo, que terminó por salirle a la perfección... fue allí que una carcajada asombrada se escuchó entre las hojas verdes del sitio, y una alegría infinita trepó por su pecho y calentó su corazón. Porque desde aquella vez que cayó de aquel caballo salvaje, casi diez años atrás, ella no podía levantar su brazo derecho por encima de su hombro, lo que la limitaba en todo sentido... incluyendo en aquello que tanto amaba hacer, que era entrenar todo lo que su padre le había enseñado.
Miró su muñeca, que se elevaba extendida en toda su longitud sobre su cabeza, y agradeció en un susurro a todo dios y, por sobre todas las cosas, a su faraón, que sin saberlo le había curado.
Guardó a su mejor amiga en su sitio de nuevo, y exhaló el aire que sin saberlo había estado conteniendo. No existía noche en que Neith no se entrenara antes de irse a dormir -flexiones, abdominales, series de defensas-, pero hacía mucho que no se tomaba el tiempo de ponerse a practicar espada, el arma que más sabía usar de todas las que su progenitor le había presentado a lo largo de su crecimiento.
Y la realidad era que ella no debía estar allí, en ese patio, con esa hoja afilada... ella tendría que estar durmiendo en su pieza, con más de un hijo a esa altura de su vida, acompañada de un marido de renombre descansando a su lado, que llevase el pan de cada día a la mesa de su familia.
Chasqueó la lengua, pasándose la mano por la nuca: no solía pensar en ello, pero cuando lo hacía, no podía evitar sentirse un fracaso para su comunidad. Se caracterizaba por hacer siempre lo que quiso, y aún si era feliz viviendo de esa manera, una parte de su consciencia no la dejaba disfrutar al cien su libertad obtenida, reprochándole con sus ataduras sus nulos objetivos de vida. Rozó la empuñadura de su espada con cariño, con la triste idea de que lo único que le quedaba en ese mundo de la única persona que la quiso por lo que en verdad era ella, era un pedazo de metal.
Un pedazo de metal que la había separado de su madre, de su renombre como hija de la matriarca real, y de su fachada de mujer del hogar... pero que la había unido a sus hermanos, a sus ideales, y a sí misma.
―Sé que mis heridas curadas gracias al faraón, fueron un regalo de tu parte, padre. ―murmuró, apuntando con su respingona nariz hacia las estrellas ―Prometo aprovechar esta segunda oportunidad para explotar mis conocimientos al máximo.
Lo siguiente que se escuchó, fue el ruido de su espada siendo desenvainada cortando el aire nocturno, arrastrando consigo una risita emocionada.
Teana se recostó un momento contra una de las muchas estanterías de la per anj, agotada. La noche anterior había caído rendida luego de trabajar tanto en la cena ceremonial, y la sensación de haber simplemente dormido veinte minutos le estaba pasando factura. Los músculos le pesaban, y las ganas de enterrar su cara en su improvisada almohada interferían en su jornada.
Lo bueno era que Asib se había apiadado de su aspecto, reconociendo esa mañana que su desempeño en la noche anterior había sido extraordinario. Por ende, hizo una excepción y le permitió terminar con sus tareas temprano en la tarde tras limpiar la biblioteca real. Teana no opuso resistencia -¿quién en su sano juicio lo haría?-.
«Cuanto antes termine, antes podré dormir»
Con esos ánimos es que tomó impulso y se encaminó hacia la mesa central, el último sitio que quedaba por limpiar. Llegó a dar tres simples pasos cuando se frenó, descolocada.
Allí, bajo uno de los claros por los que ingresaba la brillante luz del exterior, se posaba un precioso cuenco de oro tallado, repleto de unas pequeñas y brillantes fresas carmesí.
―Sírvase.
Teana casi se atora en cuanto la voz de Atem resonó a su derecha, más cerca de lo que había estado nunca desde que había llegado a ese lugar. Le llevó unos instantes a su cerebro procesar lo que estaba ocurriendo, y cuando recordó su charla de la noche pasada, arqueó una ceja.
―P-Pero...
«¿Por qué me sirvió fresas?» quería preguntarle realmente, ergo no hallaba la forma más educada de hacerlo. El chico se acercó a la mesa, tomando una distancia más que prudencial de la joven.
―Las pedí para usted. ―extendió su mano con delicadeza, otorgando un permiso simbólico ―Espero que ello logre calmar su reticencia para conmigo.
La castaña -que ya se había acercado para tomar una de las frutas-, retiró sus dedos como si el objeto quemara, levantando su mirada con el ceño arrugado. Él, que había logrado construir una sonrisa conforme, congeló su respiración ante el repentino cambio de ambiente.
―¿Y por eso me las da? ―su tono fue suave, mas no gentil ―¿Para que yo olvide lo que dijo ayer por la mañana?
Por primera vez en mucho, el monarca sintió temor de elegir la respuesta incorrecta en base a una conversación tan simple. Volvió a molestarse ante su falta de control sobre aquella muchacha, rememorando su charla con Isis sobre el rol de las féminas en su civilización.
―Es un presente, ¿por qué sencillamente no lo toma y deja atrás lo ocurrido?
Quiso lanzar una risa irónica al aire, pero se contuvo por respeto a su cargo... aunque la hubiera dejado salir de haber estado en Japón. El grado de surrealismo que estaba sintiendo Teana en ese momento era tal, que hubo un instante en el que valoró mandar todo al diablo y soltarle un buen sermón. Era más que evidente que él estaba acostumbrado a que nadie le demostrara desconformidad, o que siempre le dieran la razón, y eso la enervaba. Así que carraspeó, volviendo a tomar sus cosas y se paró muy, muy recta, cuidando de no afilar mucho su lengua.
―Agradezco su gesto, faraón, pero no me apetecen en este momento. ―se mordió el labio con molestia, incándose en una reverencia ―Con su permiso...
―Deténgase ahí. ―la orden le erizó la piel, con el recuerdo de su voz intimidando a sus oponentes en los Duelos de Monstruos junto con Yugi. Subió la mirada, a la espera ―No vuelva a retirarse sin que yo se lo autorice.
Quería descargar un poco de su enfado... imponer su autoridad, dibujar la línea que la separaba de la realeza. Pero en cuanto sus iris cielo destellaron sorprendidos, llenándose de pena y -por algún motivo que no entiendió- de ínfimo dolor, todo se esfumó hasta convertirse en algo tan insignificante como las cenizas. Retrocedió un pequeño paso, como si el poder de su mirada le hubiera empujado, y entreabrió sus labios.
―Le pido disculpas.
Ella siguió el protocolo... sin embargo su voz nunca había sonado tan vacía. Atem apretó la mandíbula, sin poder ordenar con coherencia las emociones que se revolvían en su interior, alterando su percepción de las cosas. Chasqueó la lengua, y se giró tras dar un manotazo a su larga capa, generando un ruido sordo.
―Retírese.
Y fue esa misma tarde... fue allí cuando Atem comprendió que, para mantenerse en su postura como el rey que todos conocían, no podía permitirse mirar a aquella chica a los ojos.
Porque cuando lo hacía, simplemente dejaba de ser él.
Soltó la carreta de sopetón, produciendo un ruido sordo de la madera contra la gravilla. No se demoró en avanzar con paso seguro, levantando el mentón para, inconscientemente, explorar la posición de todos los soldados en sus respectivos lugares; una costumbre que había adquirido desde muy chica, gracias a su padre.
Así fue como notó el grupo desordenado de jóvenes que se amontonaba en un rincón, los cuales no reconoció. La chica no tuvo tiempo a procesar su presencia, cuando uno de ellos abrió la boca.
―¿Una chica? ¿Qué hace una chica en los barracones?
Neith -quien clavó su andar en ese preciso instante-, lejos de apartar su mirada, incrustó sus ojos en ellos con una de sus peores caras de mal gusto. Se cruzó de brazos sin disimulo, y por un instante olvidó que tenía una tarea por cumplir.
―Seguramente sea una de esas esclavas que limpian, ya sabes. ―respondió con júbilo otro ―¡Oye, mujer! ¿Podrías traernos agua?
El carcajeo general retumbó con un eco escalofriante en el cerebro de la rubia.
―No está uniformada. ¿Y si en realidad es la meretriz del general?...
―Ah, ya veo. Ustedes deben ser el nuevo escuadrón del Jefe de Ejército. ―de pronto ella estaba parada frente a ellos, torciendo los labios ladinamente ―Un montón de niñitos creídos y sin pelotas.
Se hizo un silencio que duró unos pocos segundos, porque luego de que la mayoría quedase boquiabierto por la poca vergüenza que tuvo ella al hablar de esa forma tan... baja para una dama, el segundo chico se rió.
―¿Qué tal si vienes aquí y compruebas si tengo pelotas o no?
―No es necesario. No falta mucho para que te vea salir corriendo por esa misma puerta por la que acabas de entrar. ―llevó sus manos a su cinturón, en donde metió sus dos pulgares.
―Cualquiera pensaría que no estoy hablando con una simple mujerzuela.
«Pésimo» se dijo ella, negando con la cabeza. Aquel chico de dientes torcidos no era más que un iluso.
―Me hubiera dolido si no me lo hubiera dicho un cobarde. ―enseñó su sonrisa ―Como sea, trata de tener cuidado y no raspar tus rodillas en tus entrenamientos, pequeñín.
Se giró con satisfacción, mentalizada en retomar su dirección hacia el general que la estaba esperando en uno de los establos. El Jefe de Ejército confiaba en su conocimiento en armamento plenamente, debido a su gran relación con su padre; por ende, cuando ingresaban nuevos posibles soldados para entrenarse, ella era solicitada para tomar las medidas de cada uno y así mandar a diseñar en la herrería del pueblo las armas perfectas.
―Espera un momento, ¡tú eres la hija de Sathor!
Frenó, pero no volteó.
―¿Sathor? ¿El gran Jefe de Ejército y estrategias? ―inquirió otro, más sorprendido.
―¿"Gran"? ―en la pregunta se sintió la burla, disfrazada con una risita ―Ese idiota no tenía idea de cómo liderar a un estúpido escuadrón... no me sorprende que se lo haya tragado el desierto.
Todo ocurrió muy rápido.
De pronto habían dos cuerpos en el piso, uno encima del otro. Neith había tomado tanto impulso, que había arrastrado consigo al suelo al imbécil que se había atrevido a insultar la memoria de su padre; lo veía todo rojo. De alguna forma, el joven de dientes torcidos -que la pasaba en tamaño fácilmente, aunque probablemente en edad fuera mucho menor que ella- logró salirse de su agresivo agarre, pateándola para poder ponerse en pie. Se sorprendió al verla incorporarse como si no le hubiera hecho nada, y en un parpadeo recibió un puñetazo en medio de la nariz que lo dejó absolutamente descolocado.
―¡Zorra! ―le gritó, iracundo: lo estaba humillando delante de todos.
―¡Repite eso, estúpido!
―¡Deténganse!
La tercera voz femenina llevó a todos a doblarse en una cortéz inclinación, aunque ni a Neith ni al joven les importó, pues no apartaron su mirada enfurecida del otro.
―¡¿Cómo te atreves a golpear a una dama?
―¡¿Una dama? ¡Esta maldita está loca!―contestó sin mirar él.
―¿Creo haber oído mal, o acaba de insultar en el palacio del faraón?
Aquel tono frío y grave fue reconocido enseguida, por lo que Neith se quedó en una pieza mientras que su ira desaparecía de una barrida. Roja hasta las orejas, se inclinó con la vergüenza picándole en todo el cuerpo.
―S-Sacerdote Mahado...
Mana -quien había sido la primera en intervenir-, estaba tan indignada que tenía el ceño sumamente arrugado, hasta el punto de casi tocar sus cejas. Había llegado a los barracones junto con su maestro para suplir a Seth en la tarea de custodiar a los nuevos soldados hasta que el Jefe de Ejército pudiera recibirlos por sí mismo. A Seth le gustaba evaluar el potencial de los nuevos muchachos, ergo ese día tenía otras diligencias de las cuales encargarse.
―Pido perdón en nombre de todo lo divino, hechicera Mana... sacerdote Mahado...
El joven se arrodilló en cuanto reconoció ambas eminencias, con un vuelco en el estómago tan grande que casi no podía ni tragar.
―No solo osó a decir improperios en territorio sagrado, sino que faltó al respeto a mi alumna con su salvajismo. ―masticó el hombre, cuadrando la mandíbula con molestia.
―Y-Yo... perdóneme...
―No es a mí a quien tiene que pedir disculpas. ―lo cortó. El chico asintió, con miedo hasta de respirar demasiado fuerte.
―Le pido perdón, hechicera...
―A mí ni me mires. ―la mejor amiga del faraón señaló con un movimiento de cabeza a Neith ―Es con ella con quien tienes que disculparte, ¡y tienes suerte de que seamos Mahado y yo quienes hayamos visto esta lamentable escena, y no Seth!
Neith casi separó sus labios de la sorpresa, controlando a tiempo su gesto: ¿no iban a reprenderla? Estaba tan acostumbrada a que Belalí le castigase por cualquier cosa, que le pareció absurdo el hecho de que obligaran a alguien a disculparse con ella. En ese momento, sus ojos ámbar contactaron con las iris zafiro del sacerdote, quien la contemplaba con una intensidad inquietante.
Y aunque sonara extraño, fue la primera vez en su vida que no pudo sostener la mirada de otra persona.
Ni siquiera escuchó cuando el idiota le pidió disculpas, pero asintió distraída con una sensación muy rara trepando por su espalda.
―Que sea la última vez que presencio una situación de esta índole. Vuelvan a sus quehaceres.
La rubia reverenció a ambos magos con torpeza, oyendo los latidos acelerados de su corazón justo detrás de sus orejas. Se apresuró en alejarse de allí, tratando de concentrarse en su tarea previa.
Un relincho que la tomó con la guardia baja la agitó, deteniendo así su tarea actual: barrer los establos.
A Teana no le gustaba barrer... bueno, en realidad Anzu Mazaki detestaba barrer. Prefería hacer cualquier otra tarea de la casa antes, y ahora que usaba un palo torcido con un puñado de paja atado desprolijamente con un trozo de cuero raído, simplemente deseaba regresar a Japón para usar una escoba funcional.
Era terrible utilizar aquello, no exageraba.
Echó un bufido molesto, y cepilló con más fuerza de la que debía emplear el suelo, fastidiada. Levantó la frente para pasar su manga por su perlada piel, cuando su mirada fue a parar justo en medio de las pupilas de una segunda presencia.
Su corazón se detuvo un instante, y de pronto ya estaba en el suelo reverenciándolo.
―Faraón.
A veces recordaba a Yami, y a Anzu como tal... cuando sencillamente se saludaban con un gesto con sus manos; cuando se podían tutear y hasta incluso tomar del brazo si la situación era demasiado límite en algún Duelo de Monstruos. Habían días en los que la castaña no se sentía con la suficiente fuerza como para mantener esa farsa de respeto constante, como si ella ya no lo hubiera abrazado desesperadamente alguna vez en su vida.
Quería correr en su dirección, decirle lo cabezota que era, y hundir su nariz en su cuello envolviendo sus brazos alrededor de sus hombros, sintiendo su pecho palpitar contra el suyo.
―La matriarca Belalí solía decirme que mi madre adoraba cepillar a los ejemplares. ―ese diálogo la desconcertó, llevándola a preguntarse si habría dicho algo durante su divague mental que ella no hubiera escuchado. Sacudió la cabeza, sonrojándose: tenía que concentrarse y dejar de imaginar tonterías ―Vengo aquí cuando quiero imaginar a una fina dama siendo atenta con seres tan nobles como los caballos.
―¿No la recuerda? ―inquirió, después de un rato de silencio. Le vio sonreír con pena, pasando un cepillo a su hermoso caballo blanco.
―No he tenido el placer de conocerla. ―tragó saliva, inquieta: se había metido en un terreno inexplorado, y a juzgar por el misterio con el que siempre arrastraba Atem consigo, tenía que tratar de no ser muy invasiva al respecto. Optó por callar, dejándolo elegir cómo proseguir con su conversación ―Suelo olvidar que quien me llevó en su retoño nueve lunas llenas, fue una mujer, puesto que mi crianza fue sostenida solo por mi padre.
―No es tarea fácil mantener constante un pensamiento de algo que no se tuvo presente. ―murmuró ella entonces, ablandando su gesto ―De alguien, en este caso.
Atem dejó el cepillo a un lado en una de las repisas del establo, y se acercó unos pasos a ella, posicionándose frente a su pequeño cuerpo de muchacha. Miró sus mechones mal cortados, sus dedos blancos aferrándose a la ridícula escobilla que usaba para limpiar, sus comisuras tirando hacia abajo en sus rojos labios... su redondeado rostro relajado. Echó un suspiro cansado.
―Quiero disculparme por mi comportamiento para con usted, Teana. Las mujeres portan la misma capacidad e inteligencia que cualquier hombre, y hasta incluso podría confesar que ustedes toleran más que nosotros, arrastrando consigo el sacrificio de llevar a otro ser para después darlo a luz.
¿Se había... disculpado?
«¿Acaba de pedirme disculpas?» reiteró en su mente, tan desconcertada que por un instante sintió el impulso de verificar si aquello no se trataba de algún sueño. Es decir, ella creía más que capaz a Atem para arrepentirse de alguno de sus actos, pero reconocer su error ante ella respecto al machismo de esa época... eso era otra cuestión.
―Yo... creo que también le debo una disculpa. ―cuidó en decirle, enroscando un pequeño bucle de su cabello con su dedo índice, una acción meramente nerviosa ―Ver que intentaba tener un gesto para conmigo con el único objetivo de que yo olvidase lo que me dijo, me hizo sentir molesta. Me dejé llevar por mi enfado.
Fue extraño, pero sus palabras le hicieron sonreír. Sintió genuinas ganas de acompañarlo con la mueca, reconociendo en su interior el aleteo alegre de la reconciliación.
―Usted tiene un carácter peculiar. ―le escuchó murmurar, mientras se cruzaba de brazos: la tensión sobre sus hombros había desaparecido ―¿Sabe montar?
―No. Me he subido a caballo una sola vez, como acompañante. ―explicó, más relajada ―Le tengo cierto respeto a estos animales.
Él arqueó una ceja, con una sensación extraña empezando a burbujear en la boca de su estómago. Antes de que pudiera analizarlo, las palabras salieron de su boca por sí mismas.
―¿Y le gustaría aprender?
Digamos que gustar como tal... a Teana no le hacía mucha gracia. Había elegido la palabra "respeto" en su anterior diálogo para no decir que directamente le asustaban, más que nada por su tamaño.
―B-Bueno, supongo que sería muy útil saber hacerlo. ―concluyó tras su breve análisis: nunca estaba de más saber algo nuevo, y mucho menos relacionado a las costumbres. Lo que en verdad no esperaba, era lo siguiente.
―Mañana saldré a dar una vuelta. Si quiere darse la oportunidad, la esperaré aquí en el alba.
Un montón de carteles de neón aparecieron en la cabeza de la muchacha, quien de pronto pasó de estar relativamente tranquila, a sentir su pulso desenfrenado martillando en sus tímpanos.
No quería ilusionarse, ni tampoco dejarse llevar por su espíritu jovial... pero, ¿acaso eso no era una cita? Al menos para Anzu Mazaki lo era... sin embargo, ¿qué significaba esa invitación en el Antiguo Egipto?...
―¡Niña! ¿Dónde estás? ―el llamado la trajo a tierra abruptamente, y se aprovechó del mismo para voltear y esconder su sonrojo inminente ante los ojos de Atem ―¿Ya terminaste con...? ¡Oh, faraón!
Asib se dobló para intentar reverenciarlo en cuando de asomó por uno de los dinteles, mas el monarca la frenó con un movimiento de mano, a sabiendas de que a su avanzada edad tenía que cuidar su espalda. Ella le agradeció con una sonrisa adorable.
―Debo volver a...
―Por supuesto. ―Atem cortó la explicación de Teana, poniendo ambas manos detrás de su espalda. Echó un último vistazo a ambas organizadoras, y asintió en un breve saludo ―Me despido.
Aún cuando él ya se había ido, las orejas de la viajera ardían de la vergüenza: hacía mucho tiempo que no se sentía así de emocionada, con el corazón pleno y la sonrisa pujante. Y recordó entonces por qué había aceptado recorrer el tiempo para volver a reencontrarse con él.
Porque lo amaba.
(*) "Bingo", expresión utilizada con objetivo meramente explicativo.
Después de casi un mes... ¡Buenos días queridos lectores!
De antemano pido disculpas por el tremendo retraso que hubo respecto a este capítulo. Estuve con parciales finales, salí de licencia y anduve vacacionando con mis amigos. Honestamente, necesitaba desconectar un poco de las redes y la rutina... pero ya les traigo lo prometido :) de hecho, es el capítulo más largo que he subido hasta el momento.
Quiero agradecerles infinitamente por la paciencia y las palabras de ánimos que he estado recibiendo en el transcurso de estos días. Ya tengo parte del siguiente capítulo armado, así que espero que la próxima entrega no se demore tanto.
Agradecimientos especiales para: Ninfa20; Bat Dragon; saralujan15; Mexican Lady... ¡millones de gracias por sus reviews! Cada una de sus palabritas me sacaron una enorme sonrisa, ¡no saben lo feliz que me hace leerlos!
Me despido para seguir despejando la mente un poquitín más, antes de que mi licencia acabe. Les envío un abrazo desde este caluroso Uruguay, ¡y nos vemos en la próxima!
Mayqui, ¡cambio y fuera!
