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Capítulo 10

Albert se enteró de que Candy no estaba bien recién el lunes. Le extrañó que el domingo nadie contestara el teléfono, pero no conocía las costumbres de esa casa; quizás lo desconectaban después de determinada hora. Estuvo a punto de aparecerse por allí a las diez de la noche, pero supuso que Candida no le daría una efusiva bienvenida.

"Maldición, Candy ¿Por qué eres tan terca y no aceptas un teléfono celular?", pensó ofuscado.

Decidió esperar al día siguiente y llamar de nuevo. Veinticuatro horas sin escuchar la voz de Candy, sin verla, sin tocarla, era demasiado. Y si no contestaba, se haría presente en la casa, le gustara o no a su terrible abuela.

Para su sorpresa, fue Candida quien lo llamó el lunes en la mañana.

Miriam, su secretaria, le pasó la llamada interrumpiendo la reunión en la que planificaban la semana, pues se dio cuenta de que esa mujer tenía cierto peso en la vida de su jefe.

—Arquitecto, tiene una llamada de la Sra. Candida de Somons.

Albert se sobresaltó. ¿Otra vez Candida? ¿Qué promesa querría arrancarle ahora? ¿Qué amenaza se traía entre manos? Lo mejor era averiguarlo lo antes posible. Era de temer esta señora.

—Caballeros, disculpen.

Y se dirigió a su oficina para hablar con privacidad.

—Candida.

—Buenos días, Albert. Disculpe si estoy interrumpiendo su trabajo... Candida había olvidado que ya se tuteaban, y él tampoco se lo recordó.

—No hay problema. La escucho.

—Es Candy... ella no está bien.

—¿Qué? ¿Qué quiere decir con que no está bien?

—Tiene mucha fiebre, la ha visto ya dos veces el médico, pero no mejora. Lo llamo yo, porque ella está muy preocupada por no poder hablarle, la pobre está...

Diablos, si estaba perfecta cuando la dejó en su casa. Su corazón dio un vuelco.

—Candida, en veinte minutos estoy allí —interrumpió.

Y cortó, saliendo precipitadamente a la calle sin darle explicaciones a nadie.

Ya en camino, marcó el número de su médico de cabecera, y lo citó de inmediato en la casa de Candy. La imperativa voz de Albert no admitía ninguna réplica. El Dr. Andrade suspendió al instante todas sus consultas, tomó su maletín y salió hacia donde Albert le indicó.

En realidad, fueron quince, y no veinte los minutos que Albert demoró en atravesar la ciudad y colgarse del timbre de la casa de Candy. Lo hizo en tiempo récord, conduciendo como un loco.

Cuando Candida le abrió, subió la escalera a grandes zancadas, mientras ella corría detrás intentando detenerlo. Y una mierda. Lo único que quería era ver a Candy. Encontró la habitación por instinto, ya que nunca había estado allí, y al verla así, desvalida y frágil en su enorme cama, se murió de amor...

Cuando Candy giró la cabeza y se encontró con Albert en su habitación, su corazón comenzó a latir en forma incontrolable. Se veía enorme desde la cama, junto a sus muebles de muñeca. Y también se veía tan increíblemente guapo, con su camisa blanca y pantalón gris de vestir. En el apuro, no había tomado el saco.

A Candy se le llenaron los ojos de lágrimas. Es que la mirada de él le decía tantas cosas... Era deseo, sí. Ella estaba acostumbrada a esa mirada. Pero también había ternura, y algo más... Se dio cuenta de que Albert estaba preocupado por ella.

—Hola Princesa —le dijo suavemente.

—Albert...-susurró, pues casi no tenía voz.

No preguntó nada, porque nada le importaba más que tenerlo a su lado, en su cama, aunque fuese en esas circunstancias. Además no podía hablar.

Candida estaba en la puerta observando la escena. Su corazón endurecido por el dolor de toda una vida se ablandó por un momento. Sin saber qué decir, ni qué hacer, se retiró discretamente. Albert ya estaba a cargo, y todo saldría bien.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó acariciando su rostro.

—Tan mal como me veo, creo... —y realizaba grandes esfuerzos para hablar.

—No digas nada, Candy.

Y se quedaron así, tomados de la mano. Ella le hablaba con la mirada... "Qué bueno que estás aquí, mi amor. Con sólo verte ya me siento mejor. Te amo, te amo, te amo".

Él parecía comprender lo que ella sentía. Sentado en el borde de la cama, no dejaba de acariciar su mejilla con el dorso de la mano.

—Tienes algo de fiebre.

"Siempre, siempre que estás conmigo, me siento afiebrada y tiemblo, Albert, eso no es nuevo", pensó ella.

—Mi cielo, ahora vendrá un médico de mi confianza y te prometo que te sentirás mejor ¿de acuerdo?

Ella asintió.

—Y el sábado iremos a una fiesta tú y yo. Te vestirás como la princesa que eres, y seré la envidia de todos.

—¿Una fiesta? —Candy sólo movía los labios y él se los leía.

Conocía muy bien esos labios y qué era lo que transmitían.

—Sí, la fiesta que celebran los Britos Fontanal antes de Navidad. Esta mañana recibí la invitación y tú irás conmigo. Pero ahora, quédate quieta porque si me sigues mirando así me meteré en la cama a tu lado.

Los ojos de Candy se abrieron como platos.

En ese momento llegó el Dr. Andrade, precedido de Candida.

Después de examinarla, le indicó unos antibióticos de última generación que llevaba en su maletín. Con tres de esos estaría como nueva. Mientras tanto le recomendaba las tres "C".

—Doctor, ¿a qué se refiere con las tres "C"? —preguntó Candida inocentemente mientras se preparaba para tomar nota.

—Cama, calor y cariño —respondió el médico guiñándole un ojo a Albert, que casi rompe a reír. En eso estaba pensando él, justamente.

Candida le ofreció un té al simpático doctor, que aceptó complacido. Antes de salir, echó un vistazo a su nieta. Se dijo que Albert no sería tan bestia de propasarse con Candy en ese estado, así que bajó bastante tranquila.

Y no se equivocaba. La que se iba a propasar era Candy.

Estaba bastante afiebrada aún. Su tersa frente estaba perlada de sudor. Sólo vestía una camiseta rosa y unas bragas blancas, que unos instantes antes luchaba por ocultar cuando el médico la revisaba.

Albert intentaba apartarle el cabello de los ojos, cuando ella le tomó la mano y la metió debajo de las sábanas.

Él casi se cae al piso de la impresión. No se lo esperaba, mucho menos en ese momento, y de parte de una niña vestida de rosa, en una habitación de Barbie. Pero el gesto lo excitó de tal manera que dejó que ella lo guiara...

Candy no podía controlar sus movimientos, no podía controlar sus deseos. Permanecieron en silencio sin dejar de mirarse mientras ella presionaba la mano de Albert contra sus bragas.

"Tócame por favor, lo necesito. He imaginado esto una y otra vez. Y ahora estás en mi habitación y yo llevo tan poca ropa... Me estoy quemando por dentro, mi amor. ¿Notarás lo húmeda que estoy a través de las bragas? Quizás deba presionar más, para que lo sientas... Para que sientas cuanto te deseo, Albert. Qué bueno que estás aquí. Continúa tocándome, te lo ruego... así...".

La mano de Albert ya se movía por su cuenta, acariciándola. Ahora era él quien se sentía afiebrado. Explotaba su cabeza y explotaban sus pantalones con las provocaciones de Candy.

"Si no fuera porque estás enferma, tendría por lo menos dos dedos dentro de ti, preciosa. Qué caliente estás, casi tanto como yo...".

La acarició sin dejar de mirarla. La observó morderse el labio y se sorprendió de su propia resistencia. Se moría por apartar las sábanas y quitarle las bragas. Estaba ansioso por besarla entre las piernas, por beber de ella toda su humedad...

"No sabes el morbo que me da pensar que sólo tus dedos han pasado por aquí... ¿Te habrás tocado pensando en nosotros, dulzura? ¿Te habrás tocado pensando en mí?", pensó, y ya no se pudo contener. Se tendió encima de ella sin quitar la mano, y la besó. Con lengua y todo. Candy intentó débilmente alejarse, pero no lo logró. Él la exploró hábilmente, con la boca abierta. La boca de ella estaba dentro de la de él. Albert la devoraba enloquecido de pasión.

En eso escucharon unos pasos, y por poco no los pilló Candida.

Cuando pasó el umbral, Albert estaba sentado en la cama con cara de inocente, y Candy se miraba las uñas distraída. Candida observó a su nieta y le pareció que tenía la cara húmeda, los labios mojados... No quería creer que ese hombre se había aprovechado de una niña enferma. No, no podía ser. Además, se lo había prometido.

De todos modos, muy resuelta le anunció:

—Albert, Candy tiene que descansar. Será mejor que te vayas — ¿otra vez lo tuteaba? Esta mujer era la reina de las incoherencias.

Y cuando él se inclinó para besarle la frente, Candida exclamó:

—¡Aléjate porque te puedes contagiar! Debes ser más cuidadoso.

Ellos se miraron y apenas pudieron contener la carcajada...

¿Contagiarlo? Si fuera por eso Albert estaría muerto. Entre la fiebre por las bacterias y la fiebre que Candy le causaba, estaría más que muerto. Y sería un placer morir así...

En el coche, de regreso a la oficina, recordó cada uno de los momentos vividos esa tarde. Otra vez cayó en la tentación, y estuvo manoseando a su hermosa Barbie, en la habitación rosa. Y estando enferma. No tenía perdón. Pero esta vez, sus remordimientos duraron muy poco, porque sabía que a ella le había encantado.

Candida no permitió que se volvieran a ver en toda la semana. Estaba segura de que Albert había besado a su nieta. Si ella no hubiese estado en la cama, y en bragas, no habría sido tan grave.

Ella sabía que algún tipo de contacto tendrían. Pero dadas las circunstancias, con Candy enferma y casi desnuda, eso era una indecencia imperdonable. Jamás se le cruzó por la mente que era ella quien lo provocaba, que lo buscaba... Admitir eso sería lo mismo que aceptar que su niña ya era una mujer y eso significaría perderla. Y ese era el mayor temor de Candida.

Adoraba a su nieta.

Pasó toda la semana haciendo el vestido más soñado que se pudiera imaginar para la fiesta del sábado. Esperaba que Candy estuviese totalmente repuesta, sino no iría.

Su nieta en una fiesta de los Britos Fontanal. Este Albert debía tener dinero. De pronto se dio cuenta de que sabía poco y nada de él. Tomó nota mental: averiguar a qué se dedicaba exactamente, cómo se componía su familia, su pasado amoroso, en fin, todo. No iba a permitir que un tonto niño rico se aprovechara de Candy.

Se sintió algo culpable por pensar así, después de todo había experimentado tanto alivio cuando él llegó con su médico.

Bien, iba a confiar en la palabra de Albert. Y Candy sería la mujer más hermosa de la fiesta de esos ricachones. La perspectiva la hizo sonreír. Tomó la aguja y continuó trabajando en el bello vestido rosa.

Albert no estaba pensando en el vestido precisamente. Más bien en lo que habría debajo. Estaba impaciente por ver a Candy. Cómo la extrañaba. Desde el miércoles, cuando por fin ella recuperó la voz, hablaban todos los días pero no era suficiente. Estaba deseando que llegara el sábado para estar con ella. Debía recordarse que iban a una fiesta porque la iba a dejar perdida de tantos besos que planeaba darle. Se la quería comer a besos. Recordó su lengua adorable y por enésima vez en el día experimentó una erección.

Candy. Hasta su nombre ejercía un extraño embrujo sobre él. De pronto, tuvo una idea, y sonriendo, se dirigió a su joyería de confianza.

Esa noche la llamó.

—Hola mi cielo —le dijo ni bien ella contestó.

—Hola... amor —respondió ella tímidamente.

—¿Me has dicho amor?

—Sí.

—¿Y lo soy?

—Ajá. ¿Y yo soy tu cielo?

Él rió. Era un típico diálogo de enamorados que él jamás soñó establecer con nadie.

—Candy, tú eres más que eso para mí —murmuró, y hablaba en serio.

—Lo sé.

—¿Así que lo sabes? ¿Y cómo lo sabes? — insistió sonriendo.

—Porque siempre lo veo en tus ojos...

—¿Y también ves cuánto te deseo?

Ella se quedó helada. Una cosa era hablar de eso en el fragor de los momentos de pasión, y otra muy distinta hablarlo en frío y por teléfono.

—No lo sé...-susurró.

—Quizás no he sido lo suficientemente demostrativo —se burló él.

—Quizás... — y ella tomó el guante, dejándolo de una pieza.

Luego ambos rieron. Se sentían felices y enamorados.

—¿Estás lista para mañana?

—Sí, lo estoy. Aunque un poco nerviosa. No conozco a nadie allí.

—Me conoces a mí, y eso es suficiente. Además te presentaré a mi padre.

—¿Qué? ¿Y me lo dices así?

—No, te lo digo así: te presentaré a mi padre y a mi madre. Y quizás también a mi abuela Elroy, si va.

—Oh.

—Mi padre estará encantado.

—¿Y tu madre?

Él dudó.

—Pues verás, no tengo idea. No la conozco demasiado y sinceramente me importa poco lo que ella piense.

—No seas tan duro.

—No lo soy.

Se habían puesto serios de pronto.

—Bien, Candy. Estoy deseando que llegue mañana.

—Yo también. Ya verás, te sorprenderás con el vestido que me está terminando mi abuela.

—Estoy seguro, pero es por otro motivo que deseo verte: quiero besarte hasta que digas basta.

"Oh, yo también mi corazón. Necesito tu boca ya", pensó ella.

—No diré basta jamás.

"Me temo que tendrás que decirlo, Candy. O no sabré cuándo parar. Estoy desesperado por tenerte, Princesa", pensó mientras su corazón latía de prisa.

—Ya veremos. Hasta mañana, mi cielo.

—Buenas noches...

—¿Sólo buenas noches?

—No... buenas noches, mi amor —le dijo ella riendo. Y agregó:—Que sueñes con un ángel.

Y se cumplió su deseo. Una vez más, Albert pasó la noche entera soñando que Candy era suya, completamente suya, un sábado a la noche, a la luz de la luna...

CONTINUARA