Capítulo 9


QUÉ ES todo eso? –preguntó Sakura, mirando desde el helicóptero hacia las torres cuadrangulares que se veían en el pequeño pueblo a sus pies.

Sakura había conseguido superar su miedo a volar en helicóptero poco después de salir de Atenas. En ese momento, estaba embelesada mirando el paisaje. Había esperado que Grecia fuera un país de playas blancas y cielos azules interminables, pero era mucho más que eso.

Sasuke se volvió hacia ella. Cuando sus miradas se entrelazaron, ella sintió un excitante cosquilleo en la piel.

–Casas.

–¿Casas? No lo parecen –observó ella. Más bien parecían molinos de viento sin aspas. O torres de vigilancia.

–Bienvenida a Mani –dijo él con una sonrisa–. Es una península del sur de Grecia. Aquí hacemos las cosas de forma diferente.

El piloto comentó algo en griego y Sasuke rio.

–¿Por qué viven en torres?

–Porque la gente de aquí es famosa por sus disputas. En los viejos tiempos, podían durar años. Eran conocidos por ser guerreros orgullosos. Cada torre era una parte segura de la casa –indicó él, señalando a una de ellas–. Las ventanas son pequeñas, para que los de dentro puedan disparar a los de fuera.

Sakura se estremeció.

–Qué horrible.

–Hoy ya no disparamos a la gente –aseguró él, sonriendo.

–¿Eres de aquí? –preguntó ella, contemplando las montañas peladas que terminaban en el mar. Algunas tenían estrechas terrazas. Era un paisaje agreste y salvaje, pero majestuoso.

–Sí, soy de Mani. Nací en Atenas, pero la familia de mi... padre es de aquí.

Sakura percibió emoción contenida al mencionar a su padre. Se encogió al recordar lo que él le había contado. No sabía quién era su padre biológico.

–Veníamos aquí en verano. Es donde he construido mi propia casa de vacaciones.

El helicóptero comenzó a descender hacia una cala de aguas turquesa. Había un puñado de edificios en el centro y pequeños barcos flotaban en el mar. A un lado, había otro grupo de casas, coronadas por una torre.

Pero fue una de las torres en concreto la que más llamó la atención de Sakura. Estaba construida de piedra, al estilo tradicional. Pero las ventanas eran grandes, tanto que se podía ver al otro lado. Y debajo tenía una terraza hecha de cristal que se colgaba suspendida sobre el acantilado. El resultado era único. Innovador y elegante, sin dejar de ser parte del paisaje.

–¿Esa es tu casa?

–Sí –afirmó él, mirándola a los ojos con expresión indescifrable.

–Es... increíble. Muy original.

Él arqueó las cejas, contemplándola con gesto de aprobación.

–Me alegro de que te guste. No sabía que te interesara la arquitectura.

Sakura giró la cara hacia la ventanilla, mientras el piloto aterrizaba detrás de la casa.

–Hay mucho que no sabemos el uno del otro.

Esas palabras eran más ciertas de lo que Sakura había creído.

Primero, la sorprendió el comité de bienvenida. No eran solo empleados, aunque había algunos. Sakura se fijó en que Sasuke los trataba como al resto de la gente, con una sonrisa. También había vecinos del pueblo, que habían ido a saludarlo.

–Es la primera vez que vengo desde que terminamos de construir la casa –le explicó él–. Tienen ganas de ver cómo ha quedado.

Sin embargo, en sus sonrisas, Sakura percibía algo más que curiosidad. Era una bienvenida genuina.

No se había imaginado así la recepción de un millonario.

No había gente sofisticada, ni vestida de alta costura. A juzgar por las manos callosas que estrechaba una y otra vez, eran personas trabajadoras. Eran gente de pueblo con ropas oscuras, los rostros quemados por el sol. Los más jóvenes estaban deseando practicar su inglés. Los niños corrían por la terraza, riendo.

Sakura había estado nerviosa por ir allí. Había temido que eso significara entregarle a Sasuke demasiado poder sobre ella, al haber ido a su territorio para hablar del bebé. Sin embargo, según la tarde avanzaba, cada vez se sentía más relajada.

El aroma a comida casera impregnaba el aire, mientras llegaba gente con fuentes y bandejas de comida. Prepararon una barbacoa. Aparecieron unos músicos y su animada melodía, desconocida pero maravillosa, empezó a competir con el sonido de la gente riendo y hablando.

–¿Cómo te encuentras? –le susurró él al oído.

Como siempre, la voz de Sasuke provocó una erupción de calor en el cuerpo de Sakura.

Llevaba todo el día ocupándose de ella. Cada vez que levantaba la vista, lo encontraba mirándola. Eso le había hecho perder el hilo de las conversaciones en más de una ocasión.

–¿Qué te pasa? –preguntó él con preocupación–. ¿Te sientes mal?

Ella lo miró a los ojos con un maremoto de emociones en su difícil sumergirse en esos bellos ojos y, al mismo tiempo, pensar que él la creía una mujer fatal que se aprovechaba de los hombres.

–Descansaré luego. Lo estoy pasando bien. Todo el mundo es muy amable.

Él se encogió de hombros.

–Es una comunidad pequeña.

Pero no era solo eso. Sakura había escuchado a varias personas contar cómo Sasuke había ayudado cuando un barco pesquero había sido destrozado por una tormenta de invierno. Y cómo había encontrado empleo para alguien. O cómo se había ocupado de que la zona tuviera un servicio médico decente.

Sasuke Uchiha, millonario de fama mundial y padre de su bebé, era respetado y querido por todos.

–Eres muy popular –observó ella. Y lo más sorprendente era que no le resultaba extraño. No le costaba aceptar que Sasuke Uchiha era un hombre decente.

–Me conocen desde que nací –comentó él.

–Los habitantes de Devon también conocen a Orochimaru Dawlish desde que era niño, pero no lo reciben nunca así.

Nada más pronunciar esas palabras, Sakura se dio cuenta de que había metido la pata. Sasuke frunció el ceño, molesto, y le soltó el brazo como si le quemara. Ella estaba segura de que había sido Orochimaru quien le había contado la patraña sobre su relación con Hiruzen. Ese hombre era puro veneno. Orochimaru no podía creer que ella no hubiera estado interesada en el dinero de Hiruzen, que no le hubiera robado. Era obvio que pensaba que cualquier amistad entre un hombre y una mujer se basaba en el sexo. No sabía nada de respeto, cuidados y compromiso.

Aquellos pensamientos le sentaron a Sakura como un chorro de agua helada.

–Te buscan –indicó ella y saludó con un gesto de la cabeza al hombre que se acercaba a ellos con una radiante sonrisa.

El hombre le dijo a Sasuke unas palabras en griego. Sasuke se unió a él en el centro de la terraza. Un coro de gente los rodeó y empezó a dar palmas, al mismo tiempo que los músicos tocaban. Otros dos hombres se unieron a ellos.

–¿Te gusta esta danza? –preguntó una mujer a Sakura.

–No lo sé. Nunca lo había visto –contestó ella.

–¿De verdad? Pues observa. Te va a gustar.

Eso hizo Sakura. La música, lenta al principio, tenía un ritmo que hipnotizaba. Era el escenario perfecto para que los hombres exhibieran sus encantos. En eso parecía consistir la danza. Formaron una fila, moviéndose despacio al son de la música. En cabeza, el líder, que a veces era Sasuke y otras veces otro hombre, saltaba y giraba con la gracia y la mesura de movimientos exquisitamente controlados.

Sakura no podía quitarle los ojos de encima a Sasuke. Observó cómo movía el cuerpo con postura varonil y orgullosa, como movía los pies. Recordó cómo le había hablado de la raza de guerreros que había poblado esas preciosas y agrestes tierras.

Como si intuyera que lo observaba, él se giró hacia ella. Sus miradas se entrelazaron.

Algo sucedió entonces entre ellos, tan rápido y devastador como un terremoto. Recorrió a Sakura desde las puntas de los pies, a través del vientre donde dormía su bebé, directo hasta el corazón.

Sasuke seguía sosteniéndole la mirada. En la distancia, sus ojos parecían de terciopelo negro. Estremeciéndose, ella fijó la vista en su boca.

Estaba segura de que él también lo sentía. Lo notaba en sus ojos, en la tensión de su mandíbula.

Una espiral de calor incendió el cuerpo de Sakura, excitando cada una de sus terminaciones nerviosas, al son de la música.

–Disculpa –dijo ella a la mujer que tenía al lado, y se retiró.

Sasuke se despidió del último de sus vecinos con una palmada en la espalda y la promesa de comer juntos con un vaso de ouzo. Se quedó parado bajo la luz de la luna, contemplando el desfile de cabezas que se alejaba de su casa.

Se alegraba de que hubiera poca luz. La bienvenida que le habían dado le había emocionado. Llevaba años sin vivir allí, aunque había ido a menudo de visita, para revisar la construcción de su casa.

Todo el pueblo se había reunido para recibirlo.

Era más de lo que su propia familia había hecho nunca por él.

Sumido en sus pensamientos, miró hacia la enorme casa que había al otro lado de la cala. Estaba oscura, sin luces encendidas. Lo más probable era que el dueño estuviera dormido. No había asistido a la fiesta.

Pero Tajima Uchiha no había vuelto a hablarle desde el día en que lo había echado de su casa. El día que le había dicho que no tenía derecho a llevar su apellido ni a heredar su fortuna.

Sasuke había mantenido su apellido, sin embargo. No tenía otro. La falta de dinero había sido una bendición en el fondo, pues le había impulsado a construir su propio negocio. Lo único que lamentaba era no haber vuelto a ver a los chicos a los que había considerado sus hermanos. Ya eran lo bastante mayores como para decidir si querían verlo. Pero él no podía ir detrás del viejo Tajima para iniciar el reencuentro.

Apretando los labios, Sasuke se dio la vuelta. Su nueva casa era moderna y, al mismo tiempo, hacía un guiño a la arquitectura tradicional de la zona.

Lo más probable era que a Tajima no le gustara nada. Igual que odiaba a Sasuke, pues era la prueba viviente de que su difunta esposa lo había engañado.

Bien. Esperaba que el viejo sufriera cada vez que se asomara a la ventana y viera su torre al otro lado de la bahía.

Respiró hondo, inhalando el aroma a sal, hierbas silvestres y tierra, un olor que era la marca de ese lugar. Al instante, se sintió más tranquilo. Aunque había vivido sus primeros años en la ciudad, ese pedazo de costa era lo más parecido a un hogar que había conocido.

¿Qué le parecería a Sakura? Se había mostrado fascinada por el paisaje y le había gustado la casa.

¿Pero qué le importaba lo que ella pensara?, se dijo, frunciendo el ceño. Solo estaba allí para que pudieran tomar decisiones sobre el futuro de su hijo. Y para que Sakura pudiera recuperar sus fuerzas.

Aunque, si lo pensaba bien, no le gustaba la idea de que volviera a trabajar en esa cafetería. Ni que viviera en su pequeño y viejo apartamento. Al menos, no mientras estuviera embarazada de su hijo.

Esa noche, había querido ir tras ella, cuando la había visto retirarse de la fiesta. Pero su ama de llaves le había informado de que había decidido acostarse.

Su conversación podía esperar al día siguiente. Sin embargo, había algo que le hacía sentir inquieto. Quizá fuera estar de vuelta en el lugar que consideraba su hogar. O, tal vez, era porque había invitado a Sakura a su refugio privado.

Caminó hasta la habitación principal. Sin molestarse en encender la luz, atravesó la enorme habitación, pasó delante de la cómoda cama, los valiosos cuadros de la pared y el grupo de sillones junto a la ventana. Abrió las puertas correderas y salió a la terraza de suelo de cristal, suspendida sobre un acantilado.

Respiró hondo otra bocanada de aire que olía a sal y a tierra. No sabía por qué estaba tan inquieto.

Un sonido le hizo girarse.

Al otro lado de la terraza, una esbelta silueta brillaba bajo la luz de la luna. Sakura se acababa de levantar de una mecedora, envuelta en un atuendo que parecía un camisón blanco.

El ama de llaves debía de haberla colocado en la habitación de invitados que había junto a la principal, dando por hecho que era su amante.

Era una presunción comprensible. Contemplando los brazos y piernas de Sakura, pálidos bajo la luna, y la mata de pelo rosa sobre sus hombros, Sasuke maldijo para sus adentros. Su camisón tenía finos tirantes y le llegaba por los muslos.

Como si le hubiera leído el pensamiento, ella se tiró del borde de la ropa, como si quisiera que le cubriera unos centímetros más.

Sakura se cruzó de brazos, lo que enfatizó todavía más la curva de sus senos. ¿Llevaría ropa interior o estaría desnuda bajo el fino tejido?

Con el pulso acelerado, Sasuke se dijo que necesitaba tocarla, saborearla, inhalar la dulce fragancia de su piel. Quería probar de nuevo la húmeda calidez de su feminidad.

¿Podía ella ver desde allí su erección? ¿Era esa la razón por la que sus pechos subían y bajaban con la respiración acelerada?

–¿Qué estás haciendo aquí? –inquirió ella, genuinamente sorprendida.

Como si no lo hubiera estado esperando. Una vez más, Sasuke se sintió dividido entre creer que era la joven inocente que pretendía ser o la mujer calculadora que Orochimaru le había advertido que era.

Sin embargo, cada vez más, Sasuke empezaba a recelar de la visión de Orochimaru. Y no había duda que el hijo que ella llevaba en su vientre era suyo.

La idea, en vez de dirigir sus pensamientos hacia formalismos legales, incendió aún más su ya excitada libido.

Posó los ojos en el abdomen de ella. Había algo primitivo y sensual en la certeza de que estaba embarazada de su hijo. Le excitaba pensar que su cuerpo crecería y daría fruto con su semilla.

–Es mi casa, ¿recuerdas? –replicó él con voz tensa y baja, ronca por el deseo–. He venido a ver las vistas –añadió. Y se había puesto las botas con las vistas, era cierto–. Pensé que estabas acostada.

La imaginó en la cama, sí, pero debajo de él, tan sensitiva y apasionada como había sido en Londres.

Dio un paso hacia ella. Y otro más.

Parte de su cerebro le gritaba que era una locura acostarse con una mujer en la que no confiaba. Pero no le importaba.

En medio del remolino emocional que había supuesto descubrir que iba a ser padre, solo una cosa se había mantenido constante: Sakura despertaba en él un hambre que no había sentido jamás con nadie. En ese momento, decidió que no tenía sentido seguir luchando contra ello.

–No podía dormir.

Se acercó lo bastante para poder ver cómo ella tragaba saliva.

–¿Sasuke? –llamó Sakura, levantando el rostro hacia él. Su voz sonó temblorosa, pero no era de miedo. Dejó caer las manos a ambos lados del cuerpo–. ¿Qué quieres, Sasuke? Es demasiado tarde para hablar...

–¿Quién ha dicho nada de hablar?

–No te entiendo –dijo ella y contuvo la respiración. Levantó más la cabeza, mientras la luna bañaba su hermoso rostro–. Me has traído a Grecia para hablar del futuro del bebé. Claro que tenemos que hablar.

Él levantó la mano para acariciarle la cascada de pelo rosa que le caía sobre los hombros. Era como puro satén. Despacio, inclinó la cabeza para inspirar su olor a azahar.

Al instante, su cuerpo se puso tenso, conteniéndose para no tomarla en sus brazos y devorar su jugosa boca... y más cosas.

–Hablaremos mañana –dijo él con la mandíbula apretada–. Pero ahora no quiero palabras. Te necesito a ti.