VII

Cenizas Teñidas de Rojo


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Lo único que Seraphina supo con completa certeza, fue que en un momento estaba comprando un poco de ropa con Agasha (usando el dinero del señor Albafica) en una pequeña tienda del pueblo, donde la entusiasta chica no escatimaba en energías para llevarla de un lado a otro, para que Seraphina viese y se empapase con el gusto por la moda griega…

Y al otro…

—Rosebelle está quemándose —masculló Agasha, de pronto, sorprendida y aterrorizada.

A los pocos segundos de que Agasha dijo eso, Seraphina miró anonadada cómo un terrible caos se desató en el pueblo debido a que, quién sabe cómo, la joven griega había acertado y Rosebelle estaba ardiendo en llamas.

¿Cómo Agasha lo supo antes de escuchar el alboroto? Seraphina tuvo que quedarse con la duda. La gente en Rodorio oyó las campanas de alarma, tanto de Rodorio, como del pueblo vecino. Prontamente se hizo presente también una enorme cortina de humo negro.

Todo fue tan rápido.

Seraphina casi lloró por aquel remolino de emociones; incluso mientras corría junto a Agasha y otros habitantes, miraba un poco borroso debido al estrés, también, sintió un fuerte golpe en su corazón al pensar en la pobre gente que estaba sufriendo… y muriendo, seguramente.

Peor fue cuando la joven dama juró escuchar a los lejos los gritos desesperados de los habitantes de Rosebelle. Los cuales, no eran parecidos en lo más mínimo a los que emitían algunas personas en Rodorio.

En Rosebelle se escuchaba con claridad el sufrimiento y el miedo.

¿Así se escucharía el infierno?

Dejando atrás a varios pueblerinos, Agasha y ella tuvieron que volver al Santuario para dar aviso a los Santos disponibles para que tratasen el asunto. Pero, gracias a la eficacia de los Santos cercanos, ya todos estaban movilizándose.

Agasha obviamente corría más rápido que Seraphina, sin embargo, la chica no la dejó atrás en ningún momento.

Ambas llegaron al mismo tiempo a las escaleras que guiaban a Aries. Seraphina estaba sin aliento, incluso se inclinó hacia delante, apoyando sus manos sobre sus rodillas; Agasha fue la única en hablar cuando Albafica de Piscis, Dégel de Acuario y Sisyphus de Sagitario, quienes iban bajando los escalones con rapidez, con sus armaduras puestas.

—¡Agasha! —exclamó Albafica—, lleva a la señorita con Athena, y quédate con ellas, Shion y otros se quedan aquí en caso de que esto sea un ataque del enemigo. Yo volveré tan pronto como pueda… no me alejaré demasiado —agregó lo último, un tanto inquieto.

—Ve tranquilo —respondió ella tajante, pero preocupada—. Y tengan mucho cuidado.

Albafica asintió con su cabeza mientras se iba con su compañero de Sagitario, Dégel por su parte, encontró la mirada tímida de Seraphina cuando ella alzó la vista aun con poco aliento. Sin decirle nada, él se fue también.

—Hombres —bufó Agasha con desánimo, viendo a Dégel—. Vamos, hay que refugiarnos.

—S-sí —respiró todavía agitada—. E-espere… por favor —musitó cuando Agasha empezaba a adelantarse.

—Perdón —se disculpó por no esperarla. Sin embargo, Seraphina se reprendía por no tener una mejor condición física.

Debido a las cosas que llevaban en manos, y al abrazador sol, Agasha y Seraphina hicieron una pausa en Cáncer donde Manigoldo ya estaba bañado y alistado con su armadura. Él, amablemente y siendo breve, se presentó ante Seraphina. Más tarde les extendió a las chicas un par de sillas y vasos con agua para que pudiesen relajarse.

Manigoldo iba a acudir a la ayuda de Rosebelle, pero apenas Agasha le informó que Dégel estaba ya ahí, consideró más adecuado esperar en las Casas del Zodiaco por si acaso se presentaba algún enemigo que, por azares del destino o suerte, lograse eludir o vencer a Shion.

Seraphina, apenada por estar sudando demasiado, se excluyó a sí misma de la conversación que empezaron a sostener Manigoldo y Agasha. La mujer de Albafica de Piscis hablaba como si no hubiese subido demasiados escalones, corriendo, por otro lado, ella sentía que sus pulmones apenas estaban recuperándose de la carrera.

—Ese incendio no es algo normal —decía Manigoldo convencido.

—Lo noté —Agasha bebió agua—, sentí algo maligno en eso.

—Es demasiado enorme y repentino para ser un ataque provocado por explosivos, o un accidente… además de que no hubo ninguna presencia sospechosa cerca y por lo que puedo intuir… el fuego ni siquiera fue provocado por ningún humano.

—Por un segundo… me pareció…

—¿Sí?

—Me pareció sentir algo a lo lejos… pero más que una presencia… sentí… algo oscuro —dijo Agasha con seriedad.

—¿Algo oscuro? —masculló Manigoldo siendo suspicaz.

Seraphina vio a su anfitriona, quien estaba teniendo un tic en su pie derecho, el cual se movía rápido sobre el piso.

Estaba notablemente frustrada.

—Como quisiera saber qué fue lo que vi —Agasha se enojó consigo misma—, quizás algo de lo que dije ayer… ¡podría ayudar! ¡Demonios!

Seraphina arqueó una ceja ante lo dicho por Agasha. ¿Ver? ¿Ver qué? ¿Decir qué?

Ella no entendía nada, pero decidiendo que lo mejor era quedarse callada y hacer preguntas después, Seraphina se abaniqueo la cara con una mano mientras con la otra sostenía su vaso con agua casi vacío.

—No tiene caso que te tortures con eso —le dijo Manigoldo—, pero… aquí hay otra cosa que no me cuadra.

—¿El qué? —lo vio Agasha insistente.

—Hablo de que Albafica dijo que la diosa Nyx no ha respondido las llamadas de Athena.

—Las de nadie. Tampoco las mías —suspiró Agasha con desánimo.

—Pero por lo que sabemos, tanto ella como su esposo pueden trasladarse aquí cuando se les antoje. Lo hacen sin problemas ni tardanzas.

—Ajá.

—¿Y si no se trata de que ellos no los oigan o quieran ignorarlos? ¿Qué tal si algo malo les pasó? —inquirió con seriedad.

Ante esa posibilidad, Agasha se quedó pálida.

—Pero, ¿qué pudo haber…?

—No soy un gran experto en esto de las visiones ni de nada parecido —chasqueó la lengua casi aburrido de ese tema—, pero según oí, en ese estado de "posesión" dijiste que "el cielo morirá". Nyx es la diosa de la noche.

Seraphina se quedó en blanco.

¿Un momento, los dioses pueden morir?

¿Y a qué se referían con una posesión?

—Las estrellas temen —masculló Agasha de pronto.

—¿Cómo dices?

—Desde hace dos noches pude oír a las estrellas gritando —susurró ella ocasionando que Seraphina se sorprendiese todavía más.

—¿Las estrellas hablan? —preguntó Manigoldo exageradamente dudoso.

—Sí, bueno no… ¡oh! No lo sé —rezongó como si ese no fuese el caso—, sólo sé que ellas estaban diciendo que algo se aproximaba. Qué morirían si no se le detenía.

—¿A quién?

—Ese es otro problema; no se atreven a decírmelo.

—Mmm, vaya mierda —espetó con enojo.

—Pero, tienes razón —dijo Agasha mirando momentáneamente a Seraphina y volviendo a Manigoldo de inmediato—. ¿Y si algo le pasó a la señora Nyx?

—O a Érebo.

—¿O a los dos? —el miedo en Agasha fue evidente en su rostro.

Seraphina no entendía mucho de lo que ellos dos hablaban, pero lo poco que analizaba era demasiado aterrador. Si hablaban de verdaderos dioses con la posibilidad de morir, entonces eso querría decir que algo sumamente peligroso estaba a punto de caer sobre el mundo.

Ella prontamente pensó en su amigo Dégel y en la mirada que él le dedicó antes de irse.

Seraphina confiaba en la fuerza del hombre que mandaba sobre su corazón, pero si se hablaba de algo que pudiese matar incluso a los dioses, ¿qué podría esperarse la humanidad de una amenaza así?

—¿Los dioses pueden morir? —susurró Seraphina temiendo hacer una pregunta estúpida en un momento tan crucial.

—No hay registros claros —respondió Manigoldo rascándose la cabeza—, pero se dice que sí. Y bueno, si eso no fuese posible… Hades y sus imbéciles no estarían cada siglo buscando la cabeza de Athena, ¿verdad?

—Si la señora Nyx está en peligro… —continuó Agasha sus cavilaciones; cada vez ella se ponía más y más pálida—. ¿Quién o qué podrá ser lo suficientemente fuerte para vencerla?

—Eso… —Manigoldo sonrió torcidamente—, eso me hace desear conocer a lo que sea que esté detrás de todo esto.

—¿Te alegra? —masculló Seraphina impresionada por el alma valiente guerrera que Manigoldo de Cáncer poseía—, ¿acaso no tienes miedo?

Manigoldo y Agasha la vieron estoicamente antes de que él diese unos pasos a su dirección.

—Perdón… pero yo sí… tengo mucho miedo —Seraphina bajó la mirada, apenada por haber dicho algo insensato.

—Escucha —le dijo Manigoldo con un ligero tono fraternal; agachándose hasta quedar a su altura—, no está mal tener miedo. Pero, tampoco es bueno, Porque el miedo paraliza y te impide hacer lo que debes hacer. Sin embargo, si usas ese miedo y lo combinas con tu propio coraje… puedes estar segura de que no habrá nada ni nadie que pueda hacerte dudar.

La sonrisa de él hizo que Seraphina se sonrojase un poco.

El espíritu de este Santo era extremadamente cálido y seguro de sí mismo. Aquello era algo atractivo en un hombre, sin duda.

—Y no te preocupes —continuó él con un brillo de valor en sus ojos—, si algo se te acerca, yo lo machacaré por ti. Así que borra esa cara desanimada y ten un poco más de fe en nosotros. Después de todo, también tenemos a la diosa Athena de nuestro lado.

Seraphina sonrió contagiándose por esa animosidad. Asintió y dejó que él pusiese una mano sobre su cabeza con energía y confianza, incorporándose. Jamás había visto a un hombre siendo tan suelto a la hora de hablarle, como si ambos fuesen iguales a pesar de que él como Santo pudiese partir su cabeza a la mitad con ambas manos como a una naranja si eso quería.

Eso le hizo sentirse bienvenida una vez más en el Santuario.

—Ya que eso está arreglado… dime, ¿tienes algo que hacer más tarde?

—¿Disculpe? —Seraphina ladeó la cabeza.

Agasha, a un lado, hizo una mueca de desconcierto, desviando su vista.

—Lo que ocurre es que…

—¿Señor Dégel? —masculló Agasha como queriendo toser.

Manigoldo se giró hacia atrás para ver al imponente Santo de Acuario subir y llegar hasta donde estaban ellos. Seraphina sonrió cálidamente al mirarlo sin ese ceño fruncido de anoche.

—¿Y bien? —preguntó Manigoldo cuando lo tuvieron enfrente—, ¿qué tal el infierno allá?

Oh, oh. El ceño fruncido en Dégel volvió cuando sus ojos conectaron con los de Manigoldo.

—¿Qué? —preguntó él.

—Nada —masculló Dégel con acento grave—, el fuego ya fue controlado… pero hay demasiados daños. Reportaré esto con su Ilustrísima. Hasgard, las amazonas y varios Santos de Plata se harán cargo del resto.

—Qué mal —masculló Manigoldo entrecerrando sus ojos—, debió de haber demasiada gente afectada.

—Demasiados muertos; otros desaparecidos; algunos más heridos. "Demasiados" es una palabra muy corta.

—Y según tu ingenio, ¿qué crees que haya ocasionado el incendio?

—Eso es lo que queremos saber, pero como comprenderás, ahora hay cosas más importantes en las cuales ocuparse.

—¿Necesitas ayuda? ¿Agua? —Manigoldo también había detectado una chispa oscura en Dégel-. ¿Un té para tu malhumor?

—Disculpa si no estoy riéndome de la situación —espetó.

—No es que te pida que sonrías —lo detuvo Manigoldo—, lo que te pido es que dejes de mirarme como si quisieras matarme.

—¿Hay alguien que no te mire así?

—Claro que sí —sonrió burlón posicionándose atrás de Seraphina quien a diferencia de Agasha no notó que esa mueca y esa "actuación" las había hecho porque estaba fastidiado por la actitud de su compañero y Manigoldo era especialmente bueno en hacer enfadar a los demás—. Menos mal que la señorita Seraphina ha sido una compañía bastante… relajante. Mejor vete antes de que me pongas de malhumor también y haya otro incendio aquí.

Dégel confrontó la mirada de Manigoldo por un par de segundos antes de pasar a Agasha, quien casi suspiró con fastidio al ver venir un regaño.

—¿A ti no te dijo Albafica que partiesen donde Athena?

La joven frunció el ceño.

—¿Y usted no tenía que dar un reporte? —respondió ella con altanería.

Tanto Seraphina como Agasha, también veía el mal humor en Dégel, y aunque Agasha le respetaba, no iba a permitir que la usase para deshacerse del enfado que seguramente llevaba encima.

Manigoldo se rio con burla mientras Seraphina, moviendo sus ojos de un lado a otro, notaba que un ambiente bastante tenso estaba creándose precisamente porque Dégel estaba de muy mal humor. Ella entendía que el incendio de afuera hubiese ocasionado que su amigo (cómo le dolía esa palabra) estuviese estresado y hasta enojado por no saber qué ocasionó tal desastre que, como había oído, se debió haber cobrado muchas vidas inocentes; sin embargo, Seraphina no quería reconocer que Dégel tampoco estaba "comportándose" como él solía hacer, con lógica y calma.

—Señor Dégel —Agasha se levantó de su asiento—, ¿podemos hablar afuera?

—No tengo tiempo —espetó, pero antes de poder irse, Manigoldo lo sostuvo del codo—. Suéltame.

—No hasta que hables con la florecita —le respondió en el mismo tono amenazante—, no creas que no sé lo que pasó anoche.

A pesar de que fue un murmuro, Seraphina pudo oírlo y sentir que su corazón daba un vuelco.

¿Qué había pasado anoche?

¿Qué había ocurrido entre Dégel y la señorita Agasha?

—Sólo serán dos minutos —dijo Agasha—, lo prometo.

Soltándose bruscamente de Manigoldo, Dégel siguió a Agasha a las escaleras que guiaban a Géminis. Cuando salieron, el Santo de Cáncer se sentó donde había estado Agasha.

—Esos dos discutieron ayer —dijo Manigoldo como si hubiese leído la expresión de Seraphina al ver a Agasha yéndose con Dégel.

—¿Discutieron?

—Sí —dijo con desaprobación—, no sé qué le esté pasando a nuestro amigo… pero quizás esta situación esté comenzando a superarlo.

—No entiendo —musitó Seraphina no queriendo contar que ni siquiera sabía qué hacía en el Santuario, cuando se supone que debía estar en Siberia.

—No te esfuerces tanto —le aconsejó el Santo—, por lo pronto, primero arreglemos este asunto y después volvamos al tuyo. Además, estás aquí. Dégel… aun con todo su mal carácter, no permitirá que nada malo te ocurra; lo demás ya lo vendrás sabiendo con forme pase el tiempo.

Él tenía razón, Seraphina no estaba rodeada de enemigos. Tenía a Dégel, a los Santos Dorados y a una nueva amiga. Quizás… sólo debía ir lento con eso de averiguar qué había pasado, después de todo, Dégel jamás le había hecho daño de ningún modo. ¿Por qué desconfiar de él?

—Y cambiando de tema, ya que empezaremos a tratarnos más seguido…

—¿Sí?

—¿Podría… pedirle…?

—¿Sí?

Con curiosidad, Seraphina parpadeó confundida al ver que Manigoldo estaba dudando mucho en soltar esa dichosa pregunta, pero con su infinita paciencia, ella no lo presionó a hablar.

—Es que yo…

Dégel de Acuario se encontraba al límite.

No sólo sus temores sino sus obligaciones, esta nueva amenaza, el jodido incendio… ¡todo estaba encima de él!

Y luego estaba ella, tan dulce, bella… e inalcanzable para él.

¡Maldita sea!

¡Maldito Manigoldo!

—Señor Dégel, sé que lo último que quería hacer era hablar conmigo —disparó Agasha a quemarropa.

—No es eso —musitó siendo esquivo.

—Lo entiendo y lo respeto, sin embargo, usted mejor que yo debería saber que este no es momento para estas cosas.

—Eso lo sé —espetó Dégel. ¿Acaso esta chica lo creía estúpido?

—Entonces, ¿por qué ese afán de querer mantenerse lejos de ella? ¿No cree que ya la ha evitado demasiado?

Como si estuviese harto de su intromisión, Dégel miró a Agasha con severidad.

—¿Quién dice que quiero mantenerme lejos de ella?

—No crea que no me di cuenta… la forma en la que la miró, como si verla le molestase.

—Agasha, estoy verdaderamente cansado de que pongas palabras en mi boca, y que digas que hago algo como eso cuando no es verdad.

—¿Y no es así? ¿No está buscando motivos sin sentido para no quedarse solo con la señorita Seraphina?

—¿Acaso crees que todo lo estoy provocando yo?

—No —dijo con simpleza—. Pero no dudo ni por un segundo que no esté aprovechando todo esto para excusarse y no hablar con ella.

—Piensa lo que quieras —le gruñó dispuesto a largarse de ahí—, y haz lo que Albafica te dijo.

—Él y yo sabemos que haré lo que yo crea conveniente —aclaró Agasha con decisión—. Además, tengo algo más que informarle: por lo que escuché… de su propia boca, ella no sabe cómo llegó hasta acá. Piensa que ha perdido la memoria. No sabe que fue "traída de vuelta". Así que… si yo fuese usted, me estaría planteando la mentira más grande de la historia en vez de huir del problema.

—Yo no estoy huyendo —retuvo el grito en su garganta, tanto que hasta le dolió—. ¿Y crees que no he pensado en eso antes?

—Supongo que sí —musitó ella bajando un poco sus defensas.

—Es que no sé cómo —espetó pasándose las manos por la cara—, no sé qué decirle. No sé ni siquiera qué es lo último que ella recuerda.

Al verlo tan confundido y perdido, Agasha al fin pareció entender que lo que estaba molestando a Dégel realmente no era Seraphina en sí; sino de lo que ella misma le había predicho que pasaría si cometía un error respecto a esa dama. Eso hizo que Agasha se avergonzase por el modo en el que actuó ayer.

—Lamento mucho haber expuesto la situación de una forma tan gris —se sinceró—, pero como ambos sabemos, esto va a ser demasiado difícil… tanto para ella, como para usted. Porque la señorita Seraphina no sólo no recuerda lo que ocurrió —con tristeza se refirió a su muerte—, sino porque… antes de cerrar los ojos… antes de…

Dégel la miró con asombro.

—¿Lo sabes?

Con tristeza, Agasha sintió.

—Parece recordar eso. Ella escuchó al doctor y a su hermano hablando afuera de su cuarto. Decían que no iba pasar de esa noche —susurró sabiendo tan bien como Dégel que esas habían sido las últimas palabras que Seraphina oyó antes de morir justamente como habían predicho el experto.

Dégel giró la cabeza con dolor; Agasha al mirarlo, supo que él en verdad estaba muy unido a la señorita Seraphina. Aunque él no la amase como un hombre a una mujer, era bastante obvio que él la apreciaba demasiado.

—Si quiere… puedo ayudarle.

—¿Cómo? —quiso saber Dégel, aún abatido por lo que Agasha le había revelado sobre los últimos momentos de Seraphina en el mundo de los vivos.

—Ella quiere respuestas, y aunque ahora no sea el momento para dejarle ver la verdad, podemos… aligerar el peso.

—Todavía no sé…

—¿Y qué tal…? ¿Si esa fiebre…?

Dégel miró a Agasha con insistencia, pero un poco de la desesperación que había estado cargando se había ido permitiéndole dejar de verla con fastidio.

Una ayuda, era una ayuda. ¿O no?

—¿Qué tal si esa fiebre nunca pasó?

—¿Qué?

—Sí —musitó no del todo convencida—, es decir… ella no me ha dicho nada sobre estar enferma; o que lo estuvo.

—Ella lo estuvo. Pasó demasiado tiempo en una cama.

—¿Y qué tal si todo eso fue un sueño?

—¿Qué? —agotado, tanto física como mentalmente, Dégel no pudo aguantar más con su desconcierto—. ¿Qué clase de cosa se te ha ocurrido? —preguntó con desconfianza.

La experiencia que había adquirido, en el poco tiempo que había pasado con esa chica, le dijo a Dégel que lo que iba a escuchar, no iba a gustarle.

—¡Algo brillante! —exclamó tapándose la boca al instante—. Escuche, aproximadamente… ¿cuánto tiempo duró Seraphina enferma?

—No lo sé —respondió él sin poder concebir que, lo que se le haya ocurrido a la florista, sea precisamente algo "brillante". Menos siendo que veía en ella una actitud bastante animosa y hasta impaciente

—Debieron haber sido meses, o semanas. ¿Verdad?

—Supongo.

—¿Y qué si eso no pasó?

—Sigo sin entender tu punto.

—¡Ese es el punto! —sonriendo, Agasha chasqueó los dedos—, ¿cómo dijo que encontró a Seraphina? ¿En…?

—En la biblioteca de Acuario —respondió, desviando la mirada, algo avergonzado.

—¿Y…? No tenía ropa.

—No —musitó él, mirando el piso.

—Mmm… de acuerdo, esto es difícil, pero creo que se me ocurrió algo.

Por ese tono y ese modo de mover las manos sobre su rostro, Dégel no quiso siquiera imaginarlo.

—Comienzo a tenerte miedo —expresó con sinceridad.

Pero, como si ella hubiese escuchado un chiste, Agasha se rio poniendo las manos sobre su cintura.

—Sí —dijo apenada—, eso también ya me lo ha dicho Albafica.

—Sigo sin comprender…

—Pues, digamos que aparecer de la nada, desnuda en una biblioteca, con un amigo mirándote, debe ser algo vertiginoso. Y vergonzoso también, ¿cómo actuó ella?

—Supongo que… ¿normal?

—¿Empezó a gritar? —cuestionó.

—No.

—¿Le golpeó o le preguntó por qué estaba en esas condiciones ahí?

—No —ahora que Dégel lo pensaba, ¿por qué no lo había hecho?

Es decir, como Agasha misma lo expresó. Si aparecías de la nada, sin ropa, en un sitio donde no debías estar… ¿acaso lo más normal no sería alterarse y patalear?

—Señor Dégel —lo llamó Agasha de vuelta al mundo de los vivos.

—¿Sí?

—¿Aceptaría casarse? —preguntó ella con un tono bastante extraño; entre risueña y juguetona.

—¿Qué?

Agasha se rascó la cabeza.

—Se me acaba de ocurrir…

—Dioses, espero que no sea algo relacionado a involucrarnos a Lady Seraphina y a mí en una relación matrimonial.

—Qué mal, porque eso es justamente lo que se me ocurrió.

—¡No! ¡Olvida eso! —alterándose, Dégel sintió que su cara empezaba a emitir un calor vergonzoso—. Debe haber otro modo…

—¿Y ya se le ha ocurrido algo mejor? —inquirió cruzándose de brazos.

—No —resopló aún apenado—, pero debe haber…

—Es perfecto.

¿Acaso estaba mujer estaba loca?

—¡No lo es!

—Al menos por ahora —le reiteró Agasha—. Mire, ella apareció desnuda en la biblioteca, ¿por qué habría de estar en esas condiciones de no ser porque…?

—No quiero oírlo —espetó quitándose el cabello de la cara; el calor se le estaba subiendo a la cabeza.

—Hablamos de algo temporal —enfatizó—. Una vez que ella esté fuera de peligro, vamos a aclararle esta situación.

—¿Y qué tal si alguno de los dos realmente…?

La duda le hizo quedarse sin aliento para terminar esa oración. No era común que él como santo, no supiese qué decir. Sin embargo, en un momento como este, no es como si pudiese mantenerse con la misma seriedad y frialdad que antes.

—¿Realmente llegasen a creerse el cuento? —terminó Agasha de decir, por él.

Luego de inhalar profundo, Dégel suspiró bastante mareado con todos los posibles malentendidos que pudiesen surgir a raíz de esta farsa que Agasha ya estaba maquillando en su cabeza.

—Sí.

—Pues, existe algo muy bello y moderno llamado "divorcio" —dijo como si fuese tan fácil crear una farsa así.

Y para infortunio de Dégel, Agasha tenía una muy extensa imaginación para esos casos.

—No puede ser más simple —dijo ella con un tono intelectual—. Pero está bien, si quiere borrar el "matrimonio" del plan… me complicará más mi existencia, pero igual se me ocurre algo bueno.

Dégel por poco se fue para atrás cuando Agasha empezó a replantar su plan, a medida que salía de sus labios.

—¿Quieres qué yo qué? —Dégel boqueó como un pez—. No puede ser que le proponga matrimonio.

—¡Pero ella "no lo sabrá"!

—¡¿De qué hablas ahora?!

—Escuche esto. Esta es la verdad —señaló entusiasta—. Ella está aquí para hacer una visita luego de una difícil temporada de fiebre. Su hermano, para hacerle una sorpresa, acuerda con usted que ella esté una corta temporada aquí, como una visitante… ¡pero! En ese lapsus, la señorita Seraphina ha tenido pesadillas con respecto a esa temporada de fiebre, la cual estuvo a punto de matarla. ¡Pero todo queda ahí, en un sueño!

—Un sueño —repitió Dégel, bufando, harto de oír tanta locura junta.

Todo lo que escuchaba era una bola de disparates, pero siendo que Agasha contaba todo con una fluidez que convencía; Dégel… sentía que poco a poco estaba empezando a dejarse llevar por este estúpido plan.

—Y… —agregó pícara—, ella no se puede ir de Grecia porque…

—Dioses no —masculló esperándose un puñetazo mental.

—Porque no quieren separarse —terminó ella haciendo que Dégel hiciera una mueca—. Lo que usted no sabe, pero ella sí… obvio, yo se lo voy a contar ¡"pero nadie más lo sabe"! Es…

—Esto es una estupidez —masculló por lo bajo.

—Qué planea pedirle que se case con usted; y me ha encargado a mí para que no la deje ir hasta que se arme de valor y se lo diga al fin —Agasha no dejó de parlotear hasta que terminó de exponer su idea.

Sosteniendo aire, Dégel parpadeó lento con espanto.

Esta chica insensata estaba forjando una mentira tan enorme y rebuscada, un insulto a la inteligencia de cualquiera, que también incluía a Unity… y he ahí otro dilema del cual preocuparse. Si Lady Seraphina por azares del destino llegaba a mandar una carta a su hermano y este le decía que su hermana ya estaba muerta, no sólo causarían que Lady Seraphina colapsara por el impacto de esa noticia, sino que también podrían hacerle mucho daño sentimentalmente al mentirle sobre que Dégel quería proponerle matrimonio cuando en verdad no era así.

Sin darse cuenta de su exagerado sonrojo, Dégel, manteniéndose fríamente callado, no supo qué pensar.

¿Sería ese plan la mejor opción para evitar que Lady Seraphina buscarse sus memorias perdidas y al final llegase a una conclusión espantosa que terminaría con su alma volviendo a separarse de su cuerpo?

—FIN DE CAPÍTULO—


Casi terminamos el año, y yo no pude dejarlos sin leer este capítulo.

Sé que Agasha está actuando... extraño, sin embargo, no se apresuren; pronto sabrán su papel en este fic. A propósito, ¿cómo ven sus planes? Incluso yo me puse nerviosa jajaja.

Por otro lado, es un poco difícil juntar a Dégel y Seraphina, si él, como dice Agasha, intenta evitar estar junto a ella; pero supongo que eso es porque no sabe lo que debe hacer. Démosles un poco de paciencia jajajaja, a ver si nos sorprenden también.

¡Saludos y gracias por leer! ¡Espero que terminen bien el año 2020! Y ojalá sigamos todos juntos para terminar esta aventura. :D

Nos estaremos leyendo.

¡Gracias por leer y sus comentarios a...!

camilo navas, y Natalita07.


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