El lunes Bella se encontró en el gimnasio con Jacob y Sam.
—¿Qué tal lo pasasteis en el club? —quiso saber Jacob.
—Muy, muy bien. Mejor de lo esperado. Siento no habernos despedido de vosotros cuando nos fuimos después de lo bien que os portasteis con Edward y conmigo, pero es que estábamos agotados y teníamos prisa por llegar a casa.
—No te preocupes, querida —intervino Sam—. Es comprensible. Lo importante es que disfrutaseis mucho y que volváis a visitarnos.
—Volveremos seguro. Fue una noche... —Bella buscó las palabras idóneas—: Espectacular, mágica, única, especial…
El matrimonio gay se echó a reír.
—No hace falta que sigas. Sabemos muy bien cómo es esa experiencia —comentó Jacob. Bella sonrió igual que ellos.
—Espero que la cara de ilusión que tienes te dure mucho tiempo, querida —añadió Sam.
A Bella le brillaban los ojos cada vez que recordaba aquella noche en el club. La sangre corría frenética por sus venas, su corazón bombeaba a lo loco y la respiración se le agitaba. Sus partes íntimas se mojaban y le pedían regresar otra vez, cuanto antes mejor.
Desde entonces, su vida sexual había sido más activa que antes si cabe, pues se notaba excitada todo el día y estaba tan caliente que tenía que recurrir a hacer el amor más veces con Edward y, si él no estaba a mano, masturbarse ella sola para satisfacer su libido.
—Quería preguntaros una cosa: ¿qué hay tras la puerta que custodia el gigante? Me dijo que aquella zona se llama El Jardín Secreto y que solo se accede con invitación. Al parecer una mujer llamada «Tanya» es quien te la tiene que mandar.
Ellos se miraron intensamente unos segundos y luego, con un movimiento de cabeza por parte de Jacob, Sam habló:
—Es la zona vip del club y, como bien te dijo Emmett, se necesita invitación para entrar, querida.
—Cuéntame algo que no sepa. Lo que me has dicho ya me lo contó el gigante Emmett —replicó Bella—. Venga, no os hagáis los remolones —dijo mirándolos a ambos—. Quiero saber qué tengo que hacer para conseguir una invitación para Edward y para mí.
Sus amigos intercambiaron una intensa mirada otra vez.
—Es mejor que no entres en El Jardín Secreto, querida —le aconsejó Sam.
—¿Por qué? —quiso saber Bella. Jacob suspiró.
—Hay cosas que es mejor no saber. Experiencias que es mejor no probar.
—Y lugares en los que no se debe entrar, querida —añadió Sam. Bella se rio.
—¡Huy! ¡Qué misterioso todo! Ahora me habéis creado más intriga por saber qué hay detrás de esa puerta. Qué se hace allí. Quién visita esa zona del club.
—No te lo tomes a broma. Lo que se hace allí es… un tanto peculiar. No todo el mundo está dispuesto a jugar a eso —le advirtió Jacob muy serio.
—A mí me gusta jugar —confesó Bella con una sonrisa pecaminosa.
—Pues juega en la otra parte del club, la que ya conoces.
—Eso deberé decirlo yo, ¿no crees?
—¿Tú? ¿Tú sola? Y dime, querida —intervino Sam—. ¿Dónde queda Edward en todo esto? A medida que hemos avanzado en la conversación, te has olvidado de tu marido. De verdad, Bella, déjalo estar y confórmate con lo que ya has descubierto, con el placer y la pasión que has experimentado en el otro Jardín.
Su amigo tenía razón. Se había olvidado por completo de Edward en su afán por saber qué había detrás de aquella puerta custodiada por el gigante. Solo había pensado en ella y en todo el placer que encontraría en la otra parte del club.
Sam miró a Jacob y le hizo un gesto con la cabeza. Dieron media vuelta y se marcharon dejándola sola en mitad del pasillo de vestuarios.
—¿Quieres que comamos juntos por el centro? —preguntó Bella a Edward entrando en su despacho del gym.
Se sentía avergonzada por lo que había dicho Sam sobre que se había olvidado de su marido, así que para redimirse lo invitó a comer.
—De acuerdo, cariño. ¿Ya te vas a casa? —quiso saber Edward, levantándose de su asiento y caminando hacia ella para darla un beso.
—Sí. Tengo varias cosas que hacer y luego quiero pasar por la peluquería de Alice a verla un rato —le contó sus planes—. ¿Quedamos en la Estatua del Beso a las doce?
Edward llegó hasta Bella y la agarró por la cintura, pegándola a él.
—Bien, cielo.
Fusionó su boca con la de ella y le dio un devastador beso que dejó a Bella sin aliento.
Ella soltó un suave gruñido. Aquel sonido hizo que el corazón de Edward latiera más rápido, en una mezcla de amor y ansiedad sexual.
—Dale recuerdos a tu hermana —susurró él al despegar los labios de los de Bella.
—Mmm —respondió ella con la garganta seca y las terminaciones nerviosas alteradas.
Edward se alejó de Bella para volver a su sitio, detrás de la mesa del despacho. Ella echó de menos el calor de su cuerpo al instante.
Dio media vuelta y salió de la oficina justo cuando su móvil comenzaba a sonar. Se quedó un momento parada, sorprendida por aquel número.
—¿Esme? —contestó a modo de saludo.
No se podía creer que su suegra la estuviera llamando. Seguro que era porque quería algo, por el interés, como siempre.
—Hola, tesoooro…
Bella pensó que empezaba mal la cosa si su suegra le decía eso. Iba a hacerle la pelota con toda seguridad. Se quedó en silencio esperando el siguiente paso.
—Te llamo porque hace mucho que no sé de vosotros. Me dijo Edward que estuviste enferma con gastroenteritis. Espero que te hayas recuperado completamente…
—Eso fue hace dos semanas —la cortó Bella, volviendo a andar. No recordaba bien cuánto había pasado desde entonces, pero calculó que sería más o menos eso—. Y como puedes comprobar, porque estás hablando conmigo por teléfono, sobreviví y no se lo pegué a nadie. Edward y Renesmee no se contagiaron.
Salió al exterior del gimnasio mientras charlaba con ella.
—¡Ay, Renesmee! ¡Mi niña! —exclamó Esme cambiando de tema—. ¿Cómo está? Seguro que muy alta y muy guapa. Lleva los genes de mi hijo, así que tiene que ser así.
«Sí, claro, porque los míos no valen para nada», estuvo a punto de soltarle a su suegra, pero reprimió las ganas.
—Nessie está muy bien —dijo en cambio—. Oye, Esme, tengo un poco de prisa. Así que, si no te importa abreviar, dime qué quieres.
—Quería invitarte a comer hoy. ¿Te viene bien sobre las doce?
«El peloteo va en aumento. Ahora quiere que comamos juntas», pensó Bella.
—¡Vaya! ¡Qué pena! —soltó con sarcasmo—. No puedo. Lo siento, pero ya he quedado para comer.
—¿Y no puedes cambiar tu cita para otro día? —preguntó Esme. Bella llegó a su auto y lo abrió con el mando para meterse dentro.
«¡Claro! Igual que tú cambiaste tu partida de cartas para ir a recoger a Renesmee al colegio o para quedarte en mi casa cuidándome cuando estuve enferma. Mi marido tuvo que dejar de trabajar para hacerlo», casi le contestó.
—Pues no. No puedo cancelarla ni aplazarla para otro momento. ¡Qué lástima! —respondió ella irónica.
—Vaya. —En la voz de Esme se notaba lo mucho que le fastidiaba que Bella no cambiase sus planes por ella—. Tendré que llamar a Edward para ver si quiere comer con esta pobre y desvalida vieja.
—Esme, tú no eres ni pobre ni desvalida ni vieja. Tienes sesenta y cinco años, estás bien de salud y tu difunto marido te dejó una buena herencia para que no tuvieras que preocuparte de nada el resto de tu vida —le recordó—. Además, Edward no puede comer contigo hoy porque ha quedado conmigo. Él es mi cita.
Bella metió la llave en el contacto y arrancó el coche.
—¿Y no puedo comer yo también con vosotros?
—No, Esme, no puedes. Edward y yo tenemos cosas que hablar.
—¿Y eso? ¿Va todo bien? —quiso saber su suegra.
—Perfectamente.
—Bueno, pues si no puede ser hoy… —replicó Esme—. Tendrá que ser otro día. Te volveré a llamar. Besos.
—Sí, besos —se despidió ella feliz por haber truncado los planes de su suegra. Se dirigió hacia la peluquería en la que trabajaba su hermana Alice.
Entró, saludó con un gesto de la mano, y esperó hasta que ella hubo acabado con la clienta que estaba.
—Solo he pasado a saludarte y me voy. Tengo cosas que hacer en casa y después he quedado a comer con Edward.
Se dieron dos besos y un abrazo, como siempre que se veían.
—¡Qué bien que hayas venido! Tengo algo que contarte —confesó Alice.
La agarró de la mano y, tras decirle a la encargada que se tomaba unos minutos libres, se encerró con Bella en un cuartito de la peluquería donde guardaban los tintes y demás utensilios.
Nada más entrar, Alice se giró hacia ella y le soltó:
—¡Estoy embarazada! ¡Sorpresa! Bella se quedó en shock.
No sabía cómo reaccionar.
Por supuesto que tendría que darle la enhorabuena y dar saltos de alegría por ser tía de nuevo, pero no podía. Algo dentro de ella se lo impedía.
Rompió a llorar desconsoladamente.
—Ostras, no te lo tenía que haber soltado así, a bocajarro —se lamentó Alice. La abrazó y le susurró al oído—: No llores, por favor, seguro que tú lo consigues dentro de muy poco. Ya verás que sí. Y lo mejor es que se van a llevar poquito tiempo los primitos. Podrán jugar juntos, contarse sus confidencias cuando sean un poco más mayores…
—No, Alice —la interrumpió Bella con la cara llena de lágrimas, sorbiéndose los mocos de una manera nada educada—. Si estoy contenta. Estas lágrimas son de felicidad.
Su hermana le puso las manos en los hombros y se distanció de ella todo lo que le permitió el largo de sus brazos. La miró muy seriamente antes de hablar:
—No me engañes, Bella. Sé cómo te sientes. Y yo soy una gilipollas por haberte soltado la bomba así, sin preparar antes el terreno.
—Que no… Tranquila… —dijo ella meneando la cabeza de un lado al otro.
Buscó en su bolso un pañuelo de papel, y se limpió las lágrimas y los mocos con él. Alice la abrazó de nuevo cuando terminó de asearse.
—Lo siento, no sabes cuánto lo siento.
—No te preocupes. Estoy bien —aseguró Bella, pero saltaba a la legua que no era cierto—.Bueno, ¿de cuánto estás?
Su hermana hizo una mueca.
—¿Seguro que quieres hablar de ello ahora? ¿No prefieres que te lo cuente todo otro día, cuando hayas asimilado la noticia?
—No. Cuéntamelo todo ahora.
Se sentaron en dos sillas que había por allí, una al lado de la otra, agarradas de las manos, y Alice comenzó a relatar.
—Estoy solo de siete semanas. Esta mañana he ido al médico para confirmar el embarazo. Jasper aún no lo sabe, así que no le digas nada si le ves. Y a Edward tampoco, no se lo vaya a soltar antes que yo y me fastidie la sorpresa.
—No, tranquila.
—Se lo diré esta noche. Voy a llevarle a cenar a un restaurante y le daré la gran noticia.
—¿Quieres que me quede con los niños? —se ofreció Bella.
—No, tranquila. No quiero que le rompan las muñecas y las pinturas a Nessie y acabe odiando a sus primos para toda la eternidad —se rio—. He llamado a Ángela.
Bella asintió con la cabeza.
—Bueno, ¿y qué tal te encuentras? ¿Náuseas, vómitos, sueño…? —prosiguió ella.
—De momento, nada de nada —respondió Alice.
—No sabía que lo estuvierais buscando. La última vez que hablamos sobre lo mío no me comentaste nada.
Su hermana se aclaró la garganta antes de hablar.
—Bueno… Es que no lo estábamos buscando… Ha venido por sorpresa —se encogió de hombros.
Bella inspiró profundamente.
—Sabes que soy muy regular en mis períodos y al faltarme la regla esta vez… Teniendo en cuenta que hemos corrido nuestros riesgos de vez en cuando… —Alice no sabía qué decirle, cómo explicarle que lo que tanto ansiaba Bella, con lo que tanto tiempo llevaba soñando, lo que tanto le estaba costando, ella lo había conseguido sin esfuerzo, a la primera y sin buscarlo—. Sabes que tarde o temprano Jasper y yo habríamos tenido otro hijo más. Nunca hemos querido quedarnos solo con dos niños…
—Me alegro mucho por ti, de verdad —dijo Bella con un nudo en la garganta que le impedía casi hablar.
Sus ojos se dirigieron hacia el vientre de su hermana, aún plano, y se entristeció más todavía al saber que vería crecer su tripa, con un bebé dentro, mientras que ella seguía estéril no sabía cuánto tiempo más.
Alice se llevó la mano instintivamente a la barriga y le apenó ver la mirada dolida de Bella.
—Tengo que irme —anunció levantándose de la silla—. Debo hacer varias cosas en casa antes de comer.
Su hermana se alzó a su vez.
—¿Estarás bien? Promételo. Sé que es difícil de asimilar para ti, pero no puedo dejarte ir así. Me remuerde la conciencia por habértelo soltado de esta manera. Lo siento mucho, Bella, de verdad.
—Estaré bien o, al menos, lo intentaré. Me alegro mucho de que vayas a darme un sobrino más. O una sobrina. Espero que sea niña para que Renesmee pueda jugar con ella y peinarla, comprarle vestiditos…
Alice la abrazó con fuerza.
—Te quiero —le susurró al oído.
—Yo también te quiero, enana —confesó Bella.
Se despidieron con dos besos en las mejillas y Bella salió de la peluquería. Caminó hasta su coche con un único pensamiento en su mente.
Alice estaba embarazada y ella no.
