Naruto Y Hinata en:
EL LENGUAJE DE LAS FLORES
NO ME OLVIDES
No me olvides
Naruto decidió centrarse en su trabajo. Asistía a sus habituales encuentros con los miembros del Club de Anticuarios que estaban en la ciudad y cumplía con todas sus obligaciones.
Sólo controlar el proyecto del museo lo tenía ocupado desde que salía el sol basta avanzada la noche. Todo por mantener la mente en otra parte y dejar de pensar en aquellos ojos perlas y el deseo que en él despertaban. Pero allí, de pie en medio de la sala que albergaría la mayor colección de objetos romano británicos del mundo, cada fresco, cada mosaico, cada ánfora, le recordaban aquello de lo que trataba de escapar.
¿Qué tenía aquella mujer que no podía quitársela de la cabeza? Unos meses atrás apenas se fijaba en ella. Hubo una época en que era incapaz de acordarse de ella a no ser que la tuviera de pie frente a él. Recordaba cómo le molestaba oírla tartamudear al intentar explicarle su última traducción al latín o al describirle los detalles más ínfimos de un mosaico. Ella obedecía todas sus órdenes sin protestar, no importaba lo exigentes o lo poco razonables que éstas fueran; ella siempre las cumplía a la perfección. De hecho, se comportaba como cualquier otro miembro del servicio: sin quejas, sin preguntas y cobrando una paga por el trabajo bien hecho.
Entonces dimitió, y le dijo a la cara que no le gustaba y que no quería trabajar para él ni un día más. En ese momento, cinco meses después de su llegada, ella se transformó ante sus ojos. Se convirtió en alguien desconocido, alguien a quien no le importaba su título ni su posición. Él suponía que ella siempre había sido así pero que, por miedo a perder su empleo, se había escondido tras una máscara de eficiencia. Cuando se le había presentado la primera oportunidad de salir de allí, había aceptado sin dudarlo, y desde entonces él se había visto obligado a recurrir a todo su ingenio para intentar convencerla de que se quedara más tiempo.
¿Y todo por qué? Porque a ella él no le gustaba. Pero sí le había gustado que la abrazara; le había gustado que la besara; tanto como a él hacerlo. Naruto sabía que a él sí le gustaba ella. Demasiado. La deseaba como nunca antes había deseado a ninguna mujer. Era todo tan inesperado, tan increíble. Había estado equivocado respecto a Hinata al principio, y ahora ella invadía cada rincón de su mente.
¡Maldito honor! ¿Por qué no había aprovechado la oportunidad de hacerle el amor? Al menos así dejaría de imaginarse lo que sentiría al hacerlo y quizá podría apartar de su mente esa obsesión y concentrarse en su trabajo.
Miró el fresco que tenía delante, y sus colores envejecidos; el racimo de uvas que habría sido púrpura ahora era de color lavanda. Dio un puñetazo a la mesa. ─¡Que se vaya al diablo!
─¿Me llamabas? ─preguntó una voz masculina desde el pasillo.
─¡Suigetsu Hõzuki! ─exclamó
Naruto reconociendo esa voz sin tener que levantar la vista. Tomó aliento y, agradecido por la interrupción, apartó la vista de la pintura.
─¿A esto le llamas museo, Uzumaki? ─dijo Suigetsu mirando a su alrededor─. Se parece más a un mausoleo, está todo lleno de piedras y de estatuas. Pero fíjate, si incluso tienes un sarcófago.
─Veo que sigues sin cortarte el pelo ─comentó Naruto, apartándose de la mesa─. ¿Hasta cuándo vas a resistirte a los dictados de la moda?
─Aún no lo he decidido ─ respondió su amigo sonriendo─. Mi mayordomo me riñe por ello constantemente, lo creo incluso capaz de drogarme y cortármelo mientras duermo. Pero estoy decidido a volver a poner de moda las melenas largas en los caballeros. Por favor, Uzumaki, esos peripuestos de Londres necesitan de alguien que les guíe. A Suigetsu nunca nadie podría acusarle de peripuesto. Era el compositor más famoso de Inglaterra y su apariencia era siempre un poco chocante. Hasta tal punto que, cuando alguien lo veía por primera vez, quedaba tan impactado que no podía ni reaccionar. Estaba todo muy estudiado.
Era tan alto como Naruto y llevaba una melena larga y blanca que le llegaba a los hombros; siempre despeinada, como si acabara de levantarse de la cama. Sus ojos eran lilas, con unas invisibles pupilas tan oscuras que lady Senju lo había apodado el moderno Mefistófeles. La comparación le iba como anillo al dedo. Sus cejas se arqueaban burlonas, mientras sus labios sonreían seductores. El encanto de los ángeles y la suerte del demonio.
Se vestía de acuerdo con su apodo y alimentaba esa imagen de Mefistófeles llevando siempre ropa negra, fuera cual fuese la ocasión. Su abrigo negro con forro dorado era conocido por todos, al igual que lo era su comportamiento que, a cada año que pasaba, se volvía más escandaloso. Suigetsu era salvaje, rebelde, y siempre le invitaban a todas las fiestas. Pero también era el compositor de las melodías más bellas que Naruto había escuchado en su vida. Se conocieron en Cambridge y eran amigos desde entonces.
─¿Por qué llamabas al demonio, Uzumaki? Supongo que por algo relacionado con el trabajo, eso es lo único que sabes hacer, trabajar. ─ Suigetsu nunca había sido capaz de estarse quieto, así que empezó a caminar por la habitación observando los objetos expuestos─. ¿O quizá la idea de colocar las esmeraldas ducales alrededor del cuello de cierta dama te está haciendo maldecir?
─¿Es que no puedo tener vida privada? ─preguntó Naruto exasperado─. ¿Hasta dónde han llegado los rumores?
─La semana pasada apareció en el periódico una lista de las posibles candidatas. ¿Qué esperabas, amigo mío? ¿Creías que podías llevar las esmeraldas a una joyería de Bond Street sin que nadie se enterara?
─Fue una tontería, lo sé.
─Muy grande ─añadió Suigetsu, y paró de caminar para mirar directamente a su amigo─. Vamos, desembucha. ¿Quién es la afortunada dama?.
─Lady Shion Monforth.
Su amigo, incrédulo, lo miró fijamente y esquivó un par de estatuas hasta colocarse frente a él. ─Me estás tomando el pelo, Uzumaki. Dime la verdad.
─Te he dicho la verdad. Ella está en París hasta navidades, así que aún no me he declarado. Te pido por favor que mantengas el secreto.
─Estoy demasiado impactado para no hacerlo. ¿Puede saberse por qué precisamente tú, que eres un hombre inteligente, vas a casarte con una boba de tal calibre?.
─Es una unión ventajosa para ambos.
─No cabe duda. Su nombre era el primero de la lista. ─Suigetsu cogió un cuchillo de bronce que estaba sobre la mesa y lo observó atentamente por un instante, luego lo devolvió a su sitio─. Sabiendo como sé que odias el matrimonio tanto como yo, supongo que lo haces para tener un heredero.
Naruto se estaba irritando. No le gustaba que sus amigos se metieran en sus asuntos.
─¿Tienes algo que objetar?
─Vas a tener que acostarte con ella ─dijo Suigetsu mirándolo a los ojos y poniendo cara de asco─. Lady Shion es una de esas mujeres que, a pesar de ser hermosas, no tienen ni un ápice de sensualidad en todo su cuerpo.
─Hablas como el hedonista que eres, yo estoy siendo práctico. La risa de Suigetsu resonó por todo el museo.
─Dios, Uzumaki, cómo me gustaría ser como tú. Eres tan responsable, tan disciplinado y tienes tanta determinación que consigues siempre lo que quieres. Supongo que ya has informado a Dios de que necesitas como mínimo tres hijos varones para asegurar la descendencia de Konohagakure.
Naruto ya estaba acostumbrado al cáustico sentido del humor de Suigetsu y se negaba a picar el anzuelo. ─Estoy muy contento de verte, amigo.
─Te confieso que yo también. Nos lo pasamos muy bien siempre que decides visitar la capital. ¿Qué vamos a hacer esta vez? Podríamos ir a Seven Dials a fumar opio. Yo fui hace unos días y fue una experiencia indescriptible. Creo que incluso me inspiró para componer cinco nuevos conciertos.
Naruto sabía que era probable que Suigetsu le estuviera diciendo la verdad. Visitar Seven Dials y fumar opio era la típica situación peligrosa que a Suigetsu le encantaba. Él siempre hacía cosas así.
─O quizá podríamos invadir los burdeles, Uzumaki. Que yo sepa, en este tiempo has sido lo bastante listo como para no enamorarte de una actriz y, después de todo, dentro de poco vas a casarte con una mujer tan erótica como esta criatura de aquí ─dijo, señalando la estatua que tenía al lado─. Así que, ¿qué me dices, visitamos a las prostitutas esta noche?.
Por un instante, Naruto estuvo tentado de aceptar. A lo mejor, un interludio con una cortesana de Londres era lo que necesitaba para librarse de aquella tensión, de aquella necesidad que lo consumía por dentro. Después de todo, si lo que necesitaba era estar con una mujer, en media hora una prostituta podía solventarlo.
─Una idea tentadora, Hõzuki ─admitió─, pero no puedo. Ya tengo un compromiso.
─No seas aburrido. Llevo días trabajando en una nueva ópera y hace más de una semana que no estoy con una mujer.
La mano de Naruto rozó el borde del fresco que había en la mesa e inclinó la cabeza para examinar más de cerca el dibujo. Cerró los ojos y olió un poco de esencia de gardenia. La preferida de ella.
─¿Tanto? ─preguntó mientras volvía a incorporarse.
─¿Cuál es ese compromiso? Shion y su familia no están en Londres, creo que pasan estos días en Hertfordshire. ─Hizo una pausa y repasó todas las opciones─. Ah ─ sonrió─, supongo que te refieres a la encantadora Amaru.
Al oírlo, Naruto cayó en la cuenta de que llevaba más de ocho meses sin visitar a su amante. Dios, ni siquiera se había acordado de ella.
─No voy a ver a Amaru ─contestó él, a la vez que pensaba que quizá debiera considerar hacerlo. Tal vez así lograra recuperar un poco de paz ─. Voy a cenar con los miembros del Club de Anticuarios, tenemos muchas cosas que hablar sobre el museo. ¿Te apetecería venir? Estoy convencido de que nunca han conocido a nadie como tú. Si prometes no hacer nada deshonroso, como por ejemplo, recitar versos obscenos, te dejo que me acompañes. A Suigetsu se le pusieron los pelos de punta sólo de pensarlo.
─¿Sentarme a beber oporto rodeado de viejos arqueólogos y tratando de comportarme? No, gracias. Creo que prefiero que me azoten en la plaza pública o beber limonada con las debutantes en Almack's.
─No puedes. Te echaron de allí hace dos años y tienes prohibida la entrada. Lady Karin. ¿Te acuerdas?
─Ah, sí. Lady Karin. Ya lo había olvidado.
Lady Senju y el resto de las grandes damas que regentaban Almack's le habían prohibido la entrada a tan respetable institución cuando Suigetsu se había negado a casarse con lady Karin después de haberla besado delante de todo el mundo mientras bailaban un vals.
Suigetsu no lamentaba la perdida en absoluto.
─Si no llega a abofetearte tan rápido, la reputación de lady Karin no se habría recuperado de ese incidente ─ señaló Naruto─. Ese beso la habría arruinado para siempre.
─Yo le dije que me pegara. Era la única solución, todo el mundo nos estaba mirando. ─ Suigetsu se separó de la estatua y empezó a caminar hacia la puerta. A cada paso que daba, el forro dorado de su abrigo brillaba tras sus botas─. Si no quieres venir conmigo a perseguir faldas, tendré que espabilarme solo. Creo que lo mejor será que vaya al teatro, Anko Mitarashi representa Los rivales. Saltaré de mi palco y me la llevaré del escenario.
─En serio, Hõzuki ─le gritó Naruto a su amigo─. ¿No crees que llevas demasiado lejos ese papel de artista chiflado?
─¿Quién dice que es un papel? ─preguntó Suigetsu desde la puerta; a continuación se detuvo y le sonrió─. Yo mismo aún no lo tengo claro. Cuando decidas hacer algo divertido, llámame, Uzumaki.
Naruto vio cómo su amigo desaparecía en la oscuridad y negó con la cabeza. Suigetsu era un hombre brillante, con talento, pero cada vez parecía perder más el rumbo. Desde su accidente en Hyde Park hacía tres años, no había vuelto a ser el mismo.
Naruto dejó de pensar en Suigetsu y volvió a mirar el fresco. Deslizó el dedo sobre una pequeña grieta que había sido perfectamente reparada. Él nunca querría tanto algo cuya pérdida pudiera llevarlo a la locura.
Nunca.
Apartó la mano de la pintura. Tan pronto como se fuera de Londres, iría a Hertfordshire para ver a Shion. Había llegado el momento de hacer oficial su compromiso.
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─No, no ─dijo Mirai riendo─.Te has equivocado de lado. ─La cogió por los hombros y la hizo girar.
─Tienes razón ─admitió Hinata entre carcajadas─. Me temo que nunca aprenderé estas dichosas cuadrillas ─reconoció, y volvió a bailar intentando recordar los pasos que Naruto le había enseñado. La música corría a cargo de tres violinistas y no de una caja de música. Marai y no Naruto era ahora su pareja de baile y las otras parejas ya no eran imaginarias. En esa sala había en total veintidós chicas intentando aprender los pasos de las danzas populares.
Gracias a Naruto, ya no tenía miedo de tomar sus lecciones en una clase llena de gente. Ahora tenía suficiente autoestima como para poder reírse de sí misma si se equivocaba. Cuando tres semanas atrás le había confesado a Mirai que no conocía los bailes populares y que quería aprenderlos, ella insistió en asistir cada jueves por la mañana a esas clases.
─No te desanimes, Hinata ─le dijo lady Kurenai desde una de las sillas que había junto la pared─. Bailar bien requiere práctica. Moegi y Mirai asisten a estas clases desde que cumplieron diez años. Lo estás haciendo muy bien, querida ─la animó cuando volvió a girar hacia el lado equivocado.
─Es verdad ─dijo Mirai mientras volvían a alinearse con las demás chicas para empezar un nuevo baile─. Para cuando vayas a Londres, ya lo harás bien. Bailas mejor de lo que te imaginas.
Naruto le había dicho lo mismo, pero bailar con tanta gente alrededor aún le resultaba complicado, y hacía que sus carencias fueran más evidentes. Pero no quería pensar en Naruto, así que se obligó a entablar conversación.
─¿Así que te vas dentro de dos semanas? ─le preguntó a Mirai mientras giraban ejecutando un moulinet.
─Sí. Tengo tantas ganas... Cuando llegues ¡nos lo pasaremos tan bien juntas! Hinata quería sentir el mismo entusiasmo que Mirai, pero no lo conseguía. Estaban bailando y ella intentaba concentrarse en contar los pasos, pero no podía dejar de añorarlo, él era su pareja de baile favorita.
Ya llevaba un mes fuera y aún no había anunciado su vuelta. A lo mejor no regresaba hasta que ella ya se hubiera ido. Por otra parte, cualquier día podían llegar noticias sobre su compromiso.
Quizá nunca volviera a verlo. Tres meses atrás, la idea de irse de allí la llenaba de alegría, pero ahora sólo sentía melancolía. Había intentado olvidar aquellos momentos entre los dos, pero no había podido. Había ocupado sus días con cantidades ingentes de trabajo, pasaba las tardes de los domingos y los jueves con la familia Sarutobi, y Mirai le había ayudado a escoger un nuevo vestido en la tienda de la señora Avery.
Trabajaba durante todo el día, pero Naruto aparecía en su mente cada vez que cogía un artefacto, cada vez que bailaba, cada vez que caminaba bajo la lluvia. A pesar de todos sus esfuerzos, no había podido seguir enfadada con él. En las doce semanas que habían pasado desde que ella le presentara su dimisión su orgullo se había recuperado del dolor infligido por la conversación oída. Y, mientras bailaban y flirteaban, había ido naciendo entre ambos una agradable camaradería. Él la había hecho sentir bella e interesante cada vez que le preguntaba por sus viajes o la tocaba.
No sabía cómo, habían llegado a ser amigos. Pero tener un amigo que con un simple beso podía encender su cuerpo era algo muy peligroso. Especialmente si se trataba de un duque que iba a casarse con alguien llamado lady Shion, una mujer que sin ninguna duda estaba destinada a ser duquesa.
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Naruto pasó horas sentado en su carruaje, mirando desde la distancia cómo la lluvia golpeaba los muros y las ventanas de la mansión de la Flia de Shion, pero fue incapaz de ordenarle a su cochero que cruzara la verja. Se quedó allí, en el camino, escuchando cómo las gotas repicaban en el techo del carruaje aquella melancólica y fría tarde de diciembre.
Pensó en Shion, en su increíble belleza, en su mercenario corazón y en su excelente preparación para cumplir con las obligaciones de una duquesa. Ella era absolutamente perfecta para el puesto, pero Suigetsu tenía razón, no era sensual en absoluto. Naruto la había besado un par de veces y sabía que si sugiriera algo más atrevido sólo lograría que se desmayara y que le considerara un bárbaro. Pero por eso los hombres casados, igual que los solteros, tenían amantes.
Pensó brevemente en Amaru. No la había visitado ni una sola vez durante todo el tiempo que había estado en la ciudad y ni él mismo podía entender por qué. Todo su cuerpo ardía con un deseo desesperado e incontrolado.
Pensó en sus responsabilidades. Tenía que concertar un buen matrimonio para poder asegurar el futuro de su título. Tener descendencia era una de sus principales obligaciones y ya la había pospuesto demasiado tiempo. Pensó en el poder que tendrían sus hijos si su madre era la hija de un marqués. En esa unión, ambos saldrían ganando, y estaba convencido de que Shion aceptaría encantada. Tan pronto como tuviera las esmeraldas de Konohagakure alrededor del cuello estaría dispuesta a pronunciar los sagrados votos. Era exactamente el tipo de esposa que necesitaba un duque, y era el tipo de mujer que nunca conquistaría su alma.
Allí sentado, viendo cómo el atardecer envolvía la mansión donde se encontraba Shion Monforth, sintió el peso de las obligaciones de su rango como nunca antes lo había sentido. Escuchó el repicar de las gotas contra la cubierta y se dio cuenta de que seguía sin saber por qué a alguien podía hacerle feliz caminar bajo la lluvia, aunque fuera en una cálida tarde de agosto.
Se había hecho de noche. Naruto ordenó a su cochero que diera la vuelta y regresara a Londres, y ni él mismo entendió por qué lo hacía.
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Continuará...
