Tómame

Un beso. Nada más que un beso. Y sin embargo ambas se habían dejado sucumbir por un torbellino de emociones. Probablemente porque esta vez ambas eran conscientes de la atracción que emanaba entre ellas. Porque las dos conocían los sentimientos de la una por la otra, y porque en el fondo, de tanto pelear por interpretar el papel de la más fuerte habían acabado por debilitarse.

Y habían flaqueado, las dos, con ese beso. Regina mucho más, después de esas palabras reveladoras, que habían provocado una gran sonrisa en los labios de Emma. Por supuesto, después, el silencio se hizo más presente y ninguna de las dos se atrevía a pronunciar una palabra por miedo a estropear la deliciosa tensión que reinaba. Regina tenía sus manos en las mejillas de Emma mientras que estaba posaba las suyas en las caderas de la morena. Se besaban, se deleitaban con los labios de la otra, y paraban el beso cuando necesitaban aire para después volver a la carga con más deseo, disfrutando cada vez un poco más del gusto de los labios, de la forma de besarse.

Mientras que Emma era más del tipo "salvaje", queriendo todo el tiempo morder la lengua o el labio de la morena, Regina, por su parte, estaba, de momento, volcada en la ternura, disfrutando de las atenciones que le habían faltado durante tanto tiempo, se divertía descubriendo despacio el placer de un beso prohibido, mientras que sus manos acariciaban la nuca de la sheriff. Como podría sospecharse, la rubia era menos obediente, y sus manos comenzaron a vagabundear como era previsto. Las había deslizado bajo la blusa de la morena para acariciar su piel ambarina, y subía, subía, mucho más hasta su pecho, lo que hizo dar un saltito de sorpresa a la morena antes de que esta atrapara sus manos para ponérselas por encima de la cabeza.

–Eh, eh, eh…¿Quién le ha permitido hacer eso? Le señalo que soy la única que dicta las reglas aquí…La única que puede autorizarla a tocarme. Y no lo he hecho, así que mantenga sus manos solo sobre mis ropas.

Emma había revirado los ojos y dado un golpe de cadera a la alcaldesa para hacerla retroceder. La morena frunció el ceño al sentirse empujada, y soltó el agarre sobre la rubia. Esta última enarbolaba una sonrisa orgullosa cuando se pegó a la reina pasando su brazo alrededor de ella, iniciando tiernos besos en su cuello que hicieron tambalearse a la morena. Emma la empujó delicadamente hacia el sofá para recostarla, y ella sobre la morena. Pero ciertamente eso no fue del gusto de la alcaldesa que cambió inmediatamente las posiciones, colocándose ella sobre Emma, quien emitió un gruñido.

–No lo repetiré, Miss Swan. Soy la única que va a llevar las riendas.

–No soy Graham, ni ningún otro, de quien puede servirse para saciar sus instintos. ¡Deje de querer siempre controlarlo todo y déjese llevar!

Regina no se sintió muy cómoda con las palabras de la rubia, se encogió de hombros y recostó a Emma, pero esta se negaba a dejarse vencer, entonces comenzó un combate encarnecido entre las dos mujeres de fuerte carácter para ver quién de las dos estaría arriba. A medida que se empujaban, se escalaban, la temperatura aumentaba, las ropas volaban. Ahora estaban las dos en ropa interior, la morena con un conjunto sexy y elegante, mientras que Emma, como era costumbre, era el ejemplo de la simplicidad, y de un feminismo discreto. Un shorty negro, haciendo juego con el sujetador. Lejos de igualar la elegancia de las dos piezas de aquella que la dominaba. Y eso hizo sonreír a Regina. Ella que a menudo se preguntaba por qué se sentía atraída por la sheriff comprendía cada vez más que su lado atípico tenía algo que ver en eso. Y tras esos segundos de inatención, se encontró bajo la rubia, que ahora enarbolaba una sonrisa pícara viendo a la morena a su merced. Bloqueó las manos de la morena por encima de su cabeza, y se deleitaba deslizando su mano libre, lentamente, bajo la ropa interior de la morena, que cerró los ojos en un suspiro. Emma se mordisqueó su labio mientras daba lentas caricias, preparando a su morena para una tempestad de sensaciones, pero entonces la puerta del despacho se abrió con una velocidad inesperada, y un preadolescente de cerca de once años llegó corriendo, tirando su mochila en la entrada, gritando

–¡Mamá! Mamá, ¿sabes qué? Yo…

El pequeño Henry, con la boca abierta, miraba a sus dos madres, que con una precipitación inaudita, habían cogido sus ropas para cubrirse rápidamente sus cuerpos. Emma había sido expulsada hacia atrás del sofá, mientras que Regina, menos púdica, pero con las mejillas enrojecidas por la vergüenza, se volvía a vestir para después acercarse a Henry, visiblemente en shock.

–Henry, cariño…Lo siento…No es para nada lo que crees…Siento que hayas visto esto…Podemos hablar de ello cuando estemos en casa…

Regina intentaba tranquilizar al hijo, queriendo de igual manera protegerlo de lo que hubiera podido ver mientras que Emma revelaba su cabeza diciendo

–De todas maneras, si hubiera llamado…

–¡Miss Swan!

Henry seguía como una estatua de mármol, mirando por turnos a sus madres, sin realmente comprender sus gestos. Se suponía que se detestaban, aunque se habían acercado un poco, y ahora, las había encontrado a una en los brazos de la otra. Haciendo algo que ni siquiera estaba seguro de poder explicar. No era el asombro de verlas casi desnudas, sino verlas en un abrazo que rozaba el surrealismo. Ver a su madre a merced de la otra, casi relajada, deseando algo de lo que él ni sospechaba su existencia.

Sin reflexionar, y sin una mirada a la rubia, Regina había cogido a Henry, una vez vestida, y los dos se habían marchado, mientras que Emma, en el más alto grado de frustración, los miraba alejarse sin un adiós. Ella entonces se levantó y se vistió rumiando interiormente.

–Claro, por supuesto, Emma….¡Qué gran idea que has tenido! ¡Y ahora ella va a meterle en la cabeza que has querido violarla o algo igual de retorcido como lo es la señora alcaldesa!

Los días finalmente habían pasado y Emma estaba en su habitación, nada de noticias de la morena desde el famoso incidente, y asombrosamente tampoco había tenido noticias de Henry. La rubia había preferido dejarles tiempo y no insistir en caso de que el pobre Henry estuviera traumatizado.

–Va, tampoco yo soy una basura, él se recuperará…

Mientras seguía rumiando, se escucharon algunos golpes en la puerta. Emma alzó la cabeza y autorizó a la persona a entrar. Entonces Mary Margareth, su intrusiva madre, entró con una expresión desolada.

–¿Mamá? ¿Algún problema?

–Oh…No, cariño…Solo…He hablado un poco hoy con Henry…Parecía ausente…

–¿Y? ¿Está bien? ¿Ha dicho algo?

–No…No ha querido decirme nada…Pero ha hecho un…Dibujo…

–¿Un dibujo?

Mientras que la rubia se levantaba, imaginándose lo peor, rezando para que su hijo no hubiera desarrollado un gusto por el arte abstracto o por un nuevo tipo de Kamasutra, se precipitó para coger el dibujo que su madre sacaba de su bolso. ¿Y cuál fue la sorpresa de Emma cuando descubrió un dibujo de un paisaje con una esplendorosa verde hierba, una Regina más alta de lo normal y la rubia en sus brazos, intercambiando un beso, en apariencia bastante apasionado? La rubia esbozó una sonrisa mientras que su madre cruzó los brazos con expresión perpleja.

–¿Ha pasado algo con Regina para que Henry haya dibujado esto?

–Oh, no, nada, solo que estuve a dos dedos de acostarme con su madre, medio desnuda sobre ella y él apareció de repente

–¿QUÉ?

–¡Venga ya, estoy de broma, relájate! ¡Tampoco somos monjas!

Emma reviró los ojos mientras que su madre suspiraba de alivio habiéndose por un segundo imaginado lo peor. Cosa que hizo comprender a Emma que sería mejor mantener eso para ella, siempre que su hijo no siguiera dibujando cosas reveladoras durante sus horas de clase. En ese momento, el teléfono de Emma comenzó a vibrar, y descolgó rápidamente al ver en nombre de la morena en la pantalla.

–En mi casa. En una hora. Ni una palabra. Ni una réplica.

Y colgó rápidamente, haciendo que la rubia desorbitara los ojos, y que su madre la mirara con expresión inquieta.

–¿Algo grave?

–Oh, no. ¡El trabajo! Un gato se ha quedado atrapado en el bajante de una bañera, ¡ya sabes lo que es!

Y mientras ella se reía de su excusa idiota, su mare se había fijado en "bañera", preguntándose cómo un gato había podido encontrarse en una situación tan comprometida. Reflexionaba en voz alta mientras que Emma se vestía. Pasó por delante de su madre, que aún seguía en sus pensamientos. Una vez que la rubia hubo dejado el apartamento, la profesora continuaba rumiando.

–O era un gatito…Un gatito europeo…Los gatos persas nunca podrían pasar sus cabezas por ahí…O un gato siamés…Con una cabeza pequeña…

Mientras que Emma conducía hasta la casa blanca de la alcaldesa, la morena salía al porche para recibir a su amante. Emma se dirigió con paso dubitativo hacia ella, y al llegar a su altura, la morena le puso su mano sobre la boca para evitar que hablara.

–Va a hacerme el amor. Porque después de ese incidente me pregunto lo que habría podido sentir al tenerla dentro de mí, pero más que eso, va a pasar una noche en mi cama, a despertarme al día siguiente y decirme que soy bella…Porque creo que he perdido, Emma… Creo que estoy borracha de usted…Dependiente como a una jugosa tarta de manzana y…la quiero enteramente para mí, sin una palabra más…